El relato del viernes: «Se le acabaron las ganas»

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Se le acabaron las ganas

Se le acabaron las ganas. Muchos pensaron que no, que no se le habían acabado, sino que, simplemente, se las habían quitado. Sin embargo, ella siempre pensó que nadie le podía quitar nada a otra persona si esta no permitía que eso ocurriese. Y ella lo había permitido durante demasiado tiempo, hasta que se le acabaron las ganas.

Sí, se le acabaron las ganas. Las ganas de seguir, de continuar habitando en un mundo ajeno a ella misma, en el que se consideraba una extraña. Se le acabaron, incluso, las ganas de respirar, de amar, de vivir. Se encerró en sí misma para aislarse de una realidad demasiado cruel y cerró las puertas y las ventanas de su alma y de su corazón. Bajó las persianas y no dejó que entrase ni el más mínimo rayo de sol. La oscuridad se hizo su amiga, junto con las pelusas y las telarañas que, poco a poco, comenzaron a ocupar los rincones de su corazón en los que antes habitaba el amor. Cerró con llave la alacena en la que guardaba las ganas de vivir y las dejó allí, a la espera de que se cumpliese la fecha de caducidad para, después, enviarlas al contenedor de los residuos orgánicos.

Sí, se le acabaron las ganas. Durante demasiado tiempo se dedicó a observar en silencio la puerta, clausurada con cerrojo, cadena, candado y cerradura de doble seguridad. Temía que alguien pudiera llegar y derribar todas sus barreras, pero se le habían acabado las ganas, incluso, de levantarse a interponer también la cómoda de su dormitorio. Allí, encerrada, permaneció durante horas, días, meses. Tal vez fueron años, nunca lo logró saber con exactitud. Con la cabeza bien cubierta con el edredón de la indiferencia y de la auto compasión. Escondida del mundo, incluso de su propia cobardía.

Sí, se le acabaron las ganas. Pero, en su desidia, olvidó proteger las ventanas. Y un día, alguien, o quizá algo, de quien no sabe su nombre y nunca le preocupó, logró abrir una rendija por una de ellas. Al principio no se dio ni cuenta, pero, con el tiempo, pudo más la curiosidad que su miedo y su apatía. Fue a asomarse un poquito y la luz del sol la cegó. Volvió de inmediato a su refugio. Sin embargo, aquel resquicio por el que trataba de colarse la vida permaneció abierto y, sin quererlo, fue acercándose más y más, abriéndolo cada día un pequeño milímetro más, perdiendo el miedo, atisbando con asombro lo que había al otro lado. Y lo que vio le gustó.

Y sí, se le acabaron las ganas. Se murieron las ganas de permanecer encerrada, de esconderse de la vida, de no creerse merecedora de semejante privilegio. Se le acabaron las ganas de morir.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/2011185929596-se-le-acabaron-las-ganas

Miércoles de poesía: «La búsqueda»

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La búsqueda

Te busqué entre mis memorias,
en mis sueños archivados
entre bolas de algodón.
Te busqué por los caminos,
aquellos por los que dejamos
piedrecitas de color.
Te busqué en la lejanía,
creyendo que la distancia
fue la que nos separó.
Te busqué entre las arenas
de las playas del olvido,
donde las puestas de sol.
Te busqué y no hallé tu nombre
desdibujado con tiza
en medio de un corazón.
Te busqué
y, por buscarte,
fui yo la que se perdió.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/4zZmBeUc8aURMGJR

El relato del viernes: «Por quién tocan las campanas»

Fuente: Pixabay

Por quién tocan las campanas

Las campanas de la iglesia repiqueteaban con fuerza mientras María apresuraba sus pasos por la estrecha callejuela. El empedrado del suelo hacía que sus tacones se trabasen en los adoquines, haciéndola perder el equilibrio con demasiada frecuencia para la prisa que llevaba. Un paso, dos, un tropezón. Tres pasos, cuatro, otro traspié. Se detuvo un instante para recuperar el aliento y acomodar sus pisadas, mientras prestaba atención al lánguido y pausado tañer de las campanas. Tocaban a muerto. Mal augurio.

