Revista Eternity Nº 4 – Enero 2018

Revista Eternity Nº 4 – Enero 2018

ETERNITY #4

Aquí os traigo el número 4 de la Revista Eternity, la revista literaria y cultural de El Poder de las Letras. Ha salido con un poquito de retraso con motivo de las fiestas, pero ya la tenemos con nosotros. Os invito a pasear entre sus maravillosas páginas, donde podréis disfrutar de las más variadas secciones. Este mes en concreto incluye una entrevista muy especial con nuestra querida Galiana.

Pincha en el siguiente enlace para acceder a la revista:

Eternity #4

Os dejo aquí una pequeña aportación de mi parte:

 

UN SECRETO PARA ALMA
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

UN SECRETO PARA ALMA

Era Navidad y la casa estaba por completo engalanada para la ocasión. Alma, una pequeña niña de tan solo cinco años de edad, había estado ayudando a su madre con la decoración. La casa en la que vivían las dos, solas, no era muy grande, pero no por eso les dejaba de gustar. En una esquina del pequeño salón habían adornado el árbol de navidad entre las dos. Para Alma, aquel árbol era el más bonito del mundo.

En la entradita de la casa habían improvisado un belén con figuritas que habían encontrado en una caja que había en la casa de la abuela cuando esta falleció. No eran muchas, pero sí las suficientes para que el nacimiento estuviera completo y los tres Reyes Magos se acercaran hasta él.

Alma disfrutaba mucho de las fiestas de Navidad, su madre había sabido transmitirle muy bien un espíritu navideño muy intenso. Ya era feliz con los preparativos.

Un día, mientras Alma estaba en el colegio, uno de sus compañeros le susurró un secreto al oído. La niña se quedó pálida de inmediato en cuanto aquel niño le dijo lo que se estaba dedicando a transmitir por toda la clase. No podía ser. Estaba clarísimo que era una mentira. Aquel niño le acababa de decir que los Reyes Magos no existían y que eran los padres los que colocaban los regalos debajo del árbol. Su madre siempre le había dicho que eran los Reyes Magos los que traían los regalos y ella no la mentía nunca. Tenían un pacto en casa que evitaba las mentiras entre ellas dos. Invadida de un sentimiento de gran indignación salió de la escuela y se lanzó a los brazos de su madre.

La mamá de Alma se quedó muy sorprendida al ver salir a su hija del colegio de aquella manera.

—¿Qué te pasa, cariño? —le preguntó de inmediato.

—Que Marcos es un niño muy malo, eso me pasa. Me ha dicho una mentira, y de las gordas. Mamá, Marcos dice que los Reyes Magos no existen —contestó la pequeña, mirándola con ojitos expectantes.

—Vamos a casa, cariño. Creo que tú y yo necesitamos una conversación delante de un chocolate caliente.

Cuando llegaron a casa, Alma vio que su mamá estaba bastante nerviosa. Se le notaba mientras trasteaba en la cocina para preparar el chocolate. En ese momento, se temió lo peor. ¿Y si tenía razón Marcos? ¿Y si su madre la había estado engañando durante toda su vida? Nunca más podría confiar en ella.

La mamá de Alma dispuso dos tazas de chocolate bien caliente sobre la mesa de la cocina y animó a la niña a sentarse junto a ella.

—Vamos a ver, cariño. ¿Tú crees que los Reyes Magos existen? —le preguntó su madre, preocupada.

—Claro, mamá. Tú siempre me lo has dicho y nunca me mientes. Pero no entiendo por qué ese niño anda diciendo esas cosas. A lo mejor lo que dice es verdad… —La pequeña estaba hecha un verdadero lío.

—¿Y tú a quién crees? ¿A mí o a Marcos?

—A ti, mamá. Pero…

—Pues entonces no tienes de qué preocuparte —le dijo su madre mientras le acariciaba con cariño el pelo y le dedicaba una sonrisa. A partir de ahí, la conversación giró en torno a otros temas, la guirnalda que tenían que comprar para colocar en la puerta de entrada a la casa, las galletas que hornearían el día que terminase el colegio…

Su mamá pensó que había arreglado el asunto con soltura, pero lo cierto es que dentro de Alma había quedado una gran desazón. No quería pensar que su madre la mintiera, pero por otro lado, ¿no podría haber algo de verdad en las palabras que había dicho aquel niño?

