Miércoles de poesía: “La búsqueda”

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La búsqueda

Te busqué entre mis memorias,
en mis sueños archivados
entre bolas de algodón.
Te busqué por los caminos,
aquellos por los que dejamos
piedrecitas de color.
Te busqué en la lejanía,
creyendo que la distancia
fue la que nos separó.
Te busqué entre las arenas
de las playas del olvido,
donde las puestas de sol.
Te busqué y no hallé tu nombre
desdibujado con tiza
en medio de un corazón.
Te busqué
y, por buscarte,
fui yo la que se perdió.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/4zZmBeUc8aURMGJR

El relato del viernes: “Por quién tocan las campanas”

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Por quién tocan las campanas

Las campanas de la iglesia repiqueteaban con fuerza mientras María apresuraba sus pasos por la estrecha callejuela. El empedrado del suelo hacía que sus tacones se trabasen en los adoquines, haciéndola perder el equilibrio con demasiada frecuencia para la prisa que llevaba. Un paso, dos, un tropezón. Tres pasos, cuatro, otro traspié. Se detuvo un instante para recuperar el aliento y acomodar sus pisadas, mientras prestaba atención al lánguido y pausado tañer de las campanas. Tocaban a muerto. Mal augurio.

Continuó su camino por la calleja desierta. Ya había anochecido y un intenso frío se había instalado en las calles, haciéndose dueño y señor de todo. Las puertas de las casas permanecían cerradas, al igual que las ventanas, bien aseguradas con los postigos, impidiendo que el frío allanase con alevosía las moradas. Las chimeneas lanzaban vaporosas lenguas de humo hacia un cielo cuajado de estrellas, más brillantes que cualquier otra noche, que contribuía dando el punto de gracia a las gélidas temperaturas. María se arrebujó el abrigo contra su pecho y aceleró un poco más el paso. El único sonido que se podía escuchar en las calles era el repiquetear de sus tacones sobre el empedrado, que lanzaba un eco que lo envolvía todo, junto con el sombrío tañer de las campanas, que continuaban su plegaria, ajenas a todo.

Aquel lúgubre sonido, que parecía no finalizar nunca, se adentraba en sus oídos y le creaba una angustiosa sensación. Un creciente miedo se iba forjando en su interior con cada paso que avanzaba y se arrepintió de haber salido de casa tan tarde. Quizá fuese simplemente aprensión, pero tenía la extraña sensación de que alguien la observaba. Detuvo sus pasos otro momento, solo para asegurarse de que no se escuchaba ningún ruido. El silencio a su alrededor era prácticamente sepulcral, solamente roto por el tañido que provenía de la iglesia, que continuaba implacable, infatigable. Divisó su casa al final de la calle y calculó el tiempo que tardaría en llegar al resguardo del calor del fuego que, sin duda, Alfonso tendría prendido en la chimenea. Se consoló pensando que, en apenas cinco minutos, estaría riéndose del miedo que había pasado.

Retomó sus pasos con celeridad, pero la impresión de que no estaba sola continuaba allí, acompañándola durante el trayecto, para mantener su creciente desasosiego. Rebuscó, mientras caminaba, en el pequeño bolso que siempre la acompañaba hasta que dio con las llaves. Estaban frías. Aun así, el contacto con el metal le transmitió cierta serenidad y confianza. Las apretó con fuerza en el interior de su mano derecha, dejando asomar por entre sus dedos el extremo de la llave del altillo, la más larga de todas. Cuántas veces había hablado con Alfonso sobre la necesidad de cambiar esa cerradura a por una que tuviese una llave más manejable. Ahora, su exagerado tamaño y su dentado filo le transmitían seguridad. Tendría que recordar comentarle a Alfonso que no sería necesario cambiarla.

A punto estaba de llegar al cruce con la calle estrecha cuando sus temores se vieron confirmados y supo que nada había sido fruto de su imaginación. Se la conocía así por su evidente angostura, por la que no podía pasar ni el coche más pequeño, pero, además, contaba con diversos vericuetos que la convertían en un callejón de lo más peculiar. En aquellos momentos, a María le parecía, más que singular, prácticamente aterrador. Su respiración le llegó entrecortada, apenas un resuello, el típico aliento del que aguarda con ansia la llegada de un momento muy especial. Una pequeña sombra, saliendo del callejón, delataba su escondite. Se vio tentada a echar a correr, pero, una vez más, el sentido común se impuso a la imaginación y continuó sus pasos, aunque ahora mucho más cautelosos. Quizá fuese alguien que, simplemente, esperaba en el callejón. O un joven que fumaba a escondidas. Sí, seguramente se tratase de algo así.

