“A la deriva” – El Poder de las Letras

“A la deriva” – El Poder de las Letras

 

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A LA DERIVA

Navegando  a la deriva, dejé mis sueños marchar, mis sueños de mil colores junto con mis esperanzas van. No he sabido manejarlos así que los dejo volar, para que encuentren su rumbo sin mi ayuda, ¿qué más da?

Si hasta el día de la fecha he demostrado con creces, que no he sabido ni un segundo manejar mis ilusiones. Me siento Caperucita, que se ha perdido en el bosque, temiendo que llegue el lobo y le quite sus ambiciones. Porque equivoqué el camino y nunca he sabido verlo, y ahora que me he dado cuenta, llego tarde, llegué lejos. A desandar el camino no me enseñaron, lo siento, ahora que llego al final, hay un muro de desprecios.

Recuerdo aún aquel día, cuando tomé aquel sendero. ¡Qué contenta me sentía, pensando llegar muy lejos! Y lejos llegó, eso es cierto, pero a un destino de encierro, de aciagos días de lucha, de tormentas y lamentos. ¿Cuántas lágrimas perdidas por el camino he dejado? Las mismas que sinsabores con los que iba tropezando.

Aquel sendero era angosto, empinado y recubierto por miles de zarzas sombrías que al recorrerlo me hirieron. Herida y muy dolorida llegué hasta el muro espinoso, recorriendo el camino sola para que no se hirieran otros. ¡Qué equivocada estaba cuando tomé aquel camino! Ciega, como la gallinita, que no veía su destino. Porque de haberlo sabido habría elegido otro, pero la cosa está hecha, de salir no encuentro el modo.

Por eso me he entretenido construyendo con mis sueños cien mil barcos de colores, que a la deriva partieron. Se llevan mis esperanzas, mis anhelos, mis deseos, siguiendo el río de la vida, hasta llegar a otro puerto. Y al llegar a su destino, al bueno, al que ellos quisieron, no les dejaré solitos, pondré todo mi empeño en ellos. Mis sueños, mis ilusiones, un día veré cumplidas, pues son ellos los que mandan, son de  los que no naufragan. El náufrago aquí soy yo, pero solo de momento, en el más grade de ellos volveré a ser descubierto.

Me he sentado aquí esperarles, en mi prisión solitaria, hasta que me hagan la seña, la nuestra, la necesaria. Confianza he puesto en ellos, no se han ido de vacío, mil barquitos de colores, a la deriva en el río.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Este relato es mi colaboración con la página de escritores El Poder de las Letras que, como siempre, os animo a visitar.

Los 52 golpes – Golpe #26 – La caracola

Los 52 golpes – Golpe #26 – La caracola

 

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LA CARACOLA

Los recuerdos que tengo de mi abuela son escasos. Demasiado escasos. Era yo muy pequeñita cuando falleció, un cáncer fulminante se la llevó mucho tiempo antes del esperado. Recuerdo dolor, mucho dolor.

Recuerdo que mi abuela vivía en un quinto sin ascensor. A veces, mi padre me subía las escaleras a caballito, ¡qué bien me lo pasaba! Lo malo era cuando me tocaba subir andando. Mis pequeñas piernas apenas podían subir los escalones con comodidad.

Mi abuelita era regordeta. Yo, en mi cerebro infantil, pensaba en cómo se las apañaría para subir todos aquellos cientos, miles de escalones cada día. Pero ella estaba llena de vida. Con el pelo por completo blanco, siempre dibujaba una sonrisa en su rostro surcado de arrugas en cuanto me veía. Se agachaba un poco, porque tampoco era muy alta, y extendía los gruesos brazos hacia mí. A mí el cansancio de la escalera se me esfumaba al momento. La quería mucho. Y ella me estrujaba hasta dejarme sin aliento. Y los besos que daba…

El mayor recuerdo que tengo de la casa de mi abuela era una enorme caracola que siempre tenía encima de la televisión. A mí me llamaba mucho la atención y, como ella bien lo sabía, me la acercaba y con voz suave me decía:

—Si te la pones al oído, podrás oír el mar.

Yo ni siquiera sabía lo que era el mar, pero igual me colocaba la caracola en el oído para no desilusionarla. Jamás llegué a escuchar nada, pero siempre respondía que sí cuando me preguntaba si lo había escuchado.

