Los 52 golpes – Golpe #35 – “El viento del Siroco”

Los 52 golpes – Golpe #35 – “El viento del Siroco”

EL VIENTO DEL SIROCO

 

EL VIENTO DEL SIROCO

Tú y yo vivíamos en paz. Ningún sobresalto había en nuestra vida. Tanto era así, que casi podríamos tildarla de anodina. Pero, al fin y al cabo, vivíamos en paz. Una paz auto impuesta, aceptada, adquirida como propia en nuestra manera de vivir.

Si alguno de los dos se sentía en verdad cómodo con aquella paz, en realidad rutina, jamás se atrevió a decirlo. Tal era nuestro afán por no dañarnos. Ahora que lo pienso, creo que ambos aguantábamos con estoicismo la situación por nosotros mismos generada, con tal de no dañar al contrario.

Y los dos, sin saberlo, creábamos una situación de paz tensa, en la que ninguno de nosotros se sentía cómodo, feliz, realizado o pleno. Igual que tampoco sabíamos que la sinceridad es el camino más recto para solucionar cualquier desavenencia.

Si tan solo lo hubiéramos hablado en algún momento… Si tan solo hubiéramos expresado nuestros sentimientos… A lo mejor no habríamos llegado al punto en el que nos encontramos. Un punto de no retorno que está haciendo tambalearse hasta los cimientos más profundos de nuestra siempre idílica relación. Un punto que los dos conocemos de sobra y, aún así, seguimos callando. Quizá, aunque no podremos saberlo nunca, no habríamos llegado hasta este punto.

Hasta que llegó un día en que todo cambió. Llegó el viento del Siroco a nuestras vidas, arrasando como un huracán, cargado de polvo y calor, sacándonos a ambos de nuestra cuidada zona de confort. El viento, urgente y huracanado, culpable, testigo, salvador. Lo recibimos como se reciben las novedades en una vida sin ilusión. Impávidos, incautos, tan solo nos dejamos llevar por él. Nos dejamos mecer en sus cálidos brazos, mientras nos arrancaba de nuestra imperturbable posición, sin que apenas nos diéramos cuenta.

Hoy el viento se ha marchado. El Siroco pasó por nuestra vida, hizo de nosotros su epicentro, se ensañó con lo poco que quedaba de cordura en lo más profundo de nuestro ser. Y nos dejó desnudos, sin coraza, sin silencio, sin apatía. Las palabras brotaron sobre las oleadas de calima para poner punto y final a lo poco que quedaba de conformismo entre nosotros.

El Siroco arrasó mi vida, la tuya, la nuestra. En su lugar, solo queda una gran nube de humedad polvorienta, que cae olvidada en el sitio exacto que en su día fuese nuestro querido rincón.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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Relato correspondiente al golpe nº35 de Los 52 golpes. Si tenéis un ratito, podéis leer los textos de todos los participantes, todos fantásticos. Podéis encontrar también los golpes nº 36 y 37. Trabajando en el 38… Loading…

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“Mezcolanza” – Desafíos Literarios

“Mezcolanza” – Desafíos Literarios

Mi colaboración con la fantástica web Desafíos Literarios de la semana pasada. Espero que os guste.

MEZCOLANZA

Recuerdo con exactitud el día en que partiste, en que te separaste de mí, para siempre, para no volver. Lo recuerdo con una extraña mezcla de sentimientos que vinieron a sacudir con fuerza mis entrañas, ya de por sí inquietas. Fue como un zarandeo de todo mi cuerpo hasta desencajarse por completo.

Sí, lo recuerdo como una mezcolanza de emociones. Incredulidad, ganas de morir, ira, dolor pero, sobre todo, tristeza, mucha tristeza. Y cada día que pasa vuelvo a recordar aquel día y vuelvo a experimentar todas esas emociones. Viajo en una montaña rusa, sin saber cómo será de cerrada la próxima curva o cuándo vendrá la bajada que me llevará a los infiernos.

