El relato del viernes: “La media naranja”

Fuente: Morguefile

La media naranja

Ella era como una naranja. Dulce y considerada, pero con un puntito ácido que no terminaba de gustar a todo el mundo. Era consciente de ello y, con el fin de agradar, trataba de ocultar su acritud revistiéndola de todas las caretas de que era capaz. Igual que una naranja que se recubre de azúcar para acentuar su dulzor, ella encubría su carácter con halagos y zalamerías que, en la intimidad, iban agriando cada vez un poco más su temperamento.

Él era como un limón. Ácido y mordiente, pero con un regusto dulce que a pocos agradaba. Aunque lo sabía, nunca trató de cambiar su forma de ser a cambio de complacer a nadie. Es más, se sentía cómodo así, solitario y apático, y le gustaba mantener esa apariencia reservada y seria. Era su carácter y se encontraba a gusto con él.

Ella llevaba toda la vida tratando de encontrar a su media naranja. Su mayor anhelo era compartir su tiempo con alguien que caldease el frío vacío que provocaba en ella la soledad. Pero, pese a sus intentos por aparentar ser siempre esa dulce persona que deleitaba a todos, al final su acerba naturaleza salía inevitablemente a la luz en algún momento. Trató por todos los medios de ocultarla, de cambiar, pero se veía impedida a convertirse en una persona que no era en realidad. Todo aquel que había tratado de convivir con ella, irremediablemente, se alejaba de su lado.

Él nunca tuvo ningún interés especial en compartir su vida con nadie. Protegía su intimidad como su más preciado tesoro y disfrutaba de la libertad emocional que le confería no disponer de más compañía que la suya propia. Adoraba el silencio de su apartamento, únicamente interrumpido por las suaves notas de alguna melodía clásica cuando le apetecía, y nadie interfería en el riguroso orden que mantenía con sus pertenencias. Y, en los momentos en los que la vida le daba limones, tampoco echaba de menos un hombro sobre el que llorar.

Ella ya había perdido toda esperanza de encontrar a su media naranja y él, como siempre había hecho, no tenía ninguna intención de buscarla. Por eso, cuando se encontraron, la inmediata atracción que sintieron el uno por el otro les pilló desprevenidos a ambos. Apenas supieron gestionar el torrente de emociones que se generó a causa de aquel encuentro, pero los dos se dejaron guiar por él como los ciegos lo hacían por su perro lazarillo. Y fluyeron como un río colina abajo.

Él, por fin, encontró la comodidad al lado de una persona que respetaba su espacio y sus silencios, que no se incomodaba ante su enmohecido talante y que lo amaba por encima de todas las cosas. Ella, al fin, encontró a alguien con quien podía ser ella misma, sin máscaras ni justificaciones, que la quería por ser como era y que anteponía su felicidad al resto del mundo. Ella que siempre había buscado su media naranja y nunca había imaginado que pudiese ser un limón.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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