El relato del viernes: «Llega la Navidad»

Fuente: Pixabay

Llega la Navidad

Gema casi se cayó al suelo mientras bajaba del altillo del armario de su habitación la preciada caja que tanto tiempo llevaba deseando coger. Era demasiado pequeña para hacerlo y, por eso, había subido un pequeño taburete sobre una de las sillas de la cocina, manteniéndose en un precario equilibrio que no había conseguido medrar su ilusión infantil. Un último traspiés había estado a punto de mandarlo todo al traste, pero, al final, consiguió mantenerse en pie, mientras sujetaba con firmeza el tan ansiado tesoro.

Llevaba gran parte de la tarde sola y aburrida, sin nadie con quien jugar. Una vez terminados los escasos deberes que tenía que hacer, había ido en busca de su madre, que dormitaba acurrucada en un sillón, adormecida por el efecto de las pastillas contra la ansiedad. La decepción se reflejó en su sonrosada carita cuando la vio en ese estado una tarde más y recordó la alegría que había sentido cuando se había enterado de que su mamá no tendría que volver al trabajo. Pensaba que, así, podrían pasar más tiempo juntas, pero, en lugar de ello, su madre se pasaba el día triste y amodorrada, sin hacer nada ni, mucho menos, jugando con ella. Gema no sabía por qué estaba ocurriendo aquello, pero deseó que volviese a ser la mamá cariñosa de siempre, aunque para ello tuviese que renunciar a ese tiempo juntas que, en su inocencia, había creído que iba a ser tan maravilloso.

Era ya mediados de diciembre y Gema llevaba demasiado tiempo esperando a que sus padres le concediesen ese momento que llevaba esperando desde hacía un año. Por eso, aquella tarde, la tristeza, la decepción y el aburrimiento la llevaron a tomar una determinación. Dejó sobre su cama la caja que tanto trabajo le había costado conseguir y la destapó un poquito. Lo hizo con un cuidado extremo, como si fuese el material más frágil del mundo, y con un pequeño nudo en el estómago, en parte debido a la emoción que sentía y en parte a la adrenalina de estar haciendo algo para lo que aún no tenía permiso. Cerró los ojos y aspiró el aroma que emanaba del interior, deleitándose con él. Un sonoro suspiro de satisfacción se le escapó de entre los labios y una gran sonrisa los decoró en cuestión de segundos.

Repitió la complicada operación de escalada del mobiliario para alcanzar la segunda caja que necesitaba, que, aunque era bastante menos pesada que la anterior, era mucho más voluminosa. Sus pequeñas manos apenas alcanzaban a abarcar el paquete, pero era tal su determinación que unos minutos más tarde ya la tenía sobre su cama junto a la otra. Contempló  ambas cajas extasiada durante unos instantes y, sin más protocolos ni tiempo para pensar, se puso manos a la obra.

No fue fácil. Al menos, no tanto como Gema había pensado. Había tenido que volver a hacer equilibrios en varias ocasiones para alcanzar a las zonas más altas, pero estaba contenta con el resultado. Solo le faltaba por dar el toque final y, para ello, volvió a colocar el taburete, que tan útil le había resultado aquella tarde, sobre la silla. Justo estaba a punto de subirse cuando se abrió la puerta de la calle y, por fin, llegó su padre a casa después de una larga jornada de trabajo.  Nada más entrar se quedó sin palabras. Ante él, un gran árbol de navidad lucía orgulloso, un poco torcido, con algunas ramas agolpadas en un lateral y muchas, muchas calvas. Su hija estaba tratando de subir a una altura considerable, con la gran estrella que lo coronaba en la mano. Corrió hacia ella y la cogió en brazos.

La madre de Gema abrió los ojos justo en el momento en que la niña era recogida por su padre. Se incorporó de un salto y no tardó ni un segundo en situarse a su lado. Gema se mordía el labio inferior, un gesto que hacía siempre que iba pensaba que se iba a llevar una buena reprimenda. En lugar de eso, su madre, con una lágrima resbalando ya por la mejilla, se abrazó a ellos.

—¿Lo has montado tú sola?

—Sí —respondió la niña con las mejillas sonrosadas y una más que evidente timidez en la voz —. ¿Me vais a castigar?

—¿Por qué te íbamos a castigar, cariño? —preguntó su padre, que parecía haberse contagiado con el contacto de la lágrima de su mujer y ya tenía la suya propia a punto de saltar de un ojo.

—Es el árbol de Navidad más bonito del mundo —dijo su madre con cariño—. ¿Qué te parece si ahora horneamos los tres juntos unas galletas?

El rostro de Gema se inundó de felicidad. Por fin había llegado la Navidad a casa.

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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