Miércoles de poesía: “Noche de gala”

Miércoles de poesía: “Noche de gala”

Noche de gala

Vistió de gala la noche.
Quiso brillar a deshoras
y eclipsar con sus destellos
al día que la siguió.
Volcó todos sus anhelos
en querer ser la más bella
y disfrazó sus tinieblas
con zapatos de tacón.
Duerme cansada la noche.
En sus sueños se recrea
recordando aquel momento
tan breve en el que brilló.
Lanza suspiros al éter
y baila con las galaxias
que la arrullan con su manto
donde no existe el color.
Volverá a soñar la noche
con el mágico momento
en que, bien engalanada,
logre apagar hasta el sol.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

A letras con los lunes: “Lo que las nubes no logran esconder”

A letras con los lunes: “Lo que las nubes no logran esconder”

Lo que las nubes no logran esconder

A pesar de mantener sus ojos abiertos, solo encontraba una insondable oscuridad en su casa, en su mente, en su vida. A ciegas, tanteando en la penumbra, logró subir al tejado y comprobó, con alivio y alegría, que, a pesar de que todo estuviese encapotado, en su mano estaba hacer que las nubes no le impidiesen ver las estrellas.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

Lo que las nubes no logran esconder by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: “El primer tranvía de la mañana”

El relato del viernes: “El primer tranvía de la mañana”

El primer tranvía de la mañana

Aquella mañana, cuando Alberto se levantó de la cama observó, no sin sorpresa, que una gran nevada había cubierto la ciudad por completo. Todo un manto blanco recubría cualquier cosa que tuviese a la vista, parques, tejados, coches, aceras y calles. Acababa de amanecer y la ciudad aún estaba aletargada, ningún vehículo circulaba por aquellas callejuelas blancas ni se veía persona alguna que se hubiese aún atrevido a profanar aquella alfombra virtuosa. Desde la ventana de Alberto, parecía como si el tiempo hubiese quedado detenido en algún lugar extraño a miles de kilómetros de allí.

En tan solo unas horas las calles estarían repletas de niños alegres porque no tendrían que ir a la escuela y que jugarían ilusionados con la nieve como si no la hubieran visto jamás, a pesar de que aquel maravilloso espectáculo visual y sensorial se repitiese año tras año. Pero en aquellos momentos, ante aquel desierto blanco que se extendía ante sus ojos, Alberto solo podía pensar en aquella reunión que tenía a primera hora con uno de los clientes más prestigiosos de su bufete. Era más que evidente que no podía faltar a aquella cita, por más que su cansado cuerpo le pidiese lo contrario, pero veía con tristeza cómo el circular por aquellas calles con su pequeño coche se iba a convertir en prácticamente toda una odisea.

Se preparó el desayuno mientras daba vueltas en su mente a la manera más rápida de conseguir llegar hasta el sitio acordado con el cliente sin necesidad de circular por aquellas improvisadas pistas de esquí urbanas. Con el primer sorbo de café, en el preciso instante en que el aroma penetraba en profundidad por su todavía adormiladas fosas nasales, evocó los viajes en tranvía que solía hacer con sus abuelos en los días de nieve. Para cuando terminó su efímero desayuno, ya había decidido que tomaría el tranvía, con la esperanza de que estuviese en funcionamiento en un día como aquel, en el que la nieve parecía haber querido cubrirlo todo, incluso los raíles por los que circularía el vehículo de su salvación.

Salió a la calle vestido con una pulcritud exquisita, como siempre que se dirigía al trabajo,  protegido del frío con un abrigo de lana de primera calidad. Avanzó como pudo hasta la parada del tranvía, puesto que su calzado no era el apropiado para la nieve, pero en ningún caso se presentaría en una reunión laboral con un atuendo impropio para la misma. Cuando consiguió llegar a la marquesina, que se encontraba a escasos metros de su portal, se limitó a permanecer estático, sin atreverse a mover ni uno solo de sus músculos, sobre todo de sus extremidades inferiores, mientras esperaba a que apareciese el primer tranvía.

