Miércoles de poesía: Memories – “Canción de la mujer sirena”

Miércoles de poesía: Memories – “Canción de la mujer sirena”
Imagen tomada de la red

Canción de la mujer sirena

Bailaré sobre las aguas
del frío estanque de mayo
cual si fuera una sirena
que, sin perder la inocencia,
se desvanece en silencio
buscando alguien que la quiera.

La vida me ha dado siempre
tantos golpes en la espalda,
que ahora que ya soy sirena,
mitológica y amable,
vago bailando en las aguas
sin tener a quien me hable.

Hasta mí vienen los peces,
creyendo que no soy persona.
Volando llegan mariposas
que conmigo se recrean
y siento tanto cariño
que me creo una princesa.

Princesa seré de las aguas
o reina de los olvidos,
balancearé mi columpio
o danzaré con mi pena
sobre el estanque vacío,
sabiendo que soy sirena.

De pronto calla el silencio,
la luna se vuelve nueva,
abro los ojos y lloro,
ni princesa ni sirena,
solo una mujer cobarde
que huye de los aullidos
de los lobos de la tarde.

Solo una fiel mariposa
permanece aquí a mi vera.
Parece que me estuviese
hablando desde sus alas
de colores en el aire,
parece que me comprende
que sabe que no soy nadie.

Vuela, mariposa, vuela,
no te quedes junto a mí.
Traigo en alto la tristeza,
la peor melancolía.
No quisiera contagiarte,
sal volando de mi lado
antes de que sea tarde.

Me quedo aquí en mi columpio
en la oscura soledad,
sabiendo que solo fue un sueño,
que no danzo sobre el agua,
que no me abandonó la pena,
que solo soy mujer triste,
ni princesa ni sirena.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “Infidelidad”

A letras con los lunes: “Infidelidad”
Fuente: Pixabay

Infidelidad

La tacharon de infiel. Todos. Sus amigos, su familia, los vecinos. La señalaron con dedos acusadores y algunos, incluso, llegaron hasta a retirarle la palabra. Pero lo que nadie sabía era que ella tenía un concepto mucho más elevado de fidelidad. Se era fiel a sí misma. Siempre.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

Infidelidad por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

El relato del viernes: Memories – “Recuerdos de aquel verano”

El relato del viernes: Memories – “Recuerdos de aquel verano”
Fuente: Pixabay

Recuerdos de aquel verano

Sentado aquí, en la orilla del mar, mientras el sol calienta mi cuerpo y la brisa marina se encarga de curtir aún más mi piel, vienen a mi mente recuerdos de aquel verano en el que llegaste a mi vida. Entraste así, sin pedir permiso, y yo abrí encantado la puerta para dejarte entrar.

Recuerdo el tedio que me producía tener que veranear con mis padres un año más. Al menos, aquel año habían escogido un pequeño pueblo costero que no estaba masificado por el turismo. Yo no conocía a nadie allí, me sentía en completa soledad, a pesar de tener a mi familia alrededor. Fueron mañanas aburridas de playa y tardes angustiosas por el paseo marítimo.

Recuerdo un día en el que el calor era en especial acuciante. Tanto, que apenas salí del agua de aquel tranquilo mar, por temor a morir calcinado sobre la arena. De repente, una pequeña ola juguetona te trajo hasta mí. Y llegaste a mi vida como un soplo de aire fresco. Como ese rayo de sol que se escapa por entre las nubes y te ilumina la vida. No sé cómo lo conseguiste, pero después de pasar media mañana hablando dentro del agua, había quedado contigo para salir aquella tarde.

Recuerdo que nos llevó algún tiempo. Comenzamos siendo compañeros de vacaciones, amigos que se van forjando casi sin querer. Ninguno de los dos éramos de aquel pueblo. Ninguno de los dos conocíamos a nadie más allí. Así que la entrega fue total desde un principio. Eso es lo que recuerdo.

Recuerdo nuestro primer beso, coincidiendo con la puesta de sol, en el rincón  más alejado del puerto, a salvo de ninguna mirada indiscreta. Y a partir de ahí, te colaste en mi corazón de tal manera que ya no hubo manera de sacarte de él. Pasábamos las mañanas jugueteando con las olas, entre risas y arrumacos. Las tardes, paseando por el pueblo, embebiendo su cultura, aprendiendo siempre cosas nuevas.

Recuerdo mi brazo alrededor de tu cuello y el tuyo rodeándome la cintura. Recuerdo nuestras manos entrelazadas al caminar. Largas noches de conversaciones trascendentales sentados sobre la arena de la playa, a la luz de la luna, hasta que el amanecer nos encontraba amándonos con sigilo, al amparo de las rocas. Noches de risas y fiesta, de alcohol y baile, de tranquilidad y cariño. Noches de juventud que piensas que nunca van a terminar.

