El relato del viernes: «El planeta hostil»

Fuente: Pixabay

El planeta hostil

Cuando se despertó estaba completamente aturdido, sin ninguna idea de dónde podría encontrarse. El espacio donde se encontraba parecía girar a su alrededor sin ningún tipo de control y le costaba respirar. Le tomó varios minutos ir recuperando la compostura y, cuando todo a su alrededor pareció calmarse un poco, fue tomando consciencia de lo que había ocurrido. Reconoció su nave, su traje espacial y a su compañero, que yacía inconsciente en un costado de la sala de mandos. Recordó el accidentado aterrizaje, el fuerte choque contra el suelo y el golpe que recibió en la cabeza al salir despedido contra el panel de control.

Se incorporó con cuidado, comprobando su estado en busca de más magulladuras de las evidentes. No se atrevió a comprobar si su compañero había sufrido un desmayo o si su estado era más grave. Solo esperaba no tener que ser el portador de malas noticias para su familia. Se aseguró de que todo su equipo estuviese en orden y se aventuró, no sin incertidumbre, a salir de la nave.

Fue sorprendido por un extraño paraje en el que predominaba la sequía. Salvo algún que otro matorral disperso por diversos puntos, el terreno era árido y la tierra era una masa polvorienta que levantaba nubes de partículas con cada paso que daba. En la lejanía, pudo divisar lo que parecía ser una ciudad, así que dirigió sus pasos a una extraña pista pavimentada que parecía conducir hasta ella. El camino fue largo y tedioso, acompañado en todo momento por una luminosidad hasta aquel momento desconocida para él. Por la vía, a cada tanto, circulaban unos vehículos singulares que no había visto nunca y que lanzaban contra él grandes bocanadas de humo oscuro a su paso. Agradeció llevar puesta la escafandra que, sin duda, le protegería de aquellos gases, a todas luces, ponzoñosos.

Había conseguido pasar relativamente desapercibido hasta que llegó a la ciudad. Arcaicos edificios se levantaban a una altura considerable y el número de aquellos peculiares carruajes había aumentado hasta límites insospechados. Un estruendo insoportable lo llenaba todo y los habitantes del lugar, enfundados en unos extraños ropajes, parecían estar tan abstraídos que no se percataban de la muchedumbre que los rodeaba ni del ruido que los envolvía. Hasta que se fijaron en él.

Uno dio la voz de alarma, emitiendo unos estridentes sonidos en algún lenguaje desconocido para él. Comenzaron a señalarle con dedos acusadores y, aunque la mayoría mostraba una expresión de miedo y recelo, no tardaron en tratar de capturarle. En unos segundos se había desatado el caos y todos se desplazaban a gran velocidad de un lado para otro, profiriendo agudos chillidos que le dañaban en el interior del cráneo como si le estuviesen clavando miles de pequeños alfileres. Se sujetó la cabeza, cubierta con el casco integral, y, cuando ya no pudo más, pulsó el botón de emergencia estratégicamente situado en el cinturón del traje. Regresó de inmediato al interior de la nave.

Su compañero acababa de recuperar la consciencia cuando él se materializó a su lado. Tan turbado y desconcertado como él mismo hubiese estado unas horas antes, ni siquiera alcanzó a preguntar qué había ocurrido. Solo le vio poner en marcha los motores, iniciar un acelerado y precipitado despegue al tiempo que transmitía un mensaje por el canal telepático común:

—Aquí nave Ómicron. Misión Psi abortada. Iniciamos regreso inmediato a Marte. La Tierra es un planeta hostil. Repito. Un planeta hostil.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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