El relato del viernes: “Una nueva oportunidad”

Fuente: Pixabay

Una nueva oportunidad

Se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo desbocado y la respiración agitada. Suspiró con alivio al comprobar que estaba en el salón de su casa, en el mismo sillón donde horas antes se había recostado y se había dejado mecer por el plácido sueño que deseaba le acompañase para siempre. Ya había anochecido y por las cortinas entreabiertas de la ventana se colaban los haces de luz de los coches, que circulaban ahora por su salón, dotándolo de una iluminación tan intermitente como real. 

Tres parpadeos. Al menos eso era lo que le había parecido. Toda la película de su vida había pasado ante sus ojos en el breve intervalo que duraban tres tristes parpadeos. No pudo evitar preguntarse con amargura si a eso se reducía todo. Todo lo que había vivido, todo lo que había sufrido, todo lo que había amado. Todas las penas que le habían sumido en la angustia más profunda, todas las grandes alegrías que creía haber vivido. Al final se resumía en tres breves parpadeos. 

Se dio cuenta entonces de lo efímera que había sido su vida, apenas una caída de ojos en un cortometraje en blanco y negro, y casi sintió alegría por que su plan hubiese fracasado. Fue entonces cuando la vio.

Sentada sobre la mecedora de Nadia, balanceándose con parsimonia, lo miraba con una intensidad tal que apenas pudo aguantar su mirada unos segundos. Los suficientes, sin embargo, para poder contemplarla en toda su amplitud. Tenía la tez nívea, tersa y joven. Su belleza no era comparable con la de ninguna mujer que hubiera conocido, de tal manera que casi resultaba doloroso para la vista mirarla de frente. El cabello negro, liso y sedoso, quedaba cubierto por una capucha de satén tan oscura como la propia noche que se asomaba a su ventana. Una elegante pose acompañaba al ligero balanceo de la mecedora, con el que parecía querer hipnotizarlo.

Un sutil carraspeo llegó hasta sus oídos y se vio obligado a devolver la vista a aquella enigmática dama. Por un instante, le pareció contemplar un brillo de diversión en aquellos profundos ojos que no le quitaban la vista de encima. Trató de desviar la mirada, pero le fue imposible. Sentía cómo una magnética tensión le impedía mirar hacia otro lado que no fuese ella. El silencio reinaba dolorosamente en el salón, pero, a pesar de ello, escuchó un murmullo con claridad en sus oídos.

—Sabes quién soy, ¿verdad, Darío?

***

Nadia exhaló una gran bocanada de humo y miró asqueada el cigarrillo que sostenía con su mano derecha. Tenía los dedos agarrotados por el intenso frío y la menuda brasa no conseguía traspasarla ni un ápice de calor. Pensó que, en aquellos momentos, ni tan siquiera una hoguera hubiese sido suficiente para caldear la sensación de gelidez que se había instalado en su interior. 

Dirigió la vista hacia la entrada del hospital donde, horas antes, habían ingresado a Darío con la premura que requería su estado. Urgencias hervía de actividad y médicos y enfermeros trasegaban con premura por los abarrotados pasillos. Por un momento recordó todo el terror que había vivido hacía solo unas horas, que se le habían antojado eternas, y la angustia que se había instalado en su pecho desde entonces se intensificó. Dio una intensa calada a su cigarrillo y lo arrojó con rabia al suelo. 

Cruzó la calle hasta llegar a apoyarse sobre la barandilla que quedaba justo frente a la entrada de urgencias. La vista desde allí a aquellas horas de la noche era insuperable. La oscuridad del cielo contrastaba con la iluminación de las calles y con la intensa luminosidad que desprendía, al fondo, la gran ciudad. Por una carretera cercana, decenas de coches circulaban con rapidez en ambos sentidos, sin duda de regreso a un hogar que le estaría aguardando con calidez, dispuesto a despejarlos de la miseria del día. Por su mente transcurrió el fugaz pensamiento de que su hogar nunca más la aguardaría para ofrecerle ese anhelado remanso de paz. La vida, como la conocía, jamás volvería a ser igual. Ni siquiera estaba segura de si lo que estaba por venir se iba a poder seguir llamando vida.