Comencé a sospechar que algo raro pasaba cuando mis padres comenzaron a hablar a escondidas de mí acerca de la abuelita. Pero yo era curiosa por naturaleza, supongo que como cualquier infante de mi edad. Solo escuché la palabra cáncer y a mi madre llorar con desolación. Jamás pregunté, jamás me contaron.  Dos meses más tarde, mis padres se ausentaron durante dos días y jamás volví a ver a la abuelita. Ni volví a subir a aquel quinto piso. Ni a ver la caracola que tenía sobre la televisión, la que dejaba escuchar un mar que no se oía.

Han pasado cuarenta años desde entonces. Divorciada y sin hijos, he encontrado en mi propia soledad un refugio infinito para la cura de mi enfermedad, el cáncer de mama. Busqué una pequeña casa en la playa con jardín en la que pasar los que yo pensé que serían mis últimos días. Me cerré a nuevas amistades a las que causarles dolor.

Las sesiones de quimioterapia tenían un efecto devastador sobre mí. Efecto que solo se calmaba dando largos paseos por la playa al anochecer. La calma del mar en la orilla, el sol escondiéndose en el horizonte, la arena mojada bajo mis pies descalzos, las pequeñas olas que llegaban a mojar mis piernas, todo contribuía a que los efectos de la quimio se suavizaran algo. Solía acariciar el pañuelo que ocultaba mi cabeza ausente de pelo. Y me había rendido a la evidencia.

Uno de esos anocheceres, durante mi habitual paseo por la playa, el mar arrojó a mis pies una caracola exacta a la de mis recuerdos de infancia. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al cogerla con suavidad entre mis manos. Sentí la energía de la abuela llenarme de la cabeza a los pies. Y, como por arte de magia, sentí que todo iba a ir bien. Que mi querida abuela estaba conmigo, dándome fuerza. Que el maldito cáncer no podría conmigo.

Desde entonces, la caracola ocupa un lugar de honor en mi pequeña casa de la playa, siempre llena de amigos que me acompañan e iluminan mis días, una vez superada la maldita enfermedad. Y mi abuela me acompaña a cada segundo.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Relato número 26 para Los 52 golpes, justo el Ecuador del año. Parece increíble que llevemos ya la mitad del proyecto sin faltar a nuestra cita semanal. Bueno, en realidad más, porque lo cierto es que los relatos 27 y 28 ya están disponibles en la página web.

 

“Y me llevaron a la hoguera” – El Poder de las Letras

“Y me llevaron a la hoguera” – El Poder de las Letras

 

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Y ME LLEVARON A LA HOGUERA

Recabé en aquel pequeño pueblecito de montaña casi por casualidad, huyendo de un hogar donde el amor hacía tiempo que se había marchitado y los golpes habían sustituido a las caricias. Aprovechando un despiste de mi marido, cogí a mis dos pequeños de la mano y salí corriendo de aquella casa, sin más equipaje que los ropajes que llevábamos puestos, raídos y decolorados. Corrí y corrí sin pausa, sin mirar atrás, tirando de los pequeños, de apenas 4 y 6 años, tras de mí.

A las cuatro o cinco horas de carrera me detuve exhausta. Cuando vi el aspecto que tenían mis hijos, quise morir. Estaban por completo deshidratados, rasguñados, apenas podían abrir los ojos del máximo cansancio que llevaban en las espaldas de sus diminutos cuerpos. Sin saber qué hacer, cogí al más pequeño de ellos y lo acogí en mi pecho. Procuré darle de beber de la poca leche que aún me quedaba y, con los ojos cerrados, empecé a cantarle una canción. Una canción por completo desconocida para mí, que jamás había oído, en un lenguaje extraño, pero que salía de mis labios con fluidez.

Cuando abrí los ojos, al terminar la canción, mi pequeño estaba curado por completo. No había signo de cansancio alguno en su cuerpo. Le rebusqué por todos lados buscando algún rasguño, algún moratón de las caídas que habíamos tenido en el camino, pero no encontré nada. Por alguna extraña razón, había conseguido sanarle.

Miré hacia mi hijo mayor. Él continuaba tirado en el suelo, apenas podía respirar. Con rapidez me incorporé y me dirigí hacia él, repitiendo la misma operación que hice con el primero. La canción fluía de mis labios como si siempre hubiese sido ese su destino. No conocía el significado, pero continué cantando. Para mi sorpresa, al abrir los ojos mi hijo mayor estaba por completo recuperado, al igual que le había pasado al primero.

