“El chal que cubrió mis hombros” – Taller de escritura creativa FlemingLab

“El chal que cubrió mis hombros” – Taller de escritura creativa FlemingLab

 

EL CHAL QUE CUBRIÓ MIS HOMBROS
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

 

EL CHAL QUE CUBRIÓ MIS HOMBROS

Salimos por la mañana temprano. El sol aún no había aparecido aún por el horizonte y no era más que una mínima estela de luminosidad provocativa. La luna continuaba con su altanería habitual, en lo más alto del cielo. Parecía que se iba a aproximar ese momento mágico en el que, por fin, luna y sol se funden en un beso tras sus doce horas de separación.

Tuve que ajustar bien mis gafas para poder ver en qué lugar ponía los pies. Un paso en falso y daría con mis huesos en el agua, que a aquellas horas de la mañana estaría demasiado fresca para la escasa ropa que llevaba. Mauro me tendió una mano al ver la inseguridad que había en mí, y me ayudó a cruzar sobre el puente que daba entrada a la embarcación. A pesar de que el sol ya pugnaba por salir, la oscuridad que había aquella mañana en el puerto era casi absoluta, acompañada por la sombra que las dársenas proyectaban sobre nosotros.

Jamás había subido a una embarcación de aquellas características. A decir verdad, jamás había navegado y ni siquiera las tenía todas conmigo a la hora de asegurar que mi delicado cuerpo fuese a aguantar la travesía. Pero el destino merecía la pena, el madrugón en la total penumbra también y, sobre todo, la compañía.

Conocí a Mauro hacía ya varios años en un portal de citas a través de Internet. Lo cierto es que jamás llegamos a conocernos, pero entre nosotros surgió una relación muy especial que manteníamos en privado. La distancia entre ambos fue uno de los principales inconvenientes con los que chocó nuestra relación, si es que podíamos llamarla así. Y pensándolo bien, eso es lo que era, un vínculo que manteníamos vivo a través de cruces de mensajes y horas de conversaciones interminables que la tecnología actual hacía posibles.

En realidad, durante estos largos años, jamás hemos hablado ninguno de los dos de sentimientos hacia el otro. De hecho, yo lo consideraba como una bonita amistad. Pero, cuando en una de nuestras últimas conversaciones, nos enteramos de que íbamos a compartir destino de vacaciones en las mismas fechas, entendí que el encuentro iba a ser inevitable. Lo acepté, lo asumí y lo busqué con ganas.

Tras diez días compartiendo confidencias, largos paseos por la orilla del mar, cenas románticas y bailes por las noches, Mauro me propuso hacer una pequeña ruta en su yate. Aún en la penumbra de la mañana me quedé fascinada por la magnificencia de la embarcación. Durante unos breves instantes, creí ver entre las sombras, producidas tanto por la falta de claridad solar como por mi creciente miopía aun llevando las gafas, una pequeña sonrisa de autosuficiencia en su rostro que no me gustó nada, pero preferí obviarla. Aquel iba a ser un gran día y no iba a consentir estropeármelo a mí misma haciendo elucubraciones absurdas sobre Mauro, sobre todo cuando él siempre se había mostrado como una persona humilde y llana.

Mauro puso en marcha el motor y sentí un escalofrió. La mañana había comenzado fresca, a pesar de encontrarnos en pleno verano. Mi liviano mono de lino no ayudaba a que mi cuerpo dejase de temblar por el frescor matutino. Mientras la embarcación comenzaba a virar de manera leve a estribor, para tomar el camino que daba a la salida del puerto, a la velocidad mínima, Mauro me contemplaba preocupado. Enderezó la ruta, disponiendo el barco en la dirección adecuada para abandonar el puerto y despareció durante unos minutos en el interior del barco. Regresó con un hermoso chal de lana de un suave color dorado, cálido y bello. Aquel gesto suyo me pareció más romántico que si me hubiese llevado a cenar al restaurante más acogedor de París. Fue entonces cuando tuve que reconocerme a mí misma que tenía un grave problema. Para mi desgracia, o para mi suerte, me estaba enamorando de él.

Cuando el sol quiso romper la línea imaginaria del horizonte, nosotros ya nos encontrábamos observando la costa desde la lejanía del mar. Estaba extasiada, jamás hubiese podido imaginarme contemplando semejante belleza. A un lado, el sol apareciendo refulgente sobre el horizonte. A otro lado, la costa, con sus bellas casitas de pescadores y el puerto, iluminadas con el tenue brillo de la luz del amanecer. Durante unos minutos, ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Me sumergí de pleno en la contemplación del maravilloso espectáculo de la naturaleza que se estaba desarrollando ante mí. A medida que el sol se elevaba en el cielo, todos los colores iban cambiando paulatinamente. Las aguas oscuras del mar se volvieron del azul más precioso que nunca había visto. La gama cromática se multiplicó ante mis ojos de una manera espectacular. Las blancas casitas de los pescadores reflejaban los rayos solares, creando ante mi vista una visión casi mágica del pequeño pueblo. Era la primera vez que veía un amanecer desde mar adentro, era la primera vez que veía la costa desde aquella situación, era la primera vez que viajaba en barco, era la primera vez que tenía a Mauro a tan solo unos milímetros de mí. Era la primera vez. Y ya me supe perdida.

