El relato del viernes: “Luz de luna”

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Luz de luna

Clara vivía enamorada de la luna. Le gustaba pasar horas enteras sentada en el porche de su jardín, durante la noche, bebiendo del mágico hechizo que producía sobre ella la luz del fantástico astro. Ya fuese verano o invierno, lloviese o nevase, raro era el día que no dedicase un buen pedazo de su tiempo a compartir sus confidencias con la luna.


Sentía tal conexión con ella que incluso su estado de ánimo variaba en función del ciclo lunar. Tras una noche de luna llena, Clara se revitalizaba, se sentía plena y fuerte, cargada de optimismo y con muy buen sentido del humor. En cambio, en las noches de luna nueva, cuando su alma gemela quedaba opacada en el cielo, se sentía morir. Salía al porche en busca del mínimo resquicio de su luz amada y, después, era incapaz de conciliar el sueño. Se sentía frustrada y cansada, irascible y apática. Odiaba las nubes, que le ocultaban su esencia, y la niebla, que entorpecía su sinergia.


Después del accidente, postrada en la cama en la que debería permanecer el resto de sus días, Clara recibía la escasa luz de luna que se colaba por su ventana con una mezcla de melancolía y grandes dosis de rabia. Miraba a los pies de su cama, donde la luz incidía apenas unos instantes, y las lágrimas se lanzaban desde sus ojos en un salto libre y sin protección. Apretaba los dientes y, en el mismo gesto, los puños. Trataba con todas sus fuerzas de devolver las lágrimas a su lugar y, con un rictus de amargura en el rostro, deseaba haber muerto en aquel maldito accidente. Ni los tiernos cuidados de Miguel ni las sonrisas y los abrazos de sus dos pequeños conseguían quitarle aquel sentimiento. Pero aún era cuando la luz no se filtraba a través de la ventana. En aquellos momentos, directamente, escondía la cabeza bajo las sábanas y fingía no existir.


Poco tiempo tardaron los gastos médicos en agotar los limitados recursos de la familia. Un día, Miguel le comunicó que, si querían continuar subsistiendo, tendrían que cambiar de casa. Abandonar su bonita casa con jardín y cambiarla por un pequeño piso en algún callejón olvidado de la gran ciudad suponía, en aquellos momentos, el menor de los problemas para Clara. Su única obsesión era la luna, esos exiguos rayos de luz plateada que necesitaba para seguir respirando, para seguir luchando por mantenerse encadenada a una existencia que ya había dejado de tener sentido. Por eso se sintió más animada cuando Miguel le contó que, en la nueva casa, la luna llena nunca dejaría de brillar para ella. Al principio no lo creyó. ¿Cómo iba a ser aquello posible? Pero se lo aseguraba con tanta vehemencia y sentía tanta necesidad por aferrarse a una esperanza, que un pequeño poso de ilusión se fue creando en su interior.


El día de la mudanza, Clara era un auténtico manojo de nervios. Nada importaba, ni la delicadeza de su traslado ni el trabajo que supuso para toda su familia y gran parte de sus amigos. Clara solo tenía puestas sus esperanzas en aquella primera noche, en la que podría comprobar si la luz de la luna la acompañaría en su aflicción. Y no la defraudó.


Cuando cayó la noche, por la ventana de su pequeño cuarto comenzó a colarse una luz blanca, luminosa y radiante. Clara la contemplaba desde la cautividad de su lecho y, en silencio, rogaba para que nunca la abandonase. Si permanecía junto a ella, estaba segura de poder con todos los obstáculos que la vida estuviese dispuesta a poner en su camino. Y la luna pareció escucharla.


Cada día, Clara esperaba con ansia la llegada de la noche que, como si fuese el más fiel de los amantes, siempre la agasajaba con un torrente de luz nívea y refulgente. Noche tras noche, sin excepción. Sin tratar de buscar alguna explicación lógica a aquel insólito fenómeno, Clara aceptó aquel milagro como una compensación a todo lo que le había sido arrebatado por el destino. Sus piernas, sus rutinas, sus pasiones, sus ganas de vivir. A cambio, una luna llena perpetua, eterna, inmortal.


Poco a poco, la sonrisa fue regresando al rostro de Clara. Al principio lo hizo con timidez, como un niño que se encara con su primer día de clase. Pero, con el paso de los meses, se fue haciendo más amplia, más radiante, más dichosa.


