El Poder de las Letras – La vieja gloria

El Poder de las Letras – La vieja gloria

Comparto con vosotros, como cada domingo, mi participación semanal en la página de escritores El Poder de las Letras, que podéis leer en el link de debajo. Os lo dejo aquí, pero no dejéis de visitar la página, porfa.

LA VIEJA GLORIA Silencio… Solo se escucha el silencio. Silencio y un ligero gorgoteo en mis oídos. Mi cuerpo laxo, viviendo una tranquilidad total. No quiero salir de este estado jamás. Vuelvo a escuchar con atención, silencio. Creo que hacía tanto tiempo que no sentía tal relax. La verdad es que no sé por…

a través de La vieja gloria — Relatos,poesías,poemas y literatura

LA VIEJA GLORIA

Silencio… Solo se escucha el silencio. Silencio y un ligero gorgoteo en mis oídos. Mi cuerpo laxo, viviendo una tranquilidad total. No quiero salir de este estado jamás. Vuelvo a escuchar con atención, silencio.

Creo que hacía tanto tiempo que no sentía tal relax. La verdad es que no sé por qué no lo hago más a menudo. La lesión de la rodilla, quizá, sea influyente. Pero esta paz… Lo que daría por mantener esta paz… Me encontraba literalmente en la gloria.

El esfuerzo que había realizado había sido excesivo, lo sabía. Había aguantado demasiado tiempo y ahora pagaba las consecuencias. Me dolían los brazos y la rodilla derecha. Bueno, lo de la rodilla derecha no era dolor, eran auténticos calambres que se deslizaban pierna abajo, recordándome que ya no tenía ni la edad ni la forma física de los buenos tiempos. Pero algo en mi interior quería continuar resistiéndose al cambio. Maldita mente, qué poderosa podía ser a veces.

Sin embargo, no cambiaba para nada todos los dolores que estaba sintiendo por aquella sensación de relax y paz que sentía en aquellos momentos. Si por mí fuese, permanecería en este estado para siempre. No es que quiera olvidarme de todo, pero… es que es tan agradable. Ya no lo recordaba. Hacia tanto tiempo que no lo hacía…

Los médicos me habían aconsejado que me retirase y llevaba como unos dos años sin hacerlo. Pero hoy no había podido más. La necesidad me obligó a hacerlo y la verdad es que estaba bastante contento. ¿Que había sufrido? ¡Claro! Pero, ¿y lo bien que me sentía en aquellos momentos?

De pronto, la paz y la tranquilidad fueron rotas de golpe. Una especie de maremoto me cubrió por entero, el silencio se rompió de súbito. Adiós al estado de calma que tanto estaba disfrutando.  Miré a mi alrededor en cuanto pude, limpiándome con las manos las gotas de agua que me estaban nublando la visión.

Allí estaba él. Viejo compañero de fatigas, de glorias y decepciones, de triunfos y pesares. Sin pronunciar palabra, me guiñó un ojo e hizo un movimiento con la cabeza que yo supe interpretar a la perfección.

Agarrados los dos en el borde de la piscina, comenzamos a realizar el largo con furia, estilo mariposa, nuestro preferido por ser el más costoso. Me costaría agujetas durante toda la semana, pero nada pagaba la cara de satisfacción que se me quedó cuando llegué antes que él.

—¿Qué pasa? ¿Que no eres capaz de ganar a un viejo de setenta años lesionado? Desde luego…

Una sonrisa pícara apareció en su rostro, y mi viejo amigo, que había seguido un riguroso entrenamiento día tras día desde que dejamos la competición, vino hacia mí a darme un abrazo como los que nos dábamos cuando los triunfos eran compartidos.

Aquí, entre nosotros, creo que me dejó ganar. Pero no se lo digáis a nadie. Permitidme disfrutar de mi ratito de gloria.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Los 52 golpes – Golpe #19 – Te estaba esperando

Los 52 golpes – Golpe #19 – Te estaba esperando

TE ESTABA ESPERANDO

 

TE ESTABA ESPERANDO

Me encanta llegar a casa antes que tú. No sé por qué, en qué pequeño detalle radica la diferencia, pero es así. Cuando yo llego primero, a nuestro pequeño piso vacío, lo primero que hago es levantar las persianas que en la mañana temprano, cuando todavía era de noche, quedaron cerradas. Inundo todas las estancias de luz, y con ella de calor.

