“Savia muerta” – Desafíos Literarios

“Savia muerta” – Desafíos Literarios

SAVIA MUERTA

SAVIA MUERTA

Hace años que nadie repara en el bastón del bisabuelo Julián. Antes, cuando los más pequeños de la familia aún eran unos niños, aquel bastón tenía vida, pero, ahora que ya habían crecido, había quedado relegado al papel de mero elemento decorativo en un paragüero de cobre en aquel rincón que nadie advierte cuando llega a la casa. Sin embargo, allí continúa, año tras año, sin que ninguno de los miembros de la familia se atreva a deshacerse de él.

El bastón es fuerte, diríase que incluso bonito. La realidad es que es una verdadera obra de arte esculpida en un pedazo de rama de roble envejecida aún más por el paso inexorable de los años. Los nudos propios de la imperfecta madera son, precisamente, los que le otorgan ese aire de perfección al bastón. Eso y la vida propia que rezuma por sus poros de reliquia obsoleta de un pasado que, por suerte o por desgracia, no volverá.

Fue el propio bisabuelo el que lo talló, con sus manos curtidas en el frente de batalla, el mismo lugar que dejó su pierna derecha sin la vitalidad propia de la edad que tenía Julián cuando regresó cabizbajo y maltrecho junto a su familia. Aunque siempre se mostró huraño por haber tenido que abandonar el frente cuando a la guerra todavía le quedaban años de lucha sobre las llanuras castellanas, lo cierto era que, en soledad, agradecía en secreto a la bala que le había atravesado el muslo por haberle concedido la gracia de haber regresado con vida al pueblo que le vio nacer, junto a su esposa y sus tres pequeños.

Si aquel bastón hablara, sin duda podría contar mil historias acerca de toda una vida de lucha y superación en los duros tiempos de la guerra y, lo que fue incluso peor, la posguerra. Hablaría también de amor, de caricias furtivas en veranos calurosos bajo la parra del patio, mientras los pequeños crecían sin tregua a su alrededor. Hablaría de viñas y olivos, de campos de trigo al sol, de tabaco liado con manos trémulas al calor de la lumbre. Hablaría de pueblos desolados que habían resurgido de sus cenizas, de caminos polvorientos que conducían al lugar lejano y privilegiado donde poder conseguir una simple hogaza de pan, del sudor que se apelmazaba en las frentes tras duras jornadas de trabajo bajo el implacable sol del campo.

Aquel bastón hablaría de botas de vino compartidas en jornadas de fiesta, ennegrecidas por la brea de años de sufrimiento. Hablaría de bailes lentos y agarrados bajo la luz de la luna en tiempos en los que el amor aún era auténtico y real. Hablaría de interminables partidas de cartas, del orujo fabricado en casa y compartido en chatos junto al fuego del hogar. Hablaría de miedos, de incertidumbres agotadoras y de maletas vacías arrinconadas en un desván. Hablaría de visillos floreados y tapetes de ganchillo dispuestos con delicadeza sobre un primer televisor.

Pero el viejo bastón no habla ni lo hará nunca más, ha quedado despreciado y cubierto del polvo de la añoranza y las telarañas del recuerdo. Por eso, cada cierto tiempo, aún puede verse una lágrima de la savia que aún corre por las venas que se creían muertas de la vieja madera, deslizándose con melancólica congoja desde la empuñadura.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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181. CALM

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“Duermevela” – El Poder de las Letras

“Duermevela” – El Poder de las Letras

DUERMEVELA

 

Os dejo con mi colaboración con la fantástica página de escritores, El Poder de las Letras, del pasado jueves. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

DUERMEVELA

Cae la noche y una suave duermevela se apodera de la ciudad inquieta, cansada tras la pesada carga del manto de adrenalina y tensión que lleva arrastrando durante otro día más en el calendario infame de la cotidianidad. Poco a poco, se van apagando las luces en las ventanas anónimas habitadas por las almas translúcidas de unos cuerpos indiferentes. Solo algunas permanecerán encendidas unas horas más, las de aquellos espíritus nocturnos que logran mantener el nivel de sagacidad por encima de lo considerado como un límite razonable.

Escasos vehículos circulan ya por las calles vacías, silenciosas y sombrías. Al contemplarlas de esta manera, resultaría casi inconcebible que apenas unas horas antes hubiesen albergado en su interior un torrente de vida circulando a velocidades de vértigo. Algún que otro animal se pasea incauto por las vacías callejuelas y avenidas. Algún perro, o gato, rebusca en los cubos de basura el tan anhelado alimento entre los desperdicios de los que, hace tan solo unos instantes, los consideraron inservibles. Sus gañidos reverberan en el silencio insondable de la noche, prestando atención al punto del que proviene el maullido sensual y excitante de alguna gata en celo recluida en una terraza sin flores.

