Miércoles de poesía: “Aún estás a tiempo”

Fuente: Pixabay (editada)

Aún estás a tiempo

Dicen que quien no se consuela
es porque no quiere.
Quizá tengan razón.
Pero lo cierto es que es 
un auténtico consuelo
saber que aún estás a tiempo 
de tomar las riendas de tu vida.
Que aún estás a tiempo
de corregir los errores
cometidos en el pasado.
Que aún estás a tiempo
de convertirte en esa persona
que siempre quisiste ser.
Que aún estás a tiempo
de alejar de tu camino
todo aquello que no te hace brillar 
y quedarte solo 
con aquello que te vuelve flor.
Que aún estás a tiempo
de no tirarlo todo por la borda.
Que aún estás a tiempo
de aprender, de crecer,
de sentir,
de vivir.
Y puede que solo sea eso,
un consuelo para los tontos
que precisan de una simple mentira
piadosa
para subsistir.
O puede,
tal vez,
quizás,
que sea algo más,
una realidad paralela
en un universo
en continuo cambio.
Pero,
sea como sea,
lo importante es saber
que, pase lo que pase,
siempre hay tiempo 
y que tú,
sí, tú,
todavía estás a tiempo.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

https://www.safecreative.org/work/2001202909304-aun-estas-a-tiempo

El relato del viernes: “Ni la muerte podrá separarnos”

Fuente: Pixabay

Ni la muerte podrá separarnos

—Ni la muerte podrá separarnos, te lo prometo.

A Martina se le humedecieron los ojos ante sus palabras. Se dejó envolver en un abrazo que despojó a su alma de todos sus temores y, un momento después, a su cuerpo de toda su ropa. Veinte minutos más tarde, un cigarrillo compartido fue testigo mudo de aquella declaración de amor, vestida de sudor satinado y envuelta en volutas de humo.

—¿De verdad lo prometes?

—Lo prometo.

Él la había mirado a los ojos y ella lo había creído. Y tanto que lo había creído. Se había aferrado a sus palabras como si fuesen una tabla de salvación, atendiendo a una desesperada necesidad de cariño que llevaba arrastrando desde hacía demasiado tiempo. Había suspirado profundamente y se había quedado dormida con una sonrisa de deliciosa satisfacción en los labios. Cuántas veces había maldecido aquel momento.

Más de veinte años después, a Martina se le humedecían de nuevo los ojos. Y, en la situación en la que se encontraba, le dolía en el alma no saber distinguir si aquellas lágrimas que escapaban sin su permiso eran de dolor o de alivio. Dirigió la mirada hacia el cielo, como si de esta manera pudiera impedir su fuga y devolverlas a su lugar. Unos oscuros nubarrones lo cubrían y el viento había comenzado a soplar con fuerza. Sin duda, estaba a punto de comenzar a llover. Regresó la mirada al frente, donde el sacerdote estaba a punto de finalizar su responso. Bien podía habérselo ahorrado. Al fin y al cabo, nunca había sido creyente y dudaba mucho que lo fuera ahora, después de todo. Pero nunca se sabía.

Una veintena de personas comenzó a arremolinarse a su alrededor. Ella apenas veía rostros, sino meras manchas borrosas que se acercaban y le ofrecían un abrazo o una caricia que pretendía ser reconfortante. Si ellos supieran. Menos aún escuchaba sus voces. Le llegaban amortiguadas por la capa de ruido que provocaban sus propios remordimientos de conciencia. Increíble, pero así era. Su conciencia le hablaba a gritos, reclamándole los sentimientos que se suponía debía tener en un momento como aquel. A ella ya solo le quedaban dudas.

En apenas cinco minutos, aquellas personas se habían dispersado, dejándola sumida en una soledad que a ella le hubiese gustado disfrutar desde el primer momento. Las primeras gotas de lluvia habían comenzado a caer con languidez desde el cielo plomizo de aquella tarde de noviembre. Pesaba más la preocupación por no mojarse que el motivo por el que se habían reunido allí. Vio cómo los últimos paraguas salían por la puerta, en la distancia, y suspiró.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Aquel sonido cortaba el aire, logrando que impidiese llegar con fluidez a sus fosas nasales. De hecho, parecía el único sonido que se permitía escuchar, junto al repiqueteo de las gotas de una lluvia que ya comenzaba a arreciar. Ambos se mezclaban en una siniestra melodía que parecía haber sido compuesta de forma expresa para ella y que le arrancó un sollozo ahogado. Creyó asfixiarse.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Permaneció allí, de pie, inmóvil bajo la lluvia, con los ojos mirando, pero sin ver, al hombre que componía aquella tétrica canción. Sin pedir permiso, los recuerdos acudieron a su mente. Lo hicieron en tropel, atropellándose los unos a los otros en una carrera en la que solo uno de ellos podría resultar vencedor. Una tierna caricia. Un grito. Una rosa blanca envuelta en papel de celofán azul. Una mano que se alza sobre una cabeza doblegada. Risas compartidas que se bañan en espuma de cerveza. Ansiolíticos disueltos en la blanca crema de un café con leche. Pasión. Temor. Golpes. Miedo. Terror. Y, finalmente, alivio. Un alivio culpable que ni tan siquiera ahora le permitía permanecer tranquila.

