El relato del viernes: “La victoria”

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La victoria

Cuando abrió los ojos se encontró con que una oscuridad, casi palpable, la rodeaba por completo. Era de una negrura tan intensa que, por un instante, temió haberse quedado ciega, pero su instinto le decía que no era así. Eso y algún pequeño resquicio que permitía soslayar unas tenues sombras menos intensas. Parpadeó repetidas veces con la esperanza de diluir esa oscura neblina que se había instalado frente a ella, sin resultado alguno.

No tardó en comenzar a sentir esa sensación tan habitual, esa antigua conocida que se amordazaba a su estómago, pinzándolo de una manera tan dolorosa que parecía querer salir por la garganta en forma de grito y por los ojos en forma de lágrimas. La angustia, vieja compañera de viaje, no la había abandonado jamás desde la primera vez que se instaló en su interior, apenas siendo una niña. Y allí estaba de nuevo, formando espirales en sus entrañas y retorciéndolas hasta el punto de dejarla sin aire.

Cerró los ojos. No quería contemplar aquello que tanto daño le hacía. O no podía, no lo tenía claro, aunque prefería pensar que no quería. Para su sorpresa, un nuevo torbellino fue arremolinándose en su vientre, uno muy distinto al anterior. Uno que, hasta entonces, era un completo desconocido para ella. Y, sin embargo, lo acogió con gusto, dándole la bienvenida y haciendo hueco en su interior para que pudiese expandirse a sus anchas. Estaba harta. Se encontraba ya cansada de sentirse siempre atemorizada, siempre acobardada ante la incertidumbre, apocada frente a las novedades.

La rabia comenzó a forjarse en lo más profundo de su ser. Al principio con timidez, pero, al sentirse bien recibida, fue cogiendo fuerza a una velocidad impresionante. Su calor asolaba todo a su paso y podía sentir cómo las mejillas y sus orejas adquirían un tono encarnado, aunque no pudiera verlas. Tal fue la fuerza con la que la rabia arrasó en su interior que el valor encontró también un resquicio por el que colarse. Y, sintiéndose protegida por esos nuevos sentimientos que habían irrumpido en su ser, decidió abrir de nuevo los ojos.

Al hacerlo, lo primero que advirtió fue que la oscuridad ya no era tan absoluta como antes. Ya no se cernía sobre ella como si quisiera atraparla con sus garras. Por eso se obligó a mantener los ojos bien abiertos, observando cada pequeño cambio que pudiese ocurrir a su alrededor. Poco a poco, todo se fue aclarando. La oscuridad se fue empequeñeciendo hasta quedar convertida en una minúscula mota negra que hizo desaparecer con un simple soplido.

En aquel momento, se sintió poderosa, fuerte y llena de energía. Y aliviada. Había conseguido vencer a sus miedos.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Descafeinado”

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Descafeinado

Nos quedaron tantos besos en el aire,
tanto abrazo suspendido
tras el cierre de función.
Se nos olvidaron las ganas
de compartir la colada,
separamos por colores
y tanto se nos fue la mano
que el filtro nos alejó.
Tantas palabras perdidas
no salieron de los labios
y solo el eco quedó.
Y en la vida solo se oye
el silbar de la cafetera,
desidia descafeinada
que, a sorbos,
solo me la tomo yo.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Demasiado tarde”

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Demasiado tarde

Todas las mañanas, desde hacía casi dos años, iba a desayunar a la misma cafetería. Le gustaba sentarse en la mesa del rincón, la que estaba más alejada de la puerta y de la barra, donde gozaba de una cierta intimidad que le parecía relajante. Al mismo tiempo, tenía una vista privilegiada del exterior a través del amplio ventanal que rodeaba el establecimiento. Pedía siempre el mismo desayuno, un café con leche bien caliente y un croissant de mantequilla que se deshacía en la boca. Y allí le gustaba pasar las horas, refugiada en un buen libro, su eterno compañero de cruzadas, y observando a la gente que entraba en la cafetería o caminaba por la calle.

Coincidía con él desde hacía algo más de un año. Apareció por primera vez por allí un día lluvioso y frío perdido en el mes de noviembre, un día fugaz de otoño como cualquier otro, con sus vaqueros desgastados y su sonrisa bañada en tormenta. El frío se coló por la puerta cuando entró y, junto a él, también lo hizo un cálido rayo de sol, a pesar de la capota plomiza que cubría el ambiente. Desde aquel momento, decidió que los días de lluvia serían sus preferidos, porque traían consigo la primavera.

