Miércoles de poesía: Memories – “Mariposas”

Miércoles de poesía: Memories – “Mariposas”
Fuente: Pixabay (editada)

Mariposas

Hoy vi pasar ante mí una mariposa blanca,
alegre, juguetona,
revoloteando con gracia,
como si quisiera darme envidia
de su libertad al volar.
Hoy mi ser se ha abierto al fin
en miles de mariposas de colores
que invaden el cielo azul
libres, por fin, junto a mi mariposa blanca.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “La niebla”

A letras con los lunes: “La niebla”
Fuente: Pixabay

La niebla

Dicen que hay cientos de horizontes esperando mi llegada. Miles de oportunidades aguardando por mí. Decenas de bellos instantes confiando en ser disfrutados.

Lástima que la niebla de mis ojos me impida verlos.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

La niebla por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

El relato del viernes: Memories – “Bajo la niebla”

El relato del viernes: Memories – “Bajo la niebla”
Fuente: Pixabay

Bajo la niebla

Sergio y Sofía habían decidido pasar un fin de semana de aventuras, romántico, sin niños. Una escapada a plena naturaleza, que tanto les gustaba a los dos. Compraron una flamante tienda de campaña y el viernes por la tarde se despidieron con cariño de Tomás y Andrea, sus dos pequeños, que habían dejado con sus abuelos mientras durase la escapada.


Llevaban semanas planificando el viaje, el lugar al que irían, las rutas que querían hacer… Todo estaba organizado a la perfección. Así era Sergio, planificador a más no poder, no podía faltar un detalle. Sofía era más aventurera, le gustaba salir sin un rumbo fijo y acampar en el lugar que les pareciese más bonito, que más les llamase la atención, sin tener nada preparado con antelación. Esta vez había ganado Sergio, tenía unas más que abundantes dotes convincentes, debido a su trabajo de comercial. Así que Sofía no pudo más que claudicar y rendirse a la evidencia de que Sergio tenía razón. Ir sin ninguna planificación podía resultar incluso peligroso.


Guardaron en sus grandes mochilas todo lo necesario. Cargaron en su flamante todoterreno la tienda de campaña y pusieron rumbo al lago que Sergio había seleccionado. Llegaron casi al anochecer, tuvieron que montar la tienda alumbrados por el candil, y terminaron tan rendidos que cenaron unos sándwiches dentro de la tienda y cada uno se fue a su saco a dormir.


La mañana amaneció gris, como anunciando un mal presagio, cosa que sólo presintió Sofía, mientras Sergio preparaba el desayuno. El lago apenas se veía, cubierto por una neblina espesa que a Sofía se le antojó hasta tétrica. Aún así, iniciaron su excursión, ya que el móvil de última generación de Sergio no anunciaba lluvia para esa zona, es más, anunciaba un tiempo radiante. A pesar de los temores de Sofía, la excursión transcurrió sin incidentes. Diez kilómetros de ruta bosque a través, parada para comer en un claro del bosque, y otros diez kilómetros de vuelta hasta el lago.


Cuando llegaron al lago, dispusieron todas las cosas para mantener una cena romántica, hacía tiempo que no podían disfrutar de algo así, y en la mirada de ambos se podía descifrar el deseo contenido de tantas noches de cama ocupada por los pequeños. La niebla sobre el lago se había convertido en aún más densa. Pero a esas alturas a ninguno de los dos les importaba. Sofía, a espaldas de Sergio, fingiendo dar un paseo antes de desayunar, había escondido entre unos matorrales cercanos al lago un regalo especial para él.


Tras la cena, y varias copas de vino, estaban los dos bastante animados. Sofía se levantó insinuante y le comunicó a Sergio que en seguida volvía. Sergio rápidamente le perdió de vista, la oscuridad de la noche era total, no había ninguna luna que alumbrase el cielo y la niebla densa que había sobre el lago no le permitían ver más allá de lo que alumbraba la luz de la pequeña hoguera que habian preparado. No obstante, Sofía se había adentrado en las profundidades de la maleza sin ningún tipo de luz.


