El relato del viernes: "Simbiosis melódica"

El relato del viernes: "Simbiosis melódica"

Simbiosis melódica

Elena se miró al espejo de cuerpo entero que tenía frente a sí y apenas logró reconocerse. El vestido de terciopelo negro con un solo tirante que cruzaba su pecho era precioso, una auténtica maravilla que realzaba su curvatura natural y que la hacía sentirse como si fuese una persona importante. El cabello estaba recogido en un sobrio rodete que dejaba escapar, casi por descuido, varios mechones que caían enmarcándole el rostro. Un maquillaje suave resaltaba sus rasgos, confiriéndole un aspecto casi angelical, excepto por el color de sus labios, un intenso tono rojo que jamás se hubiese atrevido a llevar. Unas pequeñas lágrimas de cristal, que colgaban solitarias de los lóbulos de sus orejas, completaban el conjunto. Giró sobre sí misma y dejó escapar una tenue sonrisa. A pesar de que estaba maravillada con lo que veía, no podía evitar que la ansiedad le ganase la partida a la emoción.

Exhaló con fuerza hasta que no quedó ni una sola gota de aire en sus pulmones y agradeció que hubiesen respetado su petición de estar a solas esos últimos instantes. No quería que nadie la viese así. Llevó su mano al estómago, donde un intenso dolor se había instalado desde hacía unos largos minutos y se dobló, apoyándose con la otra mano en el espejo que le devolvía aquella imagen de cuento. Después de todo lo que había luchado, del esfuerzo, del tesón, de la alegría por haberlo conseguido, de la ilusión por que llegase aquel día, no hubiese podido imaginar sentirse tan mal como lo estaba haciendo. Se miró nuevamente en el espejo de reojo. Una auténtica princesa le devolvía la mirada, pero era una princesa derrotada, una princesa vencida por la angustia, que ya no quería vivir dentro de aquel cuento que siempre soñó habitar.

Sus manos comenzaron a temblar mientras escuchó cómo sonaban unos leves golpes en la puerta. Supo que había llegado el momento. Por unos instantes, la idea de permanecer encerrada en su inquietud, paradójicamente, la llenó de tranquilidad. Pero sabía que no podía hacer aquello, nunca se había rendido y no iba a comenzar a hacerlo justo ahora que se encontraba delante de la oportunidad que llevaba toda la vida esperando. Sería la princesa más valiente que había existido jamás.

Traspasó el umbral y comenzó a caminar por el pasillo, tambaleándose sobre aquellos tacones con los que apenas sí lograba mantener el equilibrio. Sentía manos a su alrededor, manos que se posaban sobre ella, que le regalaban caricias que no llegaba a agradecer. Hasta sus oídos llegaban palabras de cariño envueltas en un sutil velo que las convertían en indescifrables. Aquel pasillo parecía haberse estirado aquella noche como si estuviese hecho de goma. Sus pies avanzaban perezosos y renqueantes sobre la moqueta, pero el final no parecía llegar nunca. Cuando apenas quedaban unos centímetros, cerró los ojos y avanzó.

Al abrirlos, una luz cegadora le impidió ver más allá del propio suelo por donde pisaba, tratando de aparentar una seguridad en sus pasos que en realidad no sentía. Detrás de aquella luz, todo era oscuridad y silencio, un silencio categórico que no hacía sino intimidarla más aún. Creyó desvanecerse por unos segundos, pero entonces lo vio. Caminó hasta él en soledad, tratando de reprimirse ante el temor que aquel sobrecogedor silencio le imponía. Cuando llegó hasta él, se sentó con una extrema delicadeza en la banqueta forrada con terciopelo rojo que estaba aguardando su llegada. Sus manos se deslizaron por las teclas de aquel majestuoso piano que, soberbio, aguardaba con paciencia a ser pulsado. Entonces fue cuando se obró el milagro.

Al tiempo que las yemas de sus dedos reptaban por su superficie, Elena sintió una vez más aquella seráfica conexión con el instrumento, que convertía a ambos en un único ser. Todos sus temores desaparecieron al instante, sus manos abandonaron los últimos temblores y una sonrisa se instaló en su rostro para quedarse. Cerró los ojos y, simplemente, comenzó a tocar, disfrutando de aquella simbiosis que sus manos lograban con las teclas.