Raaaaas… Raaaaas… Raaaaas…

Aquel sonido continuaba, implacable, acelerando su cadencia conforme el cielo derramaba mares de lágrimas y el ocaso se acercaba de manera peligrosa. Tierra sobre tierra. Polvo sobre polvo. Barro sobre barro.

Empapada de pies a cabeza, Martina vio cómo aquel hombre finalizaba su trabajo sin apenas esfuerzo. La miró con gesto cohibido y ella le dirigió un ligero ademán de asentimiento con la cabeza, en parte demostrando gratitud y en parte escondiendo un tácito permiso para retirarse. Se quedó completamente sola, al fin.

Calculó que debía faltar una media hora para que el sol se ocultase y poder dar por terminado aquel largo día. Seguía lloviendo, pero no le importaba. Al contrario, las gotas de agua deslizándose sobre su pelo, sobre su piel, sobre su ropa, parecían ejercer un efecto purificador sobre ella. A cada minuto que pasaba se iba sintiendo cada vez más ligera, como si la lluvia arrastrase consigo todo aquel peso que le lastraba el alma y el corazón. La melodía había cambiado y ya solo se escuchaba el tintineo de la lluvia sobre el suelo, meciéndola como si de una suave canción de cuna se tratase. Y decidió despedirse, en silencio, a solas, durante unos minutos más.

En aquel corto espacio de tiempo, Martina consiguió perdonarlo. Le perdonó los bramidos, las humillaciones, los golpes que llegaron disfrazados de cariño. Y tan bueno había sido aquel disfraz, confeccionado a base de años de desprecios y de lágrimas atravesadas en la garganta, que nadie había conseguido desenmascarar al portador del mismo. Fue la cara oculta de una luna que brillaba con esplendor en el cielo cada noche, pero que, cuando salía el sol, mostraba su verdadero rostro, el más cruel. Y fue en ese preciso instante, en el momento del perdón, cuando la última lágrima se escapó de sus ojos para mezclarse con las del cielo. Y supo, con certeza, que todas y cada una de las lágrimas que había derramado habían sido de alivio. Y que aquella sería la última.

Se acercó con decisión al hueco que acababa de ser cubierto con la tierra humedecida del otoño y tomó, de un costado, una porción más. La acarició entre sus dedos, sintiendo su textura, su frescor, incluso su aroma. Dirigió una última mirada al lugar donde yacía el que había sido su compañero de vida y, con una ligera sonrisa, arrojó aquel último puñado sobre su sepultura. Sin darse tiempo para pensar en nada más, giró sobre sus talones y, sin detenerse, se alejó con la intención de no regresar jamás a aquel lugar. Atrás dejaba un pasado enterrado en el sentido más literal de la palabra.

Para cuando quiso llegar a la puerta del cementerio, hacía ya tiempo que la noche había caído sobre ella. Se acercó, ya con prisa por alejarse de allí, para comprobar, con estupor, que la verja estaba cerrada. De nada sirvieron sus voces, que reclamaban auxilio para salir de aquel lugar. Su calado cuerpo clamaba por una ducha caliente y sus entrañas por el reposo del hogar. Nadie acudió en su auxilio. ¿Acaso no había vigilantes que hicieran ronda cada noche? Echó mano de su teléfono móvil. Sin batería. Emitió un suspiro frustrado. ¿Algo más podía salir mal? Decidió esperar tras la cancela, obligándose a mantener la calma. Alguien debería de aparecer de un momento a otro.

Pasaron al menos dos horas de espera, de llamadas inútiles a la oscuridad de la noche, apenas atenuada por la luz de un farol cada centenar de metros. Esta aparecía distorsionada por la lluvia que, como si se hubiese puesto de acuerdo con el destino para hacerle aquella mala jugada, no paraba de caer. A lo mejor, el vigilante de turno había decidido quedarse al amparo de su garita en aquella desapacible y gélida noche.