El motor del barco sonaba en mis oídos haciendo un gran estruendo, pero no me importaba. Lo único importante de aquel momento era la gran vivencia de sensaciones que estaba experimentando, los colores, el olor a mar, tan vívido en mis fosas nasales, el lejano sonido de las gaviotas sobre el ruido producido por los motores. En aquellos momentos, hubiera deseado que en lugar de aquel lujoso yate, Mauro fuese el propietario de un lindo barquito de vela, pequeño, acogedor, silencioso. Sin apenas darme cuenta, su brazo me rodeó los hombros, intentando transmitirme el calor que producía su cercanía. Sin que ninguna palabra hubiese sido pronunciada aún en aquella mañana estival, acepté su abrazo con naturalidad y acomodé mi cabeza en su pecho.

Para mí, con la amalgama de sentimientos recién despertados en mi interior, aquel momento me pareció el culmen de la magia. Eché un vistazo hacia el agua, que salpicaba dentro de la cubierta del barco de manera juguetona y, sin saber por qué, un recuerdo vino a mi mente obnubilada.

Aquellas aguas azules, serenas, me transportaron en décimas de segundo a mi niñez, a una época de mi vida que, sin saber por qué, había quedado relegada a un segundo plano dentro de mis recuerdos. Me vi sentada en una pequeña barca de madera, rodeada de unas aguas igual de azules que las que ahora tenía ante mí, acompañada de mi abuelo. Mi abuelo Cecilio fue pescador desde su infancia, en las calmadas aguas de un Mediterráneo que se fundía con el Adriático, rodeando la cálida isla en la que vivía. Yo le visité pocas veces, quizá por eso apenas tenía recuerdos de él, pero en aquel momento le sentía tan real como si estuviera sentado frente a mí en aquella pequeña barca. Cuando yo nací, el abuelo ya era anciano, pero aún así, no había perdido su costumbre de salir cada día con su pequeña barca de madera en busca del sustento de su familia. Recuerdo aquel día, tendría yo unos cuatro o cinco años, en que le supliqué tanto para que me dejase salir de pesca con él, que no tuvo más remedio que acceder. Y fue uno de los días más bonitos de mi vida.

Sus brazos entrados en años aún eran fuertes, y se aferraban a los remos marcando poderosos músculos que nos hacían avanzar a contra corriente hacia el lugar entre dos islas donde siempre encontraba el mayor número de peces. Mis pequeñas botas de goma chapoteaban en el interior de la barquita, que se llenaba de agua con cada envite de mi abuelo con el remo al mar. Yo me entretenía en achicar el agua con un pequeño cubo de dibujos infantiles que normalmente usaba para hacer castillos de arena. Mientras remaba, el abuelo me contaba historias, con su peculiar acento griego. Me contaba mil y una historias, y recuerdo su voz como una dulce melodía. Su tono de voz era calmado, a veces incluso monocorde, pero, a la vez, hipnotizador. Para mí, pequeña niña de ciudad, escuchar todas aquellas historias de marineros era como abrir un portal hacia un universo totalmente desconocido en el que las más apasionantes aventuras esperaban al acecho tras la cresta de cualquier ola. Recuerdo su voz cantándome canciones típicas de su tierra, que quería que yo aprendiese para que tuviese un recuerdo de él.

Y menos mal que lo hizo, porque aquel verano fue el último que le vi. Falleció a los pocos meses en su barca, como le hubiese gustado, y la corriente tuvo la deferencia de acercarle hasta la orilla. Mis padres no me dejaron ir a verle y yo nunca más volví a ver a mi abuelo. Ni a recordarlo siquiera, era demasiado pequeña. Pero en aquellos momentos, volvía a revivir ese último encuentro con él con tanto lujo de detalles que no pude evitar que un reguero de lágrimas se deslizase por mi rostro.

Mauro se incorporó ligeramente, lo justo para comprobar que estaba llorando. El sol ya había alcanzado su cénit y nosotros apenas nos habíamos movido del lugar en el que habíamos fondeado para contemplar el paisaje. Me giró con ternura, sus ojos cubiertos de una emoción extraordinaria que me llegó a lo más hondo. Y, sin esperarlo, apretándome con más fuerza entre sus brazos, me besó como solo se besan los enamorados. Besó mis ojos, el torrente de lágrimas que caían silenciosas por mis mejillas, besó mis labios y finalizó besándome con pasión.

La historia de mi abuelo quedó relegada de nuevo al rincón del olvido. Las lágrimas se secaron por completo bajo el sol de la mañana. Y yo me entregué a aquel hombre que se había colado poco a poco en mi corazón durante largos años y, que en tan solo unos días, había conseguido avanzar hasta el mismo centro de él. Las ropas iban cayendo de manera lenta a nuestro lado, el sol calentaba nuestros cuerpos desnudos mientras nos fundíamos en miles de caricias, explorándonos, reconociéndonos. Nos amamos allí mismo, sobre la cubierta del barco, con el sol, las gaviotas y las olas del mar como únicos testigos de nuestro amor.