Mientras, Miguel contemplaba la sonrisa de su esposa brillar de nuevo, como la luz de la luna, y no podía evitar preguntarse hasta qué punto estaba haciendo lo correcto. Si el fin justifica los medios. Si una mentira piadosa siempre se puede considerar una falta leve. Mientras Clara dormía, él se asomaba a la ventana del cuarto por la que ella nunca podría asomarse. Miraba la calle estrecha, los balcones de enfrente, la basura acumulada sobre las aceras y, cómo no, la farola que, demasiado cerca del alféizar, proyectaba su argéntea luz sobre el cabecero de la cama desde su perfecto escondite. Entonces veía a Clara dormir con sosiego, con una sonrisa de complacencia adornándole el rostro y decidía que sí, que el engaño valía la pena. Y que mentiría una y mil veces por seguir viéndola sonreír.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Aún estás a tiempo”

Fuente: Pixabay (editada)

Aún estás a tiempo

Dicen que quien no se consuela
es porque no quiere.
Quizá tengan razón.
Pero lo cierto es que es 
un auténtico consuelo
saber que aún estás a tiempo 
de tomar las riendas de tu vida.
Que aún estás a tiempo
de corregir los errores
cometidos en el pasado.
Que aún estás a tiempo
de convertirte en esa persona
que siempre quisiste ser.
Que aún estás a tiempo
de alejar de tu camino
todo aquello que no te hace brillar 
y quedarte solo 
con aquello que te vuelve flor.
Que aún estás a tiempo
de no tirarlo todo por la borda.
Que aún estás a tiempo
de aprender, de crecer,
de sentir,
de vivir.
Y puede que solo sea eso,
un consuelo para los tontos
que precisan de una simple mentira
piadosa
para subsistir.
O puede,
tal vez,
quizás,
que sea algo más,
una realidad paralela
en un universo
en continuo cambio.
Pero,
sea como sea,
lo importante es saber
que, pase lo que pase,
siempre hay tiempo 
y que tú,
sí, tú,
todavía estás a tiempo.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Ni la muerte podrá separarnos”

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Ni la muerte podrá separarnos

—Ni la muerte podrá separarnos, te lo prometo.

A Martina se le humedecieron los ojos ante sus palabras. Se dejó envolver en un abrazo que despojó a su alma de todos sus temores y, un momento después, a su cuerpo de toda su ropa. Veinte minutos más tarde, un cigarrillo compartido fue testigo mudo de aquella declaración de amor, vestida de sudor satinado y envuelta en volutas de humo.

—¿De verdad lo prometes?

—Lo prometo.

Él la había mirado a los ojos y ella lo había creído. Y tanto que lo había creído. Se había aferrado a sus palabras como si fuesen una tabla de salvación, atendiendo a una desesperada necesidad de cariño que llevaba arrastrando desde hacía demasiado tiempo. Había suspirado profundamente y se había quedado dormida con una sonrisa de deliciosa satisfacción en los labios. Cuántas veces había maldecido aquel momento.

Más de veinte años después, a Martina se le humedecían de nuevo los ojos. Y, en la situación en la que se encontraba, le dolía en el alma no saber distinguir si aquellas lágrimas que escapaban sin su permiso eran de dolor o de alivio. Dirigió la mirada hacia el cielo, como si de esta manera pudiera impedir su fuga y devolverlas a su lugar. Unos oscuros nubarrones lo cubrían y el viento había comenzado a soplar con fuerza. Sin duda, estaba a punto de comenzar a llover. Regresó la mirada al frente, donde el sacerdote estaba a punto de finalizar su responso. Bien podía habérselo ahorrado. Al fin y al cabo, nunca había sido creyente y dudaba mucho que lo fuera ahora, después de todo. Pero nunca se sabía.

Una veintena de personas comenzó a arremolinarse a su alrededor. Ella apenas veía rostros, sino meras manchas borrosas que se acercaban y le ofrecían un abrazo o una caricia que pretendía ser reconfortante. Si ellos supieran. Menos aún escuchaba sus voces. Le llegaban amortiguadas por la capa de ruido que provocaban sus propios remordimientos de conciencia. Increíble, pero así era. Su conciencia le hablaba a gritos, reclamándole los sentimientos que se suponía debía tener en un momento como aquel. A ella ya solo le quedaban dudas.