Exhausta, tanto física como emocionalmente, dedicó unos segundos a decidir qué hacer. No podía quedarse junto a la verja, a la intemperie, a pesar de que el frío y la humedad ya le habían calado los huesos. De aquella noche salía con una pulmonía, por lo menos. Entonces, recordó el frondoso árbol que había junto al recién estrenado sepulcro de su marido. Sus gruesas ramas, repletas de hojas, a pesar de lo avanzado del otoño, le servirían, al menos, de un ínfimo resguardo. Abrazando su propio cuerpo para aplacar los temblores que la recorrían, dirigió sus pasos hacia allí. Además, una última noche en su compañía, pensó, no le haría daño. Menos aún ahora, que ya no podía ponerle la mano encima y podría descansar a su lado sin escuchar sus bramidos. Sería su última despedida. El broche final a una vida compartida de cariño y odio.

Se acurrucó junto al tronco del frondoso árbol, que parecía un viejo roble. Justo a sus pies, la tierra húmeda y fresca sobre la que había arrojado el último puñado hacía dos horas. Por suerte, había dejado de llover, pero la humedad del suelo y del ambiente y el aire frío la tenían entumecida. Envolvió sus piernas con los brazos y apoyó la cabeza sobre ellos, ligeramente ladeada. Cerró los ojos y trató de descansar un poco.

En el relativo silencio de la noche, pudo escuchar un ruido que nada tenía que ver con los habituales. Era el sonido de tierra removiéndose, un crujir de entrañas de barro que podía, incluso, sentir bajo su propio cuerpo. Pensó que debía estar quedándose dormida, sufriendo alguna especie de alucinación propia del estado de duermevela, y no le dio mayor importancia. Al rato, una fuerte sacudida hizo que abriese los ojos de inmediato. El terror le congeló la sangre en las venas.

Una enorme grieta se había abierto sobre el suelo, justo en el lugar donde él reposaba en su eterno descanso. Y pensar que en algún momento había creído que el descanso sería para ella. Por aquella amplia fisura en el suelo, una mano sobresalía, buscando con desesperación algún lugar al que aferrarse. Lo encontró con prontitud en uno de los extremos de la propia lápida. Una gran cantidad de terreno se revolvió, para dejar a una tétrica figura aparecer por él.

—Martina… Cariño…

Martina no podía creer lo que estaba ocurriendo. Sin duda, toda la tensión de los últimos días, unido a la terrible noche encerrada en el cementerio, le estaban pasando factura. Debía estar viviendo una pesadilla, pero era tan real que se sentía paralizada por el pánico. El rostro de él era más aterrador que nunca y, con una mueca espeluznante, la miraba directamente. Trató de levantarse y correr, pero no podía. Era como si estuviese anclada a aquel suelo de barro y muerte.

Sintió cómo una de aquellas manos la agarraba de una pierna y tiraba con fuerza de ella hacia el interior del agujero. Un alarido escapó de su garganta, mientras se hundía junto con su captor en las profundidades de la misma fosa que habían cubierto aquella tarde, sin saber que se trataba de su propia tumba.

—Te dije que ni la muerte podría separarnos… y yo siempre cumplo mis promesas.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

https://www.copyrighted.com/work/6RY3mIgibuFwYAeb

Miércoles de poesía: “Destellos de dolor”

Fuente: Pixabay

Destellos de dolor

Destellan en la piel los rasguños
infligidos por el tiempo.
No fueron caricias.
No hay bálsamo que suture
el agravio acontecido
por el transcurrir de una vida
ni ternura que adecente
el dolor frente al espejo.
Duele el cuerpo
y duele el alma.
Solo quedan cicatrices
perpetuas
sobre la piel.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

El relato del viernes: “Una nueva oportunidad”

Fuente: Pixabay

Una nueva oportunidad

Se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo desbocado y la respiración agitada. Suspiró con alivio al comprobar que estaba en el salón de su casa, en el mismo sillón donde horas antes se había recostado y se había dejado mecer por el plácido sueño que deseaba le acompañase para siempre. Ya había anochecido y por las cortinas entreabiertas de la ventana se colaban los haces de luz de los coches, que circulaban ahora por su salón, dotándolo de una iluminación tan intermitente como real. 