Al rato, ya equipados con nuestros trajes de baño, fuimos recorriendo la costa. Fuimos obteniendo las mejores vistas de los preciosos pueblecitos que se iban sucediendo a lo largo de la línea costera, para guardarlos en nuestra retina para siempre. Si tuviese que buscar un calificativo para aquel día solo podría utilizar uno, mágico. Era magia lo que flotaba a nuestro alrededor. Magia la que nos acompañaba en los abrazos mientras el barco continuaba con su lento avanzar paralelo a la costa. Magia la que compartimos durante la comida que Mauro había llevado preparada, regada con el más exquisito de los vinos que jamás había probado. Magia la que nos hizo amarnos una y otra vez rodeados de olas juguetonas que querían adentrarse con nosotros en el barco y acompañar a nuestros cuerpos resbaladizos.

El retorno a puerto fue tranquilo. Con la luz casi del ocaso, me pareció estar viviendo dentro de un sueño del que no quería despertar jamás. El sol se escondía tras las montañas con parsimonia, permitiéndonos una vista de los mismos pueblos que ya habíamos recorrido antes con una iluminación por completo diferente. Una iluminación que invitaba a relajarse y solo observar. Ya era noche cerrada cuando llegamos a puerto, después de haber disfrutado de otra cena en la cubierta, protegidos de la brisa marina, y después de habernos amado por última vez aquel día, aquella noche.

Mauro me acompañó a casa, al pequeño apartamento que había alquilado para mis tan ansiadas vacaciones, pero rechazó mi ofrecimiento a quedarse a pasar la noche conmigo. Aquella noche dormí sola, en un plácido sueño en el que me imaginaba rodeada de los fuertes brazos de Mauro, con el corazón latiendo con fuerza en el interior de mi pecho y miles de mariposas revoloteando alrededor de mi estómago.

Cuando, a la mañana siguiente, bajé a la playa para encontrarme con él en el sitio de costumbre, él no estaba esperándome, como cada mañana. Me extrañó tanto que me atreví a hacerle una llamada al móvil, algo que no había hecho nunca. Nunca me había hecho falta. Aún me sorprendió más aquella voz automática que me anunciaba que “el número de teléfono marcado no existe”. Emprendí un paseo hacia el puerto, bajo el sol abrasador de la mañana, y sentí una relajación total del cuerpo cuando vi allí el barco de Mauro, en el mismo lugar donde lo habíamos dejado la noche anterior. El precioso chal dorado aún colgaba de la barandilla de cubierta, después de haber quedado ahí por casualidad en una de las últimas veces que hicimos el amor.

Me acerqué, con paso ya raudo, al bonito yate. Varias personas estaban limpiándolo, aplicando productos de limpieza y frotando a fondo, mientras lo cubrían de agua para facilitar la tarea. Mi rostro debió ser todo un poema cuando les pregunté por Mauro y ninguno de ellos le conocía. Al parecer, aquel yate se alquilaba por días en la temporada de verano, y la última persona en alquilarlo no había abonado el importe solicitado. Sentí cómo mi cara iba pasando por todos los colores inimaginables, pero salvé la situación con la mayor dignidad posible. Saldé la cuenta del alquiler, lo que se tradujo en un descalabro importante en mi, ya de por sí menguada, cuenta corriente y me dirigí hacia su casa, esperando tener mejor suerte.

Me había mentido y necesitaba saber por qué. La mayor sorpresa fue cuando, conforme me iba a acercando a su casa, podía ver cómo una nueva familia la ocupaba, descargando maletas con los rostros llenos de felicidad que indican el inicio de las vacaciones.

Jamás volví a saber más de él, igual que jamás volví a ver a mi abuelo después de aquel día de pesca. Atrás quedaron los besos perdidos en el mar, los largos paseos por la arena y las interminables conversaciones por Skype que habían durado varios años. Fue como si se le hubiese tragado la tierra.

El único testimonio que tengo de mi vivencia es un chal de color dorado, el mismo que un día cubrió mis hombros, apolillado y gastado, en el fondo de mi armario.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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Este relato ha sido trabajado para el Taller de escritura creativa FlemingLab, organizado por J Re Crivello, y que podéis encontrar en el blog Masticadores de Letras.

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El relato del viernes: “Amigas desde la infancia”

El relato del viernes: “Amigas desde la infancia”
AMIGAS DESDE LA INFANCIA
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AMIGAS DESDE LA INFANCIA

Ruth y Estela eran amigas desde la niñez. Habían ido al colegio juntas, al instituto y hasta a la universidad. Habían compartido tanto tiempo juntas que ya eran como uña y carne, no había sitio donde no fuera la una sin la otra. Por compartir, además de las largas tardes de estudio y de las interminables noches de fiesta, habían incluso compartido algún que otro noviete de vez en cuando. Pero no solo habían compartido tiempo juntas, sino que siempre habían estado ahí la una para la otra, apoyándose en las adversidades y celebrando juntas los buenos momentos. Cuando el padre de Ruth falleció, fue Estela la que no se separó de ella durante días. Cuando Estela sacó la nota más alta de su promoción, la alegría de Ruth fue mayor que si la hubiese sacado ella misma.