Tardó bastante tiempo en regresar y Sergio estaba ya visiblemente inquieto. Hasta que por fin le vio, caminando lentamente por la oscuridad tarareando una siniestra canción. No pudo por menos que poner una cara de espanto en cuanto le vio a la luz de la hoguera. El precioso vestido blanco que se había puesto para la romántica cena, lucía desgarrado y cubierto de sangre. Tenía unos extraños arañazos por la cara y el pecho y su expresión era totalmente ausente. Continuaba tarareando aquella maldita canción. Después del shock inicial, Sergio se levantó de golpe y fue corriendo hacia ella, a abrazarle, a darle su cariño y protección. Pero la mirada de ella se volvió voraz, y Sergio detuvo enseguida su acercamiento. ¿Qué demonios estaba pasando alli? ¿Qué le había pasado a su alegre y vital mujer?


– ¿Qué ha pasado vida mía? – se atrevió a preguntarle. Ella esbozó una sonrisa que a Sergio se le antojó un tanto sádica.


– La criatura del lago me ha hablado. Debemos ir con ella cuanto antes. – y le ofreció una de sus ensangrentadas manos, una mano huesuda que no reconoció como la de su propia mujer.


– Pero, ¿qué estás diciendo Sofia? ¿Acaso te has vuelto loca? – pero la expresión de ella era cada vez más y más infrahumana.


– Apura, Sergio, la criatura del lago nos espera y no debemos hacer que se moleste.


Ante la resistencia que él puso, una fuerza hasta entonces desconocida en Sofía, casi casi sobrenatural, emergió de ella, arrastrándole hacia la densa niebla la que cubría el lago sin ningún tipo de conmiseración. El agua, lejos de ser cristalina como había pensado en un principio, era un nauseabundo cenagal que amenazaba con tragárselo por completo. Enloqueció completamente cuando vio emerger de la ciénaga al ser más horripilante que jamás había podido imaginar. Vio cómo Sofía se entregaba a él sin restricciones, le arrancaba el corazón con una facilidad pasmosa y vio desaparecer a su amada en las profundidades del lago sin poder hacer nada por evitarlo. Ningún sonido salió de la garganta de Sofía. Posteriormente, se abalanzó sobre él y repitió el mismo proceso, retumbando en el valle un alarido de dolor.

Cuentan los ancianos del lugar que en las noches de luna nueva como aquella, aún se pueden escuchar los gemidos del amante que no pudo hacer nada por salvar a su chica, mientras una hoguera que nadie ha prendido, ilumina un precioso mantel a cuadros y dos copas de vino.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos reservados.

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Miércoles de poesía: Memories – “El día que la luna no se acostó”

Miércoles de poesía: Memories – “El día que la luna no se acostó”

El día que la luna no se acostó

Llega el día y la luna
quiere quedarse despierta,
quiere jugar con las nubes,
quiere echarle un pulso al tiempo,
quiere que hasta el sol la vea.
Yo que soy alma nocturna,
no me resisto a su influjo,
me dejo llevar por la luna
como en el mar la marea.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “La fábrica de recuerdos”

A letras con los lunes: “La fábrica de recuerdos”
Fuente: Pixabay

La fábrica de recuerdos

La llevaba siempre consigo, colgada alrededor del cuello con una cinta de cuero tan desgastada como las manos que la cogían. En cualquier situación, formal o informal, hombre y cámara formaban un tándem inseparable. Entres sus amigos corrían, incluso, apuestas sobre si la llevaría también mientras dormía.

Renegaba de las modernas cámaras digitales que fabricaban las fotografías como si fueran churros saliendo del aceite hirviendo. Decía que se limitaban a capturar momentos, tan planos y carentes de expresión que al poco tiempo quedan en el olvido, acumulados junto a cientos iguales que ellos. Sin embargo, decía de su pequeña reliquia que era capaz de capturar hasta el alma del propio instante en que tomaba la fotografía. Y que, después, tras pasar por todo el ritual del revelado, se hacía aún más tangible, imperecedera e inmortal.