La verdad es que es duro vivir así, con la expectativa de cuándo llegará ese momento. Ese caer al vacío, esa sensación de opresión, de no encajar en el mundo, de querer estar junto a ti, de dejarme ir… Porque lo que es seguro es que ese momento llega, ya se ha encargado la vida de explicármelo bien, día tras día, noche tras noche, año tras año.

A pesar de todo, te añoro. Podría decir que ese es el sentimiento que prevalece por encima de todos los demás. Te añoro, sí. El transcurrir de los años no hace más que avivar esa añoranza, volviéndola una carga demasiado pesada para mi maltrecha espalda de luchadora de la vida. Hay tantas cosas que no sabes… Podría contarte tantas historias que mantendríamos una conversación durante toda la eternidad. Estaría bien eso, sentarnos y charlar. Traerte los recuerdos y contarte todo aquello que te has perdido. Vendería mi alma al diablo solo por uno de esos abrazos tuyos, tan cálidos, tan cariñosos, tan reconfortantes. Estaría dispuesta a subir al cielo solo por ver tu sonrisa, aunque bien sé que lo mío será un descenso al infierno, como cada día.

Pero no pretendo que esta sea una confesión triste. Al contrario, puedo asegurar que hace tiempo descubrí un pequeño secreto. Encontré la manera de sentir tu presencia, de poder hablar contigo, de contarte todas esas cosas que moría por contarte. Fue una noche de un verano que ya daba sus últimos coletazos en un intento vano por querer sobrevivir al inminente otoño. La noche era oscura, una de esas noches de luna nueva en la que se puede observar el inmenso firmamento si estás en el sitio adecuado. Yo, por casualidad, o más bien por causalidad, lo estaba.

Dirigí mi mirada hacia el cielo, mostrando mi admiración por toda aquella sinfonía de pequeñas luces que plagaban el firmamento. La Vía Láctea se observaba con intensidad. Millones de diminutos puntos blancos surcaban el cielo. La noche era preciosa y estaba, por fin, relajada, observando, solo disfrutando del placer de poder contemplar tal maravilla. Entonces la vi. Y en ese preciso instante un escalofrío recorrió mi cuerpo. Había una estrella, solo una, que brillaba con mayor intensidad que todas las demás. Parecía estar dirigiendo su brillo hacia mí, o al menos eso fue lo que percibí.

No tardé ni un instante en comprender que aquella brillante estrella, aquel espectacular lucero, eras tú, cuidándome desde las alturas más abismales. No necesité pronunciar ni tan siquiera una triste palabra para poder comunicarme contigo. Aquella noche fue espectacular y quedó guardada bajo llave en el rincón más mullido de mi resquebrajado corazón.

Desde entonces, cada noche miro hacia el cielo. Da igual la etapa en que se encuentre la luna, si hay millones de estrellas o no, que esté en la más absoluta oscuridad o bajo la apabullante luz de las farolas de la ciudad. Y tú siempre estás ahí, acompañando mi vida de sufrimiento, haciéndola más llevadera.

La otra noche solo estábamos tú y yo, tanto en el cielo como en la tierra. Tú y yo en la más estricta intimidad. Te tomé una fotografía, posaste para mí como lo que eres, la más bella del firmamento. Y enmarqué tu fotografía para poder llevarte conmigo en todo momento, sin necesidad de esperar a la noche.

Hoy soy un poquito más feliz, acompañada como estoy siempre por ti. La añoranza continúa, es inevitable, pero te siento más cerca y más cómplice que nunca. Ya solo me queda esperar al día de mi partida y que, con un poquito de suerte, inicie una ascensión hasta tu lado, en lugar de consumirme en las llamas del cálido infierno que siempre me ha acompañado.

Me temo que eso no va a ser posible. Solo quiero abrazarte, mamá. Y ya vendí mi alma al diablo para conseguirlo.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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“El Imperio de Augusto” – El Poder de las Letras

“El Imperio de Augusto” – El Poder de las Letras
EL IMPERIO DE AUGUSTO
Imagen propia. Derechos registrados.

