La frase de la semana XXX

La frase de la semana XXX

ANÄIS NIN

‘No vemos las cosas como son realmente, sino que más bien las vemos como somos nosotros.’

Anäis Nin

Escritora estadounidense.

Interesante cita la de Anäis Nin. Es obvio que nuestra manera de ver las cosas está sesgada por nuestra opinión sobre las mismas. Cada persona dará su versión y sus apreciaciones de una misma cosa, de un mismo suceso. La duda se me plantea en ese “como somos nosotros”. ¿Creéis que es cierto que lo que vemos es un reflejo del yo? Tengo serias dudas al respecto, ayudadme a aclararlas o esta noche no podré dormir dándole vueltas a la frasecita.

Por otro lado, la frase que os traigo esta semana, no es una frase, si no dos. Dos frases, dos. Se trata de un post completo de nuestro blog amigo Crónicas y Quimeras que os recomiendo visitéis si aún no lo habéis hecho. Directos al grano:

‘A veces tienes que abstraerte de todo, respirar hondo y dejarte acunar por el fluir del agua para encontrar el  origen.

Y cuando llegas, tu cosmovisión ha cambiado y hasta una ínfima palabra vuelve a ser leída con pasión.’

Por completo de acuerdo y además expresado de una bellísima forma, ¿no creéis?

¡La semana que viene más! ¡Besos! ¡Se os quiere!

 

Primer Estudio de la Hemiparesia en España. ¿Nos ayudas?

Primer Estudio de la Hemiparesia en España. ¿Nos ayudas?

¡Nuestros hemihéroes necesitan ayuda!

CRIANDO 24/7

El Primer Estudio sobre la hemiparesia infantil está en marcha. Y necesitamos tu ayuda!

Estamos muy ilusionados porque los resultados que nos dará, una vez recogidos los datos en más  de 30 hospitales, aportarán a las familias una información clave para mejorar la intervención de nuestros peques, conseguir una detección precoz y conocer, entre otras cosas, la comorbilidad con otras patologías.

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“A la deriva” – El Poder de las Letras

“A la deriva” – El Poder de las Letras

 

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Imagen: Morguefile

 

 

A LA DERIVA

Navegando  a la deriva, dejé mis sueños marchar, mis sueños de mil colores junto con mis esperanzas van. No he sabido manejarlos así que los dejo volar, para que encuentren su rumbo sin mi ayuda, ¿qué más da?

Si hasta el día de la fecha he demostrado con creces, que no he sabido ni un segundo manejar mis ilusiones. Me siento Caperucita, que se ha perdido en el bosque, temiendo que llegue el lobo y le quite sus ambiciones. Porque equivoqué el camino y nunca he sabido verlo, y ahora que me he dado cuenta, llego tarde, llegué lejos. A desandar el camino no me enseñaron, lo siento, ahora que llego al final, hay un muro de desprecios.

Recuerdo aún aquel día, cuando tomé aquel sendero. ¡Qué contenta me sentía, pensando llegar muy lejos! Y lejos llegó, eso es cierto, pero a un destino de encierro, de aciagos días de lucha, de tormentas y lamentos. ¿Cuántas lágrimas perdidas por el camino he dejado? Las mismas que sinsabores con los que iba tropezando.

Aquel sendero era angosto, empinado y recubierto por miles de zarzas sombrías que al recorrerlo me hirieron. Herida y muy dolorida llegué hasta el muro espinoso, recorriendo el camino sola para que no se hirieran otros. ¡Qué equivocada estaba cuando tomé aquel camino! Ciega, como la gallinita, que no veía su destino. Porque de haberlo sabido habría elegido otro, pero la cosa está hecha, de salir no encuentro el modo.

Por eso me he entretenido construyendo con mis sueños cien mil barcos de colores, que a la deriva partieron. Se llevan mis esperanzas, mis anhelos, mis deseos, siguiendo el río de la vida, hasta llegar a otro puerto. Y al llegar a su destino, al bueno, al que ellos quisieron, no les dejaré solitos, pondré todo mi empeño en ellos. Mis sueños, mis ilusiones, un día veré cumplidas, pues son ellos los que mandan, son de  los que no naufragan. El náufrago aquí soy yo, pero solo de momento, en el más grade de ellos volveré a ser descubierto.