Para todos, solo era una vieja cámara de fotografía. Para él, era una auténtica fábrica de recuerdos.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

La fábrica de recuerdos por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

El relato del viernes: Memories – “A las puertas del cielo”

El relato del viernes: Memories – “A las puertas del cielo”
Fuente: Pixabay (editada)

A las puertas del cielo

La esperó delante de la puerta que daba paso a los bellos jardines con los que siempre había soñado que estaría vestido el paraíso. Se trataba un hermoso portón de hierro forjado que daba paso a unas amplias extensiones de parterres cubiertos por el césped más brillante que había visto nunca, salteado por enormes y frondosos árboles que proporcionaban una fresca sombra y ramilletes de flores de los más vistosos colores que nacían por doquier, sin orden ni concierto aparente. Hasta él llegaba un cóctel de aromas tan delicioso que deseó que ella no tardase demasiado para poder internarse en aquel maravilloso lugar donde poder dar un romántico paseo tomados de la mano, como cuando eran novios.

No tenía ni la más remota idea de cómo había llegado hasta allí, pero lo cierto es que tampoco le importaba. Se encontraba en la gloria y lo único que quería era regodearse en aquella maravillosa sensación que le embaucaba por completo. Nunca antes se había sentido tan sereno, la temperatura era de lo más agradable e incluso le habían desaparecido los dolores que desde hacía tiempo aquejaban a sus huesos. Nada importaba ya el hecho de encontrarse de pronto, sin explicación aparente, ante aquel majestuoso lugar que invitaba al sosiego de aquella manera.

Hacía tan solo unos minutos que se había separado de ella, pero la impaciencia le estaba matando. Eso era algo que sí le había llamado la atención. No comprendía por qué, estando juntos, no le había acompañado hasta aquel lugar y, en cambio, le había pedido que la esperase. Con casi total seguridad habría querido arreglarse un poco para la ocasión. Ella era tan coqueta. Siempre lo había sido. Evocó su mirada de hacía tan solo unos instantes, tan cerca de su rostro, con aquellos ojos suyos tan expresivos del color de las avellanas, mirándole con ternura mientras le hablaba, a la par que le acariciaba el rostro. Se le habían formado aquellas decenas de arruguitas tan graciosas en torno a los ojos que tanto le gustaban mientras le susurraba con cariño:

—Espérame, mi amor. Me reuniré contigo. Te lo prometo.

Y allí estaba, esperando frente a la puerta sin atreverse a traspasarla sin ella, deseando que llegase para poder disfrutar de aquel bucólico ambiente a solas.

Un sutil movimiento llamó su atención y reparó, por primera vez desde que había llegado, en un anciano de barba blanca y largos cabellos también cubiertos de canas, con aspecto bondadoso, que, sin embargo, le miraba con gesto impaciente. Sintió de pronto como si su presencia allí fuese una molestia, a pesar de que nadie le había advertido de que no pudiese permanecer en aquel lugar ni hubiese hecho ningún ruido molesto. Se acercó hasta él con gesto interrogante, mirándole de arriba abajo, por completo maravillado por su porte indulgente.

—¿Piensas quedarte mucho tiempo más ahí afuera, Germán? Aunque no lo creas, no puedo estar esperándote aquí durante toda la eternidad. Si no estás satisfecho con el destino que se te ha asignado, siempre podemos hablar con el jefe —. La voz profunda del anciano le sobresaltó. Parecía proceder de todas partes y de ninguna a la vez, y aquel abuelo de amigable aspecto apenas se había limitado a realizar un ligero movimiento de labios. Se sorprendió de que conociese su nombre. Que él supiera, no habían sido presentados.

—Solo estoy esperando a Margarita, mi esposa. Debe de estar al llegar. Ella nunca se retrasa y no llevo aquí más de cinco minutos.

