El relato del viernes: «Se le acabaron las ganas»

Se le acabaron las ganas Se le acabaron las ganas. Muchos pensaron que no, que no se le habían acabado, sino que, simplemente, se las habían quitado. Sin embargo, ella siempre pensó que nadie le podía quitar nada a otra persona si esta no permitía que eso ocurriese. Y ella lo había permitido durante demasiadoSigue leyendo «El relato del viernes: «Se le acabaron las ganas»»

Miércoles de poesía: «La búsqueda»

La búsqueda Te busqué entre mis memorias,en mis sueños archivadosentre bolas de algodón.Te busqué por los caminos,aquellos por los que dejamospiedrecitas de color.Te busqué en la lejanía,creyendo que la distanciafue la que nos separó.Te busqué entre las arenasde las playas del olvido,donde las puestas de sol.Te busqué y no hallé tu nombredesdibujado con tizaen medioSigue leyendo «Miércoles de poesía: «La búsqueda»»

El relato del viernes: «Por quién tocan las campanas»

Por quién tocan las campanas Las campanas de la iglesia repiqueteaban con fuerza mientras María apresuraba sus pasos por la estrecha callejuela. El empedrado del suelo hacía que sus tacones se trabasen en los adoquines, haciéndola perder el equilibrio con demasiada frecuencia para la prisa que llevaba. Un paso, dos, un tropezón. Tres pasos, cuatro,Sigue leyendo «El relato del viernes: «Por quién tocan las campanas»»

Miércoles de poesía: «Perdiendo versos»

Perdiendo versos Anoche se me cayó un verso.Se escurrió por un huequitoque tu mirada había abiertoentre tu corazón y el mío.Con él alfombré el camino que ha de guiar tus pasos para que nunca te pierdasal encontrarte conmigo. Anoche se me cayó un verso. Con él fueron las palabrasque fui incapaz de decirte cuando te vi al lado mío,repletas de sentimiento,de abrazos en la distancia para salvarte del frío.Anoche se me cayó un verso.Intenté disimularloescribiendo en mi libretacien palabras inconexas,sin orden y sin sentido.No quiero que nadie se entere de que voy perdiendo versos,de que mi alma es poeta,de que sigo tu destino. Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados. ¿Estás listo para programar? Tu trabajo se publicará en la fecha y hora establecidas. Visibilidad:Público Publicar:18 November, 2020 8:40 am Sugerencia:Añade etiquetas Comparte esta entrada Conecta y elige las cuentas en las que te gustaría compartir tu entrada. Ana Centellas @AnaCentellas Ana Centellas Conecta una cuenta(abre en una nueva pestaña)Personaliza tuSigue leyendo «Miércoles de poesía: «Perdiendo versos»»

A letras con los lunes: «Falsa primavera»

Falsa primavera Se desnudó de hojas y dejó sus sentimientos tendidos al aire. Se disfrazó de sueño y dejó que todos fingiesen creer en su quimera. Se despojó de miedos y, suspirando, esperó a que llegase, otra vez, una falsa primavera. Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

El relato del viernes: «Reservado el derecho de admisión»

