“Bajo la luz del candil” – Desafíos Literarios

“Bajo la luz del candil” – Desafíos Literarios

Bajo la luz del candil

Álvaro era un niño que vivía en un pequeño pueblo escondido entre las montañas. Era el único niño que habitaba aquel recóndito pueblo que casi nunca recibía visitas de foráneos y que era como una pequeña gran familia formada por todos los habitantes. Él era feliz viviendo allí, pero en demasiadas ocasiones echaba de menos tener algún amigo con el que jugar. Sus compañeros de escuela vivían en otros pueblos más grandes y, durante los fines de semana y, sobre todo, las largas temporadas de vacaciones escolares, los echaba mucho de menos.

Sin embargo, Álvaro jamás se aburría. Salía y entraba de su casa cuando quería, con la tranquilidad que a sus padres les daba que cualquier vecino del pueblo le estaría echando un vistazo en dondequiera que se encontrase. Así que Álvaro disfrutaba de una libertad sin precedentes y combatía la falta de amigos con una desorbitada imaginación.

Lo peor era cuando, pasado el verano y las vacaciones, comenzaban las largas noches otoñales e invernales, que apenas le permitían pasar al aire libre todo el tiempo que a él le hubiese gustado.

La única cosa que Álvaro tenía prohibida era internarse en el bosque sin compañía, algo que, hasta el momento, había cumplido a rajatabla. Sin embargo, una de aquellas tardes de otoño en las que ya había anochecido y aún quedaba un buen rato para la cena, le venció la curiosidad. Era sábado y llevaba todo el día ideando algo que le ocupase la tarde, hasta que en su mente se comenzó a forjar la idea de dar un paseo por el bosque y ya no hubo marcha atrás. Una vez que había tomado una decisión debía cumplirla o, de lo contrario, por la noche sería incapaz de dormir. Por no hablar de lo largas que se le hacían las tardes encerrado en casa.

Con una linterna escondida en el interior de su chaqueta, anunció a sus padres que iba a salir a dar un paseo por el pueblo. Ninguno de ellos se opuso, pues tenían toda la confianza puesta en su hijo, que jamás había desobedecido una orden. Además, el avanzado estado de gestación de su madre, que albergaba en su interior dos pequeños, tampoco propició que sus padres se animasen a acompañarle. Pronto tendría compañeros de juegos en aquel pequeño pueblo donde habían encontrado la tranquilidad que necesitaban.

Al principio con pasos temerosos, luego ya más decididos, Álvaro se fue adentrando en el bosque. La oscuridad iba en aumento a medida que avanzaba, pero, de igual forma, le parecía ver cómo se iba acercando una luminosidad tenue que le llamó la atención. Curioso como era, dirigió sus pasos hasta aquel foco de luz que se divisaba entre los grandes troncos de los árboles, hasta que llegó un momento en que no necesitó de su linterna para continuar en su avance.

Oculto tras el tronco de un fuerte roble, observó boquiabierto cómo, alrededor de un claro del bosque, decenas de candiles colgados de las ramas más bajas emitían una cálida y titilante luz. En el centro del claro, diminutas figuras danzaban felices, en pequeños grupos que, juntos, formaban una circunferencia perfecta sobre el suelo ya cobrizo del bosque.

Sin poder evitarlo, Álvaro salió de su escondite para contemplar mejor a todos aquellos pequeños duendes, elfos y hadas que se habían reunido en el corazón del bosque. En un primer momento, todos detuvieron su baile, quedaron callados y expectantes al verse sorprendidos por aquel niño humano que les triplicaba en altura. Por primera vez en cientos de años habían sido descubiertos. Uno de ellos, el que parecía más anciano, se acercó hasta el niño, dando cortos pasos sobre un pequeño cayado de madera vieja. De inmediato sintió la inocencia en la mirada de aquel humano, la sorpresa que delataban sus ojos y la sonrisa sincera que mostraba su rostro.

Álvaro se incorporó encantado a aquella particular fiesta mágica, tras prometer que, con él, el secreto quedaría a salvo. Desde entonces, Álvaro acudía cada día, cuando ya había caído la noche sobre el pueblo, a su encuentro con sus nuevos amigos del bosque, que jamás permitieron que volviese a estar solo.