—¿Cinco minutos, Germán? —se carcajeó el anciano, provocando que el suelo temblara como un flan bajo sus pies. Ahora que se fijaba, parecía estar cubierto por algún tipo de material acolchado—. Llevas esperando a las puertas del cielo desde hace ya tres años. No tengas prisa por reunirte con Margarita, ella tardará un tiempo todavía en llegar. Anda… pasa… Claro, que si prefieres que te acompañe al sótano…

Con los ojos abiertos como platos por la sorpresa, Germán asintió con un leve movimiento de cabeza y se deslizó, como flotando en una nube, hasta traspasar la bonita puerta forjada.

Ana Centellas. Septiembre 2018. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: Memories – “Dentro de mi locura”

Miércoles de poesía: Memories – “Dentro de mi locura”
Fuente: Pixabay (editada)

Dentro de mi locura

Me volveré loca dentro de mi locura,
por ti yo abandonaré
cualquier resto de cordura
que me hubiera podido habitar.
Qué importa si me dicen loca,
si la locura me aporta
aquello que quise encontrar.
Soy loca, lo reconozco,
y perdonen si confieso
que cuerda no quiero volver a estar.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “Floreció”

A letras con los lunes: “Floreció”
Fuente: Pixabay

Floreció

Floreció. A pesar de las tormentas. A pesar de las nieves, los hielos y el cruel granizo que trataron de impedirlo. A pesar de los vientos que quisieron arrancarla de su hogar. A pesar de todo, ella abrió su corazón, esbozó una sonrisa, extendió sus brazos, lo acogió todo en su seno y, llena de magia, floreció.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

Floreció por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

El relato del viernes: Memories – “A escasos milímetros”

El relato del viernes: Memories – “A escasos milímetros”
Fuente: Pixabay (editada)

A escasos milímetros

Paseas con suavidad tu dedo por mis labios entreabiertos, acariciándolos, quemándolos con la yema de tu pulgar, mientras veo cómo te acercas a ellos hasta quedarte a escasos milímetros. Siento tu aliento recorrer mi piel, mi boca, adentrarse en mi interior y la flama que provocas en mí sería suficiente para hacer arder este maldito cuarto que nos cobija.

Te mantienes ahí, distante, provocándome, haciéndome sufrir con la intensidad de tu mirada, con la calidez húmeda de tu aliento insolente y con la exquisitez del danzar de tu dedo por mis labios. Me quedo sin resuello con la mirada perdida en la lejana cercanía de tu boca, anhelando ese beso, lento y profundo, que sé que no llegará. Aún no.

Acabas de convertirnos en un juego, lo sé. Uno que solo finalizará cuando uno de los dos pierda la partida, cuando se rinda a la evidencia del deseo que nos urge a ambos desde que nuestras manos se rozaron hace unos instantes y prendió la chispa incendiaria que ahora amenaza con quemarnos juntos. Un juego en el que, tal vez, lleve todas las de perder. O no.

Y tú sigues manteniéndote ahí, en el mismo punto exacto, a escasos milímetros de mi boca, sin terminar de recorrer la distancia que nos llevaría a arder de inmediato. Y tu pulgar sigue ahí, rozándome los labios, mientras mi respiración convulsiona a cada segundo que pasa y los primeros gemidos de anticipación salen huérfanos al silencio de la noche fría.

Mis fuerzas flaquean, cierro los ojos y dudo si rendirme o hacerte creer que me has vencido. Mi lengua toma la decisión por mí, ambigua, y se escapa de mi cavidad bucal para salir al encuentro de tu dedo, ansiosa por recorrerlo, humedecerlo, succionarlo. Y yo, rendida por completo, dejo volar mi imaginación al compás de mis gemidos hacia otras zonas de tu cuerpo que me gustaría recorrer con la lengua con más fruición que tu pícaro dedo.

A escasos milímetros de tu boca el aire quema, el sonido baila, los cuerpos se hacen agua y la imaginación resbala.

Ana Centellas. Octubre 2018. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: Memories – “Sin fuerzas”

Miércoles de poesía: Memories – “Sin fuerzas”

Sin fuerzas

Y si te encuentras perdido,
sin fuerzas ya para continuar
el camino recorrido,
recuerda que en el vasto mundo,
en algún lugar,
siempre habrá alguien
soñando contigo.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

Sin fuerzas by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License