Es curioso, pero, al igual que la casa se va inundando de calor, a mi cuerpo le pasa exactamente igual. El influjo del calor de la luz que se adentra por las ventanas, por el pequeño balcón de nuestra habitación, unido a la expectativa de tu llegada, hacen que mi cuerpo se vaya inundando también de calor, un calor que se me hace muy difícil esperar a sofocar.

Siempre ocurre lo mismo, es algo inevitable para mí. Voy a nuestro pequeño cuarto para liberarme de las ataduras de la ropa del trabajo, estos malditos tacones, la falda de tubo que tanto limita mis movimientos, la chaqueta americana que solo me aporta rigidez de movimientos, la blusa de infinitos botones que me doy el gusto de desabrochar con una lentitud pasmosa, mientras una mano juguetona se escapa para internarse en sus adentros.

Miro el reloj, esa preciosidad que me regalaste en nuestro último aniversario, y compruebo con desazón que aún queda al menos media hora para que llegues a mi lado. Me despojo de él y lo dejo con cuidado sobre la mesilla de noche. Hago lo mismo con pendientes, anillos y pulseras, todos esos signos de feminidad impuesta que no necesito, porque a tu lado explota mi feminidad sin necesidad de ningún tipo de accesorio, como en este momento, mientras pienso en ti.

Decido quedarme con el conjunto de lencería negra que escogí esta mañana, sabiendo lo que tanto te gusta. Me parece una falta de respeto esperarte sin nada sobre mi cuerpo. Sí, a estas alturas es así, no me preguntes por qué. Quizá sea porque me parece más erótico cubrir que exponer directamente. Todavía faltan unos veinte minutos para que llegues, no creo que pueda aguantar. Hace rato que me retuerzo sobre la cama como fiera enjaulada luchando por la liberación.

Lo siento mucho, cariño, pero voy a tener que empezar sin ti. El anhelo me gana. Tumbada sobre la cama, aparto con cuidado el tanga de encaje y dejo que mis dedos se deslicen por mi fluidez. Por unos instantes, olvido quién soy, dónde estoy, a quién estoy esperando. Estoy volando muy lejos de aquí, todos mis sentidos se hallan ahora mismo en otra dimensión.

Otra dimensión donde vuelan las estrellas, donde todo son colores refulgentes, donde la desconexión lo invade todo, hasta que la más grande de las estrellas estalla en un apoteósico orgasmo liberador.

Vuelta a la realidad, con la respiración agitada, ¿adónde fue toda aquella desconexión? Tomo conciencia de quién soy, de que estoy sobre mi cama y, muy despacio, abro los ojos. Apoyado en el dintel te veo, observando, respirando al compás de mi agitación. No puedo evitar poner cara de niña buena, esa de “yo no he hecho nada” o “esto no es lo que parece”, pero creo que va a ser inútil. Solo dos palabras hacen falta para que te abalances sobre mí, cumpliendo mis más profundos deseos:

—Te estaba esperando, corazón.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Relato nº 19 preparado para Los 52 golpes. La semana próxima os presentaré el de la semana 20. El de la semana 21 , de momento, está sin definir (vamos que no tengo nada todavía…).

El poder de las palabras – El Poder de las Letras

El poder de las palabras – El Poder de las Letras

 

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¿Qué ha pasado? ¿Por qué ya no te comportas conmigo como solías hacerlo? ¿Acaso eres tú quien me tiene miedo a mí ahora? No deberías tenerlo, me conoces bien, mejor que yo incluso, y sabes que soy incapaz de hacer mal a nadie. Entonces, ¿a qué es debido ese cambio? ¿Puede ser que haya sido…

a través de El poder de las palabras — Relatos,poesías,poemas y literatura

No dejéis de visitar la página, que tiene muchas novedades, pero os dejo aquí el relato completo:

EL PODER DE LAS PALABRAS

¿Qué ha pasado? ¿Por qué ya no te comportas conmigo como solías hacerlo? ¿Acaso eres tú quien me tiene miedo a mí ahora? No deberías tenerlo, me conoces bien, mejor que yo incluso, y sabes que soy incapaz de hacer mal a nadie. Entonces, ¿a qué es debido ese cambio?

¿Puede ser que haya sido yo la que ha cambiado? He tenido mucho tiempo para analizarte, para estudiar tu comportamiento. Me he visto presa en esa tela de araña que tú tejías tan sigilosamente. Era tan sutil tu trabajo, que cuando quise darme cuenta ya estaba enredada por completo. Cautiva en una telaraña de humillaciones y palabras de cariño, de ataques verbales y abrazos cariñosos, de “no vales nada” y falsos “te quieros”.