Me he sentado aquí esperarles, en mi prisión solitaria, hasta que me hagan la seña, la nuestra, la necesaria. Confianza he puesto en ellos, no se han ido de vacío, mil barquitos de colores, a la deriva en el río.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Este relato es mi colaboración con la página de escritores El Poder de las Letras que, como siempre, os animo a visitar.

El vídeo del domingo: Mis letras

El vídeo del domingo: Mis letras

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¡Feliz domingo veraniego! Como viene siendo costumbre, este domingo lo volvemos a amenizar con un vídeo. En esta ocasión he elegido un relato de mis letras, “La faena”, que es marinero y me ha parecido propicio para la ocasión. Imagino que algunos de vosotros os acordaréis de él. En cualquier caso, si os apetece, podéis leer el relato en el siguiente enlace. Fue uno de los relatos que preparé para Los 52 golpes, al que me ha apetecido ponerle voz.

Aquí os dejo con él:

https://youtu.be/DQEwXlwHaus 

Nada más que desearos un feliz domingo a todos, que disfrutéis mucho los que estáis de vacaciones, mucho ánimo para los que no lo estáis y ¡vamos a por una nueva semana estupenda!

¡Besos! ¡Se os quiere!

Por capítulos: “Los colores mágicos (III)”

Por capítulos: “Los colores mágicos (III)”

 

LOS COLORES MÁGICOS
Imagen: Pixabay.com

 

 

Parte I   Parte II

LOS COLORES MÁGICOS (III)

Pasaron tres o cuatro días hasta que Jaime se atrevió a utilizar su maletín de pinturas de nuevo. La experiencia anterior, la lucha con el dragón, le había dejado anonadado y su pequeña pero madura mente infantil no le dejaba entender lo que había ocurrido. Pero ahora que habían pasado unos días, se sentía con la fuerza y la valentía necesarias para intentarlo.

A la llegada del cole, después de hacer los deberes y merendar, se encerró en su habitación. Cogió con mucho cuidado el maletín para no dañarlo y sacó del cajón el bloc de dibujo. Allí seguía, impresionante, su dibujo anterior, el del dragón y el castillo. Pasó la página con violencia, no fuese que le atrapase dentro de aquella historia otra vez, y se enfrentó a una nueva página en blanco.

Esta vez decidió realizarla con el estilo que tanto le gustaba. Miles de colores bajo una gruesa capa de cera negra. Así que, con suma cautela, tomó las ceras de decenas de colores que traía su preciado regalo y comenzó a colorear la página con ellas, siguiendo el estricto orden de los colores del arco iris. La página del bloc quedó por completo cubierta por siete franjas de color: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta; según le habían enseñado en la escuela. Para finalizar la tarea, cubrió los colores con su cera negra, que quedó visiblemente más reducida. La contempló durante unos instantes casi con tristeza, pero al final decidió que los colores estaban para usarlos y que no estaba dispuesto a no disfrutar de su regalo por no gastarlo. Además, estaba muy inquieto por conocer el resultado de su dibujo de hoy.

Cogió un palito algo ancho de plástico, que solía utilizar para hacer este tipo de dibujos y, por si acaso, trazó sobre la cartulina una escena de playa con unos niños jugando en el mar y otros en la arena. Pensó que quizá como su palito no era mágico, el resultado no sería tan perfecto como el anterior. Nada más lejos de la realidad, pues cuando terminó pudo contemplar otra auténtica obra de arte. Los dibujos surgían con una calidad que nunca antes había conseguido. Incluso consiguió reconocerse en uno de los niños que estaban jugando dentro del agua. Sonrió satisfecho del resultado y, como el otro día, comenzó a cerrar el bloc cuando una fuerza de atracción invisible le llevó de nuevo dentro del dibujo.