Hicimos una hoguera en mitad del bosque, en un pequeño claro rodeado de árboles, y allí descansamos algo durante la noche. Estábamos hambrientos, pero no importaba, lo importante era descansar un poco y seguir nuestro camino sin rumbo, pero lo más alejado posible de la mala bestia que teníamos en nuestro hogar.

Al amanecer, antes de que saliese el sol, desperté con cariño a mis dos pequeñuelos y reemprendimos nuestro viaje. No llevábamos ni una hora de camino cuando encontramos una pequeña aldea, escondida dentro del bosque en la ladera de la montaña. Sus habitantes nos recibieron con los brazos abiertos y nos ofrecieron cobijo y alimento. Les estaré eternamente agradecida. A pesar de todo.

Todo fue bien durante varios meses. Yo ayudaba en las labores del pueblo y mis niños iban a la pequeña escuela que había, junto con diez niños más. Hasta que un día ocurrió la desgracia. La hija del alcalde cayó gravemente enferma. Nunca se supo de la enfermedad que la había indispuesto, pues el médico del pueblo no llegaba a entender de males mayores y tampoco podía ser trasladada a un hospital. La pequeña pasó dos semanas horribles, convulsionando y con fiebres altísimas.

Una fatal noche, el doctor dictaminó que el pequeño cuerpo de la niña no podría soportar esas condiciones apenas unas horas más. La noticia corrió como la pólvora por el pueblo. En un santiamén, todos estábamos congregados en casa del alcalde, esperando noticias de la evolución de la niña. En ese momento recordé el incidente con mis propios hijos durante nuestra huida, algo que había dejado escondido en un recóndito rincón de mi memoria.

Le propuse al alcalde que me dejase entrar a ver a la pequeña, que en ocasiones había ayudado al médico de una gran ciudad y a lo mejor podía hacer algo aún por ella. Me consintió la entrada pero estando él presente. Tuve dudas, no lo voy a negar, pero tampoco podía dejar que un alma tan joven nos dejase de aquella manera. Así que, delante del alcalde, la tomé en mis brazos. El pequeño cuerpo de la niña, aún más mermado tras las últimas semanas, ardía como si fuese una hoguera. Podía notar hasta el último de sus pequeños huesos. Saqué un pecho y le ofrecí a beber de mi leche mientras, con los ojos cerrados, volví a cantar una vez más aquella canción misteriosa.

Todo fue algarabía aquella noche cuando la pequeña se levantó por sí misma de la cama, sin rastro de las fiebres que la estaban consumiendo. Todo el mundo me estaba agradecido y yo recibía sus muestras de afecto con humildad. Pero no es oro todo lo que reluce, y a los pocos días comenzaron a correr rumores en la aldea sobre mí. Me tachaban de bruja.

El propio alcalde, convocó un pleno con todos los habitantes, a mi excepción. Yo, que había salvado a su hija de una muerte segura en cuestión de horas, ahora era una criatura del diablo que merecía ser aniquilada sin ningún miramiento. Así lo decidieron entre todos.

Ya han preparado la gran pira donde me piensan amarrar esta misma noche. A las doce, la hora bruja, qué paradoja. Solo puedo mirar a mis hijos y dejarles el legado de que su madre fue una buena mujer que murió en la hoguera por el solo hecho de hacer el bien.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Este relato es mi contribución con la página de escritores El Poder de las Letras del pasado jueves.

 

Los 52 golpes – Golpe #25 – “El círculo”

Los 52 golpes – Golpe #25 – “El círculo”
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Imagen propia

 

EL CÍRCULO

Llevaba un buen rato contemplándolas desde la distancia, protegido por un gran roble que había en el centro del parque. Allí estaban, todas ellas, formando un círculo. Desde mi privilegiada posición de poder ver sin ser visto, podía apreciar la energía que circulaba entre ellas.

No eran muchas, apenas serían unas diez mujeres las que completaban el círculo. Me sorprendió la variedad de edades, razas y estilos que se habían encontrado en aquel pequeño grupo. Unidas de las manos, cantaban con tranquilidad, al son del pandero que marcaba el ritmo. Cantaban, danzaban, descalzas sobre la fresca hierba del parque al anochecer. Me sentía hipnotizado por ellas. Por un lado, me sentía culpable por estar observándolas de esa manera, escondido como un cobarde. Hacía que me sintiese como un mirón o como si estuviese robándoles la intimidad. Pero, por otro lado, algún tipo de magnetismo me impedía dejar de hacerlo, así que allí pasé gran parte del anochecer.