Se lanzan también al silencio abisal de la nocturnidad los gemidos de los amantes aleatorios y también de los acostumbrados, que intentan rasgar a la vida unos instantes de placer efímero, que les permitan desaparecer, entre suspiros anhelantes y fluidos corporales, de la cruel realidad. Gemidos guturales que salen a la noche edulcorados con palabras de amor y envoltorio de caramelo sin azúcar, mientras el vecino del piso de arriba escucha con excitación, perdido en los pasillos asépticos de su ardiente imaginación.

Los bares comienzan a bajar sus cierres herméticos y metálicos después de arrojar a la calle los despojos maltrechos de sus feligreses más solitarios. Ahogados en alcohol de dudosa calidad, salen despotricando sus pensamientos en voz alta, cantando con voces enturbiadas por los efluvios o llorando como ánimas en pena sus aflicciones pasadas y futuras, desperdiciando de manera onerosa el presente. Son voces que provocan el escondite raudo de la gata en celo, para pesar de sus admiradores, y que se van convirtiendo en murmullos hasta sumirse en el sueño colectivo de la ciudad al amparo del abrigo silencioso de algún portal sin numerar.

Antes de que los primeros albores del día asomen su cara al mundo silente y traigan consigo la vuelta a la vida de una sociedad muerta con prematura, cuando la ciudad aún permanece sometida a ese dulce duermevela que la acuna como a un bebé al que acaban de quitar el chupete, ese es mi instante. Es el instante que hice mío, bohemio incauto, soñador de azoteas repletas de plantas ilícitas, desde el infausto día en que mis días y mis noches dejaron de verse honrados con el placer de tu presencia. En ese instante, yo te pienso.

Ana Centellas. Julio 2018. Derechos registrados.

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180. ETAPA

Los 52 Golpes – Golpe #24 – “Cómplices”

Los 52 Golpes – Golpe #24 – “Cómplices”

CÓMPLICES

CÓMPLICES

—Pero, ¿qué has hecho? —gritó mi madre desde la puerta de la cocina, después de escuchar el estrepitoso estruendo hacía apenas unos segundos. No pude evitar fijarme en el tremendo morado que aún lucía en su brazo derecho, como un recuerdo constante de un día cualquiera en nuestra familia. Mi ceño se frunció al momento.

He de reconocer que, cuando mi madre entró en la cocina, la estampa que se encontró era de todo menos tranquilizante. Cientos de pedazos de vidrio habían saltado, esparciéndose por todas direcciones, y todo estaba cubierto de líquido. Y cuando digo todo, quiero decir absolutamente todo. El suelo, la encimera, la pequeña mesita que había en un lateral, las sillas, incluso los muebles mostraban grandes chorretones que aún continuaban descendiendo. La cocina había quedado hecha un completo desastre.

Yo, subida en un taburete y armada con un spray y un paño, suavicé el gesto de inmediato para pasar a poner mi mejor cara de inocencia.

—Lo siento, mamá. Yo solo quería ayudar. Se me había ocurrido que si me ponía a limpiar la cocina, después tú no tendrías que darte una paliza.

—Pues sí que la has hecho buena. Ahora sí que tendremos que darnos una buena paliza. Las dos —puntualizó, mientras enarcaba las cejas y se bajaba las gafas de leer hasta casi la punta de la nariz para enfocarme bien—. Pero, ¿cómo demonios te las has apañado para liar este estropicio?

Durante unos segundos me sentí tentada a contarle la verdad, pero preferí seguir manteniéndola en su inocencia de pensar que yo aún mantenía la mía. Al fin y al cabo, aquel armario era el primero de uno de los laterales, por lo que la historia podría resultar perfectamente creíble.

—Verás, había pensado empezar por este armario de la parte de arriba y continuar hacia allí. Lo he encontrado lleno de botellas y, al coger la primera para vaciarlo y poder limpiar, se me escurrió de las manos, con la mala suerte de que tiró la siguiente y… Y este ha sido el resultado —dije, mordiéndome el labio inferior para demostrar una inocencia que no tenía, mientras rezaba para que mi madre no consiguiese averiguar que estaba mintiendo. Nunca supe cómo lo hacía, pero me pillaba en todas las mentiras. Por suerte, parece que aquella tarde la fortuna estaba de mi parte, debía de estar medio adormilada durante su lectura habitual y no se encontraba en pleno uso de sus facultades, eso estaba claro. Ni siquiera se le ocurrió preguntar cómo habían caído las botellas que estaban al fondo del armario.

