A letras con los lunes: "El tiempo tuvo la culpa"

A letras con los lunes: "El tiempo tuvo la culpa"

El tiempo tuvo la culpa

El tiempo borró tu rostro. O fue el viento, no lo sé bien. Lo cierto es que se fue difuminando hasta quedar convertido en un borrón incierto e indefinido en algún confín de mi memoria. Lo mismo le sucedió a tu voz, acunada por la brisa hasta quedar convertida en un simple murmullo, un eco sin más. Ambos evaporados en el tiempo. Al menos, eso me gusta pensar. Me sigo negando a creer que todo ha sido culpa del olvido.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

El tiempo tuvo la culpa by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: "El teléfono"

El relato del viernes: "El teléfono"

El teléfono

El teléfono sonó en mitad de la noche. El estridente sonido del timbre acuchillaba el silencio, partiéndolo en mil pedazos que rebotaban contra cada rincón de la casa y salían disparados hacia todo lo que encontraban a su paso. Las astillas llegaron hasta la cama en la que Juanjo dormía con una profundidad inusual en él, habituado a las largas noches de insomnio.

Juanjo permaneció inmóvil durante unos segundos, hasta que un sutil movimiento de su pie derecho dio muestras de haber sido alcanzado por un fragmento de sonido desperdigado. Un pequeño ronquido se escapó de su boca entreabierta y volvió a sumirse en el más profundo sueño. Por unos instantes, el silencio volvió a instalarse cómodamente en la habitación, como si aquella pequeña batalla no hubiese tenido lugar.

Una vez más, el sonido del teléfono volvió a irrumpir en el sosegado descanso nocturno. Toda la paz que había respirado la casa quedó de nuevo quebrantada por aquel inoportuno destello ruidoso que se colaba bajo cada rendija, atravesando la oscuridad.

Juanjo se revolvió inquieto entre las sábanas y uno de sus brazos logró escapar de la cómoda prisión de plumas, saliendo al aire frío que cortaba aquel timbre. Un incordiante murmullo llegaba a sus oídos, pero no conseguía determinar de dónde provenía. Era como una alarma que sonaba con insistencia en lo más hondo de su mente y que parecía querer taladrarle el cerebro a su paso. Había comenzado como un tenue bisbiseo un tanto molesto, pero, poco a poco, había ido ganando en intensidad y volumen, provocándole un agudo aturdimiento. Quiso llevarse las manos a la cabeza, como si al tapar los oídos con ellas pudiese detener aquel horadante soniquete, pero, por más que lo intentaba, no era capaz de moverlas. Una penetrante frialdad parecía haberse apoderado de una de ellas y la otra se le mostraba insensible por completo. ¿Qué estaba ocurriendo?

Aquel sonido tan insistente era realmente molesto. El cuerpo de Juanjo parecía convulsionar sobre la cama, mientras trataba de detener aquel insidioso ruido que parecía llegar desde todas partes a la vez y que, al parecer, era imposible de detener. El edredón cayó al suelo después de recibir un fuerte manotazo con rabia. El frío se apoderó por completo de Juanjo, que, además de soportar el fastidioso timbrado que tanta irritación producía en sus oídos, temblaba como si fuera un flan. La desesperación se apoderó de él y, a pesar de la frigidez que se había adueñado de él, comenzó a sudar. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

Juanjo seguía tratando de taparse los oídos con exasperación. Había logrado que sus manos respondieran y llevarlas hasta sus orejas, pero aquel ruido parecía haberse instalado de forma permanente en su cerebro. Por más que trataba de detenerlo, continuaba, insaciable, agitador, extenuante. Comenzó a lanzar manotazos a diestro y siniestro, sin lógica alguna, tratando de espantarlo, sin obtener resultado. Aquel fracaso lo exasperaba aún más y su corazón bombeaba con fuerza dentro su pecho, agitado.

