El relato del viernes: “Las cuentas siempre cuadran”

Fuente: Pixabay

Las cuentas siempre cuadran

Agustín llevaba 10 años sin ir al pueblo. Exactamente los mismos que hacía que sus padres habían decidido enviarle a estudiar a Estados Unidos. Una decisión que, en aquel momento, pareció arruinarle la vida, pero que, al final, se convirtió en la mejor que podrían haber tomado por él. Se fue con rabia, con tristeza, masticando en su interior un odio creciente hacia sus progenitores que, a pesar de que acababa de debutar en la mayoría de edad, lo alejaron de todo lo que constituía su mundo. Dejó atrás a sus amigos, a su familia, aquel lugar en el que se sentía seguro y, por si fuera poco, también dejaba atrás a su primer amor. Sin embargo, una vez allí, se acomodó de tal manera a su nuevo estilo de vida, a sus recién estrenados amigos americanos, a su éxito en los estudios y a su brillante porvenir, que habían pasado diez años sin sentir la necesidad de regresar al hogar que lo vio nacer.

Había vuelto solo, aprovechando un viaje de trabajo que lo había traído a España durante unos días, y sin decir nada a nadie. Llevaba tiempo sin sentir aquel pellizco en el estómago con el que llegó al pueblo y que se atenazó cuando aparcó en la plaza y bajó del coche. Todo seguía exactamente igual a como lo recordaba, como si el tiempo no hubiese avanzado durante todos aquellos años. Solo el bar parecía haber evolucionado con el tiempo y ahora lucía una espléndida terraza cubierta que, a aquellas horas, rebosaba de gente. Apoyado sobre el capó del coche, lo observaba todo con una mezcla de ilusión y melancolía en los ojos. Por primera vez en años, volvió a sentirse de aquel lugar.

Una pandilla de chavales irrumpió en la plaza con gran algarabía, corriendo y saltando, disfrutando de la mañana de domingo. A Agustín casi se le detuvo la respiración cuando se vio a sí mismo entrando en la plazuela, con una enorme sonrisa y empujando con los pies un balón de reglamento. Se obligó a sí mismo a continuar respirando y prestó más atención a aquel niño. Era real, no cabía duda, no estaba sufriendo ninguna alucinación ni nada por el estilo. El parecido no solo era innegable, sino que era una copia exacta de sí mismo cuando tenía diez años de edad. Parecía estar viéndose jugar en la plaza con sus amigos, durante un tiempo en que su felicidad había sido tan plena como ignorada por él. Fue como un viaje en el tiempo que le hizo revivir momentos ya olvidados por su memoria de adulto. Un estruendo en un lateral de la plaza le distrajo un momento del pequeño.

Cristina llevaba toda la mañana sin parar, preparando pinchos y sirviendo cervezas. El domingo había amanecido espectacular y a aquellas horas, cerca ya del mediodía, la terraza estaba a rebosar. Canturreaba mientras se desenvolvía con soltura por el bar, charlando con unos y con otros haciendo gala de un humor excelente. Siempre tenía preparada una sonrisa, que regalaba a todo el mundo junto con el aperitivo. La vida no se lo había puesto fácil, pero ella, con su buen talante y su determinación, había sabido salir adelante. No solo había criado a su hijo sola, sino que, además, se había hecho cargo del único bar del pueblo y le había sabido sacar buen provecho. Trabajaba como la que más y, con su positivismo, había sabido quitarse pequeñas esquirlas que se le habían clavado tiempo atrás. Todos en el pueblo la querían.

Estaba tirando unas cervezas mientras observaba por la ventana cómo Rodrigo, su hijo, llegaba a la plaza junto con sus amigos.  Su eterna sonrisa se amplió al verlo. Aquel pequeño había sido el ancla al que se había aferrado en los momentos de mayor soledad, el que la había hecho reaccionar y salir adelante. Todo lo que hacía era por él y su interior henchía de orgullo cuando lo veía tan feliz. Depositó las cervezas en la bandeja, colocó también un par de platitos cargados con ricos aperitivos y salió a la terraza a servir. Nada más cruzar la puerta, lo vio. Fue como volver atrás en el tiempo, a una época demasiado dolorosa para ella, pero, gracias a la cual, ahora tenía cuanto la hacía feliz. Su rostro palideció por momentos y la sonrisa se esfumó. La bandeja se dejó caer de entre sus manos, derramando todo lo que ella contenía y causando más ruido del que le hubiese gustado.

Agustín volvió la mirada hacia el lugar del que provenía el alboroto. A la camarera del bar se le había caído la bandeja, dejando a sus pies un reguero de cristales, cerveza y pinchos de tortilla. El niño de la plaza, su alter ego infantil, corrió hacia ella, abrazándola e interesándose por su estado. Ella levantó la mirada, azorada, y enseguida la reconoció. Había cambiado, por supuesto. Llevaba el pelo más corto, de otro color y se la veía mucho más delgada. Pero hubiese podido reconocer aquella mirada entre un millón en el mundo. Conectaron como entonces y fue como si el tiempo no hubiese transcurrido.

Se acercó a ella, que seguía abrazada a su hijo. Los escasos metros que los separaban fueron suficientes para que Agustín hiciese cuentas. Y cuadraban, vaya si cuadraban. Lo que no se explicaba era que todo el mundo hubiese sido capaz de ocultarle algo así. Cuando llegó a su altura, temblando por dentro, su mano se movió sola hacia la cabeza del muchacho, en una tierna caricia que le revolvió el pelo, pero sus ojos seguían clavados en ella. El abrazo que se dieron sería después recordado por todo el que estaba en aquella terraza aquella mañana de domingo. La acompañó a una mesa. Sin duda, tenían muchas cosas de las que hablar.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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