Fuente: Pixabay

Donde el tiempo fue

Dicen que existe un hilo rojo que, aunque sea invisible a nuestros ojos, nos conecta con una persona especial que está destinada a nosotros, nuestra alma gemela. No sé si será cierto o no, porque yo aún no he encontrado a esa persona que vuelva del revés mis días y acelere mi corazón de tal manera que no quiera perderme nunca más un amanecer a su lado. En mi caso, pienso que, de existir ese hilo rojo, estaría, sin duda, conectado con un lugar. Porque a las personas no, pero hay lugares a los que pertenecemos para siempre.

A este lugar especial no me guió ningún hilo rojo, sino la blanca línea continua de una carretera comarcal. Es más, me llevó el viejo Seat 127 de mi padre, al que nosotros llamábamos coche con mayúsculas y que recorría más problemas que kilómetros, pero en cuyo interior éramos una familia, sin más. Después de varias horas de renqueante traqueteo y varias casetes de dudosa calidad, arriesgando la vida sin cinturones de seguridad y sin tan siquiera un mísero espejo retrovisor derecho, llegábamos a aquel lugar donde el tiempo parecía detenerse. Aislado entre las montañas de una cordillera ibérica cualquiera, al abrigo de las encinas y de los olivos, aparecía, tímido y recóndito, el que, para mí, era el pueblo más bonito del mundo.

Allí me recibían los abuelos, con esa familiar naturalidad que a punto estaba de romperte una costilla o de arrancarte un moflete. Me recibía la vieja casona, que escondía tantos secretos y misterios como daba de sí mi intensa imaginación infantil. En especial, la troje, aquel lugar que yo creía plagado de fantasmas y que, con el tiempo, descubrí que no contenía más que los recuerdos de vidas que no conocí. Y me recibía el vasto campo, que insuflaba en mis pulmones tal cantidad de oxígeno a la que no estaba acostumbrado y que me tenía tosiendo durante horas.

Aquel lugar olía a leña en invierno y a botijo de agua fresca en verano. Se respiraba el pan y los dulces recién salidos de una sartén. Olía a amistad y a buenos momentos, a río y a hogar. Las redes sociales se tejían sobre una hamaca en el medio de la calle y no hacía falta dar ningún like para que todos supieran que estábamos enamorados. Los días se estiraban como si fueran de goma y las noches llegaban hasta las estrellas. Aquel lugar era donde podías quitarte los disfraces, corazas y máscaras, y ser. Solo ser. Tú.

Ahora regreso y aún me parece escuchar la voz de la abuela llamándonos a la mesa porque ya está listo el puchero y los rezongos del abuelo cuando lo despertábamos de la siesta. Aún puedo saborear el primer beso y masticar la pulpa de la verdadera amistad. Allí vuelvo a ser un niño con pantalones cortos y raspones en las rodillas, sin achaques ni problemas, cargado de sueños. Allí el tiempo se detiene y no existe nada más.

Regreso y vuelvo a pertenecer al pueblo, así como él me pertenece, porque el uno jamás sería el mismo sin el otro. Unidos por el destino o por un vulgar hilo rojo. Como sea, yo siempre regreso a ese lugar donde puedo, simplemente, ser; donde el tiempo, simplemente, fue.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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4 comentarios en “El relato del viernes: «Donde el tiempo fue»

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