Y yo, sumida en mi confusión, odiándote en lo más profundo por todo el daño causado, y queriéndote con locura por todo el cariño mostrado. Conseguiste dejarme indefensa, anulada por completo, sin saber si quiera quién era ni, por supuesto, quién eres.

Lo único que sabemos es que algo en mí ha cambiado, tú también lo percibes. Por eso tu comportamiento también ha cambiado, porque sabes que no voy a ser tan sumisa, tan maleable, tan fácil de manipular. Que ya no tengo miedo a las consecuencias, que voy a ser fiel a mi esencia.

Tranquila, no guardo ningún rencor. Eso sería rebajarme a un nivel tan bajo como en el que has estado tú durante todos estos años. Con tantas carencias que necesitabas suplirlas con autoridad y malos tratos. Así que no, no guardo rencor. Te comprendo, aunque no lo justifique. El pasado, pasado está. Ahora mismo lo único que quiero es alejarte de mi vida lo máximo posible, no sea que vuelva a enredarme en tu tela de araña, que tan astutamente sabes tejer sin que nadie se dé cuenta.

Te deseo lo mejor. Escúchame bien. Lo mejor. Pero lejos. Muy, muy, muy lejos…

Dicen que las palabras tienen poder. Por eso hoy no solo las pronuncio, sino que las dejo por escrito, con la esperanza de que llegue el día, no muy lejano, en que se hagan realidad.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Los 52 golpes – Golpe #18 – Experiencia placentera

Los 52 golpes – Golpe #18 – Experiencia placentera

EXPERIENCIA PLACENTERA

 

EXPERIENCIA PLACENTERA

Por fin estaba sola en casa. Hay que ver lo difícil que es encontrar la soledad cuando la buscas. Una día cualquiera entre semana. Podría haber sido martes, o jueves, o lunes. Los lunes son siempre un mal día. Sí, un lunes será perfecto.

Lleno la bañera con el caudal lento, a máxima temperatura. Me quedo unos momentos absorta mirando cómo va creciendo poco a poco el nivel del agua, muy poco a poco, casi con desidia. Casi como yo. Bajo un poco la temperatura para que se temple mientras se siga llenando. Al fin y al cabo esta tiene que ser una experiencia placentera, no un sufrimiento en agua ardiente.

Continúo mirando cómo se va llenando la pequeña y anodina bañera de mi apartamento. Según va subiendo el nivel de agua, mi alma se va llenando también de paz. En ese preciso instante soy plenamente consciente de que he tomado la decisión correcta. Cierro el grifo cuando considero que el agua ha llegado a un nivel que no provoque un desbordamiento cuando introduzca mi pequeño cuerpo. Siento un poco de desazón al dejar de oír el agua caer, pero la aparto con rapidez de mis sentimientos. Tengo que mantener dominante la cabeza fría.

Me dirijo a la cocina, apenas unos pasos más adelante. Me detengo unos segundos para releer la carta que hay sobre la encimera. No logro que no se me salten las lágrimas, siempre tan sensible. Eso se ha acabado. No me lo puedo permitir. Hoy no. Dejo la carta cuidadosamente en el lugar en el que estaba, con suma delicadeza, como si se tratase del tesoro más preciado. Para mí, en estos momentos, lo es.

Dirijo mi mirada inconscientemente a la tacoma de cuchillos que hice afilar la semana pasada. ¿Casualidad? No, amigos. Ya os lo digo yo, las casualidades no existen. Solo existen las causalidades. Y fue una verdadera causalidad que se me ocurriese afilar los cuchillos hace tan solo unos días.

Elijo el más grande, el más llamativo. Repaso en mi mente los cientos de razones por las que debo hacerlo. Siguen siendo igual de válidas. El plan sigue en pie. Decido coger el cuchillo con la mano izquierda, ya que yo no soy zurda. Algo en mi interior me dice que en la mano derecha tendré más fuerza cuando le llegue su turno. Lo acerco a mi muñeca derecha, recreándome en la sensación. Creo que nunca antes me había sentido tan libre. Esa euforia es precisamente el impulso que necesitaba, por lo que lo deslizo con gran facilidad por mi muñeca. La sangre comienza a manar con rapidez. Ya sabemos todos lo escandalosa que es.

