El vídeo del domingo: “Grandes amigos, grandes poetas VIII – Lorena Fernández”

AQUEL MAR
Ilustración: Lorena Fernández

 

 

Para este primer domingo del otoño, os traigo una colaboración muy especial para mí. Se trata de una amiga muy querida a la que conocí a través de la página de escritores El Poder de las Letras, y de la que surgió una bonita amistad que cruza océanos. Y es que hay veces que la vida, por muy dura que nos pueda parecer, pone en tu camino personas maravillosas que no hacen sino dar luz a tus días. Eso me ocurrió con Lorena. España y Argentina se hermanaron una vez más. Ahora tengo muy claro que mi primer viaje transoceánico será a Argentina, en busca de un encuentro que estoy segura será inolvidable. Gracias a ella, he conocido personas fantásticas y maravillosas, pero el cariño y la amistad con Lore superan todo lo demás.

Además, Lorena lleva a cabo un proyecto fantástico de difusión de la literatura, a través de Proyecto en Letras, llevándola a cabo de manera totalmente gratuita y desinteresada hasta el momento. En estos momentos, Proyecto en Letras es imposible de sostener de esta manera, y necesita nuestra colaboración más que nunca. Podéis poneros en contacto con ella y os contará las fantásticas propuestas que tiene para vosotros. Espero en un futuro poder colaborar con ella a otro nivel, sería un sueño hecho realidad.

Dicho esto, podéis conocer el gran trabajo de Lorena a través de su blog, que os recomiendo que visitéis. También podéis encontrarla en Facebook, en el grupo Proyecto en Letras, donde siempre seréis bien recibidos. Un grupo dinámico en el que podréis encontrar excelentes aportaciones literarias, sobre todo poesía. Pero la gran entidad del proyecto gira en torno al canal de YouTube, al que os recomiendo os suscribáis para no perderos nada de este interesante material que nos ofrece Lorena. Es más, os rogaría que lo hicierais para darle mayor visibilidad. Esa forma de difundir el arte merece que sea reconocida mundialmente, aunque ya lo es. Una mujer trabajadora, luchadora y, sobre todo, bellísima persona, está detrás de toda esta maquinaria para poner las letras de autores desconocidos al alcance de todos.

Si os soy sincera, fui yo la que le pidió directamente a Lorena que me hiciese el favor de proporcionarme algún material suyo para este espacio, porque me encantaba la idea de hacerlo. Y, cuando Lorena me envió su poemario, “Violeta y otras”, quedé maravillada. Desde aquí te agradezco de todo corazón, amiga, que hayas buscado un huequecito en tu agitada agenda para mí. Me recomendó dos poemas para su lectura, y en base a ello, he realizado mi elección. El primero de ellos estaba dedicado a Dios y, por mi forma de pensar, no me pareció conveniente porque no iba a poder imprimirle el sentimiento necesario. Así que escogí el segundo de ellos, “Aquel mar”, dirigido a una mujer muy importante en la vida de nuestra amiga Lorena. Al igual que ocurrió la semana pasada con el texto de nuestra amiga Luna Paniagua, he tenido que hacer la lectura del poema varias veces, porque la voz se me quebraba y no me dejaba continuar. Aún así, al final no he logrado dejarle sin parte de ese sentimiento que brotaba de mí al leerlo. A las imágenes les he intentado dar un toque esperanzador a través de los tenues retazos de fuegos artificiales y, como siempre, está preparado con todo el cariño del mundo. Espero que os guste.

Muchísimas gracias, Lorena, por haberme permitido realizar este vídeo. Pero, sobre todo, muchísimas gracias por esa amistad tan preciosa que me has brindado. Me siento muy afortunada por ello y sigo pensando que no ha sido casualidad. Te debo un mate, amiga. Te quiero mucho.

Si alguno de vosotros está interesado en colaborar conmigo en esta nueva sección, solo tenéis que enviarme un mail a esta dirección de correo, o simplemente avisarme en los comentarios y ya me pondré en contacto con vosotros. ¡Espero ilusionada vuestras colaboraciones!

Ya me despido hasta el próximo domingo, casi prontos a la vuelta completa a la rutina. ¡Que paséis un muy feliz domingo y tengáis una semana estupenda! ¡Besos! ¡Se os quiere!