Una fuerte racha de viento frío la azotó en la cara, llevándose con ella las lágrimas que, irremediablemente, llevaban horas cayendo por sus mejillas. Al sentir el viento, fue más consiente que nunca de una irónica y cruda realidad. La vida seguía su curso. Y le pareció de lo más injusto que todo siguiese como si nada, los coches circulando, la gente riendo, el viento soplando, mientras su mundo se resquebrajaba por completo. El nudo instalado en su interior se tensó un poco más y miró hacia el cielo, como si de esa manera suplicase clemencia por la insensibilidad de la vida ante su propio dolor. Un pequeño claro se abrió entre las nubes que cubrían su cabeza y un pequeño rayo de luna se coló a través de él. Entonces lo supo. Había encontrado la solución.

***

—Oh, por supuesto que sabes quién soy, si tú mismo me has llamado —susurró la dama, un tenue murmullo que pareció taladras el cerebro de Darío. El salón permanecía en el más absoluto silencio—. ¿Puedo saber para qué? No es tu hora y yo estoy muy ocupada. Ahora tengo que estar aquí perdiendo el tiempo contigo, en lugar de atender otros compromisos ineludibles.

Darío sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo de arriba abajo. A pesar de que sus palabras habían sido suaves, transmitían una frialdad y una crudeza que helaba la sangre. Trató de articular palabra, pero de su garganta no salió sonido alguno. Algo la estaba obstruyendo y, de pronto, sintió una gran presión en esa zona, como si se estuviera asfixiando.

—No puedo llevarte conmigo, ¿comprendes? —La dama misteriosa continuó hablando como si nada estuviese ocurriendo, como si él no se estuviera ahogando frente a ella—. En cambio ella… me está llamando. Y su llamada es sincera. Voy a tener que acudir sin demora. —Hizo una pausa significativa, como si le estuviera dando el tiempo necesario para comprender la situación, y emitió un leve suspiro. Continuó hablando con un ligero tono de un indulgencia en su voz—. E imagino que conocerás el motivo de su llamada.

Un extraño brillo se formó en los ojos de la mujer y Darío se sintió palidecer por momentos. No podía ser cierto lo que creía que aquella mujer estaba insinuando. Nadia, no. No podía ser cierto, no podía dejar que se la llevara a ella. No a su Nadia. Sintió cómo el pánico se apoderaba de él y abrió los ojos desmesuradamente. Lo que fuera que le estaba obstruyendo la garganta continuaba allí, así que se limitó a negar con fuerza con la cabeza.

—Todo lo que hacemos tiene consecuencias, ¿sabes? —dijo la mujer con una extraña mueca. Darío hubiese jurado que había sido una mínima sonrisa, aunque en aquel angelical rostro de hielo le pareció tétrica—. Y, por lo que parece, tú no estás dispuesto a afrontarlas. Lo lamento, Darío, pero es lo que hay.

Darío se sintió asfixiar aún más si cabe y de sus ojos comenzaron a brotar gruesas lágrimas de desesperación. Sin apenas fuerzas, logró lanzarse a los pies de la oscura dama en una última y atormentada súplica. Aquella parecía divertirse con su sufrimiento y Darío pensó si acaso merecía tanta crueldad. 

—¡Oh! ¡Está bien, está bien! —su voz llegó a los oídos de Darío como un chirrido—. Por esta vez, lo dejaré pasar, pero solo porque me pillas muy ocupada y ya he perdido demasiado tiempo contigo. Pero la próxima vez te aseguro que no tendré tanta clemencia.

