“Aguanta” – Desafíos Literarios

“Aguanta” – Desafíos Literarios

Aguanta

Sigue adelante, no te rindas, muestra tu mejor sonrisa, dientes, dientes, que es lo que les jode. Ya, pero es que no puedo más. Es que no lo aguanto. Aguanta. Aguanta. Tienes que aguantar.

Por momentos aguanto, por momentos me hundo. Tengo ganas de mandarlo todo a la mierda. ¡Ah, pero no puedes! Ánimo, mucho ánimo. Que lo que te entre por un oído te salga por el otro. Que no, que no, que no puedo más. ¿Cómo no vas a poder? ¡Claro que puedes! Que no, que no valgo. Tú vales mucho y lo sabes. Vale, vale, lo que tú digas.

Pasa un año, dos. Me siento completamente humillada, los papeles vuelan por el suelo. Y gritos, gritos, más gritos. Gritos que hacen más daño que cualquier golpe. Pero vamos a ver, ¿a mi edad tengo que aguantar esto? No me trates mal. No, si no te trato mal. Te trato duro, que no es lo mismo. ¡Ah, que no es lo mismo! Entonces, vale. Aguanta, aguanta. Y no rechistes, que si no eres prepotente. La humildad por encima de todo.

¿Qué cómo va todo? Pues ya sabéis. ¿Y crees que con dos personas es suficiente? Sí, claro que sí. Me has traicionado. ¿Quién? ¿Yo? Sólo he dicho la verdad. Es lo que se supone que debo decir, ¿no? Pues no, ahora resulta que no, por el bien del departamento. Y más humillaciones. Meses enteros. Un error, otro error. ¿Es que no sabes hacer nada bien? Aguanta, aguanta. Una mano sobre el brazo, unos dedos marcados a fuego durante días. Aguanta, aguanta.

No puedo más. Aguanta. Pero déjalo. No puedo. ¿Cómo que no puedes? Lo dejas y ya está. ¿Y me voy sin nada? Mis hijos, las facturas… Nooooo, sin nada no, que te den el paro. Es que no me lo van a dar. ¿Cómo que no te lo van a dar? Que te digo que no. Aguanta.

Pasan tres años, cuatro. Y llegan las inspecciones de Hacienda. Y llegan las obras millonarias. Y no se da abasto. Por tu culpa, por tu culpa, por tu culpa. ¿Cuántas veces habré escuchado eso? Vale, por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Pero aguanta. Por tus hijos, aguanta. ¿Tus hijos? ¿Esos a los que estás fallando a diario? Sí, esos mismos.

¿Cómo puedes estar tan gorda? Claro, si fíjate en lo que comes. ¿Y por qué no te arreglas un poquito más? Parece que no tengas ganas de venir. Pues no, ¡no tengo! Me voy a poner a dieta, que conste que lo hago por mí. ¿A dieta tú? Jajajajaja. Veintisiete kilos en seis meses. ¿Algo qué decir? Claaaaaaro. Si es que con esa dieta que llevas te vas a poner mala. Esa delgadez extrema…¿Delgadez extrema? Tú lo que tienes es envidia, hija de puta. ¡Uy! ¿Lo he dicho en alto? No, menos mal. Aguanta, aguanta.

Tú eres fuerte. No, no tanto como pensáis. Ya no puedo más. Pues déjalo. No puedo. ¿Por qué? Porque no puedo. Lo hemos hablado mil veces. ¿Ya es domingo? ¡Ay, madre! No puedo, no puedo, no puedo. Noches en vela, dando vueltas y más vueltas. Sueños cíclicos. Dejadme en paz. Suena el despertador. ¡Noooooooo! No quiero, no quiero, no quiero. Patadas sobre la cama.

Pasan cinco años. Primera crisis de ansiedad. En la oficina, menudo follón. Qué vergüenza, madre. ¿Vergüenza por qué? Porque sí. Dos puñeteros días de baja. ¡Ah! Y tómate esta pastillita. De golpe cesan los gritos, pesa la “amistad”. ¿Cambio de estrategia quizá? Seguro. Aquí nadie da un paso en falso, nadie menos yo. Venga va, aguanta, aguanta. Aguanta como lo has estado haciendo hasta ahora. Eso sí, que nadie note que no estás bien. Vale, sí, esa ya me la sé. Dientes, dientes, que es lo que les jode.

