El relato del viernes: “La cuarta ventana por la derecha”

Fuente: Morguefile

La cuarta ventana por la derecha

La fachada estaba cubierta por decenas de pequeños ventanales, todos ellos cubiertos por una contraventana de madera que siempre permanecía abierta. Estaban distribuidos sin orden aparente, como si hubiesen sido colocados por azar u obedeciendo a una caprichosa distribución interior de la casa, en cuyo interior todavía no había tenido la suerte de permanecer. Fuera como fuese, era un auténtico  galimatías de ventanucos, todos iguales y acompañados por el blasón de la familia.

La primera vez que reparó en ella, estaba asomada a una de aquellas inquietantes ventanas. Sus cabellos dorados, recogidos en una pulcra trenza, fulguraban bajo el sol de la mañana y a él se le antojó que emitían un brillo prácticamente celestial. Con la mirada perdida en la lejanía, daba mordiscos distraídos a una manzana que, en aquellos momentos, fue el motivo de todas sus envidias. Sintió el deseo irrefrenable de saborear aquellos labios que, a pesar de la distancia, se apreciaban carnosos y sonrosados, pese a que no vestían carmín alguno.

Desde aquel momento, pasaba las noches en vela, solo esperando que llegase la mañana para acercarse a la casona y poder contemplar a la causa de sus desvelos. Permanecía allí, clavado en el suelo, durante horas, observando con ansiedad las ventanas hasta que aparecía su amada. Su mirada vagaba de ventanal en ventanal, sin la certeza de cuál sería aquel por el que saldría el sol. No tardó en descubrir un patrón: la cuarta ventana empezando por la derecha de la penúltima de aquellas irregulares filas.

Cinco años fueron los que se mantuvo bajo la ventana, imperturbable, sin importarle el frío y los aguaceros del invierno ni el justiciero sol del verano. Cinco largos años sin que la protagonista de sus sueños se percatase de su presencia o, al menos, sin que diese la menor muestra de ellos. Todo un lustro sin verla aparecer por la gran puerta de la casona, sin poder dirigirle una tierna palabra, sin observar de cerca la luz que irradiaban sus ojos.

Lo intentó. Por supuesto que lo hizo. Pero cada vez que osaba quebrantar su timidez y tocar a la puerta para preguntar por ella era despachado con cajas destempladas. Aun así, no cejó en su empeño. Hasta el día en que la vio salir, al fin, radiante, ataviada con un vestido marfil del brazo de su padre y camino de su propio enlace.

Así había transcurrido media década que nunca dio por perdida. El mismo tiempo que tardó en comenzar una nueva vida y tratar de rozar, aunque solo fuera un poco, la felicidad con la yema de los dedos. A día de hoy, aún recuerda aquellos años como los más felices de su vida. Años repletos de una ilusión que nunca ha logrado volver a sentir, por mucho empeño que pusiera en ello.

El abuelo cerró el libro que hasta ese momento había fingido leer. Yo abrí mis ojos, que también habían fingido estar dormidos. Aquella lágrima que vi resbalar por su mejilla, escondida tras las sombras que dejaba en su rostro la tenue luz de la mejilla de noche, fue la confirmación de lo que ya intuía. El abuelo no me había contado ningún cuento. Me había estado relatando la historia de su vida.

Ana Centellas. Abril 2021. Derechos registrados.

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