Continuó su camino por la calleja desierta. Ya había anochecido y un intenso frío se había instalado en las calles, haciéndose dueño y señor de todo. Las puertas de las casas permanecían cerradas, al igual que las ventanas, bien aseguradas con los postigos, impidiendo que el frío allanase con alevosía las moradas. Las chimeneas lanzaban vaporosas lenguas de humo hacia un cielo cuajado de estrellas, más brillantes que cualquier otra noche, que contribuía dando el punto de gracia a las gélidas temperaturas. María se arrebujó el abrigo contra su pecho y aceleró un poco más el paso. El único sonido que se podía escuchar en las calles era el repiquetear de sus tacones sobre el empedrado, que lanzaba un eco que lo envolvía todo, junto con el sombrío tañer de las campanas, que continuaban su plegaria, ajenas a todo.

Aquel lúgubre sonido, que parecía no finalizar nunca, se adentraba en sus oídos y le creaba una angustiosa sensación. Un creciente miedo se iba forjando en su interior con cada paso que avanzaba y se arrepintió de haber salido de casa tan tarde. Quizá fuese simplemente aprensión, pero tenía la extraña sensación de que alguien la observaba. Detuvo sus pasos otro momento, solo para asegurarse de que no se escuchaba ningún ruido. El silencio a su alrededor era prácticamente sepulcral, solamente roto por el tañido que provenía de la iglesia, que continuaba implacable, infatigable. Divisó su casa al final de la calle y calculó el tiempo que tardaría en llegar al resguardo del calor del fuego que, sin duda, Alfonso tendría prendido en la chimenea. Se consoló pensando que, en apenas cinco minutos, estaría riéndose del miedo que había pasado.

Retomó sus pasos con celeridad, pero la impresión de que no estaba sola continuaba allí, acompañándola durante el trayecto, para mantener su creciente desasosiego. Rebuscó, mientras caminaba, en el pequeño bolso que siempre la acompañaba hasta que dio con las llaves. Estaban frías. Aun así, el contacto con el metal le transmitió cierta serenidad y confianza. Las apretó con fuerza en el interior de su mano derecha, dejando asomar por entre sus dedos el extremo de la llave del altillo, la más larga de todas. Cuántas veces había hablado con Alfonso sobre la necesidad de cambiar esa cerradura a por una que tuviese una llave más manejable. Ahora, su exagerado tamaño y su dentado filo le transmitían seguridad. Tendría que recordar comentarle a Alfonso que no sería necesario cambiarla.

A punto estaba de llegar al cruce con la calle estrecha cuando sus temores se vieron confirmados y supo que nada había sido fruto de su imaginación. Se la conocía así por su evidente angostura, por la que no podía pasar ni el coche más pequeño, pero, además, contaba con diversos vericuetos que la convertían en un callejón de lo más peculiar. En aquellos momentos, a María le parecía, más que singular, prácticamente aterrador. Su respiración le llegó entrecortada, apenas un resuello, el típico aliento del que aguarda con ansia la llegada de un momento muy especial. Una pequeña sombra, saliendo del callejón, delataba su escondite. Se vio tentada a echar a correr, pero, una vez más, el sentido común se impuso a la imaginación y continuó sus pasos, aunque ahora mucho más cautelosos. Quizá fuese alguien que, simplemente, esperaba en el callejón. O un joven que fumaba a escondidas. Sí, seguramente se tratase de algo así.

Sus peores sospechas se vieron confirmadas conforme asomó el primer paso por la entrada del callejón. Una gran figura se abalanzó sobre ella, tapándole la boca con una enorme mano para impedirle que gritara. El pánico se apoderó de María y tomó ya forma que nunca jamás hubiese sospechado. Una increíble fuerza se desarrolló en su interior. Solo podía pensar en que tenía que librarse de su atacante, llegar a su cálida casa y dormir acurrucada en el regazo de Alfonso, como hacía cada noche desde hacía 10 años. Sin saber muy bien cómo, consiguió revolverse y encarar a su agresor. La rodilla salió disparada, como por voluntad propia, y, cuando aquel soltó su amarre y se encogió dolorido, María acarició el contorno de la llave que aún mantenía agarrada con fuerza en el interior de la mano derecha. No lo pensó. Los oxidados dientes de la llave rebanaron la yugular del asaltante, que cayó desplomado al suelo, mientras un denso río de sangre manaba a borbotones de la letal herida.