Sus peores sospechas se vieron confirmadas conforme asomó el primer paso por la entrada del callejón. Una gran figura se abalanzó sobre ella, tapándole la boca con una enorme mano para impedirle que gritara. El pánico se apoderó de María y tomó ya forma que nunca jamás hubiese sospechado. Una increíble fuerza se desarrolló en su interior. Solo podía pensar en que tenía que librarse de su atacante, llegar a su cálida casa y dormir acurrucada en el regazo de Alfonso, como hacía cada noche desde hacía 10 años. Sin saber muy bien cómo, consiguió revolverse y encarar a su agresor. La rodilla salió disparada, como por voluntad propia, y, cuando aquel soltó su amarre y se encogió dolorido, María acarició el contorno de la llave que aún mantenía agarrada con fuerza en el interior de la mano derecha. No lo pensó. Los oxidados dientes de la llave rebanaron la yugular del asaltante, que cayó desplomado al suelo, mientras un denso río de sangre manaba a borbotones de la letal herida.

María continuó su camino resguardándose de nuevo en el interior de su abrigo, mientras una última campanada dejaba su eco latente en al gélido aire nocturno. El silencio volvía a ser lacerante. Entonces comprendió por quién tocaban las campanas.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/AirE8MHuo8cQtv3m

Miércoles de poesía: “Perdiendo versos”

Fuente: Pixabay

Perdiendo versos

Anoche se me cayó un verso.
Se escurrió por un huequito
que tu mirada había abierto
entre tu corazón y el mío.
Con él alfombré el camino 
que ha de guiar tus pasos 
para que nunca te pierdas
al encontrarte conmigo. 
Anoche se me cayó un verso. 
Con él fueron las palabras
que fui incapaz de decirte 
cuando te vi al lado mío,
repletas de sentimiento,
de abrazos en la distancia 
para salvarte del frío.
Anoche se me cayó un verso.
Intenté disimularlo
escribiendo en mi libreta
cien palabras inconexas,
sin orden y sin sentido.
No quiero que nadie se entere 
de que voy perdiendo versos,
de que mi alma es poeta,
de que sigo tu destino.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/Rn1DqXSUXMNkOt1e

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A letras con los lunes: “Falsa primavera”

Falsa primavera

Se desnudó de hojas y dejó sus sentimientos tendidos al aire. Se disfrazó de sueño y dejó que todos fingiesen creer en su quimera. Se despojó de miedos y, suspirando, esperó a que llegase, otra vez, una falsa primavera.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

Falsa primavera by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

El relato del viernes: “Reservado el derecho de admisión”

Fuente: Pixabay

Reservado el derecho de admisión

Siempre he tratado de llevar una vida recta y ejemplar. He intentado regirme por los más estrictos valores que, con tanta integridad y cariño a partes iguales, me inculcaron mis padres. Y con esto no quiero decir que no haya hecho cosas mal. Sí, las he hecho,
por supuesto, soy humano. Lo que quiero decir es que nunca he querido hacer daño a nadie. Al menos, no de una manera consciente. Siempre he intentado ayudar a los demás, he tratado de actuar con la mayor justicia posible y he mentido relativamente poco. Lo justo y necesario, siempre mentiras piadosas, como se suele decir. Por eso me extrañó tanto cuando, a mi llegada al cielo, me negaron la entrada.


Supe que había muerto cuando, tras despertar de un plácido sueño, vi que mi cuerpo, tendido sobre la cama, no había despertado conmigo. Y tengo que decir que no fue una experiencia agradable. En absoluto. Siempre supuse que, en un momento así, debería de embargarte una paz categórica. El sosiego propio de saber que, si había algún tipo de sufrimiento en tu vida, este habría terminado para siempre. Sin embargo, en lugar de ello, una terrible ansiedad se apoderó de mí. Tanta que habría comenzado a transpirar y a hiperventilar si hubiese dispuesto de un cuerpo tangible habilitado para ello. Pero no lo tenía y toda esa desazón no disponía de ninguna válvula de escape. Fue, por tanto, una experiencia angustiosa que solo terminó cuando entró mi esposa en la habitación y encontró mi cuerpo inerte. Curiosamente, su inquietud dispersó la mía y, tranquilo por haber dejado mi cuerpo físico en buenas manos, me dejé llevar y abandoné el plano terrestre con placidez.