Tres parpadeos. Al menos eso era lo que le había parecido. Toda la película de su vida había pasado ante sus ojos en el breve intervalo que duraban tres tristes parpadeos. No pudo evitar preguntarse con amargura si a eso se reducía todo. Todo lo que había vivido, todo lo que había sufrido, todo lo que había amado. Todas las penas que le habían sumido en la angustia más profunda, todas las grandes alegrías que creía haber vivido. Al final se resumía en tres breves parpadeos. 

Se dio cuenta entonces de lo efímera que había sido su vida, apenas una caída de ojos en un cortometraje en blanco y negro, y casi sintió alegría por que su plan hubiese fracasado. Fue entonces cuando la vio.

Sentada sobre la mecedora de Nadia, balanceándose con parsimonia, lo miraba con una intensidad tal que apenas pudo aguantar su mirada unos segundos. Los suficientes, sin embargo, para poder contemplarla en toda su amplitud. Tenía la tez nívea, tersa y joven. Su belleza no era comparable con la de ninguna mujer que hubiera conocido, de tal manera que casi resultaba doloroso para la vista mirarla de frente. El cabello negro, liso y sedoso, quedaba cubierto por una capucha de satén tan oscura como la propia noche que se asomaba a su ventana. Una elegante pose acompañaba al ligero balanceo de la mecedora, con el que parecía querer hipnotizarlo.

Un sutil carraspeo llegó hasta sus oídos y se vio obligado a devolver la vista a aquella enigmática dama. Por un instante, le pareció contemplar un brillo de diversión en aquellos profundos ojos que no le quitaban la vista de encima. Trató de desviar la mirada, pero le fue imposible. Sentía cómo una magnética tensión le impedía mirar hacia otro lado que no fuese ella. El silencio reinaba dolorosamente en el salón, pero, a pesar de ello, escuchó un murmullo con claridad en sus oídos.

—Sabes quién soy, ¿verdad, Darío?

***

Nadia exhaló una gran bocanada de humo y miró asqueada el cigarrillo que sostenía con su mano derecha. Tenía los dedos agarrotados por el intenso frío y la menuda brasa no conseguía traspasarla ni un ápice de calor. Pensó que, en aquellos momentos, ni tan siquiera una hoguera hubiese sido suficiente para caldear la sensación de gelidez que se había instalado en su interior. 

Dirigió la vista hacia la entrada del hospital donde, horas antes, habían ingresado a Darío con la premura que requería su estado. Urgencias hervía de actividad y médicos y enfermeros trasegaban con premura por los abarrotados pasillos. Por un momento recordó todo el terror que había vivido hacía solo unas horas, que se le habían antojado eternas, y la angustia que se había instalado en su pecho desde entonces se intensificó. Dio una intensa calada a su cigarrillo y lo arrojó con rabia al suelo. 

Cruzó la calle hasta llegar a apoyarse sobre la barandilla que quedaba justo frente a la entrada de urgencias. La vista desde allí a aquellas horas de la noche era insuperable. La oscuridad del cielo contrastaba con la iluminación de las calles y con la intensa luminosidad que desprendía, al fondo, la gran ciudad. Por una carretera cercana, decenas de coches circulaban con rapidez en ambos sentidos, sin duda de regreso a un hogar que le estaría aguardando con calidez, dispuesto a despejarlos de la miseria del día. Por su mente transcurrió el fugaz pensamiento de que su hogar nunca más la aguardaría para ofrecerle ese anhelado remanso de paz. La vida, como la conocía, jamás volvería a ser igual. Ni siquiera estaba segura de si lo que estaba por venir se iba a poder seguir llamando vida.

Una fuerte racha de viento frío la azotó en la cara, llevándose con ella las lágrimas que, irremediablemente, llevaban horas cayendo por sus mejillas. Al sentir el viento, fue más consiente que nunca de una irónica y cruda realidad. La vida seguía su curso. Y le pareció de lo más injusto que todo siguiese como si nada, los coches circulando, la gente riendo, el viento soplando, mientras su mundo se resquebrajaba por completo. El nudo instalado en su interior se tensó un poco más y miró hacia el cielo, como si de esa manera suplicase clemencia por la insensibilidad de la vida ante su propio dolor. Un pequeño claro se abrió entre las nubes que cubrían su cabeza y un pequeño rayo de luna se coló a través de él. Entonces lo supo. Había encontrado la solución.