Nos llevó cerca de dos horas dejar la cocina en condiciones medio decentes, pero lo cierto es que fue un tiempo muy bien aprovechado. Hacía demasiado tiempo que mi madre y yo no nos dedicábamos ni siquiera unos tristes minutos a hablar. Aquella sesión de dos horas me pareció maravillosa, hubo charla, hubo risas, hubo compenetración. Ninguna de las dos mencionó el tema tabú, por supuesto, aunque yo creo que ambas lo teníamos bien presente. Ella, deseosa de contar. Yo, deseosa de ayudar, pero con la conciencia un poco más tranquila después de haber aportado mi pequeño grano de arena.

Terminamos la tarde de manera tranquila frente a unos cafés y unos deliciosos pedazos de bizcocho. Comenzamos a preparar juntas la cena, hasta que la tensión entró por la puerta en el mismo momento en que mi padre introdujo su llave en la cerradura. El silencio reinó de pronto en aquel espacio que hacía una hora se había llenado de risas. Él entró directamente en la cocina, saludando con un gruñido, como venía siendo habitual. A mí me dio una suave colleja como mayor muestra de cariño, a mi madre no le dirigió ni una simple palabra.

Se dirigió como un poseso al armario donde siempre guardaba esas cantidades ingentes de su dosis diaria de furia y rabia. Lo encontró vacío y sus hombros se desplomaron de golpe. Por un momento, casi sentí lástima de él. Casi. Hasta que empezó a gritar como un loco, destrozó contra el suelo una de las sillas de la cocina y fue a encerrarse a su habitación. Ni siquiera cenó. Nos dio igual. Al menos no habría puños aquella noche.

Ya casi de madrugada, mi madre hizo algo que hacía muchísimos años que no hacía, desde que entré en aquella rebelde adolescencia y mostré mi cara reacia a cualquier muestra de cariño. Aquella noche, después de casi diez años, llamó con suavidad a mi puerta y entró en mi habitación. Se sentó sobre el borde de mi cama, en la que yo estaba recostada repasando unos apuntes, y me dio un cálido beso en la mejilla.

—Hasta mañana, cariño. Que descanses.

Su voz sonaba cansada, no por aquel día ni por aquella tarde de trabajo exhaustivo en la cocina, sino por el peso de tantos días iguales acumulados en su espalda. Respondí a su beso dándole otro de igual manera.

—Hasta mañana, mamá. Descansa tú, que lo necesitas más que yo.

Mamá se levantó de mi cama y se dirigió hacia la puerta del cuarto. Antes de cerrarla, con un guiño de ojos, me susurró en tono bajito y cómplice, «gracias» y, sin más, salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí tenéis mi vigésimo cuarta participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana. Ya podéis leer mis golpes 25, 26 y 27. ¡Mañana es el último día para el 28!

178. AMA

 

“El vuelo” – Desafíos Literarios

“El vuelo” – Desafíos Literarios

EL VUELO

 

Aquí os dejo con una de mis últimas aportaciones a Desafíos Literarios, en mi columna Letras a la Deriva. No dejéis de visitar la página, donde encontraréis textos maravillosos de compañeros estupendos.

 

EL VUELO

El pájaro no estaba en la jaula. Fue lo primero que notó Julián cuando se levantó de su siesta vespertina. Su querido amigo, que siempre inundaba la sala con sus alegres trinos, no estaba, lo que hacía que la habitación se sumiese en un silencio tan cruel y profundo que le pareció hasta tenebroso. Arrastró los pies con dificultad, enfundados en sus zapatillas de cuadros aun estando en pleno verano, hasta acercarse a la pequeña jaula que había sido el hogar del ave hasta aquella misma mañana.

Lo encontró hacía cerca de un año, a punto de entrar en el anterior otoño, mientras paseaba por el campo. Nunca se interesó por conocer qué tipo de pájaro era y lo cierto era que le daba igual. No era más que una cría que apenas había aprendido a volar, con una patita lastimada. Lo recogió entre sus manos y sintió en ellas su calor, lo que le inundó de un sentimiento de ternura que hacía mucho tiempo que no sentía. Pensó que sería el compañero ideal para los largos días en soledad de su vejez y lo llevó consigo a casa.