Aquella noche, Alma no podía dormir. Su pequeña cabeza no dejaba de darle vueltas al asunto. La habitación estaba sumida en una completa oscuridad, solo interrumpida por el intermitente parpadeo de una guirnalda de luces navideñas que habían colocado el día anterior sobre su cama. De pronto, la niña escuchó una voz muy bajita que la llamaba.

—¡Alma! ¡Alma!

Aquella voz era muy dulce, muy suave y despertó la curiosidad de la niña que, lejos de asustarse, comenzó a buscar de dónde provenía. Se incorporó de la cama y entonces pudo ver cómo sobre su mesita de noche había una esfera luminosa. Se acercó a ella con cuidado y vio cómo sobre ella flotaba una pequeña hada.

—¿Quién eres tú? —preguntó la pequeña, incrédula.

—Hola, Alma. Soy un hada de Oriente. Me he enterado de que tenías dudas acerca de Sus Majestades los Magos y he venido a resolverlas. Ningún niño del mundo debería dudar de ello.

Diciendo esto, la bolita de luz donde se encontraba subida al hada mostró una imagen preciosa. Cientos de pequeñas personitas trabajaban sin descanso con una enorme sonrisa en el rostro, mientras que los tres reyes les decían divertidos las cosas que tenían que hacer. El rostro de Alma se iluminó ante aquella visión y se quedó mirando fijamente, como hipnotizada.

—Escucha, Alma. Esto es muy importante —la llamó la atención la pequeña hada—. No debes contar a nadie que me has visto, ¿vale? Ni siquiera a tu madre. Todo el mundo conoce la existencia de los tres Reyes Magos y de sus ayudantes, pero nadie sabe que las hadas también estamos ahí, ayudando en asuntos tan importantes como este. ¿Me prometes que no contarás nada?

—Prometido —dijo Alma, entrelazando su dedo meñique con el minúsculo dedo del hada.

Aquella preciosa hada se acercó volando hasta ella, depositó un tierno beso en su mejilla y se fue desvaneciendo diciéndola adiós.

La sonrisa de satisfacción de Alma iluminaba la habitación más que las luces navideñas que bordeaban su cama. Su madre no la había mentido. Había visto con sus propios ojos cómo trabajaban con los regalos en el Oriente. Y además compartía un secreto mágico que la hacía sentir muy especial.

Aquellas navidades fueron las mejores para Alma. El espíritu navideño recobró fuerza entre las dos, madre e hija. Y su alegría fue mucho mayor cuando vio bajo el árbol los regalos que ella misma había pedido en su carta para su madre. Un minúsculo paquete llamó su atención por su color dorado, que resaltaba entre los demás a pesar de su pequeño tamaño. Al abrirlo, millones de partículas doradas de polvo de hada se esparcieron por la habitación. Su madre se quedó asombrada mientras contemplaba cómo su hija bailaba y reía bajo aquella preciosa lluvia de polvo dorado.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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“Baila, bailarina” – El Poder de las Letras

“Baila, bailarina” – El Poder de las Letras

 

BAILA, BAILARINA
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Os dejo con mi colaboración con la fantástica página de escritores, El Poder de las Letras, del pasado jueves. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

BAILA, BAILARINA

Cada sábado por la mañana conduzco cien kilómetros hasta la que fue mi antigua academia de danza. Ahora ya no es más que un local abandonado a las afueras de la ciudad desde que la directora, Elisa, se jubiló hace ya varios años, pero gracias al destino se conserva en perfecto estado desde entonces. No ha sido derruido ni ocupado y las viejas cristaleras con vistas al bosque se mantienen intactas. Para mí este lugar es como la fuente de la eterna juventud, si tuviese que dejarlo me hundiría por completo.

Cada vez que me adentro en su interior y comienzo a subir las escaleras, me parece escuchar con nitidez las voces de las chicas y chicos de la escuela, siempre alegres y activos. Aquí nunca había silencio. La música siempre estaba presente, sin parar ni un segundo, ni siquiera entre clases. Pasé muchísimas horas en este lugar, años de esfuerzo, lágrimas y alegrías, pero sobre todo lágrimas, muchas lágrimas. Pies destrozados, sangrantes, solo por perseguir un sueño.