Comparto con vosotros mi colaboración con la página de escritores El Poder de las Letras de la semana pasada. Como siempre, os recomiendo visitarla. Espero que os guste.

 

EL IMPERIO DE AUGUSTO

—¡Livia! ¡Livia! ¡Ven, corre! ¡Tienes que ver esto! —gritaba a pleno pulmón César Augusto, esperando la pronta llegada de su esposa.

—¿A ver qué son esos gritos? Querido Augusto, ya te he dicho mil veces lo que opino de que me hables con gritos —respondió Livia, con un ligero enfado.

—Perdona, Livia, pero es que esto es una situación excepcional. Mira, mira ante tus ojos —repuso César Augusto, con indignación.

La majestuosa Livia contempló la extensión de terreno que se abría ante ella. Allí donde se hubo ubicado su bello pueblo. No quedaba nada de lo que era, tan solo ruinas y piedras recolocadas unas sobre otras, intentando simular precisión. Se intuían los contornos de lo que fuera su precioso palacio en su día, así como los de algunas casas más. Reconoció parte de lo que fuera el horno que utilizaban para preparar los grandes banquetes y el pan diario. Por lo visto, según pudo leer en una placa que había fuera del contorno del pueblo, acordonado para más inri, ahora se trataba de un importante conjunto histórico-artístico. Una lágrima rodó por su mejilla, lánguida y prudente, y fue a parar justo dentro de su boca, que había quedado abierta desde el instante en que sus ojos contemplaron aquello. El regusto salado de esta le dio ganas de vomitar.

—¿Has visto? ¿Comprendes ahora por qué te llamaba a gritos, mujer? Mira lo que queda de nuestra bella villa. Aquí ya no se podrá celebrar ni una triste bacanal más —dijo César Augusto, rompiendo de esta manera el tenso silencio que se había adueñado del lugar.

—¡Por favor, Augusto! ¡Siempre pensando en lo mismo! ¿Crees que ahora es momento de pensar en bacanales? ¿Pero quiénes han sido los vándalos que han hecho esto con nuestro pueblo? —Livia parecía a punto de estallar de la ira.

—Pero fíjate bien, pone que se trata de un conjunto arqueológico histórico-artístico y que forma parte del Patrimonio Nacional. ¿Del patrimonio de qué nación? ¡Esta villa pertenece al Imperio Romano! —gritó, furioso, Augusto.

—Ay, Augusto. Ya te decía yo que no me parecía buena idea volver después tantos siglos. Me parece que la historia ha debido cambiar mucho desde entonces… Alguno de esos estúpidos emperadores que te sucedieron debió meter bien la pata. Creo que de nuestro Imperio ya no queda más que este montón de ruinas —dijo Livia, afligida—. Anda, volvamos al limbo, del que nunca debíamos haber salido.

—Pues sí —contestó Augusto—. Volvamos al limbo. Al menos allí sí se preparan bacanales en condiciones, como las de antes.

Dicho esto, tomó a su esposa por la cintura, mientras una mano juguetona bajaba hasta su nalga izquierda, acariciándola con ganas.

—Augusto, Augusto… Si es que por ti no pasan los siglos… —terminó de decir Livia, mientras se alejaban en una ascensión ligera hasta el limbo.

Ana Centellas. Septiembre 2017. Derechos registrados.

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Los 52 golpes – Golpe #34 – “Volare”

Los 52 golpes – Golpe #34 – “Volare”

 

VOLARE
Imagen tomada de la red

 

Os dejo con el relato número 34 para Los 52 golpes, si entráis en la página podréis encontrar magníficas letras de 52 autores distintos, a texto semanal. Una pequeña colección de textos que es una joya. También podréis encontrar mis golpes número 35 y 36. El 37 anda aún en agüita de limón…

 

VOLARE

Erase que se era una vez, una niña pequeñita que soñaba con volar. Quería llegar a las nubes, quitarles un pedacito, probar su sabor a azúcar, jugar con ellas, dormir abrazada en sueños de algodón. Eso era lo que soñaba, y con la inocencia propia de su edad, creyó que su sueño podría hacerse realidad. Y buscó la forma más sencilla que le permitiese volar.

