El relato del viernes: «Los viajes de mamá»

Fuente: Pixabay

Los viajes de mamá

Clara abre el libro que lleva un rato descansando sobre su regazo, hojea las páginas de manera distraída hasta llegar a la marca que dejó el último día que lo tomó y se coloca las gafas que penden de su cuello a modo de estiloso colgante. Hace tanto tiempo que no dispone de un momento de soledad que casi le parece increíble. Por eso, antes de sumergirse en su piscina preferida, de letras y palabras, se ha quedado un rato, abstraída, mirando a través de la ventana. Disfruta de esa maravillosa sensación de no tener ninguna obligación que atender al instante, del silencio que la envuelve, de la suave luz que se cuela a través de los cristales.

Repasa las últimas líneas del capítulo que finalizó hacía varios días, robándole unos minutos al reparador sueño que tanto necesitaba, para refrescar su memoria. Rubén y Elena, los protagonistas, estaban disfrutando de un romántico fin de semana en Roma. Mientras sus ojos recorren las líneas, ávidos de emoción, Clara se traslada a aquellas calles que algún día ella misma también transitó con la fuerza del amor golpeando en sus venas. Visualiza frente a sí el majestuoso Coliseo y casi puede escuchar los gritos que, en algún momento ya muy lejano, dieron los gladiadores sobre la arena de aquel impresionante circo. Es capaz de sentir la magia que emana de la Fontana di Trevi, espectacular en la noche. Incluso el calor de un beso al abrigo de las vetustas piedras del puente Sant’Angelo.

Vuelve a colocar el marcapáginas con cuidado al final del capítulo, nunca le ha gustado doblar las esquinas del delicado papel con el que se elaboran los libros. Aún puede sentir el hormigueo del amor en la noche romana mientras se dirige a la cocina y se prepara una taza de humeante té. Cuando regresa al sillón, deja sobre la mesita el reconfortante líquido y se cubre las piernas con una manta, apenas ha pasado media hora desde que comenzó la lectura. Se recrea durante un momento en la agradable sensación de libertad de que va a poder disfrutar durante un buen ratito más. Ajusta sus gafas y vuelve a introducirse en la historia.

Delante de sí tiene a Rubén que, vestido con suma elegancia, guía a Elena hacia la mesa más tranquila y apartada de un distinguido restaurante de Madrid. Es capaz de saborear los bombones crocantes de foie y almendras que ambos comparten en el centro de la mesa. Hasta ella llega el aroma de la pierna de cordero rellena de castañas que ha pedido él y del solomillo Wellington de ella. Se le hace la boca agua con las baklavas de chocolate que comparten en el postre. Y tiene que retirar los ojos del papel al sentir el cosquilleo que produce el roce de una mano sobre la mesa después de depositar en ella una copa de un buen tinto de crianza.

Clara abandona de nuevo la lectura para levantarse a por un vaso de agua. El té se ha quedado sin probar en la mesita, frío por completo. Retoma el libro, mientras echa una mirada al reloj. Ya queda poco tiempo de sosiego. Fuera ha anochecido y ella pasea por Central Park, disfruta de las fallas de Valencia, toma una fotografía desde lo más alto De la Torre Eiffel y regresa a su sillón justo en el instante en que se escucha una llave girar en la cerradura de la entrada a casa.

—¡Mami! ¡Mami! ¡Ya hemos vuelto! ¿Nos has echado de menos?

Los gemelos Fernando y José, de cuatro años, se abalanzan sobre Clara, que pierde la página a tan solo unas líneas de finalizar el capítulo. Ella deja el libro a un lado, sin mayor preocupación y los abraza.

—Claro que sí, mis chicos. Y vosotros, ¿me habéis echado de menos a mí?

—¡Muchoooooo! —corean a la par.

—¿Qué tal, cariño? ¿Qué has estado haciendo en tu tiempo libre? —pregunta Julián, su marido.

Clara se lo piensa un instante y, después, responde con una sonrisa:

—Viajar. He viajado mucho.

Julián sonríe satisfecho. Los niños se miran extrañados. Ponen cara de no entender de qué está hablando su madre. ¿Viajar? Pero, ¿cómo ha sido eso posible? Seguro que los están engañando y mamá ni siquiera se ha movido de casa.

Clara, que se ha dado cuenta del gesto de asombro de sus retoños, les dice en medio de un abrazo:

—Ya os contaré el secreto, chicos. Ya os lo contaré.

Ana Centellas. Diciembre 2021. Derechos registrados.

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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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