¿Cómo estás? Bien, bien, con la sonrisa falsa. Dientes, dientes. Luego, ¡ah, es que nunca me dijiste que estuvieses mal! Segunda, tercera crisis de ansiedad. La última al mínimo grito después de días. ¡Porque ya no puedo más! ¿Es que nadie más lo ve? Ocurren desgracias, y yo estoy ahí. Como siempre. ¿Síndrome de Estocolmo? Quizá.

Más trabajo, y más, y más. Me desbordo, no puedo más. Crisis de ansiedad continuas. Aguanta, me dices desde tu destino europeo de vacaciones. Esas mismas que yo nunca puedo coger, porque nunca viene bien. Aguanta, aguanta. Y aguanto, aguanto. Pensamientos cruzan mi cabeza, pensamientos nihilistas. Y entonces ya sé que no puedo más, de verdad. Crisis de ansiedad, lloros, necesito una válvula de escape. Bajo a la calle, cigarrillo tras cigarrillo. Aguanta, aguanta. Y vuelta a lo mismo. Vete al médico ahora mismo. No puedo, no puedo, no puedo… ¿Y por qué no puedo? Me voy… Seis meses y seis pastillas diarias después aún no sé si conseguiré volver…

… Aguanta, aguanta…

Ana Centellas. Noviembre 2016. Derechos reservados


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*Imagen: El grito (Edvard Munch)

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“Cómplice y confidente” – El Poder de las Letras

“Cómplice y confidente” – El Poder de las Letras

Cómplice y confidente

Es en noches como esta, en las que me escondo detrás de mis silencios, cuando las hojas de mi viejo cuaderno se convierten en cómplices y confidentes de los sentimientos que durante el día dejé apartados en el cesto de la colada. Las palabras que fueron calladas se entremezclan con los calcetines de color y, después de lavarse la cara con el programa corto y una dosis extra de suavizante con aroma de larga duración, se plasman en las hojas turbias que nada saben del centrifugado de la razón.

Son palabras embriagadas por el aroma a café caliente que me recorre las venas en el frío de la noche, cuando el único sonido que se escucha es el eco de mi pluma tatuándome la piel. Rasgado queda el silencio que me sirvió de escondite y en cueros queda mi alma sobre la mesa de la cocina, donde aún reposan los restos del destierro de mi última cena, donde hasta el vino se enfría como lo hace mi corazón.

Aquí, en mi viejo cuaderno, marcado por los tachones de la conmiseración, mueren mis palabras mudas y se convierten en letras que, al frescor de la mañana, serán, como siempre, carentes de sentido.

Y las volveré a poner en el cesto de la colada.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.


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Los 52 golpes – Golpe #47 – “Celos (II)”

Los 52 golpes – Golpe #47 – “Celos (II)”

Celos (I)

Celos (II)

Aquella fue la noche en la que la incertidumbre entró de lleno en mi vida. No solo en el plano sexual, aunque he de reconocer que ocupaba el lugar predominante de mis dudas. Mi amiga me había regalado el mejor sexo que había tenido en mi vida y todas las bases sobre las que había ido construyéndome desde la niñez se tambaleaban como si las hubiese sostenido sobre una masa informe y vacilante de flan. Aparte de eso, el cambio radical que se operó en su actitud hacia mí desde entonces, tampoco me ayudaba a centrarme. Fueron meses extraños.

Anais se volvió tan cariñosa conmigo que llegué a pensar que ese era el problema que siempre había existido entre nosotras: estábamos destinadas a ser pareja y hasta aquel momento todo lo que había existido entre ambas eran resistencias. La relación entre las dos se volvió tan fluida y agradable desde que las vencimos que, confundida como estaba dentro de mi propia confusión, me dejé engañar por aquella y me acomodé en una relación sentimental con mi mejor amiga basada en la fidelidad.

Todo parecía ir bien hasta que conocí a Fabián. Era el chico más tímido que había conocido nunca, mi nuevo compañero de trabajo. Su carácter reservado y poco comunicativo me llamó la atención desde el primer momento, por no hablar de que tenía los ojos verdes más bonitos que había visto en mi vida. Su color era tan intenso que me sentía hipnotizada por ellos, me perdía en su mirada, que podía quedarme contemplando durante horas si no fuera por que ambos estábamos trabajando. Desde el primer día sentí la necesidad de estar a su lado, fue como una especie de atracción magnética tan fuerte que no pude ni quise resistir.

Fabián y yo nos volvimos inseparables en el trabajo. Compartíamos el tiempo de la comida y, algunas tardes, unas cervezas a la salida de la oficina. Descubrí a un muchacho divertido, tierno e interesante que derrochaba inteligencia por todos los costados. Y me enamoré de él.