Un alivio casi instantáneo se apoderó de él cuando hubo puesto sus pies dentro del vehículo, en apariencia vacío. Alberto tomó asiento en un lugar cercano a la puerta, al tiempo que comprobaba en su caro reloj de pulsera que todavía estaba a tiempo de llegar con puntualidad a su cita, siempre había detestado la impuntualidad, tanto la propia como la ajena. Levantó la cabeza con desgana hasta que su mirada se topó con unos preciosos ojos color miel que le escrutaban a través de una delgada franja delimitada entre un gorro de lana gris y una inmensa bufanda. Fuera del habitáculo, la nevada había ganado en intensidad.

Perdido en aquellos enigmáticos ojos, alguna especie de fuerza superior a su propia voluntad le hizo cambiar de asiento para acercarse a ellos. En cuanto lo hubo hecho, una amplia sonrisa surgió de las fauces de aquella extravagante bufanda, como si aquella mirada lo hubiera estado esperando desde hacía muchísimo tiempo. Alberto, que nunca había dispuesto de tiempo ni ganas para encontrar el amor, se encontró de pronto atrapado por aquella misteriosa muchacha de la que no sabía nada, una completa desconocida. En pocos minutos, la conversación y las risas recorrían el interior del tranvía, que se deslizaba con fluidez por aquel paraje albino, al tiempo que la cantidad y el grosor de los copos de nieve iban en aumento conforme pasaba el tiempo.

Según avanzaba la mañana, la ciudad había comenzado a despertar y la actividad del tranvía era mucho más intensa que cualquier otro día. Nuevos pasajeros subían, otros bajaban, en un intenso frenesí de gentes con prisas o que, simplemente, no querían arriesgar su vida deslizando por las calles heladas, mientras el tranvía continuaba su ruta y repetía itinerario una y otra vez, sin que ni Alberto ni la muchacha fueran conscientes de ello. El conductor lanzaba miradas cómplices a través del espejo retrovisor a aquella nueva pareja que acababa de nacer al resguardo y abrigo del interior de su tranvía. Mientras tanto, aquella absurda reunión de trabajo iba quedando cada vez más olvidada en algún rincón de la mente de un enamorado Alberto.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: "Senectud"

Miércoles de poesía: "Senectud"

Senectud

Quedó colgado un suspiro
de la manecilla de un reloj
parado desde hace tiempo.
Vertió el peso de las horas
en el interior de un cáliz
henchido de telarañas.
Se consumió su recuerdo
junto al poso de la vela
que iluminó su caída
y exhaló el último aliento
hacia el vaho que empaña y cubre
el fulgor de la mañana.
Ocaso de atardeceres.
Romería de silencios.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

A letras con los lunes: "La princesa de tus sueños"

A letras con los lunes: "La princesa de tus sueños"

La princesa de tus sueños

Quisiste de mí una princesa. Me quisiste tierna, delicada, sumisa y paciente. Me quisiste disponible en todo momento, siempre dispuesta para complacerte. Me quisiste femenina, callada, sonriente y discreta. Me quisiste casi etérea, incorpórea, invisible.

Quisiste hacer de mí la princesa de tus sueños, sin darte cuenta de que yo ya lo era, pero de los míos.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Disney

El relato del viernes: "Pequeña fábula del mago desamparado"

El relato del viernes: "Pequeña fábula del mago desamparado"

Pequeña fábula del mago desamparado

Había una vez un mago que vivía solo y desamparado en una isla desierta. Víctima de algún naufragio, llevaba tanto tiempo en aquella situación, que ya ni recordaba tan siquiera como había llegado hasta allí. Los recuerdos de su vida anterior habían ido quedando diluidos entre el salitre y la arena de unas playas que, por muy paradisíacas que pareciesen, escondían el mayor de los males para su marchita alma: la soledad.

En aquella isla, su pelo se había vuelto cano y encrespado y su barba había crecido hasta donde la naturaleza había querido imponer su propio límite. Su piel hacía años que había abandonado la palidez que la caracterizaba para tornarse en un cuero renegrido y curtido que hacía mucho tiempo había dejado de reconocer. Las arrugas se habían convertido en sus únicas compañeras en aquel atolón de maleza y arena.