Eran jóvenes, acababan de terminar su grado en periodismo y ambas estaban preparando un máster en comunicación audiovisual. No tenían mayores problemas que aprovechar el tiempo para sus estudios, pero las dos tenían tal capacidad de aprendizaje que tampoco les suponía un gran esfuerzo. Por ello, y como era propio de su edad, dedicaban las noches de viernes y sábado a salir con los amigos. Ruth, ayudada por la mejor posición económica de su familia, se independizó cuando entró en la universidad, gozando del gran privilegio de una vida autónoma con todos los gastos pagados por su familia. Estela, en cambio, continuaba viviendo con sus padres.

El apartamento de Ruth era pequeño, pero céntrico, y contaba con todas las comodidades básicas. Solo tenía un dormitorio con una amplia cama, en la que era bastante corriente que Ruth y Estela durmieran juntas cuando se hacía muy tarde para que Estela volviese a su casa o si se habían pasado algo con las copas de la noche. Era una situación que tenían muy normalizada, sobre todo tratándose de amigas desde la niñez.

Cierta noche, una en la que particularmente no habían bebido demasiado ni era especialmente tarde, Ruth le pidió a Estela que se quedase con ella. Hacía poco que había terminado la relación con su última pareja y no le apetecía nada pasar la noche sola. Siempre que se quedaban juntas terminaban desternillándose de la risa comentando la noche o recordando historias pasadas. Por eso a Estela le pareció una idea estupenda, no era tarde y aquello le pareció como volver a hacer una fiesta de pijamas de aquellas que hacían cuando eran pequeñas y una se quedaba a dormir en casa de la otra.

Llegaron al apartamento y se sirvieron una copa. Pasaron cerca de una hora en el sillón charlando,  riendo, como de costumbre. Estela parecía un poco cansada, era viernes y había madrugado por la mañana, así que Ruth recogió los vasos y la animó a ir a la cama. Estela no lo dudó, estaba tan cansada que ni siquiera pasó por la obligatoria escena de borrar de su rostro las pinturas de guerra. Ruth tampoco lo hizo, en el fondo debía de estar tan cansada como ella.

Como siempre, se desvistieron y se tendieron en la cama en ropa interior. Ruth llevaba un precioso body de encaje negro que llamó mucho la atención de su amiga. En aquellos momentos la encontró más preciosa que nunca. Un tanto desconcertada por aquel pensamiento, se giró y cerró los ojos, intentando llegar al tan deseado sueño y al merecido descanso. No llegó ni tan siquiera a intentarlo durante unos escasos momentos. No sabía si se trataba de su imaginación jugándole una mala pasada o si en verdad estaba escuchando lo que estaba escuchando. Una serie de gemidos muy tenues se atrevían a romper el silencio al que había llegado la noche. Estela, intranquila, no sabía qué debía hacer, si continuar haciéndose la dormida o abrir los ojos para comprobar por sí misma si estaba sucediendo aquello que creía escuchar.

Al fin, guiada por la curiosidad, consiguió abrir los ojos. La luz de la única lamparita de noche que había en la habitación continuaba encendida, dándole calidez a la estancia. A su izquierda, tendida sobre la cama, estaba la fuente de los gemidos que, ahora sí que podía comprobar, llegaban hasta sus oídos como si de música celestial se tratase. Ruth permanecía con los ojos cerrados, tumbada boca arriba, emitiendo tenues suspiros y gemidos, mientras su mano izquierda se había aventurado a adentrarse a acariciar uno de los preciosos pechos que cubría el insinuante body. Estela quedó paralizada, observando cómo se desarrollaba la escena, sintiéndose una vulgar voyeur mientras un deseo hasta entonces desconocido para ella se desataba poco a poco en su interior.

No podía alejar su mirada de la mano de Ruth, que acariciaba sin descanso su pecho izquierdo, con el pezón totalmente erecto. Poco a poco, iba sintiendo cómo su propio pecho reaccionaba de igual manera, convirtiendo sus pezones en duras piedras al compás de la respiración de su amiga. Sintió cómo su misma respiración comenzaba a agitarse, aunque intentaba que su amiga no lo notase para mantenerse en su papel de observadora. Un gemido más elevado de parte de Ruth la sacó de su ensimismamiento y fue entonces cuando reparó en que su mano derecha se había abierto paso entre los encajes del body en su entrepierna. Aquello llevó a Estela a un nivel de excitación extrema que jamás había sentido antes, mucho menos hacia una mujer. Todo aquello la estaba pillando desprevenida y, para su propia sorpresa, le pareció la escena más sensual que jamás había contemplado.

Con un segundo gemido más agitado de Ruth, Estela ya no pudo reprimir el suyo, acompañado de un suspiro mientras intentaba a duras penas sofocar el calor que se había instalado en su interior con un suave frote de piernas y un pequeño arqueo de espalda. Ruth, al sentirla, abrió los ojos y salió de su propia fantasía. Giró la cabeza y, con una sonrisa, le dedicó a su amiga una mirada de lo más provocativa, que Estela comprendió como una invitación a participar en el juego. Ni siquiera tuvo tiempo de pensarlo. En tan solo un instante, las lenguas de las dos amigas se enredaban, mientras las manos comenzaban una exploración hasta el momento desconocida para las dos.

