“El chal que cubrió mis hombros” – Taller de escritura creativa FlemingLab

“El chal que cubrió mis hombros” – Taller de escritura creativa FlemingLab

 

EL CHAL QUE CUBRIÓ MIS HOMBROS
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

 

EL CHAL QUE CUBRIÓ MIS HOMBROS

Salimos por la mañana temprano. El sol aún no había aparecido aún por el horizonte y no era más que una mínima estela de luminosidad provocativa. La luna continuaba con su altanería habitual, en lo más alto del cielo. Parecía que se iba a aproximar ese momento mágico en el que, por fin, luna y sol se funden en un beso tras sus doce horas de separación.

Tuve que ajustar bien mis gafas para poder ver en qué lugar ponía los pies. Un paso en falso y daría con mis huesos en el agua, que a aquellas horas de la mañana estaría demasiado fresca para la escasa ropa que llevaba. Mauro me tendió una mano al ver la inseguridad que había en mí, y me ayudó a cruzar sobre el puente que daba entrada a la embarcación. A pesar de que el sol ya pugnaba por salir, la oscuridad que había aquella mañana en el puerto era casi absoluta, acompañada por la sombra que las dársenas proyectaban sobre nosotros.

Jamás había subido a una embarcación de aquellas características. A decir verdad, jamás había navegado y ni siquiera las tenía todas conmigo a la hora de asegurar que mi delicado cuerpo fuese a aguantar la travesía. Pero el destino merecía la pena, el madrugón en la total penumbra también y, sobre todo, la compañía.

Conocí a Mauro hacía ya varios años en un portal de citas a través de Internet. Lo cierto es que jamás llegamos a conocernos, pero entre nosotros surgió una relación muy especial que manteníamos en privado. La distancia entre ambos fue uno de los principales inconvenientes con los que chocó nuestra relación, si es que podíamos llamarla así. Y pensándolo bien, eso es lo que era, un vínculo que manteníamos vivo a través de cruces de mensajes y horas de conversaciones interminables que la tecnología actual hacía posibles.

En realidad, durante estos largos años, jamás hemos hablado ninguno de los dos de sentimientos hacia el otro. De hecho, yo lo consideraba como una bonita amistad. Pero, cuando en una de nuestras últimas conversaciones, nos enteramos de que íbamos a compartir destino de vacaciones en las mismas fechas, entendí que el encuentro iba a ser inevitable. Lo acepté, lo asumí y lo busqué con ganas.

Tras diez días compartiendo confidencias, largos paseos por la orilla del mar, cenas románticas y bailes por las noches, Mauro me propuso hacer una pequeña ruta en su yate. Aún en la penumbra de la mañana me quedé fascinada por la magnificencia de la embarcación. Durante unos breves instantes, creí ver entre las sombras, producidas tanto por la falta de claridad solar como por mi creciente miopía aun llevando las gafas, una pequeña sonrisa de autosuficiencia en su rostro que no me gustó nada, pero preferí obviarla. Aquel iba a ser un gran día y no iba a consentir estropeármelo a mí misma haciendo elucubraciones absurdas sobre Mauro, sobre todo cuando él siempre se había mostrado como una persona humilde y llana.

Mauro puso en marcha el motor y sentí un escalofrió. La mañana había comenzado fresca, a pesar de encontrarnos en pleno verano. Mi liviano mono de lino no ayudaba a que mi cuerpo dejase de temblar por el frescor matutino. Mientras la embarcación comenzaba a virar de manera leve a estribor, para tomar el camino que daba a la salida del puerto, a la velocidad mínima, Mauro me contemplaba preocupado. Enderezó la ruta, disponiendo el barco en la dirección adecuada para abandonar el puerto y despareció durante unos minutos en el interior del barco. Regresó con un hermoso chal de lana de un suave color dorado, cálido y bello. Aquel gesto suyo me pareció más romántico que si me hubiese llevado a cenar al restaurante más acogedor de París. Fue entonces cuando tuve que reconocerme a mí misma que tenía un grave problema. Para mi desgracia, o para mi suerte, me estaba enamorando de él.

Cuando el sol quiso romper la línea imaginaria del horizonte, nosotros ya nos encontrábamos observando la costa desde la lejanía del mar. Estaba extasiada, jamás hubiese podido imaginarme contemplando semejante belleza. A un lado, el sol apareciendo refulgente sobre el horizonte. A otro lado, la costa, con sus bellas casitas de pescadores y el puerto, iluminadas con el tenue brillo de la luz del amanecer. Durante unos minutos, ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Me sumergí de pleno en la contemplación del maravilloso espectáculo de la naturaleza que se estaba desarrollando ante mí. A medida que el sol se elevaba en el cielo, todos los colores iban cambiando paulatinamente. Las aguas oscuras del mar se volvieron del azul más precioso que nunca había visto. La gama cromática se multiplicó ante mis ojos de una manera espectacular. Las blancas casitas de los pescadores reflejaban los rayos solares, creando ante mi vista una visión casi mágica del pequeño pueblo. Era la primera vez que veía un amanecer desde mar adentro, era la primera vez que veía la costa desde aquella situación, era la primera vez que viajaba en barco, era la primera vez que tenía a Mauro a tan solo unos milímetros de mí. Era la primera vez. Y ya me supe perdida.