En apenas cinco minutos, aquellas personas se habían dispersado, dejándola sumida en una soledad que a ella le hubiese gustado disfrutar desde el primer momento. Las primeras gotas de lluvia habían comenzado a caer con languidez desde el cielo plomizo de aquella tarde de noviembre. Pesaba más la preocupación por no mojarse que el motivo por el que se habían reunido allí. Vio cómo los últimos paraguas salían por la puerta, en la distancia, y suspiró.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Aquel sonido cortaba el aire, logrando que impidiese llegar con fluidez a sus fosas nasales. De hecho, parecía el único sonido que se permitía escuchar, junto al repiqueteo de las gotas de una lluvia que ya comenzaba a arreciar. Ambos se mezclaban en una siniestra melodía que parecía haber sido compuesta de forma expresa para ella y que le arrancó un sollozo ahogado. Creyó asfixiarse.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Permaneció allí, de pie, inmóvil bajo la lluvia, con los ojos mirando, pero sin ver, al hombre que componía aquella tétrica canción. Sin pedir permiso, los recuerdos acudieron a su mente. Lo hicieron en tropel, atropellándose los unos a los otros en una carrera en la que solo uno de ellos podría resultar vencedor. Una tierna caricia. Un grito. Una rosa blanca envuelta en papel de celofán azul. Una mano que se alza sobre una cabeza doblegada. Risas compartidas que se bañan en espuma de cerveza. Ansiolíticos disueltos en la blanca crema de un café con leche. Pasión. Temor. Golpes. Miedo. Terror. Y, finalmente, alivio. Un alivio culpable que ni tan siquiera ahora le permitía permanecer tranquila.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Aquel sonido continuaba, implacable, acelerando su cadencia conforme el cielo derramaba mares de lágrimas y el ocaso se acercaba de manera peligrosa. Tierra sobre tierra. Polvo sobre polvo. Barro sobre barro.

Empapada de pies a cabeza, Martina vio cómo aquel hombre finalizaba su trabajo sin apenas esfuerzo. La miró con gesto cohibido y ella le dirigió un ligero ademán de asentimiento con la cabeza, en parte demostrando gratitud y en parte escondiendo un tácito permiso para retirarse. Se quedó completamente sola, al fin.

Calculó que debía faltar una media hora para que el sol se ocultase y poder dar por terminado aquel largo día. Seguía lloviendo, pero no le importaba. Al contrario, las gotas de agua deslizándose sobre su pelo, sobre su piel, sobre su ropa, parecían ejercer un efecto purificador sobre ella. A cada minuto que pasaba se iba sintiendo cada vez más ligera, como si la lluvia arrastrase consigo todo aquel peso que le lastraba el alma y el corazón. La melodía había cambiado y ya solo se escuchaba el tintineo de la lluvia sobre el suelo, meciéndola como si de una suave canción de cuna se tratase. Y decidió despedirse, en silencio, a solas, durante unos minutos más.

En aquel corto espacio de tiempo, Martina consiguió perdonarlo. Le perdonó los bramidos, las humillaciones, los golpes que llegaron disfrazados de cariño. Y tan bueno había sido aquel disfraz, confeccionado a base de años de desprecios y de lágrimas atravesadas en la garganta, que nadie había conseguido desenmascarar al portador del mismo. Fue la cara oculta de una luna que brillaba con esplendor en el cielo cada noche, pero que, cuando salía el sol, mostraba su verdadero rostro, el más cruel. Y fue en ese preciso instante, en el momento del perdón, cuando la última lágrima se escapó de sus ojos para mezclarse con las del cielo. Y supo, con certeza, que todas y cada una de las lágrimas que había derramado habían sido de alivio. Y que aquella sería la última.

Se acercó con decisión al hueco que acababa de ser cubierto con la tierra humedecida del otoño y tomó, de un costado, una porción más. La acarició entre sus dedos, sintiendo su textura, su frescor, incluso su aroma. Dirigió una última mirada al lugar donde yacía el que había sido su compañero de vida y, con una ligera sonrisa, arrojó aquel último puñado sobre su sepultura. Sin darse tiempo para pensar en nada más, giró sobre sus talones y, sin detenerse, se alejó con la intención de no regresar jamás a aquel lugar. Atrás dejaba un pasado enterrado en el sentido más literal de la palabra.

Para cuando quiso llegar a la puerta del cementerio, hacía ya tiempo que la noche había caído sobre ella. Se acercó, ya con prisa por alejarse de allí, para comprobar, con estupor, que la verja estaba cerrada. De nada sirvieron sus voces, que reclamaban auxilio para salir de aquel lugar. Su calado cuerpo clamaba por una ducha caliente y sus entrañas por el reposo del hogar. Nadie acudió en su auxilio. ¿Acaso no había vigilantes que hicieran ronda cada noche? Echó mano de su teléfono móvil. Sin batería. Emitió un suspiro frustrado. ¿Algo más podía salir mal? Decidió esperar tras la cancela, obligándose a mantener la calma. Alguien debería de aparecer de un momento a otro.