Piernas enredadas, suspiros compartidos, sensuales manos que acariciaban con ternura zonas que jamás habían palpado, lenguas exploradoras y juguetonas, internándose entre pliegues y humedades desconocidas, y un despertar en compañía que nada tuvo que ver con ninguno de los anteriores que habían vivido juntas. Habían conseguido llevar el término “amigas de la infancia” hasta el mayor de sus extremos.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.    

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Mi jueves de poesía: “Pensamientos utópicos”

Mi jueves de poesía: “Pensamientos utópicos”

 

PENSAMIENTOS UTÓPICOS
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PENSAMIENTOS UTÓPICOS

 

Se me nublan sin querer los pensamientos

de esta mente cada vez más cansada.

Se me nublan, se vuelven más oscuros,

y todo sin entender apenas nada.

 

No entiendo que en el mundo existan guerras,

que se maten por política entre hermanos.

No lo entiendo, perdonad que no comprenda

que todo se nos escape de las manos.

 

Se nos va de las manos la esperanza

de hacer del mundo algún lugar mejor.

Se nos van, impotentes, los desastres,

cuando ves que todo va cada vez peor.

 

Todo a peor en una tierra santa

que no nos preocupamos de cuidar.

Todo a peor, guiados por intereses

cuyo objetivo no es otro que matar.

 

Nos matan poco a poco las ilusiones,

vacíos nos quedamos frente al mar.

Nos matan sin poder hacerles frente,

nos quitan las ideas, nos quitan el soñar.

 

Aún así yo seguiré soñando.

Permitidme este alarde de valor.

Aún así yo seguiré pensando

que es posible en esta vida tener un mundo mejor.

 

Un mundo mejor, aunque parezca utopía,

entre todos lo podremos conseguir.

Un mundo mejor donde la gente se ría,

para ello nuestras manos se han de unir.

 

Con las manos unidas, como hermanos,

hijos de la tierra que nos crió.

Con las manos unidas podremos lograrlo,

podremos volver el mundo un lugar mejor.

 

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

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Los 52 golpes – Golpe #43 – “En la habitación de Ismael”

Los 52 golpes – Golpe #43 – “En la habitación de Ismael”

 

EN LA HABITACIÓN DE ISMAEL
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EN LA HABITACIÓN DE ISMAEL

A Irene no le agradaba demasiado la idea de ir a pasar unos días en la vieja casa que los abuelos tenían en el pueblo. Sobre todo porque aquello suponía pasar la noche de Halloween allí y la casa estaba demasiado cerca del cementerio pasa su gusto. Pero hacía tanto tiempo que Santi no iba a visitar a sus padres y la había insistido tanto en ello, que no tuvo más remedio que aceptar aquel pequeño viaje. Trataban a los padres de Santi de abuelos, a pesar de que no lo eran, por la edad y porque el trabajo en el campo les había pasado factura de una manera que ambos aparentaban más edad de la que en realidad tenían.

De todas formas, siempre le había gustado ir a aquel pueblo donde sus suegros habían nacido y en el que todavía vivían. Era un pequeño pueblo situado en lo alto de la montaña, al que se accedía por una estrecha carretera cargada de curvas que serpenteaba en estado total de abandono por entre los montes de Gredos. Las casas parecían haber sido colocadas a conveniencia de sus primeros habitantes y, a consecuencia de ello, no había ni una sola calle recta. Apenas un centenar de pequeñas casas de una planta, fabricadas en piedra, conformaban aquella casi aldea, habitada ya solo por ancianos. El cementerio, situado a escasos metros de la casa de los abuelos, iba creciendo en extensión cada vez que iban a visitarles. Parecía que las campanas de la pequeña iglesia pre-románica, que aún se erigía en pleno centro del pueblo, siempre estaban tañendo por los difuntos.

Le gustaba el ambiente acogedor que se formaba dentro de la casa cuando el abuelo Miguel encendía la chimenea en las frías noches de invierno, mientras la abuela Soledad preparaba un delicioso caldo con el que calentar los cuerpos. Le gustaban las noches de verano tomando el fresco en la puerta de la casa, en mitad de la calle sin ningún temor de que pudiese pasar algún coche por allí. Lo único que a Irene le producía cierto temor era la proximidad del cementerio y pasar aquellos días allí, con la noche de difuntos de por medio, no era algo que le apeteciese en demasía. Si tan solo hubiese sabido que no debía temer nada de aquel cementerio donde las ánimas solo descansaban en paz… Pero ella no lo sabía y la desazón que sentía era muy fuerte.

