El relato del viernes: “Ni la muerte podrá separarnos”

Fuente: Pixabay

Ni la muerte podrá separarnos

—Ni la muerte podrá separarnos, te lo prometo.

A Martina se le humedecieron los ojos ante sus palabras. Se dejó envolver en un abrazo que despojó a su alma de todos sus temores y, un momento después, a su cuerpo de toda su ropa. Veinte minutos más tarde, un cigarrillo compartido fue testigo mudo de aquella declaración de amor, vestida de sudor satinado y envuelta en volutas de humo.

—¿De verdad lo prometes?

—Lo prometo.

Él la había mirado a los ojos y ella lo había creído. Y tanto que lo había creído. Se había aferrado a sus palabras como si fuesen una tabla de salvación, atendiendo a una desesperada necesidad de cariño que llevaba arrastrando desde hacía demasiado tiempo. Había suspirado profundamente y se había quedado dormida con una sonrisa de deliciosa satisfacción en los labios. Cuántas veces había maldecido aquel momento.

Más de veinte años después, a Martina se le humedecían de nuevo los ojos. Y, en la situación en la que se encontraba, le dolía en el alma no saber distinguir si aquellas lágrimas que escapaban sin su permiso eran de dolor o de alivio. Dirigió la mirada hacia el cielo, como si de esta manera pudiera impedir su fuga y devolverlas a su lugar. Unos oscuros nubarrones lo cubrían y el viento había comenzado a soplar con fuerza. Sin duda, estaba a punto de comenzar a llover. Regresó la mirada al frente, donde el sacerdote estaba a punto de finalizar su responso. Bien podía habérselo ahorrado. Al fin y al cabo, nunca había sido creyente y dudaba mucho que lo fuera ahora, después de todo. Pero nunca se sabía.

Una veintena de personas comenzó a arremolinarse a su alrededor. Ella apenas veía rostros, sino meras manchas borrosas que se acercaban y le ofrecían un abrazo o una caricia que pretendía ser reconfortante. Si ellos supieran. Menos aún escuchaba sus voces. Le llegaban amortiguadas por la capa de ruido que provocaban sus propios remordimientos de conciencia. Increíble, pero así era. Su conciencia le hablaba a gritos, reclamándole los sentimientos que se suponía debía tener en un momento como aquel. A ella ya solo le quedaban dudas.

En apenas cinco minutos, aquellas personas se habían dispersado, dejándola sumida en una soledad que a ella le hubiese gustado disfrutar desde el primer momento. Las primeras gotas de lluvia habían comenzado a caer con languidez desde el cielo plomizo de aquella tarde de noviembre. Pesaba más la preocupación por no mojarse que el motivo por el que se habían reunido allí. Vio cómo los últimos paraguas salían por la puerta, en la distancia, y suspiró.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Aquel sonido cortaba el aire, logrando que impidiese llegar con fluidez a sus fosas nasales. De hecho, parecía el único sonido que se permitía escuchar, junto al repiqueteo de las gotas de una lluvia que ya comenzaba a arreciar. Ambos se mezclaban en una siniestra melodía que parecía haber sido compuesta de forma expresa para ella y que le arrancó un sollozo ahogado. Creyó asfixiarse.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Permaneció allí, de pie, inmóvil bajo la lluvia, con los ojos mirando, pero sin ver, al hombre que componía aquella tétrica canción. Sin pedir permiso, los recuerdos acudieron a su mente. Lo hicieron en tropel, atropellándose los unos a los otros en una carrera en la que solo uno de ellos podría resultar vencedor. Una tierna caricia. Un grito. Una rosa blanca envuelta en papel de celofán azul. Una mano que se alza sobre una cabeza doblegada. Risas compartidas que se bañan en espuma de cerveza. Ansiolíticos disueltos en la blanca crema de un café con leche. Pasión. Temor. Golpes. Miedo. Terror. Y, finalmente, alivio. Un alivio culpable que ni tan siquiera ahora le permitía permanecer tranquila.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Aquel sonido continuaba, implacable, acelerando su cadencia conforme el cielo derramaba mares de lágrimas y el ocaso se acercaba de manera peligrosa. Tierra sobre tierra. Polvo sobre polvo. Barro sobre barro.

Empapada de pies a cabeza, Martina vio cómo aquel hombre finalizaba su trabajo sin apenas esfuerzo. La miró con gesto cohibido y ella le dirigió un ligero ademán de asentimiento con la cabeza, en parte demostrando gratitud y en parte escondiendo un tácito permiso para retirarse. Se quedó completamente sola, al fin.

Calculó que debía faltar una media hora para que el sol se ocultase y poder dar por terminado aquel largo día. Seguía lloviendo, pero no le importaba. Al contrario, las gotas de agua deslizándose sobre su pelo, sobre su piel, sobre su ropa, parecían ejercer un efecto purificador sobre ella. A cada minuto que pasaba se iba sintiendo cada vez más ligera, como si la lluvia arrastrase consigo todo aquel peso que le lastraba el alma y el corazón. La melodía había cambiado y ya solo se escuchaba el tintineo de la lluvia sobre el suelo, meciéndola como si de una suave canción de cuna se tratase. Y decidió despedirse, en silencio, a solas, durante unos minutos más.

En aquel corto espacio de tiempo, Martina consiguió perdonarlo. Le perdonó los bramidos, las humillaciones, los golpes que llegaron disfrazados de cariño. Y tan bueno había sido aquel disfraz, confeccionado a base de años de desprecios y de lágrimas atravesadas en la garganta, que nadie había conseguido desenmascarar al portador del mismo. Fue la cara oculta de una luna que brillaba con esplendor en el cielo cada noche, pero que, cuando salía el sol, mostraba su verdadero rostro, el más cruel. Y fue en ese preciso instante, en el momento del perdón, cuando la última lágrima se escapó de sus ojos para mezclarse con las del cielo. Y supo, con certeza, que todas y cada una de las lágrimas que había derramado habían sido de alivio. Y que aquella sería la última.