*PD: Por cierto, Lorena es una de las “privilegiadas” a las que permito que me llamen Anita, es más, ¡me gusta que lo haga!

 

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Por capítulos: “La cabaña”

Por capítulos: “La cabaña”

 

LA CABAÑA
Imagen propia. Derechos registrados.

 

Como siempre, después de terminar una serie de “Por capítulos” os dejo el relato completo, para los que prefieren leer así. Ahora sí que no tenéis excusa para no leerlo… ¡Espero que os guste!

 

LA CABAÑA

Harto como estaba de la vida en la gran ciudad, cargada de prisas y de ansiedad, llegó un momento en que necesité hacer un pequeño impase, un ligero paréntesis dentro del alocado frenesí de mi vida. Siempre he pensado que a toda persona le llega un momento en la vida en que necesita un cambio, un giro radical, un paréntesis para reflexionar si el camino vivido es aquel que quería vivir.

Mi trabajo como agente de bolsa me había generado un considerable capital, disponía de todos los lujos inimaginables a mi alcance, pero también me había llevado a una vida de estrés y ansiedad que ya me envió al hospital en un par de ocasiones. Aparte de que me había impedido tener una compañía sentimental estable y había echado al traste mis ilusiones de ser padre. Así que, cuando llegó el momento en el que decidir entre mi trabajo y mi salud, tanto física como emocional, no lo dudé ni un instante.

Presenté la baja en el trabajo justo unos días antes de comenzar mis vacaciones de verano, para qué esperar más días con aquel sufrimiento. Perdí mucho dinero con ello, algo que siempre había sido un objetivo primordial en mi vida, pero no me importó. Es algo que no te importa cuando descubres que el dinero no te sirve de nada si no gozas de salud para disfrutarlo o si la vida que te proporciona no te satisface.

En esos días previos a lo que sería mi periodo vacacional, aproveché para dejar algo encauzada mi hasta entonces vida. Recogí las mínimas pertenencias que estimé necesarias y partí, cerrando mi casa como si fuese a regresar en cualquier momento, aunque con la convicción de que ya no regresaría jamás. El avión que tomé para acercarme a mi destino costero fue el último lujo que me permití en mucho tiempo, aún hasta el día de hoy.

Pasé unos días en el alojamiento que tenía reservado para mis solitarias vacaciones, y esos días los empleé en inspeccionar la zona. No tardé mucho en localizar una pequeña cala, ajena a miradas indiscretas, y perfecta para mi objetivo. Durante aquellos días, dispuse del tiempo necesario para pensar con mucha calma y confirmar que había elegido el camino correcto, el que quería recorrer. Y que el lugar fuera el apropiado.

Fueron varios los días los que tardé en tener completado mi objetivo. Días duros trabajando de sol a sol, acompañado tan solo del rumor de las olas y el sonido de las gaviotas. Al principio necesité de varias noches adicionales en mi alojamiento. Fue más duro de lo que pensaba. Pero cuando por fin vi mi pequeña cabaña terminada, la satisfacción fue inmensa.

Por completo construida en madera, de forma bastante rudimentaria, mi cabaña se encontraba en un rincón de la preciosa calita, a una distancia prudencial para que las mareas no me alcanzasen. Un atolón de piedras algunos metros mar adentro, me protegería del oleaje, puesto que las olas rompían allí, llegando a mí calmadas, a pesar de tratarse de pleno océano. El interior, por supuesto también era por completo de madera. Gruesas vigas atravesaban el techo, quedando al descubierto. El suelo, también de madera, construido de forma bastante tosca y ruda, fue lo que más me costó. Con tablones que iba encontrando fui construyendo la mesa, varias sillas y un sillón.

Pasé varios años en la más absoluta soledad. Solo tomaba una bicicleta, que había comprado al poco de llegar, una vez a la semana para acercarme al pueblo y hacer algo de compra. Siempre viandas ligeras. Adelgacé cerca de treinta kilos en aquellos tiempos, dejé crecer mi barba sin limitaciones y mi piel se curtió por el sol y el viento de la costa. No necesitaba nada más que estar conmigo mismo para ser feliz. Yo mismo me describiría como una especie de ermitaño.