Pasaron al menos dos horas de espera, de llamadas inútiles a la oscuridad de la noche, apenas atenuada por la luz de un farol cada centenar de metros. Esta aparecía distorsionada por la lluvia que, como si se hubiese puesto de acuerdo con el destino para hacerle aquella mala jugada, no paraba de caer. A lo mejor, el vigilante de turno había decidido quedarse al amparo de su garita en aquella desapacible y gélida noche.

Exhausta, tanto física como emocionalmente, dedicó unos segundos a decidir qué hacer. No podía quedarse junto a la verja, a la intemperie, a pesar de que el frío y la humedad ya le habían calado los huesos. De aquella noche salía con una pulmonía, por lo menos. Entonces, recordó el frondoso árbol que había junto al recién estrenado sepulcro de su marido. Sus gruesas ramas, repletas de hojas, a pesar de lo avanzado del otoño, le servirían, al menos, de un ínfimo resguardo. Abrazando su propio cuerpo para aplacar los temblores que la recorrían, dirigió sus pasos hacia allí. Además, una última noche en su compañía, pensó, no le haría daño. Menos aún ahora, que ya no podía ponerle la mano encima y podría descansar a su lado sin escuchar sus bramidos. Sería su última despedida. El broche final a una vida compartida de cariño y odio.

Se acurrucó junto al tronco del frondoso árbol, que parecía un viejo roble. Justo a sus pies, la tierra húmeda y fresca sobre la que había arrojado el último puñado hacía dos horas. Por suerte, había dejado de llover, pero la humedad del suelo y del ambiente y el aire frío la tenían entumecida. Envolvió sus piernas con los brazos y apoyó la cabeza sobre ellos, ligeramente ladeada. Cerró los ojos y trató de descansar un poco.

En el relativo silencio de la noche, pudo escuchar un ruido que nada tenía que ver con los habituales. Era el sonido de tierra removiéndose, un crujir de entrañas de barro que podía, incluso, sentir bajo su propio cuerpo. Pensó que debía estar quedándose dormida, sufriendo alguna especie de alucinación propia del estado de duermevela, y no le dio mayor importancia. Al rato, una fuerte sacudida hizo que abriese los ojos de inmediato. El terror le congeló la sangre en las venas.

Una enorme grieta se había abierto sobre el suelo, justo en el lugar donde él reposaba en su eterno descanso. Y pensar que en algún momento había creído que el descanso sería para ella. Por aquella amplia fisura en el suelo, una mano sobresalía, buscando con desesperación algún lugar al que aferrarse. Lo encontró con prontitud en uno de los extremos de la propia lápida. Una gran cantidad de terreno se revolvió, para dejar a una tétrica figura aparecer por él.

—Martina… Cariño…

Martina no podía creer lo que estaba ocurriendo. Sin duda, toda la tensión de los últimos días, unido a la terrible noche encerrada en el cementerio, le estaban pasando factura. Debía estar viviendo una pesadilla, pero era tan real que se sentía paralizada por el pánico. El rostro de él era más aterrador que nunca y, con una mueca espeluznante, la miraba directamente. Trató de levantarse y correr, pero no podía. Era como si estuviese anclada a aquel suelo de barro y muerte.

Sintió cómo una de aquellas manos la agarraba de una pierna y tiraba con fuerza de ella hacia el interior del agujero. Un alarido escapó de su garganta, mientras se hundía junto con su captor en las profundidades de la misma fosa que habían cubierto aquella tarde, sin saber que se trataba de su propia tumba.

—Te dije que ni la muerte podría separarnos… y yo siempre cumplo mis promesas.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Destellos de dolor”

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Destellos de dolor

Destellan en la piel los rasguños
infligidos por el tiempo.
No fueron caricias.
No hay bálsamo que suture
el agravio acontecido
por el transcurrir de una vida
ni ternura que adecente
el dolor frente al espejo.
Duele el cuerpo
y duele el alma.
Solo quedan cicatrices
perpetuas
sobre la piel.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

El relato del viernes: “Una nueva oportunidad”

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Una nueva oportunidad

Se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo desbocado y la respiración agitada. Suspiró con alivio al comprobar que estaba en el salón de su casa, en el mismo sillón donde horas antes se había recostado y se había dejado mecer por el plácido sueño que deseaba le acompañase para siempre. Ya había anochecido y por las cortinas entreabiertas de la ventana se colaban los haces de luz de los coches, que circulaban ahora por su salón, dotándolo de una iluminación tan intermitente como real. 

