Miércoles de poesía: “Quiero”

Fuente: Pixabay

Quiero

Quiero que nunca se pierda
este olor que impregna mis manos,
a lejía y perfume barato.
Que solo tenga que limpiar
el rellano de la escalera,
pero jamás mi conciencia.
Quiero que nunca me olvide
de aquellas estrechas calles
que me vieron pasear.
Que los únicos olvidos
sean la lista de la compra
y jamás un corazón.
Quiero que mi única atadura
sea la cinta de mi pelo
o la goma del recreo.
Que nunca falte en mis días
el estribillo de una canción
de los ochenta.
Quiero que todo me cambie
sin dejar de ser yo misma,
auténtica, verdadera.
Que no me cambies por nada
igual que no te cambio yo,
ni por nadie.
Y quiero
convertirme en un reflejo
de lo que siempre he soñado,
hasta volverme ceniza,
lo mismo que mi cigarro.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “En mi isla”

Fuente: Pixabay (editada)

En mi isla

Aquí, en mi isla, tengo todo lo que necesito para ser feliz. Aquí encuentro el sosiego, el cariño, las risas, la soledad cuando la necesito. Ahora es una isla, pero no siempre ha sido así. Algunas veces ha sido un pequeño pueblo perdido en las montañas. Otras, una gran ciudad repleta de gente. Ha habido veces en las que incluso ha llegado a ser un lejano planeta deshabitado. Sea como sea, lo que tengo claro es que este es mi lugar. Si algún día me perdéis de vista, ya sabéis dónde podéis encontrarme. Siempre estaré aquí, en mi pequeña isla, entre las páginas de un libro.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La media naranja”

Fuente: Morguefile

La media naranja

Ella era como una naranja. Dulce y considerada, pero con un puntito ácido que no terminaba de gustar a todo el mundo. Era consciente de ello y, con el fin de agradar, trataba de ocultar su acritud revistiéndola de todas las caretas de que era capaz. Igual que una naranja que se recubre de azúcar para acentuar su dulzor, ella encubría su carácter con halagos y zalamerías que, en la intimidad, iban agriando cada vez un poco más su temperamento.

Él era como un limón. Ácido y mordiente, pero con un regusto dulce que a pocos agradaba. Aunque lo sabía, nunca trató de cambiar su forma de ser a cambio de complacer a nadie. Es más, se sentía cómodo así, solitario y apático, y le gustaba mantener esa apariencia reservada y seria. Era su carácter y se encontraba a gusto con él.

Ella llevaba toda la vida tratando de encontrar a su media naranja. Su mayor anhelo era compartir su tiempo con alguien que caldease el frío vacío que provocaba en ella la soledad. Pero, pese a sus intentos por aparentar ser siempre esa dulce persona que deleitaba a todos, al final su acerba naturaleza salía inevitablemente a la luz en algún momento. Trató por todos los medios de ocultarla, de cambiar, pero se veía impedida a convertirse en una persona que no era en realidad. Todo aquel que había tratado de convivir con ella, irremediablemente, se alejaba de su lado.

Él nunca tuvo ningún interés especial en compartir su vida con nadie. Protegía su intimidad como su más preciado tesoro y disfrutaba de la libertad emocional que le confería no disponer de más compañía que la suya propia. Adoraba el silencio de su apartamento, únicamente interrumpido por las suaves notas de alguna melodía clásica cuando le apetecía, y nadie interfería en el riguroso orden que mantenía con sus pertenencias. Y, en los momentos en los que la vida le daba limones, tampoco echaba de menos un hombro sobre el que llorar.

Ella ya había perdido toda esperanza de encontrar a su media naranja y él, como siempre había hecho, no tenía ninguna intención de buscarla. Por eso, cuando se encontraron, la inmediata atracción que sintieron el uno por el otro les pilló desprevenidos a ambos. Apenas supieron gestionar el torrente de emociones que se generó a causa de aquel encuentro, pero los dos se dejaron guiar por él como los ciegos lo hacían por su perro lazarillo. Y fluyeron como un río colina abajo.

