El relato del viernes: «Luna de lobo»

Fuente: Pixabay

Luna de lobo

Cuentan que la primera noche de luna llena del año es la más esperada por las mujeres y niñas de la aldea. No se engalanan como si fuesen a asistir a una ceremonia especial, aunque la ocasión lo merece, pero un ambiente de solemnidad recorre las calles durante las horas que preceden a un ritual único.

Todo queda preparado en los hogares para que no falte de nada durante su ausencia y tanto niños como mayores estén bien atendidos. No hay nada que las impida acudir a la cita, ni obligaciones ni aficiones ni mucho menos excusas. Visten de negro, aunque no sea imperativo, pero ya es una costumbre ancestral que ninguna se atreve a contravenir. Simplemente acuden porque deben, porque quieren y porque lo desean.

Es invierno y la noche viene temprana, pero la luna aún remolonea un poquito antes de brillar. Hace frío y de las chimeneas de las pequeñas casas de la aldea se elevan hacia el cielo las caprichosas columnas de humo de los hogares, que parecen querer juguetear con las estrellas. No es hasta que la luna se alza imponente sobre el cielo cuando salen de sus casas, mujeres y niñas, por parejas, en grupos o solas, en un silencio solemne. En la aldea no se escucha más sonido que el que producen sus zapatillas al caminar, despacio, sobre las calles de tierra, como si se tratase de una procesión silente.

Las mujeres se internan en el bosque hasta llegar al que, desde hace siglos, conocen como ‘el claro de la luna’. Es pequeño, íntimo y apacible, con una quietud que nadie nunca se ha atrevido a perturbar llegada la hora de la ceremoniosa asamblea. En el centro prenden la lumbre, que, además de caldear el ambiente e iluminar sus rostros, ajados unos y lozanos otros, les confiere del rigor que declama la situación. Y, en torno a ella, se sitúan, cada una en el lugar que le corresponde sin que nunca haya existido el atisbo de la más mínima duda al respecto.

Es la más anciana la que inaugura el acto. Alzándose, no sin dificultad, sobre el bastón que cambiará de manos cuando llegue su hora, pronuncia las primeras palabras que rompen la quietud de la noche. Es entonces, como si de un auténtico aquelarre se tratara, cuando la magia hace acto de presencia. De generación a generación, todas las antiguas sapiencias, reunidas con el paso de los siglos, se van transmitiendo. Se comparten secretos, confidencias compartidas únicamente de boca a boca y que solo ellas son dignas de conocer. Solo son susurros lanzados al aire que cada una de ellas sabe perfectamente cómo debe interpretar.

Es entonces cuando cientos de estrellas fugaces surcan el cielo de invierno. Mudos testigos de la infinita sabiduría que, desde tiempos inmemoriales, portan las mujeres. Y cuentan que todos los lobos del lugar aúllan a un tiempo.

Ana Centellas. Octubre 2021. Derechos registrados.

Safe Creative: Obra #2110219580335

Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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