Fuente: Morguefile

La niña de rojo

Cuentan que el día que nació Noelia las nubes estaban teñidas de un intenso color rojo. A lo mejor, por eso, a nadie pareció sorprenderle que la niña naciera con una larga melena del mismo color. Desde aquel momento, aquella tonalidad marcaría la vida de la niña, que, desde que tuvo uso de razón, se empeñó en que todo lo que la rodeaba fuese de color rojo. Su ropa, sus juguetes, su mochila e incluso sus cuadernos, todo era de color rojo. El nuevo coche de sus padres tuvo que ser tan encarnado y brillante como su melena, por expreso deseo de la niña, que, presa de un berrinche espectacular, no dejó de llorar hasta que sus padres consintieron en comprarlo.

Pronto comenzó a llamar la atención en el barrio, donde se hizo conocida con el original apelativo de “la niña de rojo”. No solo por su obsesión por este color, sino, y sobre todo, por su espectacular cabellera, que llevaba siempre suelta hasta la cintura y que ella cuidaba como su tesoro más preciado.

Sin embargo, cuando llegó a la adolescencia, Noelia comenzó a cansarse de ser el centro de todas las miradas y el tema en torno al que giraban buena parte de los comentarios. La agobiaban todos los pretendientes que, atraídos por el magnetismo que desprendía, querían conocer más a aquella enigmática mujer de cabellos rojizos. Y, cuando llegó a la universidad, decidió que era el momento de pasar desapercibida.

No solo desterró el color rojo de toda su indumentaria y objetos personales, sino que, además, cubrió su pelo con un rabioso tono negro. Ni rastro quedó de su impresionante melena roja que, cuidadosamente y semana y tras semana, se encargaba con empeño de ocultar. Siguió atrayendo miradas, pues su atractivo y vitalidad eran demasiado intensos, pero, al menos, la gente comenzó a dejar de hablar de ella y, en poco tiempo, había logrado deshacerse del mote que la había acompañado durante toda su vida. Casi logró llevar una existencia dentro de la normalidad.

Los años pasaron con la misma rapidez fulminante de una apisonadora y, cuando menos se lo esperó, Noelia se encontró siendo una anciana que ya no precisaba cubrir su cabello con ningún tinte. Su larga melena continuaba allí, pero cubierta por unas hermosas canas plateadas que la acompañaron hasta el final de sus días.

Una mañana, el amanecer sorprendió al mundo con unas gruesas y esponjosas nubes teñidas de un intenso color rojo. Noelia se asomó a la ventana, como el resto del mundo, y emitió un sonoro suspiro. Con paso lento, se dirigió a la cama, desató el lazo que sujetaba su pelo en una coleta y se recostó sobre la almohada. Cerró los ojos y se preparó para marchar. Con una última y tranquila exhalación, se despidió de la vida con las manos apoyadas sobre el regazo y la blanca melena desparramada a su alrededor.

Cuando sus hijos llegaron a casa y encontraron a su madre sumida en aquel plácido sueño, no pudieron ni tan siquiera sorprenderse al comprobar cómo sus cabellos habían vuelto a colorearse de su intenso tono rojo original. Noelia dejó la vida de la misma manera en que había llegado a ella, besada por el cielo de fuego. Un sol radiante apareció tras las nubes.

Ana Centellas. Abril 2021. Derechos registrados.

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3 comentarios en “El relato del viernes: “La niña de rojo”

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