Durante los primeros días, llegó a albergar serias dudas de que el pequeño sobreviviera sin el cuidado de su madre, pero en un par de semanas ya se había acostumbrado a su nuevo hogar y creció alegre y vivaracho. A Julián le encantaba despertar cada mañana con los animados trinos de su nuevo compañero, que le avisaba puntualmente de la llegada de un nuevo día. La mayor parte de su tiempo estaba dedicada al pequeño pájaro, que había acomodado en una jaula antigua que encontró, no sin esfuerzo, en el desván. Había pertenecido a sus padres. Desde entonces, los días de Julián habían cambiado ligeramente de color, gracias a la compañía del animalito.

Ahora, casi un año después, se encontraba con la jaula vacía. Un trozo de manzana mordisqueada era el único recuerdo que permanecía, impasible, del paso del pajarito por aquella casa. Podía sentir incluso el eco de sus propias pisadas en el silencio que proporcionaba el vacío. La puerta de la jaula estaba entreabierta y Julián hizo un mohín. Ya eran varias las veces que le había encontrado intentando abrirla con su patita, pero jamás se hubiese imaginado que el pájaro lograse abrirla. Al parecer, así había sido. Una vez superado ese obstáculo, su huida al exterior por las ventanas abiertas debido al calor veraniego era alarmantemente sencilla.

Julián sintió cómo la soledad se apoderaba de nuevo de su vida y una gran ansiedad comenzó a embargarle. Partió desde su estómago para llegar a instalarse en pleno centro de su pecho. A duras penas, consiguió acercarse hasta la ventana de la cocina, la más amplia de la casa, con la intención de buscar algún retazo de brisa que le reconfortase de aquel dolor tan profundo que había comenzado a sentir en el pecho y que se extendía a lo largo de su brazo izquierdo. Llegó a tiempo de ver a su hasta entonces fiel compañero posando alegremente sobre una de las más pequeñas ramas del gran roble que había en el patio, para después emprender el vuelo en libertad.

Al tiempo de la partida de su amigo, el alma de Julián voló, por fin, también libre, para abandonar la tediosa soledad y reencontrarse con su amada, que le estaba esperando en algún lugar del universo con una sonrisa en el rostro.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

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El vuelo by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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174. CALM

“Puedo ver” – El Poder de las Letras

“Puedo ver” – El Poder de las Letras

 

PUEDO VER

 

Os dejo con mi colaboración con la fantástica página de escritores, El Poder de las Letras, del pasado jueves. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

PUEDO VER

Todo a su alrededor es oscuridad. Una oscuridad absoluta e irremediable que se mezcla entre recuerdos con un mundo que algún día estuvo cuajado de color. Rafael abre los ojos y mira hacia el cielo, todo está oscuro, ni tan siquiera una tenue ráfaga de luz se cuela en su mirada, ni un tímido reflejo, un destello, algo, que le demuestre que verdaderamente está mirando hacia el cielo.

Caridad, haciendo honor a su nombre, lo mira y de inmediato sabe en qué está pensando. Se acerca con timidez y, con mucho cuidado, deja caer sus manos temblorosas sobre sus hombros, para después dejarle una solitaria caricia en la mejilla y un suave beso en los labios. Rafael la abraza, sentado en el banco del parque, y recorre con sus manos su talle. Toda una vida juntos ha hecho que haya aprendido de memoria cada una de las curvas de su bella mujer.

La reacción de Caridad no se deja esperar, siempre la misma, alejarse con sutileza, en un gesto casi imperceptible. Se sienta a su lado en el banco y comienza a describirle todo lo que hay a su alrededor, todo aquello que las tinieblas tiñeron de oscuridad hace ya tantos años. Rafael la escucha con atención.

En su mente es capaz de ver los grandes árboles con las copas repletas de hojas de un verde intenso tras la llegada de la primavera. Puede ver los macizos de flores que están en todo su esplendor, incluso puede respirar su aroma en la distancia. Escucha el trinar de los pájaros, de los que Caridad se ha olvidado en su descripción. Sobre la copa del árbol bajo el que están sentados hay un nido con tres polluelos inquietos que reclaman desesperados por que les llegue el alimento. Un avión está sobrevolando la ciudad por encima de sus cabezas en esos momentos. A no más de cien metros hay un parque en el que varios niños juegan en los columpios mientras sus madres conversan, observándolos de pie. Uno de ellos se acaba de caer al deslizarse por el tobogán, se queja un poco para dar lástima, apenas se ha hecho daño y no tarda ni dos segundos en salir corriendo de nuevo. Se nota que es sábado porque el tráfico que fluye por la avenida no es muy denso.