En el piso inerte, los timbrazos del teléfono amenazaban ya con traspasar incluso las puertas y salir al exterior. De pronto, se restauró el silencio y solo quedó un ligero eco que moría lentamente entre las sombras de la noche. Juanjo, por fin, despertó y abrió los ojos de súbito. Agudizó los oídos y calmó a su corazón tras comprobar que el silencio era absoluto. Solo había sido una pesadilla. Agarró el edredón, se acurrucó de nuevo en la cama y, con placidez, volvió a quedarse dormido.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: "Último suspiro"

Miércoles de poesía: "Último suspiro"

Último suspiro

Apenas se distinguen ya las luces
del último autobús
que dejaste pasar.
Impresiones de sal.
Quedan en la marquesina
las goteras de tus memorias
tejidas por una araña.
Sobre el asfalto mojado
yace la cota de malla
de algún héroe extemporáneo.
Sabor a derrota.
Los billetes que no usaste
se convierten en pavesas
en el bolsillo del pantalón.
Los labios tiemblan de frío
al volver sobre unos pasos
perdidos en confusión.
Aroma a extenuación.
Hoy el colchón de adoquines
charla con la luna llena
algún monólogo eterno.
Último viaje extraviado.
Último suspiro.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1911262562047-ultimo-suspiro

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

Nacido de la tormenta

La pequeña barca saltaba sobre el agua haciendo unas cabriolas que el alarmado hombre que iba a bordo soportaba aferrado con fuerza al borde de la embarcación. Sus nudillos se habían tornado de un color blanco intenso por la fuerza con la que se asía, mientras la barca soportaba los envites de las olas en un alarde de valentía. Sabía que había sido toda una temeridad de su parte echarse al mar en aquella época del año, pero el día había amanecido tranquilo y nada hacía presagiar la tormenta que se avecinaba.

Hacía tiempo que en su casa las cosas no iban tan bien como le hubiese gustado. La crítica situación económica en la que se encontraban era, en su mayor parte, la causante de todas las tensiones que se producían en el seno del hogar familiar. Día tras día, mes tras mes y año tras año, veía cómo el esfuerzo de tantos lustros de trabajo se veía abocado a caer por la borda al igual que el agua que entraba en la barca. La mayor desazón para sus entrañas era contemplar, sin poder remediarlo, cómo su hijo dilapidaba los ya exiguos ahorros familiares en interminables fiestas dominadas por el descontrol y, lo que era aún peor, en el juego. Aquella había sido la perdición de la familia al completo, pero él, ciego como estaba y absorto en sus vicios, no parecía ver el desastre que le rodeaba en casa.

Aquella, en apariencia, apacible mañana de enero, se había levantado, como tantos otros días, con esa sensación de congoja que ya era tan familiar en él. Su ansiedad se incrementó cuando, tras abrir la puerta de la habitación de su hijo con sumo cuidado, comprobó que aún no había regresado a casa. Un día más, la historia se repetía. Un profundo suspiro se escapó por entre las arrugas forzosas de sus labios. Se preparó un café, acompañado solo por el silencio matinal, y se sentó a aguardarle.

En cuanto apareció por la puerta, con el semblante serio y apático, supo que habría problemas. Se pensó mucho su determinación de tener una charla con él en cuanto hiciese su aparición para hablarle, una vez más, de su situación. Se lo pensó tanto que a punto estuvo de echarse atrás y dejarle pasar hacia su habitación para que durmiese la borrachera. Al final decidió hacerlo, aquello tenía que acabar de una vez por todas. El alcohol que aún navegaba por las venas del que había sido su ojo derecho durante tantos años, junto con la rabia que le corroía el interior por haber perdido todo el dinero una noche más, hizo que aquella conversación fuera de todo menos educada. Se encaró con su progenitor, le recriminó su situación, volaron los gritos solo hacia un lado de la sala.

Cuando se encerró en su habitación, tras dar un sonoro portazo y haber soltado todos los improperios que contenía su vocabulario, aquel padre destrozado fue devorado por la desesperación más absoluta. Observó cómo su hijo, devorado por la cólera y la tozudez, llegaba incluso a desearle la muerte. Sintió la necesidad de salir de allí, de despejar la mente durante unas horas y poner en orden las ideas. Mirando hacia el mar que se divisaba desde la ventana del salón y tras comprobar que el día parecía apacible, decidió tomar la barca. El tiempo que compartía con su barca siempre le hacía bien y, además, con un poco de suerte, lograría conseguir algo de alimento para aquel día.