Cierto día, ocurrió algo por completo inesperado. Era principios de verano y el calor ya comenzaba a ser acuciante. Una familia de turistas llegó a mi cala. Los humanos somos curiosos por naturaleza. En verdad, me extrañaba que no hubiese ocurrido antes. Salí de mi pequeña cabaña para saludarles. Mis ropas no eran las mejores, no eran los caros trajes que antaño solía utilizar para ir al trabajo, pero siempre estaban limpias y de vez en cuando las reponía. No se podía decir que viviera en andrajos. Pero he de reconocer que mi aspecto tampoco era el más normal del mundo, así que no me extrañé cuando aquella familia al principio desconfió de mí.

Si os soy sincero, mi primera reacción también fue de desconfianza. Llevaba demasiado tiempo solo y las pocas palabras que cruzaba en el pueblo al hacer la compra tampoco me habían granjeado amistades allí. Y la verdad es que tampoco las buscaba. Para mí, mi vida era perfecta ahora tal y como era. Ya la vida se había encargado de demostrarme que detrás de una amistad suele haber una gran dosis de interés, y yo ya no quería formar parte de aquella rueda.

Pero, según fue pasando el día, entre aquella familia y yo se instaló una especie de cordialidad que terminó resultándome bastante agradable. Aquella noche pensé mucho en lo que había ocurrido. Me debatía entre dos sentimientos encontrados. Uno de ellos me decía que ya estaba preparado, que necesitaba de otros seres humanos para que mi vida fuese en verdad plena. El otro, más conservador, me decía que me había sentado bien salir de mi rutina eremita y relacionarme con otras personas pero que, en realidad, prefería seguir viviendo como hasta ahora.

Si os digo la verdad, no fue solo aquella noche la que duró mi debate interior. Pasé varios días, nervioso a más no poder, sopesando las dos posibilidades. No descansaba bien por las noches y durante el día no podía concentrarme en la más mínima tarea. Solo cuando mi corazón tomó una decisión comencé a notar cierta calma. El pensamiento más conservador ganó al final la batalla. Tras todos aquellos días de meditación pura y dura, en los que pasaba largos periodos contemplando el mar, fue una puesta de sol la que me ofreció la gran revelación que tanto ansiaba encontrar. Sentía pánico absoluto al contacto con la humanidad y que esta alterase, con sus viciados comportamientos, el nivel de plenitud que se había instaurado en mi vida desde que comenzó mi retiro minimalista.

Así pasé un año más. En total fueron cinco los que transcurrieron en la soledad más absoluta, mientras intentaba establecer el mínimo contacto posible con la civilización. Por aquellos tiempos ya llevaba realizados grandes y hermosos cambios en mi cabaña. Ya no era la pequeña y sobria de los inicios. No solo había ganado en extensión, sino también en mobiliario y decoración. Todo ello lo había hecho yo con mis propias manos y todo el tiempo del mundo, a excepción del cómodo colchón que yo mismo había acarreado hasta allí. El trabajo duro y el clima de la costa habían convertido al delgado oficinista que llegó por casualidad a aquella cala, en un fornido y curtido hombre de anchas espaldas y fuerzas descomunales. Como la mayor parte del trabajo físico lo realizaba sin cubrirme el torso con ninguna prenda, lucía un espectacular bronceado durante todo el año.

Mis anhelos ermitaños me llevaron también a cultivar un pequeño huerto en la zona donde terminaba la arena, en el espacio dejado por los árboles que yo mismo había serrado. Este me proveía de alimentación variada durante todo el año, por lo que mi dieta poco a poco fue transformándose en vegana. Con ello, mis visitas al pueblo cada vez se reducían aún más.

Una larga melena rizada llegó a cubrirme los hombros, lo que hacía que tuviese que recortarla de vez en cuando con mi afilada navaja. Siempre la llevaba recogida en un moño alto que yo mismo sujetaba con un pequeño palo. La barba también creció lo suyo durante esos años, con la diferencia de que jamás la recorté, por lo que me llegaba hasta la zona del ombligo. Ya la podía ver recubierta de pequeñas canas, clara señal del paso del tiempo.

Como no disponía ni de reloj ni calendario, yo mismo organicé un sistema de medición del tiempo. No precisaba de hora, pues me levantaba con el amanecer y me acostaba varias horas después del ocaso, y no había ningún horario que me mantuviese atado a nada. Pero sí iba anotando los días en una tablilla de madera, de forma que siempre sabía el día, el mes y el año en el que me encontraba.