Aquella vez fue increíble, eran sus amigos, pero todos llevaban bañadores a franjas con los siete colores del arco iris. Allí estaba Luis “el gafotas”, María, Íker, Alejandro, Claudia, Asier, Elena… Por el despiste de quedarse absorto en la escena que estaba viviendo, una ola traicionera le lanzó al suelo. Aquella tarde fue fantástica, disfrutó de las olas del mar, del cálido sol del verano y construyendo castillos de arena con todos sus amigos, sin ningún adulto que les controlase ni les limitase.

En una de esas olas juguetonas que llegaban a la orilla, el mar arrojó a los pies de Jaime una concha preciosa. Era perfecta, no le faltaba ni un trocito, con sus ondas y varios colores. Le pareció que era la concha más bonita que había visto jamás. Desde luego, mucho más bonita que las que encontraba cuando iba a veranear a la casa que su abuela tenía en Benidorm.

Cuando mejor se lo estaba pasando, el dibujo le lanzó fuera. Cayó de culo en el suelo de su habitación, mojado por entero y con la preciosa concha en la mano. Su madre le estaba llamando  para cenar. Guardó la concha en el cajón, junto al pedazo de cabello de la princesa, se puso el pijama, se secó el pelo lo mejor que pudo y fue a cenar con una gran sonrisa.

Sus padres ni siquiera se imaginaban lo que estaba ocurriendo. Tenía un secreto, y eso le provocaba un cosquilleo en el estómago que le gustaba mucho. Cenó sin rechistar con la sonrisa en los labios y, de nuevo, no volvió a contar nada de sus vivencias.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “¿Volamos?”

El relato del viernes: “¿Volamos?”

 

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Imagen: Morguefile

 

 

¿VOLAMOS?

Caminaba por desiertos solitarios llenos de arena, viendo espejismos ilusionistas de gran belleza. Me hipnotizaban, no podía dejar de mirarlos e intentar llegar a ellos. Pero por más que intentaba alcanzarlos, se desvanecían en el aire como por arte de magia.

Mi única opción en esos momentos era seguir caminando por las cálidas arenas del desierto, sin vegetación, lleno de inmensas dunas que cada vez me resultaban más costosas de subir. Y también de bajar.

Comenzaba a hablar solo. La falta de compañía había empezado a hacer estragos en mí, más incluso que la falta de alimento o de agua. Tenía conversaciones conmigo mismo sobre el final que tendría aquel extraño viaje que había emprendido. Finales felices aparecían de forma constante en mi mente, y yo me los contaba en voz alta. Incluso me respondía a mí mismo. Había una parte de mi ser completamente escéptica a aquellos finales y otra que, por el contrario, creía en ellos con profusión.

Mi cuerpo comenzaba a mostrar las primeras marcas de la desolación en la que vivía. Las ropas me quedaban grandes a cada paso que daba. El rostro, cada vez más demacrado, por lo que podía observar a través del tacto, ya que no disponía ni de un mísero espejo para mirarme. Una incipiente barba comenzaba a asomar, áspera, ruda.

Creo que solo llevaba unas horas caminando por aquel inmenso desierto. Mi mente había olvidado por completo el motivo por el que me encontraba allí, pero tenía un pensamiento recurrente acerca de un final feliz.

Las aves rapaces sobrevolaban en el cielo, siguiendo mi paso, intuyendo que podría consistir su posible alimento de aquel día, o del día siguiente a lo sumo. No tenía agua, y la sed me consumía. Sentía la quemazón en la garganta seca por ausencia del  preciado líquido.

Y cada vez que aparecía ante mis ojos un precioso eclipse, mis ojos se iluminaban, mi parte positiva comenzaba a hablar con la parte negativa. ¿Ves? Te lo dije. Que este sufrimiento no tardaría mucho en acabar. Al fin y al cabo yo no había hecho nada para merecer aquello. Pero una vez más el oasis desaparecía y la parte negativa tomaba la voz cantante. ¿Ves? Te lo dije. Que de esta no salimos. De mis ojos ya no podía brotar ni una sola lágrima.

El cielo se oscureció de pronto. Me llamó mucho la atención, ya que no había podido contemplar la puesta de sol, sin duda un excelente espectáculo que disfrutar, aun en las condiciones en las que me encontraba. Pero no, el sol se escondió en décimas de segundo y la oscuridad se cernió sobre mí. Aquel desierto, durante la noche, era oscuro como la boca de un lobo, por lo que seguir caminando ya no tenía sentido alguno. Me acurruqué contra la ladera de una duna y me dormí con rapidez. El cansancio era excesivo y se notaba.

