¡Nos vemos a la vuelta!

¡Llegó el día! Después de unos meses tan extraños como los que nos ha tocado vivir, ha llegado la hora del (creo) merecido descanso.

¡Sí! ¡Me voy de vacaciones!

Así que este blog cerrará temporalmente sus puertas hasta septiembre, para volver con las pilar cargadas y la mochila repleta de ilusiones.

Espero que tengáis unas muy felices vacaciones. ¡Nos vemos a la vuelta!

Se os quiere…

El relato del viernes: "Simbiosis melódica"

El relato del viernes: "Simbiosis melódica"

Simbiosis melódica

Elena se miró al espejo de cuerpo entero que tenía frente a sí y apenas logró reconocerse. El vestido de terciopelo negro con un solo tirante que cruzaba su pecho era precioso, una auténtica maravilla que realzaba su curvatura natural y que la hacía sentirse como si fuese una persona importante. El cabello estaba recogido en un sobrio rodete que dejaba escapar, casi por descuido, varios mechones que caían enmarcándole el rostro. Un maquillaje suave resaltaba sus rasgos, confiriéndole un aspecto casi angelical, excepto por el color de sus labios, un intenso tono rojo que jamás se hubiese atrevido a llevar. Unas pequeñas lágrimas de cristal, que colgaban solitarias de los lóbulos de sus orejas, completaban el conjunto. Giró sobre sí misma y dejó escapar una tenue sonrisa. A pesar de que estaba maravillada con lo que veía, no podía evitar que la ansiedad le ganase la partida a la emoción.

Exhaló con fuerza hasta que no quedó ni una sola gota de aire en sus pulmones y agradeció que hubiesen respetado su petición de estar a solas esos últimos instantes. No quería que nadie la viese así. Llevó su mano al estómago, donde un intenso dolor se había instalado desde hacía unos largos minutos y se dobló, apoyándose con la otra mano en el espejo que le devolvía aquella imagen de cuento. Después de todo lo que había luchado, del esfuerzo, del tesón, de la alegría por haberlo conseguido, de la ilusión por que llegase aquel día, no hubiese podido imaginar sentirse tan mal como lo estaba haciendo. Se miró nuevamente en el espejo de reojo. Una auténtica princesa le devolvía la mirada, pero era una princesa derrotada, una princesa vencida por la angustia, que ya no quería vivir dentro de aquel cuento que siempre soñó habitar.

Sus manos comenzaron a temblar mientras escuchó cómo sonaban unos leves golpes en la puerta. Supo que había llegado el momento. Por unos instantes, la idea de permanecer encerrada en su inquietud, paradójicamente, la llenó de tranquilidad. Pero sabía que no podía hacer aquello, nunca se había rendido y no iba a comenzar a hacerlo justo ahora que se encontraba delante de la oportunidad que llevaba toda la vida esperando. Sería la princesa más valiente que había existido jamás.

Traspasó el umbral y comenzó a caminar por el pasillo, tambaleándose sobre aquellos tacones con los que apenas sí lograba mantener el equilibrio. Sentía manos a su alrededor, manos que se posaban sobre ella, que le regalaban caricias que no llegaba a agradecer. Hasta sus oídos llegaban palabras de cariño envueltas en un sutil velo que las convertían en indescifrables. Aquel pasillo parecía haberse estirado aquella noche como si estuviese hecho de goma. Sus pies avanzaban perezosos y renqueantes sobre la moqueta, pero el final no parecía llegar nunca. Cuando apenas quedaban unos centímetros, cerró los ojos y avanzó.