Tres parpadeos. Al menos eso era lo que le había parecido. Toda la película de su vida había pasado ante sus ojos en el breve intervalo que duraban tres tristes parpadeos. No pudo evitar preguntarse con amargura si a eso se reducía todo. Todo lo que había vivido, todo lo que había sufrido, todo lo que había amado. Todas las penas que le habían sumido en la angustia más profunda, todas las grandes alegrías que creía haber vivido. Al final se resumía en tres breves parpadeos. 

Se dio cuenta entonces de lo efímera que había sido su vida, apenas una caída de ojos en un cortometraje en blanco y negro, y casi sintió alegría por que su plan hubiese fracasado. Fue entonces cuando la vio.

Sentada sobre la mecedora de Nadia, balanceándose con parsimonia, lo miraba con una intensidad tal que apenas pudo aguantar su mirada unos segundos. Los suficientes, sin embargo, para poder contemplarla en toda su amplitud. Tenía la tez nívea, tersa y joven. Su belleza no era comparable con la de ninguna mujer que hubiera conocido, de tal manera que casi resultaba doloroso para la vista mirarla de frente. El cabello negro, liso y sedoso, quedaba cubierto por una capucha de satén tan oscura como la propia noche que se asomaba a su ventana. Una elegante pose acompañaba al ligero balanceo de la mecedora, con el que parecía querer hipnotizarlo.

Un sutil carraspeo llegó hasta sus oídos y se vio obligado a devolver la vista a aquella enigmática dama. Por un instante, le pareció contemplar un brillo de diversión en aquellos profundos ojos que no le quitaban la vista de encima. Trató de desviar la mirada, pero le fue imposible. Sentía cómo una magnética tensión le impedía mirar hacia otro lado que no fuese ella. El silencio reinaba dolorosamente en el salón, pero, a pesar de ello, escuchó un murmullo con claridad en sus oídos.

—Sabes quién soy, ¿verdad, Darío?

***

Nadia exhaló una gran bocanada de humo y miró asqueada el cigarrillo que sostenía con su mano derecha. Tenía los dedos agarrotados por el intenso frío y la menuda brasa no conseguía traspasarla ni un ápice de calor. Pensó que, en aquellos momentos, ni tan siquiera una hoguera hubiese sido suficiente para caldear la sensación de gelidez que se había instalado en su interior. 

Dirigió la vista hacia la entrada del hospital donde, horas antes, habían ingresado a Darío con la premura que requería su estado. Urgencias hervía de actividad y médicos y enfermeros trasegaban con premura por los abarrotados pasillos. Por un momento recordó todo el terror que había vivido hacía solo unas horas, que se le habían antojado eternas, y la angustia que se había instalado en su pecho desde entonces se intensificó. Dio una intensa calada a su cigarrillo y lo arrojó con rabia al suelo. 

Cruzó la calle hasta llegar a apoyarse sobre la barandilla que quedaba justo frente a la entrada de urgencias. La vista desde allí a aquellas horas de la noche era insuperable. La oscuridad del cielo contrastaba con la iluminación de las calles y con la intensa luminosidad que desprendía, al fondo, la gran ciudad. Por una carretera cercana, decenas de coches circulaban con rapidez en ambos sentidos, sin duda de regreso a un hogar que le estaría aguardando con calidez, dispuesto a despejarlos de la miseria del día. Por su mente transcurrió el fugaz pensamiento de que su hogar nunca más la aguardaría para ofrecerle ese anhelado remanso de paz. La vida, como la conocía, jamás volvería a ser igual. Ni siquiera estaba segura de si lo que estaba por venir se iba a poder seguir llamando vida.

Una fuerte racha de viento frío la azotó en la cara, llevándose con ella las lágrimas que, irremediablemente, llevaban horas cayendo por sus mejillas. Al sentir el viento, fue más consiente que nunca de una irónica y cruda realidad. La vida seguía su curso. Y le pareció de lo más injusto que todo siguiese como si nada, los coches circulando, la gente riendo, el viento soplando, mientras su mundo se resquebrajaba por completo. El nudo instalado en su interior se tensó un poco más y miró hacia el cielo, como si de esa manera suplicase clemencia por la insensibilidad de la vida ante su propio dolor. Un pequeño claro se abrió entre las nubes que cubrían su cabeza y un pequeño rayo de luna se coló a través de él. Entonces lo supo. Había encontrado la solución.