Pero hubo un momento en que volvieron a llegar visitantes a mi pequeña cala. Esta vez era una familia del pueblo. Había sido tan ingenuo de creer que tras cinco años de existencia en aquella apacible cala, los habitantes del pueblo no habrían hablado sobre mí, y habrían indagado algo acerca de dónde vivía. Al principio me mostré receloso, para qué nos vamos a engañar, pero lo cierto es que aquella humilde familia se ganó mi corazón en unas pocas horas.

Vinieron cargados con una gran nevera, repleta de comida para compartirla conmigo. Dos niños pequeños les acompañaban y, para mi sorpresa, disfruté mucho jugando con ellos en el mar. Nunca me habían gustado los niños, los consideraba criaturas ruidosas que solo roban la paz, y jamás se me había pasado por la cabeza llegar a convertirme en padre. Pero creo que aquel día me pillaron débil de corazón y necesitado de compañía, porque lo cierto es que pasé un día de lo más agradable.

Habían traído tanta comida, que pasaron el día haciéndome compañía y cenamos juntos a la luz del crepúsculo, alumbrados tan solo por mi tosco candil de forja, rescatado de algún lugar.

Por mi parte, les ofrecí una generosa ración de la cosecha de mi huerto, que no dudaron en aceptar. Quedaron maravillados por la plantación que había logrado sostener tan cercana al mar. Se suponía que, aunque ya no estuviese cubierto por arena de playa, sí contendría gran parte del salitre del mar, por lo que era muy poco probable que cualquier planta, a excepción de los árboles fuertes y robustos, pudiera crecer allí. Orgulloso, les demostré que sí era posible y tuvieron oportunidad de probar las magníficas verduras ecológicas con las que me alimentaba a diario. Poco más les pude ofrecer, aparte de un café de puchero que sorprendió a todo el mundo por su exquisitez. He de reconocer que si en algo no he escatimado ha sido en café, imprescindible para mi puesta en marcha. Lo compraba en grano y siempre tomaba un delicioso café recién molido preparado con mucho cariño. Ese es su secreto.

La cuestión es que, afortunado como me sentía de haber encontrado aquella compañía tan grata, yo mismo les invité a venir el fin de semana siguiente. Esta vez el menú correría de mi cuenta. Todo un éxito, pues les sorprendí con una muestra de mis artes culinarios veganos, que había aprendido por mí mismo. Incluso preparé un delicioso bizcocho, para demostrarles hasta dónde podía llegar mi capacidad de cocina sin necesidad de ningún alimento de origen animal.

Este ritual se extendió durante varias semanas. Yo estaba entusiasmado, por primera vez en años, por volver a tener compañía. Y esperaba su llegada con expectación. El último fin de semana que nos vimos, me invitaron a la fiesta de cumpleaños de su hijo mayor, que celebrarían en su casa el fin de semana siguiente. Se despidieron de mí con un ruego y la promesa de que me lo pensaría. Y vaya si lo pensé. Lo pensé tanto que el mismo día de la fiesta aún no tenía decidido si ir o no. Una cosa era mantener una amistad con esta maravillosa familia, y otra muy distinta mi integración de nuevo en la sociedad. Algo que odiaba con todo mi ser.

El día de la fiesta me levanté desanimado. Aún no tenía decidido qué quería hacer y mi vestuario tampoco es que fuese el más apropiado para ir a una celebración. Al sorprenderme echando de menos los trajes de marca que estarían guardados en mi armario de Madrid, supe que estaría cometiendo una locura, porque volvería a la espiral consumista y estresante de la que había huido años atrás. Pero no tuve opción, porque momentos antes de la hora fijada, Roberto, el padre de familia, llegó con su coche acompañado de su hijo mayor, a buscarme para asegurarse de que acudiría. No les importó mi vestuario, así que no tuve más remedio que acompañarles.

Aquel día, todo el mundo en el pueblo se enteró de mi historia, de dónde vivía y por qué. Pero en lugar de encontrarme con burlas, que era lo que yo esperaba, encontré una hospitalidad entrañable. Todos estaban dispuestos a echarme una mano en lo que hiciera falta. Y yo, incrédulo como soy, no me podía creer lo que estaba viviendo.