Al abrirlos, una luz cegadora le impidió ver más allá del propio suelo por donde pisaba, tratando de aparentar una seguridad en sus pasos que en realidad no sentía. Detrás de aquella luz, todo era oscuridad y silencio, un silencio categórico que no hacía sino intimidarla más aún. Creyó desvanecerse por unos segundos, pero entonces lo vio. Caminó hasta él en soledad, tratando de reprimirse ante el temor que aquel sobrecogedor silencio le imponía. Cuando llegó hasta él, se sentó con una extrema delicadeza en la banqueta forrada con terciopelo rojo que estaba aguardando su llegada. Sus manos se deslizaron por las teclas de aquel majestuoso piano que, soberbio, aguardaba con paciencia a ser pulsado. Entonces fue cuando se obró el milagro.

Al tiempo que las yemas de sus dedos reptaban por su superficie, Elena sintió una vez más aquella seráfica conexión con el instrumento, que convertía a ambos en un único ser. Todos sus temores desaparecieron al instante, sus manos abandonaron los últimos temblores y una sonrisa se instaló en su rostro para quedarse. Cerró los ojos y, simplemente, comenzó a tocar, disfrutando de aquella simbiosis que sus manos lograban con las teclas.

Cuando, minutos después, Elena pulsó la última tecla de la melodía, el teatro al completo irrumpió en una intensa ovación. Ella, agradecida y emocionada, se puso en pie y dedicó al público una suave reverencia, mientras que, con disimulo, prodigaba una última caricia a su compañero.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/2001152880623-simbiosis-melodica
  • Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: "Muriendo otra vez"

Miércoles de poesía: "Muriendo otra vez"

Muriendo otra vez

Ha quedado abierto el precipicio
la nada ya se ha extendido
ante tu mirada frágil
oculta tras las cortinas.
Puedes tratar de rehuirla.
Corre.
Salta.
Vuela.
      [Vive]
Quiere atraparte en su seno,
muriendo en la ausencia,
sucumbiendo.
No es fácil vivir muriendo
una y otra y otra vez.
Muriendo otra vez.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

Muriendo otra vez by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: "En tiempos de guerra"

El relato del viernes: "En tiempos de guerra"

En tiempos de guerra

El soldado tomó asiento sobre un tocón viejo y sucio que encontró a escasos centímetros del lugar donde estaba atrincherado el batallón. Pasó el dorso de la mano por su frente polvorienta y se limpió las últimas gotas de sudor que destilaba. Una sensación incómoda y desconcertante le asaltó durante un breve instante. Fueron solo unos segundos, pero por ese breve lapso de tiempo le asaltó la duda de si las gotas que recorrían su rostro, en lugar de sudor, no serían lágrimas. Frunció el ceño. Era la primera vez que se planteaba aquella cuestión y, compungido, descubrió que no había lugar a dudas. No hizo falta que se pasara la ennegrecida mano por los ojos para advertir la humedad en ellos y el regusto salado que dejaba a su paso por los labios. Había estado llorando.

Elevó la mirada y agudizó la vista. En la distancia,  podía percibir perfectamente los agotados contornos de la vida que latía tras las barricadas del frente enemigo. Una ligera columna de humo se elevaba con un suave zigzagueo hacia un cielo que, bajo su interpretación, cada vez mostraba menos estrellas. Debían de estar cocinando la cena, un exiguo y frugal sustento con el que a duras penas lograban reponer una mínima parte de las fuerzas desgastadas en combate. A su espalda, algunos de sus compañeros estaban entregados también a aquel afán, cada vez más simple por la escasez de víveres. Torció el gesto. Si no los mataba la guerra, lo haría el hambre.

Emitiendo un sonoro suspiro, se puso en pie y, al hacerlo, su rodilla emitió un quejido suplicante. De pronto, se sintió viejo. No anciano, pero sí con la vejez prematura del que lleva más batallas libradas en su interior que en el propio frente. Quizá fue esa selecta senectud la que le llevó a caminar arrastrando los pies, derrotado, sin fuerzas ya para continuar y remolcando tras de sí la amargura de un pasado que ya jamás podría  borrar.

