Miércoles de poesía: “Déjame que vea el mar”

Imagen tomada de la red

Déjame que vea el mar

No vuelvas a cerrar mis ojos,
aunque la noche me arrope.
Nunca más me pongas vendas
que me entierren en tinieblas,
que me priven de mi rumbo
y me lleven a caerme
por el precipicio absurdo
de la cruenta soledad.
Deja que mis ojos vean
el azul de la mañana.
Deja que sean sinceros,
que transmitan con su calma
cada puro sentimiento
y no vuelvan a esconderse
tras el velo opaco y denso
de aquella hostil falsedad.
No vuelvas a cerrar mis ojos
y, aunque la claridad me dañe,
déjame que vea el mar.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La escarcha”

Fuente: Morguefile

La escarcha

La vida de Silvia era tranquila. Todo lo sosegada que puede resultar una vida carente de emoción, en el sentido más estricto de la palabra. Porque, al igual que sus días se resumían en la misma rutina, a la que, a fuerza de repetirse, había cogido cariño, también estaban dominados por un intenso vacío emocional.

Las circunstancias de la vida habían hecho que Silvia construyera una fría coraza de hielo alrededor de su corazón y de un pedacito de su alma. No estaba dispuesta a sufrir más, a aguantar más dolor, a soportar más pena. Por eso, ahora, ni sentía ni padecía, ni alegría ni tristeza, ni amor ni odio, ni plenitud ni vacío. Era solo un cuerpo que fluía con el transcurrir de los días sin inmutarse por nada.

Ni siquiera la vida que había comenzado a crecer en su interior desde hacía unas semanas consiguió despertar en Silvia la más mínima inquietud, a pesar de que no había sido buscada ni mucho menos deseada. Ni una lágrima de emoción, ni una tristeza absurda, ni una alegría escondida. Ni tan siquiera un enojo. Simplemente había aceptado la situación como una más de las que tendría que vivir y había continuado con su cruel rutina. No le dio un vuelco el corazón la primera vez que escuchó sus latidos, ni se estremeció ante la primera patada que sintió en lo más profundo de su vientre. No sintió la menor ilusión mientras le preparaba el cuarto ni temor cuando llegó el momento de dar a luz.

Desde que había recubierto su corazón de hielo, no se había sentido sola. Su propia compañía era lo único que necesitaba, apreciaba y valoraba. Por eso, hasta que no tuvo entre sus brazos a aquella pequeña criatura que la miraba con la mayor inocencia desde la profundidad de sus oscuros ojos, no se dio cuenta de cuánto había estado precisando aquello. Unos pequeños dedos se aferraban a su mano con una fuerza impensable para alguien de su tamaño y, con esa presión, algo en el interior de su pecho explotó. El amor que se había prohibido sentir durante los últimos años salió a raudales, inundando la habitación de una calidez inusitada y sus ojos de desbordantes lágrimas.

Parecía increíble, ni ella misma comprendía cómo había ocurrido, pero aquella pequeña personita había sido capaz de derretir la escarcha que recubría lo que ya parecía un insensible corazón.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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