Él, por fin, encontró la comodidad al lado de una persona que respetaba su espacio y sus silencios, que no se incomodaba ante su enmohecido talante y que lo amaba por encima de todas las cosas. Ella, al fin, encontró a alguien con quien podía ser ella misma, sin máscaras ni justificaciones, que la quería por ser como era y que anteponía su felicidad al resto del mundo. Ella que siempre había buscado su media naranja y nunca había imaginado que pudiese ser un limón.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Bulimia emocional”

Fuente: Pixabay

Bulimia emocional

Me comí el tiempo a mordiscos
para que llegase antes
el momento en que pudiese
permanecer a tu lado.
Tiempo dulce,
delicia de Cronos
con aire de caramelo.
Ahora no entro en la pelliza
que me guarecía de tu indiferencia
y quisiera vomitar el tiempo
que compulsivamente comí.
Tiempo amargo,
purga de Saturno
que limpia y depura.
Bulimia emocional lo llaman.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Como una fruta madura”

Fuente: Morguefile

Como una fruta madura

Hacía ya mucho tiempo que el ambiente en casa se había enrarecido. Atrás habían quedado los buenos tiempos, aquellos en los que, casi, parecían una familia normal. Y feliz. Sobre todo, parecían una familia feliz. Rafael no sabía precisar con exactitud en qué momento había cambiado todo. Puede que el punto de inflexión hubiese sido la primera infidelidad de su padre, que su madre supo perdonar con paciencia y resignación, pero no sin rencor, en beneficio de la familia. Y a la que respondió, por supuesto que respondió, sintiéndose tan libre como él lo había hecho. Desde entonces, una larga lista de infidelidades mutuas se fue sucediendo, silenciadas, pero de todos conocidas. Y el amor se había desvirtuado hasta tal punto que la frialdad que reinaba en la casa la había convertido en un árido paraje por el que circulaban cual nómadas en busca de un camino  que ninguno de los dos llegaba a encontrar. Pero lo cierto era que el único punto que esos desconocidos caminos tenían en común era él, varado en una encrucijada que cada día que pasaba lo asfixiaba un poco más.

Desde el momento en que pudo ver la situación con un poco de perspectiva, Rafael pensó que, quizás, no había sido aquel el desencadenante. O, al menos, no había sido la fuente de la que había brotado el agua de la indiferencia. Él mismo no había sido un chico fácil, tenía que reconocerlo. La suya había sido una adolescencia complicada que había puesto a sus padres entre la espada y la pared en demasiadas ocasiones. Sus continuos escarceos con las drogas y su agrio carácter, puede que hubiesen tensado la cuerda de la convivencia mucho más de lo que era capaz de soportar. De hecho, él mismo se había encargado de poner entre todos una distancia que, aunque al principio sus padres parecían estar dispuestos a recorrer, hacía tiempo que habían desistido del intento.

Por eso, cuando pasó el tiempo y su carácter se fue pausando, asentándose sobre los cimientos de una incipiente responsabilidad, quiso rehacer el camino desandado. Sin embargo, este parecía haber quedado diluido por las lágrimas derramadas por su madre en los últimos años, borrado por la necesidad de buscar una válvula de escape de su padre y enterrado por su propia desilusión. Cuando se dio cuenta, quiso huir, pero la realidad cayó sobre su consciencia como una pesada losa que lo dejó sin aliento y sin posibilidad de escapatoria. No estaba preparado.

Y aguantó, igual que hace la fruta en el árbol, que espera a estar madura para caer por su propio peso y regresar a la tierra que la hizo nacer. Ahora, ya maduro, pone tierra de por medio sin que nadie se sorprenda, sin que nadie le reproche ni le retenga.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Un mundo azul”

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Un mundo azul

Me vestí de azul por ti
y por ti pinté hasta el orbe
en todos los tonos posibles
de índigo que encontré.
Azul se ve desde el cielo,
cobalto ven las estrellas
asomadas al portillo
abierto de tu habitación.
Quise asomarme a tu mundo
y, por eso, pinté un lienzo
con mil garzas acuarelas
para sentirme azulado,
—a tu lado—.
Vuelca sobre mí ese cielo
que cubre tus sentimientos,
mientras paseas los campos
también teñidos de azul.
Y si volviese a nacer,
sería en azul mi vida
para comprender la tuya,
ese blue monday sin fin.
Azul como es el océano.
Azul como el vasto cielo.
Azul como vives tú.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “Delirios noctámbulos”

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Delirios noctámbulos

Siempre preferí el cálido rubor encarnado del anochecer a la fría y flemática palidez que me aportaban los amaneceres. Quizá por eso siempre fui una persona nocturna, un crápula de la noche, que alcanzaba el éxtasis con la simple contemplación del lento y agónico extinguir del sol. Fue tan grande mi delirio por el ocaso, que fantaseaba con el mío propio, envuelto también en una cortina de tornasolada incandescencia en la que mi cuerpo trascendía al nirvana con una exquisita sonrisa de deleite.