La casa seguía manteniendo la distribución que había tenido siempre, desde que Santi y su hermano crecieron allí. De ahí que Irene durmiese sola en la antigua habitación de Ismael, el hermano gemelo de Santi. Y era algo que en cierto modo agradecía y disfrutaba. Le gustaban aquellos días en los que podía regresar a la juventud, ocupando una cama individual, hundiéndose en el viejo colchón de lana que todavía mantenía la cama, arropada por gruesas mantas, pues el frío era extremo en aquella habitación, la más alejada del salón con su chimenea, en una casa que seguía sin disponer de calefacción. Las pertenencias de Ismael seguían allí, cuidadosamente guardadas en los cajones de la gran cómoda que completaba el dormitorio.

Las dos noches que pasaron en la casa produjeron en Irene un descanso muy reparador, hasta que llegó la tan temida noche para ella. Se acostó tarde, aguantando al máximo los últimos rescoldos del fuego que moría en la hoguera prendida por el abuelo Miguel en la chimenea. Santi estuvo con ella hasta el último momento, en que cada uno de ellos regresó a su respectiva habitación. Irene se acostó con la tranquilidad que le producía saber que ya quedaba menos de aquella noche que, sin saber muy bien por qué, le producía aquella extraña y desagradable sensación.

Dejó que el viejo colchón de lana la absorbiese, como creando un escudo protector a su alrededor que completó con la montaña de mantas sobre ella. No quedaba ni un resquicio por el que se pudiese colar la más mínima partícula de aire. Se cubrió incluso la cabeza, como hacía cuando era pequeña y los miedos la rodeaban. Durante unos instantes consiguió sentirse protegida y serena.

Poco le duró aquella sensación. Apenas habían pasado unos minutos cuando escuchó con claridad un ruido en el interior de su habitación. Retuvo la respiración durante un instante para poder escuchar con más atención. En su mente se entremezclaron dos sonidos, el de su corazón martilleando con fuerza dentro de su pecho y un chirrido que jamás había escuchado y que continuaba de manera lenta y sin descanso. Exhaló el aire retenido con fuerza, como si con ese gesto fuera capaz de ahuyentar a aquello que fuera lo que producía aquel desagradable sonido, pero no tuvo suerte. El chirrido continuaba con su recorrido hasta que escuchó cómo se detuvo de manera abrupta con un fuerte choque contra algo. Parecía madera.

Temblando como estaba, pero incapaz de reprimir su curiosidad de saber si su mente le estaba jugando una mala pasada, tendió una mano hacia la mesilla y encendió la luz de la lamparita, la misma bajo la que había pasado tantas buenas noches sumergida en la lectura de un buen libro. Descubrió con horror cómo uno de los cajones de la cómoda de Ismael, el de la parte superior, estaba abierto por completo. De ahí provenía el chirrido, de aquel cajón de rieles oxidados que no había sido abierto durante largos años. Irene quedó petrificada, incapaz de moverse de su posición en la cama, que en aquellos momentos le parecía más una prisión de la que no podría escapar que un refugio. El ritmo de su corazón la golpeaba con fuerza en las sienes y una tremenda migraña comenzó a forjarse en su incrédula cabeza. Creyó escuchar voces, pero no había nadie más en aquella habitación. Solo ella y aquel maldito cajón abierto.

De pronto, sin esperarlo, una muñeca antigua se irguió sobre el cajón y, dando un giro espectacular a su cabeza, la miró con fijeza. La cara de aquella muñeca era tétrica, blanca por completo. Sus ojos eran dos cuencas vacías que le conferían un aspecto maligno y tenía restos de sangre reseca en su pálido rostro, restos que encubrían sin llegar a ocultar el mal presagio que se cernía sobre Irene. Esta comenzó a gritar con desesperación. Fueron gritos de verdadero terror los que se escucharon aquella noche que precedía al día de difuntos en la hasta ahora acogedora casa.

Santi despertó sobresaltado. Creía haber escuchado un grito espeluznante que provenía de la habitación de su esposa. Miles de imágenes convergieron en su mente en cuestión de segundos, aquellos recuerdos que había mantenido bloqueados y alejados de sí durante toda su vida, y solo pudo encomendarse a aquel Dios en que no creía para que la historia no se estuviese repitiendo otra vez. Corrió hacia la habitación de Irene, mientras las imágenes de su hermano Ismael venían a su mente como pistoletazos en su frente. Cuando llegó, la diabólica muñeca regresaba a su cajón, con el rostro aún más ensangrentado. Le dirigió una sonrisa y le miró con ojos inyectados en sangre antes de esconderse en las profundidades de la cómoda. El cajón se cerró de golpe.

El silencio se hizo absoluto en la casa. Irene reposaba en el hueco del colchón que fue su tumba, sin vida, completamente ensangrentada y con un hueco vacío allí donde estuviera su corazón enamorado. El resto de vísceras asomaban sanguinolentas con marcas de múltiples mordiscos. Santi reprimió una primera arcada, para después vomitar de manera violenta sobre el suelo de madera. Durante unos instantes, no era Irene sino la imagen de su hermano gemelo Ismael la que estaba tendida sobre la cama. Con un grito desgarrador salido desde sus propias entrañas, Santi cayó al suelo abatido por un fulminante infarto.