***

—Oh, por supuesto que sabes quién soy, si tú mismo me has llamado —susurró la dama, un tenue murmullo que pareció taladras el cerebro de Darío. El salón permanecía en el más absoluto silencio—. ¿Puedo saber para qué? No es tu hora y yo estoy muy ocupada. Ahora tengo que estar aquí perdiendo el tiempo contigo, en lugar de atender otros compromisos ineludibles.

Darío sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo de arriba abajo. A pesar de que sus palabras habían sido suaves, transmitían una frialdad y una crudeza que helaba la sangre. Trató de articular palabra, pero de su garganta no salió sonido alguno. Algo la estaba obstruyendo y, de pronto, sintió una gran presión en esa zona, como si se estuviera asfixiando.

—No puedo llevarte conmigo, ¿comprendes? —La dama misteriosa continuó hablando como si nada estuviese ocurriendo, como si él no se estuviera ahogando frente a ella—. En cambio ella… me está llamando. Y su llamada es sincera. Voy a tener que acudir sin demora. —Hizo una pausa significativa, como si le estuviera dando el tiempo necesario para comprender la situación, y emitió un leve suspiro. Continuó hablando con un ligero tono de un indulgencia en su voz—. E imagino que conocerás el motivo de su llamada.

Un extraño brillo se formó en los ojos de la mujer y Darío se sintió palidecer por momentos. No podía ser cierto lo que creía que aquella mujer estaba insinuando. Nadia, no. No podía ser cierto, no podía dejar que se la llevara a ella. No a su Nadia. Sintió cómo el pánico se apoderaba de él y abrió los ojos desmesuradamente. Lo que fuera que le estaba obstruyendo la garganta continuaba allí, así que se limitó a negar con fuerza con la cabeza.

—Todo lo que hacemos tiene consecuencias, ¿sabes? —dijo la mujer con una extraña mueca. Darío hubiese jurado que había sido una mínima sonrisa, aunque en aquel angelical rostro de hielo le pareció tétrica—. Y, por lo que parece, tú no estás dispuesto a afrontarlas. Lo lamento, Darío, pero es lo que hay.

Darío se sintió asfixiar aún más si cabe y de sus ojos comenzaron a brotar gruesas lágrimas de desesperación. Sin apenas fuerzas, logró lanzarse a los pies de la oscura dama en una última y atormentada súplica. Aquella parecía divertirse con su sufrimiento y Darío pensó si acaso merecía tanta crueldad. 

—¡Oh! ¡Está bien, está bien! —su voz llegó a los oídos de Darío como un chirrido—. Por esta vez, lo dejaré pasar, pero solo porque me pillas muy ocupada y ya he perdido demasiado tiempo contigo. Pero la próxima vez te aseguro que no tendré tanta clemencia.

***

Nadia dirigió sus pasos hacia el interior del hospital para refugiarse en la extraña calidez de la sala de espera. La última lágrima se había secado con una postrera ráfaga de aire y, para cuando se sentó en una de las desvencijadas sillas de plástico, se encontraba mucho más tranquila. El haber tomado una determinación, aunque fuese tan drástica como lo era la suya, había conseguido quitarle el hondo pesar que le lastraba el alma. Ahora, pasase lo que pasase, estarían juntos. Y esta vez sí sería para siempre.

Comprobó la hora en su teléfono móvil y compuso un rictus de amargura al comprobar cuántas horas habían transcurrido sin que nadie le diese noticias de Darío. Mala señal, sin duda. Se maldijo a sí misma por no haberse dado cuenta de lo que pasaba, por no haber sabido interpretar una señales que, ahora que miraba en restrospectiva, hacía tiempo que estaban allí. Se maldijo, incluso, por no haber llegado a casa antes. 

Se obligó a salir de aquella espiral de autodestrucción en la que había entrado. De nada servían ya los lamentos o los deseos de haber hecho las cosas de otro modo. Ya era tarde. Y, en cualquier caso, no importaba. Acalló a su intranquila conciencia y, con el resquicio de calma que había comenzado a fraguarse en su interior, se dejó mecer en un turbado sueño.