Era hermoso oír aquellos cantos de mujeres femeninas, aquellas bellas y delicadas danzas alrededor del mandala que habían colocado en el centro. Era hermoso verlas tomarse de las manos, darse abrazos, hablar entre ellas.

Comenzaron a hacer una serie de rituales alrededor del fuego que, simbólicamente, habían colocado en el centro de la gran sábana. Rituales que fueron pasando, poco a poco y con gran facilidad, a los restantes elementos: agua, aire, tierra. A medida que realizaban sus rituales, siempre con sus cantos, podía observarse desde la distancia cómo la energía iba creciendo entre ellas. Se las veía poderosas, felices, irradiaban luz a su alrededor. Y yo continuaba incapaz de dejar mi lugar escondido tras el árbol.

Aquello era lo más parecido a un aquelarre que había podido contemplar en mi vida, pero un aquelarre de brujitas buenas, que desbordaban bondad para consigo mismas por todos los poros. Aquellos pies descalzos seguían girando y danzando, y su voces cada vez se hacían más fuertes y poderosas, alcanzando una energía que jamás pudiese haber imaginado.

El círculo no se rompía en ningún momento. La magia no salía de allí. No llegaba hasta mí y, por unos instantes, sentí envidia de aquel grupo de mujeres, de no poder participar de todos aquellos rituales que les estaban fortaleciendo de aquella manera.

Terminaron con los rituales de una manera serena y comenzaron a recoger todo aquel despliegue que habían organizado. Por aquel entonces ya era noche cerrada. Seguramente, mi propia mujer estaría esperándome en casa, quizá preocupada por no saber dónde diablos me habría metido a aquellas horas. Sabía que debía salir de mi escondrijo para marcharme a casa, pero el influjo se mantenía sobre mí.

Pude contemplar cómo, tras recogerlo todo, cada una de ellas comenzó a sacar los alimentos que había llevado, organizando una improvisada cena en el mismo claro del parque, en el que todavía perduraba la magia. Las podía oír reír, compartir, hablar entre ellas, entre todas, sin distinciones, sin prejuicios ni separaciones. Llamaba la atención la unidad que había entre ellas.

Recogieron todos los desperdicios en una bolsa que arrojaron a una papelera cercana y, poco a poco, fueron alejándose del lugar, sin dejar ningún resto de su paso por allí. Todavía permanecí escondido detrás del gran roble unos minutos más, hasta que conseguí salir de allí. Pasito a pasito me fui acercando al lugar donde se habían reunido ellas, pero cuando llegué a él, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Era evidente que todavía permanecía en el lugar la magia que habían generado y que yo no era bienvenido allí.

Así que, solitario, cabizbajo y apenado por su desaparición, retomé mi camino hacia casa. Al llegar, le pregunté a mi mujer acerca de los círculos de mujeres y la energía que generan. “Eso son tonterías de otras épocas”, me respondió. Era evidente que no tenía ni idea. Quizá por eso ella estaba siempre tan amargada.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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Relato número 25 para Los 52 golpes. Espero que os haya gustado. Los relatos 26 y 27 ya los tenéis disponibles en la web. ¡El 28 en breve!

Revista Zarabanda mes julio

HOY NECESITO TU FUERZA
Imagen: Pixabay

 

 

Os dejo mi colaboración con la revista Zarabanda del mes de julio. Aquí podéis encontrar el enlace a la revista.

 

HOY NECESITO TU FUERZA

Contemplando el firmamento,

es entonces cuando te veo,

brillando allí en lo más alto.

¿Por qué te fuiste tan lejos?

 

Se desbarajustó mi vida

cuando quisiste marcharte.

No hay rencores, no te juzgo,

pero no puedo olvidarte.

 

Quisiera estirar el brazo

hasta llegar a tocarte,

dar un pequeño tirón

y volver a aquí bajarte.

 

Que por no pedir ayuda

a ese Dios en que no creo,

te la pido a ti, confiada

en que me ayudarás desde lejos.

 

Pero tu ayuda no llega,

espero que no me olvidaras.

Soy tu niña, la de siempre,

con las arrugas marcadas.

 

De pronto el cielo se enciende.

Millones de estrellas lucen.

Te he perdido, no te encuentro.

Mis ánimos caen de bruces.

 

Otra vez en el abismo,

del que no logro salir.

Ayúdame, te lo pido,

a no dejarme morir.

 

He perdido mi camino.

Me perdí por los senderos.

No sé cuál es mi destino,

tendré que empezar de cero.

 

Lo intentaré por mis medios

si no quieres ayudarme.