Era una niña preciosa, princesa de su papá, que todo le consentía. Cuando aquella pequeña niña fue a contarle a su papá sus sueños de volar, él no la contradijo, cualquier cosa que pidiera su pequeña, la cumpliría. Así que la llevó a viajar. Volaron sobre las montañas, sobre océanos inmensos, sobre pueblos pequeñitos, sobre ciudades monstruosas, sobre áridos desiertos y sobre frescos vergeles.

La niña estaba encantada con aquellos viajes que hacía junto a su padre. Pero aquello no era volar. No el volar que ella quería. Sí, volaba en impresionantes aviones junto a muchas personas más. Volaba en pequeñas avionetas pilotadas por su papá. Volaba hasta en helicópteros que rugían por el cielo. Pero las nubes, sus nubes, no se alcanzaban desde allí. No se podían tocar con las yemas de los dedos. Ella quería volar.

La niña volvió a su padre y le dijo que quería volar. No esos vuelos que habían hecho, que ella quería más. El padre, tan complaciente, la llevó al parque de atracciones, ahí verás lo que es volar. Montaron en millones de atracciones, volaron a mucha velocidad, boca arriba, boca abajo, dando giros sin parar. La niña con su sonrisa y el padre orgulloso a su lado. Fue genial, fue divertido, pero aquello no era volar. Pobre niña chiquitita, que solo quería volar.

A su padre le causaba tanta desazón ver a su hija en tal estado de desesperación, al ver que no conseguía lograr su sueño, que lo volvió a intentar por última vez. Era su niña, su tesoro, no podía fallarla, así que un día llegó a casa con un paquete bajo el brazo. Envuelto en papel de hermosos colores, con un lazo gigantesco. Qué sorpresa se llevó la niña, que alegre abría su regalo con los ojos bien abiertos.

Se iluminó su carita cuando vio lo que dentro había. Pensó que tenía el mejor papá del mundo, que se desvivía por ella. Y que, por fin, había encontrado la manera de poder volar. Dentro de aquella cajita, alineadas con perfección, un par de zapatillas de bailarina la esperaban. Rosa claro, casi blanco, eran preciosas. Corrió a probárselas, qué maravilla, ahora sí que sí, papá, tu niña sí volaría.

La niña creció sin remedio, llenaba los escenarios con la luz que ella irradiaba, sobre sus puntas volando. Muy feliz se la veía, había cumplido su sueño, volaba, mientras bailaba, era libre como el viento. Pero de puertas afuera, dentro había sufrimiento, pies heridos, lastimados. No le importaba, pensaba, con tal de seguir volando.

Pierde peso, así no vuelas, le dijeron en la compañía de danza. Y cada vez más ligera, como una pluma de belleza magistral, mostraba su elegancia volando, danzando. Volare, cantaba incauta, volare, cada vez más alto. Y la chica, ya un suspiro, de piel y huesos volando. Volando se fue hasta el cielo, cumplió su sueño, volando.

No estés triste, pobre padre, tu pequeña lo ha logrado. Se ha ido con las estrellas, y con las nubes, volando.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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“No lo recuerdo” – Desafíos literarios

“No lo recuerdo” – Desafíos literarios

 

NO LO RECUERDO.jpeg
Imagen: Morguefile

 

 

Os dejo con mi participación de la pasada semana en la web Desafíos Literarios, donde podréis encontrar literatura de calidad. Si queréis ver la entrada original, podéis hacerlo aquí. Encantada de poder colaborar con ellos.

NO LO RECUERDO

El insecto caminaba por la tela metálica de la mosquitera. El calor acuciaba y el único sonido que se podía escuchar era el de las chicharras, alegres en los árboles bajo un sol justiciero.

