El teléfono

El teléfono sonó en mitad de la noche. El estridente sonido del timbre acuchillaba el silencio, partiéndolo en mil pedazos que rebotaban contra cada rincón de la casa y salían disparados hacia todo lo que encontraban a su paso. Las astillas llegaron hasta la cama en la que Juanjo dormía con una profundidad inusual en él, habituado a las largas noches de insomnio.

Juanjo permaneció inmóvil durante unos segundos, hasta que un sutil movimiento de su pie derecho dio muestras de haber sido alcanzado por un fragmento de sonido desperdigado. Un pequeño ronquido se escapó de su boca entreabierta y volvió a sumirse en el más profundo sueño. Por unos instantes, el silencio volvió a instalarse cómodamente en la habitación, como si aquella pequeña batalla no hubiese tenido lugar.

Una vez más, el sonido del teléfono volvió a irrumpir en el sosegado descanso nocturno. Toda la paz que había respirado la casa quedó de nuevo quebrantada por aquel inoportuno destello ruidoso que se colaba bajo cada rendija, atravesando la oscuridad.

Juanjo se revolvió inquieto entre las sábanas y uno de sus brazos logró escapar de la cómoda prisión de plumas, saliendo al aire frío que cortaba aquel timbre. Un incordiante murmullo llegaba a sus oídos, pero no conseguía determinar de dónde provenía. Era como una alarma que sonaba con insistencia en lo más hondo de su mente y que parecía querer taladrarle el cerebro a su paso. Había comenzado como un tenue bisbiseo un tanto molesto, pero, poco a poco, había ido ganando en intensidad y volumen, provocándole un agudo aturdimiento. Quiso llevarse las manos a la cabeza, como si al tapar los oídos con ellas pudiese detener aquel horadante soniquete, pero, por más que lo intentaba, no era capaz de moverlas. Una penetrante frialdad parecía haberse apoderado de una de ellas y la otra se le mostraba insensible por completo. ¿Qué estaba ocurriendo?

Aquel sonido tan insistente era realmente molesto. El cuerpo de Juanjo parecía convulsionar sobre la cama, mientras trataba de detener aquel insidioso ruido que parecía llegar desde todas partes a la vez y que, al parecer, era imposible de detener. El edredón cayó al suelo después de recibir un fuerte manotazo con rabia. El frío se apoderó por completo de Juanjo, que, además de soportar el fastidioso timbrado que tanta irritación producía en sus oídos, temblaba como si fuera un flan. La desesperación se apoderó de él y, a pesar de la frigidez que se había adueñado de él, comenzó a sudar. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

Juanjo seguía tratando de taparse los oídos con exasperación. Había logrado que sus manos respondieran y llevarlas hasta sus orejas, pero aquel ruido parecía haberse instalado de forma permanente en su cerebro. Por más que trataba de detenerlo, continuaba, insaciable, agitador, extenuante. Comenzó a lanzar manotazos a diestro y siniestro, sin lógica alguna, tratando de espantarlo, sin obtener resultado. Aquel fracaso lo exasperaba aún más y su corazón bombeaba con fuerza dentro su pecho, agitado.

En el piso inerte, los timbrazos del teléfono amenazaban ya con traspasar incluso las puertas y salir al exterior. De pronto, se restauró el silencio y solo quedó un ligero eco que moría lentamente entre las sombras de la noche. Juanjo, por fin, despertó y abrió los ojos de súbito. Agudizó los oídos y calmó a su corazón tras comprobar que el silencio era absoluto. Solo había sido una pesadilla. Agarró el edredón, se acurrucó de nuevo en la cama y, con placidez, volvió a quedarse dormido.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/x5ztcCK54hexmyng

*Imagen: Pixabay.com (editada)

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