El relato del viernes: «Gaia»

Fuente: Pixabay

Gaia

Gaia vivía feliz en su florida cumbre, desde la que divisaba toda su extensión y su esplendor. Contemplando desde su excepcional balcón toda la belleza que había creado, danzaba en alegres piruetas sobre sí misma, cantando con los pájaros que la acompañaban, saltando entre flores de los más vistosos colores y revoloteando al ritmo de las mariposas. Sobre ella, un precioso cielo azul coronado por un brillante sol, reflejaba, como si de las calmadas aguas de un estanque se tratara, la magnitud de su creación. Rodeada de hermosura y armonía, Gaia vivía tranquila y feliz.

No se preocupó demasiado cuando aquellas pequeñas criaturas, a las que había dotado de una inteligencia singular, comenzaron a hacer cosas un tanto heterodoxas. Confiaba plenamente en su sentido común. Les había dotado de libre albedrío para no tener que estar siempre pendiente de ellos y había encomendado a su buen juicio la tarea de protegerse a ellos mismos y a todo lo que les rodeaba. Sin embargo, parecían querer demostrar que no estaban a la altura del privilegio que les había sido concedido. Y Gaia se estaba comenzando a replantear su decisión.

Poco tiempo hizo falta para que Gaia comenzase a sentir los efectos de los actos inconscientes de aquellas criaturas. Cada vez que hacían de las suyas, su salud se resentía un poco más. Cada árbol talado le suponía un nuevo dolor en los más profundo de su ser. Cada nueva fábrica, que emitía sus gases tóxicos a su maravilloso cielo azul, era como una punzada en el mismo centro de su alma. Comenzó a sentirse enferma, decaída y sin fuerzas. Dejó de bailar y de cantar con los pájaros y las mariposas que, poco a poco, también iban abandonando el lugar. Sentada sobre lo más alto de la cumbre, veía con  desconsuelo cómo su magnífica obra se iba degradando a un ritmo insostenible.

En un último acto de desesperación, sacó fuerzas de donde ya no le quedaban y dejó salir toda la ira que se había ido acumulando en su interior. Con la determinación de hacerles ver el grave error que estaban cometiendo, les envió todas las calamidades de que fue capaz. Grandes terremotos sacudieron sus edificaciones, torrenciales lluvias provocaron inmensas inundaciones en múltiples puntos del planeta, fuertes vientos azotaron sus cosechas y los volcanes escupieron fuego con alevosía.

A pesar de sus esfuerzos, aquellas estúpidas criaturas no parecían comprender nada de lo que estaba ocurriendo y siguieron a lo suyo. Gaia se culpaba de su ineptitud por haber confiado en su buen criterio. Una tarea en la que había fallado estrepitosamente. Por primera vez, se sintió sola y abandonada. Solo pudo tumbarse, esquilmada y marchita, a esperar su propia muerte. Su único consuelo fue tener la certeza de que ellos caerían con ella.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

Safe Creative: Obra #2101286735452

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

2 comentarios sobre “El relato del viernes: «Gaia»

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