Recuerdo aquel verano como el mejor de mi vida. Como aquel que me cambiaría para siempre, el que supuso un punto de inflexión en mi interior. El que determinó mis estudios, el que determinó mi destino. El que hizo que viviese siempre con una total y absoluta pasión desmesurada por el mar, aquel que en su día nos había unido.

Recuerdo espectaculares comidas familiares, que pasaron de ser aburridas a ser todo diversión cuando estabas tú. La confianza con la que te ganaste a mi familia, y yo a la tuya. Al final incluso conseguimos que nuestros padres forjasen también una bonita amistad entre ellos. Aquel fue un verano mágico.

Recuerdo tus vestidos de tirantes, frescos y sensuales, que volaban con la menor brisa dejándome con ganas de más. Recuerdo tu piel bronceada, dorada, perfecta, tersa y suave como un pétalo de rosa. Recuerdo el tintineo de tus pulseras cuando te acercabas a mí, siempre muchas, siempre de colores. Recuerdo la alegría en el timbre de tu voz.

Y también recuerdo, cómo no, el día de la despedida, cuando los dos nos teníamos que marchar a nuestras respectivas ciudades. Yo, a Madrid, tú, a Barcelona. Para mí aquellas distancias eran un completo mundo por aquel entonces. Me tendría que separar de ti para siempre y no estaba dispuesto a ello. La primera en marcharte fuiste tú. Fui a despedirte con la cara roja en un absurdo intento de mantener en secreto mis ganas de llorar. Ya sabes, los chicos no lloran, somos fuertes. Hasta que vi tu coche alejarse y se abrió el mar que estaban conteniendo mis ojos. Habíamos intercambiado direcciones y teléfonos, pero ya no estarías junto a mí, sino a cientos de kilómetros de distancia. ¿Qué podía hacer yo contra aquello?

Recuerdo que pasé la mayor parte del viaje de vuelta con mi familia envuelto en un mar de lágrimas. Todo me recordaba a ti. Y ello me recordaba de continuo que lo más seguro sería que ya no te volviera a ver. “No te pongas así, es solo un amor de verano”, me decía mi padre, en un vano intento por levantarme el ánimo.

Ahora que estoy aquí sentado, frente al mar, mi querido mar, veo cómo un rayo de sol aparece de entre las nubes para recordarme lo que fuiste para mí. Ya tengo la piel curtida por el sol y el salitre y unos profundos surcos cruzan mi rostro, envejecido sin piedad. Frente a mí, mis nietos corren y juegan con el agua felices, y ajenos por completo a mis pensamientos. Los contemplo y no me puedo sentir más orgulloso.

Miro con ternura la mano que sostiene la mía. Morena, bronceada, con menos tersura y más arrugas, pero con la misma suavidad floral de antaño. Te miro y solo puedo observar tranquilidad y felicidad en tu rostro, ya anciano, tan afable. Cuando me correspondes a la mirada, lo único que consigo ver en ti es amor. Aún continuas llevando las miles de pulseras de colores que siempre te han caracterizado, que han mostrado tu alegría a los demás. Sonrío y, sin más, te digo:

—Te quiero, mi amor de verano.

Entraste en mi vida con ímpetu y sin pedir permiso, un verano de hace más de cincuenta años. Y aquí sigues, a mi lado, nada ni nadie consiguió ni conseguirá jamás separarnos.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: Memories – “Con el aire de la mañana”

Miércoles de poesía: Memories – “Con el aire de la mañana”
Fuente: Pixabay (editada)

Con el aire de la mañana

Insufla bien en tus pulmones
el aire de la mañana,
que se expandan,
que se llenen
de todos los amaneceres
que nublaron tu mirada.

Retén el aire y contempla
la quietud que se te muestra,
que es silencio,
que es olvido
de todas esas mañanas
que quisimos hacer nuestras.

Y cuando sueltes el aire
en un último suspiro,
mira al cielo,
ahoga el llanto
y acuérdate de la vida
que impide hoy tu suicidio.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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El relato del viernes: Memories – “Lobos a mí”

El relato del viernes: Memories – “Lobos a mí”
Imagen tomada de la red

Lobos a mí

-Vamos, Martita, que vas a llegar tarde a casa de la abuelita -le dijo su madre al verla cómodamente recostada en el sillón.

