El relato del viernes: «Ypterin»

Fuente: Pixabay

Ypterin

Los amaneceres en Ypterin no tienen nada que ver con lo que siempre ha estado acostumbrado. Es más, el concepto de tiempo solo se puede cuantificar gracias a los relojes que aún poseen algunos y que deben estar a punto de dejar de funcionar. Ya consideran una auténtica suerte que lo hayan hecho durante todo ese tiempo, así que se sienten afortunados. Solo una tímida línea naranja que despunta en el horizonte anuncia lo que han acordado considerar como el inicio de un nuevo día. Ni siquiera corresponde con sus conocidos días, pues esta línea no se sucede cada veinticuatro horas, sino cada treinta y seis, y, además, es bastante inestable. Pero hay que conformarse.

Luis acaba de salir de su casa, el único edificio de Ypterin, una extraña construcción de acero sin ventanas, y contempla la anaranjada estría que se vislumbra en la lejanía. A su alrededor, la oscuridad es total, como siempre. Se ajusta bien la escafandra y comienza a caminar a través de las tinieblas, guiándose por el tenue y limitado haz de luz que le proporciona su linterna. Sobre su hombro descansa una de sus más valiosas posesiones, un instrumento que casi le cuesta poder hacer el viaje, pero que ahora se ha convertido en su único contacto con la inexistente realidad que siempre conoció.

Su caminar es pausado, arrastrando los pies por el terreno pedregoso de aquel planeta tan hostil que, sin embargo, ha permitido a unos cuantos privilegiados alargar sus vidas durante un tiempo indeterminado más, aunque sea de una forma tan miserable. Juega a dibujar caminos con sus pies mientras ajusta su grueso abrigo y piensa que nunca habría llegado a imaginar tener que soportar un frío tan intenso como el que asuela aquel lugar.

No se cruza con nadie en el camino. Casi todos los integrantes del viaje espacial permanecen encerrados en sus casas, que se mantienen calientes con un poderoso sistema de calefacción central que, por fortuna, pueden alimentar con las áridas rocas del lugar, que resultaron ser un excelente combustible. Fuera no hay nada para hacer, ni intención alguna de ello. Todos saben que sus vidas están limitadas al tiempo que les duren los víveres y el agua que llevaron. Las esperanzas de encontrar algún tipo de alimento por la zona hace tiempo que se desvanecieron y cada cual aguarda, con tristeza y resignación, su fin en un paraje del que no quedará ningún recuerdo.

Juan llega al extremo de uno de los grandes acantilados que recorren Ypterin y que los mantienen confinados en un reducido espacio de apenas un kilómetro cuadrado. Con tranquilidad, extrae de su funda el potente telescopio que colgaba de su hombro y lo monta. Sabe con exactitud la orientación que debe darle, ya que es la única rutina que tienen ahora sus días. Coloca, no sin dificultad, un ojo en la lente del aparato. No es fácil cuando se tiene que vivir con un globo de cristal cubriéndote la cabeza, pero son tantas las veces que ha repetido el gesto que cada vez le resulta más sencillo. Ante sus ojos aparece el planeta que lo vio nacer y crecer y que alguna vez pensó que también lo vería morir. La Tierra, ahora convertida en una esfera completamente azul por el agua que recubre toda su superficie, se presenta ante sus ojos como un diminuto punto en la lejanía.

Juan contempla el que fue su hogar, enturbiado por las lágrimas que cubren sus ojos bajo la moderna escafandra. Mientras, se pregunta cómo ha sido posible que hayan sido ellos mismos, los humanos, los que han puesto fin a la humanidad.

Ana Centellas. Noviembre 2021. Derechos registrados.

Ypterin por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional
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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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