El motor del barco sonaba en mis oídos haciendo un gran estruendo, pero no me importaba. Lo único importante de aquel momento era la gran vivencia de sensaciones que estaba experimentando, los colores, el olor a mar, tan vívido en mis fosas nasales, el lejano sonido de las gaviotas sobre el ruido producido por los motores. En aquellos momentos, hubiera deseado que en lugar de aquel lujoso yate, Mauro fuese el propietario de un lindo barquito de vela, pequeño, acogedor, silencioso. Sin apenas darme cuenta, su brazo me rodeó los hombros, intentando transmitirme el calor que producía su cercanía. Sin que ninguna palabra hubiese sido pronunciada aún en aquella mañana estival, acepté su abrazo con naturalidad y acomodé mi cabeza en su pecho.

Para mí, con la amalgama de sentimientos recién despertados en mi interior, aquel momento me pareció el culmen de la magia. Eché un vistazo hacia el agua, que salpicaba dentro de la cubierta del barco de manera juguetona y, sin saber por qué, un recuerdo vino a mi mente obnubilada.

Aquellas aguas azules, serenas, me transportaron en décimas de segundo a mi niñez, a una época de mi vida que, sin saber por qué, había quedado relegada a un segundo plano dentro de mis recuerdos. Me vi sentada en una pequeña barca de madera, rodeada de unas aguas igual de azules que las que ahora tenía ante mí, acompañada de mi abuelo. Mi abuelo Cecilio fue pescador desde su infancia, en las calmadas aguas de un Mediterráneo que se fundía con el Adriático, rodeando la cálida isla en la que vivía. Yo le visité pocas veces, quizá por eso apenas tenía recuerdos de él, pero en aquel momento le sentía tan real como si estuviera sentado frente a mí en aquella pequeña barca. Cuando yo nací, el abuelo ya era anciano, pero aún así, no había perdido su costumbre de salir cada día con su pequeña barca de madera en busca del sustento de su familia. Recuerdo aquel día, tendría yo unos cuatro o cinco años, en que le supliqué tanto para que me dejase salir de pesca con él, que no tuvo más remedio que acceder. Y fue uno de los días más bonitos de mi vida.

Sus brazos entrados en años aún eran fuertes, y se aferraban a los remos marcando poderosos músculos que nos hacían avanzar a contra corriente hacia el lugar entre dos islas donde siempre encontraba el mayor número de peces. Mis pequeñas botas de goma chapoteaban en el interior de la barquita, que se llenaba de agua con cada envite de mi abuelo con el remo al mar. Yo me entretenía en achicar el agua con un pequeño cubo de dibujos infantiles que normalmente usaba para hacer castillos de arena. Mientras remaba, el abuelo me contaba historias, con su peculiar acento griego. Me contaba mil y una historias, y recuerdo su voz como una dulce melodía. Su tono de voz era calmado, a veces incluso monocorde, pero, a la vez, hipnotizador. Para mí, pequeña niña de ciudad, escuchar todas aquellas historias de marineros era como abrir un portal hacia un universo totalmente desconocido en el que las más apasionantes aventuras esperaban al acecho tras la cresta de cualquier ola. Recuerdo su voz cantándome canciones típicas de su tierra, que quería que yo aprendiese para que tuviese un recuerdo de él.

Y menos mal que lo hizo, porque aquel verano fue el último que le vi. Falleció a los pocos meses en su barca, como le hubiese gustado, y la corriente tuvo la deferencia de acercarle hasta la orilla. Mis padres no me dejaron ir a verle y yo nunca más volví a ver a mi abuelo. Ni a recordarlo siquiera, era demasiado pequeña. Pero en aquellos momentos, volvía a revivir ese último encuentro con él con tanto lujo de detalles que no pude evitar que un reguero de lágrimas se deslizase por mi rostro.

Mauro se incorporó ligeramente, lo justo para comprobar que estaba llorando. El sol ya había alcanzado su cénit y nosotros apenas nos habíamos movido del lugar en el que habíamos fondeado para contemplar el paisaje. Me giró con ternura, sus ojos cubiertos de una emoción extraordinaria que me llegó a lo más hondo. Y, sin esperarlo, apretándome con más fuerza entre sus brazos, me besó como solo se besan los enamorados. Besó mis ojos, el torrente de lágrimas que caían silenciosas por mis mejillas, besó mis labios y finalizó besándome con pasión.

La historia de mi abuelo quedó relegada de nuevo al rincón del olvido. Las lágrimas se secaron por completo bajo el sol de la mañana. Y yo me entregué a aquel hombre que se había colado poco a poco en mi corazón durante largos años y, que en tan solo unos días, había conseguido avanzar hasta el mismo centro de él. Las ropas iban cayendo de manera lenta a nuestro lado, el sol calentaba nuestros cuerpos desnudos mientras nos fundíamos en miles de caricias, explorándonos, reconociéndonos. Nos amamos allí mismo, sobre la cubierta del barco, con el sol, las gaviotas y las olas del mar como únicos testigos de nuestro amor.

