El relato del viernes: «Hasta que la vida nos separe»

Fuente: Pixabay

Hasta que la vida nos separe

Lucía, vestida únicamente con un exquisito conjunto blanco de ropa interior, se asomaba por la ventana de la habitación. La actividad en el jardín todavía era frenética, a pesar de que faltaban apenas treinta minutos para el comienzo de la ceremonia y muchos de los invitados ya paseaban por entre las mesas en animada conversación. Los últimos arreglos florales estaban siendo colocados en los centros y los camareros disponían las últimas bandejas de canapés en la gran mesa habilitada para la ocasión. El párroco ya estaba situado en su posición junto al altar y parecía querer guardar un momento de conexión con Dios. Lucía cerró los ojos, suspiró con fuerza y se dio la vuelta. Un precioso vestido blanco la estaba esperando.

Jesús tensaba el nudo de su corbata mientras contemplaba, desde la ventana, el animado ambiente que se estaba formando en el jardín. El altar, donde el cura parecía haberse quedado dormido, había quedado precioso, orientado de tal manera que se pudiese contemplar la delicada luz del atardecer a su espalda. Sus padres y los de Lucía, vestidos con suma elegancia, daban la bienvenida a los últimos invitados que aparecían por la puerta. Una suave música acompañaba la escena y se colaba por los cristales de su habitación. Jesús cerró los ojos, suspiró con fuerza y se dio la vuelta. Faltaban pocos minutos para que su madre fuese a buscarlo para acompañarlo al altar.

Cuando Lucía tuvo el precioso y caro vestido puesto se miró en el espejo. Se había imaginado tantas veces en aquella situación a lo largo de su vida que ahora, llegado el momento, solo podía sentir decepción. Siempre había soñado con un instante cargado de emoción, con los nervios a flor de piel y las lágrimas a punto de lanzarse al precipicio de sus párpados. Sin embargo, en aquel instante solo la acompañaba una increíble sensación de desasosiego.

Jesús se miró en el espejo y vio a un hombre joven y atractivo vestido con un espectacular traje de marca. Pero, al contemplarse, solo conseguía ver a una persona extraña. No solo se sentía muy incómodo con aquella vestimenta, sino que era toda aquella situación la que lo contrariaba. Pasados los nervios, el estrés y la ilusión de los preparativos, tenía la sensación de que todo aquello no iba con él. Tuvo que aflojar el nudo de la corbata, en un intento por liberar un poco la presión que había comenzado a sentir y que le cortaba la respiración.

Lucía se giró hacia Rocío, su mejor amiga y la que iba a ejercer de dama de honor en su boda. La muchacha supo que algo no iba como debería con solo ver la cara de la novia, una mezcla extraña entre pánico y angustia.

—No puedo hacerlo —, gimió Lucía entre los brazos de su compañera.

Como buena amiga, no dijo nada. Se limitó a abrazarla y darle un cariñoso beso en la mejilla. Solo después le dijo:

—No tienes por qué hacerlo si no estás segura.

Lucía enjugó una lágrima, esbozó una tímida sonrisa y salió disparada hacia la puerta.

Jesús se giró hacia Roberto, su mejor amigo, la única compañía que había permitido en su habitación durante aquellos instantes. El joven no necesitó ninguna palabra por parte de su compañero para saber que algo pasaba. Se limitó a darle un fuerte abrazo, golpeando con cariño la espalda del futuro esposo.

—No puedo hacerlo —susurró Jesús en el hombro de su amigo.

Como buen amigo, no dijo nada. Se limitó a estrechar aún más el abrazo y a darle un apretón en el hombro. Solo después le contestó con sincera comprensión:

—No tienes por qué hacerlo si no estás seguro.

Jesús se separó de su amigo, asintió con la cabeza y salió disparado hacia la puerta.

Lucía y Jesús se encontraron en el pasillo justo en el momento en que los padrinos iban a buscarles para dar comienzo a la ceremonia. Estos últimos, ante la salida atropellada de los novios de sus habitaciones, se quedaron paralizados, a la espera.

—¿Hasta que la muerte nos separe? —preguntó Lucía, mirando a Jesús directamente a los ojos.

—¿Qué tal si dejamos que sea la vida la que decida si nos quiere separar o no? —respondió Jesús, con un brillo especial en la mirada.

—Me parece perfecto —contestó ella.

Con una gran sonrisa, los dos se tomaron de la mano y se dieron un gran beso, ante la atónita mirada de los padrinos y la alegría de sus amigos.

—Vamos —dijo Jesús—, tenemos una no boda que celebrar.

—Sí, pero ¿qué te parece si antes nos quitamos estos estirados trajes? —le preguntó Lucía.

—Me parece perfecto —contestó él.

Y, juntos, mucho más cómodos y sintiéndose ellos mismos por primera vez en mucho tiempo, se dispusieron a disfrutar de la fiesta que habían organizado como se merecía.

Ana Centellas. Diciembre 2021. Derechos registrados.

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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

3 comentarios sobre “El relato del viernes: «Hasta que la vida nos separe»

  1. ¿Qué es seguro? Solo la muerte es segura en esta vida.
    ¿Qué hubiese pasado si Lucía y Jesús no hubiesen pensado en ese día, no hubiesen idealizado eso? ¿Con otros trajes estarían bien?
    Les faltaba la prueba de la distancia, nunca habían vivido un noviazgo a distancia donde la vida les separara y se dieron cuenta de que se quieren.

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