El relato del viernes: «Se le acabaron las ganas»

Fuente: Pixabay

Se le acabaron las ganas

Se le acabaron las ganas. Muchos pensaron que no, que no se le habían acabado, sino que, simplemente, se las habían quitado. Sin embargo, ella siempre pensó que nadie le podía quitar nada a otra persona si esta no permitía que eso ocurriese. Y ella lo había permitido durante demasiado tiempo, hasta que se le acabaron las ganas.

Sí, se le acabaron las ganas. Las ganas de seguir, de continuar habitando en un mundo ajeno a ella misma, en el que se consideraba una extraña. Se le acabaron, incluso, las ganas de respirar, de amar, de vivir. Se encerró en sí misma para aislarse de una realidad demasiado cruel y cerró las puertas y las ventanas de su alma y de su corazón. Bajó las persianas y no dejó que entrase ni el más mínimo rayo de sol. La oscuridad se hizo su amiga, junto con las pelusas y las telarañas que, poco a poco, comenzaron a ocupar los rincones de su corazón en los que antes habitaba el amor. Cerró con llave la alacena en la que guardaba las ganas de vivir y las dejó allí, a la espera de que se cumpliese la fecha de caducidad para, después, enviarlas al contenedor de los residuos orgánicos.

Sí, se le acabaron las ganas. Durante demasiado tiempo se dedicó a observar en silencio la puerta, clausurada con cerrojo, cadena, candado y cerradura de doble seguridad. Temía que alguien pudiera llegar y derribar todas sus barreras, pero se le habían acabado las ganas, incluso, de levantarse a interponer también la cómoda de su dormitorio. Allí, encerrada, permaneció durante horas, días, meses. Tal vez fueron años, nunca lo logró saber con exactitud. Con la cabeza bien cubierta con el edredón de la indiferencia y de la auto compasión. Escondida del mundo, incluso de su propia cobardía.

Sí, se le acabaron las ganas. Pero, en su desidia, olvidó proteger las ventanas. Y un día, alguien, o quizá algo, de quien no sabe su nombre y nunca le preocupó, logró abrir una rendija por una de ellas. Al principio no se dio ni cuenta, pero, con el tiempo, pudo más la curiosidad que su miedo y su apatía. Fue a asomarse un poquito y la luz del sol la cegó. Volvió de inmediato a su refugio. Sin embargo, aquel resquicio por el que trataba de colarse la vida permaneció abierto y, sin quererlo, fue acercándose más y más, abriéndolo cada día un pequeño milímetro más, perdiendo el miedo, atisbando con asombro lo que había al otro lado. Y lo que vio le gustó.

Y sí, se le acabaron las ganas. Se murieron las ganas de permanecer encerrada, de esconderse de la vida, de no creerse merecedora de semejante privilegio. Se le acabaron las ganas de morir.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/2011185929596-se-le-acabaron-las-ganas

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

9 comentarios sobre “El relato del viernes: «Se le acabaron las ganas»

  1. ¡Brillante entrada! Has escrito un manifiesto; contra la oscuridad del alma en que aquellos que sufren dicen protegerse en un ostracismo cruel y perverso. Quien lea tu excelente narrativa; la obligaras a pensar en que «SI, LA VIDA MERECE SER VIVIDA». Un genial fin de semana para ti y tu familia, Ana. Con el cariño de siempre.

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