***

—Oh, por supuesto que sabes quién soy, si tú mismo me has llamado —susurró la dama, un tenue murmullo que pareció taladras el cerebro de Darío. El salón permanecía en el más absoluto silencio—. ¿Puedo saber para qué? No es tu hora y yo estoy muy ocupada. Ahora tengo que estar aquí perdiendo el tiempo contigo, en lugar de atender otros compromisos ineludibles.

Darío sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo de arriba abajo. A pesar de que sus palabras habían sido suaves, transmitían una frialdad y una crudeza que helaba la sangre. Trató de articular palabra, pero de su garganta no salió sonido alguno. Algo la estaba obstruyendo y, de pronto, sintió una gran presión en esa zona, como si se estuviera asfixiando.

—No puedo llevarte conmigo, ¿comprendes? —La dama misteriosa continuó hablando como si nada estuviese ocurriendo, como si él no se estuviera ahogando frente a ella—. En cambio ella… me está llamando. Y su llamada es sincera. Voy a tener que acudir sin demora. —Hizo una pausa significativa, como si le estuviera dando el tiempo necesario para comprender la situación, y emitió un leve suspiro. Continuó hablando con un ligero tono de un indulgencia en su voz—. E imagino que conocerás el motivo de su llamada.

Un extraño brillo se formó en los ojos de la mujer y Darío se sintió palidecer por momentos. No podía ser cierto lo que creía que aquella mujer estaba insinuando. Nadia, no. No podía ser cierto, no podía dejar que se la llevara a ella. No a su Nadia. Sintió cómo el pánico se apoderaba de él y abrió los ojos desmesuradamente. Lo que fuera que le estaba obstruyendo la garganta continuaba allí, así que se limitó a negar con fuerza con la cabeza.

—Todo lo que hacemos tiene consecuencias, ¿sabes? —dijo la mujer con una extraña mueca. Darío hubiese jurado que había sido una mínima sonrisa, aunque en aquel angelical rostro de hielo le pareció tétrica—. Y, por lo que parece, tú no estás dispuesto a afrontarlas. Lo lamento, Darío, pero es lo que hay.

Darío se sintió asfixiar aún más si cabe y de sus ojos comenzaron a brotar gruesas lágrimas de desesperación. Sin apenas fuerzas, logró lanzarse a los pies de la oscura dama en una última y atormentada súplica. Aquella parecía divertirse con su sufrimiento y Darío pensó si acaso merecía tanta crueldad. 

—¡Oh! ¡Está bien, está bien! —su voz llegó a los oídos de Darío como un chirrido—. Por esta vez, lo dejaré pasar, pero solo porque me pillas muy ocupada y ya he perdido demasiado tiempo contigo. Pero la próxima vez te aseguro que no tendré tanta clemencia.

***

Nadia dirigió sus pasos hacia el interior del hospital para refugiarse en la extraña calidez de la sala de espera. La última lágrima se había secado con una postrera ráfaga de aire y, para cuando se sentó en una de las desvencijadas sillas de plástico, se encontraba mucho más tranquila. El haber tomado una determinación, aunque fuese tan drástica como lo era la suya, había conseguido quitarle el hondo pesar que le lastraba el alma. Ahora, pasase lo que pasase, estarían juntos. Y esta vez sí sería para siempre.

Comprobó la hora en su teléfono móvil y compuso un rictus de amargura al comprobar cuántas horas habían transcurrido sin que nadie le diese noticias de Darío. Mala señal, sin duda. Se maldijo a sí misma por no haberse dado cuenta de lo que pasaba, por no haber sabido interpretar una señales que, ahora que miraba en restrospectiva, hacía tiempo que estaban allí. Se maldijo, incluso, por no haber llegado a casa antes. 

Se obligó a salir de aquella espiral de autodestrucción en la que había entrado. De nada servían ya los lamentos o los deseos de haber hecho las cosas de otro modo. Ya era tarde. Y, en cualquier caso, no importaba. Acalló a su intranquila conciencia y, con el resquicio de calma que había comenzado a fraguarse en su interior, se dejó mecer en un turbado sueño.

Se vio a sí misma sentada en una silla de la cocina, con una taza de café caliente entre las manos. Parecía verano, pero un insistente frío se había instalado en su interior y era incapaz de dejar de tiritar. De pronto, la puerta de entrada a la casa se abría con ímpetu y aparecía Darío, con los ojos inyectados en sangre y las manos fuertemente apretadas en dos firmes puños a los costados de su cuerpo. De sus brazos aún colgaban varios tubos y presentaba un aspecto tan pálido que rozaba la transparencia. Su púrpura mirada cayó sobre ella como una losa de granito y, de pronto, le faltó la respiración. 

