El relato del viernes: «Las ramas del abeto»

Fuente: Morguefile

Las ramas del abeto

Me miró por encima de la montura de sus gafas de pasta, mientras daba un nuevo sorbo a la cuarta o quinta cerveza de la tarde. En ese momento, hubiese jurado que tenía la mirada más bonita que había visto jamás. Y no comprendía cómo no me había dado cuenta antes. Éramos amigos desde la niñez, pero su belleza siempre había pasado totalmente desapercibida para mí. Quizá por eso habíamos logrado una amistad tan fuerte y duradera.

La expresión de su rostro, asomada al balcón que formaban las gafas, hizo que se me escapase una pequeña sonrisa. Ya había visto esa expresión muchas veces, quizá demasiadas. Tantas como días habíamos vivido esta misma situación. Creo que toda mi vida se podría describir como una montaña rusa emocional en la que me embarqué cuando era joven y que me hacía subir hasta casi tocar el cielo para luego catapultarme con fuerza hasta el mismísimo infierno. Cuando eso ocurría, cuando creía haber tocado fondo una vez más y más hondo aún de lo que hubiese vivido antes, ella siempre estaba ahí. Parecía que no importase nada más. Fuera lo que fuese lo que tuviese entre manos, lo dejaba todo para venir corriendo a mi lado, ofrecerme su consuelo, sus palabras de ánimo, sus eternas sonrisas y sus cálidos brazos. Y allí, enterrado en sus abrazos, yo me sentía tan protegido y seguro que recuperaba las fuerzas para volver a subir en el vagón que he elevase hasta el cielo.

Lo estaba volviendo a hacer. Hacía solo tres horas que me quería morir y ahora pensaba que podría quedarme a vivir en aquella mirada para siempre. Y de verdad que estaría dispuesto a hacerlo. Solo que ella no lo sabría jamás. Eso era algo que no me podía permitir contarle.

Allí seguía su mirada, observándome por encima de las gafas durante aquel largo segundo que me llevó hilar aquel pensamiento secreto. Y cuando habló, como siempre, fue para sentenciar la tarde y convertirla en algo completamente diferente a lo que era cuando comenzó. Una especie de aforismo que yo siempre creía a pies juntillas, en parte por la verdad que encerraba y en parte porque necesitaba hacerlo. Amaba aquella manera suya de transformar las emociones, de convertir los sentimientos y de cambiarte el ánimo. Lo hacía de la misma manera que, en secreto, la
amaba a ella.

—¿Sabes? —En sus palabras ya se dejaban sentir los efectos de las cervezas y alargó demasiado la ese—. Creo que eres como las ramas del abeto —y tomó otro trago, como si, con aquellas palabras, no fuese necesario añadir más.

Creo que debió sentir la incomprensión en mi rostro, porque se incorporó ligeramente, se limpió los labios con el dorso de la mano en un gesto que se me antojó de un erotismo absoluto y, señalándome con el dedo, continuó hablando:

—Sí, como las ramas del abeto. Parecen tan frágiles bajo el peso de la nieve que parece que se vayan a romper. Pero lo cierto es que son tan fuertes y flexibles que pueden soportar quintales de nieve sin quebrarse. Y, después, recuperan su forma.

Dicho esto, se volvió a recostar para quedar sumida en una especie de sopor con una mueca de satisfacción en su rostro. Me dejó sin palabras, mucho más animado y un poquito más enamorado de ella.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

Safe Creative: Obra #2103017053439

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

3 comentarios sobre “El relato del viernes: «Las ramas del abeto»

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