La tormenta lo pilló desprevenido. Perdido en sus elucubraciones, no vio cómo el temporal se arremolinaba en el horizonte, engullendo todo con su tenebrosa oscuridad. En cuestión de segundos, las olas saltaban con fuerza sobre la barca y, por más que quiso poner rumbo a la orilla, solo consiguió verse envuelto en la vorágine de viento y agua que se formó a su alrededor. No alcanzaba a divisar ya ni la línea de la costa que hacía unos instantes se promulgaba en el horizonte como única salvación. Recordando las últimas palabras que su hijo le había dirigido, cerró los ojos y se limitó a aferrarse con fuerza a la proa de la pequeña embarcación.

Desde la orilla, un joven, empapado ya con la fría lluvia que arreciaba, divisó en el horizonte a la barca que pugnaba por sobrevivir en medio de aquel caos infernal. Había acudido allí, como tantas otras mañanas, en un intento por despejar su mente del embotamiento en que los efluvios del alcohol y las drogas le tenían sumido. En un principio pensó que se trataba de una alucinación. Nadie en su sano juicio se habría echado a la mar en un día como aquel, pero, tras comprobar que el diminuto punto que formaba la barca iba ganando poco a poco terreno al mar y acercándose hacia la playa, se convenció de que era real. Su aletargamiento desapareció de golpe, sintió cómo la adrenalina corría con fuerza por sus venas y el corazón le latía desbocado en el pecho y, sin pensarlo ni un solo segundo, se lanzó en una desesperada carrera hacia el mar. Sus fuertes brazos luchaban contra el oleaje con vigor y, poco a poco, iba ganando terreno al embravecido mar.

Minutos después, los dos hombres se arrastraban exhaustos sobre la mojada arena de la playa. El joven se abrazó con fuerza al ya casi anciano que jadeaba a su lado. Recordó las palabras que, unas horas antes, le había dirigido en el salón de la casa familiar y rompió en un profuso llanto. Expió sus faltas bajo la torrencial lluvia que a punto había estado de segarles la vida a los dos y tomó una determinación. De la tormenta nació una nueva persona.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: "Pase nocturno"

Miércoles de poesía: "Pase nocturno"

Pase nocturno

Ya corre el telón la noche,
se terminó la función,
las marionetas dormidas
sueñan con que al día siguiente
no queden localidades
en el teatro Ilusión.
La luna entre bambalinas
se pasea en camisón,
ha hecho un trato con Morfeo
y ahora celebra con bailes
feliz sobre el escenario
que sus hijos son del sol.
Las estrellas peregrinan
por el anfiteatro exterior,
se asoman a la platea,
quieren ser protagonistas
y entre reverencias vuelcan
su tenue luz de ocasión.
El sol abraza a la luna
emborrachada de amor,
la descalza con cuidado
para que no se despierte
y la arropa con un manto
de jirones de calor.
Las marionetas despiertan
de sus sueños de ambición
y como autómatas vuelven
a subirse al escenario
de la rutina del día,
se abre de nuevo el telón.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1911252554038-pase-nocturno

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: "Atrapado"

El relato del viernes: "Atrapado"

Atrapado

Arturo miró el reloj que llevaba en la muñeca. Hacía más de una hora que se había separado de su hijo y la desesperación comenzaba a hacer mella en él. Se giró hacia la izquierda solo para encontrarse con un gran muro verde que se alzaba a su frente. Otra vez. Ya había perdido la cuenta de las veces que se había encontrado en aquella misma situación. Por su mente pasó la fugaz idea de cómo puede cambiar la tesitura en la que te encuentras tan solo de un momento a otro. Lo que había comenzado como un apacible día en el que compartir tiempo con su hijo había mutado hasta convertirse en una auténtica pesadilla para él.