Cuando, minutos después, Elena pulsó la última tecla de la melodía, el teatro al completo irrumpió en una intensa ovación. Ella, agradecida y emocionada, se puso en pie y dedicó al público una suave reverencia, mientras que, con disimulo, prodigaba una última caricia a su compañero.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: "Muriendo otra vez"

Miércoles de poesía: "Muriendo otra vez"

Muriendo otra vez

Ha quedado abierto el precipicio
la nada ya se ha extendido
ante tu mirada frágil
oculta tras las cortinas.
Puedes tratar de rehuirla.
Corre.
Salta.
Vuela.
      [Vive]
Quiere atraparte en su seno,
muriendo en la ausencia,
sucumbiendo.
No es fácil vivir muriendo
una y otra y otra vez.
Muriendo otra vez.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

Muriendo otra vez by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: "En tiempos de guerra"

El relato del viernes: "En tiempos de guerra"

En tiempos de guerra

El soldado tomó asiento sobre un tocón viejo y sucio que encontró a escasos centímetros del lugar donde estaba atrincherado el batallón. Pasó el dorso de la mano por su frente polvorienta y se limpió las últimas gotas de sudor que destilaba. Una sensación incómoda y desconcertante le asaltó durante un breve instante. Fueron solo unos segundos, pero por ese breve lapso de tiempo le asaltó la duda de si las gotas que recorrían su rostro, en lugar de sudor, no serían lágrimas. Frunció el ceño. Era la primera vez que se planteaba aquella cuestión y, compungido, descubrió que no había lugar a dudas. No hizo falta que se pasara la ennegrecida mano por los ojos para advertir la humedad en ellos y el regusto salado que dejaba a su paso por los labios. Había estado llorando.

Elevó la mirada y agudizó la vista. En la distancia,  podía percibir perfectamente los agotados contornos de la vida que latía tras las barricadas del frente enemigo. Una ligera columna de humo se elevaba con un suave zigzagueo hacia un cielo que, bajo su interpretación, cada vez mostraba menos estrellas. Debían de estar cocinando la cena, un exiguo y frugal sustento con el que a duras penas lograban reponer una mínima parte de las fuerzas desgastadas en combate. A su espalda, algunos de sus compañeros estaban entregados también a aquel afán, cada vez más simple por la escasez de víveres. Torció el gesto. Si no los mataba la guerra, lo haría el hambre.

Emitiendo un sonoro suspiro, se puso en pie y, al hacerlo, su rodilla emitió un quejido suplicante. De pronto, se sintió viejo. No anciano, pero sí con la vejez prematura del que lleva más batallas libradas en su interior que en el propio frente. Quizá fue esa selecta senectud la que le llevó a caminar arrastrando los pies, derrotado, sin fuerzas ya para continuar y remolcando tras de sí la amargura de un pasado que ya jamás podría  borrar.

Sin pretenderlo, guiado quizá por algún confraternizador instinto, fue reduciendo el camino que le separaba de las filas enemigas. Aún faltaban varios cientos de metros cuando creyó percibir movimiento no muy lejos de él, una sombra tal vez, una respiración ardua y pesada. Su reacción, en primera instancia, le llevó a sentir temor. Siempre le ocurría, a pesar de llevar combatiendo ya varios meses. Antes de entrar en combate, no sentía una descarga de adrenalina, como algunos de sus compañeros decían sentir, ni tan siquiera una exaltación del orgullo, como referían otros. Siendo sincero, debía reconocer que aquel hormigueo que notaba en el vientre y aquel sudor frío que le mojaba las manos no era otra cosa que miedo. Miedo en su estado más básico. Ni él había elegido estar allí ni aquello era un juego.

En ese momento, en solitario y con las defensas bajas, un escalofrío le erizó el vello. Sin embargo, aquella sensación duró solo unos instantes. Si algo tenía el miedo era la capacidad de agudizar el resto de sentidos. Cada vez que sentía un peligro, cada vez que se avecinaba un ataque, el aire parecía volverse más denso, el silencio se volvía desgarrador y un olor acre impregnaba el ambiente. Al menos, así lo percibía él. Pero en aquellos momentos, en la calma silente del anochecer en el campo, ninguno de estos signos parecía presente y se relajó de inmediato. Su instinto le decía que no debía temer.