Por supuesto que había tratado de salir de aquel lugar. De hecho, lo había intentado en infinidad de ocasiones. ¿Cómo no hacerlo cuando la única compañera con la que podía contar era con su soledad? Y la soledad, cuando no es buscada, no suele resultar una buena compañía. Sin embargo, todos sus intentos por abandonar la isla habían terminado en un fracaso absoluto. De nada había servido la barca que trató de construir con madera extraída con gran esfuerzo de las palmeras. Las señales de humo que comenzó a emitir cuando, al fin, fue capaz de lograr prender un fuego, tampoco sirvieron para nada. Nadie parecía pasar por aquel lugar que nunca llegó a saber situar en un mapa. En realidad, jamás consiguió ver un avión sobrevolar el lugar, ni siquiera a una altura tan considerable que tampoco le hubiera servido de gran ayuda. Estaba realmente aislado y completamente solo. Como consecuencia, había desistido del intento mucho tiempo atrás. Lustros, décadas tal vez, un tiempo imposible de cuantificar.

Cierta noche, mientras observaba las estrellas que poblaban el cielo de aquel perpetuo verano, una estrella fugaz surcó la bóveda celeste con una velocidad extraordinariamente lenta. Fue casi un minuto lo que duró el transcurrir de aquella pequeña bola de fuego en el cielo y el mago se quedó absorto en su contemplación. Jamás había visto un fenómeno tan extraño como aquel.

Hipnotizado como estaba por aquel luminoso astro, un pensamiento traspasó su mente a la par que la estrella lo hacía en el cielo. «Parece cosa de magia», se dijo para sí. Y, entonces, como si una pequeña luz se hubiera encendido también en el interior de su cabeza, recordó que él era mago. No un mago cualquiera, además, sino uno de los mejores. Pensó que, quizá, con su magia lograría salir de aquella penosa situación en la que se encontraba.

Maldijo cientos de veces la torpeza cometida al haber pasado por alto durante tanto tiempo aquel pequeño detalle que podría cambiar para siempre el devenir de su vida. Gritó, pataleó, se mesó los largos cabellos con rabia y, una vez calmado, fue cuando puso su magia a actuar. Y, entonces, se obró el milagro.

El mago fue recibido con alegría y cariño por todos sus amigos y familiares. Descubrió con tristeza que algunos de ellos ya no estaban, recibió con algarabía a los nuevos integrantes de la familia y pudo constatar que la mayoría de los que recordaba apenas le eran reconocibles. Él tampoco lo era para ellos, después del tiempo transcurrido en soledad. Sin embargo, ahora había vuelto y todos le habían recibido con los brazos abiertos. Así era el poder de la magia, infinito y magistral.

Moraleja:

No trates de buscar en el exterior la magia. La verdadera magia es la que guardas en tu interior.

Ana Centellas. Marzo 2020. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Miércoles de poesía: "Al olivo"

Miércoles de poesía: "Al olivo"

Al olivo

Cobijado muestra el fruto
que en busca de su mañana
ennegrece a cada paso
que la escarcha roba al tiempo.
Albas de frío y relente
soporta bajo sus ramas
y la vida se le enrosca,
desgastada,
en algún nudo del tronco.
Cuenta su historia a los surcos
que viven bajo su amparo
y guarda fiel el secreto
de la savia adormecida.
Se alimentaron de él
flagrantes adormideras,
vida en vida,
fuerza en bruto,
mil años a sus espaldas.
Orgulloso vierte el líquido
que le vuelve tan valioso,
oro en venas,
preciado óleo,
cual un diamante tallado.
Carga valiente en sus ramas
el respeto de los años,
sabio y anciano se yergue
hacia el cielo con las manos.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: "El placer de la lectura"

A letras con los lunes: "El placer de la lectura"

El placer de la lectura

Con cada libro que leía se sentía elevar. Poco a poco, fue alcanzando una altura considerable, desde la que podía divisar incluso los confines inexistentes del mundo. A medida que devoraba ejemplares, tanto su cuerpo como su alma parecían flotar en las alturas, ingrávidos, etéreos como si fueran de nube.

Un aciago día, alguien le negó el placer de la lectura. Desde entonces, ha sido incapaz de levantar el vuelo.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: "La señora Adelaida"

El relato del viernes: "La señora Adelaida"

La señora Adelaida

La señora Adelaida era un personaje curioso. Vivía en el bajo de mi bloque, en la única vivienda que había en el portal. Su puerta era oscura, escondida en el rincón que el hueco de la escalera se encargaba de cubrir siempre de sombras. Igual de oscura era la buena mujer que, ataviada siempre de negro y con un rictus serio y grave en la boca, jamás era capaz de ofrecer una tenue sonrisa a sus vecinos de comunidad.