Si alguna vez habéis escuchado que, cuando te mueres, pasa toda tu vida por delante de tus ojos, debo deciros que así es. A la velocidad de un relámpago. Tanto, que apenas te da tiempo a procesar alguna de las imágenes que tienes ante ti. Los recuerdos, tanto los buenos como los malos, te abruman y, por si fuera poco, tras ello te ves sometido a un interrogatorio que no te imaginas ni en las mejores series policíacas. Entre toda esta batería de preguntas, que incluían una valoración de tu propia vida, me ofrecieron, con mucha amabilidad, eso sí, una opción. Me quedé fascinado, pues no sabía que tuviese alguna alternativa llegado este momento. Me dieron a elegir entre una reencarnación, que supondría mi vuelta al mundo tal y como lo conocía hasta el momento, o continuar mi viaje a través de los éteres azules hasta llegar al cielo. Puesto que no me garantizaban que mi próxima vida fuese también humano, me decidí por la segunda opción. Además, me apetecía comprobar de primera mano si eran verdad todas las maravillas que se contaban acerca del paraíso.


No os creáis que, llegado el momento, va a estar ahí San Pedro dispuesto a recibiros en la puerta del cielo con una sonrisa. Nada más lejos de la realidad. No, la cosa no va así. Para empezar, perdí la cuenta de cuántos formularios tuve que rellenar para solicitar mi ingreso en el cielo. Y eso que no pedí ingreso preferente ni nada por el estilo. Había escuchado que, de esa manera, aún necesitas rellenar más instancias. Así que seguí el procedimiento normal, el del común de los mortales. Después, no os podéis hacer una idea del tiempo que estuve vagando por un extraño limbo en espera de una contestación. Y digo que no os podéis hacer una idea porque ni yo mismo me la hago, ya que pierdes por completo la noción del tiempo. Jamás imaginé que la burocracia extendiese sus brazos hasta esta altura, pero así es. Hay cosas que no cambian, incluso después de la muerte. El único consuelo que me quedó fue pensar que, al menos no me hicieron ir de ventanilla en ventanilla. Aquí los trámites se hacen de una manera, digamos que diferente.


La cuestión es que cuando, al fin, después de cinco minutos o de varios años, es igual, recibí una contestación, la respuesta fue una negativa. Sí, sí, como lo estáis oyendo. Bueno, leyendo. Bueno, como sea. Me dijeron que no podía entrar en el cielo, así, sin más, sin ninguna explicación. Y yo, que nunca me he caracterizado por ser demasiado conformista, inicié un proceso de reclamación. Vuelta a empezar con los formularios, los plazos y con toda la burocracia que ya me conocía tan bien. Debo confesar que me vi tentado a solicitar mi reencarnación, pero como la situación me parecía totalmente injusta para mí, decidí no dejarlo pasar y no cejar en mi empeño. Como ya os comenté, mi vida siempre ha sido todo lo recta que he podido y, si he cometido algún pecado, este ha sido venial.

Horas, días, meses, años o lustros después, me llegó la contestación. De nuevo negativo, por supuesto, que esta no es gente de cambiar de opinión así como así. Esta vez, acompañada del motivo de la negativa, eso sí. Imaginaos mi sorpresa cuando leí: «Acceso denegado por carecer de la preceptiva mascarilla».  ¿Pero qué culpa tengo yo de haber muerto en mi cama, libre de posibilidad de contagio y, por tanto, sin mascarilla? ¿Es que no me pueden dar una?


Así que tened cuidado de las circunstancias en las que fallecéis, no os vaya a pasar como a mí, y os quedéis fuera. Porque sí, el cielo también tiene reservado el derecho de admisión.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/qj3K742u19FGK4Aw

Miércoles de poesía: “El derrame”

Fuente: Pixabay (editada)

El derrame

Se derramó sobre el campo,
sobre la ciudad y el monte,
sobre el mar y en el desierto,
sobre el hombre, el animal
y también sobre la flor.
Se derramó sin descanso,
sin perderse en el camino,
lo cubrió todo a su paso 
sin dejar solo un resquicio,
un recodo o un rincón.
Se derramó con la fuerza 
y el ímpetu de la marea,
con la rabia de un seísmo,
como el fuego crepitante
de un volcán en erupción.
Y se derramó dejando 
sin posible escapatoria
a la humanidad entera.
Unos los llamaron miedo.
Otros, simplemente, amor.