Afinó el oído y creyó escuchar lo que le pareció un suave sollozo. Retomó el paso, con cautela, tratando de guardar el máximo sigilo posible. Entre la bruma nocturna alcanzó a distinguir una figura recostada contra una roca. Avanzó un metro más, un uniforme enemigo. Un metro más, una misma melancolía en la atmósfera. Se quedó quieto, observando, y el tiempo pareció también detenerse a su alrededor. Se vio a sí mismo reflejado en aquel cuerpo derrotado, en aquel joven con expresión vetusta que aparentaba mucha más edad de la que en realidad debía de tener, apenas un niño en un cuerpo ya prácticamente senil. Vio sus mismas ojeras, su mismo aspecto demacrado y extenuado. Su misma resignación en una mirada que hacía demasiado tiempo que quedó extraviada.

El soldado enemigo no parecía haber percibido su presencia. Sin embargo, cuando levantó la mirada, su vista se posó en él al instante de manera fatigada. Parecía haberse rendido de antemano a un posible enfrentamiento. Fueron solo unos segundos los que duró aquel cruce de miradas hasta que sus ojos regresaron al suelo, a algún punto indefinido que estaba muy lejos de allí, como si quisiera traspasar las mismas entrañas de una tierra a la que desearía que sus huesos hubiesen llegado ya.

El soldado se aproximó en silencio hasta quedar recostado junto a aquel compañero de fatigas. Extrajo un cigarrillo liado a mano de una vieja pitillera que traía al instante recuerdos de un tiempo pasado y se lo tendió. Fumaron en silencio, sin palabras, sin reproches, sin confidencias ni agravios, sin cortesías y sin lamentos. Nadie pudo negarles en ese momento el pequeño placer de, en tiempos de guerra, fumarse un cigarrillo de la paz.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.


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Miércoles de poesía: "Caminos de seda"

Miércoles de poesía: "Caminos de seda"

Caminos de seda

Se enciende el camino de seda
que baja desde tus piernas
hacia algún puerto del sur
cuando la lluvia ha amainado
y se cuelan las estrellas
curiosas a ver tu luz.
Recorreré ese camino
descalzo y con pies puntillas
para que no te despiertes
y descubriré el misterio
que guardas con tanto celo,
por fin lograré leerte.
Noches de revelaciones
y días de reconquista
para este pirata en veda
que arriesga su propia vida
con tal de pasear siempre
por tus caminos de seda.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

Caminos de seda by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)

A letras con los lunes: "El tiempo tuvo la culpa"

A letras con los lunes: "El tiempo tuvo la culpa"

El tiempo tuvo la culpa

El tiempo borró tu rostro. O fue el viento, no lo sé bien. Lo cierto es que se fue difuminando hasta quedar convertido en un borrón incierto e indefinido en algún confín de mi memoria. Lo mismo le sucedió a tu voz, acunada por la brisa hasta quedar convertida en un simple murmullo, un eco sin más. Ambos evaporados en el tiempo. Al menos, eso me gusta pensar. Me sigo negando a creer que todo ha sido culpa del olvido.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

El relato del viernes: "El teléfono"

El relato del viernes: "El teléfono"

El teléfono

El teléfono sonó en mitad de la noche. El estridente sonido del timbre acuchillaba el silencio, partiéndolo en mil pedazos que rebotaban contra cada rincón de la casa y salían disparados hacia todo lo que encontraban a su paso. Las astillas llegaron hasta la cama en la que Juanjo dormía con una profundidad inusual en él, habituado a las largas noches de insomnio.

Juanjo permaneció inmóvil durante unos segundos, hasta que un sutil movimiento de su pie derecho dio muestras de haber sido alcanzado por un fragmento de sonido desperdigado. Un pequeño ronquido se escapó de su boca entreabierta y volvió a sumirse en el más profundo sueño. Por unos instantes, el silencio volvió a instalarse cómodamente en la habitación, como si aquella pequeña batalla no hubiese tenido lugar.

Una vez más, el sonido del teléfono volvió a irrumpir en el sosegado descanso nocturno. Toda la paz que había respirado la casa quedó de nuevo quebrantada por aquel inoportuno destello ruidoso que se colaba bajo cada rendija, atravesando la oscuridad.