Rafael es capaz de ver todo lo que está ocurriendo a su alrededor sin necesidad de que Caridad se lo describa. Ella no lo sabe. Por eso siempre se guarda mucho de las caricias de aquel, porque quiere que él la recuerde como la joven hermosa que era cuando perdió la vista. No quiere que sepa nada de su cara ajada por el paso del tiempo, las adversidades superadas y el trabajo duro. No quiere que compruebe que sus manos ya no son aquellas tan tersas que le prodigaban suaves caricias. Ni siquiera quiere que sepa que él ya no es aquel joven apuesto y vigoroso de hace años. Quiere mantener sus recuerdos protegidos en una burbuja que le evite cualquier posible daño.

Lo que no sabe es que Rafael, con los ojos del corazón, puede verlo todo. Puede ver cómo su cuerpo anciano se vuelve cada día un poco más delgado, cómo Caridad debe ser una anciana adorable que haría lo que hiciera falta para que él sea feliz. Y no le importa. No le importan ni la vejez, ni la ceguera, ni el maldito paso de los años. Porque, a pesar de todo, puede ver el amor y la belleza que lo rodean. Y con eso tiene suficiente.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

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173. HUÍDA

 

 

“Hojas de otoño” – You Are Writer

“Hojas de otoño” – You Are Writer

HOJAS DE OTOÑO

HOJAS DE OTOÑO

Corría un mes de octubre en el que el otoño había hecho acto de presencia en su máxima expresión. Cada mañana, después de la noche, las aceras de la ciudad aparecían cuajadas de hojas secas que los árboles, acunados por la suave brisa nocturna, habían ido dejando caer de manera lenta pero firme. Casi podría decirse que aquel otoño los árboles de la ciudad donde vivía Nerea habían arrojado más hojas secas que las que ellos mismos tenían, o al menos esa era la impresión que causaban. De nada servía que los servicios de limpieza se afanasen por recoger y mantener las aceras despejadas porque, noche tras noche, un nuevo manto dorado cubría la ciudad.

Una de aquellas tardes, Nerea, melancólica, soñadora, pensante, se asomaba a través de los cristales de su habitación para ver el lento caer de las hojas cobrizas. Faltaba menos de una hora para que la noche hiciese acto de presencia y el espectáculo ya era hipnótico. Con lágrimas en los ojos, recordaba ojerosa la ruptura con Marcos hacía solo tres días.

Con la mirada perdida tras los cristales de su cuarto, mientras miraba sin ver el vaivén de las hojas desde las ramas más altas hasta llegar a depositarse con delicadeza sobre la acera, sus pensamientos estaban sumergidos en un bucle que parecía no tener un fin definido. Sumida en aquella especie de meditación, analizaba los pormenores de su hasta ahora caótica vida sentimental e intentaba encontrar una explicación.

Nerea sobrepasaba con creces la treintena y, hasta el día de hoy, seguía sin tener una pareja estable. Día tras día veía como su sueño de ser madre joven se iba esfumando sin que hubiera nada que ella pudiese hacer. Había llegado incluso a plantearse ser madre soltera, pero ella no quería eso, quería formar su propia familia, tan estable y duradera como la que habían formado sus propios padres. Sin embargo, cada pareja con la que compartía su vida venía acompañada a posteriori de una desilusión, un abandono, una ruptura, un principio de depresión y vuelta a empezar en un círculo vicioso que parecía que ya se había convertido en una constante en su vida.

Pensó en Marcos, su última pareja, y en cuánto le gustaría formar una familia con él. Pero una vez más su carácter, su maldito carácter, había tenido que salir a relucir provocando una descomunal discusión que había terminado con la huida desesperada de Marcos. ¿Por qué tenía aquel pronto tan exasperante? ¿Nadie iba a ser capaz de aguantar nunca su carácter?

Sumida en sus pensamientos, la noche hacía rato que había invadido la ciudad. Vio una última hoja caer en deliciosa armonía hacia el suelo y se fue a dormir sin cenar tan siquiera, deseosa de que aquel angustioso día terminase lo más rápido posible.

A la mañana siguiente, Nerea se levantó temprano, como cada día, para dirigirse a su trabajo. Al asomarse por la ventana, vio el suelo de nuevo cubierto por completo de hojas secas, como venía siendo habitual en las últimas semanas. No se percató de una figura que, apoyada en el tronco de un árbol, fumaba con tranquilidad justo frente al portal de su casa.