Se vio a sí misma sentada en una silla de la cocina, con una taza de café caliente entre las manos. Parecía verano, pero un insistente frío se había instalado en su interior y era incapaz de dejar de tiritar. De pronto, la puerta de entrada a la casa se abría con ímpetu y aparecía Darío, con los ojos inyectados en sangre y las manos fuertemente apretadas en dos firmes puños a los costados de su cuerpo. De sus brazos aún colgaban varios tubos y presentaba un aspecto tan pálido que rozaba la transparencia. Su púrpura mirada cayó sobre ella como una losa de granito y, de pronto, le faltó la respiración. 

La boca de Darío se abrió con lentitud, dejando a la vista una dentadura mellada y revestida en sangre que le heló el alma. Su voz salió enronquecida y modulada con esfuerzo, pero a los oídos de Nadia llegó con una claridad perfecta. Solo cuatro palabras: “Tú tienes la culpa”.

Nadia despertó de inmediato, sudorosa y trémula, justo a tiempo para escuchar cómo por los altavoces de megafonía se emitía un llamado para los familiares de Darío Vallés. 

***

Una lágrima se precipitó desde los ojos de Darío cuando vio a Nadia aparecer a través del cristal de la UCI. Una única lágrima que cargaba con todo el peso de su culpa, casi tanta como la que soportaba Nadia en lo más profundo de su alma.

Debía de hacer al menos una hora que había abierto los ojos. Lo hizo alarmado, asustado por la imposibilidad de moverse y buscando con desesperación algo con la mirada. Algo o a alguien. Solo atinó a ver a varios enfermeros a su alrededor y a una doctora que trataba de calmarle con la sonrisa más reconfortante que le habían dedicado jamás. Ni rastro de la mujer que acababa de conocer. Un dolor agudo le traspasaba la garganta y continuaba sin poder emitir sonido alguno, pero comprobó, con alivio, que era debido al tubo que le había facilitado la respiración. Solo quería gritar. Gritar un nombre. Nadia.

Reconoció su perfume entre el olor a desinfectante y antiséptico y supo, sin duda, que ella había entrado en la habitación. La buscó con la mirada y, antes de que sus ojos llegasen a encontrarse, ya lo habían hecho sus manos. Dos palabras fueron pronunciadas al tiempo, aunque solo las de uno de ellos llegaron a romper el silencio. Un “lo siento” pronunciado con desgarro, otro silenciado sin permiso. Dos lágrimas convergentes que se unieron en un mar de suero fisiológico. Dos suspiros ahogados ante la certeza de que la vida, o quizás la muerte, había puesto ante ellos una nueva oportunidad.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

Miércoles de poesía: “Siempre regreso a un lugar”

Miércoles de poesía: “Siempre regreso a un lugar”

Siempre regreso a un lugar

Siempre regreso a un lugar
en el que las prisas quedan
guardadas bajo el felpudo
y con las preocupaciones
jugamos a malabares.
Siempre regreso a un lugar
en que las sonrisas vuelan
hasta posarse en tu cara,
recibiendo tu llegada
con un índice de abrazos.
Siempre regreso a un lugar
donde no importan los lunes
porque estos se vuelven sábado
y hasta la noche más negra
se viste con mil colores.
Siempre regreso a un lugar
que huele a café reciente,
a tahona antes del alba,
a bizcocho de recuerdos
horneado a fuego lento.
Siempre regreso a un lugar
donde no existen caretas,
disfraces ni maquillaje,
donde los actores mueren
siempre en el último acto.
Siempre regreso a un lugar
que es un eterno recreo,
jugamos al escondite
con los temores y miedos,
pero siempre nos salvamos.
Siempre regreso a un lugar
donde el dolor más intenso
solo existe en un puntito
alrededor del ombligo
por no parar de reírnos.
Siempre regreso a un lugar,
el de los tiempos felices,
es ese lugar de encuentro,
lugar al que llamo
Hogar.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/2001132861734-siempre-regreso-a-un-lugar

*Imagen: Pixabay.com (editada)

El relato del viernes: “Sin nombre”

El relato del viernes: “Sin nombre”

Sin nombre

Ella no sabía su nombre, pero se había convertido en sus miradas durante el día y en sus sueños por las noches.

Cada mañana, sin ninguna excepción, se encontraban en el ascensor del edificio de oficinas donde trabajaban. Eran unos escasos minutos en los que ella siempre se situaba a su lado, nerviosa. Le imponía mucho su altura, el ancho de sus hombros, esos trajes tan impecables que, sin duda, debían de estar confeccionados a medida porque le sentaban como un guante. Pero, sobre todo, lo que más le enloquecía era su aroma. Aquella fragancia tan masculina que impregnaba todo el ascensor y que ella inhalaba y retenía en su interior hasta casi entrar en apnea.

