El relato del viernes: «El amigo invisible»

Fuente: Pixabay

El amigo invisible

Cuando Azucena llegó a la oficina, tenía la sonrisa más grande que nadie le había conocido nunca. Faltaban unos días para Navidad y todo estaba engalanado para la ocasión. Las calles, el vestíbulo del edificio donde se encontraba su oficina y, en la puerta de esta, una gran corona de flores de pascua le había dado la bienvenida. En el interior, también se respiraba el ambiente navideño, ya que se había encargado ella personalmente de que así fuera. Brillantes espumillones colgaban de los siempre aburridos cubículos y un gran árbol de navidad daba la bienvenida nada más traspasar el umbral. Le pareció incluso escuchar el alegre y ligero tintineo de un villancico que provenía de alguna de las mesas del fondo y su sonrisa se amplificó aún más.

Al llegar a su despacho, su semblante cambió a sorpresa cuando descubrió un pequeño paquete, cuidadosamente envuelto y adornado con un brillante lazo, sobre su silla. Lo tomó con cuidado y lo observó, girándolo entre sus manos para tratar de ver si contenía alguna tarjeta o alguna pista de qué podía tratarse. Así era. Bajo la impecable lazada de raso rojo, una pequeña tarjeta asomaba con timidez. En ella, cuatro palabras destacaban por su excelente caligrafía en tinta también roja. “De tu amigo imaginario”.

Azucena quedó extrañada. ¿Del amigo imaginario? Por un instante, se quedó paralizada. ¡Se había olvidado por completo del regalo del amigo invisible! Cada año, en la oficina, organizaban entre todos el típico intercambio de regalos, de esos que llamaban “el amigo invisible”. Se trataba de tener un detalle con los compañeros, algo barato o realizado con sus propias manos, entregado con todo su cariño y su ilusión. Seguramente se tratase de eso, del amigo invisible, solo que quien había preparado la tarjeta se había equivocado con los términos. Entonces cayó en la cuenta. Aún faltaban algunos días para Navidad. De hecho, ese mismo día se celebraba el sorteo de la lotería navideña y los niños de San Ildefonso cantaban los agraciados números con sus melódicas voces desde los altavoces del portátil de su compañero de despacho. Y el intercambio de regalos se hacía en la mañana del día de Nochebuena, antes de irse a casa al mediodía y después de haber brindado todos juntos con un cava fresquito.

Preguntó a sus compañeros, pero ninguno supo decirle nada de la procedencia del misterioso paquete. Parecía ser que ninguno de ellos había sido el autor del obsequio y el desconcierto de Azucena no hacía más que ir en aumento. Decidida a no darle mayor importancia y a no dejarse vencer por la curiosidad, guardó el paquete en su bolso, se hizo a sí misma una anotación mental para aquella misma tarde ir a comprar el regalo para su amigo invisible y se dispuso a comenzar su jornada laboral con una sonrisa, amenizada por los villancicos, los niños cantores y la decoración navideña que tanto le gustaba.

Cuando, al fin, llegó a su casa, ya ni se acordaba del regalo misterioso. Fue al dejar su bolso sobre la cama cuando el pequeño paquete se deslizó de su interior, llamado su atención con el atractivo lazo rojo. Azucena, al verlo, decidió que había llegado el momento de despejar sus dudas. Se puso cómoda, se sentó sobre la cama y se dispuso a quitar el envoltorio. Se quedó sin aliento cuando del interior de aquella pequeña caja salió un retrato suyo, con apenas cinco o seis años, rodeado de un marco hecho con unos añejos macarrones coloreados con témpera que reconoció al instante. El deteriorado estado de la pintura daba fe de los años que habían pasado desde que unas manos infantiles lo decoraran con tanta torpeza como ilusión.

— ¿Te ha gustado mi regalo?

La voz le llegó desde la ventana del cuarto y ella sintió que el corazón le daba un vuelco en el interior de su pecho. No podía ser, aquello no podía estar ocurriendo. Cerró con fuerza los ojos, como si así pudiese borrar todo lo que fuese que estuviese pasando ahí afuera. Su voz le volvió a llegar, nítida y serena:

— Como ves, yo no me olvido de mis amigos. No como otras…

Azucena abrió ligeramente un ojo y giró la cabeza despacio, mordiéndose el labio inferior, tal y como solía hacer cuando era una niña cada vez que sentía miedo. Allí estaba, mirando a través del cristal de la ventana con la mirada perdida en el horizonte nocturno, mientras sujetaba con su pequeña mano las cortinas. Continuaba tal y como lo recordaba, con sus pantalones cortos y la tirita de Heidi en la rodilla, que ella misma le había puesto aquella vez que se cayó en el patio del colegio y se hizo un raspón bastante feo. El amigo imaginario que la había acompañado hasta sus años de universidad y por el que había tenido que soportar años de terapia psiquiátrica. Había vuelto.

Se quedó pensativa. Tendría que poner un cubierto más en la mesa la noche de Nochebuena…

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/2011306085897-el-amigo-invisible

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

8 comentarios sobre “El relato del viernes: «El amigo invisible»

  1. Brillante y adorable entrada!Además de su admirable narrativa, por el personaje de la misma. ¿Un amigo imaginario fantástico, ideal como el regalo de Nochebuena que aún, muchos ansiamos…Un cálido saludo.

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