María continuó su camino resguardándose de nuevo en el interior de su abrigo, mientras una última campanada dejaba su eco latente en al gélido aire nocturno. El silencio volvía a ser lacerante. Entonces comprendió por quién tocaban las campanas.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/AirE8MHuo8cQtv3m

Miércoles de poesía: «Perdiendo versos»

Fuente: Pixabay

Perdiendo versos

Anoche se me cayó un verso.
Se escurrió por un huequito
que tu mirada había abierto
entre tu corazón y el mío.
Con él alfombré el camino 
que ha de guiar tus pasos 
para que nunca te pierdas
al encontrarte conmigo. 
Anoche se me cayó un verso. 
Con él fueron las palabras
que fui incapaz de decirte 
cuando te vi al lado mío,
repletas de sentimiento,
de abrazos en la distancia 
para salvarte del frío.
Anoche se me cayó un verso.
Intenté disimularlo
escribiendo en mi libreta
cien palabras inconexas,
sin orden y sin sentido.
No quiero que nadie se entere 
de que voy perdiendo versos,
de que mi alma es poeta,
de que sigo tu destino.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/Rn1DqXSUXMNkOt1e

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A letras con los lunes: «Falsa primavera»

Falsa primavera

Se desnudó de hojas y dejó sus sentimientos tendidos al aire. Se disfrazó de sueño y dejó que todos fingiesen creer en su quimera. Se despojó de miedos y, suspirando, esperó a que llegase, otra vez, una falsa primavera.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

Falsa primavera by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

El relato del viernes: «Reservado el derecho de admisión»

Fuente: Pixabay

Reservado el derecho de admisión

Siempre he tratado de llevar una vida recta y ejemplar. He intentado regirme por los más estrictos valores que, con tanta integridad y cariño a partes iguales, me inculcaron mis padres. Y con esto no quiero decir que no haya hecho cosas mal. Sí, las he hecho,
por supuesto, soy humano. Lo que quiero decir es que nunca he querido hacer daño a nadie. Al menos, no de una manera consciente. Siempre he intentado ayudar a los demás, he tratado de actuar con la mayor justicia posible y he mentido relativamente poco. Lo justo y necesario, siempre mentiras piadosas, como se suele decir. Por eso me extrañó tanto cuando, a mi llegada al cielo, me negaron la entrada.


Supe que había muerto cuando, tras despertar de un plácido sueño, vi que mi cuerpo, tendido sobre la cama, no había despertado conmigo. Y tengo que decir que no fue una experiencia agradable. En absoluto. Siempre supuse que, en un momento así, debería de embargarte una paz categórica. El sosiego propio de saber que, si había algún tipo de sufrimiento en tu vida, este habría terminado para siempre. Sin embargo, en lugar de ello, una terrible ansiedad se apoderó de mí. Tanta que habría comenzado a transpirar y a hiperventilar si hubiese dispuesto de un cuerpo tangible habilitado para ello. Pero no lo tenía y toda esa desazón no disponía de ninguna válvula de escape. Fue, por tanto, una experiencia angustiosa que solo terminó cuando entró mi esposa en la habitación y encontró mi cuerpo inerte. Curiosamente, su inquietud dispersó la mía y, tranquilo por haber dejado mi cuerpo físico en buenas manos, me dejé llevar y abandoné el plano terrestre con placidez.