Pero era mi sueño y nada me iba a impedir conseguirlo. O eso creía yo, en mi ingenuidad. Llegué lejos, más lejos de lo que os podáis imaginar. Yo no era de esas niñas que van a la escuela de danza para pasar el rato. Yo lo daba todo, en cada clase, en cada entrenamiento, en cada festival. Tenía que ser la número uno y lo conseguí. Llegué a ser primera bailarina del Ballet Nacional. Vi mi sueño cumplido durante días, toqué la felicidad con la yema de los dedos. Ya nada importaba, todo el sufrimiento, las lágrimas, las heridas, todo quedaba en el hueco más alejado del olvido mientras bailaba en el último ensayo general antes de nuestra primera función.

Los focos del teatro iluminándome directamente me hacían sentir como si estuviese en el cielo, muy cerquita del sol. Mis movimientos tenían la ligereza de una pluma al caer, me sentía flotar sobre el escenario, cual ágil gacela, carente de peso que me sujetase al suelo. Volaba. Así es cómo me sentía yo, subida en una suave nube de algodón que acolchaba mis movimientos.

Todo pasó en décimas de segundo. Era un movimiento simple que había repetido centenares de veces, un entrechat seises con caída en demi-plié. La caída no fue algodonosa como las demás, fue como el si el suelo se pusiese rígido de pronto bajo mis pies. Al doblar la pierna derecha, en la caída, sentí cómo poco a poco me iba resquebrajando por dentro. El golpe contra el suelo fue espectacular.

Con una doble fractura de tibia y peroné, además de dos fracturas adicionales en el fémur,  todos los años de trabajo y esfuerzo se fueron al traste. Al día siguiente, mientras yo estaba en el hospital, el Ballet Nacional representaba mi obra con la segunda bailarina al frente. Jamás pude volver a dedicarme a ello.

Ahora que regreso aquí cada sábado, en mi mente se recrea aquel día. Los focos, los giros, los vuelos, y la estrepitosa caída que sesgó mi sueño. Las lágrimas continúan escapando de mis ojos semana tras semana, aunque cada vez con menor intensidad. Cuando me repongo, enciendo la música y bailo. Bailo como antes lo hacía y todo vuelve a ser igual. Las clases, los ruidos, la música, el ambiente jovial, todo ello se recrea en mis oídos mientras me deslizo por la sala que tantas veces me vio llorar.

Así, cada sábado cumplo mi sueño. Porque cada sábado me convierto en la primera bailarina del Ballet Nacional.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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15. AMOR

 

Los 52 golpes – Golpe #51 – “El conjuro”

Los 52 golpes – Golpe #51 – “El conjuro”

 

EL CONJURO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

EL CONJURO

El día que se produjo el eclipse total de sol, la tierra se ensombreció durante varios minutos. No fue como si hubiese caído la noche, sino como si la tierra hubiese sido cubierta por un enorme manto de nubes que lo volviese todo gris a su paso.

En una pequeña cabaña escondida en lo más profundo del bosque un brujo aprovechó el momento de ausencia de luz solar para lanzar un poderoso hechizo que cayó como una condena sobre todo el planeta. No necesitó de ninguna ayuda. Aun así, convocó a todos los espíritus malignos para que ejercieran de testigos del enorme trabajo que estaba realizando.

Una vez pronunciado el hechizo, el cielo se abrió durante un breve instante permitiendo que un gran rayo de tormenta se dirigiese hacia su varita de madera y, reflejándose en ella, impactase a escasos metros de la cabaña del brujo. El árbol sobre el que cayó murió al instante, quedando hueco y sin ramas de un momento a otro. El brujo permaneció un buen rato mirando al cielo, hasta que el eclipse desapareció y el extraño manto de nubes que parecía cubrir la tierra de desvaneció y volvió a brillar un hermoso sol.

Salió a dar un paseo por el bosque, protegido del sol por una amplia capucha que acompañaba a su oscura capa, mientras con su varita iba comprobando los efectos del conjuro lanzado al eclipse. Cada árbol, planta o flor que rozaba con su varita, se secaba de inmediato, quedando en su lugar la estructura carbonizada de lo que había sido. Se alejó lentamente hacia su cabaña, más que satisfecho por el resultado obtenido.