La noche fue agitada, los sonidos de las aves rapaces sobre mi cabeza seguían allí, aunque yo no pudiera contemplarlas. Pero, al parecer, ellas no habían perdido de vista su objetivo. Los sonidos más tenues rompían mi sueño con facilidad, susurros en la arena, quizá alguna lombriz deslizándose, ¿o una serpiente? No tenía ni idea de la fauna que escondía aquel pantagruélico desierto, ya que durante el día parecía no haber ni una sola vida sobre aquellas tierras. Nada más las carroñeras del aire. Hacía frío por la noche, pero no tenía nada con lo que cubrirme. Eso también interrumpía mi sueño. Lo que me faltaba, morir congelado, antes que de inanición o de sed.

La mañana llegó mucho antes de lo esperado. Y, al igual que la noche, lo hizo de repente, sin previo aviso. Un sol cegador y abrasador ya estaba sobre mí cuando decidí recuperar el camino hacia ningún lugar en concreto. Solo llevaba alrededor de una hora caminando, cuando vislumbré en el horizonte unas grandes rocas con un hueco entre ellas. ¿Qué esconderían detrás?

Mi pensamiento positivo daba saltos de alegría, por fin íbamos a llegar a un lugar donde comer, beber y darnos una buena ducha. Mi pensamiento negativo, en cambio, insistía en que todos los esfuerzos que hiciéramos serían inútiles, porque aquellas grandes rocas se desvanecerían a medida que nos fuésemos acercando.

Pero no lo hicieron. Llegué hasta ellas como pude, caminando renqueante, arrastrándome en ocasiones, y no se desvanecían. Continuaban allí, cada vez más cercanas. Hasta que llegó el momento en el que nos encontrábamos a sus pies. Mi alma quedó desolada cuando pude comprobar que no había ninguna forma de vida allí, ni alimento, ni ningún manantial con el que saciar mi sed, que ya era tan fuerte que casi me impedía respirar con normalidad. Además del calor abrasador que seguía calando mi ya escuálido cuerpo. Al menos a la sombra de aquellas rocas encontraría algo de alivio.

Después de un pequeño descanso a la sombra, me dispuse a asomarme por el hueco abierto entre ellas. Mi boca se abrió automáticamente, sin que mi derretido cerebro tuviese necesidad de darle orden alguna. Al otro lado había un gran abismo. Pero en el fondo del mismo todo eran vergeles, manantiales, animales, incluso quise adivinar un pequeño poblado.

Sin dudarlo dos veces, me lancé al abismo. Y volé. Volé hacia abajo más deprisa de lo que jamás hubiese podido imaginar. Estaba volando hacia la libertad. ¿Queréis volar conmigo? ¿Volamos? ¡Volemos!

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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¡Ayudadnos a difundirlo! Urge ayuda por crisis de cólera en Yemen. (por Textos Solidarios)

¡Por favor, ayudadnos a difundir! ¡Urgente por crisis de cólera en Yemen! Es muy importante su difusión

El Destrio

Queridos amigos y colaboradores del proyecto Textos Solidarios:

Desde Médicos sin Fronteras han contactado con nosotros, de la misma forma que están contactando con otras personas e instituciones que colaboran con ellos con una iniciativa solidaria, para recabar nuestra colaboración en difundir su petición de ayuda para la crisis que esta causando una epidemia de Cólera en Yemen. En el enlace anterior tenéis varias noticias actualizadas con toda la información, y a continuación difundimos un vídeo de MsF sobre el tema:

El conjunto de personas y voluntades que forman parte de nuestro proyecto puede tener una utilidad además de publicar nuestro libro “El mundo en tus manos”. A través del grupo que formamos, unidos por nuestro interés en ayudar a los demás, podemos conseguir que esta petición de ayuda llegue a mucha gente: a todos quienes siguen nuestros blogs y redes, y a quienes nos…

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