Si alguna vez habéis escuchado que, cuando te mueres, pasa toda tu vida por delante de tus ojos, debo deciros que así es. A la velocidad de un relámpago. Tanto, que apenas te da tiempo a procesar alguna de las imágenes que tienes ante ti. Los recuerdos, tanto los buenos como los malos, te abruman y, por si fuera poco, tras ello te ves sometido a un interrogatorio que no te imaginas ni en las mejores series policíacas. Entre toda esta batería de preguntas, que incluían una valoración de tu propia vida, me ofrecieron, con mucha amabilidad, eso sí, una opción. Me quedé fascinado, pues no sabía que tuviese alguna alternativa llegado este momento. Me dieron a elegir entre una reencarnación, que supondría mi vuelta al mundo tal y como lo conocía hasta el momento, o continuar mi viaje a través de los éteres azules hasta llegar al cielo. Puesto que no me garantizaban que mi próxima vida fuese también humano, me decidí por la segunda opción. Además, me apetecía comprobar de primera mano si eran verdad todas las maravillas que se contaban acerca del paraíso.


No os creáis que, llegado el momento, va a estar ahí San Pedro dispuesto a recibiros en la puerta del cielo con una sonrisa. Nada más lejos de la realidad. No, la cosa no va así. Para empezar, perdí la cuenta de cuántos formularios tuve que rellenar para solicitar mi ingreso en el cielo. Y eso que no pedí ingreso preferente ni nada por el estilo. Había escuchado que, de esa manera, aún necesitas rellenar más instancias. Así que seguí el procedimiento normal, el del común de los mortales. Después, no os podéis hacer una idea del tiempo que estuve vagando por un extraño limbo en espera de una contestación. Y digo que no os podéis hacer una idea porque ni yo mismo me la hago, ya que pierdes por completo la noción del tiempo. Jamás imaginé que la burocracia extendiese sus brazos hasta esta altura, pero así es. Hay cosas que no cambian, incluso después de la muerte. El único consuelo que me quedó fue pensar que, al menos no me hicieron ir de ventanilla en ventanilla. Aquí los trámites se hacen de una manera, digamos que diferente.


La cuestión es que cuando, al fin, después de cinco minutos o de varios años, es igual, recibí una contestación, la respuesta fue una negativa. Sí, sí, como lo estáis oyendo. Bueno, leyendo. Bueno, como sea. Me dijeron que no podía entrar en el cielo, así, sin más, sin ninguna explicación. Y yo, que nunca me he caracterizado por ser demasiado conformista, inicié un proceso de reclamación. Vuelta a empezar con los formularios, los plazos y con toda la burocracia que ya me conocía tan bien. Debo confesar que me vi tentado a solicitar mi reencarnación, pero como la situación me parecía totalmente injusta para mí, decidí no dejarlo pasar y no cejar en mi empeño. Como ya os comenté, mi vida siempre ha sido todo lo recta que he podido y, si he cometido algún pecado, este ha sido venial.

Horas, días, meses, años o lustros después, me llegó la contestación. De nuevo negativo, por supuesto, que esta no es gente de cambiar de opinión así como así. Esta vez, acompañada del motivo de la negativa, eso sí. Imaginaos mi sorpresa cuando leí: «Acceso denegado por carecer de la preceptiva mascarilla».  ¿Pero qué culpa tengo yo de haber muerto en mi cama, libre de posibilidad de contagio y, por tanto, sin mascarilla? ¿Es que no me pueden dar una?


Así que tened cuidado de las circunstancias en las que fallecéis, no os vaya a pasar como a mí, y os quedéis fuera. Porque sí, el cielo también tiene reservado el derecho de admisión.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/qj3K742u19FGK4Aw

Miércoles de poesía: «El derrame»

Fuente: Pixabay (editada)

El derrame

Se derramó sobre el campo,
sobre la ciudad y el monte,
sobre el mar y en el desierto,
sobre el hombre, el animal
y también sobre la flor.
Se derramó sin descanso,
sin perderse en el camino,
lo cubrió todo a su paso 
sin dejar solo un resquicio,
un recodo o un rincón.
Se derramó con la fuerza 
y el ímpetu de la marea,
con la rabia de un seísmo,
como el fuego crepitante
de un volcán en erupción.
Y se derramó dejando 
sin posible escapatoria
a la humanidad entera.
Unos los llamaron miedo.
Otros, simplemente, amor.

Ana Centellas. Marzo 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/GcH56dS4DdilbSKf