Ana Centellas. Marzo 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/GcH56dS4DdilbSKf

El relato del viernes: “El regalo perfecto”

Fuente: Pixabay

El regalo perfecto

Susana salía de la tienda con una enorme sonrisa dibujada en los labios y la prisa pisándole los talones. Bajo el brazo, un pequeño paquete envuelto con mimo asomaba con timidez. Después de tantos días tratando de encontrar el regalo perfecto, una lucecita se había encendido en su cabeza aquella misma tarde, cuando ya estaba a punto de decantarse por una anodina e impersonal tarjeta de regalo. Pero, por fin, había tenido la idea perfecta, lo había encontrado sin problemas y el trato del dependiente le había dejado muy buen sabor de boca. ¿Acaso podía pedir algo más? Ahora solo tenía que darse un poco de prisa si quería llegar a tiempo.


En la puerta del comercio, comprobó con alivio que tenía el tiempo justo para pasar por casa y tratar de arreglarse un poco. No iba muy sobrada, pero tampoco llegaría tarde. Torció un poco el gesto cuando vio que las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer. Sin embargo, no iba a permitir que aquello le estropease la euforia del momento. No se podría planchar el pelo porque la humedad se lo dejaría como la melena de un león furioso, pero todavía podría conseguir algún peinado decente. Apenas había caminado unos pasos, sumida en ese pensamiento, cuando una bicicleta a gran velocidad casi la tira al suelo. Trastabilló y recuperó el equilibrio justo a tiempo para evitar la caída y escuchar el eco de una disculpa alejándose bajo la lluvia. Dirigió la mirada hacia su brazo izquierdo. Por suerte, el regalo seguía allí, bien protegido.


Gonzalo salió de su casa dando un portazo y con la prisa quemándole en el bolsillo trasero del pantalón. Mientras bajaba los escalones de dos en dos pensaba en esa extraña costumbre que tenía de dejar siempre las cosas para el último momento. Quizá fuese su manera de recargar las pilas, con el chute de adrenalina que le imprimía en las venas el nerviosismo de llegar tarde. Fuese como fuese, lo había vuelto a hacer. Llevaba semanas con el regalo perfecto en mente, pero siempre posponía el momento de ir a comprarlo. Ahora, como era habitual, ya no le quedaba más remedio. Es más, dudaba, incluso, de llegar a tiempo a la tienda.


Agarró su bicicleta y pedaleó con fuerza, recorriendo las aceras del barrio a gran velocidad y sorteando con habilidad a cuanto transeúnte se ponía en su camino. Suerte que estaba en forma. De lo contrario, no hubiese podido recorrer con tanta agilidad las empinadas calles de su ciudad. Sonriendo ante aquel pensamiento, vio cómo una muchacha salía de uno de los locales de aquella calle comercial. Le resultó familiar, pero a la distancia a la que se encontraba no fue capaz de identificarla. Solo veía que, ensimismada mirando hacia el cielo, como si quisiese hablar con las gotas de lluvia que habían comenzando a caer, continuaba su camino hacia la calle sin percatarse de que él se acercaba con fuerza.


En cuestión de segundos, Gonzalo analizó la situación. La terraza de una cafetería, que aún continuaba abierta a pesar de hacer ya semanas que había entrado el otoño, obstaculizaba la mitad de la acera, dejándole únicamente paso por una estrecha franja. Justo a donde se dirigía la chica. Pulsó de manera frenética el timbre antes de llegar a ella, pero, aun así, no se enteró. ¿Tan sumida en sus pensamientos estaba? Finalmente, con un ligero quiebre del manillar, casi logró esquivarla, pero no pudo evitar darle un ligero empujón que casi la envió al suelo. Gonzalo se disculpó sobre la marcha y continuó su camino. Apenas le quedaban un par de manzanas por recorrer.