Si el conjuro realizado había salido como él esperaba, en muy poco tiempo no tendría que realizar por sí mismo aquel trabajo. Se encerró en su cabaña y no volvió a salir de ella en meses.

Al cabo del tiempo, salió de su guarida para contemplar por sí mismo si aquel conjuro lanzado meses atrás durante el eclipse había dado sus frutos. No le hizo falta acercarse demasiado al pueblo, los efectos se apreciaban a pocos metros de su cabaña. El hombre, cautivo de aquel hechizo, se había vuelto un ser peligroso para la naturaleza. Encontró basura por todos lados, botellas de vidrio tiradas por doquier, buena parte del bosque había sido ya pasto de las llamas.

Volvió a su cabaña con una sonrisa en los labios. Había funcionado a la perfección. Ahora solo tenía que dejar a los hombres hacer las cosas a su antojo. La destrucción del planeta estaba asegurada.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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Continúo con los relatos que quedaban pendientes del año 2017 para Los 52 Golpes. Aquí tenéis el número 51. Comienza nuevo año y tenemos nuevos compañeros en la Clase de 2018, pero la de 2017 seguimos con el reto. En marcha ya la semana 2.

“Una apuesta por el romanticismo” – Desafíos Literarios

“Una apuesta por el romanticismo” – Desafíos Literarios

 

UNA APUESTA POR EL ROMANTICISMO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Aquí os dejo con mi aportación a Desafíos Literarios del pasado viernes, en mi columna Letras a la Deriva. No dejéis de visitar la página, donde encontraréis textos maravillosos de compañeros estupendos.

 

UNA APUESTA POR EL ROMANTICISMO

¿Sabes una cosa? El romanticismo no ha muerto. Han intentado acabar con él, pero es más fuerte que todo y no lo han conseguido. Y no te estoy hablando del romanticismo a la antigua usanza, cuando los caballeros se inclinaban ante las señoritas para besarles el dorso de la mano, cuidadosamente cubiertas con unos sutiles guantes de seda. No. El romanticismo del que te hablo es el de nuestros días, el de los pequeños detalles, el de las muestras diarias de cariño, el de los “te quieros” susurrados al oído. Ese existe, claro que sí. Es mentira que haya muerto.

Sé que tienes dudas, pero te lo voy a demostrar. Tras dos largos años de relación a distancia ya ha llegado el momento de que entrelacemos nuestras manos, de pasear juntos bajo la lluvia, o bajo el sol, o bajo el cielo nublado. Ha llegado el momento de tomar juntos un café, charlando como siempre hacemos, pero con el beneficio de poder deshacernos en caricias durante esos momentos. Ha llegado el momento de unir nuestros labios en un profundo beso, de sentir cómo nuestros corazones laten al unísono, de besarnos durante horas deteniendo el tiempo a nuestro alrededor.

Ha llegado el momento. Lo sabes, lo sé. Por eso llegaré puntual a nuestra primera cita, aunque en realidad sea la número ochocientos treinta y dos desde que nos conocemos. Sé que no necesitarás ninguna de las típicas señales de las citas a ciegas porque la nuestra no lo es. Conoces cada palmo de mi rostro igual que yo conozco cada pedacito del tuyo, cada lunar, cada línea de expresión, cada bucle de tu rebelde melena, cada pestaña de tu mirada. Pero te lo voy a poner aún más fácil y voy a hacer una apuesta por ese romanticismo que según tú ha muerto, para demostrarte que no es así. No conmigo.

Cuando llegues estaré esperándote. Solo tendrás que buscarme con la mirada. Seré el único que portará entre sus brazos un precioso ramo de rosas rojas en medio del resto de la amplia gama de tonos grises que invaden la realidad.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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10. PALOS

“S.O.S.” – Taller de escritura creativa FlemingLab

“S.O.S.” – Taller de escritura creativa FlemingLab

 

S.O.S.
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

S.O.S.