La casa estaba fresca y el anciano permanecía en su interior, resguardado, con un viejo botijo de agua fresca a su lado. De vez en cuando echaba un largo trago, que desde las alturas caía en su desdentada boca como una cascada, mitigando la sed provocada por el calor de aquel angustioso verano.

Pasaba todo el día encerrado entre aquellas cuatro paredes, las más frescas de la casa, mientras rumiaba en silencio tiempos pasados que hace tiempo que se fueron. Ni siquiera podía salir al patio, a la sombra de la gran parra que lo recubría, pues el calor seguía siendo igual de implacable bajo la misma.

El anciano miraba cómo el insecto seguía caminando por la rejilla metálica, ajeno por completo a sus cavilaciones. Sentado sobre su mecedora, lo veía subir, bajar, dar vueltas sin sentido, sin encontrar una salida en aquel simulacro de laberinto en el que se había convertido una simple mosquitera. Se preguntó cómo habría logrado entrar, pero allí estaba. Y se trataba de un insecto que no sabía determinar a qué clase pertenecía.

Él, que siempre había vivido en y para el campo. Que había conocido todo tipo de plantas y animales. Que había recorrido en infinidad de ocasiones las tierras que le rodeaban, áridas en verano, pero plenas en las restantes épocas del año. Él, no era capaz de reconocer ni a un simple insecto que se había colado sin permiso en su humilde morada. Pero su mente ajada recuerda, y las lágrimas le resbalan por las mejillas surcadas por el paso de los años. Recuerda cuando era joven, vigoroso, cuando era feliz en el campo, aunque trabajase de sol a sol. Recuerda cuando su amada esposa, dulce y afable como la que más, estaba a su lado, compartiendo su vida. Y piensa que debería seguir aquí con él. Recuerda cuando los pequeños llenaban la casa. Siete maravillosos hijos que su esposa le había regalado, siete regalos como siete soles. A alguno ya no podrá verle más. Los otros apenas se molestan en viajar para visitar a su anciano y decrépito padre. Y duele.

Recuerda cuando se sentía tan feliz, cuando los veranos no eran infiernos calurosos encerrado en su casa, mientras espera que llegue esa señora tan amable que le asea y le prepara la comida. Cuando pasaba el día en el río con su familia, porque él tenía una familia. Y era feliz así.

Las pesadas lágrimas siguen rodando por sus mejillas, en su día lozanas y, ahora, cubiertas por una rebelde barba blanca mal cortada. Él las bebe, como si fueran el elixir de la vida, más frescas aún que el agua del botijo, sin importarle la sal que las envuelve.

Su atención se vuelve a fijar en el insecto de la ventana. No consigue saber qué clase de insecto es. Lo observa con atención, mientras comprueba cómo no es capaz de encontrar la salida. Al igual que él.

Escucha unos tenues golpes en la puerta. Se levanta con pesadez, con esfuerzo para sus débiles huesos que parecen no soportar más el duro peso de toda una vida de labor. Abre con cuidado, se asoma con cautela. Una mujer de rostro afable le saluda con una sonrisa. Solo sabe que debe dejarla pasar, pero no por qué.

—¡Buenos días, Antonio! —La mujer de dorados cabellos flanqueados con mortecinas canas entra en su santuario como un remolino, sacándole de su ensimismamiento—. Pero bueno, ¿ha estado usted llorando? ¿Por qué?

El insecto ya no está. Lo vio volar libre por la rendija entreabierta de la puerta cuando dejó entrar a aquella mujer. ¿De qué clase sería?

—No lo recuerdo —contesta el anciano, mientras vuelve a su rincón junto al botijo.

No, no lo recuerda. Como tampoco recuerda quién es la mujer que acaba de irrumpir en su silencio.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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“Inmigrantes” – El Poder de las Letras

“Inmigrantes” – El Poder de las Letras

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Esta es mi aportación a la página de escritores “El Poder de las Letras” de la pasada semana. Otro intento de poesía. Espero que os guste.

