Clase de filosofía

Hegel se levantó con ímpetu del asiento en el que había permanecido hasta ese momento y elevó la voz por primera vez en la mañana.

—¡No me puedo creer lo que estoy escuchando! ¿De dónde has sacado todas esas teorías? —gritó, mientras su rostro se iba tornando de un color carmesí que demostraba la rabia que bullía en su interior, hasta entonces contenida.

—No me las he sacado de la manga, querido amigo, si eso es lo que estás insinuando. Solo has de aplicar la razón para entender que el hombre no es otra cosa que lo que él hace de sí mismo —respondió Sartre, sin perder un ápice de la calma que había mantenido durante su discurso y variando solo su relajada posición en su desgastada silla de madera para entrecruzar las manos por detrás de la cabeza. Varios rostros se giraron en ese momento en su dirección y se escucharon algunos murmullos de aprobación.

Un sonoro bufido se escapó de los labios fruncidos de Hegel que, en aquellos momentos, ya había adquirido la misma tonalidad que un tomate en la plenitud de su proceso de maduración. Permaneció de pie unos segundos en silencio, sacudiendo la cabeza de uno a otro lado con una expresión indefinida en su rostro, una mezcla de burla e indignación. Cuando, al fin, habló, lo hizo en tal volumen que todas las miradas regresaron a él.

—¿Acaso pretendes negar la existencia de una divinidad infinita sobre nuestra presencia material? ¿Quieres decir que el Espíritu Absoluto no es vital para que el ser humano pueda hacerse sujeto de sí mismo?

Los murmullos se elevaron en ese momento en la sala algo por encima del volumen que, supuestamente, estaba permitido para no entrometerse en el debate. La polémica estaba servida.

Ariel observaba a los dos personajes con una expresión de absoluta satisfacción en el rostro. Hacía tan solo unos meses habría sido impensable imaginar que algo así pudiera ocurrir dentro del aula, sobre todo un viernes a última hora de clase, cuando los alumnos ya estaban tan cansados de la carga de la semana que al único que habrían prestado algo de digna atención hubiera sido al reloj que, colgado sobre la pizarra, contaba los minutos que les quedarían de suplicio. Tenía que reconocer que, desde que había introducido los cambios que le habían sugerido en el último taller sobre técnicas docentes, haciendo las clases más dinámicas y representando papeles para que los chavales se implicaran en las mismas, había logrado que estos tuvieran un verdadero interés por la asignatura.

Cuando se quiso dar cuenta, la clase entera había formado un debate en el que las teorías existencialistas y hegelianas se lanzaban como cuchillos de un extremo a otro de la habitación. No pudo evitar mostrar una sonrisa canalla. Miró el famoso reloj que presidía la clase y, tras comprobar que aún faltaban diez minutos para que sonase el timbre que daba final a las horas lectivas por aquel día, decidió que aquellos muchachos se habían merecido que su fin de semana comenzara ya. Llamó su atención con unas fuertes palmadas.

—Muy bien, chicos, muy bien. Muchas gracias, Nicolás y Mabel. Seguid trabajando así. Nos vemos el lunes.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/wgV6IDJAmyy9Y4BB

*Imagen tomada de la red (editada)

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