Todos los días lo mismo, la misma incertidumbre que me corroe el alma y me va consumiendo poco a poco, hasta que consiga terminar con este pobre saco de huesos en el que me he convertido. Desde que Dimitry se marchó de casa sin dar ni siquiera una explicación, quedé desamparada, sin ingresos, a cargo de mis dos pequeños que son los únicos que me mantienen con vida.

Mi titulación en mi situación da igual, no consigo un trabajo decente con el que poder mantenernos. He perdido la cuenta de las entrevistas de trabajo que he realizado, pero en todas me he encontrado con la misma respuesta. No. Un «no» que ni siquiera son capaces de decir a la cara, solo desaparecen sin dejar rastro ni contestan a tus desesperadas llamadas. Dejad de ser tan ruines y perded la cobardía. Asumid las consecuencias de vuestras decisiones. Admitid que no interesa contratar a una mujer que arrastra la carga de dos hijos pequeños que pueden enfermar con demasiada facilidad en las condiciones en las que vivimos.

Por ello es que me siento atrapada en la desesperación, en esta maldita incertidumbre, en la ansiedad que me genera el saber si cada nuevo día tendré algo que ofrecer a mis hijos para que llenen sus pequeños estómagos a la vuelta de la escuela.

Siento la imperiosa necesidad de salir de aquí, de huir lejos y buscar fortuna en otros lugares donde la vida sea más fácil. Pero es duro tomar una decisión así. Supondría romper con todo, con tus orígenes, desenraizar a tus hijos de la patria que les vio nacer, alejarles de sus amigos y emprender un viaje con destino incierto hacia algún país del que ni tan siquiera conoces su idioma.

Hace unos días, un vecino del barrio me habló de una persona que facilitaba la salida del país. Sales de aquí, ligera de equipaje, pero con contrato de trabajo en otro lugar, a cambio de una suma de dinero que para cualquiera de nosotros resultaría impagable. Sin embargo, hay una posibilidad que es la que hace que pueda, al menos, planteármelo. Esta persona corre a cargo de los gastos, convirtiéndolos en una especie de préstamo que podría pagar cómodamente mes a mes, dedicándole un porcentaje de mi futuro sueldo.

No sé qué hacer. Llevo días dándole vueltas a la idea. Quizá con el sueldo que reciba podría ir pagando el préstamo, vivir con modestia, a lo que estoy muchísimo más que acostumbrada, e ir ahorrando otra parte cada mes para llevar a mis niños conmigo. No suena mal, la verdad. Pero la gran disyuntiva a la que me enfrento es precisamente esa, la de separarme de mis hijos durante un tiempo indeterminado. Ni siquiera sé si sería capaz de partir dejándoles aquí. No poder ver sus caritas cada día, hablar con ellos, abrazarles… Porque no tendremos medios económicos, pero el amor nos sobra. Y el amor mueve montañas.

Las decisiones hay que tomarlas en frío y cuantas menos vueltas les des, mejor. No puedo continuar aquí, eso está claro. Y esta es la única solución que encuentro para poder garantizar a mis hijos una vida, humilde, pero sin carencias. Tengo que hacer de tripas corazón y buscar a alguien que pueda hacerse cargo de ellos mientras yo reúna el dinero suficiente para llevarlos conmigo.

Hace años que no hablo con mis padres, desde que me fui a vivir con Dimitry. Ellos nunca le aceptaron y ahora comprendo por qué. No sé cómo pude estar tan ciega. Pero en aquellos momentos estaba cegada por el amor a una persona que parecía maravillosa, era joven y rebelde, veía ante mí una fantástica vida de la que, sin duda, saldría victoriosa. ¡Qué equivocada estaba! La única salida que veo posible es tragarme mi orgullo y regresar, como la hija pródiga que soy, a pedirles el enorme favor de que se hagan cargo de mis hijos mientras esté fuera. Sé que pondrán pegas, pero les conozco demasiado y también sé que no podrán resistirse a vivir con sus nietos. Con ellos me aseguro de que no les faltará de nada en mi ausencia.

Me presento en el lugar indicado por aquel personaje en apariencia tan educado y amable. Somos muchas las mujeres que nos encontramos allí, a punto de montarnos en un autobús que nos cambiará la vida para siempre. Hace mucho frío esta mañana, el invierno está siendo muy duro y, aunque con una gran pena en mi corazón, me alegro por saber que mis hijos quedan en un lugar donde van a ser queridos y no pasarán frío ni hambre. Nos van llamando por nuestros nombres, apuntados en una lista, y de una en una vamos subiendo al autobús.