Reservado el derecho de admisión Siempre he tratado de llevar una vida recta y ejemplar. He intentado regirme por los más estrictos valores que, con tanta integridad y cariño a partes iguales, me inculcaron mis padres. Y con esto no quiero decir que no haya hecho cosas mal. Sí, las he hecho,por supuesto, soy humano. Lo que quiero decir es que nunca he querido hacer daño a nadie. Al menos, no de una manera consciente. Siempre he intentado ayudar a los demás, he tratado de actuar con la mayor justicia posible y he mentido relativamente poco. Lo justo y necesario, siempre mentiras piadosas, como se suele decir. Por eso me extrañó tanto cuando, a mi llegada al cielo, me negaron la entrada. Supe que había muerto cuando, tras despertar de un plácido sueño, vi que mi cuerpo, tendido sobre la cama, no había despertado conmigo. Y tengo que decir que no fue una experiencia agradable. En absoluto. Siempre supuse que, en un momento así, debería de embargarte una paz categórica. El sosiego propio de saber que, si había algún tipo de sufrimiento en tu vida, este habría terminado para siempre. Sin embargo, en lugar de ello, una terrible ansiedad se apoderó de mí. Tanta que habría comenzado a transpirar y a hiperventilar si hubiese dispuesto de un cuerpo tangible habilitado para ello. Pero no lo tenía y toda esa desazón no disponía de ninguna válvula de escape. Fue, por tanto, una experiencia angustiosa que solo terminó cuando entró mi esposa en la habitación y encontró mi cuerpo inerte. Curiosamente, su inquietud dispersó la mía y, tranquilo por haber dejado mi cuerpo físico en buenas manos, me dejé llevar y abandoné el plano terrestre con placidez. Si alguna vez habéis escuchado que, cuando te mueres, pasa toda tu vida por delante de tus ojos, debo deciros que así es. A la velocidad de un relámpago. Tanto, que apenas te da tiempo a procesar alguna de las imágenes que tienes ante ti. Los recuerdos, tanto los buenos como los malos, te abruman y, por si fuera poco, tras ello te ves sometido a un interrogatorio que no te imaginas ni en las mejores series policíacas. Entre toda esta batería de preguntas, que incluían una valoración de tu propia vida, me ofrecieron, con mucha amabilidad, eso sí, una opción. Me quedé fascinado, pues no sabía que tuviese alguna alternativa llegado este momento. Me dieron a elegir entre una reencarnación, que supondría mi vuelta al mundo tal y como lo conocía hasta el momento, o continuar mi viaje a través de los éteres azules hasta llegar al cielo. Puesto que no me garantizaban que mi próxima vida fuese también humano, me decidí por la segunda opción. Además, me apetecía comprobar de primera mano si eran verdad todas las maravillas que se contaban acerca del paraíso. No os creáis que, llegado el momento, va a estar ahí San Pedro dispuesto a recibiros en la puerta del cielo con una sonrisa. Nada más lejos de la realidad. No, la cosa no va así. Para empezar, perdí la cuenta de cuántos formularios tuve que rellenar para solicitar mi ingreso en el cielo. Y eso que no pedí ingreso preferente ni nada por el estilo. Había escuchado que, de esa manera, aún necesitas rellenar más instancias. Así que seguí el procedimiento normal, el del común de los mortales. Después, no os podéis hacer una idea del tiempo que estuve vagando por un extraño limbo en espera de una contestación. Y digo que no os podéis hacer una idea porque ni yo mismo me la hago, ya que pierdes por completo la noción del tiempo. Jamás imaginé que la burocracia extendiese sus brazos hasta esta altura, pero así es. Hay cosas que no cambian, incluso después de la muerte. El único consuelo que me quedó fue pensar que, al menos no me hicieron ir de ventanilla en ventanilla. Aquí los trámites se hacen de una manera, digamos que diferente. La cuestión es que cuando, al fin, después de cinco minutos o de varios años, es igual, recibí una contestación, la respuesta fue una negativa. Sí, sí, como lo estáis oyendo. Bueno, leyendo. Bueno, como sea. Me dijeron que no podía entrar en el cielo, así, sin más, sin ninguna explicación. Y yo, que nunca me he caracterizado por ser demasiado conformista, inicié un proceso de reclamación. Vuelta a empezar con los formularios, los plazos y con toda la burocracia que ya me conocía tan bien. Debo confesar que me vi tentado a solicitar mi reencarnación, pero como la situación me parecía totalmente injusta para mí, decidí no dejarlo pasar y no cejar en mi empeño. Como ya os comenté, mi vida siempre ha sido todo lo recta que he podido y, si he cometido algún pecado, este ha sido venial. Horas, días, meses, años o lustros después, me llegó la contestación. De nuevo negativo, por supuesto, que esta no es gente de cambiar de opinión así como así. Esta vez, acompañada del motivo de la negativa, eso sí. Imaginaos mi sorpresa cuando leí: «Acceso denegado por carecer de la preceptiva mascarilla».  ¿Pero qué culpa tengo yo de haber muerto en mi cama, libre de posibilidad de contagio y, por tanto, sin mascarilla? ¿Es que no me pueden dar una? Así que tened cuidado de las circunstancias en las que fallecéis, no os vaya a pasar como a mí, y os quedéis fuera. Porque sí, el cielo también tiene reservado el derecho de admisión. Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

Miércoles de poesía: «El derrame»

El derrame Se derramó sobre el campo,sobre la ciudad y el monte,sobre el mar y en el desierto,sobre el hombre, el animaly también sobre la flor.Se derramó sin descanso,sin perderse en el camino,lo cubrió todo a su paso sin dejar solo un resquicio,un recodo o un rincón.Se derramó con la fuerza y el ímpetu de la marea,con la rabia de un seísmo,como el fuego crepitantede un volcán en erupción.Y se derramó dejando sin posible escapatoriaa la humanidad entera.Unos los llamaron miedo.Otros, simplemente, amor. Ana Centellas. Marzo 2020. Derechos registrados.