Marta suspiró con resignación, sobre todo al oír nombrarla por ese diminutivo que tanto odiaba. Ya tenía cumplidos los dieciocho años y, desde que tenía uso de razón, había tenido que visitar, tarde tras tarde, a la abuelita. ¿Pero por qué ella? ¿Y por qué la abuelita seguía empeñada en vivir en esa cabaña dentro del bosque? Todo habría sido más fácil si se hubiera trasladado al pueblo con ellos, pero la abuelita era terca como una mula. De algún lado le tenía que venir a ella.

Tan terca era la abuelita que la echaba de su casa sin contemplaciones si no iba ataviada con un vestido largo de seda roja y una larga capa a juego del mismo color, que ella misma le había confeccionado. Cuando sus amigos la veían salir de casa de aquella guisa, se burlaban de ella y pronto se ganó el mote de “Caperucita Roja”. Todos en el pueblo la conocían de aquella manera. Al principio, Marta se sintió humillada, pero como lo que no te mata te hace más fuerte, pronto consiguió poner a cada uno en su lugar. Y Marta se hizo experta en controlar a los demás y ponerles en su sitio cuando se sentía amenazada.

Marta se vistió apropiadamente para visitar a la abuelita. Ya no era la chiquilla de la que todos se burlaban. Pese a su juventud, se había convertido en una mujer de cabellos rojos como el fuego, de una belleza sin igual. El vestido rojo de seda realzaba su figura de tal manera que jóvenes y mayores del pueblo quedaban fascinados al verla. La caperuza roja le confería un aspecto casi mágico. Atrás quedaron los tiempos de burlas y humillaciones.

A punto de salir por la puerta, su madre le hizo la misma recomendación que, tarde tras tarde, año tras año, le hacía: “cuidado con el lobo, ya sabes que dicen que en el bosque vive un lobo muy peligroso”.

“Lobos a mí”, pensaba ella, pero, por si acaso, siempre llevaba escondida entre sus ropas una daga bien afilada. Llevaba años atravesando aquel magnífico bosque y jamás se había topado con lobo alguno.

Con el paso del tiempo, Marta comenzó a apreciar a su manera aquellos paseos por el bosque, contemplaba fascinada el cambio que ofrecían los árboles y plantas en cada momento del año y, en cierto modo, disfrutaba de ese momento de soledad consigo misma. Pero, aquella tarde, todo parecía distinto. Era una tarde otoñal y el bosque ofrecía un aspecto magnífico, todo vestido de tonos ocres, amarillos y dorados. El olor a lluvia de la noche anterior aún permanecía atrapado entre aquellos árboles tan majestuosos y el camino cubierto de hojarasca. Pero el silencio era sepulcral. Ningún pájaro se atrevía a emitir sonido alguno, ninguna ardilla saltaba de árbol en árbol buscando algún fruto que comer… La quietud era total. Entonces fue cuando lo oyó.

Era un pequeño aullido en la distancia, seguido por una serie de mayores aullidos que se podían escuchar aún más en la lejanía. Cada vez podía escuchar el aullido más cercano, el leve movimiento de la maleza tras sus sigilosos movimientos. Y, con un último aullido, el lobo apareció delante de ella. Era un lobo blanco, enorme, con unas increíbles fauces ensangrentadas, probablemente por la reciente ingesta de alguna alimaña. El corazón de Marta comenzó a latir a toda velocidad, amenazando con salir del pecho. Pero no modificó su actitud para nada. No realizó ni el más mínimo movimiento. Ni siquiera echó mano a la daga que llevaba consigo.

El lobo se detuvo también ante ella, con una mirada feroz que dejaba muy claras cuáles eran sus intenciones. Pero él no sabía quién era Marta, Caperucita Roja, e hizo un intento de acercamiento, al acecho de su nueva víctima. El sonido de los aullidos en el silencio de la tarde otoñal indicaba que el resto de la manada estaba cada vez más cerca. Él debía ser el macho alfa, el líder de la manada, el que abría el camino hacia la caza. Marta, experta ya en poner en su lugar a cualquier tipo de amenaza que experimentase, sin hacer el más mínimo movimiento aún, dirigió una penetrante mirada con sus hipnotizadores ojos verdes directamente a los ojos sedientos de sangre del animal.

Duró un buen rato el combate de miradas. La de Marta, igual de penetrante e hipnotizante. La del lobo, cada vez más insegura. Caperucita comenzó un tímido acercamiento al animal, que en un primer momento se puso nuevamente en guardia, preparado para saltar sobre su presa en cualquier momento. Marta no se amedrentó, continuó con la mirada fija en los ojos de la fiera mientras continuaba acercándose lentamente. El lobo también comenzó un tímido acercamiento, había algo en los ojos de aquella muchacha… Algo que le decía que no debía atacarla.