Duele. Joder, duele. Siento como si tuviese la muñeca en llamas. He de ser más rápida si no quiero que esto se convierta en un suplicio. Así que cambio el cuchillo de mano y repito el proceso con la muñeca izquierda. El mismo dolor, la misma sensación de quemazón, la misma afluencia de sangre por mi mano hacia abajo, hasta gotear en el suelo. Intento ser lo más fuerte posible. Ni una sola lágrima sale de mis ojos ya doloridos, ya secos. Voy hacia el baño y me introduzco en la bañera. No puedo permitir que mis heridas cicatricen. No ahora que he llegado tan lejos. El agua aún está tibia y la sensación es deliciosa. Se tiñe con rapidez de un tono rosado. Me tumbo en la bañera, con las piernas flexionadas porque el largo de la misma no me permite estirarlas, y me dejo llevar.

Durante unos instantes vuelo, recuerdo a todas las personas que han sido importantes en mi vida. Por un segundo, vuelvo a la realidad y pienso que he cerrado la casa por dentro. Bueno, ya conseguirá entrar alguien. Ya no tengo que preocuparme por nada. Solo de dejarme llevar.

Una maravillosa sensación comienza a extenderse por mis miembros. Por primera vez en mucho tiempo, me siento feliz. Durante unos segundos me dedico a perdonar a todas esas personas que me hicieron daño. Ya no me importa nada. Por fin siento que me puedo ir en paz. Poco a poco me va invadiendo un placentero sueño que me invita a cerrar los ojos, a cerrar los ojos, a cerrar los ojos…

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Relato escrito para la semana 18 de Los 52 golpes. La próxima semana os mostraré el 19, aunque ya lo podéis ver publicado en la página. El número 20 ya está en modo borrador dentro de mi cabecita loca…

La niña – El Poder de las Letras

La niña – El Poder de las Letras

 

Imagen: Pixabay.com

 

¡Feliz domingo tarde! Comparto con vosotros mi colaboración de esta semana con El Poder de las Letras. Podéis ver el texto completo en el enlace que encontraréis más abajo. ¡No dejéis de visitarla! ¡Gracias!

LA NIÑA Hace unos días me pasó una curiosa experiencia que me gustaría compartir con vosotros. De ella extraje una gran enseñanza, y creo que lo justo es compartirla. Estaba yo sola, descansando, en el sillón de mi casa, cuando escuché una vocecita infantil que me decía: —¡Hola! Hace mucho que no juegas…

a través de La niña — Relatos,poesías,poemas y literatura

Los 52 golpes – Golpe #17 – Malas vibraciones

Los 52 golpes – Golpe #17 – Malas vibraciones

 

MALAS VIBRACIONES
Imagen: Pixabay.com

 

 

MALAS VIBRACIONES

 Elena se levantó media hora tarde. Lo que en principio iba a ser un tedioso y lluvioso lunes del mes de noviembre parecía que se iba a complicar un poquito. Se tomó un sorbo de su recién hecho café con leche mientras tiraba de la pernera de su pantalón pitillo, lo que hizo que un pequeño chorro del mismo fuera a caer sobre la blusa de raso blanco que había elegido el día anterior para comenzar la semana. Definitivamente parecía que no iba a ser su día.

Eran las siete y media de la mañana cuando Elena estaba cerrando la puerta de su casa. Exactamente a esa misma hora, David salía por la puerta de la suya con la mayor de las sonrisas pintada en su cara. Él vivía unas cuantas paradas de metro más allá de Elena y ambos utilizaban la misma línea para llegar a sus trabajos.

Elena salió a la calle y lo primero que hizo fue meter uno de sus preciosos zapatos de tacón en un enorme charco que se había formado en el portal de su edificio. Hizo un repaso mental del recorrido que debía hacer hasta la parada del metro. Una vez hubiese llegado a ella, en diez minutos estaría en su trabajo y apenas llegaría con un ligero retraso. Al fin y al cabo, las cosas aún tenían una posible solución.

Justo en el momento en que Elena montaba en el tren, David llegaba a la estación de metro. La misma donde se bajaría Elena para llegar a su trabajo, que estaba en la puerta, y que él utilizaba todos los días para llegar al suyo, a una media hora de distancia. La lluvia que caía incesante no le había impedido saludar con una sonrisa a todos los trabajadores que había a aquellas horas en su barrio: los chicos de la limpieza, que tenían que aguantar bajo la lluvia su larga jornada, el del quiosco de prensa, que siempre le tenía reservado un ejemplar de su periódico favorito, varios trabajadores de la empresa de Elena que siempre llegaban tarde… Su estado de ánimo era estupendo y no pensaba dejar que cuatro gotas de lluvia se lo estropeasen.