A pesar de que Fabián conocía la existencia de Anais desde el primer día, los sentimientos son incontrolables y, entre los dos, comenzamos una especie de relación. Fueron tiempos confusos de nuevo, creo que he pasado la mitad de mi vida confundida y la otra mitad tratando de comprender mis confusiones. Cada noche, cuando regresaba a casa con Anais, me decía a mí misma que aquello no podía ser, que no podía estar sucediendo. Aunque mi corazón y mis sentimientos se empeñasen, para mi mente era imposible poder estar enamorada de dos personas a la vez. Por fuerza, una de las dos relaciones tenía que ser un error y me debatía entre los años y la confianza compartidos con Anais y la relación fresca y sincera que había iniciado con Fabián, pero era incapaz de renunciar a cualquiera de ellos. Al final, terminé aceptando mis propios sentimientos.

Si en algún momento creí que aquella historia podía funcionar, no podía estar más equivocada. Por un lado, Fabián. Al poco tiempo comenzó a sentir unos celos terribles de Anais, porque era ella la que compartía la cama conmigo cada noche y era, según él, mi relación oficial. Por otro lado, Anais. Siempre tuvo un instinto muy desarrollado y enseguida sospechó algo. Los celos volvieron a hacer acto de presencia entre nosotras y desconfiaba de mí hasta cuando bajaba a comprar el pan. Y con razón, pensaba yo, pero no toleraba para nada aquella actitud tan extremadamente posesiva.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.


https://www.safecreative.org/work/1811169062735-celos

*Imagen tomada de la red (editada)

“Una segunda primera cita” – Desafíos Literarios

“Una segunda primera cita” – Desafíos Literarios

Aquí os dejo con una de mis últimas aportaciones a Desafíos Literarios, en mi columna Letras a la Deriva. No dejéis de visitar la página, donde encontraréis textos maravillosos de compañeros estupendos.

Una segunda primera cita

Lo veo al final del amplio salón de la cafetería. Está acodado sobre la barra, mirándome con fijeza, mientras se toma a sorbos largos y lentos una cerveza. No puedo evitar fijarme en cuánto ha cambiado en estos meses, tiene el pelo más largo y la barba que siempre quiso llevar. Parece que ha perdido algo de peso y unas incipientes arrugas se le dibujan en la comisura de los ojos.

Después de diez años de relación, hace casi uno que no nos vemos, desde que un monstruo hasta entonces desconocido para mí destrozase mi vida con una fuerza ciclónica y me hiciese tomar algunas de las peores decisiones de mi vida. Sin un motivo aparente, me sumí en la oscuridad más intensa. Perdí todo, trabajo, amigos, familia… y a él. Detrás de aquel vendaje que cubría mis ojos para impedirme ver el sol, la claridad con la que yo me veía indigna de su cariño era meridiana. Solo quise perderme, desaparecer del mundo durante un tiempo y dejar de arruinar las vidas de mis seres queridos que, a buen seguro, continuarían mucho mejor sin mí. Rechacé cualquier ayuda y el único contacto social que me permitía consistía en mi visita semanal al psicólogo.

Desde hace unas semanas, algunos rayos de sol consiguen penetrar la maraña de nubes que lleva cubriendo mi cielo desde hace tanto tiempo. Se siente bien recibir la calidez de la luz dorada que me baña a ratos, haciéndome recordar otros tiempos en los que los días soleados se repetían sin cesar. Aún fue necesario tragarme buena parte de mi orgullo para reconocer que lo echaba de menos. Al sol y a él. Pero en cuanto lo reconocí, tomé el teléfono y lo llamé. Sorpresa, incredulidad y nervios se mezclaron a partes iguales a través de la línea telefónica. Y, al final, concertamos una primera cita, un pequeño acercamiento, un ligero a ver qué tal. Nuestra segunda primera cita.

Le veo pasarse una mano por el pelo, mientras me mira con inseguridad, y me pregunto si no debería ser yo la que diera el primer paso. Saco del bolso mi pequeño espejo para comprobar que el maquillaje está en orden, porque sí, estoy volviendo a ser aquella mujer coqueta que siempre fui. El minúsculo espejo me devuelve justo la imagen que estaba deseando ver: mis ojos, por fin, sonríen. Estoy lista.

Me acerco con tiento hasta su lugar en la barra, mientras siento cómo, poco a poco, va creciendo su nerviosismo. Yo intento disimular el mío como puedo, esperando que mis piernas me respondan en los escasos metros que me faltan por recorrer. A su altura, un suspiro, una sonrisa y el abrazo más reconfortante que he recibido jamás.