El viaje es largo, pesado y frío. Son muchas horas recluidas en este autobús, que realiza las paradas justas para proveerse de combustible para continuar su camino. Solo en esos momentos se nos permite bajar a hacer uso del baño. Nadie nos proporciona comida. Estoy aterida, hambrienta y asustada. Solo deseo que aquel autobús llegue de una vez al lugar al que sea que tenga que llegar. Ni siquiera nos han dicho cuál será nuestro destino. Cierro los ojos y pienso en mis hijos. Los visualizo felices, sentados al calor de la chimenea con una gran taza de chocolate caliente entre mis manos. De esta forma, con una leve sonrisa en el rostro, consigo quedarme dormida.

Cuando despierto, el autobús ya ha llegado a su destino. Estamos en un callejón húmedo y sombrío en cuyo final se vislumbra el frío puerto marítimo de Barcelona. Las personas que nos reciben no hablan como nosotras, no entiendo nada de lo que dicen. Lo único que logro comprender es que quieren que bajemos de una en una y vayamos entrando por una portezuela en una casa de varios pisos de altura. Somos guiadas a un salón, donde permanecemos en fila.

En mi inocencia, imagino que aquí es donde nos indicarán cuál va a ser nuestro empleo  a partir de ahora. Y, en cierto modo, es cierto. Hay un señor con cara de pocos amigos que nos va observando a todas, una a una. Se detiene ante mí, me levanta la barbilla, me gira la cara y continúa con la observación ocular después de deslizar su asquerosa mano por mi trasero en un gesto mucho más que obsceno. Aquí es donde empiezo a notar que algo no va bien.

Nos dividen en dos grupos, aunque no entiendo el porqué de tal diferenciación. Nos asignan a cada una de nosotras una habitación. Las habitaciones son pequeñas, sórdidas, repletas de humedad. Me quedo allí con mi pequeño petate, en el que guardo las escasas posesiones que he traído conmigo, sentada sobre la cama, encogida por el frío, intentando poner un orden lógico a todo lo que está pasando.

A los treinta minutos de mi llegada a la habitación, más o menos, el señor que nos ha recibido abajo entra con brusquedad, cerrando la puerta con un sonoro portazo a sus espaldas. Veo la lujuria en sus ojos, la maldad en el fondo de su mirada. Forcejeo con él todo lo que puedo, pero me es imposible impedir mi primera violación. Aquella misma noche ocurrieron otras varias, que he preferido borrar de mi memoria.

Llevo más de dos años trabajando en el club y la costumbre ha hecho que se convierta en algo rutinario sin mayor importancia. Ya no siento ni padezco. Acompaño a decenas de hombres a mi habitación a diario por un mísero sueldo que se queda íntegro el señor que organizó aquel préstamo con nuestro viaje. Calculo que han de pasar más de veinte años para que la deuda quede saldada y, aun así, siempre hay algún motivo, alguna falta de comportamiento, que se castiga aumentando la deuda en cantidades considerables. Creo que moriré aquí, si no por una neumonía por mi ligereza de ropa, por alguna enfermedad venérea que ni siquiera sé si ya habré contraído.

Mis hijos siguen en mi país. No he podido volver a verlos ni a hablar con ellos desde mi partida. Mi cuerpo está acostumbrado, pero mi corazón no se acostumbrará jamás. Por favor, sáquenme de aquí. Necesito salir de aquí. Necesito volver a mi país, aunque solo sea para que mis hijos vean a su madre antes de morir.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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S.O.S. by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://masticadoresdeletras.wordpress.com.
Puede hallar permisos más allá de los concedidos con esta licencia en https://anacentellasg.wordpress.com

Este relato ha sido trabajado para el Taller de escritura creativa FlemingLab, organizado por J Re Crivello, y que podéis encontrar en el blog Masticadores de Letras.