Mientras, los abuelos dormían con placidez en la habitación contigua sin los aparatos para escuchar puestos en los oídos, sin saber lo que aquella mañana del día de difuntos les deparaba.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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Este es mi relato nº 43 para Los 52 golpes. Como cada semana, os recomiendo pasaros por la web, donde podréis encontrar magníficos textos y poesías, además de mis golpes nº 44 y 45. Por cierto, recordad que está abierto el plazo para la presentación de candidaturas para la edición 2018. ¡Animaos!

“Sueña bonito, mi vida” – Desafíos literarios

“Sueña bonito, mi vida” – Desafíos literarios

 

SUEÑA BONITO, MI VIDA
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Aquí os dejo con mi aportación a Desafíos Literarios del pasado viernes, en mi columna Letras a la Deriva.

 

SUEÑA BONITO, MI VIDA

Cuando mi niña sueña no vienen a visitarla príncipes ni princesas. Faltan risas y alegrías, juegos y grandes castillos, hadas que vuelan brillando, ilusiones, carcajadas y sonrojos. Mi niña no sueña bonito, como a mí gustaría. Vienen las pesadillas a llevársela a escondidas, a parajes muy extraños, cubiertos de nada y nieve, con su osito bajo el brazo, sola, sin nadie que la consuele.

Cuando mi niña sueña lanza gritos asustados que llegan a mis oídos como lanzas, sin escudos, directos a mi corazón. Sueña llorando mi niña y yo me voy a su cama, la despierto, muy despacio y me pongo a consolarla. Sus bracitos asustados me rodean con premura, ruedan sus lágrimas dulces por mi cara, las absorbo con mis labios, yo me las bebo con rabia. Pobre niña pequeñita que se despierta asustada.

Cuando mi niña sueña navega en el mar bravío que la tormenta dejó en su tierna mente de infante. Sueña gritos, sueña golpes, sueña palabras vacías, con su osito de peluche siempre a cuestas, no sea que se encuentre sola cuando llegue la luz del día. Sueña con rayos y truenos, sueña con casas sombrías, con paisajes desolados sin colores, con ojos que no la miran. Ven conmigo, mi pequeña, que yo te protegeré, como siempre he hecho hasta ahora para que no te encuentre el monstruo que destrozó tu niñez. Duerme arrullada en mi abrazo, caluroso amor de madre. Duerme escuchando mi canto que solo intenta serenarte.

No sueñes más pesadillas, niña de mi corazón, que ya no volverá el monstruo que en tu mente las creó. Ya me encargué de vencerlo, tu madre siempre fue fuerte, no volverás a estar sola, te acompañaré hasta mi muerte. Ya puedes soñar bonito, mi dulce, mi tierna niña. Sueña con hadas y magos, con castillos y princesas, con raudas carreras de coches, con conejos despistados o con casitas de fresa.

Sueña con lo que tú quieras, si es bonito, vida mía. No volverás a encontrar nunca nuestra cama, nuestra vida, nuestra alegría, vacía.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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Reto literario: “Confesiones”

 

CONFESIONES
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Hoy os traigo el nuevo “relato” para el reto actual de Psheda, en su octavo miércoles de #escribirparaliberar. Para esta semana consistía en lo siguiente:

‘Hoy confieso: una mentira, un daño, una equivocación jamás admitida.’

Creo que hasta ahora este ha sido el más difícil. Aparte del estilo que le quiera dar al reto, mezclándolo con algo de creatividad literaria, soy yo en estado puro. Seguro que más de uno se sorprende. Es lo que hay.

 

CONFESIONES

Cuando la otra tarde nos reunimos el grupo de amigos de costumbre en casa de Ángel y nos pusimos a jugar a aquel juego, no tenía ni idea de lo complicado que iba a resultarme. Cuando me hablaron del juego pensé de inmediato en el “verdad, beso o atrevimiento” de toda la vida. Y no dudé en aceptar entrar en el juego. Pero lo que en principio debía ser una tarde de diversión con los amigos, se convirtió en un auténtico sufrimiento para mí. Los niños se lo estaban pasando en grande en una habitación diáfana que había en la casa y estaban por completo ajenos a nuestra tontería.

No tengo ni la más mínima idea de quién llevó el juego. Sí puedo decir que parecía un juego de mesa al uso, de los más tradicionales, con un tablero y unas tarjetas tipo Monopoly, en el que ibas avanzando por la vida. En aquellas sencillas tarjetas, en apariencia inofensivas, había varios apartados, siendo uno de ellos el llamado “Hoy confieso”, que sería el que se convertiría en mi tortura de aquella tarde.

Para hacer más interesante la partida, entre todos decidimos que la prenda a pagar por no cumplir con lo que pedía la tarjeta sería un chupito de licor. Os podréis imaginar cómo terminó aquello. Algunos, borrachos como cubas, vivían felices su borrachera sin importarles nada más. Otros, más sobrios que de buena mañana, lucían en la cara los signos de la vergüenza. Más de un enfado salió de aquella tarde y varias relaciones dañadas. ¿Quién sería el que tuvo la brillante idea de llevar aquel juego? Con lo fácil que hubiese sido echar unas rondas de mus, como hacíamos siempre que la tarde era desapacible para salir fuera.