Porque no es tiempo de irme,

vas a tener que esperarme.

 

Y si me tiendes tu ayuda,

la aceptaré de buen grado.

Si viviese esa experiencia,

sería como abrazarnos.

 

Hoy necesito tu fuerza,

ser leona, tener garras.

Defenderme con fiereza

de los ataques de extrañas.

 

Así como siempre hacías,

leona por tus cachorros,

eras la mejor del mundo,

con eso lo he dicho todo.

 

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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“Deja entrar la luz del sol” – El poder de las letras

“Deja entrar la luz del sol” – El poder de las letras

 

DEJA ENTRAR LA LUZ DEL SOL
Imagen propia

DEJA ENTRAR LA LUZ DEL SOL

Tomé asiento en las primeras filas del auditorio. No quería perderme ni un solo segundo de aquella experiencia que sabía resultaría extraordinaria para mí. Hacía tiempo que no asistía a un evento de esas características, desde que dejaste de ir conmigo. Aún recuerdo los escalofríos que me recorrían escuchando las voces, la música, tu mano siempre agarrada a la mía.

Pero desapareciste de mi vida y mi ilusión se esfumó. Quedó hecha trizas por el camino que me tocó recorrer sola, sorteando mil obstáculos sin ayuda. Hoy ha llegado el día en que me he propuesto reinventarme, volver a ser yo, reanudar esa sonrisa que quedó colgada de un estante barato. Y aquí estoy, con los mismos nervios de una chiquilla en su primera vez, esperando que dé comienzo el espectáculo.

Hoy retomo las ilusiones que en mí vivían, que quedaron marchitas hace tantos años. Porque creo que me lo merezco. Así que me he engalanado como hacía tiempo que no lo hacía, he utilizado esos colores que tanto te gustaban en mi cara, me he vuelto a calzar los tacones. Nerviosa, pero determinante, y feliz, o eso creo.

El auditorio está repleto esta noche. Reprimo el impuso de morderme las uñas, recién arregladas con la manicura francesa que a mí tanto me gustaba y a ti tanto te disgustaba. Los artistas poco a poco comienzan a llenar el escenario. Reina el silencio en la sala. Hasta que comienza su música.

El escalofrío es inmediato. En su mayoría mujeres, comienzan a interpretar con gran maestría “Let the sunshine in“, uno de los que fuera mi leitmotiv en la vida. Siempre dejé entrar la luz del sol, hasta que me cubrió la oscuridad. Poco a poco, guiadas a la perfección por la directora de la coral, van subiendo volumen, bajando, dando espacio a los compañeros que interpretan su parte de manera excepcional.

Las notas musicales se cuelan en mis oídos y me hacen estremecer. Cierro los ojos, apreciando aún más el embrujo de la música y de las voces armonizadas a la perfección. Sé que me estoy perdiendo el bello espectáculo de la coral, pero no importa. En estos momentos solo me importa sentir la música. Dejar que las notas se cuelen por mis oídos y me transporten allá donde brilla el sol.

¿Cómo he podido vivir tanto tiempo sin disfrutar de este enorme placer para mí? Por primera vez en mucho tiempo, la sola idea me parece ridícula. Vale, tú no estás, pero yo sí, y estoy viva, disfrutando de uno de mis grandes placeres, de mis grandes vicios inconfesables. La música, la luz del sol, la vida. ¿Quién sabe? A lo mejor dentro de poco vuelvo a estar allí, encima del escenario, de donde tú me bajaste para ponerme en un altar que luego destruiste a patadas. Sí. Decidido. Volveré a cantar.

La canción termina. El auditorio al completo se levanta en una gran ovación. La interpretación ha sido excelente. Con los ojos aún cerrados, me levanto también, aplaudiendo con ganas, con una sonrisa en los labios, sintiéndome viva de nuevo, viendo brillar mi sol interior.

Aún quedan muchas grandes piezas por disfrutar, y me dispongo a ello con la felicidad por fin reflejada en mis ojos.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Este relato está inspirado en el siguiente vídeo del Coro Soul de la Isla, impresionante actuación. Muy agradecida por permitirme utilizarlo para ilustrar el relato.

Además, es mi colaboración para la excelente página de escritores El Poder de las Letras de la semana pasada. 