“El mejor regalo, el de Melchor” – El Poder de las Letras

“El mejor regalo, el de Melchor” – El Poder de las Letras
EL MEJOR REGALO, EL DE MELCHOR
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Os dejo con mi colaboración con la fantástica página de escritores, El Poder de las Letras, del pasado jueves. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

 

EL MEJOR REGALO, EL DE MELCHOR

Para Lidia, la Navidad era la época del año perfecta. Por fin podía disfrutar de dos semanas de vacaciones junto a su mamá y pasaban juntas todo el tiempo. Entre las dos decoraban la casa con largas tiras de espumillón de todos los colores, aunque siempre predominaba el dorado y el plateado, los preferidos de Lidia. Horneaban juntas galletas, bizcochos y todo tipo de dulces.

Pero desde hacía dos años las navidades tenían un contrapunto agridulce para Lidia. Encontrado con el sentimiento de alegría que la inundaba durante estas fechas, se hallaba el sentimiento de melancolía de no sentirse parte de una familia como ella deseaba. Quería volver a vivir las navidades en familia, como siempre lo había hecho.

Desde que sus padres se separaron, cuando ella tenía solo cinco años, su vida se había convertido en un constante ir y venir de un lado para otro. Convivía con su madre y pasaba fines de semana alternos con su padre, así como una tarde a la semana. Sentía cómo se la repartían en vacaciones como si fuese un objeto más que meter en la maleta. Y, a pesar de que ella vivía feliz al lado de su madre, no podía dejar de sentir un sentimiento de tristeza por su padre, al que notaba más alicaído conforme iba pasando el tiempo.

Pero esta navidad iba a ser diferente, lo tenía decidido. Para algo servía la Magia de la navidad, ¿no? Solo tenía que darle un pequeño empujón para que funcionase en el momento adecuado.

Para empezar, un pedido muy especial iba escrito en su carta a los Reyes Magos, esa que fue el otro día a entregar con papá al mismísimo rey Melchor en persona. Por otro lado, unas palabritas por aquí cuando estaba con su madre, otras palabritas por allá cuando estaba con su padre y dejar que la Magia de la navidad hiciese el resto.

Bueno, puede que algunos mensajes estratégicamente enviados desde los móviles de sus padres sin que la viesen ayudasen un poco en el proceso. En cualquier caso, allí estaban los tres juntos esperando al paso de la cabalgata de Reyes. Lidia no cabía en sí de gozo, había logrado reunir a sus padres y estaba a punto de ver a los Reyes Magos. Casi le pareció que sus padres volvían a ser los de siempre mientras saludaban a las carrozas y recogían caramelos para ella con alegría. Al pasar la carroza del rey Melchor, ninguno de ellos se percató del guiño que este le lanzó a Lidia, que le saludó con un efusivo beso lanzado al aire y una gran sonrisa.

Su sonrisa se hizo más amplia aún cuando su madre invitó cordialmente a su padre a cenar con ellas en casa. Pidieron pizzas y a Lidia ya le hacían los ojos chiribitas al imaginar a los tres juntos de nuevo. Volvían a ser la familia de siempre, aunque solo fuese por una noche.

Aquella noche Lidia se fue temprano a la cama y recibió el beso de sus dos papis. Se durmió enseguida, con la ilusión en mente de los regalos que encontraría a la mañana siguiente bajo el árbol, incluido aquel tan especial que incluyó en su carta. Tuvo un sueño precioso en el que los tres bailaban con los Reyes Magos mientras brillantes luces de colores salían despedidas hacia todos los lados.

No es preciso decir que se levantó temprano, muy temprano. Bajo el árbol, colocados con sumo cuidado, había decenas de regalos, todos ellos envueltos en bonitos papeles de colores y con preciosos lazos dorados. Pero allí no podía encontrar su regalo especial, ese que con tanta ilusión había pedido al mismísimo rey Melchor. El guiño que le había enviado desde su carroza le decía que su deseo se cumpliría.

Corrió hacia la habitación de su madre, la que años atrás había sido la de sus padres. Abrió con cuidado la puerta. Una gran sonrisa iluminó su rostro cuando vio, arropados bajo el amplio edredón, a sus padres durmiendo abrazados. Se lanzó sobre ellos, como hacía antaño, despertándoles entre risas y alegría. Su deseo de había cumplido.