Elena recibió el pisotón de un enorme hombre de avanzada edad que por poco le deja el pie izquierdo bastante perjudicado, y ya su mal humor estaba alcanzando cotas considerables. Por suerte, un chico joven le cedió el asiento. En ese momento no supo si se sentía mejor por poder descansar su maltrecho pie, o de peor humor porque aquel muchacho la había considerado una señora a la que ceder el asiento. Pero bueno, no importaba mucho, estaba sentada, eran solo tres paradas, y su retraso en el trabajo no le iba a traer importantes consecuencias.

De pronto, el tren frenó en seco, quedando por completo detenido en el interior del túnel. Los minutos transcurrían sin que avanzase, y Elena iba recuperando su mal humor con el que había iniciado el día.

David esperaba el tren en una estación cada vez más atestada de gente. Por lo visto, un incidente en la línea había provocado que uno de los trenes hubiese quedado detenido entre dos estaciones y llegaba con retraso. No se preocupó, continuó con su enorme sonrisa, pensando que sería la primera vez que llegaba tarde al trabajo. Incluso los pisotones y los empujones de la gente que se iba acumulando en el andén, armados con sus paraguas mojados, consiguieron quitarle la sonrisa de la cara. David era el puro ejemplo de buenas vibraciones. Todo el que le miraba se sentía inmediatamente mejor.

El cabreo de Elena había alcanzado cotas desproporcionadas cuando el tren por fin comenzó a moverse y se dio cuenta de que con las prisas se había dejado el maletín con su portátil en casa. Prácticamente echaba humo por las orejas. Las personas que estaban sentadas a su lado tenían la misma cara, de lunes lluvioso de mierda del mes de noviembre.

El tren llegó a la estación en la que Elena debía bajarse y no tuvo ningún problema para hacerlo, fue prácticamente expulsada del vagón. Lo mismo le pasó a David para entrar, pues la marabunta le puso dentro sin que tuviese que moverse. Su sonrisa no se movió de su cara. Entre la entrada y la salida de ambos, las miradas de Elena y David se cruzaron por primera y única vez en su vida. La eterna sonrisa de David contagió de inmediato a Elena, que cambió por completo de actitud en cuanto salió a la calle y llegó a su trabajo. Ya que llegaba tarde, pensó que no estaría mal tardar cinco minutos más para comprar unos bollitos para sus compañeros. Todos la alabaron, nadie se dio cuenta del retraso.

La marabunta llevó a David al asiento justo del que se había levantado Elena. Desde el mismo momento en que se había aposentado en él, comenzó a notar un calor que le subía por el cuerpo hasta llegarle a la cara, mientras su sonrisa se iba borrando poco a poco. La gente de su alrededor tampoco contribuía a mantener su buen estado de ánimo, por lo que llegó a su trabajo de un humor de perros. No sabía qué le había sucedido, era como si una mala energía se hubiese apoderado de él desde que había montado en aquel vagón de tren.

Ya en el trabajo, David recibió una llamada de un proveedor que debía haberle llamado hacía más de media hora. Era Elena, con una voz encantadora y transmitiendo alegría por los cuatro costados. Ante el descaro de su interlocutora, David le echó una pequeña bronca, movido por el mal ánimo que le había poseído aquella mañana.

—Perdone, pero si está de mal humor yo no tengo la culpa—. Le espetó Elena con voz cantarina.

—Lo sé, perdone, la culpa es mía. No debería haberla hablado en ese tono—, se disculpó David, en parte contagiado por el buen humor que parecía tener la tal Elena.

Si él hubiese sabido de las malas vibraciones que Elena le dejó de regalo en aquel asiento de tren…

Ana Centellas. Abril 2017. Derechos registrados. 

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Relato trabajado para Los 52 golpes, el golpe 18 ya está publicado a vuestra disposición en la página, y el #19 anda esperando inspiración…           

#realcomolavidamisma                                                                               

La utopía – El poder de las letras

La utopía – El poder de las letras

Como cada domingo, aunque ya casi, casi, sea lunes, me gustaría compartir con vosotros mi colaboración semanal con la página El Poder de las Letras, en el enlace que encontraréis más abajo. Os ruego no dejéis de visitarla.

LA UTOPÍA Soy una leyenda, una utopía, uno de esos cuentos que van de boca a oreja, de generación en generación, y que por el camino van perdiendo parte de su sentido. Hay quien dice haberme poseído, pobres ilusos. La verdad es que muy poquitos han sido capaces de llegar a alcanzar mi estado,…

a través de La utopía — Relatos,poesías,poemas y literatura