Los 52 golpes – Golpe #24 – Lo que se ve desde el faro

Los 52 golpes – Golpe #24 – Lo que se ve desde el faro

 

LO QUE SE VE DESDE EL FARO
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LO QUE SE VE DESDE EL FARO

Llegué a aquel pequeño pueblo costero por casualidad, como quien llega al lugar que le estaba predestinado mucho antes de que tuviera constancia de ellos. Llegué huyendo de un pasado cruel, con una necesidad imperiosa de soledad. Lo que menos quería en aquellos momentos era mantener cualquier tipo de contacto con la gente.

Caminé durante largos días desde mi ciudad, recorriendo caminos poco o nada transitados. En ocasiones, atravesaba a través de los grandes campos de cereales, bajo un sol abrasador, sintiendo a cada paso que daba cómo mi dolor se iba aligerando poco a poco, de una manera demasiado lenta, demasiado cruel.

Cuando llegué a la zona costera, algo en mi interior sintió que mi sitio, ese que tanto tiempo llevaba buscando, se encontraba allí. Solo me quedaba encontrar el lugar adecuado. Aquel que me permitiese disfrutar de mi soledad y, al mismo tiempo, ganarme la vida de una manera honrada, muy diferente de lo que había venido haciendo hasta el momento.

Un día, de madrugada, llegué a aquel pequeño pueblecito. No se encontraba exactamente en la costa, pero había un determinado lugar que fue el que me hizo enamorarme de aquel sitio y decidir hacerlo mío. Un pequeño faro, alejado a varios kilómetros del pueblo, lanzaba su luz en calmantes ráfagas. Me senté a una distancia prudencial, dejando que la luz del faro me acunara, mientras me iba adormeciendo.

Desperté con un tenue rayo de sol que incidía directamente sobre mí. En un primer momento me quedé boquiabierta, por completo anonadada. Delante de mí se erguía, majestuoso, aquel pequeño faro que ya había dejado de emitir su luz. Tras él, imponente, el mar bravío arrojaba olas furiosas contra su costado. Sin tan siquiera pensarlo, me dirigí hacia él.

La puerta estaba abierta, así que lo interpreté como una invitación a entrar. Apenas cuatro tramos de maltrechas escaleras llevaban a lo alto del faro. Tenía pinta de haber estado habitado, pero abandonado desde hacía no mucho tiempo. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo. Allí había todo lo necesario para que una persona pudiese vivir de una manera cómoda. Y las vistas desde aquella altura, aunque no fuese demasiada, eran impresionantes. Desde su frente se podía contemplar el mar, o el océano, por la fuerza con que las olas se acercaban. Desde que comencé mi escapada, sin rumbo fijo y evitando las poblaciones, no tenía la menor idea de dónde podía encontrarme.

Decidí que aquel iba a ser mi lugar. No tengo precisión acerca de las horas que puede pasar contemplando el mar desde aquel privilegiado lugar. Cuando comencé a sentir hambre y, tras comprobar que las provisiones de mi mochila se habían terminado, comprendí con un suspiro que debía acercarme al pueblo. ¿Para qué? Para conseguir comida, lo primero, y para obtener información de aquel mágico lugar, lo segundo.

Me dirigí con mi mochila hacia la única taberna que, al parecer, había en aquel pequeño pueblo. Otra grata sorpresa fue la que me llevé aquel día, pues no esperaba la hospitalidad con la que me recibieron. En la taberna me ofrecieron de comer sin esperar nada a cambio y, en menos de dos horas, ya tenía el título de farera oficial del pueblo. El antiguo farero había fallecido hacía unos meses y nadie en el pueblo había querido desempeñar aquel trabajo, tan alejado de la civilización, y que para mí resultó ser perfecto.

Aquellas buenas gentes me ofrecieron su ayuda, su hospitalidad, me arroparon con su cariño sin preguntas, sin cuestionar de dónde venía o por qué me encontraba en aquella situación. De esta manera, mis heridas sanaron y me integré en el pueblo como una más, como si hubiese pertenecido desde siempre a aquella pequeña comunidad.

Disfruto de las vistas desde mi pequeño faro, tengo mis momentos de soledad tan necesarios para mí y he encontrado un acogimiento que no sabía se podía recibir. Entre tanto, incluso el amor ha llamado a la puerta de mi pequeño refugio y dentro de mi pequeña barriga crece el fruto de ese amor, que dentro de poco podrá disfrutar, como yo, del maravilloso mundo que se ve desde el faro.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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Este es el relato preparado para la semana número 24 de Los 52 golpes. Ya podéis ver en la página los relatos 25 y 26. El 27… toca esta semana, y mentiría si dijera que tengo alguna idea de acerca del tema…