El relato del viernes: Memories – “A salvo de la tormenta”

El relato del viernes: Memories – “A salvo de la tormenta”

A salvo de la tormenta

Estoy viendo cómo unos grandes nubarrones cubren el cielo, amenazadores, intimidantes. Van agrupándose raudos, superando con creces mi capacidad de razonamiento en estos momentos. ¡Dios mío! ¿Qué hago? La tormenta se desatará en breve y no puedo permitir que me pille sin cobijo.

Pero, ¿y mi hijo? ¿Dónde se habrá metido este pobre diablillo? Hace rato que se separó de mí para irse a investigar por su cuenta, mientras yo recogía alimentos para la cena. No le culpo, es un pequeñín que lo único que quiere hacer es jugar y buscar nuevos amigos. Pero siempre le advierto de que no se aleje mucho de mí. Ahora por más que miro a mi rededor no soy capaz de visualizarlo. Llevo un buen rato llamándole a voces sin obtener ninguna respuesta.

No quiero ni imaginar en perder a mi hijo. La vida dejaría de tener sentido alguno. ¿Y mi mujer? No quiero ni pensarlo. Tengo que encontrarlo como sea, antes de que se desate la tormenta. Como comience a llover, estaremos perdidos los dos. Aquí, en esta selva, las lluvias siempre son torrenciales. Nos arrastrarían sin miramiento alguno. ¿Qué miramientos va a tener el agua?

Estoy comenzando a angustiarme. Vuelvo a mirar en derredor, vuelvo a llamar a mi hijo y nada. El silencio es absoluto, como si la vida en la selva se hubiese paralizado por completo. Lo único que se escucha son los rugidos del cielo anunciando la inminente tormenta. Más de una vez nos ha pillado desprevenidos una tormenta cuando lucía un sol maravilloso, cuando viene el gigante ese que nos echa cubos de agua encima. Pero hoy tenemos tiempo suficiente para cobijarnos y ¡no encuentro a mi hijo!

El cielo se ilumina con un relámpago aterrador. A los pocos segundos parece que se va a abrir la tierra con gran estruendo, al estallar un trueno que rebota en las paredes del valle donde se encuentra nuestra selva, haciendo que el atemorizante sonido dure una eternidad.

Comienzo a correr de un lado para otro, gritando el nombre de mi hijo. Aparto como puedo la maleza que me impide avanzar con rapidez, mientras sigo desgañitándome. Tengo que encontrarle, tengo que encontrarle… Es lo único que se repite en mi cabeza, mientras los relámpagos y los truenos se suceden cada vez más cercanos.

Las primeras gotas empiezan a caer sobre mí. El terreno se vuelve resbaladizo en cuestión de segundos, haciéndome tropezar con una rama que surcaba mi camino, dándome de bruces contra el suelo embarrado. A duras penas consigo ponerme de pie, si hubiese permanecido algo más en esa postura, hubiese sido sepultado por el barro con total seguridad. Por suerte, no ha sido así y consigo levantarme a tiempo, antes de que ocurra ninguna desgracia.

Continúo mi huída desesperada. Al final opto por buscar lo antes posible un refugio donde guarecerme y, cuando acabe la tormenta, salir en busca del chiquitín. Ojalá haya sabido aplicar los consejos que siempre le he dado y se encuentre ya bajo cubierto. Entonces, mi cara se ilumina. En un pequeño claro de la selva, bajo la flor más grande y hermosa de todas, está mi pequeño acurrucado, con cara de miedo, temblando a más no poder, desgañitándose gritando “papá”. Corro hacia él todo lo deprisa que puede. Su semblante cambia nada más verme. Se levanta e intenta salir corriendo en mi busca, pero le hago una señal para que se detenga y me espere. Al cabo de unos minutos, nos encontramos los dos a salvo y guarecidos, mientras el agua cae con furia a nuestro alrededor.

Para quien nos viese, seguramente pasaríamos desapercibidos. Dos pequeños escarabajos, cobijados bajo una gran margarita, un día de lluvia, en el frondoso huerto de un  anciano labrador.

Qué a gusto estará mamá escarabajo en nuestro agujero, pienso, dando un enorme suspiro.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Como una roca”

Miércoles de poesía: “Como una roca”
Fuente: Morguefile

Como una roca

Como una roca,
solitaria e inerte,
que contempla el paisaje
sin atreverse al alterarlo.
Conformista,
complaciente,
observadora de vida
sin pararse ni un instante
a valorar su presente.
Como una piedra,
lánguida e indigente,
que carece hasta de rumbo,
fiel a su posición.
Insensible,
displicente,
calculadora del tiempo
que discurre por sus vetas
hasta que llegue la muerte.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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