Pequeña fábula del mago desamparado

Había una vez un mago que vivía solo y desamparado en una isla desierta. Víctima de algún naufragio, llevaba tanto tiempo en aquella situación, que ya ni recordaba tan siquiera como había llegado hasta allí. Los recuerdos de su vida anterior habían ido quedando diluidos entre el salitre y la arena de unas playas que, por muy paradisíacas que pareciesen, escondían el mayor de los males para su marchita alma: la soledad.

En aquella isla, su pelo se había vuelto cano y encrespado y su barba había crecido hasta donde la naturaleza había querido imponer su propio límite. Su piel hacía años que había abandonado la palidez que la caracterizaba para tornarse en un cuero renegrido y curtido que hacía mucho tiempo había dejado de reconocer. Las arrugas se habían convertido en sus únicas compañeras en aquel atolón de maleza y arena.

Por supuesto que había tratado de salir de aquel lugar. De hecho, lo había intentado en infinidad de ocasiones. ¿Cómo no hacerlo cuando la única compañera con la que podía contar era con su soledad? Y la soledad, cuando no es buscada, no suele resultar una buena compañía. Sin embargo, todos sus intentos por abandonar la isla habían terminado en un fracaso absoluto. De nada había servido la barca que trató de construir con madera extraída con gran esfuerzo de las palmeras. Las señales de humo que comenzó a emitir cuando, al fin, fue capaz de lograr prender un fuego, tampoco sirvieron para nada. Nadie parecía pasar por aquel lugar que nunca llegó a saber situar en un mapa. En realidad, jamás consiguió ver un avión sobrevolar el lugar, ni siquiera a una altura tan considerable que tampoco le hubiera servido de gran ayuda. Estaba realmente aislado y completamente solo. Como consecuencia, había desistido del intento mucho tiempo atrás. Lustros, décadas tal vez, un tiempo imposible de cuantificar.

Cierta noche, mientras observaba las estrellas que poblaban el cielo de aquel perpetuo verano, una estrella fugaz surcó la bóveda celeste con una velocidad extraordinariamente lenta. Fue casi un minuto lo que duró el transcurrir de aquella pequeña bola de fuego en el cielo y el mago se quedó absorto en su contemplación. Jamás había visto un fenómeno tan extraño como aquel.

Hipnotizado como estaba por aquel luminoso astro, un pensamiento traspasó su mente a la par que la estrella lo hacía en el cielo. «Parece cosa de magia», se dijo para sí. Y, entonces, como si una pequeña luz se hubiera encendido también en el interior de su cabeza, recordó que él era mago. No un mago cualquiera, además, sino uno de los mejores. Pensó que, quizá, con su magia lograría salir de aquella penosa situación en la que se encontraba.

Maldijo cientos de veces la torpeza cometida al haber pasado por alto durante tanto tiempo aquel pequeño detalle que podría cambiar para siempre el devenir de su vida. Gritó, pataleó, se mesó los largos cabellos con rabia y, una vez calmado, fue cuando puso su magia a actuar. Y, entonces, se obró el milagro.

El mago fue recibido con alegría y cariño por todos sus amigos y familiares. Descubrió con tristeza que algunos de ellos ya no estaban, recibió con algarabía a los nuevos integrantes de la familia y pudo constatar que la mayoría de los que recordaba apenas le eran reconocibles. Él tampoco lo era para ellos, después del tiempo transcurrido en soledad. Sin embargo, ahora había vuelto y todos le habían recibido con los brazos abiertos. Así era el poder de la magia, infinito y magistral.

Moraleja:

No trates de buscar en el exterior la magia. La verdadera magia es la que guardas en tu interior.

Ana Centellas. Marzo 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/CBj4lOoudYAfeGmG

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Un comentario en “El relato del viernes: "Pequeña fábula del mago desamparado"

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