El relato del viernes: «Tan solo una palabra»

Fuente: Pixabay

Tan solo una palabra

La relación de Elena y Samuel parecía ir viento en popa. A ojos de todos, lucían como la pareja perfecta. Pasaban juntos todo el tiempo que podían y se les veía felices, siempre regalando sonrisas a quien estuviera dispuesto a recibirlas. Sin embargo, a Elena cada vez se le hacía más difícil permanecer al lado de Samuel. Y no porque no lo quisiera, que lo quería, y mucho. Y tampoco porque él no la quisiera a ella, que no lo dudaba o, al menos, prefería pensar que así era.

Llevaban juntos más de diez años. Una larga temporada en la que habían madurado al unísono, habían vivido casi tantos buenos momentos como lágrimas habían derramado y se habían acomodado a un cariño tranquilo y sin sobresaltos. Habían pasado por épocas de mucha bonanza y otras, en cambio, las vacas flacas habían sido sus compañeras de viaje. Pero Elena sentía que le faltaba algo, que no recibía de aquella relación justo aquello que más necesitaba: cariño, cariño a raudales.

Los últimos tiempos habían sido muy buenos para la pareja, si hablamos en términos económicos. Samuel se deshacía en detalles hacia Elena. Cada dos por tres le hacía los regalos más maravillosos y caros. Salían a cenar a los mejores restaurantes de la ciudad. La sorprendía a menudo con los ramos de flores más espectaculares. Para ella siempre quería y le ofrecía lo mejor.

Sin embargo, había algo que Elena echaba en falta. Ya no recordaba cuándo le dedicó una palabra amable. Nunca le demostraba su afecto en público. Bueno, ni en público ni en privado, porque los escasos besos y abrazos que le prodigaba quedaban limitados a los momentos de la más estricta intimidad, que tampoco eran demasiado habituales. Y, que ella recordara, de los labios del que suponía era el amor de su vida jamás habían salido las palabras ‘te quiero’.

Elena le había pedido muchas veces una actitud más cariñosa; le había, incluso, llegado a recriminar que nunca le hubiese dicho que la quería, pero su respuesta siempre había sido la misma: ‘soy un hombre de hechos, no de palabras’. El problema estaba en que esos hechos eran siempre materiales.

Elena se marchó un día en busca de aquel cariño que no recibía, pero que tanto necesitaba, dejando a Samuel sin comprender el porqué de su marcha. Sin entender que, tan solo una palabra pronunciada en el momento idóneo, podría haber cambiado su vida para siempre.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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