El relato del viernes: «La marioneta»

Fuente: Pixabay

La marioneta

El día de su vigésimo cumpleaños, Virginia recibió un regalo inesperado. No era gran cosa, ni siquiera era algo que le hubiese hecho ilusión tener antes de aquel día, pero que, por alguna extraña razón, le encantó y lo recibió como el mejor de los presentes que le podían haber entregado para celebrar su nuevo inicio de década.

Venía dentro de una hermosa cajita de vivos colores, no demasiado grande, pero sí lo suficientemente llamativa para que desde un principio captase su atención. En su interior, cuidadosamente envuelto en delicadas hojas de papel de seda de diferentes tonos pastel, apareció lo que, a primera vista, parecía un muñeco. Virginia lo observó con curiosidad antes de tomarlo entre sus manos con suma delicadeza. Era de madera, cuidadosamente tallada, y las redondeces de sus formas invitaban a acariciarlo. Cubrían su cuerpo unos exquisitos ropajes que, por su tacto, debían de estar elaborados con lujosas sedas del más Lejano Oriente. Pero lo que más llamó la atención de Virginia fue su rostro. Parecía estar pintado a mano y reflejaba una expresión de felicidad tan plena que casi daba envidia contemplarlo.

De los brazos y de las piernas del fascinante muñeco, así como de su cabeza, surgían unos hilos tan finos que a punto estaban de alcanzar la transparencia. Todos ellos se unían en una bella cruceta de madera que, también, parecía estar tallada a mano, con unos intrincados relieves que no hacían sino sumar majestuosidad al conjunto. Era una marioneta, sí, pero la más hermosa que jamás se hubiera podido imaginar.

Sin embargo, lo que más despertó la ilusión en Virginia fue el hecho de que nunca había tenido una en sus manos. Había asistido, en varias ocasiones, a divertidas representaciones de títeres y marionetas, pero siempre las había visto desde la distancia. Nunca había tenido la oportunidad de manejar aquellos hilos mágicos que parecían dotar de vida a los muñecos. Y le parecía maravilloso poder crear un personaje que casi cobraba vida bajo sus manos.

Durante un tiempo, Virginia pasaba casi todos sus ratos libres con su marioneta, ideando historias para ella que, después, representaba para todo aquel que las quisiese disfrutar. Sin embargo, pronto se cansó de dar rienda suelta a su creatividad y comenzó a disfrutar más del hecho de poder manejar al muñeco a su antojo. Se regocijaba viendo cómo el pobre pelele hacía todo cuanto a ella se le encaprichase, desde darse cabezazos contra la pared hasta adoptar las posturas más ridículas que pasaban por su imaginación. Pasó de convertirse en su compañero de cuentos a ser su bufón particular y las carcajadas de Virginia ante la pusilanimidad de este eran tan estridentes que se llegaban a escuchar por todos los vecinos de su edificio.

Una mañana, al despertar, Virginia se encontraba cabizbaja. Tanto era así que, por más que lo intentaba, no lograba enderezar la cabeza y su estado de ánimo había caído por los suelos. Se puso la ropa como un autómata, preparó su desayuno y se dispuso a dar comienzo a su rutina diaria. Sin ser consciente de ello, se dirigió a su puesto de trabajo, acató sin rechistar todas las órdenes que recibió aquel día, comió con sus compañeros en el restaurante de moda y, al salir del trabajo, compró en el supermercado aquel lavavajillas tan extraordinario que había visto en un anuncio de televisión la noche anterior. Cuando estaba a punto de regresar a casa, deseosa de descansar un rato y desconectar viendo el reality que seguían todos sus amigos, sus ojos se abrieron de una forma exorbitante. Parecía como si alguien tirase con fuerza de sus párpados y, como por arte de magia, logró apreciar algo que hasta entonces le había pasado por completo desapercibido.

La gente caminaba a su alrededor con las mismas prisas de siempre, pero ahora podía apreciar cómo unos delgados hilos sostenían brazos, piernas y cabeza de cada persona, guiándolos en sus pasos. Sorprendida y, a la vez, asustada, Virginia elevó un brazo y lo observó con una atención que nunca antes había prestado. Anudado con una fuerte lazada, un ligero filamento partía de él para perderse de vista a varios metros de altura. Semejantes hilos estaban amarrados a sus piernas.

El pánico se apoderó de ella al comprobar la dura realidad a la que llevaba tiempo enfrentándose sin tener plena consciencia de ella. Probablemente, toda su vida. Subió los escalones de dos en dos y, tras encerrarse en su casa, se dirigió presurosa a su habitación para tomar a su marioneta entre sus brazos. Las lágrimas salieron a raudales mientras, abrazada a ella, solo conseguía preguntar:

—Yo te manejo a ti, pero ¿quién lo está haciendo conmigo?

Las lágrimas duraron lo que tardó en tomar la determinación de cortar sus propios hilos y, tras pedirle perdón a su marioneta, Virginia respiró, por primera vez en la vida, por su propia voluntad.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

La marioneta – Protected by Copyrighted.com

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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