—Te he echado de menos —susurra en mi oído.

—Y yo —respondo a duras penas, con la congoja aferrada a mi garganta, mientras intento con todas mis fuerzas que aquel abrazo no termine jamás.

Después, el beso, cálido, lento, desesperado, melancólico. Porque toda primera cita debe culminar en un beso. Ahora solo tendremos que dejar que el amor vuelva a poner cada cosa en su lugar.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1901099564963-una-segunda-primera-cita

*Imagen: Pixabay.com (editada)

“La espinita” – El Poder de las Letras

“La espinita” – El Poder de las Letras

Os dejo con una de mis últimas colaboraciones con la fantástica página de escritores El Poder de las Letras. Espero que os guste y que no dejéis de visitar la página.

La espinita

Me dijeron que no podría, que no era fuerte, que no era digno, que no era suficiente. Me dijeron que para poder no bastaba con mis manos, que mi inteligencia no alcanzaba, que nunca llegaría a lograr aquello que tanto había soñado.

¿En qué basáis vuestros dogmas que taladran mi autoestima con tanta determinación? ¿Es que conocéis acaso todas mis capacidades, todas mis limitaciones, todos mis actos de fe? Si ni tan siquiera yo mismo nunca alcanzaré a comprenderme, ¿cómo me conocéis tan bien?

Vais clavando la espinita que llevo guardada adentro sin ningún tipo de conmiseración. ¿Os habéis parado acaso a pensar si es que me duele o me ocasiona temor?

Tanta herida acumulada le ha puesto coraza al alma, Betadine al corazón, y ha ejercitado los músculos atrofiados de mi autoestima. Hoy camino por la cuerda floja de la vida sin ningún tipo de arnés y hago al vuelo malabares para mostrar mi sonrisa, aunque me duela por dentro, aunque no caiga de pie.

He construido un castillo con todas las piedras lanzadas con tiro certero al centro de mi diana. En él me siento seguro, soy capaz de erigir muros con tan solo una mirada. ¿Y aún no me suponéis fuerte?

Seguid lanzándome piedras, que dentro de mi castillo, con ellas construiré la atalaya más alta, desde la que se divise el infinito horizonte que algún día alcanzaré.

Ana Centellas. Enero 2019. Derechos registrados.


https://www.safecreative.org/work/1901099570162-la-espinita

*Imagen tomada de la red (editada)

Los 52 golpes – Golpe #46 – “Celos (I)”

Los 52 golpes – Golpe #46 – “Celos (I)”

Celos (I)

—¿Quién es ese? —me pregunta Anais con un gesto arrugado nada más entrar por la puerta. Ni tan siquiera un saludo, solo la cara agria al ver que tenemos compañía. Y que esa compañía es, para colmo, masculina.

Ha tenido justo la reacción que me temía, siempre ha sido muy celosa de nuestra amistad. En ocasiones, esta actitud suya me agobia. Somos el ejemplo perfecto de mejores amigas. Nos conocimos en el primer día de colegio, cuando éramos unas niñas ingenuas presas de todos los miedos e inseguridades posibles y necesitábamos a alguien en quien apoyarnos. Desde entonces hemos sido inseparables, amigas incondicionales, compañeras de estudios, compañeras también de piso e incluso amantes.

Imagino lo que habrá sentido Fabián al verla entrar y recibir semejante saludo. Lo miro. Soy capaz de sentir cómo se encoge hasta hacerse diminuto en el sofá favorito de Anais. Llevo semanas preparándole para este momento, a espaldas de mi compañera, y sabía que no le iba a resultar sencillo. La timidez es su punto débil y necesita un gran refuerzo para su autoestima. Ahora mismo debe de estar pensando que para qué habrá venido. Pero yo lo sé, lo ha hecho por mí. Le sonrió con vehemencia, necesito que sepa a través de mi mirada que la actitud de Anais no es su culpa. Es mía.

Si hay algún defecto remarcable que tenga Anais, tiene un nombre muy claro: celos. Desde que nos conocimos, siempre ha querido tenerme a su lado. Al principio me reconfortaba mucho, en mi niñez, tener una amiga tan entregada. Consideraba nuestra amistad como irrompible y, al fin y al cabo, así lo ha sido hasta ahora. El problema llegó cuando entramos en la adolescencia y yo quise ampliar mi, o debería decir nuestro, círculo de amigos. En ese tiempo fue cuando descubrí que sufría unos celos desorbitados que a mí me agobiaban a diario. Llegó incluso a acosarme. Cada vez que yo salía con otros amigos sin ella, la veía en cada esquina, observando desde la distancia. En aquella época lo consideré como una extravagancia adolescente que, aunque en ocasiones pudiese llegar a ser asfixiante, no tenía mayor importancia. Con el tiempo dejó de hacerlo.

