El relato del viernes: “Por quién tocan las campanas”

Fuente: Pixabay

Por quién tocan las campanas

Las campanas de la iglesia repiqueteaban con fuerza mientras María apresuraba sus pasos por la estrecha callejuela. El empedrado del suelo hacía que sus tacones se trabasen en los adoquines, haciéndola perder el equilibrio con demasiada frecuencia para la prisa que llevaba. Un paso, dos, un tropezón. Tres pasos, cuatro, otro traspié. Se detuvo un instante para recuperar el aliento y acomodar sus pisadas, mientras prestaba atención al lánguido y pausado tañer de las campanas. Tocaban a muerto. Mal augurio.

Continuó su camino por la calleja desierta. Ya había anochecido y un intenso frío se había instalado en las calles, haciéndose dueño y señor de todo. Las puertas de las casas permanecían cerradas, al igual que las ventanas, bien aseguradas con los postigos, impidiendo que el frío allanase con alevosía las moradas. Las chimeneas lanzaban vaporosas lenguas de humo hacia un cielo cuajado de estrellas, más brillantes que cualquier otra noche, que contribuía dando el punto de gracia a las gélidas temperaturas. María se arrebujó el abrigo contra su pecho y aceleró un poco más el paso. El único sonido que se podía escuchar en las calles era el repiquetear de sus tacones sobre el empedrado, que lanzaba un eco que lo envolvía todo, junto con el sombrío tañer de las campanas, que continuaban su plegaria, ajenas a todo.

Aquel lúgubre sonido, que parecía no finalizar nunca, se adentraba en sus oídos y le creaba una angustiosa sensación. Un creciente miedo se iba forjando en su interior con cada paso que avanzaba y se arrepintió de haber salido de casa tan tarde. Quizá fuese simplemente aprensión, pero tenía la extraña sensación de que alguien la observaba. Detuvo sus pasos otro momento, solo para asegurarse de que no se escuchaba ningún ruido. El silencio a su alrededor era prácticamente sepulcral, solamente roto por el tañido que provenía de la iglesia, que continuaba implacable, infatigable. Divisó su casa al final de la calle y calculó el tiempo que tardaría en llegar al resguardo del calor del fuego que, sin duda, Alfonso tendría prendido en la chimenea. Se consoló pensando que, en apenas cinco minutos, estaría riéndose del miedo que había pasado.

Retomó sus pasos con celeridad, pero la impresión de que no estaba sola continuaba allí, acompañándola durante el trayecto, para mantener su creciente desasosiego. Rebuscó, mientras caminaba, en el pequeño bolso que siempre la acompañaba hasta que dio con las llaves. Estaban frías. Aun así, el contacto con el metal le transmitió cierta serenidad y confianza. Las apretó con fuerza en el interior de su mano derecha, dejando asomar por entre sus dedos el extremo de la llave del altillo, la más larga de todas. Cuántas veces había hablado con Alfonso sobre la necesidad de cambiar esa cerradura a por una que tuviese una llave más manejable. Ahora, su exagerado tamaño y su dentado filo le transmitían seguridad. Tendría que recordar comentarle a Alfonso que no sería necesario cambiarla.

A punto estaba de llegar al cruce con la calle estrecha cuando sus temores se vieron confirmados y supo que nada había sido fruto de su imaginación. Se la conocía así por su evidente angostura, por la que no podía pasar ni el coche más pequeño, pero, además, contaba con diversos vericuetos que la convertían en un callejón de lo más peculiar. En aquellos momentos, a María le parecía, más que singular, prácticamente aterrador. Su respiración le llegó entrecortada, apenas un resuello, el típico aliento del que aguarda con ansia la llegada de un momento muy especial. Una pequeña sombra, saliendo del callejón, delataba su escondite. Se vio tentada a echar a correr, pero, una vez más, el sentido común se impuso a la imaginación y continuó sus pasos, aunque ahora mucho más cautelosos. Quizá fuese alguien que, simplemente, esperaba en el callejón. O un joven que fumaba a escondidas. Sí, seguramente se tratase de algo así.

Sus peores sospechas se vieron confirmadas conforme asomó el primer paso por la entrada del callejón. Una gran figura se abalanzó sobre ella, tapándole la boca con una enorme mano para impedirle que gritara. El pánico se apoderó de María y tomó ya forma que nunca jamás hubiese sospechado. Una increíble fuerza se desarrolló en su interior. Solo podía pensar en que tenía que librarse de su atacante, llegar a su cálida casa y dormir acurrucada en el regazo de Alfonso, como hacía cada noche desde hacía 10 años. Sin saber muy bien cómo, consiguió revolverse y encarar a su agresor. La rodilla salió disparada, como por voluntad propia, y, cuando aquel soltó su amarre y se encogió dolorido, María acarició el contorno de la llave que aún mantenía agarrada con fuerza en el interior de la mano derecha. No lo pensó. Los oxidados dientes de la llave rebanaron la yugular del asaltante, que cayó desplomado al suelo, mientras un denso río de sangre manaba a borbotones de la letal herida.

María continuó su camino resguardándose de nuevo en el interior de su abrigo, mientras una última campanada dejaba su eco latente en al gélido aire nocturno. El silencio volvía a ser lacerante. Entonces comprendió por quién tocaban las campanas.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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6 comentarios en “El relato del viernes: “Por quién tocan las campanas”

  1. ¡Misterio…angustia…pánico…y las siempre las campanas repiqueteando! Fantástico Ana, como nos tienes acostumbrado! Y esa llave extraña; que aun siendo larga y vieja, se constituyo en un arma letal. A ti bella; ningún genero puede contigo. Un cálido saludo.

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