El relato del viernes: “La victoria”

Fuente: Pixabay

La victoria

Cuando abrió los ojos se encontró con que una oscuridad, casi palpable, la rodeaba por completo. Era de una negrura tan intensa que, por un instante, temió haberse quedado ciega, pero su instinto le decía que no era así. Eso y algún pequeño resquicio que permitía soslayar unas tenues sombras menos intensas. Parpadeó repetidas veces con la esperanza de diluir esa oscura neblina que se había instalado frente a ella, sin resultado alguno.

No tardó en comenzar a sentir esa sensación tan habitual, esa antigua conocida que se amordazaba a su estómago, pinzándolo de una manera tan dolorosa que parecía querer salir por la garganta en forma de grito y por los ojos en forma de lágrimas. La angustia, vieja compañera de viaje, no la había abandonado jamás desde la primera vez que se instaló en su interior, apenas siendo una niña. Y allí estaba de nuevo, formando espirales en sus entrañas y retorciéndolas hasta el punto de dejarla sin aire.

Cerró los ojos. No quería contemplar aquello que tanto daño le hacía. O no podía, no lo tenía claro, aunque prefería pensar que no quería. Para su sorpresa, un nuevo torbellino fue arremolinándose en su vientre, uno muy distinto al anterior. Uno que, hasta entonces, era un completo desconocido para ella. Y, sin embargo, lo acogió con gusto, dándole la bienvenida y haciendo hueco en su interior para que pudiese expandirse a sus anchas. Estaba harta. Se encontraba ya cansada de sentirse siempre atemorizada, siempre acobardada ante la incertidumbre, apocada frente a las novedades.

La rabia comenzó a forjarse en lo más profundo de su ser. Al principio con timidez, pero, al sentirse bien recibida, fue cogiendo fuerza a una velocidad impresionante. Su calor asolaba todo a su paso y podía sentir cómo las mejillas y sus orejas adquirían un tono encarnado, aunque no pudiera verlas. Tal fue la fuerza con la que la rabia arrasó en su interior que el valor encontró también un resquicio por el que colarse. Y, sintiéndose protegida por esos nuevos sentimientos que habían irrumpido en su ser, decidió abrir de nuevo los ojos.

Al hacerlo, lo primero que advirtió fue que la oscuridad ya no era tan absoluta como antes. Ya no se cernía sobre ella como si quisiera atraparla con sus garras. Por eso se obligó a mantener los ojos bien abiertos, observando cada pequeño cambio que pudiese ocurrir a su alrededor. Poco a poco, todo se fue aclarando. La oscuridad se fue empequeñeciendo hasta quedar convertida en una minúscula mota negra que hizo desaparecer con un simple soplido.

En aquel momento, se sintió poderosa, fuerte y llena de energía. Y aliviada. Había conseguido vencer a sus miedos.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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