Todo va a ir bien

—Todo va ir bien… Todo va a ir bien…

Estas eran las palabras que se repetían sin cesar en la cabeza de Rafael, como un mantra, mientras caminaba cabizbajo por la calle, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Hacía meses que no se ponía aquellos pantalones y fue entonces, en aquel momento en el que una relativa calma había hecho acto de presencia, cuando notó que le quedaban grandes. Por la mañana, cuando se vistió, estaba tan alterado que los nervios le habían impedido darse cuenta de nada. Estaba perdiendo demasiado peso.

—Todo va a ir bien… Todo va a ir bien…

El mantra continuaba repitiéndose en su mente sin cesar, en un segundo plano, mientras Rafael repasaba lo que acababa de ocurrir. Hacía unos minutos que había abandonado aquella oficina y la sensación que se le había quedado era, en cierto modo, ambigua. Era la primera entrevista de trabajo que realizaba en meses y no estaba muy seguro de haberlo hecho del todo bien. Pero necesitaba aquel trabajo con urgencia y, desde luego, había puesto todo lo mejor de sí mismo en aquellos minutos que había pasado en ese bonito despacho.

Mientras caminaba, recordó las últimas entrevistas que había realizado. De ellas siempre había salido con una impresión muy buena y, sin embargo, las respuestas que recibió siempre habían sido negativas. Había pasado ya tanto tiempo desde la última, que esta la había realizado con una ilusión especial. Pero, en el fondo, se temía cuál iba a ser la respuesta. Sus más de cincuenta años de edad, junto a los casi cinco años que llevaba sin empleo, le hacían ser el candidato ideal, sí, pero para desestimar. Nadie le quería y hacía ya demasiado tiempo que no recibía ayuda económica alguna. Sufría cuando veía a sus hijos tener que dejar a un lado los estudios para poder ayudar a la economía familiar.

—Todo va a ir bien… Todo va a ir bien…

A unos metros de distancia, Mariana, sentada en su cómodo sillón de un despacho situado en la quinceava planta de un moderno edificio de oficinas, sostenía entre sus manos el currículum de aquel hombre que se acababa de ir. Tantos años ejerciendo su profesión la habían dotado de una capacidad excepcional para leer a través de las personas y lo que había visto en la mirada de aquel hombre la había dejado intranquila. Detrás de aquella sonrisa que, claramente, no alcanzaba a iluminar su mirada, Mariana había podido vislumbrar la desesperación y la resignación. Detrás de aquella voz, en apariencia tranquila y modulada, había podido percibir el miedo.

Echó un vistazo a la pila de papeles que, ordenada con precisión milimétrica, aguardaba en un extremo de su mesa. En ella había decenas de currículum que postulaban para el puesto que ofrecía su compañía. Todos ellos pertenecían a gente joven, idealista y que, sin duda, aportarían dinamismo, empuje y ganas al puesto de trabajo. Ideas nuevas e ilusión para reactivar el proyecto que tenían entre manos. Sin embargo, ninguno con la cualificación con la que podría contribuir el hombre de los ojos tristes. Acarició con suavidad las hojas con las yemas de los dedos y se mordió el labio inferior. Cerró los ojos y dejó que fuera su corazón el que la guiase en la decisión que estaba a punto de tomar.

Cuando los abrió, sonrió, dejó los papeles sobre la pila de currículum y tomó el auricular del teléfono modernista que quedaba a su izquierda.

Rafael estaba a punto de adentrarse en la boca de metro para emprender el viaje de regreso a su casa. El aire fresco de la calle le había hecho bien y, con una expresión mucho más relajada en su rostro, seguía manteniendo en su mente el mantra que le llevaba acompañando durante toda la mañana.

—Todo va a ir bien… Todo va a ir bien…

Apenas había bajado los primeros escalones que descendían hacia el subterráneo cuando sintió una vibración en el interior del bolsillo del pantalón, ese que le quedaba grande. Respondió con premura. En los últimos meses se había acostumbrado a atender cada llamada con la urgencia de la desesperación, nunca sabía dónde podría encontrar la oportunidad que tanto tiempo llevaba buscando. Una voz de mujer le dibujó la primera sonrisa verdaderamente auténtica de las últimas semanas:

—¿Rafael? Soy Mariana, nos acabamos de ver. Quizá sea un poco precipitado, pero… ¿podrías comenzar mañana?

Rafael sonreía y asentía a su interlocutora con extrema gratitud, mientras aquella voz mental le susurraba:

—¿Ves? Te lo dije… que todo iba a ir bien…

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.


https://www.safecreative.org/work/2001202909281-todo-va-a-ir-bien

*Imagen: Pixabay.com (editada)

7 comentarios en “El relato del viernes: "Todo va a ir bien"

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