El relato del viernes: «(Des)Memorias de un diario»

Fuente: Pixabay

(Des)Memorias de un diario

Martes, 1 de enero
Ha dado comienzo un nuevo año. Parece que a mi alrededor la alegría se desborda a raudales, mientras que para mí, como ya viene siendo habitual, ha sido uno de los días más tristes de mi vida. Eso me enfurece. No me gusta sentir esta rabia que me corroe cuando veo la felicidad ajena. Odio tener ese tipo de sentimientos, cuando se supone que debería alegrarme por los demás, pero no puedo más que sufrir la ira que navega por mis venas arrastrada por la corriente. ¿Me convierte eso en una mala persona? No lo sé, tal vez. Sea como sea, ese sentir está ahí, bien presente, mientras me asomo a la ventana y los veo cantar y reír y bailar y gritar. ¿De verdad tienen motivos para sentirse así? Yo, desde luego, no encuentro ninguno.

Miércoles, 6 de febrero
Estoy hastiada del frío que se me cuela dentro como si fuese un lobo hambriento que quisiera devorar mis huesos hasta reducirlos a polvo. Y no es al frío del invierno al que me refiero, que también. Pero ese es fácil de combatir. Es el frío que me azota las entrañas por las mañanas, cuando tomo el café sola; por las tardes, cuando la televisión es mi única compañera; por las noches, cuando me acurruco entre las sábanas vacías, dispuesta a sumergirme en mis pesadillas una vez más. Ese es el frío que me consume poco a poco y que no logro apaciguar. Solo puedo refugiarme en mi guarida de letrillas de pesares y en mi cueva de sigilosos suspiros. ¿La encontrará alguien algún día? Hace tiempo que dejé de creerlo.

Viernes, 22 de marzo
Ha llegado la primavera. Se nota en cada respiración, en cada aliento y en cada uno de mis pestañeos. Veo cómo a mi alrededor todo florece y mi necesidad de hacerlo también se acrecenta a cada día que pasa. Necesito guardar en el armario el abrigo que me lleva cubriendo desde hace tanto tiempo, al igual que he hecho esta tarde con mi viejo y roído gabán. Hasta ahora había pensado que jamás podría hacerlo, pero, por algún motivo que no alcanzo a comprender, una nueva esperanza ha brotado en lo más hondo de mi ser. Espero que, si la riego y la trato con cuidado, pueda llegar a hacerlo algún día.

Domingo, 7 de abril
Hace días que llueve, como si la primavera le estuviese guardando lealtad al refranero. Siempre he huido de la lluvia. Jamás me he sentido atraída por ella porque la sentía como una metáfora de mis lágrimas, de mis ojos siempre lluviosos. Pero esta es diferente. Me llama con su sonido cadencioso que rompe mis silencios y fractura, un poco, mi soledad. Siento su llamada y no puedo resistirme a ella. Y no lo hago. ¿Por qué debería hacerlo? Llevo demasiado tiempo refrenando mis impulsos, acobardada por una vieja letanía que aún resuena en mis oídos. He decidido que ya no voy a hacerle caso nunca más. Entonces salgo a la calle y dejo que la lluvia me moje, que arrastre consigo esta perenne melancolía que llevo arraigada en el alma y me limpie de miedos y fantasmas. Se está convirtiendo en un auténtico ritual de purificación. No es mal comienzo. ¿Llegaré algún día a saltar sobre los charcos?

Miércoles, 15 de mayo
Presiento que estoy floreciendo. Lo puedo sentir en la media sonrisa que me devuelve el espejo cada mañana. En las ganas, que se comienzan a adivinar, de levantarme de la cama. En los colores que iluminan mi semblante, antes pálido y demacrado, que, aunque sutiles, empiezan a dibujarse en el óvalo cada vez más relleno de mi rostro. ¿Habrás tenido tú algo que ver? Sospecho que sí.

Jueves, 20 de junio
Es curioso pero, ahora que llega el calor, también ha desaparecido el frío que habitaba en mí. No del todo. Todavía queda un pequeño residuo que parece querer recordarme que no me ha abandonado para siempre. Lo siento como una amenaza que va minando mi confianza y que me advierte de que, al menor descuido, volverá para tomar posesión de aquello que cree suyo. Yo. Trato de ignorarlo, aunque a veces no lo consigo del todo. Por eso, salgo a la calle. Busco la vitalidad de la luz del sol y el calor que disipa mis recelos. No le dejaré apropiarse de mí otra vez. Esta vez no.

Viernes, 18 de octubre
Ayer recordé cómo me sentía hace tan solos unos meses y he sentido la necesidad de volver a plasmar mis sentimientos en este viejo cuaderno que fue mi único compañero durante tanto tiempo. Me he quedado perpleja al comprobar que han pasado meses desde mi última anotación. Qué lejanos me parecen ahora aquellos días en los que el más crudo invierno se había instalado en mi espíritu. Casi parecen un sueño, una pesadilla lejana de la que fui despertando, lentamente, eso sí, pero de una manera irreversible. O, al menos, eso quiero creer. Lo cierto es que ya no necesito vomitar sobre el papel todo aquello que me rompe. A lo mejor, porque estoy demasiado ocupada recomponiendo los pedazos de este puzle incompleto que soy.

Domingo, 10 de noviembre
Me siento bien. Puede que por primera vez en mi vida. Estoy tan desacostumbrada a esto que, a veces, temo que solo sea un hermoso sueño del que, tarde o temprano, despertaré. Vida, por favor, déjame seguir durmiendo un poco más.

Martes, 31 de diciembre
Está a punto de dar comienzo un nuevo año. Parece que a mi alrededor la alegría se desborda a raudales. Me uno a ella. Me dejo llevar por esa marea que me arrastra y que me obliga a reír y a cantar y a bailar y a gritar. Mientras tanto, me repito una pregunta. Ya ni recuerdo qué era aquello que nublaba mi vida hace tan solo unos meses. De aquello que me había acompañado desde siempre, ya no me quedan memorias. ¿De verdad tengo motivos para sentirme así? Por supuesto que los tengo. Estoy más viva que nunca.

Ana Centellas. Noviembre 2021. Derechos registrados.

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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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