El relato del viernes: “Vuelta al hogar”

Fuente: Pixabay

Vuelta al hogar

Viajaban acompañados por el cómodo silencio que se instala entre los que no precisan de palabras para demostrarse los sentimientos. Él, concentrado en la carretera, tan angosta y maltrecha que parecía no querer terminar nunca. Ella, concentrada en la ventanilla, que mostraba un paisaje tan cambiante que parecían estar atravesando diferentes mundos, y con una pequeña crisálida creciendo en su interior.

Habían salido cuando la noche todavía reinaba y en ese momento, apenas una hora pasado el amanecer, una luminosidad hipnótica confería a los campos un aspecto que rozaba la fantasía. La gruesa capa de escarcha que cubría todo difuminaba los colores y parecía querer cubrir todo con un manto de mágica purpurina.

Poco a poco, los grandes edificios de la gran ciudad, aún sumidos en un profundo sueño, habían dado paso a extensos terrenos baldíos que la noche, sabiamente, se encargaba de ocultar. Poco a poco, fueron cubriéndose de una tímida siembra que parecía querer desafiar al hielo que la cubría. Nueva vida abriéndose paso a través de la crudeza de la propia vida, que mostraba, orgullosa, un contagioso afán de supervivencia. Se podía intuir entre las sombras, bajo las heladas gotas de rocío, asomada al balcón de la niebla de la incipiente mañana. Y, conforme avanzaban, la mariposa que se había instalado en su estómago parecía extender sus alas un poquito más, agitándolas con timidez.

Al rayar el alba, los amplios sembrados ya se habían convertido en extensos terrenos repletos de viñedos. Desnudos esqueletos en decadencia que, dormidos, soñaban con eternos veranos dorados en los que brindar su preciada ofrenda al dios Baco. Los pueblos ya comenzaban a despertar a su paso, ofreciéndoles una discreta bienvenida envuelta en aroma a café y a chimeneas prendidas. Y cuando los primeros olivares comenzaron a aparecer sobre la velada línea del horizonte, la mariposa le pegó un pellizco en el estómago, rompió el capullo que la había mantenido guarecida hasta entonces y batió sus alas con energía en su interior.

Muchos kilómetros transcurrieron zigzagueando entre los centenarios árboles, que mostraban sus frutos henchidos de su dorado néctar bajo un tímido sol que ya lucía, aunque con timidez, en el cielo. Continuaban en silencio, sumido cada uno en sus pensamientos, en unos recuerdos que aumentaban al mismo ritmo que disminuían los kilómetros que faltaban para llegar a su destino.

Ella fue la primera en divisar las blancas casas que el paso del tiempo casi se había encargado de hacer desaparecer de su memoria. Su mano se posó con cariño sobre la de él. Un mismo suspiro se escapó de entre dos pares de labios. Por fin, habían regresado a su hogar.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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