Ahora que me encuentro envuelto en llamas, que las flamígeras lenguas del fuego pugnan por devorar hasta la última partícula de mi materia, solo puedo cuestionarme si no hubiese sido preferible vivir prendado de una sosegada y tibia alborada.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Las ramas del abeto”

Fuente: Morguefile

Las ramas del abeto

Me miró por encima de la montura de sus gafas de pasta, mientras daba un nuevo sorbo a la cuarta o quinta cerveza de la tarde. En ese momento, hubiese jurado que tenía la mirada más bonita que había visto jamás. Y no comprendía cómo no me había dado cuenta antes. Éramos amigos desde la niñez, pero su belleza siempre había pasado totalmente desapercibida para mí. Quizá por eso habíamos logrado una amistad tan fuerte y duradera.

La expresión de su rostro, asomada al balcón que formaban las gafas, hizo que se me escapase una pequeña sonrisa. Ya había visto esa expresión muchas veces, quizá demasiadas. Tantas como días habíamos vivido esta misma situación. Creo que toda mi vida se podría describir como una montaña rusa emocional en la que me embarqué cuando era joven y que me hacía subir hasta casi tocar el cielo para luego catapultarme con fuerza hasta el mismísimo infierno. Cuando eso ocurría, cuando creía haber tocado fondo una vez más y más hondo aún de lo que hubiese vivido antes, ella siempre estaba ahí. Parecía que no importase nada más. Fuera lo que fuese lo que tuviese entre manos, lo dejaba todo para venir corriendo a mi lado, ofrecerme su consuelo, sus palabras de ánimo, sus eternas sonrisas y sus cálidos brazos. Y allí, enterrado en sus abrazos, yo me sentía tan protegido y seguro que recuperaba las fuerzas para volver a subir en el vagón que he elevase hasta el cielo.

Lo estaba volviendo a hacer. Hacía solo tres horas que me quería morir y ahora pensaba que podría quedarme a vivir en aquella mirada para siempre. Y de verdad que estaría dispuesto a hacerlo. Solo que ella no lo sabría jamás. Eso era algo que no me podía permitir contarle.

Allí seguía su mirada, observándome por encima de las gafas durante aquel largo segundo que me llevó hilar aquel pensamiento secreto. Y cuando habló, como siempre, fue para sentenciar la tarde y convertirla en algo completamente diferente a lo que era cuando comenzó. Una especie de aforismo que yo siempre creía a pies juntillas, en parte por la verdad que encerraba y en parte porque necesitaba hacerlo. Amaba aquella manera suya de transformar las emociones, de convertir los sentimientos y de cambiarte el ánimo. Lo hacía de la misma manera que, en secreto, la
amaba a ella.

—¿Sabes? —En sus palabras ya se dejaban sentir los efectos de las cervezas y alargó demasiado la ese—. Creo que eres como las ramas del abeto —y tomó otro trago, como si, con aquellas palabras, no fuese necesario añadir más.

Creo que debió sentir la incomprensión en mi rostro, porque se incorporó ligeramente, se limpió los labios con el dorso de la mano en un gesto que se me antojó de un erotismo absoluto y, señalándome con el dedo, continuó hablando:

—Sí, como las ramas del abeto. Parecen tan frágiles bajo el peso de la nieve que parece que se vayan a romper. Pero lo cierto es que son tan fuertes y flexibles que pueden soportar quintales de nieve sin quebrarse. Y, después, recuperan su forma.

Dicho esto, se volvió a recostar para quedar sumida en una especie de sopor con una mueca de satisfacción en su rostro. Me dejó sin palabras, mucho más animado y un poquito más enamorado de ella.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “¿Bailamos?”

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¿Bailamos?

Quisiera bailar contigo
sin presiones,
sin vergüenza.
Tan solo dejar fluir
nuestros cuerpos
al vaivén de la cadencia
que dicte nuestro corazón.
Bailar
como si nadie mirara,
como si nada importase
y dejar libre al espíritu
ancestral y primitivo
guardado en nuestro interior.
Bailar sin tiempo ni hora,
sin espacio y sin sentido,
flotar juntos en el limbo
donde suene nuestra canción.
Te invito a un baile.
Te invito a vivir.
¿Bailamos?

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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