La señora Adelaida

La señora Adelaida era un personaje curioso. Vivía en el bajo de mi bloque, en la única vivienda que había en el portal. Su puerta era oscura, escondida en el rincón que el hueco de la escalera se encargaba de cubrir siempre de sombras. Igual de oscura era la buena mujer que, ataviada siempre de negro y con un rictus serio y grave en la boca, jamás era capaz de ofrecer una tenue sonrisa a sus vecinos de comunidad.

Creo que desde que tuve uso de razón aquella señora lo único que llegó a infundirme fue miedo. Un temor tétrico se apoderaba de mí cada vez que la veía. Tengo que decir que, además, era irracional e infundado, porque lo cierto es que jamás tuve motivos para temer de ella. Sin embargo, no podía evitar sentir cómo un escalofrío me sacudía el cuerpo desde los pies hasta la cabeza en las contadas ocasiones en las que tuve la mala suerte de coincidir con ella en el portal.

Recuerdo que, siendo una niña, al regresar a casa del colegio, cruzaba corriendo el portal y subía los escalones de dos en dos para evitar encontrarme con aquella señora que, en mi imaginación, era una auténtica bruja. Quizá algo tuviera que ver en aquello la, bajo mi punto de vista, repugnante verruga que adornaba su nariz, coronada por tres fuertes y oscuros pelos que se encaracolaban sin que a ella pareciera molestarle en absoluto.

Desde mi terraza podía ver con total nitidez la suya, una especie de patio cerrado por altas paredes que lo mantenían la mayor parte del día en penumbra. En raras ocasiones podías ver a la señora Adelaida disfrutando de un momento de relax en aquel espacio, que utilizaba únicamente para tener la ropa y poco más. Yo, que solía pasar tardes enteras jugando en la terraza, entraba en pánico cada vez que alguno de mis juguetes tenía la desgracia de escaparse barandilla abajo y llegar a caer al patio de aquella lúgubre señora. Prefería mil veces quedarme sin mi juguete preferido a tener que bajar y tocar en aquella puerta para pedir el favor de que me lo devolviera. En las contadas ocasiones en las que lo hice, me atendió siempre malhumorada, rezongando entre dientes, exhortándome a tener más cuidado, para devolverme a mi querido juguete mustio y arrugado después de haber pasado por el cubo de la basura. Una experiencia que no me apetecía nada tener que repetir.

Había ocasiones en las que, por un descuido, a mi madre se le caía alguna prenda a su patio cuando tendía o recogía la ropa del tendedero. No sé por qué extraña razón era a mí a la que siempre le tocaba bajar a recuperarla. Creo que, en el fondo, a mi madre tampoco le gustaba aquella señora e intentaba tratar con ella lo menos posible. Jamás traspasé aquel umbral siniestro que se abría ante mí, un recibidor oscuro como su dueña y que, para mí, era como las fauces de una fiera salvaje que me fuera a devorar si ponía un pie más allá del felpudo de la entrada. Por supuesto, tampoco fui nunca invitada a hacerlo.

Han pasado los años y la señora Adelaida, a pesar de continuar con su lóbrego aspecto y su rictus amargo, ya no se me antoja ser la bruja que solía ser en mi niñez. Los años han pasado como apisonadoras sobre ambas y a ella le han dejado un poso de tristeza en la mirada y a mí me han quitado las gafas del temor. Esta mañana la encontré en el portal, apoyada sobre la barandilla que asegura los cinco escalones que separan a la calle de su vivienda, agotada, sudorosa y temblorosa. Sin dudarlo, le he ofrecido mi ayuda. Con pasos trémulos, ha recorrido agarrada a mi brazo el pequeño tramo de escalones y, por primera vez en la vida, me ha abierto la puerta de su casa. Tras el oscuro recibidor, un hogar cálido y luminoso me ha dado la bienvenida. La señora Adelaida me ha sonreído, me ha dado un abrazo demasiado fuerte para las fuerzas que aún resisten a abandonarla y me ha invitado a café.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/Efn4KRhv4fbsvCgh

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Un comentario en “El relato del viernes: "La señora Adelaida"

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