***

Nadia dirigió sus pasos hacia el interior del hospital para refugiarse en la extraña calidez de la sala de espera. La última lágrima se había secado con una postrera ráfaga de aire y, para cuando se sentó en una de las desvencijadas sillas de plástico, se encontraba mucho más tranquila. El haber tomado una determinación, aunque fuese tan drástica como lo era la suya, había conseguido quitarle el hondo pesar que le lastraba el alma. Ahora, pasase lo que pasase, estarían juntos. Y esta vez sí sería para siempre.

Comprobó la hora en su teléfono móvil y compuso un rictus de amargura al comprobar cuántas horas habían transcurrido sin que nadie le diese noticias de Darío. Mala señal, sin duda. Se maldijo a sí misma por no haberse dado cuenta de lo que pasaba, por no haber sabido interpretar una señales que, ahora que miraba en restrospectiva, hacía tiempo que estaban allí. Se maldijo, incluso, por no haber llegado a casa antes. 

Se obligó a salir de aquella espiral de autodestrucción en la que había entrado. De nada servían ya los lamentos o los deseos de haber hecho las cosas de otro modo. Ya era tarde. Y, en cualquier caso, no importaba. Acalló a su intranquila conciencia y, con el resquicio de calma que había comenzado a fraguarse en su interior, se dejó mecer en un turbado sueño.

Se vio a sí misma sentada en una silla de la cocina, con una taza de café caliente entre las manos. Parecía verano, pero un insistente frío se había instalado en su interior y era incapaz de dejar de tiritar. De pronto, la puerta de entrada a la casa se abría con ímpetu y aparecía Darío, con los ojos inyectados en sangre y las manos fuertemente apretadas en dos firmes puños a los costados de su cuerpo. De sus brazos aún colgaban varios tubos y presentaba un aspecto tan pálido que rozaba la transparencia. Su púrpura mirada cayó sobre ella como una losa de granito y, de pronto, le faltó la respiración. 

La boca de Darío se abrió con lentitud, dejando a la vista una dentadura mellada y revestida en sangre que le heló el alma. Su voz salió enronquecida y modulada con esfuerzo, pero a los oídos de Nadia llegó con una claridad perfecta. Solo cuatro palabras: “Tú tienes la culpa”.

Nadia despertó de inmediato, sudorosa y trémula, justo a tiempo para escuchar cómo por los altavoces de megafonía se emitía un llamado para los familiares de Darío Vallés. 

***

Una lágrima se precipitó desde los ojos de Darío cuando vio a Nadia aparecer a través del cristal de la UCI. Una única lágrima que cargaba con todo el peso de su culpa, casi tanta como la que soportaba Nadia en lo más profundo de su alma.

Debía de hacer al menos una hora que había abierto los ojos. Lo hizo alarmado, asustado por la imposibilidad de moverse y buscando con desesperación algo con la mirada. Algo o a alguien. Solo atinó a ver a varios enfermeros a su alrededor y a una doctora que trataba de calmarle con la sonrisa más reconfortante que le habían dedicado jamás. Ni rastro de la mujer que acababa de conocer. Un dolor agudo le traspasaba la garganta y continuaba sin poder emitir sonido alguno, pero comprobó, con alivio, que era debido al tubo que le había facilitado la respiración. Solo quería gritar. Gritar un nombre. Nadia.

Reconoció su perfume entre el olor a desinfectante y antiséptico y supo, sin duda, que ella había entrado en la habitación. La buscó con la mirada y, antes de que sus ojos llegasen a encontrarse, ya lo habían hecho sus manos. Dos palabras fueron pronunciadas al tiempo, aunque solo las de uno de ellos llegaron a romper el silencio. Un “lo siento” pronunciado con desgarro, otro silenciado sin permiso. Dos lágrimas convergentes que se unieron en un mar de suero fisiológico. Dos suspiros ahogados ante la certeza de que la vida, o quizás la muerte, había puesto ante ellos una nueva oportunidad.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

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