Desde entonces, cada fin de semana una familia del pueblo viene a la cala a pasar el día conmigo. Nunca vienen varias para no agobiarme, saben que aún necesito mi espacio. Y yo se lo agradezco enormemente. La verdad es que he encontrado en ellos unos amigos estupendos.

La noticia fue corriendo por los pueblos de la zona y cada vez venía más y más gente a visitarme. Mientras, yo me iba acostumbrando poco a poco a ellos. Mi café de puchero se hizo famoso, así como mi bizcocho vegano, por lo que a la hora de la merienda era cuando más afluencia de visitas tenía. Todo el mundo quería probarlo, y yo lo preparaba encantado.

Llegó un momento en que cada día dejaba preparado un bizcocho la noche anterior, para las visitas que tuviese al día siguiente, sin saber si serían muchas o pocas. De lo que sí estaba seguro era que las tendría.

Acabó gustándome tanto su presencia allí, conmigo, en mi pequeña cabaña a la que no faltaba ni un solo detalle, que coloqué un letrero pintado por mí en el cruce con la carretera que da acceso a esta pequeña playa. Indicaba a todo el mundo dónde estaba mi cabaña.

Pronto mi modesta cabaña se hizo conocida por todos los alrededores y gente de toda la comarca venían a visitarme cada día. Tal fue el impacto que causó mi situación y mi estilo de vida, que se ha hecho conocida hasta por los turistas que venían a veranear por la zona. Mis meriendas con el delicioso café de puchero y bizcocho, alcanzaron una fama que jamás hubiese podido imaginar, sobre todo conociendo las razones que me movieron a buscar aquel estilo de vida eremita.

Pero yo ya me había acostumbrado al contacto humano de nuevo y precisaba de aquellas visitas. Me hacían sentir una felicidad inmensa, sobre todo las visitas de las familias del pueblo, que siempre me traían algún detalle para la casa o ricos platos preparados por ellos mismos. Veganos, por supuesto. Creo que, a aquellas alturas, ya prácticamente todo el pueblo había cambiado su estilo de alimentación.

De pronto, un día cualquiera, poco después del amanecer, vino a visitarme un hombre que jamás había venido por aquí. Vestía ropa informal, pero yo le veía con claridad vestido con el mejor traje de Armani. De inmediato, desconfié de él. Alguien que cambia su indumentaria por acoplarse al lugar, no podría traer nada bueno. Yo auguraba mentiras en él. Mentiras y suciedad.

Qué poco me equivoqué. Resultó ser un alto ejecutivo de una empresa alcoholera y venía a proponerme un negocio. Por supuesto, habían observado la cantidad de gente que se acercaba hasta mí todos los días y quería negociar conmigo. Me propuesto convertir mi hogar en una coctelería. Decía que el enclave era maravilloso, que yo tenía todos los dones para hacerlo, que mi aspecto ayudaría aún más a dar credibilidad al negocio, que la clientela ya estaba asegurada y no sé cuántas estupideces más. Incluso me habló de cifras, mostrándome exorbitantes beneficios a corto plazo en su tablet último modelo. Beneficios de los cuales yo percibiría una parte irrisoria. A cambio, ellos se ocuparían de acondicionar “el local” y preparar una coqueta terraza sobre la arena.

En el momento en que se refirió a mi humilde casa, que con tanto esfuerzo había construido, con la palabra local, lo mandé con cajas destempladas de mi territorio. Pero he de reconocer que la idea era buena. Yo fabricaba mi propio ron de caña, disponía de fruta en abundancia, así como de hierbas aromáticas. Podría preparar unos cócteles deliciosos. Pero jamás cobraría por ellos. Ese ya no era mi estilo de vida, no la búsqueda del beneficio propio.

En todo aquel tiempo aprendí que es mejor ayudar al prójimo que intentar comérselo, cómo trataban de hacer los tiburones como aquel que vino a visitarme tan temprano. Así que ahora, cualquiera que pase por mi cala y vea el letrero de mi cabaña, podrá elegir entre un sublime café de puchero, mi ya famoso bizcocho vegano, y una gran variedad de cocteles que yo mismo preparaba con desparpajo, mientras disfrutaba de las nuevas amistades que iba forjando por el camino.