La boca de Darío se abrió con lentitud, dejando a la vista una dentadura mellada y revestida en sangre que le heló el alma. Su voz salió enronquecida y modulada con esfuerzo, pero a los oídos de Nadia llegó con una claridad perfecta. Solo cuatro palabras: “Tú tienes la culpa”.

Nadia despertó de inmediato, sudorosa y trémula, justo a tiempo para escuchar cómo por los altavoces de megafonía se emitía un llamado para los familiares de Darío Vallés. 

***

Una lágrima se precipitó desde los ojos de Darío cuando vio a Nadia aparecer a través del cristal de la UCI. Una única lágrima que cargaba con todo el peso de su culpa, casi tanta como la que soportaba Nadia en lo más profundo de su alma.

Debía de hacer al menos una hora que había abierto los ojos. Lo hizo alarmado, asustado por la imposibilidad de moverse y buscando con desesperación algo con la mirada. Algo o a alguien. Solo atinó a ver a varios enfermeros a su alrededor y a una doctora que trataba de calmarle con la sonrisa más reconfortante que le habían dedicado jamás. Ni rastro de la mujer que acababa de conocer. Un dolor agudo le traspasaba la garganta y continuaba sin poder emitir sonido alguno, pero comprobó, con alivio, que era debido al tubo que le había facilitado la respiración. Solo quería gritar. Gritar un nombre. Nadia.

Reconoció su perfume entre el olor a desinfectante y antiséptico y supo, sin duda, que ella había entrado en la habitación. La buscó con la mirada y, antes de que sus ojos llegasen a encontrarse, ya lo habían hecho sus manos. Dos palabras fueron pronunciadas al tiempo, aunque solo las de uno de ellos llegaron a romper el silencio. Un “lo siento” pronunciado con desgarro, otro silenciado sin permiso. Dos lágrimas convergentes que se unieron en un mar de suero fisiológico. Dos suspiros ahogados ante la certeza de que la vida, o quizás la muerte, había puesto ante ellos una nueva oportunidad.

Ana Centellas. Octubre 2020. Derechos registrados.

¡Nos vemos a la vuelta!

¡Llegó el día! Después de unos meses tan extraños como los que nos ha tocado vivir, ha llegado la hora del (creo) merecido descanso.

¡Sí! ¡Me voy de vacaciones!

Así que este blog cerrará temporalmente sus puertas hasta septiembre, para volver con las pilar cargadas y la mochila repleta de ilusiones.

Espero que tengáis unas muy felices vacaciones. ¡Nos vemos a la vuelta!

Se os quiere…

Miércoles de poesía: “Tus manos”

Tus manos

Son tus manos las que encienden,
queman, muerden,
ahogan entre sus dedos
mis dulces ansias de ti.
Son tus manos las que marcan,
profundo y a fuego lento,
el estigma del deseo
intenso de vivirte en mí.
Me pierden, me agitan,
me turban.
Tus manos.
Solo con tus manos.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

Tus manos by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen tomada de la red (editada)

A letras con los lunes: “A mi lado”

A letras con los lunes: “A mi lado”

A mi lado

Si te tuviese a mi lado
trazaría con mi lengua
un largo sendero de besos
que recorriesen sin tregua
cada pliegue de tu piel.
Convertiría el sonido
tan grave de tus gemidos
en armoniosa melodía
que llegase a mis oídos
tan dulce como la miel.
Satisfaría tu instinto
más primario y más salvaje
como una bella amazona
que emprende a caballo el viaje
del que no quiere volver.
Si te tuviese a mi lado.

Ana Centellas. Febrero 2019. Derechos registrados.

A mi lado by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

*Imagen: Pixabay.com (editada)

Reto literario: “Mi historia”

MI HISTORIA

Hoy, aunque pudiera parecer un día normal, como cualquier otro, sin embargo, no lo es porque a mi corazón se le ha antojado dotarlo de una trascendencia que nunca antes me había planteado.

Hoy cumplo cuarenta años. Cuarenta capítulos escritos en el libro de mi vida, inamovibles. Y

sospecho que la historia va a dar para cuarenta

capítulos más, en el mejor de los casos, si no decide adelantarse el momento de colocarle el punto final.

Es momento de salir de las sombras que hasta ahora me habían guarecido y dejar que esta historia, la mía, vea la luz.

Ana Centellas. Abril 2019.

* Esta es mi aportación para el reto Escribir jugando de nuestra compañera Lídia Castro