El relato del viernes – Baúl de los recuerdos: «Dentro del jardín zen»

Fuente: Pixabay (editada)

Dentro del jardín zen

Se encontraba triste y solitario en el centro del pequeño jardín zen. Cada tarde, Josefina salía a cuidarlo, al jardín, que no a él. Rastrillaba con esmero la arena esparcida a su alrededor, creando círculos y semicírculos a su antojo.

Era curioso cómo, según su estado de ánimo, el jardín mostraba una apariencia u otra. Así, él sabía de antemano el humor que tendría Josefina aquel día. Si estaba tranquila, los trazos eran delicados, serenos, dedicaba unos minutos a trazar los alegres senderos y colocaba las piedras apiladas en un derroche de armonía. En cambio, si se encontraba de mal humor, comenzaba a rastrillar con rabia, casi con furia. Grandes surcos vigorosos surgían de la arena en un galimatías de líneas gruesas. Esparcía las piedras sin criterio alguno. Rastrillaba y rastrillaba sin parar, durante horas, incluso hasta el anochecer, hasta que toda la tensión acumulada a lo largo del día desaparecía de su cuerpo. Era entonces cuando, por fin, la paz interior llegaba a ella y el rastrillado se volvía más calmado. El jardín volvía a su ser, con sus suaves círculos concéntricos y pequeños caminos alineados con una perfección casi extrema. A él no le dirigía nunca ni una mísera palabra.

Le gustaba contemplarla mientras realizaba su ritual diario de relajación. Vivía sola, lo que le facilitaba enormemente aquel pasatiempo, por llamarlo de alguna manera. Cada día esperaba que le dirigiese alguna palabra, algún gesto que delatase que sabía de su presencia allí. Pero nunca había suerte. Cuando le acogió en su casa, pensaba que estaría bien cuidado y atendido, pero nada de aquello ocurrió. Por eso siempre la esperaba en el centro del bonito jardín, deseoso de algún mimo o alguna palabra de cariño.

Un buen día, Josefina apareció con unas grandes piedras en una bolsa enorme de supermercado. Junto a ellas, traía una buena cantidad de piedras de menor tamaño. Por su aspecto ya se podía intuir que su estado de ánimo era bueno, así que imaginó que dedicaría algún ratito a rastrillar el jardín y, con algo de suerte, le ofrecería algún mimo.

Pero para Josefina, al parecer, él era invisible. Fue sacando las grandes piedras y las fue colocando a su alrededor, formando un círculo perfecto. Alrededor de este círculo fue disponiendo, con gran cariño, el resto de piedras de menor tamaño. Eran como grava de tamaño grueso, que fue ordenada a su alrededor con una precisión casi milimétrica.

¡No se podía creer que no le hiciese ni el más mínimo gesto de cariño! Él, que siempre había estado allí, esperando sus cuidados, observándola con atención, siguiendo cada uno de sus movimientos, quedaba relegado a un absurdo segundo plano. ¡Qué diablos! ¡Quedaba en un plano que ni siquiera existía!

Fue acumulando tanta rabia en su interior, que desazonado por la ira, fue poco a poco convirtiéndose en una más de las piedras que lo rodeaban. Mustio, sin vida, pétreo.

¡Qué disgusto se llevó Josefina cuando lo vio! Ella que pensaba que a los cactus no había que regarlos…

Ana Centellas. Enero 2017. Derechos registrados.

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Publicado por Ana Centellas

Porque nunca es tarde para perseguir tus sueños y jamás hay que renunciar a ellos. Financiera de profesión, escritora de vocación. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

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