Tomó la costumbre de sentarse cada día en la misma mesa, igual que ella, que interpretó aquel gesto cotidiano como la señal más sincera que le podía haber enviado el destino. Entre sus manos, un eterno periódico que acompañaba al café, solo, doble y sin azúcar, y a la exigua tostada con tomate que languidecía frente a él con el pasar de los minutos. Un extraño espécimen en extinción camuflado en una jungla de depredadores inmersos en las pantallas de sus teléfonos móviles. Nunca dejaba su mesa hasta haber leído la última de las páginas del diario, cuando apuraba la última gota de un café que hacía tiempo debía haber perdido su calidez.

De vez en cuando intercambiaban alguna efímera mirada, instantes de íntima conexión que fueron dando las puntadas que tejieron el más profundo sentimiento en el interior de su corazón. La sonrisa se instaló en su rostro con un contrato de alquiler de larga duración y la ilusión anidó en su vida por primera vez en mucho tiempo. Su libro quedaba relegado a una esquina de su mesa en cuanto él cruzaba el umbral y su mirada se perdía en la profundidad del abismo que parecía separarlos.

Cada noche fantaseaba con acercarse a él, con preguntarle su nombre, con entrelazar sus manos en torno a aquel periódico que siempre dejaba en la mesa cuando se marchaba y que ella atesoraba junto a la mesita de noche, inhalando su aroma hasta quedarse dormida. Y se dormía con la firme determinación de hacerlo al día siguiente. Pero, con el primer rayo de luz de la mañana, todo su arrojo se disolvía, al igual que lo hacía el azúcar en el primer café, y se conformaba con contemplarlo en la distancia, alimentando cada día un poco más sus sueños y sus ilusiones.

Cuántas veces se había reprendido a sí misma por su falta de valor. Cuántas se había llamado cobarde y se había sumergido en las oscuras aguas del pozo de la auto compasión. Pero ya había esperado demasiado tiempo y, por fin, había logrado reunir el coraje necesario para lanzarse a una piscina que esperaba que tuviese el agua suficiente para que la caída no fuese mortal para su corazón. Aquella mañana puso especial atención a su amor propio y dedicó largos minutos a arreglarse con esmero. Se pintó de rojo la mejor de las sonrisas y se subió en aquellos tacones que siempre la habían hecho sentir mejor, contemplando la vida desde una altura diferente.

Pasaron los minutos sin que el fin de sus anhelos apareciese por la puerta. Su croissant languidecía en el platillo a la espera de que se desatase el nudo que se había formado en su estómago. El café con leche se enfrió tanto como lo hizo su sonrisa. Tanto como lo hizo, también, su alma. Los minutos se transformaron en horas, los cafés en cervezas y las tostadas en platos combinados. El bullicio del desayuno dio paso a las tranquilas conversaciones de sobremesa, el carmín de sus labios murió en una servilleta y el rímel recorrió los ríos que iban formando sus lágrimas en el valle de las mejillas sonrojadas.

Creyó morir cuando le dijeron que no volvería, que el trabajo se lo había llevado lejos de la ciudad, del país e, incluso, del continente. Creyó morir cuando se dio cuenta de que la valentía había llegado a su vida, una vez más, demasiado tarde. Salió de la cafetería con prisa, sin las noticias bajo el brazo de un periódico que jamas leería y dejando olvidado su libro en el deslucido poliéster de una silla de madera. Por una vez, tomó el móvil, pero no para dejarse atrapar en la almadraba tejida por las redes sociales. Lo hizo para hacer esas llamadas que llevaba tiempo queriendo hacer y para las que nunca encontraba la ocasión apropiada, esas que el temor le impedía hacer. Golpeó a sus miedos en la cara y derribó todas las barreras que llevaba años erigiendo ante sí misma. Antes de que fuese demasiado tarde.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Perdón”

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Perdón

Quise pedirle perdón
al cielo
por todos los pecados cometidos
-y que seguiré cometiendo-.
Perdón
porque no supe quererme
como hubiese debido,
por lastimarme a sabiendas
para no herir a alguien más.
Perdón
por dejar que el ego
tome el control de mi vida,
por renegar de mi esencia,
por callar en un suspiro
lo que no supe expresar.
Perdón
por todos los miedos,
por la culpa,
por haber querido a veces
dar un fin irreversible
a lo que un día una madre
-la mía-
con tanto cariño crió.
Perdón porque mis pecados
fueron todos capitales,
soberbia, ira, avaricia,
pereza, envidia,
lujuria,
–¿seguro que es un pecado?-
y hasta por gula falté.
Quise pedir perdón al cielo,
a un ser supremo
o a Dios,
pero he sido tan pagana
-y lo seguiré siendo-
que solo pude pedirme perdón
a mí misma.
Satis est.
Más que suficiente.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “El planeta hostil”

