Sin nombre

Ella no sabía su nombre, pero se había convertido en sus miradas durante el día y en sus sueños por las noches.

Cada mañana, sin ninguna excepción, se encontraban en el ascensor del edificio de oficinas donde trabajaban. Eran unos escasos minutos en los que ella siempre se situaba a su lado, nerviosa. Le imponía mucho su altura, el ancho de sus hombros, esos trajes tan impecables que, sin duda, debían de estar confeccionados a medida porque le sentaban como un guante. Pero, sobre todo, lo que más le enloquecía era su aroma. Aquella fragancia tan masculina que impregnaba todo el ascensor y que ella inhalaba y retenía en su interior hasta casi entrar en apnea.

Ella, a su lado, se sentía diminuta, incluso subida a aquellos infernales tacones con los que se calzaba a diario. Aun así, jamás se sintió cohibida a su lado. Al contrario, siempre que se situaba junto a él adoptaba su pose más firme, la más autoritaria, pero sin llegar a la arrogancia. Y, por instinto, cada día empezaba a desplegar sus sutiles armas de seducción. Miradas de soslayo como por casualidad, acompañadas de una sutil sonrisa, jugueteos con los mechones que escapaban de su perfecto recogido, pequeños suspiros mientras observaba cómo el ascensor se acercaba al piso en el que él debía bajarse.

Lo contemplaba salir, de espaldas, admirando de nuevo su porte y su planta. Algunos días, incluso, se situaba un pequeño paso por delante de él para que, al salir, un leve roce o un educado «me permites» la elevasen aún más de lo que lo hacía el ascensor, que quedaba vacío después de su salida, incluso estando repleto de personas.

Coincidían siempre en la cafetería donde ambos tomaban el desayuno, a media mañana, con los ánimos mucho más relajados. Le gustaba observarle mientras tomaba su café, siempre solo, sin azúcar, acompañado de una tostada con tomate y aceite. Quedaba ensimismada mientras observaba sus gestos en aquellas acciones tan simples y cotidianas, en la manera de conversar con sus compañeros. Y volvían a coincidir en la comida, salvo contadas excepciones.

Cuando, a la tarde, ella regresaba a casa, el aroma de él aún viajaba con ella en el coche y sus recuerdos del día permanecían en su mente hasta que, por la noche, llegado el momento de ir a la cama, nunca lo hacía sola. Él estaba allí con ella, envolviéndola con sus fuertes brazos, cubriéndola de besos que dibujaban un perfecto recorrido sobre su cuerpo. Mezclaban sus salivas, sus sudores, sus fluidos más íntimos, en un pulso enloquecido y febril por no abandonarse jamás. Hasta que llegaba la mañana y, con ella, el cruel sonido del despertador deshacía las caricias y los besos, silenciaba los susurros y gemidos, y despertaba nuevas ilusiones para el recién estrenado día.

Hubieron de transcurrir dos años en los que el mismo ritual de miradas y sueños se dejaba transcurrir día tras día, sin que ninguno de los dos interviniera, para que ella tomase la firme determinación de acercarse a él. No sabía nada de su vida, pero no le importaba, había llegado a penetrar tan en su interior y a ser más suyo de lo que nunca antes nadie había logrado.

La mañana despertó lluviosa, como si se tratase de un signo premonitorio que ella, en su inocencia, no supo interpretar. Se arregló con un esmero mucho más cuidado aquella mañana, irradiaba luz por sí misma y de sus ojos se desprendía un brillo especial. Por primera vez en dos largos años, no coincidió con él en el hall del edificio. Por primera vez, sintió la soledad al subir en el ascensor abarrotado de gente. Por primera vez, su desayuno no le proporcionó el tan agradable dulzor esperado. Por primera vez, durmió sola aquella noche.

Vanos fueron sus múltiples intentos por localizarle. Recorrió todas las oficinas de la planta en la que él se bajaba del ascensor cada día, pero sin un nombre nadie supo darle indicaciones de lo que había ocurrido con aquella persona. Por más descripciones físicas que diese, al parecer eran muchos los hombres que trabajaban allí que podrían coincidir con aquella descripción. Ni siquiera en la cafetería donde siempre desayunaban fueron capaces de darle alguna explicación. Aquel hombre siempre había sido parco en palabras, pedía su desayuno y pagaba la cuenta sin adentrarse en ninguna conversación adicional con las personas que allí trabajaban. Llegó un momento que vio, con desesperación, que ya no tenía ningún hilo del que tirar para intentar encontrar la pista de su misterioso hombre.

Aquel misterioso desconocido al que tanto había llegado a conocer había desaparecido como si un mago hubiese ejercitado un macabro truco para burlarse de ella. Jamás volvió a ver a aquella persona que había llegado a convertirse en el amor de su vida y del que nunca llegó a conocer ni siquiera el nombre.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.


Sin nombre by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen tomada de la red (editada)

Un comentario en “El relato del viernes: “Sin nombre”

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