Creo que desde que tuve uso de razón aquella señora lo único que llegó a infundirme fue miedo. Un temor tétrico se apoderaba de mí cada vez que la veía. Tengo que decir que, además, era irracional e infundado, porque lo cierto es que jamás tuve motivos para temer de ella. Sin embargo, no podía evitar sentir cómo un escalofrío me sacudía el cuerpo desde los pies hasta la cabeza en las contadas ocasiones en las que tuve la mala suerte de coincidir con ella en el portal.

Recuerdo que, siendo una niña, al regresar a casa del colegio, cruzaba corriendo el portal y subía los escalones de dos en dos para evitar encontrarme con aquella señora que, en mi imaginación, era una auténtica bruja. Quizá algo tuviera que ver en aquello la, bajo mi punto de vista, repugnante verruga que adornaba su nariz, coronada por tres fuertes y oscuros pelos que se encaracolaban sin que a ella pareciera molestarle en absoluto.

Desde mi terraza podía ver con total nitidez la suya, una especie de patio cerrado por altas paredes que lo mantenían la mayor parte del día en penumbra. En raras ocasiones podías ver a la señora Adelaida disfrutando de un momento de relax en aquel espacio, que utilizaba únicamente para tener la ropa y poco más. Yo, que solía pasar tardes enteras jugando en la terraza, entraba en pánico cada vez que alguno de mis juguetes tenía la desgracia de escaparse barandilla abajo y llegar a caer al patio de aquella lúgubre señora. Prefería mil veces quedarme sin mi juguete preferido a tener que bajar y tocar en aquella puerta para pedir el favor de que me lo devolviera. En las contadas ocasiones en las que lo hice, me atendió siempre malhumorada, rezongando entre dientes, exhortándome a tener más cuidado, para devolverme a mi querido juguete mustio y arrugado después de haber pasado por el cubo de la basura. Una experiencia que no me apetecía nada tener que repetir.

Había ocasiones en las que, por un descuido, a mi madre se le caía alguna prenda a su patio cuando tendía o recogía la ropa del tendedero. No sé por qué extraña razón era a mí a la que siempre le tocaba bajar a recuperarla. Creo que, en el fondo, a mi madre tampoco le gustaba aquella señora e intentaba tratar con ella lo menos posible. Jamás traspasé aquel umbral siniestro que se abría ante mí, un recibidor oscuro como su dueña y que, para mí, era como las fauces de una fiera salvaje que me fuera a devorar si ponía un pie más allá del felpudo de la entrada. Por supuesto, tampoco fui nunca invitada a hacerlo.

Han pasado los años y la señora Adelaida, a pesar de continuar con su lóbrego aspecto y su rictus amargo, ya no se me antoja ser la bruja que solía ser en mi niñez. Los años han pasado como apisonadoras sobre ambas y a ella le han dejado un poso de tristeza en la mirada y a mí me han quitado las gafas del temor. Esta mañana la encontré en el portal, apoyada sobre la barandilla que asegura los cinco escalones que separan a la calle de su vivienda, agotada, sudorosa y temblorosa. Sin dudarlo, le he ofrecido mi ayuda. Con pasos trémulos, ha recorrido agarrada a mi brazo el pequeño tramo de escalones y, por primera vez en la vida, me ha abierto la puerta de su casa. Tras el oscuro recibidor, un hogar cálido y luminoso me ha dado la bienvenida. La señora Adelaida me ha sonreído, me ha dado un abrazo demasiado fuerte para las fuerzas que aún resisten a abandonarla y me ha invitado a café.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: "El camino"

Miércoles de poesía: "El camino"

El camino

Me dejaste las migajas
de tu amor incombustible.
Con ellas construí un camino.
Losas brunas me quedaron
perdidas entre la umbría.
Guardiana de las tinieblas,
adoradora del frío.
No quise extraviar el norte
ni perder aquel sendero
que me llevaba a tu ombligo.
Ahora he quedado cautiva
por ir prendiendo luciérnagas
que iluminen el camino.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.


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