A día de hoy, varias décadas más tarde, Álvaro continúa asistiendo a aquellas reuniones de las que tanto disfrutaba y que, ahora, además, le proporcionan una felicidad sublime al observar cómo sus hijos derrochan el mismo cariño a sus pequeños amigos como él mismo lo había hecho en su infancia.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

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“Sin perder el rumbo” – El Poder de las Letras

“Sin perder el rumbo” – El Poder de las Letras

Sin perder el rumbo

Posiciónate en el rumbo exacto
que marca mi GPS,
recorre todos mis valles,
navega por mi interior.
Te enseñaré la locura
de emprender este viaje,
de disfrutar de las curvas,
de fondear en mis mares,
de escalar por mis montañas
cubiertas por el rocío
de largas noches sin sol.
No pierdas jamás el rumbo,
yo guiaré tu timón.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com

Revista Zarabanda marzo 2019

Revista Zarabanda marzo 2019

¡Buenos días! Un mes más me gustaría acompañaros con mi colaboración con la revista local Zarabanda correspondiente al mes de marzo. Podéis acceder al contenido completo de la misma en este enlace.

Este mes os vuelvo a acompañar con poesía. ¡Espero que os guste!

Vino la noche

Vino a caer la noche sobre la almohada
que convierte los por si acasos en ojalás
y en la nueva penumbra mi cuerpo llora
sobre un manto vacío sin un quizá.
Vino el sueño cansado de repetirse
a ocupar tu lugar sobre mi colchón
y en el cielo blanco que cubre mi alma
las goteras se agolpan sin nubes,
sin luna,
sin tan siquiera luces de algún farol.
Vino el recuerdo vacío hasta mi memoria
a rellenar el lugar donde antes habitaban
tus caricias sin límite bajo mi ropa,
a sembrar de calor mis sábanas frías
y a regar la era yerma con mi sudor.
Vino el deseo ávido de tenerte
como cada noche pasada en una vida anterior
y solo queda en mi lecho la certeza
de que entre nuestro abrazo
solo estoy yo.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

“A la casa de la bruja” – Desafíos Literarios

“A la casa de la bruja” – Desafíos Literarios

A la casa de la bruja

Siempre había flores en la ventana de la casa de la bruja y a mí eso, cuando era un niño, siempre me llamó la atención. Era una casa pequeña, descuidada, con grandes desconchones en la cal que la recubría, lo que le daba el aspecto de ser realmente lo que nosotros pensábamos que era, la casa de una bruja.

Se llamaba Josefina y debía de rondar los sesenta años cuando nuestra pandilla jugaba a probar su valentía acercándose hasta su puerta, pero para nosotros bien podía haber cumplido ya los cien. Era menuda, incluso más que nosotros, que éramos unos mocosos que no levantábamos un palmo del suelo, como quien dice. Tenía una larga melena que le llegaba hasta la cintura, cubierta por completo de canas. En realidad era una hermosa cabellera blanca que siempre mantenía pulcra y brillante, como recién cepillada. Siempre vestía de negro, en señal de un luto riguroso que guardaba desde que su marido falleciera bastantes años atrás.

Apenas se la veía por el pueblo, siempre encerrada en su humilde casa. De vez en cuando, abría la mitad superior de la portezuela y se asomaba a la calle, como si estuviese en busca de alguien que jamás llegaba. Lo hacía con mayor frecuencia por las tardes, cuando el sol ya estaba a punto de ocultarse para dar paso a la noche. Ni qué decir tiene que, una vez que había oscurecido, a ninguno de nosotros se nos ocurría acercarnos hasta allí. Todavía, a día de hoy, recuerdo con nitidez las pesadillas que llegué a tener con ella y aún se me pone la piel de gallina al pensarlo.

Supongo que era el luto, junto con el cabello blanco, lo que nos llevaba a pensar que era una bruja. En nuestros juegos, su casa era nuestro lugar predilecto. A veces en pandilla, a veces de uno en uno, en una prueba de ver quién era más valiente, nos acercábamos a su puerta, bajábamos el escalón que daba acceso y nos quedábamos allí para comprobar quién era capaz de aguantar más tiempo. Nuestro valor se medía por los minutos que pasabas en la puerta de la bruja e, incluso, por quién tardaba más en salir corriendo si esta abría la puerta y asomaba su nívea cabeza.