Hubo quien me llegó a decir que tenía tantas visitas por interés, porque mi comida era gratis. Pero, ¿sabéis qué os digo? Que me da igual. Yo me siento bien haciéndolo, que es lo importante. Hoy por hoy, soy feliz. Incluso me ha llegado el amor hasta mi pequeño rincón. ¿Qué más puedo pedir?

Mi adorada sirena vive conmigo en un paraíso construido a partir de un sueño que logré hacer partícipe de mi realidad. Vivimos sin lujos, sin excesos, con calma, sin prisas. Nos amamos con locura, el mar ha sido fiel testigo de ello, en las claras noches a la luz de la luna o en las oscuras noches en las que apenas nos vemos los cuerpos. Incluso sus cálidas aguas han sido testigo de primera mano de la pasión y el amor que nos une. Creo que no podría cambiar mi vida actual por nada en el mundo.

Por cierto, ¿alguien está interesado en la compra de un ático completamente amueblado en pleno centro de Madrid? Estoy abierto a escuchar ofertas. De regalo van los trajes de Armani.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Hoy no me reconoces

Porque es una enfermedad que no solo dura un día, porque me toca la fibra mucho, porque está magistralmente escrito, por eso lo tengo que compartir.

Buscando a Casiopea

Hoy no me reconoces. Veo en tu mirada una mezcla de miedo, impotencia e incredulidad, por eso lo sé. Finges que me recuerdas, porque te resulto familiar, pero evitas llamarme por mi nombre. No sabes cuál es. Intento eludir el tema y hablar contigo de algo que te distraiga de tu situación, de algo que no implique un ejercicio de memoria. Sin embargo, tus esfuerzos por disimular te agotan y ese cansancio no lo puedes esconder.

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Un poquito más de mí

Un poquito más de mí
Imagen propia

Fijaos qué idea más tonta he tenido, será que me sobra el tiempo jajajaja. Pero la verdad es que me apetece mucho y me parece una experiencia muy bonita el poder compartir con vosotros algo más sobre mí, aunque creo que ya lo debéis de saber todo… o casi todo…

En primer lugar, lo primero que os quiero contar es algo muy trivial, pero, por algún motivo que desconozco, me da una rabia tremenda. Lo voy a soltar así, de golpe, como quien no quiere la cosa, sin anestesia, esperando que nadie se sienta ofendido:

Sí, lo confieso delante de todos vosotros: odio que me llamen Anita. Siempre he tenido una especial tirria a ese nombre y, aunque hay determinadas personas muy especiales a las que se lo permito, que son muy pocas y contadas con los dedos de una mano, aunque no os lo diga lo odio, y de qué manera.

Quizá ahora pueda resultarme ridículo utilizar ese diminutivo para mi nombre, ya que alcancé la tan temida cuarentena y, oye, no se está tan mal, pero que me llamen Anita a mi edad parece que me chirría un poco. Aunque lo cierto es que es algo que vengo arrastrando toda la vida, era oír decir Anita y mi mente, rauda y veloz cual centella (fijaos qué bien hilado, ¿eh? jajaja) en el cielo, respondía con acento de retintín, Anita dinamita. Jajajaja.

Os invito y os pido por favor que me llaméis Ana, Anuski, Anuchi… como prefiráis, pero siempre mejor que Anita

Así que, como  alguien vuelva a llamarme  Anita, tarde o temprano, ¡tarjeta roja y expulsión! Jajajaja, es broma.

Esto es todo por hoy, la semana que viene más. Y lo cierto es que me siento como en una partida de streap-póker, hasta que me quede sin prendas que me cubran, y me muestre tal cual soy. Al natural.

PD: A raíz de mi entrada de hace unos días, en la cual realizaba un ejercicio literario que trataba sobre tu vida diez años después, he recibido bastantes felicitaciones por mi cumpleaños. Os lo agradezco de corazón, en serio, pero solo quiero aclarar una pequeña cosa:

UN POQUITO MÁS DE MÍ

¡Era solo un ejercicio! Si todo lo que escribo estuviese basado en mi realidad, apaga y vámonos, jajajaja. Y es que, por si no tuviera yo suficiente con la crisis de los 40, que me echéis 50 ya es para ponerse a llorar directamente…

Así que repetid conmigo: Te llamas Ana y tienes 40 años, te llamas Ana y tienes 40 años…

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El relato del viernes: “Cuando se muere una flor”

El relato del viernes: “Cuando se muere una flor”

 

