El relato del viernes: “Un trabajo bien hecho”

Fuente: Pixabay

Un trabajo bien hecho

Rebeca se encontraba en el pasillo de las conservas, tratando de alcanzar uno de los botes del estante superior. Aquella misma mañana había decidido realizar un cambio en su vida y el primer paso lo daría cambiando su alimentación. Más verdura, aunque fuese enlatada, que no le sobraba el tiempo para estar picando y cocinando. Las latas de guisantes la miraban desde lo alto, la retaban desde su posición de superioridad y ella trataba, en vano, de alcanzarlas poniéndose de puntillas y estirando uno de los brazos al máximo. Estaba rodeada de gente, cada cual a lo suyo, y nadie parecía prestarle atención y, mucho menos, brindarle ayuda. Justo cuando estaba a punto de rozarlas con las yemas de los dedos, sintió un pequeño pinchazo en el cuello.

Retiró de inmediato la mano para tocarse el cuello. Parecía como si un pequeño aguijón se hubiese insertado en su piel, aunque no consiguió palpar nada. Miró hacia arriba. Las latas seguían tambaleándose con el ligero roce de sus dedos al separarlos de forma tan brusca e intentó que no cayesen. Tarde. Varias cayeron al suelo con estruendo y salieron rodando desperdigadas por debajo de las estanterías. Rebeca no sabía dónde meterse. Todas aquellas personas que la habían ignorado cuando estaba en dificultades ahora estaban pendientes de ella. Y ella no sabía si reír o llorar.

Juanjo estaba en el pasillo de los yogures tratando de elegir alguno. Quería mejorar su alimentación y aquel mismo día se había dado cuenta de que apenas tomaba lácteos. Y allí llevaba al menos media hora, delante de una amplia oferta que nunca hubiese imaginado que pudiese existir, tratando de decidir entre los yogures griegos y los de bifidus activo.  Sopesaba ambos con las manos y leía las etiquetas como si así pudiese resultar más fácil tomar una decisión. De pronto, escuchó un intenso ruido. Una lata de guisantes se asomó por debajo de las cámaras de refrigeración y rodó perezosa hasta chocarse con su pie derecho. Al agacharse para recogerla, sintió un pinchazo en la nalga izquierda.

Dio un respingo, frotándose con insistencia en la zona y miró a su alrededor. ¿Alguien le había pinchado con algo? ¿Lo había picado algún insecto? Para su sorpresa, el pasillo se había quedado completamente desierto. Hizo un gesto de indiferencia y volvió a mirar la lata de guisantes que había cogido justo antes del misterioso incidente. Y decidió devolverla a su lugar.

Al girar a la vuelta del pasillo, una azorada mujer se afanaba en recoger varias latas. Algunas de ellas aún rodaban por el suelo, dificultándole la tarea. Sin dudarlo, se acercó a ella para ayudarla en su laborioso cometido. Cuando sus manos se rozaron al tratar de alcanzar uno de los botes, los dos sintieron una corriente eléctrica que nació de sus manos, les recorrió el brazo y les llegó hasta el mismo centro del corazón. Ambos levantaron la vista a la vez, nerviosos. Una tímida sonrisa se asomó a los labios de ambos.

En lo alto de las estanterías, Cupido se frotaba los dedos en la solapa de su chaqueta con chulería. Otro trabajo bien hecho. Aunque ese par de ingenuos siempre pensaría que les había unido una lata de guisantes.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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