Caperucita llegó hasta el lobo sin interrumpir el contacto visual con él. Aquello parecía un duelo de miradas. La bella muchacha levantó una mano. El lobo, por un momento, volvió a ponerse en alerta, las orejas bien levantadas. Su relajo fue más que evidente cuando sintió aquella mano suave, nívea, acariciarle el lomo. Nunca antes había experimentado esa sensación, pero desde luego era muy placentera. Caperucita se sentó en la hojarasca, extendiendo su espléndido vestido de seda roja, al igual que las fauces del lobo. El animal comenzó a dar vueltas alrededor de ella, olisqueándola, conociéndola, mientras ella le limpiaba con suavidad las fauces y continuaba dedicándole cariñosas caricias.

En ese momento, el amor que sintieron el uno por el otro fue instantáneo. Mujer y animal, animal y
mujer, unidos por un vínculo recién creado que difícilmente se rompería. La manada al completo llegó justo en ese momento más hambrientos que nunca. Todos ellos se detuvieron en seco al contemplar aquella escena. Un pequeño alarido del macho alfa fue más que suficiente para que todos reconocieran en aquella extraña muchacha de la Caperucita Roja alguien en quien confiar, a quien amar y a quien defender con garras y dientes como si de uno de ellos se tratara. El macho alfa había encontrado a su hembra.

Desde aquel día, cuenta la leyenda, que Caperucita, tras visitar a la abuelita, da largos paseos por el bosque en la noche, ataviada con su vestido de seda roja y su caperuza, acompañada de una gran manada de lobos que la protegen, abrazada al más grande de ellos. La daga quedó olvidada en algún rincón del desván.

Fueron varios los muchachos que intentaron pretenderla, su belleza era extraordinaria, pero ella siempre rechazaba a todos, alegando que su corazón ya estaba ocupado por un gran amor, incombustible, leal e incondicional.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados

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Miércoles de poesía: Memories – “Amanecer”

Miércoles de poesía: Memories – “Amanecer”
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Amanecer

Asoma el amanecer por las grietas de la noche,
mueren sin querer las sombras
que antes nos envolvían
con un suave manto azul.
Se silencian los gemidos
de los amantes que fuimos,
se convierten en ahogados suspiros,
en susurros contenidos que luchan por existir.
Vuelve la piel a excitarse,
víctima del estremecimiento,
vuelve el calor a envolver el fresco de la mañana,
las pieles se tornan suaves,
licuadas en la alborada.
Vuelve a nacer el deseo
escondido en la penumbra
que deslumbra entre las llamas
nacidas de un nuevo encuentro
bajo la tenue luz que ilumina
nuestro cuarto en la mañana,
como cada nuevo amanecer.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1901099564727-amanecer

El relato del viernes: Memories – “Recuerdos de aquel verano”

El relato del viernes: Memories – “Recuerdos de aquel verano”

Recuerdos de aquel verano

Sentado aquí, en la orilla del mar, mientras el sol calienta mi cuerpo y la brisa marina se encarga de curtir aún más mi piel, vienen a mi mente recuerdos de aquel verano en el que llegaste a mi vida. Entraste así, sin pedir permiso, y yo abrí encantado la puerta para dejarte entrar.

Recuerdo el tedio que me producía tener que veranear con mis padres un año más. Al menos, aquel año habían escogido un pequeño pueblo costero que no estaba masificado por el turismo. Yo no conocía a nadie allí, me sentía en completa soledad, a pesar de tener a mi familia alrededor. Fueron mañanas aburridas de playa y tardes angustiosas por el paseo marítimo.

Recuerdo un día en el que el calor era en especial acuciante. Tanto, que apenas salí del agua de aquel tranquilo mar, por temor a morir calcinado sobre la arena. De repente, una pequeña ola juguetona te trajo hasta mí. Y llegaste a mi vida como un soplo de aire fresco. Como ese rayo de sol que se escapa por entre las nubes y te ilumina la vida. No sé cómo lo conseguiste, pero después de pasar media mañana hablando dentro del agua, había quedado contigo para salir aquella tarde.

Recuerdo que nos llevó algún tiempo. Comenzamos siendo compañeros de vacaciones, amigos que se van forjando casi sin querer. Ninguno de los dos éramos de aquel pueblo. Ninguno de los dos conocíamos a nadie más allí. Así que la entrega fue total desde un principio. Eso es lo que recuerdo.