Cuando terminamos la carrera, juntas, la situación con Anais casi se había normalizado por completo. Fue entonces cuando decidimos compartir piso. Todo iba bien entre nosotras, no nos veíamos demasiado por nuestros respectivos trabajos y el tiempo que coincidíamos en casa era agradable, casi como el de una pareja que lleva años de convivencia. Nos tratábamos con respeto y eso era más de lo que habíamos conseguido durante los tiempos de la adolescencia. Y la balsa del cariño siempre estuvo ahí, en todo momento.

La situación comenzó a cambiar cuando empecé a salir con uno de los pocos amigos que teníamos en común, Javier. La confianza que había entre los tres me dio pie a llevarlo a casa. Al principio no supuso ningún problema, pero, con el tiempo, los celos de Anais retornaron con fuerza, volviéndose más y más intensos, hasta el punto de que, cada noche, las dos amigas discutíamos a voces lo que los silencios habían callado durante todo el día. Como consecuencia de esta situación, Javier se alejó de las dos. Nunca más volvimos a saber de él. Una vez hubo salido de nuestras vidas, la normalidad regresó al apartamento. Hasta que, una noche, Anais se metió en mi cama.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Noviembre 2018. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/1811169062735-celos

*Imagen tomada de la red (editada)

Revista Intropia Nº24 Diciembre 2018

Revista Intropia Nº24 Diciembre 2018

Como en meses anteriores, os traigo el nuevo número de la revista Intropia nº 24, correspondiente al mes de diciembre. Como siempre, tras la mano de la genial Isabel di Vinci, sale a la luz un nuevo ejemplar de la revista con unos muy interesantes contenidos y un diseño espectacular. Podéis acceder al contenido de la revista en este enlace.

Y para no perder la costumbre, os traigo hasta aquí mi colaboración, que espero que os guste.

Diciembre no es más que una hoja en el calendario

Pasa el tiempo volando sobre nuestras vidas, mientras nosotros, absurdos humanos inhumanos, morimos poco a poco tratando de vivir. Obviamos las cosas importantes, las que deberíamos tratar como prioridad, y dedicamos ingentes esfuerzos en aquellas que solo nos reportan bienestar material. Miramos hacia otro lado ante todo aquello que pueda hacernos algún daño, no vaya a ser que la consciencia arruine nuestro perfecto mundo construido a base de inestables naipes jugados en una partida perfecta.

Así, viendo sin querer mirar, oyendo sin querer escuchar, vamos dejando pasar la vida, una función perfecta tutelada bajo el mejor de los maestros de orquesta. Pero nuestra música no suena, queda apagada por la sordina de las rutinas egoístas y vacías. Solo unos pocos se atreven a emitir su melodía, para observar con absoluta indefensión cómo los demás miembros de la sinfónica solo consideran que están haciendo lo que aquellos creen que sería ruido, un ruido incómodo, molesto y dañino para la silenciosa banda sonora de sus anodinas vidas.

Entonces, llega un día, uno cualquiera, uno más en el frenético devenir de las funciones orquestadas bajo vestidos de tiros largos y aforos completos, en el que, de pronto, la música comienza a sonar. Y todos, músicos y espectadores, se alzan en pie y entonan al unísono la más bella de las melodías. Sus voces y sus músicas se elevan hacia el cielo y quieren ser escuchadas, necesitan ser oídas. Voces de diferentes tesituras que proclaman el mismo cántico, de paz, de armonía, de felicidad.

De pronto, cual si de una carrera se tratara en lugar de una banda orquestal sincronizada, el día primero del mes de diciembre es cuando claman todas las voces juntas, en un revuelo de algarabía e ilusión. Gritos de paz, de solidaridad con un prójimo hasta entonces ignorado, buenos deseos que vuelan de hogar en hogar, que esperan cumplirse con devoción. Parece que la caridad envuelve las calles, las sonrisas, los abrazos se prodigan con efusividad durante treinta y un días, quizás alguno más, en un intento de compensar el resto de días del año, que quedaron atrás en la más absoluta indiferencia.

Y yo me pregunto, ¿acaso no os dais cuenta de que diciembre no es más que otra simple hoja en el calendario?

Diciembre no es más que una hoja en el calendario by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

*Imagen: Pixabay.com (editada)