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El planeta hostil

Cuando se despertó estaba completamente aturdido, sin ninguna idea de dónde podría encontrarse. El espacio donde se encontraba parecía girar a su alrededor sin ningún tipo de control y le costaba respirar. Le tomó varios minutos ir recuperando la compostura y, cuando todo a su alrededor pareció calmarse un poco, fue tomando consciencia de lo que había ocurrido. Reconoció su nave, su traje espacial y a su compañero, que yacía inconsciente en un costado de la sala de mandos. Recordó el accidentado aterrizaje, el fuerte choque contra el suelo y el golpe que recibió en la cabeza al salir despedido contra el panel de control.

Se incorporó con cuidado, comprobando su estado en busca de más magulladuras de las evidentes. No se atrevió a comprobar si su compañero había sufrido un desmayo o si su estado era más grave. Solo esperaba no tener que ser el portador de malas noticias para su familia. Se aseguró de que todo su equipo estuviese en orden y se aventuró, no sin incertidumbre, a salir de la nave.

Fue sorprendido por un extraño paraje en el que predominaba la sequía. Salvo algún que otro matorral disperso por diversos puntos, el terreno era árido y la tierra era una masa polvorienta que levantaba nubes de partículas con cada paso que daba. En la lejanía, pudo divisar lo que parecía ser una ciudad, así que dirigió sus pasos a una extraña pista pavimentada que parecía conducir hasta ella. El camino fue largo y tedioso, acompañado en todo momento por una luminosidad hasta aquel momento desconocida para él. Por la vía, a cada tanto, circulaban unos vehículos singulares que no había visto nunca y que lanzaban contra él grandes bocanadas de humo oscuro a su paso. Agradeció llevar puesta la escafandra que, sin duda, le protegería de aquellos gases, a todas luces, ponzoñosos.

Había conseguido pasar relativamente desapercibido hasta que llegó a la ciudad. Arcaicos edificios se levantaban a una altura considerable y el número de aquellos peculiares carruajes había aumentado hasta límites insospechados. Un estruendo insoportable lo llenaba todo y los habitantes del lugar, enfundados en unos extraños ropajes, parecían estar tan abstraídos que no se percataban de la muchedumbre que los rodeaba ni del ruido que los envolvía. Hasta que se fijaron en él.

Uno dio la voz de alarma, emitiendo unos estridentes sonidos en algún lenguaje desconocido para él. Comenzaron a señalarle con dedos acusadores y, aunque la mayoría mostraba una expresión de miedo y recelo, no tardaron en tratar de capturarle. En unos segundos se había desatado el caos y todos se desplazaban a gran velocidad de un lado para otro, profiriendo agudos chillidos que le dañaban en el interior del cráneo como si le estuviesen clavando miles de pequeños alfileres. Se sujetó la cabeza, cubierta con el casco integral, y, cuando ya no pudo más, pulsó el botón de emergencia estratégicamente situado en el cinturón del traje. Regresó de inmediato al interior de la nave.

Su compañero acababa de recuperar la consciencia cuando él se materializó a su lado. Tan turbado y desconcertado como él mismo hubiese estado unas horas antes, ni siquiera alcanzó a preguntar qué había ocurrido. Solo le vio poner en marcha los motores, iniciar un acelerado y precipitado despegue al tiempo que transmitía un mensaje por el canal telepático común:

—Aquí nave Ómicron. Misión Psi abortada. Iniciamos regreso inmediato a Marte. La Tierra es un planeta hostil. Repito. Un planeta hostil.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Queriéndome”

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Queriéndome

Fui sintiendo
con el paso de los años
que la vida ya no lastra,
que los miedos
eran solos los fantasmas
del presente y del futuro,
que el silencio es un amigo
y la expectativa es rival.
Fui creciendo
y soltando los anhelos,
fui sanando la mordida
de la vida,
suturando los raspones
que llevaba en las rodillas,
abriendo muy bien los ojos
y sin dejar de soñar.
Fui aprendiendo
que nada era para tanto,
ni nadie,
que las preocupaciones
siempre truecan en recuerdos
y que el instante es efímero,
también la felicidad.
Y fui encontrándome a mí mismo,
ligero,
libre de todas las rémoras
que me interpuso el destino.
¿Cómo lo iba a lograr?
Pues queriéndome muchísimo.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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