Para cuando llegó a su destino, estaba agotado, el corazón le latía con fuerza dentro del pecho y ya estaba totalmente calado. Arrojó la bicicleta a un lado de la acera y comprobó la hora. Aún faltaban cinco minutos para el cierre. Satisfecho por haber llegado a tiempo, se dirigió al interior de la tienda con decisión. Tanta que, al empujar la puerta con fuerza para entrar lo más rápido posible, golpeó con ella a una persona que se disponía a salir. Guarecida con una capucha, no pudo verle el rostro, ya que, además, había cubierto su nariz con una mano. Sin duda allí había sido donde la había golpeado. Trató de disculparse, de interesarse por ella y preguntarle si se encontraba bien, pero, para su desconcierto, salió de la tienda como alma que lleva el diablo.

Pilar había entrado en la tienda mirando con fastidio al cielo, que amenazaba lluvia, y con la prisa empujándola por la espalda. No le apetecía nada la cita de aquella noche, menos aún cuando, por si fuera poco, estaba viendo que llegaría tarde. Y si de algo había estado orgullosa siempre era de su puntualidad. Todavía tenía que hacer un par de gestiones más y el tiempo le apremiaba. Hubiese preferido no tener que comprar aquel regalo, de hecho, hasta aquel mismo día no pensaba hacerlo. Pero un golpe de suerte aquella misma mañana le había dado la idea perfecta y, de aquella manera, quedaría bien sin apenas esfuerzo. Nada como estar en el lugar correcto y en el momento adecuado.

Se aseguró de que quedase perfectamente envuelto, con ese toque de distinción que siempre la había caracterizado y se asomó a través de la cristalera del escaparate para echar un vistazo a la calle. Las aceras mojadas le indicaron que ya había comenzado a llover, así que se colocó su capucha y se dispuso a salir. Todavía tenía mucho que hacer antes de acudir a la cita. Justo cuando estaba llegando a la puerta, esta se abrió con tal ímpetu que le golpeó de pleno en la nariz. Dolorida, nerviosa y enfadada, no se detuvo ni a comprobar quién había sido el causante de aquel accidente. Ni siquiera esperó sus disculpas. Con la mano sujetando el tabique nasal, agachó la cabeza y salió corriendo de allí.

Una hora más tarde, Marisa observaba con orgullo a sus alumnos, reunidos todos en  torno a una mesa en su cena de despedida. Después de toda una vida dedicada a la docencia, por fin le había llegado el momento del retiro y del descanso. La jubilación, tantas veces deseada, se le antojaba ahora una carga pesada que tendría que arrastrar durante los años venideros. Y todavía no estaba muy segura de cómo lo iba a afrontar. De momento, aquella noche, prefería no pensar en ello y disfrutar con sus chicos de una última cena. 

Tenía a su alrededor a sus mejores alumnos, que eran, a su vez, los que más cariño le habían demostrado. Sobre todo Susana y Gonzalo. A Pilar, aunque demostraba siempre un comportamiento ejemplar en las clases y en los exámenes, siempre la había notado más distante. Llevaría consigo la espinita de no haber conseguido conectar más con ella, pero había hecho todo lo que había estado en su mano para conseguirlo y, por tanto, se sentía tranquila.

Marisa no se sorprendió al comprobar que, precisamente ellos, sus mejores alumnos, eran los únicos que se habían molestado en entregarle un detalle de despedida. Quizá no lo esperaba tanto de Pilar, pero allí estaba, con un pequeño paquete entre las manos. No pudo reprimir una lágrima de emoción al ver los tres pequeños envoltorios frente a sí. Tomó primero el de Gonzalo, con sumo cuidado, con la delicadeza que se merecía. Le fue quitando el papel poco a poco, manteniendo la emoción, alargando el momento todo lo que le era posible. Una delicada pulsera, grabada con su nombre, apareció ante sus ojos. 

La emoción y la ilusión eran más que patentes en el rostro de Marisa. Los de Susana y Pilar, sin embargo, mostraban un sentimiento totalmente opuesto que a Marisa no le pasó desapercibido. Pronto comprobó el porqué cuando, al abrir los otros dos paquetes, sendas pulseras idénticas se mostraron ante ella. No pudo reprimir una carcajada. Sin duda, los tres habían dado con el regalo perfecto.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Amor balsámico”

Fuente: Pixabay (editada)

Amor balsámico

Como madre que te arropa,
que te acuna,
que te salva.
Como luz en la tormenta,
arco iris,
un paraguas.
Eso eres tú para mí.
Como un bálsamo 
para el alma.

Ana Centellas. Febrero 2020. Derechos registrados.

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