Al rato, ya equipados con nuestros trajes de baño, fuimos recorriendo la costa. Fuimos obteniendo las mejores vistas de los preciosos pueblecitos que se iban sucediendo a lo largo de la línea costera, para guardarlos en nuestra retina para siempre. Si tuviese que buscar un calificativo para aquel día solo podría utilizar uno, mágico. Era magia lo que flotaba a nuestro alrededor. Magia la que nos acompañaba en los abrazos mientras el barco continuaba con su lento avanzar paralelo a la costa. Magia la que compartimos durante la comida que Mauro había llevado preparada, regada con el más exquisito de los vinos que jamás había probado. Magia la que nos hizo amarnos una y otra vez rodeados de olas juguetonas que querían adentrarse con nosotros en el barco y acompañar a nuestros cuerpos resbaladizos.

El retorno a puerto fue tranquilo. Con la luz casi del ocaso, me pareció estar viviendo dentro de un sueño del que no quería despertar jamás. El sol se escondía tras las montañas con parsimonia, permitiéndonos una vista de los mismos pueblos que ya habíamos recorrido antes con una iluminación por completo diferente. Una iluminación que invitaba a relajarse y solo observar. Ya era noche cerrada cuando llegamos a puerto, después de haber disfrutado de otra cena en la cubierta, protegidos de la brisa marina, y después de habernos amado por última vez aquel día, aquella noche.

Mauro me acompañó a casa, al pequeño apartamento que había alquilado para mis tan ansiadas vacaciones, pero rechazó mi ofrecimiento a quedarse a pasar la noche conmigo. Aquella noche dormí sola, en un plácido sueño en el que me imaginaba rodeada de los fuertes brazos de Mauro, con el corazón latiendo con fuerza en el interior de mi pecho y miles de mariposas revoloteando alrededor de mi estómago.

Cuando, a la mañana siguiente, bajé a la playa para encontrarme con él en el sitio de costumbre, él no estaba esperándome, como cada mañana. Me extrañó tanto que me atreví a hacerle una llamada al móvil, algo que no había hecho nunca. Nunca me había hecho falta. Aún me sorprendió más aquella voz automática que me anunciaba que “el número de teléfono marcado no existe”. Emprendí un paseo hacia el puerto, bajo el sol abrasador de la mañana, y sentí una relajación total del cuerpo cuando vi allí el barco de Mauro, en el mismo lugar donde lo habíamos dejado la noche anterior. El precioso chal dorado aún colgaba de la barandilla de cubierta, después de haber quedado ahí por casualidad en una de las últimas veces que hicimos el amor.

Me acerqué, con paso ya raudo, al bonito yate. Varias personas estaban limpiándolo, aplicando productos de limpieza y frotando a fondo, mientras lo cubrían de agua para facilitar la tarea. Mi rostro debió ser todo un poema cuando les pregunté por Mauro y ninguno de ellos le conocía. Al parecer, aquel yate se alquilaba por días en la temporada de verano, y la última persona en alquilarlo no había abonado el importe solicitado. Sentí cómo mi cara iba pasando por todos los colores inimaginables, pero salvé la situación con la mayor dignidad posible. Saldé la cuenta del alquiler, lo que se tradujo en un descalabro importante en mi, ya de por sí menguada, cuenta corriente y me dirigí hacia su casa, esperando tener mejor suerte.

Me había mentido y necesitaba saber por qué. La mayor sorpresa fue cuando, conforme me iba a acercando a su casa, podía ver cómo una nueva familia la ocupaba, descargando maletas con los rostros llenos de felicidad que indican el inicio de las vacaciones.

Jamás volví a saber más de él, igual que jamás volví a ver a mi abuelo después de aquel día de pesca. Atrás quedaron los besos perdidos en el mar, los largos paseos por la arena y las interminables conversaciones por Skype que habían durado varios años. Fue como si se le hubiese tragado la tierra.

El único testimonio que tengo de mi vivencia es un chal de color dorado, el mismo que un día cubrió mis hombros, apolillado y gastado, en el fondo de mi armario.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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Este relato ha sido trabajado para el Taller de escritura creativa FlemingLab, organizado por J Re Crivello, y que podéis encontrar en el blog Masticadores de Letras.

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Los 52 golpes – Golpe #43 – “En la habitación de Ismael”

Los 52 golpes – Golpe #43 – “En la habitación de Ismael”

 

EN LA HABITACIÓN DE ISMAEL
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EN LA HABITACIÓN DE ISMAEL

A Irene no le agradaba demasiado la idea de ir a pasar unos días en la vieja casa que los abuelos tenían en el pueblo. Sobre todo porque aquello suponía pasar la noche de Halloween allí y la casa estaba demasiado cerca del cementerio pasa su gusto. Pero hacía tanto tiempo que Santi no iba a visitar a sus padres y la había insistido tanto en ello, que no tuvo más remedio que aceptar aquel pequeño viaje. Trataban a los padres de Santi de abuelos, a pesar de que no lo eran, por la edad y porque el trabajo en el campo les había pasado factura de una manera que ambos aparentaban más edad de la que en realidad tenían.

