El relato del viernes: “Se nos escapa el tiempo”

Fuente: Pixabay

Se nos escapa el tiempo

No me gusta mirarlo, lo reconozco. Me disgusta hacerlo porque, cuando lo miro, puedo contemplar aquello en lo que yo misma me he convertido. Es como si su rostro se transformase en la pulida superficie de un espejo que me devuelve una imagen fiel de mí misma. Que devuelve mis mismos gestos de cansancio, mis mismas miradas apagadas. Un reflejo de las mismas arrugas, las mismas bolsas, las mismas ojeras, la misma flacidez en la piel en aquellos lugares en los que un día solo hubo lozanía y belleza. Por eso, en ocasiones, rehúyo su mirada. Para no volver a asomarme a la calma superficie de ese estanque que son sus ojos, cubierta ya por el agrio limo de la decrepitud temprana.

Tampoco me gusta escucharlo porque es como seguir escuchándome a mí misma, hora tras hora, minuto tras minuto, segundo tras segundo. No quiero seguir oyendo las mismas malhumoradas letanías con otro timbre de voz. No soporto más la perezosa intransigencia que hace tiempo se instaló en mis palabras, en las suyas, en las nuestras. Por eso, a veces, me refugio en una burbuja de silencio y hago oídos sordos a las infundadas quejas sin aliento que, sin pena ni gloria, se rompen en el vacío.

Pero lo que más detesto, por encima de todas las cosas, es respirarlo. No tolero ese aroma a ineludible decadencia que lo impregna todo, la ropa, las sábanas, la cama. El mismo que emana de mí misma y que, por más que lo intento, es imposible de disimular bajo la fragancia artificial de una engañosa juventud. Por eso, durante algunos instantes, detengo incluso mi respiración, en un vago intento de que ese momento apnea borre de mi mente la huella, por otro lado indeleble, que ha dejado la esencia de la vejez.

Y, a pesar de todo, lo sigo haciendo. Sigo mirándolo porque, al hacerlo, aún observo en sus ojos la ilusión, la ternura y el cariño con el que me miraban hace años. Porque, en el fondo de su mirada, todavía puedo ver el reflejo de la mía, ilusionada, fresca y joven. Sigo escuchándolo porque, cuando lo hago, llega hasta mis oídos la misma voz del joven que fue, de los jóvenes que fuimos. Siguen llegándome las mismas palabras de amor de antaño, que perduran, firmes, por mucho que pasen los años. Y, sobre todo, sigo respirándolo. Porque su aliento es mi aliento, porque es el soplo que me mantiene viva.

El tiempo pasa, se nos escapa, pero, a su lado, cualquier instante se nos vuelve eterno.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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