Al salir a la calle, la hojarasca se acumulaba contra su portal de una manera mucho más abundante de lo acostumbrado. Extasiada, contempló cómo todas aquellas hojas llevaban escritas frases, como si se tratase de mensajes embotellados en un formato otoñal. Tomó una, luego otra y otra. Todos eran mensajes de Marcos, mensajes de amor, de cariño, de reconciliación. Miró a ambos lados de la calle y por poco se le detiene el corazón cuando, al mirar al frente, vio a Marcos con una sonrisa cómplice esperándola con los brazos abiertos.

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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Esta ha sido mi colaboración mensual con la fantástica página de escritores YouAreWriter. Espero que os haya gustado y que no dejéis de visitar la página.

171. JUZGAR

Los 52 golpes – Golpe #23 – “El ascensor”

Los 52 golpes – Golpe #23 – “El ascensor”

EL ASCENSOR

EL ASCENSOR

El ascensor era estrecho, una de esas pequeñas cabinas de madera antiquísimas que debía llevar en aquel edificio más de cien años. Se trataba de uno de esos grandes edificios señoriales del centro de Madrid, con un enorme portal y una escalinata de mármol que giraba sobre sí misma hacia arriba. Los techos eran tan altos que daba vértigo incluso con mirarlos y estaban adornados con intrincados tallados de escayola blanca, impoluta a pesar de la altura.

En aquel edificio se encontraba el notario que debía visitar, una de esas notarías antiguas de grandes salones con sillones tapizados al más puro estilo rococó. Había quedado allí con mi ex marido para terminar de despachar unas diligencias que pusieran de una vez un punto y final a nuestro decadente matrimonio. Me había causado tanta inquietud aquel supuestamente último encuentro que, como venía siendo habitual en mí cuando algo me ponía de los nervios, llegaba con un retraso de algo más de quince minutos.

Sofocada y a la carrera, llegué justo a tiempo de tomar el ascensor antes de que partiera hacia los pisos superiores, en aquel tétrico hueco donde se podían ver todos los cables y la maquinaria. En su interior, un hombre había pulsado ya el botón de subida. La apertura precipitada de la puerta de forja que recubría el aparato hizo que no se pusiese en marcha. Me adentré en él con prisa, pidiendo disculpas antes siquiera de mirar quién era el individuo en cuestión, con la cabeza baja mientras intentaba arreglar sin ningún disimulo mi falda.

Al levantar la mirada, encontré a escasos centímetros de mí a mi ex marido, impecablemente vestido con uno de esos trajes que le sentaban tan bien. Era tan escaso el espacio que teníamos para separar nuestros cuerpos que el roce casual era prácticamente inevitable. Su aroma me llegaba a trompicones con mi respiración agitada y, por momentos, casi jadeante.

Nos quedamos por un instante paralizados, sin saber exactamente cómo comportarnos. La situación no era incómoda, pero mi estado de agitación la convertía en algo peligroso. Vi en sus ojos cómo estallaba la chispa que siempre nos había unido y su mirada se transformó en puro deseo. Ese único matiz fue más que suficiente para que en ese mismo instante mis bragas terminaran empapadas por completo. Ahora los dos teníamos la respiración agitada y a tan solo un par de centímetros de distancia. Tuve la osadía de acercarme más a él, aprovechando un ligero balanceo del ascensor, y de esta manera pude constatar que su deseo era más que evidente en cierto punto de su anatomía.

El tiempo se detuvo. En esos breves minutos volvimos a ser los de siempre, los apasionados amantes que un día dejamos de ser. Nos fundimos en un intenso beso justo en el instante en que el ascensor efectuaba diligente su parada en el piso al que ambos nos dirigíamos. Sin dejar de besarnos, él pulsó el botón de bajada. Salimos de aquel edificio juntos, abrazados y excitados como hacía mucho tiempo que no lo estábamos, rumbo a la que todavía era nuestra casa. Una casa a la que, por un breve encuentro casual, había regresado la pasión.

Ana Centellas. Junio 2018. Derechos registrados.

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*Imagen: Pixabay.com (editada)

Aquí tenéis mi vigésimo tercera participación en Los 52 golpes durante el año 2018. Pasaos por la página, donde podréis encontrar a la estupenda clase de 2018 y a los locos que, como yo, continúan dando golpes semana tras semana. Ya podéis leer mis golpes 24, 25 y 26. ¡Esta semana ya el 27!