De todas formas, siempre le había gustado ir a aquel pueblo donde sus suegros habían nacido y en el que todavía vivían. Era un pequeño pueblo situado en lo alto de la montaña, al que se accedía por una estrecha carretera cargada de curvas que serpenteaba en estado total de abandono por entre los montes de Gredos. Las casas parecían haber sido colocadas a conveniencia de sus primeros habitantes y, a consecuencia de ello, no había ni una sola calle recta. Apenas un centenar de pequeñas casas de una planta, fabricadas en piedra, conformaban aquella casi aldea, habitada ya solo por ancianos. El cementerio, situado a escasos metros de la casa de los abuelos, iba creciendo en extensión cada vez que iban a visitarles. Parecía que las campanas de la pequeña iglesia pre-románica, que aún se erigía en pleno centro del pueblo, siempre estaban tañendo por los difuntos.

Le gustaba el ambiente acogedor que se formaba dentro de la casa cuando el abuelo Miguel encendía la chimenea en las frías noches de invierno, mientras la abuela Soledad preparaba un delicioso caldo con el que calentar los cuerpos. Le gustaban las noches de verano tomando el fresco en la puerta de la casa, en mitad de la calle sin ningún temor de que pudiese pasar algún coche por allí. Lo único que a Irene le producía cierto temor era la proximidad del cementerio y pasar aquellos días allí, con la noche de difuntos de por medio, no era algo que le apeteciese en demasía. Si tan solo hubiese sabido que no debía temer nada de aquel cementerio donde las ánimas solo descansaban en paz… Pero ella no lo sabía y la desazón que sentía era muy fuerte.

La casa seguía manteniendo la distribución que había tenido siempre, desde que Santi y su hermano crecieron allí. De ahí que Irene durmiese sola en la antigua habitación de Ismael, el hermano gemelo de Santi. Y era algo que en cierto modo agradecía y disfrutaba. Le gustaban aquellos días en los que podía regresar a la juventud, ocupando una cama individual, hundiéndose en el viejo colchón de lana que todavía mantenía la cama, arropada por gruesas mantas, pues el frío era extremo en aquella habitación, la más alejada del salón con su chimenea, en una casa que seguía sin disponer de calefacción. Las pertenencias de Ismael seguían allí, cuidadosamente guardadas en los cajones de la gran cómoda que completaba el dormitorio.

Las dos noches que pasaron en la casa produjeron en Irene un descanso muy reparador, hasta que llegó la tan temida noche para ella. Se acostó tarde, aguantando al máximo los últimos rescoldos del fuego que moría en la hoguera prendida por el abuelo Miguel en la chimenea. Santi estuvo con ella hasta el último momento, en que cada uno de ellos regresó a su respectiva habitación. Irene se acostó con la tranquilidad que le producía saber que ya quedaba menos de aquella noche que, sin saber muy bien por qué, le producía aquella extraña y desagradable sensación.

Dejó que el viejo colchón de lana la absorbiese, como creando un escudo protector a su alrededor que completó con la montaña de mantas sobre ella. No quedaba ni un resquicio por el que se pudiese colar la más mínima partícula de aire. Se cubrió incluso la cabeza, como hacía cuando era pequeña y los miedos la rodeaban. Durante unos instantes consiguió sentirse protegida y serena.

Poco le duró aquella sensación. Apenas habían pasado unos minutos cuando escuchó con claridad un ruido en el interior de su habitación. Retuvo la respiración durante un instante para poder escuchar con más atención. En su mente se entremezclaron dos sonidos, el de su corazón martilleando con fuerza dentro de su pecho y un chirrido que jamás había escuchado y que continuaba de manera lenta y sin descanso. Exhaló el aire retenido con fuerza, como si con ese gesto fuera capaz de ahuyentar a aquello que fuera lo que producía aquel desagradable sonido, pero no tuvo suerte. El chirrido continuaba con su recorrido hasta que escuchó cómo se detuvo de manera abrupta con un fuerte choque contra algo. Parecía madera.

Temblando como estaba, pero incapaz de reprimir su curiosidad de saber si su mente le estaba jugando una mala pasada, tendió una mano hacia la mesilla y encendió la luz de la lamparita, la misma bajo la que había pasado tantas buenas noches sumergida en la lectura de un buen libro. Descubrió con horror cómo uno de los cajones de la cómoda de Ismael, el de la parte superior, estaba abierto por completo. De ahí provenía el chirrido, de aquel cajón de rieles oxidados que no había sido abierto durante largos años. Irene quedó petrificada, incapaz de moverse de su posición en la cama, que en aquellos momentos le parecía más una prisión de la que no podría escapar que un refugio. El ritmo de su corazón la golpeaba con fuerza en las sienes y una tremenda migraña comenzó a forjarse en su incrédula cabeza. Creyó escuchar voces, pero no había nadie más en aquella habitación. Solo ella y aquel maldito cajón abierto.