INMIGRANTES

Cruzaron océanos bravos,

sin familia ni maleta.

¿Cuántos se habrán quedado

en la negrura indefensa?

 

Buscan nuevas oportunidades

en una España ya vieja,

ya rápido convertida

en país de pandereta.

 

Atrás quedó la familia.

Los hijos quedaron llorando.

Papá va a salvaros la vida,

que aquí nos están matando.

 

Suerte tienen, si es que llegan

sin congelar al destino,

llorando por sus hermanos,

 los que se tragó el camino.

 

Corre, corre, compañero,

huye libre de la arena.

No te detengas siquiera

a mirar hacia tu tierra.

 

Los inmigrantes os llaman,

algunos hasta os desprecian,

olvidando que algún día

también sucedió en su tierra.

 

Tierra de oportunidades,

tanto sufrimiento en vano.

Este país os acoge

sin poder echar la mano.

 

Mamá suspira nerviosa,

los hijos lágrimas riegan.

Papá marchó al nuevo mundo

y sus noticias no llegan.

 

Pequeños sin sus familias,

mujeres que la vida arriesgan,

con mil sueños en la mente,

que justo al llegar se siegan.

 

Por qué entregaste tu oro,

por qué arriésgate la vida,

para ver pasar el tiempo,

mientras la familia olvida.

 

¿Qué oportunidad os queda?

Vivir de lo que ni os dejan,

recorriendo por los bares

soniquetes de otra tierra.

 

Recoge ya tus pañuelos,

tus vestidos y pulseras,

y ve a recorrer la playa

bajo el sol y entre la arena.

 

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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Los 52 golpes – Golpe #33 – “La comunidad”

Los 52 golpes – Golpe #33 – “La comunidad”

 

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Imagen propia. Derechos registrados.

 

 

LA COMUNIDAD

Sobre mi viejo coche, en su día de un color rojo precioso pero que ahora lucía un aspecto ajado y desgastado por la intemperie, hace tiempo descubrí una pandilla de gatos que lo habían elegido como si fuera una confortable cama en la que pasar la noche. La cantidad de gatitos variaba según el día, pero lo normal es que se pudieran encontrar entre cuatro y seis de ellos. Eran de los colores más variados, por lo que deduje que debían pertenecer a varias camadas. Quizá hayan formado una nueva familia, atípica, pero unida. O quizá solo se trate de grandes amigos que comparten un dormitorio tan particular. Han sido muchos los días en los que he intentado acercarme a ellos, con la intención de acariciarles, transmitirles mi cariño, intentar un acercamiento a aquella pequeña comunidad que había invadido, sin pedir permiso alguno, mi ya prácticamente inútil medio de transporte.

Pero cada mañana, cuando me acercaba con el platito de leche fresca para ofrecerles, se despertaban con rapidez, se ponían en pie en décimas de segundo y, cuando me quería dar cuenta, ya había desaparecido cada uno por un camino distinto, mientras corrían como alma que lleva el diablo. Había días en los que ni siquiera los volvía a ver.

Me habían hablado muchas veces de la independencia de los mininos, que incluso en ocasiones eran algo ariscos, pero esta pequeña comuna se llevaba la palma. ¿Por qué no me dejaban acercarme a ellos? ¿Acaso no querían mi amistad? Yo, que les había prestado mi coche, que nunca les había puesto ninguna pega, ¿y me lo pagaban así? Llevábamos meses en contacto, ya deberían haberse acostumbrado a mí, o eso pensaba yo. Esta mañana, por fin, he conseguido acercarme a ellos sin que huyeran por completo. Solo alguno se levantó de su sitio para desplazarse unos centímetros. Así que tuve tiempo para tomarles una fotografía que siempre tendré para el recuerdo. Disfrutadla, quizá no se vuelva a repetir.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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Este es el texto elaborado para el golpe número 33 de Los 52 golpes. Ya disponéis en la web de los relatos 34 y 35. El 36, correspondiente a esta semana, está en agüita de limón aún…