Se acercó con decisión al hueco que acababa de ser cubierto con la tierra humedecida del otoño y tomó, de un costado, una porción más. La acarició entre sus dedos, sintiendo su textura, su frescor, incluso su aroma. Dirigió una última mirada al lugar donde yacía el que había sido su compañero de vida y, con una ligera sonrisa, arrojó aquel último puñado sobre su sepultura. Sin darse tiempo para pensar en nada más, giró sobre sus talones y, sin detenerse, se alejó con la intención de no regresar jamás a aquel lugar. Atrás dejaba un pasado enterrado en el sentido más literal de la palabra.

Para cuando quiso llegar a la puerta del cementerio, hacía ya tiempo que la noche había caído sobre ella. Se acercó, ya con prisa por alejarse de allí, para comprobar, con estupor, que la verja estaba cerrada. De nada sirvieron sus voces, que reclamaban auxilio para salir de aquel lugar. Su calado cuerpo clamaba por una ducha caliente y sus entrañas por el reposo del hogar. Nadie acudió en su auxilio. ¿Acaso no había vigilantes que hicieran ronda cada noche? Echó mano de su teléfono móvil. Sin batería. Emitió un suspiro frustrado. ¿Algo más podía salir mal? Decidió esperar tras la cancela, obligándose a mantener la calma. Alguien debería de aparecer de un momento a otro.

Pasaron al menos dos horas de espera, de llamadas inútiles a la oscuridad de la noche, apenas atenuada por la luz de un farol cada centenar de metros. Esta aparecía distorsionada por la lluvia que, como si se hubiese puesto de acuerdo con el destino para hacerle aquella mala jugada, no paraba de caer. A lo mejor, el vigilante de turno había decidido quedarse al amparo de su garita en aquella desapacible y gélida noche.

Exhausta, tanto física como emocionalmente, dedicó unos segundos a decidir qué hacer. No podía quedarse junto a la verja, a la intemperie, a pesar de que el frío y la humedad ya le habían calado los huesos. De aquella noche salía con una pulmonía, por lo menos. Entonces, recordó el frondoso árbol que había junto al recién estrenado sepulcro de su marido. Sus gruesas ramas, repletas de hojas, a pesar de lo avanzado del otoño, le servirían, al menos, de un ínfimo resguardo. Abrazando su propio cuerpo para aplacar los temblores que la recorrían, dirigió sus pasos hacia allí. Además, una última noche en su compañía, pensó, no le haría daño. Menos aún ahora, que ya no podía ponerle la mano encima y podría descansar a su lado sin escuchar sus bramidos. Sería su última despedida. El broche final a una vida compartida de cariño y odio.

Se acurrucó junto al tronco del frondoso árbol, que parecía un viejo roble. Justo a sus pies, la tierra húmeda y fresca sobre la que había arrojado el último puñado hacía dos horas. Por suerte, había dejado de llover, pero la humedad del suelo y del ambiente y el aire frío la tenían entumecida. Envolvió sus piernas con los brazos y apoyó la cabeza sobre ellos, ligeramente ladeada. Cerró los ojos y trató de descansar un poco.

En el relativo silencio de la noche, pudo escuchar un ruido que nada tenía que ver con los habituales. Era el sonido de tierra removiéndose, un crujir de entrañas de barro que podía, incluso, sentir bajo su propio cuerpo. Pensó que debía estar quedándose dormida, sufriendo alguna especie de alucinación propia del estado de duermevela, y no le dio mayor importancia. Al rato, una fuerte sacudida hizo que abriese los ojos de inmediato. El terror le congeló la sangre en las venas.

Una enorme grieta se había abierto sobre el suelo, justo en el lugar donde él reposaba en su eterno descanso. Y pensar que en algún momento había creído que el descanso sería para ella. Por aquella amplia fisura en el suelo, una mano sobresalía, buscando con desesperación algún lugar al que aferrarse. Lo encontró con prontitud en uno de los extremos de la propia lápida. Una gran cantidad de terreno se revolvió, para dejar a una tétrica figura aparecer por él.

—Martina… Cariño…

Martina no podía creer lo que estaba ocurriendo. Sin duda, toda la tensión de los últimos días, unido a la terrible noche encerrada en el cementerio, le estaban pasando factura. Debía estar viviendo una pesadilla, pero era tan real que se sentía paralizada por el pánico. El rostro de él era más aterrador que nunca y, con una mueca espeluznante, la miraba directamente. Trató de levantarse y correr, pero no podía. Era como si estuviese anclada a aquel suelo de barro y muerte.

Sintió cómo una de aquellas manos la agarraba de una pierna y tiraba con fuerza de ella hacia el interior del agujero. Un alarido escapó de su garganta, mientras se hundía junto con su captor en las profundidades de la misma fosa que habían cubierto aquella tarde, sin saber que se trataba de su propia tumba.

—Te dije que ni la muerte podría separarnos… y yo siempre cumplo mis promesas.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/6RY3mIgibuFwYAeb

3 comentarios en “El relato del viernes: “Ni la muerte podrá separarnos”

  1. ¡Brillante cuento corto! De que vale mentirse una vida; si quien es abusada no sale de ella. Una narrativa plena en detalles obscuros y un final más que sorprendente. Como siempre Ana; un cálido saludo.

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