De pronto, sin esperarlo, una muñeca antigua se irguió sobre el cajón y, dando un giro espectacular a su cabeza, la miró con fijeza. La cara de aquella muñeca era tétrica, blanca por completo. Sus ojos eran dos cuencas vacías que le conferían un aspecto maligno y tenía restos de sangre reseca en su pálido rostro, restos que encubrían sin llegar a ocultar el mal presagio que se cernía sobre Irene. Esta comenzó a gritar con desesperación. Fueron gritos de verdadero terror los que se escucharon aquella noche que precedía al día de difuntos en la hasta ahora acogedora casa.

Santi despertó sobresaltado. Creía haber escuchado un grito espeluznante que provenía de la habitación de su esposa. Miles de imágenes convergieron en su mente en cuestión de segundos, aquellos recuerdos que había mantenido bloqueados y alejados de sí durante toda su vida, y solo pudo encomendarse a aquel Dios en que no creía para que la historia no se estuviese repitiendo otra vez. Corrió hacia la habitación de Irene, mientras las imágenes de su hermano Ismael venían a su mente como pistoletazos en su frente. Cuando llegó, la diabólica muñeca regresaba a su cajón, con el rostro aún más ensangrentado. Le dirigió una sonrisa y le miró con ojos inyectados en sangre antes de esconderse en las profundidades de la cómoda. El cajón se cerró de golpe.

El silencio se hizo absoluto en la casa. Irene reposaba en el hueco del colchón que fue su tumba, sin vida, completamente ensangrentada y con un hueco vacío allí donde estuviera su corazón enamorado. El resto de vísceras asomaban sanguinolentas con marcas de múltiples mordiscos. Santi reprimió una primera arcada, para después vomitar de manera violenta sobre el suelo de madera. Durante unos instantes, no era Irene sino la imagen de su hermano gemelo Ismael la que estaba tendida sobre la cama. Con un grito desgarrador salido desde sus propias entrañas, Santi cayó al suelo abatido por un fulminante infarto.

Mientras, los abuelos dormían con placidez en la habitación contigua sin los aparatos para escuchar puestos en los oídos, sin saber lo que aquella mañana del día de difuntos les deparaba.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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Este es mi relato nº 43 para Los 52 golpes. Como cada semana, os recomiendo pasaros por la web, donde podréis encontrar magníficos textos y poesías, además de mis golpes nº 44 y 45. Por cierto, recordad que está abierto el plazo para la presentación de candidaturas para la edición 2018. ¡Animaos!

“Sueña bonito, mi vida” – Desafíos literarios

“Sueña bonito, mi vida” – Desafíos literarios

 

SUEÑA BONITO, MI VIDA
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Aquí os dejo con mi aportación a Desafíos Literarios del pasado viernes, en mi columna Letras a la Deriva.

 

SUEÑA BONITO, MI VIDA

Cuando mi niña sueña no vienen a visitarla príncipes ni princesas. Faltan risas y alegrías, juegos y grandes castillos, hadas que vuelan brillando, ilusiones, carcajadas y sonrojos. Mi niña no sueña bonito, como a mí gustaría. Vienen las pesadillas a llevársela a escondidas, a parajes muy extraños, cubiertos de nada y nieve, con su osito bajo el brazo, sola, sin nadie que la consuele.

Cuando mi niña sueña lanza gritos asustados que llegan a mis oídos como lanzas, sin escudos, directos a mi corazón. Sueña llorando mi niña y yo me voy a su cama, la despierto, muy despacio y me pongo a consolarla. Sus bracitos asustados me rodean con premura, ruedan sus lágrimas dulces por mi cara, las absorbo con mis labios, yo me las bebo con rabia. Pobre niña pequeñita que se despierta asustada.

Cuando mi niña sueña navega en el mar bravío que la tormenta dejó en su tierna mente de infante. Sueña gritos, sueña golpes, sueña palabras vacías, con su osito de peluche siempre a cuestas, no sea que se encuentre sola cuando llegue la luz del día. Sueña con rayos y truenos, sueña con casas sombrías, con paisajes desolados sin colores, con ojos que no la miran. Ven conmigo, mi pequeña, que yo te protegeré, como siempre he hecho hasta ahora para que no te encuentre el monstruo que destrozó tu niñez. Duerme arrullada en mi abrazo, caluroso amor de madre. Duerme escuchando mi canto que solo intenta serenarte.

No sueñes más pesadillas, niña de mi corazón, que ya no volverá el monstruo que en tu mente las creó. Ya me encargué de vencerlo, tu madre siempre fue fuerte, no volverás a estar sola, te acompañaré hasta mi muerte. Ya puedes soñar bonito, mi dulce, mi tierna niña. Sueña con hadas y magos, con castillos y princesas, con raudas carreras de coches, con conejos despistados o con casitas de fresa.