Todo había comenzado con risas y complicidad. Jorge, su hijo mayor, estaba encantado. Desde que había nacido el bebé casi no pasaba tiempo a solas con su padre y a Arturo se le había ocurrido la brillante idea de pasar aquella mañana de domingo los dos solos. Entre su trabajo y las demandas de atención del pequeño, apenas le quedaba tiempo para él. Lejos quedaban ya aquellas tardes de juegos en las que padre e hijo eran inseparables y Arturo las echaba de menos.

El día en que llegó a sus manos la publicidad de aquel lugar lo interpretó como una señal. Llevaba días tratando de encontrar alguna actividad diferente para realizar con Jorge, algo que se saliera de lo habitual, y aquella idea le pareció fantástica y divertida. De hecho, lo había sido hasta hacía unos minutos.

Fue él el que propuso el reto. Cuando tuvo aquella ocurrencia, le pareció que sería un plus para añadir un poquito más de diversión adicional a la mañana y, simplemente, siguió el impulso. Además, se sentía tan seguro de sí mismo que en ningún momento pensó que pudiera llegar a encontrarse en aquella coyuntura. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de que aquello le pudiese ocurrir. Jorge se mostró entusiasmado cuando se lo sugirió, así que, sin dudarlo un segundo más, cada uno se encaminó hacia una dirección. El primero en llegar a la salida sería el ganador de una deliciosa hamburguesa doble con ración extra de queso a la hora de la comida.

Ahora no podía estar más arrepentido. Cada vez que tomaba la decisión de torcer por uno de los recodos de aquel lugar, se daba de bruces con otro muro insalvable que le obligaba a retroceder y tomar la dirección contraria para, en la siguiente encrucijada, volverse a equivocar. Se sentía atrapado en aquel entresijo de grandes y tupidos muros formados por una frondosa vegetación que, aunque al principio le habían parecido hermosos y acogedores, cada vez se le antojaban más amenazantes. Para colmo, no tenía ni la menor idea de dónde podría encontrarse su hijo. La creciente ansiedad que sentía se lo estaba haciendo pasar realmente mal.

Después de varias vueltas y revueltas más, Arturo volvió a echar un vistazo al reloj que marcaba el tiempo que duraba su suplicio. Llevaba ya cerca de una hora y media dando rodeos por aquella monstruosa obra de arquitectura disfrazada de atracción infantil. A punto estaba ya de ponerse a dar voces cuando vio un pequeño cartel en un rincón. Apenas daba crédito a sus ojos cuando vio la inscripción que aparecía en él: «salida de emergencia». Creyó volver a nacer cuando detectó una pequeña puerta camuflada entre la vegetación. La abrió con cuidado y traspasó el verde umbral, sudoroso y agitado por la angustia.

Su corazón recuperó su latido normal cuando, al fin, salió de aquella trampa. Enfrente de él, sentado en el suelo y con cara de aburrimiento, estaba su hijo Jorge. Lo observó hacer un gesto de incredulidad y de cansancio mientras se levantaba y se dirigía hacia él.

—Ya te vale, papá, estaba a punto de pedir que fueran a buscarte. Menos mal que era un laberinto para niños, que si no tenemos que llamar a los bomberos para que vengan a rescatarte. Anda, vámonos, que me parece que me debes una hamburguesa.

Arturo no pudo evitar sonreír y, tomando la mano que Jorge le ofrecía, le contestó:

—Pues sí, hijo, sí, vamos, que te la has ganado.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: "Vacío"

Miércoles de poesía: "Vacío"

Vacío

Cuando sientes el vacío en la razón
te transportas al abismo
socavado por las arduas insistencias
de una vida plagada de insensatez.
Se inquieta el ánimo vacilante
al cerciorarse, como en cruel epifanía,
de que el juicio se quedó perdido
en las profundidades de tu ser.
Solo quieres que el tiempo se detenga,
que no siga su avance,
ser el protagonista de una huida
que ponga fin a tu presencia tan pesada.
Ahogarte para siempre en el océano
y sentir el alivio de tener
la mente tan clara y despejada
que pensar ya no sirviera para nada.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1911142477836-vacio

*Imagen tomada de la red (editada)