CUANDO SE MUERE UNA FLOR
Imagen: Morguefile (editada)

 

 

CUANDO SE MUERE UNA FLOR

Se me secaron las hojas, se me secaron los pétalos. A mí y a mis compañeras, nos quemamos bajo el sol, ese torrente abrasador que nos quitaba la vida, mientras el mundo seguía girando sin apenas vernos. Nos morimos en silencio, como las grandes personas, sin emitir lamentos, ni llantos ni queja alguna. Y los niños que, en su día, corrieron entre nosotras, nos olvidaron de pronto. Partieron a otros lugares, a disfrutar de su verano en sitios de playa y sol. Quedamos abandonadas bajo un infierno dorado que, poco a poco, casi sin dejar rastro, nos fue consumiendo a todas. Nos morimos bajo el sol.

A nadie le ha preocupado que nosotras marchitáramos. A nadie vimos llorar por la primavera que partió. Todos siguen con sus vidas, nos cambiaron por la arena, por paseos en la noche y largas siestas al sol. Nosotras les dimos vida, alegría, dulce aroma y vivos colores. Todos estaban contentos, nos llevaban a sus casas, nos cuidaban, nos mimaban, nos mojaban con su agua cuando la lluvia no estaba. Pero cambiaron los vientos y mudaron la veleta que les traía hacia nuestros campos. Y con los vientos cambiados se fueron a otros lugares, se fueron sin importarles si vivíamos o no.

Ahora ha llegado el otoño, todo se cubrirá de hojas. Nuestros pétalos marchitos se irán volando otra vez. Y cuando llegue el invierno y la nieve cubra todo, volverán a recordarnos y a querernos, a pedir que volvamos con ellos de nuevo.

Soy flor y, como tú, siento, pero no guardo rencores. Cuando la primavera regrese, volveremos a los campos, a llenarlos de luz y color. Traeremos colores rojos, amarillos y azulados, todos quedarán enamorados de la belleza que mostraremos para que puedan sentir la primavera corriendo por sus heladas venas. Volveremos, sí, volveremos. De eso no os quepa duda. Pero aunque no guardemos rencores, daña nuestros corazones, que nadie en el mundo llore cuando se muere una flor.

Volveremos con colores cada vez menos brillantes, viendo cómo en todo el año nuestra vida va acortándose. La primavera se muere, se os escapa de las manos, y todo es por culpa vuestra, por vuestros malos quehaceres. Cada cual sigue a lo suyo, no hacéis nada por remediarlo, volveréis con vuestras risas, vuestros juegos y descansos, a disfrutar del verano. Mientras tanto, cada día, moriremos de una en una, tristes, solas y abandonadas, y a nadie le importará nada. No os extrañe si algún día, no regresa vuestra flor.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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Mi jueves de poesía: “Corazón resquebrajado”

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CORAZÓN RESQUEBRAJADO

Igual que emana la sangre

de una herida en la mano abierta,

igual sangra el corazón

cuando sufre las heridas,

cuando se rompe en pedazos,

llora sangre y se lastima.

Pobre corazón herido

a causa de un desamor.

 

Ya por mucho que le pongas

pegamento en las heridas,

queda roto y enjaulado,

ya nadie lo recompone.

Podrás pegarle unos trazos

de otro amor con otro nombre,

pero será diferente,

no es el mismo corazón.

 

Y mi corazón ya roto,

resquebrajado y herido,

siempre va a marchas forzadas,

no llega jamás a tiempo,

siempre se salta un latido

dependiendo del momento.

Ando buscando una cura

para mi corazón maltrecho.

 

Si tú vienes a curarme,

he de advertirte, primero,

que mi corazón se ha roto,

que está partido en pedazos,

que nunca lo recompusieron.

Más no cejes, hazle un lazo

aunque sea ardua tarea.

Prometo recompensarte.

 

Sé que juntos lograremos,

con cariño y con pasión

devolverle los latidos

al corazón que vivió

una vez envuelto en llamas,

pero que nunca murió.

Arreglémosle bien juntos,

en nombre de nuestro amor.

 

Y aunque sea diferente

de aquel primer corazón,

guarda dentro sentimientos,

alegrías y tristezas.

Sácalas a fuego lento,

compréndeme en las rarezas,

compréndeme vida mía,

rompieron mi corazón.

 

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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