Sueña con lo que tú quieras, si es bonito, vida mía. No volverás a encontrar nunca nuestra cama, nuestra vida, nuestra alegría, vacía.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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Dama de alto linaje – El Poder de las Letras

Dama de alto linaje – El Poder de las Letras

 

 

DAMA DE ALTO LINAJE
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Os dejo con mi colaboración con la fantástica página de escritores, El Poder de las Letras, del pasado jueves. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

DAMA DE ALTO LINAJE

El carruaje avanzaba despacio por entre las empedradas callejuelas haciendo sonar sus ruedas a compás. Dos caballos percherones tiraban de las riendas que manejaba con soltura el cochero, enfundado en un grueso gabán de lana, para dirigirles hacia donde quería. Ya era noche cerrada y no se podía encontrar a ninguna persona por las calles. Todas estaban ya refugiadas en el interior de sus hogares, al calor de la leña que ardía en las chimeneas de todas las casas del pequeño pueblo. En el interior, Thomas estaba inquieto. Temía que el más mínimo error de cálculo fuese a dar al traste con su tan arduamente trazado plan. Hizo una seña al cochero para que aminorase la marcha, y el carruaje emprendió el camino por la calle de la familia Habbot, la más poderosa del lugar. El ruido de las ruedas y el pisar de los caballos se había vuelto de una sutileza tal que podían pasar perfectamente desapercibidos entre el ruido que el viento provocaba entre los ramajes de los árboles.

Thomas subió el cuello de su gabán y lanzó el aliento a sus manos para intentar que entrasen en calor. El frío era muy intenso aquella noche y en las zonas verdes ya se podía apreciar una gruesa capa de escarcha. La helada caía sobre ellos. Él, al menos, estaba cubierto por el carruaje, pero el pobre cochero tenía que sufrir las inclemencias de la intemperie. Y todo por su mala cabeza. Una punzada de remordimientos atenazó su estómago, pero quedó anulada de inmediato cuando recordó la perspectiva de la noche que tenía por delante. La temperatura en el interior de la cabina subió un par de grados.

Thomas creyó que se volvería loco cuando conoció a la mujer del señor Habbot. Hacía poco que se había instalado en el pueblo, donde había montado su negocio de pedrería. En cuanto la vio, deseó a aquella mujer como nunca había deseado a nadie. Y no podía decirse que hubiesen pasado pocas mujeres por su vida, pero aquella tenía algo que le volvía frenético. Quizá fuese lo prohibido de la situación, pero había algo más. Algo más que no podía definir, pero desde el primer día supo que quería tener a esa mujer en su cama y, si fuese posible, en su vida. Lo que jamás imaginó en aquel primer encuentro fue que ella se lo fuese a poner tan fácil y aceptase una cita con él a espaldas de su marido. Era muy consciente de los riesgos que corrían, tanto él como ella, pero su subconsciente se encargaba de tranquilizarle con el pensamiento de que, en el peor de los casos, en caso de que se descubriese la situación, los dos podrían huir de allí a compartir una vida juntos en cualquier otro lugar.

Repasó mentalmente su plan. El señor Habbot partía de viaje de negocios a las ocho de la tarde. Ella, Madelaine, le había pedido una hora de margen para poder organizar su salida de casa sin levantar sospechas. Ambos habían acordado en encontrarse en la esquina de su calle a las nueve en punto. Aún faltaban nueve minutos para la hora señalada cuando el carruaje se detuvo en el lugar convenido, sin hacer el más mínimo ruido. Desde allí podía divisar las ventanas del gran caserón, todas encendidas, y dedicó unos minutos a intentar adivinar en cuál de ellas estaría la mujer de sus deseos. Aún faltaban cinco minutos para el encuentro.

Los candiles del carruaje advirtieron a Madelaine de que Thomas había acudido a la cita. Cubierta con una gran capa que le cubría la cabeza, salía por la puerta de la casona después de haber advertido al servicio de que iría a pasar la noche con su amiga Lorraine, que había quedado viuda y vivía sola desde hacía dos años. Lorraine sostendría su coartada si fuese necesario sin necesidad de pedírselo. Una acusación de adulterio podía acabar literalmente con su familia y su reputación, pero deseaba a aquel misterioso hombre que había llegado hacía dos escasas semanas al pueblo. Había determinados riesgos que valía la pena correr. Además, todo estaba tan cuidadosamente preparado que el riesgo que corrían ambos era mínimo.

Madelaine salió por la puerta principal, después de haberse despedido del servicio, como si en verdad fuese a pasar la noche con su amiga, que vivía dos cuadras por encima de la suya. No precisaba que la llevase ningún cochero y todos conocían de la afición de la señora a los paseos, tanto de día como de noche. Así que salió sin levantar ningún tipo de sospecha. Nadie la vio subir al carruaje que la esperaba unos metros más arriba.

El corazón de Thomas se aceleró cuando vio a aquella figura aproximarse por la callejuela, abrir el portón del coche de caballos y sentarse con elegancia a su lado. Ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Thomas le deslizó la capucha hacia atrás para contemplar el rostro de mujer más hermoso que había visto en la vida. Esa piel nívea, esos ojos negros tan expresivos, esos labios rojos tan jugosos. Hizo una señal al cochero para que comenzase el avance y se aproximó a su rostro. El perfume de Madelaine le embriagó de tal manera que creyó llegar al éxtasis con solo acercarse a su mejilla de porcelana. Podría decirse que era lo que más cerca que había estado nunca de una verdadera dama, una dama con todas sus letras, una dama de alto linaje y de buena cuna.