Juanjo se revolvió inquieto entre las sábanas y uno de sus brazos logró escapar de la cómoda prisión de plumas, saliendo al aire frío que cortaba aquel timbre. Un incordiante murmullo llegaba a sus oídos, pero no conseguía determinar de dónde provenía. Era como una alarma que sonaba con insistencia en lo más hondo de su mente y que parecía querer taladrarle el cerebro a su paso. Había comenzado como un tenue bisbiseo un tanto molesto, pero, poco a poco, había ido ganando en intensidad y volumen, provocándole un agudo aturdimiento. Quiso llevarse las manos a la cabeza, como si al tapar los oídos con ellas pudiese detener aquel horadante soniquete, pero, por más que lo intentaba, no era capaz de moverlas. Una penetrante frialdad parecía haberse apoderado de una de ellas y la otra se le mostraba insensible por completo. ¿Qué estaba ocurriendo?

Aquel sonido tan insistente era realmente molesto. El cuerpo de Juanjo parecía convulsionar sobre la cama, mientras trataba de detener aquel insidioso ruido que parecía llegar desde todas partes a la vez y que, al parecer, era imposible de detener. El edredón cayó al suelo después de recibir un fuerte manotazo con rabia. El frío se apoderó por completo de Juanjo, que, además de soportar el fastidioso timbrado que tanta irritación producía en sus oídos, temblaba como si fuera un flan. La desesperación se apoderó de él y, a pesar de la frigidez que se había adueñado de él, comenzó a sudar. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

Juanjo seguía tratando de taparse los oídos con exasperación. Había logrado que sus manos respondieran y llevarlas hasta sus orejas, pero aquel ruido parecía haberse instalado de forma permanente en su cerebro. Por más que trataba de detenerlo, continuaba, insaciable, agitador, extenuante. Comenzó a lanzar manotazos a diestro y siniestro, sin lógica alguna, tratando de espantarlo, sin obtener resultado. Aquel fracaso lo exasperaba aún más y su corazón bombeaba con fuerza dentro su pecho, agitado.

En el piso inerte, los timbrazos del teléfono amenazaban ya con traspasar incluso las puertas y salir al exterior. De pronto, se restauró el silencio y solo quedó un ligero eco que moría lentamente entre las sombras de la noche. Juanjo, por fin, despertó y abrió los ojos de súbito. Agudizó los oídos y calmó a su corazón tras comprobar que el silencio era absoluto. Solo había sido una pesadilla. Agarró el edredón, se acurrucó de nuevo en la cama y, con placidez, volvió a quedarse dormido.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: "Último suspiro"

Miércoles de poesía: "Último suspiro"

Último suspiro

Apenas se distinguen ya las luces
del último autobús
que dejaste pasar.
Impresiones de sal.
Quedan en la marquesina
las goteras de tus memorias
tejidas por una araña.
Sobre el asfalto mojado
yace la cota de malla
de algún héroe extemporáneo.
Sabor a derrota.
Los billetes que no usaste
se convierten en pavesas
en el bolsillo del pantalón.
Los labios tiemblan de frío
al volver sobre unos pasos
perdidos en confusión.
Aroma a extenuación.
Hoy el colchón de adoquines
charla con la luna llena
algún monólogo eterno.
Último viaje extraviado.
Último suspiro.

Ana Centellas. Noviembre 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

El relato del viernes: "Nacido de la tormenta"

Nacido de la tormenta

La pequeña barca saltaba sobre el agua haciendo unas cabriolas que el alarmado hombre que iba a bordo soportaba aferrado con fuerza al borde de la embarcación. Sus nudillos se habían tornado de un color blanco intenso por la fuerza con la que se asía, mientras la barca soportaba los envites de las olas en un alarde de valentía. Sabía que había sido toda una temeridad de su parte echarse al mar en aquella época del año, pero el día había amanecido tranquilo y nada hacía presagiar la tormenta que se avecinaba.

Hacía tiempo que en su casa las cosas no iban tan bien como le hubiese gustado. La crítica situación económica en la que se encontraban era, en su mayor parte, la causante de todas las tensiones que se producían en el seno del hogar familiar. Día tras día, mes tras mes y año tras año, veía cómo el esfuerzo de tantos lustros de trabajo se veía abocado a caer por la borda al igual que el agua que entraba en la barca. La mayor desazón para sus entrañas era contemplar, sin poder remediarlo, cómo su hijo dilapidaba los ya exiguos ahorros familiares en interminables fiestas dominadas por el descontrol y, lo que era aún peor, en el juego. Aquella había sido la perdición de la familia al completo, pero él, ciego como estaba y absorto en sus vicios, no parecía ver el desastre que le rodeaba en casa.