Recuerdo nuestro primer beso, coincidiendo con la puesta de sol, en el rincón  más alejado del puerto, a salvo de ninguna mirada indiscreta. Y a partir de ahí, te colaste en mi corazón de tal manera que ya no hubo manera de sacarte de él. Pasábamos las mañanas jugueteando con las olas, entre risas y arrumacos. Las tardes, paseando por el pueblo, embebiendo su cultura, aprendiendo siempre cosas nuevas.

Recuerdo mi brazo alrededor de tu cuello y el tuyo rodeándome la cintura. Recuerdo nuestras manos entrelazadas al caminar. Largas noches de conversaciones trascendentales sentados sobre la arena de la playa, a la luz de la luna, hasta que el amanecer nos encontraba amándonos con sigilo, al amparo de las rocas. Noches de risas y fiesta, de alcohol y baile, de tranquilidad y cariño. Noches de juventud que piensas que nunca van a terminar.

Recuerdo aquel verano como el mejor de mi vida. Como aquel que me cambiaría para siempre, el que supuso un punto de inflexión en mi interior. El que determinó mis estudios, el que determinó mi destino. El que hizo que viviese siempre con una total y absoluta pasión desmesurada por el mar, aquel que en su día nos había unido.

Recuerdo espectaculares comidas familiares, que pasaron de ser aburridas a ser todo diversión cuando estabas tú. La confianza con la que te ganaste a mi familia, y yo a la tuya. Al final incluso conseguimos que nuestros padres forjasen también una bonita amistad entre ellos. Aquel fue un verano mágico.

Recuerdo tus vestidos de tirantes, frescos y sensuales, que volaban con la menor brisa dejándome con ganas de más. Recuerdo tu piel bronceada, dorada, perfecta, tersa y suave como un pétalo de rosa. Recuerdo el tintineo de tus pulseras cuando te acercabas a mí, siempre muchas, siempre de colores. Recuerdo la alegría en el timbre de tu voz.

Y también recuerdo, cómo no, el día de la despedida, cuando los dos nos teníamos que marchar a nuestras respectivas ciudades. Yo, a Madrid, tú, a Barcelona. Para mí aquellas distancias eran un completo mundo por aquel entonces. Me tendría que separar de ti para siempre y no estaba dispuesto a ello. La primera en marcharte fuiste tú. Fui a despedirte con la cara roja en un absurdo intento de mantener en secreto mis ganas de llorar. Ya sabes, los chicos no lloran, somos fuertes. Hasta que vi tu coche alejarse y se abrió el mar que estaban conteniendo mis ojos. Habíamos intercambiado direcciones y teléfonos, pero ya no estarías junto a mí, sino a cientos de kilómetros de distancia. ¿Qué podía hacer yo contra aquello?

Recuerdo que pasé la mayor parte del viaje de vuelta con mi familia envuelto en un mar de lágrimas. Todo me recordaba a ti. Y ello me recordaba de continuo que lo más seguro sería que ya no te volviera a ver. “No te pongas así, es solo un amor de verano”, me decía mi padre, en un vano intento por levantarme el ánimo.

Ahora que estoy aquí sentado, frente al mar, mi querido mar, veo cómo un rayo de sol aparece de entre las nubes para recordarme lo que fuiste para mí. Ya tengo la piel curtida por el sol y el salitre y unos profundos surcos cruzan mi rostro, envejecido sin piedad. Frente a mí, mis nietos corren y juegan con el agua felices, y ajenos por completo a mis pensamientos. Los contemplo y no me puedo sentir más orgulloso.

Miro con ternura la mano que sostiene la mía. Morena, bronceada, con menos tersura y más arrugas, pero con la misma suavidad floral de antaño. Te miro y solo puedo observar tranquilidad y felicidad en tu rostro, ya anciano, tan afable. Cuando me correspondes a la mirada, lo único que consigo ver en ti es amor. Aún continuas llevando las miles de pulseras de colores que siempre te han caracterizado, que han mostrado tu alegría a los demás. Sonrío y, sin más, te digo:

—Te quiero, mi amor de verano.

Entraste en mi vida con ímpetu y sin pedir permiso, un verano de hace más de cincuenta años. Y aquí sigues, a mi lado, nada ni nadie consiguió ni conseguirá jamás separarnos.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: Memories – “Adicción”

Miércoles de poesía: Memories – “Adicción”
Fuente: Pixabay (editada)

Adicción

Proporcióname otra dosis de la droga de tus besos,
no dejes que la abstinencia mate mi mejor recuerdo.
Yo me reconozco adicta al calor de tu deseo,
sin mi ración, vulnerable, fuerte con medicamento.
Proporcióname otra dosis,
traficante de mis sueños.

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

Adicción by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License