Thomas acarició su mejilla y la besó, aun arriesgándose a recibir una buena bofetada por ello. Todo lo contrario, Madelaine no solo correspondió al beso sino que le hizo llegar una muda invitación a continuar. La mano de Thomas inició un viaje por el cuello de la mujer, adentrándose con delicadeza en el generoso escote que había quedado abierto tras desembarazarla de la capucha. Sonrió para sus adentros y continuó besándola mientras su mano tomaba sola el recorrido correcto hasta llegar a sus pechos, tras comprobar que su querida dama debajo de la capa… no llevaba nada.

Ana Centellas. Noviembre 2017. Derechos registrados.

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“Los sonidos de la tormenta” – Desafíos Literarios

“Los sonidos de la tormenta” – Desafíos Literarios

 

LOS SONIDOS DE LA TORMENTA
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Hoy os traigo mi participación en el Desafío Espeluznante organizado por la web Desafíos Literarios. ¡Os recomiendo que la visitéis!

 

LOS SONIDOS DE LA TORMENTA

La noche era oscura como la boca de un lobo. Salva, a pesar de haber dejado la persiana de su habitación subida por completo, no podía evitar la negrura que engullía todo a su alrededor. Fuera, una gran tormenta se había desatado y el agua golpeaba con fuerza los cristales de su habitación, que se iluminaba de manera casi fantasmagórica durante los breves segundos que duraba cada relámpago. El cuarto adquiría entonces un matiz azulado que jamás había conocido. El pequeño envolvió su cabeza con la sábana en un intento por alejar de sí los extraños pensamientos que se iban agolpando en su mente sin pedir permiso.

Fue entonces cuando comenzó a escuchar aquellos extraños sonidos. Desde el interior de su escondite, en la oscuridad más absoluta solo interrumpida por la luz tétrica de los relámpagos, no podía adivinar si provenían del exterior o del interior de su habitación. Le hubiera gustado saltar de la cama y correr hacia el dormitorio de sus padres, pero se sentía por completo paralizado por el miedo. Se abrazó a su querido oso de peluche, como si el suave tacto de su juguete favorito le fuese a arrancar de las garras de aquella noche.

El viento golpeó con fuerza los cristales, como si quisiera abrirlos, y Salva se encogió aún más en su refugio. Aquellos extraños sonidos eran cada vez más cercanos, o al menos eso le parecía. Era lo único que se podía escuchar en el silencio de su habitación, junto a los latidos cada vez más acelerados de su encogido corazón infantil. Se obligó a recordar momentos bonitos y a convencerse de que tan solo se trataba de una mala jugada de su exorbitante imaginación.

La tormenta continuaba en el exterior y, por un instante, llegó a pensar que aquellos ruidos habían cesado, tras llevar un buen rato en su escondite. Se incorporó a escudriñar por un agujero de la sábana el panorama que había en su habitación. Un grito de desesperación salió de su garganta cuando vio a su Furby mirarle con ojos diabólicos y caminando solo, acercándose a él…

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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Los 52 golpes – Golpe #42 – “Frágil diente de león”

Los 52 golpes – Golpe #42 – “Frágil diente de león”

 

FRÁGIL DIENTE DE LEÓN
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¿FRÁGIL DIENTE DE LEÓN?

Hace poco me preguntaron qué flor era mi preferida, imagino que para guardar un as bajo la manga en caso de que tuvieran que hacerme un regalo que me llenara de ilusión. Mi respuesta fue inmediata, quien me conoce lo sabe bien. Aquella persona que me regale una rosa blanca, solo una, hará que afloren todas mis emociones. Conseguirá que un escalofrío me recorra el cuerpo, que una enorme sonrisa ilumine mi rostro y que broten de mis ojos lágrimas de emoción. No necesito grandes ramos, ni mayores demostraciones, una única rosa blanca es capaz de hacerme sentir más que si me regalasen el tesoro más preciado del mundo.

Hoy quiero ir más allá de esta pregunta. No quiero quedarme en cuál es mi flor preferida, sino con aquella con la que me siento más identificada. Si tuviese que nombrar una flor que me definiese sería, después de mucho pensar, con total seguridad el diente de león. Y ni siquiera sé si el diente de león puede considerarse como una flor, mis conocimientos en floricultura no llegan a tanto. Pero para mí sí lo es y con eso me basta.

Sin duda, soy un diente de león. Salvaje, indómito, libre de crecer en cualquier lugar. Pero a la vez frágil, volátil, fácil de destruir con tan solo un soplido. Porque sí, soy salvaje, soy libre, soy luchadora, he sobrevivido a los ambientes más inhóspitos que pudiera haber imaginado mi mente, a la enfermedad más dura que puede recoger un físico aún joven. Por eso estoy aquí, superviviente, indómita, mala hierba que nunca muere.