Aquella, en apariencia, apacible mañana de enero, se había levantado, como tantos otros días, con esa sensación de congoja que ya era tan familiar en él. Su ansiedad se incrementó cuando, tras abrir la puerta de la habitación de su hijo con sumo cuidado, comprobó que aún no había regresado a casa. Un día más, la historia se repetía. Un profundo suspiro se escapó por entre las arrugas forzosas de sus labios. Se preparó un café, acompañado solo por el silencio matinal, y se sentó a aguardarle.

En cuanto apareció por la puerta, con el semblante serio y apático, supo que habría problemas. Se pensó mucho su determinación de tener una charla con él en cuanto hiciese su aparición para hablarle, una vez más, de su situación. Se lo pensó tanto que a punto estuvo de echarse atrás y dejarle pasar hacia su habitación para que durmiese la borrachera. Al final decidió hacerlo, aquello tenía que acabar de una vez por todas. El alcohol que aún navegaba por las venas del que había sido su ojo derecho durante tantos años, junto con la rabia que le corroía el interior por haber perdido todo el dinero una noche más, hizo que aquella conversación fuera de todo menos educada. Se encaró con su progenitor, le recriminó su situación, volaron los gritos solo hacia un lado de la sala.

Cuando se encerró en su habitación, tras dar un sonoro portazo y haber soltado todos los improperios que contenía su vocabulario, aquel padre destrozado fue devorado por la desesperación más absoluta. Observó cómo su hijo, devorado por la cólera y la tozudez, llegaba incluso a desearle la muerte. Sintió la necesidad de salir de allí, de despejar la mente durante unas horas y poner en orden las ideas. Mirando hacia el mar que se divisaba desde la ventana del salón y tras comprobar que el día parecía apacible, decidió tomar la barca. El tiempo que compartía con su barca siempre le hacía bien y, además, con un poco de suerte, lograría conseguir algo de alimento para aquel día.

La tormenta lo pilló desprevenido. Perdido en sus elucubraciones, no vio cómo el temporal se arremolinaba en el horizonte, engullendo todo con su tenebrosa oscuridad. En cuestión de segundos, las olas saltaban con fuerza sobre la barca y, por más que quiso poner rumbo a la orilla, solo consiguió verse envuelto en la vorágine de viento y agua que se formó a su alrededor. No alcanzaba a divisar ya ni la línea de la costa que hacía unos instantes se promulgaba en el horizonte como única salvación. Recordando las últimas palabras que su hijo le había dirigido, cerró los ojos y se limitó a aferrarse con fuerza a la proa de la pequeña embarcación.

Desde la orilla, un joven, empapado ya con la fría lluvia que arreciaba, divisó en el horizonte a la barca que pugnaba por sobrevivir en medio de aquel caos infernal. Había acudido allí, como tantas otras mañanas, en un intento por despejar su mente del embotamiento en que los efluvios del alcohol y las drogas le tenían sumido. En un principio pensó que se trataba de una alucinación. Nadie en su sano juicio se habría echado a la mar en un día como aquel, pero, tras comprobar que el diminuto punto que formaba la barca iba ganando poco a poco terreno al mar y acercándose hacia la playa, se convenció de que era real. Su aletargamiento desapareció de golpe, sintió cómo la adrenalina corría con fuerza por sus venas y el corazón le latía desbocado en el pecho y, sin pensarlo ni un solo segundo, se lanzó en una desesperada carrera hacia el mar. Sus fuertes brazos luchaban contra el oleaje con vigor y, poco a poco, iba ganando terreno al embravecido mar.

Minutos después, los dos hombres se arrastraban exhaustos sobre la mojada arena de la playa. El joven se abrazó con fuerza al ya casi anciano que jadeaba a su lado. Recordó las palabras que, unas horas antes, le había dirigido en el salón de la casa familiar y rompió en un profuso llanto. Expió sus faltas bajo la torrencial lluvia que a punto había estado de segarles la vida a los dos y tomó una determinación. De la tormenta nació una nueva persona.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)