He de confesar que yo no bebo, mi único vicio tanto confesable como inconfesable es el tabaco, por lo que yo formaba parte del grupito de sobrios avergonzados. Sé que fácilmente podría haber cubierto la tarde con alguna mentira, pero es en esos momentos cuando aflora mi integridad moral y me lo impide. En mi tarjetita de “Hoy confieso” se me pedían tres cosas: una mentira, un daño y una equivocación jamás admitida.

La mentira fue lo más fácil para mí. Incapaz de mentir por naturaleza, lo único que había contado en mi vida eran mentiras piadosas y alguna que otra omisión de la realidad, aunque eso no lo consideraba como una mentira. Así que tuve que rebuscar bien en mi interior para encontrar esa mentira. Me llegó a la mente brillando con luz propia, era la mayor mentira que había contado jamás, pero me exculpa pensar que prácticamente el cien por cien de la población la cuenta. Sí, lo reconozco, he mentido a mis hijos durante años contándoles historias acerca de los Reyes Magos y de Papá Noel. Incluso un año me inventé que Rudolf, el más importante de los renos de Papá Noel, se había hecho daño en una patita y por eso ese año Papá Noel solo podría traer un regalo, porque Rudolf no podía con más peso… “Así que sí, confieso que he mentido, crucificadme si queréis por ello”, les dije a mis amigos sacándoles la lengua.

Tener que confesar un daño fue algo más complicado. Sobre todo si tengo en cuenta que en mi esencia no tiene cabida dañar a nadie. A veces de buena, peco de tonta, ¿qué le vamos a hacer? Y, si lo pienso con seriedad, el mayor daño siempre me lo he hecho a mí misma. Y continúo haciéndolo. Me dañé muy seriamente durante años aguantando una situación insoportable. Todos se quejaban de que eso no valía, que tenía que ser un daño causado a otra persona. Y, de momento, creo que es algo que no he hecho. Quizá en un futuro, ¿quién sabe? Lo más seguro es que sí, pero de momento lo que hay es lo que hay. Se pusieron tan pesados con el tema que tuve que confesar que sí, el mayor daño me lo estaba haciendo a mí misma cada vez que me autolesionaba como consecuencia del rechazo hacia mí misma que me había creado toda esta situación. El silencio se volvió sepulcral, nadie tenía ni idea de eso. De verdad que le eché valor a la cosa…

Por último, tuve que confesar una equivocación que jamás hubiera admitido. Aunque en varias ocasiones ya había hecho alguna alusión al tema en tono de media broma, lo cierto es que nunca había admitido abiertamente que me había equivocado de profesión. Que a mis cuarenta años, reconocía haber fallado estrepitosamente cuando escogí mi camino profesional, y que esto solo me había producido frustración, escudándome durante años en un “a mí me gusta lo que hago”, que no se sostenía de ninguna de las maneras pero que al fin lograba convencer a mi entorno. Ahora que me lo pregunto, ¿podría considerarse esto también como una mentira? No, no creo, porque cuando yo decía esa frase, realmente me la creía. Aún no había abierto los ojos a la gran verdad que se extendía ante mí.

Lo bueno de aquella tarde es que no fui de las que terminó bailando sobre las mesas escudando las verdades tras alcohol, ni tampoco provoqué ningún enfado. Puede que mi pareja me mirase raro cuando confesé que a lo mejor en un futuro podría hacer daño a alguien, pero tampoco le di mayor importancia. Lo que sí sé es que mis amigos se quedaron preocupados por mí, porque la tontería esa de depresión que tenía encima, al parecer no era tal tontería.

Y sí, sigo pensando que el mayor daño que he hecho ha sido a mí misma, que la mayor mentira que he dicho me la he contado a mí misma, y que la mayor equivocación que jamás me atreví a confesar me dañaba directamente a mí. Puñetero juego, ¿a quién se le ocurriría? Mejor me hubiera ahogado las verdades en alcohol.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

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Todos necesitamos

Preciosa poesía de nuestra querida amiga Isabel. Es un enorme honor para mí ser la destinataria de semejante dedicatoria. No puedo dejar de compartirlo con vosotros y agradecer nuevamente a Isabel desde mi casa todo lo que me está ofreciendo en tan solo unos días. Miles de besos, amiga.

Apalabrando los días

Todos necesitamos

Todos necesitamos de un rumbo
y de alguien o algo que nos lo marque.
Y de un destino, que como meta,
no sea el infinito.

Y de un aire por el que puedan viajar
nuestros sonidos
cuando en lugar de un trinar de aves
sean llantos o quejidos.

Y de un mar por el que navegar
que esté dispuesto a salvar naves perdidas,
de mecerlas con sus olas
y de sellar con sus sales
las heridas.
Y de un viento favorable
que las lleve hasta un puerto tranquilo,
con un fondo
en el que fijar su ancla
y un noray
donde amarrar seguros.
Y de una tierra en la que caminar
hacia el destino elegido,
que como meta
no sea el infinito.

Isabel F. Bernaldo de Quirós
(De mi libro “Al son de las mareas”, Ediciones Vitruvio, 2014)

A Ana Centellas (https://anacentellasg.wordpress.com/) con admiración y cariño.

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