Sin pretenderlo, guiado quizá por algún confraternizador instinto, fue reduciendo el camino que le separaba de las filas enemigas. Aún faltaban varios cientos de metros cuando creyó percibir movimiento no muy lejos de él, una sombra tal vez, una respiración ardua y pesada. Su reacción, en primera instancia, le llevó a sentir temor. Siempre le ocurría, a pesar de llevar combatiendo ya varios meses. Antes de entrar en combate, no sentía una descarga de adrenalina, como algunos de sus compañeros decían sentir, ni tan siquiera una exaltación del orgullo, como referían otros. Siendo sincero, debía reconocer que aquel hormigueo que notaba en el vientre y aquel sudor frío que le mojaba las manos no era otra cosa que miedo. Miedo en su estado más básico. Ni él había elegido estar allí ni aquello era un juego.

En ese momento, en solitario y con las defensas bajas, un escalofrío le erizó el vello. Sin embargo, aquella sensación duró solo unos instantes. Si algo tenía el miedo era la capacidad de agudizar el resto de sentidos. Cada vez que sentía un peligro, cada vez que se avecinaba un ataque, el aire parecía volverse más denso, el silencio se volvía desgarrador y un olor acre impregnaba el ambiente. Al menos, así lo percibía él. Pero en aquellos momentos, en la calma silente del anochecer en el campo, ninguno de estos signos parecía presente y se relajó de inmediato. Su instinto le decía que no debía temer.

Afinó el oído y creyó escuchar lo que le pareció un suave sollozo. Retomó el paso, con cautela, tratando de guardar el máximo sigilo posible. Entre la bruma nocturna alcanzó a distinguir una figura recostada contra una roca. Avanzó un metro más, un uniforme enemigo. Un metro más, una misma melancolía en la atmósfera. Se quedó quieto, observando, y el tiempo pareció también detenerse a su alrededor. Se vio a sí mismo reflejado en aquel cuerpo derrotado, en aquel joven con expresión vetusta que aparentaba mucha más edad de la que en realidad debía de tener, apenas un niño en un cuerpo ya prácticamente senil. Vio sus mismas ojeras, su mismo aspecto demacrado y extenuado. Su misma resignación en una mirada que hacía demasiado tiempo que quedó extraviada.

El soldado enemigo no parecía haber percibido su presencia. Sin embargo, cuando levantó la mirada, su vista se posó en él al instante de manera fatigada. Parecía haberse rendido de antemano a un posible enfrentamiento. Fueron solo unos segundos los que duró aquel cruce de miradas hasta que sus ojos regresaron al suelo, a algún punto indefinido que estaba muy lejos de allí, como si quisiera traspasar las mismas entrañas de una tierra a la que desearía que sus huesos hubiesen llegado ya.

El soldado se aproximó en silencio hasta quedar recostado junto a aquel compañero de fatigas. Extrajo un cigarrillo liado a mano de una vieja pitillera que traía al instante recuerdos de un tiempo pasado y se lo tendió. Fumaron en silencio, sin palabras, sin reproches, sin confidencias ni agravios, sin cortesías y sin lamentos. Nadie pudo negarles en ese momento el pequeño placer de, en tiempos de guerra, fumarse un cigarrillo de la paz.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.


https://www.safecreative.org/work/2001132861727-en-tiempos-de-guerra

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: "Caminos de seda"

Miércoles de poesía: "Caminos de seda"

Caminos de seda

Se enciende el camino de seda
que baja desde tus piernas
hacia algún puerto del sur
cuando la lluvia ha amainado
y se cuelan las estrellas
curiosas a ver tu luz.
Recorreré ese camino
descalzo y con pies puntillas
para que no te despiertes
y descubriré el misterio
que guardas con tanto celo,
por fin lograré leerte.
Noches de revelaciones
y días de reconquista
para este pirata en veda
que arriesga su propia vida
con tal de pasear siempre
por tus caminos de seda.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

Caminos de seda by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)