Lidia dirigió su mirada hacia el gran ventanal que daba a la calle. En el vapor de agua que empañaba el cristal debido a la condensación, se podía leer con claridad un mensaje escrito a mano. «Con cariño, Melchor», al que Lidia respondió con un susurro, muy segura de que le llegaría: «Gracias». Segundos después, reía a carcajada limpia entre las cosquillas que sus padres, juntos de nuevo, le regalaban.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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08. ADELANTE

“Buscando refugio” – YouAreWriter

“Buscando refugio” – YouAreWriter

 

BUSCANDO REFUGIO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Os dejo con mi primera colaboración con la página de escritores YouAreWriter, con la que he tenido la enorme suerte y el honor de poder colaborar. Os recomiendo que la echéis un vistazo, hay textos increíbles.

BUSCANDO REFUGIO

Desde aquí, desde mi refugio, mi lugar secreto, ese que no conoce nadie, al fin encuentro ante mí la serenidad que tanto ansiaba. Sentada sobre la nieve, con una taza de chocolate caliente entre las manos, contemplo la maravilla que necesitaba para templar mi ánimo.

No es la primera vez que desaparezco. Lo hago con cierta frecuencia. Reconozco que hay veces en que la vida me viene grande y necesito desaparecer durante unos días. Romper con todo. Trabajo, amigos, incluso familia. Mi ritmo siempre es tan frenético que llega un momento en que la única necesidad que tengo es la de tirar del freno de mano y salir volando de aquí atravesando el parabrisas de la vida. Y lo hago, porque si no lo hiciera dejaría de ser yo para convertirme en un autómata cualquiera que sigue con los ojos cerrados la rutina auto impuesta. Ese sería mi fin.

Un par de veces al año, tres en el peor de los casos, mi familia llega a casa y encuentra una nota mía cuidadosamente sujeta a la puerta de la nevera con un imán cualquiera. Una despedida temporal más, un hasta pronto sentido, una escapada de urgencia. Para cuando esto ocurre, yo ya estoy volando hacia mi refugio. Lo descubrí en un viaje que realicé en la juventud, una escapada de enamorados que nunca más tuvieron el valor de volver a reunirse. Pero de aquella experiencia me quedó el encanto de una pequeña cabaña de madera en mitad de la montaña, en el mismo corazón de los Alpes Suizos, y la oportunidad de comprarla a un precio ridículo. Así que lo hice, algo que jamás llegué a contar a nadie.

Llegué anoche, tras un par de horas de autobús al pueblo más próximo y una caminata sobre la nieve de otra hora de duración a través de la oscuridad. No hay peligro de pérdida, pues yo misma me encargué de balizar buena parte del camino con troncos de los que utilizaba para la lumbre. Ahí es donde comienza mi verdadera liberación, en ese paseo, siempre nocturno, que realizo con mi pequeña mochila y el frontal encendido, cuando solo se escucha el crujir de mis pasos sobre la nieve. La primera noche siempre realizo el mismo ritual, encender la chimenea, que transforma en apenas media hora la fría casita en un confortable hogar, y dormir sobre el suelo enroscada en mi edredón, frente a la lumbre que arde controlada mientras dibuja preciosas sombras que proyecta en todas direcciones.

Esta es la primera mañana de mi última escapada a mi refugio particular. Aquí, sentada sobre la nieve, con una taza de chocolate caliente entre mis manos, como os contaba al principio de esta historia, observo el despertar del día en el horizonte. Los primeros rayos de sol asoman tímidos tras las montañas para, en poco tiempo, brillar con un fulgor deslumbrante sobre las nubes que recubren el valle. Desde mi privilegiada posición en la altura, veo el destello sobre nubes y nieve y me encuentro más cercana al cielo que nunca. Aquí no hay problemas, no hay prisas, no hay estrés, no hay agobios.

Por primera vez, me planteo quedarme para siempre en mi refugio, bajarme de una vez del mundo que gira a velocidad de vértigo y quedarme varada de forma eterna en esta semi-ingravidez que me proporciona la montaña. Sonrío al sol y tomo mi decisión. Es hora de saber si todos aquellos que dicen quererme, lo hacen de tal manera que no les importará perderme en pos de mi bienestar.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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05. TEQUILA