Ella, a su lado, se sentía diminuta, incluso subida a aquellos infernales tacones con los que se calzaba a diario. Aun así, jamás se sintió cohibida a su lado. Al contrario, siempre que se situaba junto a él adoptaba su pose más firme, la más autoritaria, pero sin llegar a la arrogancia. Y, por instinto, cada día empezaba a desplegar sus sutiles armas de seducción. Miradas de soslayo como por casualidad, acompañadas de una sutil sonrisa, jugueteos con los mechones que escapaban de su perfecto recogido, pequeños suspiros mientras observaba cómo el ascensor se acercaba al piso en el que él debía bajarse.

Lo contemplaba salir, de espaldas, admirando de nuevo su porte y su planta. Algunos días, incluso, se situaba un pequeño paso por delante de él para que, al salir, un leve roce o un educado «me permites» la elevasen aún más de lo que lo hacía el ascensor, que quedaba vacío después de su salida, incluso estando repleto de personas.

Coincidían siempre en la cafetería donde ambos tomaban el desayuno, a media mañana, con los ánimos mucho más relajados. Le gustaba observarle mientras tomaba su café, siempre solo, sin azúcar, acompañado de una tostada con tomate y aceite. Quedaba ensimismada mientras observaba sus gestos en aquellas acciones tan simples y cotidianas, en la manera de conversar con sus compañeros. Y volvían a coincidir en la comida, salvo contadas excepciones.

Cuando, a la tarde, ella regresaba a casa, el aroma de él aún viajaba con ella en el coche y sus recuerdos del día permanecían en su mente hasta que, por la noche, llegado el momento de ir a la cama, nunca lo hacía sola. Él estaba allí con ella, envolviéndola con sus fuertes brazos, cubriéndola de besos que dibujaban un perfecto recorrido sobre su cuerpo. Mezclaban sus salivas, sus sudores, sus fluidos más íntimos, en un pulso enloquecido y febril por no abandonarse jamás. Hasta que llegaba la mañana y, con ella, el cruel sonido del despertador deshacía las caricias y los besos, silenciaba los susurros y gemidos, y despertaba nuevas ilusiones para el recién estrenado día.

Hubieron de transcurrir dos años en los que el mismo ritual de miradas y sueños se dejaba transcurrir día tras día, sin que ninguno de los dos interviniera, para que ella tomase la firme determinación de acercarse a él. No sabía nada de su vida, pero no le importaba, había llegado a penetrar tan en su interior y a ser más suyo de lo que nunca antes nadie había logrado.

La mañana despertó lluviosa, como si se tratase de un signo premonitorio que ella, en su inocencia, no supo interpretar. Se arregló con un esmero mucho más cuidado aquella mañana, irradiaba luz por sí misma y de sus ojos se desprendía un brillo especial. Por primera vez en dos largos años, no coincidió con él en el hall del edificio. Por primera vez, sintió la soledad al subir en el ascensor abarrotado de gente. Por primera vez, su desayuno no le proporcionó el tan agradable dulzor esperado. Por primera vez, durmió sola aquella noche.

Vanos fueron sus múltiples intentos por localizarle. Recorrió todas las oficinas de la planta en la que él se bajaba del ascensor cada día, pero sin un nombre nadie supo darle indicaciones de lo que había ocurrido con aquella persona. Por más descripciones físicas que diese, al parecer eran muchos los hombres que trabajaban allí que podrían coincidir con aquella descripción. Ni siquiera en la cafetería donde siempre desayunaban fueron capaces de darle alguna explicación. Aquel hombre siempre había sido parco en palabras, pedía su desayuno y pagaba la cuenta sin adentrarse en ninguna conversación adicional con las personas que allí trabajaban. Llegó un momento que vio, con desesperación, que ya no tenía ningún hilo del que tirar para intentar encontrar la pista de su misterioso hombre.

Aquel misterioso desconocido al que tanto había llegado a conocer había desaparecido como si un mago hubiese ejercitado un macabro truco para burlarse de ella. Jamás volvió a ver a aquella persona que había llegado a convertirse en el amor de su vida y del que nunca llegó a conocer ni siquiera el nombre.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.


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*Imagen tomada de la red (editada)