Mi miedo era atroz. En las ocasiones en que coincidió que Josefina abría la media portezuela justo cuando yo estaba allí, agazapado, con el corazón en un puño, por poco me daba un infarto. Sin embargo, seguía haciéndolo y, cada vez que lo hacía, no podía dejar de mirar la ventana de aquella casa que siempre estaba cuajada de flores. Flores hermosas y cuidadas que poco tenían que ver con la idea que mi cabeza tenía preconcebida de lo que debía ser la casa de una bruja.

Hoy, veinte años después, visito cada día la casa de Josefina y me recibe una cariñosa anciana octogenaria que aún cuida su melena como tanto tiempo atrás. Su ventana sigue repleta de flores, como siempre ha estado, mientras tomamos café bajo un rayo de sol que se cuela a través de las cortinas. Mi trabajo consiste en ayudar a su hijo, un señor que ya no cumplirá los sesenta, a superar la adicción al alcohol que arrastra desde más de veinte años atrás, cuando su madre se asomaba con frecuencia a la puerta para ver si lo veía regresar.

Ahora que veo la fuerza que recorre las venas de esa menuda mujer, a la que la vida ha tratado con especial crueldad, me doy cuenta de cuán crueles éramos también nosotros cuando, de niños, nos divertía ir a jugar a la casa de la bruja.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.


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“El mensaje” – You Are Writer

“El mensaje” – You Are Writer

El mensaje

Le encantaba la sensación que él le provocaba por las mañanas, hasta el punto de que cada noche se quedaba dormida esperando con ilusión el momento de despertar. Apenas abría los ojos, el estómago le daba un vuelco en su posición como si se acabase de precipitar al vacío desde la cima de una enorme montaña rusa, para a continuación liberar decenas de mariposas que revoloteaban a sus anchas por él. Las suaves caricias que le prodigaban con sus alas llegaban incluso a tocarle el alma y esto producía que un escalofrío recorriese su cuerpo entero, dejándole la piel como si se encontrase en un campo nevado en lugar de envuelta en el cálido edredón que cubría su cama.

Estiraba su cuerpo con la intención de sacudirse de encima el estremecimiento y tendía su mano hacia el teléfono móvil que reposaba sobre la mesilla de noche, con una falsa apariencia de candor, como si no guardase con celo el auténtico motivo de su sonrisa cada mañana, esa sonrisa que ya se mostraba desde el instante mismo de abrir los ojos al nuevo día. Aún dedicaba unos segundos en recrearse en esa fascinante sensación de bienestar antes de desbloquear la pantalla y liberar a todas las mariposas que llevaban ya minutos pugnando por salir desde lo más profundo de su estómago.

Ahí estaba, como cada día, como cada mañana desde hacía meses. Simple, sencillo, escueto. Como más le gustaba a ella, sin grandes alardes ni intención de impresionarla, sin palabras vacías que tratasen de hacerla sentir mejor. En la pantalla solo se mostraba un breve mensaje, tecleado con cariño, con tres palabras tan simples que la reconfortaban como no podría hacer jamás un discurso completo: «Buenos días, amor».

Después de esas palabras, con una enorme sonrisa dibujada en el rostro y los nervios a flor de piel, solo entonces, retiraba con cuidado las sábanas y salía de la cama dispuesta a comerse el mundo.

Ana Centellas. Diciembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

“Purificación” – Poesía en Órbita

“Purificación” – Poesía en Órbita

Purificación

Purificaré mi cuerpo,
para así lograr la limpieza del alma.
Regresaré de esta manera al éter
donde reposaba la pureza de mi ser
antes de ser poseída por mil demonios.
Realizaré mi exorcismo
sin sacerdotes que me amparen
ni iglesias que restrinjan mi fe
y emergeré de las aguas
desnuda como una sirena,
inmaculada en su esencia,
que ha purgado sus pecados
y a la que ya únicamente quede
la dicha de solo ser.

Ana Centellas. Diciembre 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)