El primer tranvía de la mañana

Aquella mañana, cuando Alberto se levantó de la cama observó, no sin sorpresa, que una gran nevada había cubierto la ciudad por completo. Todo un manto blanco recubría cualquier cosa que tuviese a la vista, parques, tejados, coches, aceras y calles. Acababa de amanecer y la ciudad aún estaba aletargada, ningún vehículo circulaba por aquellas callejuelas blancas ni se veía persona alguna que se hubiese aún atrevido a profanar aquella alfombra virtuosa. Desde la ventana de Alberto, parecía como si el tiempo hubiese quedado detenido en algún lugar extraño a miles de kilómetros de allí.

En tan solo unas horas las calles estarían repletas de niños alegres porque no tendrían que ir a la escuela y que jugarían ilusionados con la nieve como si no la hubieran visto jamás, a pesar de que aquel maravilloso espectáculo visual y sensorial se repitiese año tras año. Pero en aquellos momentos, ante aquel desierto blanco que se extendía ante sus ojos, Alberto solo podía pensar en aquella reunión que tenía a primera hora con uno de los clientes más prestigiosos de su bufete. Era más que evidente que no podía faltar a aquella cita, por más que su cansado cuerpo le pidiese lo contrario, pero veía con tristeza cómo el circular por aquellas calles con su pequeño coche se iba a convertir en prácticamente toda una odisea.

Se preparó el desayuno mientras daba vueltas en su mente a la manera más rápida de conseguir llegar hasta el sitio acordado con el cliente sin necesidad de circular por aquellas improvisadas pistas de esquí urbanas. Con el primer sorbo de café, en el preciso instante en que el aroma penetraba en profundidad por su todavía adormiladas fosas nasales, evocó los viajes en tranvía que solía hacer con sus abuelos en los días de nieve. Para cuando terminó su efímero desayuno, ya había decidido que tomaría el tranvía, con la esperanza de que estuviese en funcionamiento en un día como aquel, en el que la nieve parecía haber querido cubrirlo todo, incluso los raíles por los que circularía el vehículo de su salvación.

Salió a la calle vestido con una pulcritud exquisita, como siempre que se dirigía al trabajo,  protegido del frío con un abrigo de lana de primera calidad. Avanzó como pudo hasta la parada del tranvía, puesto que su calzado no era el apropiado para la nieve, pero en ningún caso se presentaría en una reunión laboral con un atuendo impropio para la misma. Cuando consiguió llegar a la marquesina, que se encontraba a escasos metros de su portal, se limitó a permanecer estático, sin atreverse a mover ni uno solo de sus músculos, sobre todo de sus extremidades inferiores, mientras esperaba a que apareciese el primer tranvía.

Un alivio casi instantáneo se apoderó de él cuando hubo puesto sus pies dentro del vehículo, en apariencia vacío. Alberto tomó asiento en un lugar cercano a la puerta, al tiempo que comprobaba en su caro reloj de pulsera que todavía estaba a tiempo de llegar con puntualidad a su cita, siempre había detestado la impuntualidad, tanto la propia como la ajena. Levantó la cabeza con desgana hasta que su mirada se topó con unos preciosos ojos color miel que le escrutaban a través de una delgada franja delimitada entre un gorro de lana gris y una inmensa bufanda. Fuera del habitáculo, la nevada había ganado en intensidad.

Perdido en aquellos enigmáticos ojos, alguna especie de fuerza superior a su propia voluntad le hizo cambiar de asiento para acercarse a ellos. En cuanto lo hubo hecho, una amplia sonrisa surgió de las fauces de aquella extravagante bufanda, como si aquella mirada lo hubiera estado esperando desde hacía muchísimo tiempo. Alberto, que nunca había dispuesto de tiempo ni ganas para encontrar el amor, se encontró de pronto atrapado por aquella misteriosa muchacha de la que no sabía nada, una completa desconocida. En pocos minutos, la conversación y las risas recorrían el interior del tranvía, que se deslizaba con fluidez por aquel paraje albino, al tiempo que la cantidad y el grosor de los copos de nieve iban en aumento conforme pasaba el tiempo.

Según avanzaba la mañana, la ciudad había comenzado a despertar y la actividad del tranvía era mucho más intensa que cualquier otro día. Nuevos pasajeros subían, otros bajaban, en un intenso frenesí de gentes con prisas o que, simplemente, no querían arriesgar su vida deslizando por las calles heladas, mientras el tranvía continuaba su ruta y repetía itinerario una y otra vez, sin que ni Alberto ni la muchacha fueran conscientes de ello. El conductor lanzaba miradas cómplices a través del espejo retrovisor a aquella nueva pareja que acababa de nacer al resguardo y abrigo del interior de su tranvía. Mientras tanto, aquella absurda reunión de trabajo iba quedando cada vez más olvidada en algún rincón de la mente de un enamorado Alberto.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

El primer tranvía de la mañana by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen: Pixabay.com (editada)

2 comentarios en “El relato del viernes: “El primer tranvía de la mañana”

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