Pero igual que el diente de león se deshoja en mil pedazos con un simple soplido, con una tenue ráfaga de aire que llegue hasta sus delicados pétalos, yo también me he deshojado. Aunque necesité muchos soplidos, consiguieron deshojarme, me dejaron desnuda ante mí misma, ante la sociedad y ante los ojos de cualquiera que quisiera echar un vistazo a esta pobre mala hierba que seguía enraizada en el mismo lugar, intentando resistir los envites malintencionados del viento pernicioso que llegó a mi vida. Fui perdiendo mis suaves pétalos poco a poco, apenas sin darme cuenta. Fueron quedando en el camino para ser pisoteados, arrastrados y ensuciados por cualquiera que pasara junto a mí.

Aquello que no te mata te hace más fuerte, dice el refrán. Pues yo, mala hierba, que nunca muere, solo tuve una salida. Fortalecerme ante la adversidad como si me hubieran regado con el fertilizante más potente del mundo. Y me mantuve salvaje, revitalizada por esa nueva capa de abono con que yo misma tuve que cubrirme, para que mi flor volviese a tener nuevos pétalos, diferentes de los anteriores, resistentes, fuertes e inalterables.

Todo este proceso de cambio, de partir de la nada más absoluta, del cero a la izquierda que siempre fui, está haciendo que conozca cosas acerca de mí que ni siquiera sabía. Aspectos encubiertos por una personalidad reprimida por las manipulaciones externas que me destrozaron en miles de pétalos volando en todas direcciones. Y se está obrando un milagro. O quizá no, puesto que ni creo en ellos. Todo lo logrado ha sido porque yo lo he conseguido. Y, poco a poco, siento cómo mis raíces se separan de manera lenta del suelo y se van convirtiendo en fuertes garras para protegerme. Siento cómo mis tiernos pétalos se van transformando poco a poco en una melena suave y sedosa.

Dejo el reino vegetal para pasar al animal. El pequeño diente de león, se convierte, por fin, en leona.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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Este es mi relato nº 42 para Los 52 golpes. Como cada semana, os recomiendo pasaros por la web, donde podréis encontrar magníficos textos y poesías, además de mis golpes nº 43 y 44. Por cierto, recordad que está abierto el plazo para la presentación de candidaturas para la edición 2018. ¡Animaos!

“Ave Fénix” – Desafíos Literarios

“Ave Fénix” – Desafíos Literarios

 

AVE FÉNIX
Imagen: Pixabay (editada)

 

Aquí os dejo con mi aportación a Desafíos Literarios del pasado viernes, en mi columna Letras a la Deriva.

 

AVE FÉNIX

Me encumbraste, me llevaste a lo más alto, subida en un pedestal que no merecía. ¿Para qué? Intento encontrar un único motivo, una única razón para que lo hicieras, y la única explicación que encuentro es que quisiste hacer más dura mi caída.

Todo el tiempo que he compartido contigo me he sentido como una funambulista, haciendo ejercicios acrobáticos sobre la cuerda floja, intentando mantener el equilibrio a duras penas tras la fuerza de tus envites de odio. Porque era el odio lo que te movía, lo que te impulsaba a hacerme daño y aún hoy, todavía en lo alto del pedestal al que me subiste, no logro entender el porqué.

Creo que nunca te he herido, que siempre he sido cariñosa contigo, que jamás te he dicho una palabra más alta que otra, porque yo te tenía en un pedestal aún más elevado. Y mi sentimiento era sincero. Nunca he sido mentirosa ni mi intención ha sido hacer algún mal a nadie. Quizá por eso siempre he pecado de confiada, de buena, de parecer tonta.

Pero me heriste, te dedicaste durante años a herirme, a dar empujones cuando sabías que tenía miedo a las alturas, a las caídas. Lo que no sabías es que por muy fuerte que fuesen mis miedos, yo no era frágil, nunca lo he sido. Y mucho menos, tonta. Supe desde prácticamente el primer momento en qué consistía tu juego, y aún así me presté a seguirlo. Porque eso también has de saberlo, si has conseguido jugar conmigo es solo porque yo lo he permitido, por mucho daño que me hayas causado. O estaba tan ciega que realmente no sabía cuándo estabas siendo tú y cuándo estabas jugando. El caso es que caí en tu juego.

Ahora que me he alejado de ti, continúo aquí, subida en mi pedestal, el mismo al que tú tan sabiamente supiste encumbrarme. Y, aunque te parezca mentira, aún no he caído. No conseguiste que cayera y aún me mantengo en un precario equilibrio, pero no he caído. Y la mejor parte de toda esta historia es que estoy perdiendo el miedo a las alturas, estoy perdiendo el miedo a caer.

Amenazas con volver a enredarme en tu juego, pero ya lo conozco. No debes preocuparte, porque mi intención no es subirme a tu pedestal más elevado aún que el mío, nunca lo he querido. Pero intento vislumbrar alguna explicación plausible en toda esta historia y la única que se me ocurre es que tú también sentías un miedo atroz. Mayor aún más que el mío, a caerte de tu pedestal, y diría más, a que durante tu caída alguien ocupase tu lugar en la cumbre. Así que vuelve si quieres, empújame todo lo que quieras, porque ya no tengo miedo, el tuyo es y ha sido siempre mucho mayor. Y si caigo, ten por seguro que me levantaré con las fuerzas duplicadas.

Jamás te diste cuenta de que yo era un ave fénix. Y ese punto siempre lo tendré a mi favor.

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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