A letras con los lunes: “Haiku VIII”

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Haiku VIII

Lloran las nubes
lágrimas de sal fresca.
Llueven mis ojos.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Empezar de cero”

Fuente: Morguefile

Empezar de cero

Llegó a la cabaña al borde de la hipotermia, con los labios temblorosos y con un preocupante tono azulado. Las ropas estaban caladas, a pesar de que el temporal no había traído lluvia, únicamente el viento azotaba con fuerza todo lo que encontraba a su paso. La nieve que pendía de las ramas de los árboles salía disparada como proyectiles de guerra que impactaban contra su cuerpo, dejándolo totalmente empapado. Sentía cómo el agotamiento hacía mella en sus doloridos músculos y parecía como si no fuese a ser capaz de dar un solo paso más. Por eso, cuando vio en la lejanía una tenue luz que resplandecía entre la oscuridad más absoluta, creyó estar ante un auténtico milagro. Las fuerzas que sacó de donde parecía que ya no quedaban fueron las que le salvaron de una muerte segura.

Estaba oculta en la inmensidad del bosque y solo podía intuir el destello de una luz a través de las frondosas ramas de los abetos, pero no cabía duda de que estaba allí. A partir de ese instante, todo su empeño se dirigió a recorrer una distancia que parecía agrandarse a cada sacrificado paso que daba. Cuando al fin llegó, tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para no caer rendido en el mismo umbral. Golpeó en la puerta con desesperación, pero nadie respondió.  Angustiado, rodeó la cabaña agarrándose a las paredes hasta que localizó una ventana por la que observar el interior. Un cálido fuego crepitaba en la chimenea y algo se agitó en su interior como si hubiera visto un oasis en el mismísimo desierto. Por lo demás, no parecía haber nadie en la casa.

Regresó al umbral y volvió a aporrear la puerta con los puños, esta vez con la renovada fuerza que otorga estar rozando la salvación con la yema de los dedos. Ninguna respuesta vino del interior, solo el ulular del viento entre los frondosos árboles llegaba hasta sus oídos, dando a la noche una apariencia aterradora. Sin pensarlo mucho, giró el pomo de la puerta y esta cedió sin mayor esfuerzo. Parecía estar esperándolo.

Accedió al interior de lo que parecía ser una cómoda casa de una sola estancia, completamente equipada. Le extrañó no haberla visto antes. Eran muchos años recorriendo aquel bosque y nunca había visto ninguna construcción por los alrededores, pero como hacía varios meses que no salía de excursión pensó que, quizás, la habrían instalado después de su última visita o la habrían construido con inusitada rapidez. Tampoco estaba en situación de hacerse preguntas. Igual que tampoco le importó no hallar a ninguna persona en el interior. Solo le importaba ponerse a resguardo, acurrucarse junto al fuego y salvarse de la hipotermia.

Una vez que se hubo caldeado, rebuscó en los armarios en busca de algo para comer. Para cuando hubo saciado su hambre, seguía sin aparecer nadie por la casa. Se tumbó en el cómodo sofá, se envolvió con una cálida manta y se dispuso a aguardar a que regresase el dueño de la cabaña para explicarle la situación. En menos de lo que hubiese esperado, se quedó plácidamente dormido.

Se despertó sobresaltado a la mañana siguiente. Del fuego de la noche anterior apenas quedaban unas brasas que languidecían en el hogar. El silencio era tan intenso que podía, incluso, escuchar los latidos de su propio corazón. No había ni rastro de persona alguna. Pero, la mayor sorpresa la encontró cuando salió al exterior.

Ni rastro quedaba del bosque por el que deambuló la pasada noche, al igual que tampoco quedaba ni rastro de la nieve que tan malos ratos le había hecho pasar. En su lugar, un sol radiante resplandecía sobre una extensa campiña cubierta del verde más intenso que había visto jamás. Se frotó los ojos, como si tratase de borrar el espejismo que tenía ante ellos. Pero, en lugar de asustarse, sonrió. Quizá era la oportunidad perfecta para comenzar una nueva vida, esta vez, desde cero.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Déjame que vea el mar”

Imagen tomada de la red

Déjame que vea el mar

No vuelvas a cerrar mis ojos,
aunque la noche me arrope.
Nunca más me pongas vendas
que me entierren en tinieblas,
que me priven de mi rumbo
y me lleven a caerme
por el precipicio absurdo
de la cruenta soledad.
Deja que mis ojos vean
el azul de la mañana.
Deja que sean sinceros,
que transmitan con su calma
cada puro sentimiento
y no vuelvan a esconderse
tras el velo opaco y denso
de aquella hostil falsedad.
No vuelvas a cerrar mis ojos
y, aunque la claridad me dañe,
déjame que vea el mar.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La escarcha”

Fuente: Morguefile

La escarcha

La vida de Silvia era tranquila. Todo lo sosegada que puede resultar una vida carente de emoción, en el sentido más estricto de la palabra. Porque, al igual que sus días se resumían en la misma rutina, a la que, a fuerza de repetirse, había cogido cariño, también estaban dominados por un intenso vacío emocional.

Las circunstancias de la vida habían hecho que Silvia construyera una fría coraza de hielo alrededor de su corazón y de un pedacito de su alma. No estaba dispuesta a sufrir más, a aguantar más dolor, a soportar más pena. Por eso, ahora, ni sentía ni padecía, ni alegría ni tristeza, ni amor ni odio, ni plenitud ni vacío. Era solo un cuerpo que fluía con el transcurrir de los días sin inmutarse por nada.

Ni siquiera la vida que había comenzado a crecer en su interior desde hacía unas semanas consiguió despertar en Silvia la más mínima inquietud, a pesar de que no había sido buscada ni mucho menos deseada. Ni una lágrima de emoción, ni una tristeza absurda, ni una alegría escondida. Ni tan siquiera un enojo. Simplemente había aceptado la situación como una más de las que tendría que vivir y había continuado con su cruel rutina. No le dio un vuelco el corazón la primera vez que escuchó sus latidos, ni se estremeció ante la primera patada que sintió en lo más profundo de su vientre. No sintió la menor ilusión mientras le preparaba el cuarto ni temor cuando llegó el momento de dar a luz.

Desde que había recubierto su corazón de hielo, no se había sentido sola. Su propia compañía era lo único que necesitaba, apreciaba y valoraba. Por eso, hasta que no tuvo entre sus brazos a aquella pequeña criatura que la miraba con la mayor inocencia desde la profundidad de sus oscuros ojos, no se dio cuenta de cuánto había estado precisando aquello. Unos pequeños dedos se aferraban a su mano con una fuerza impensable para alguien de su tamaño y, con esa presión, algo en el interior de su pecho explotó. El amor que se había prohibido sentir durante los últimos años salió a raudales, inundando la habitación de una calidez inusitada y sus ojos de desbordantes lágrimas.

Parecía increíble, ni ella misma comprendía cómo había ocurrido, pero aquella pequeña personita había sido capaz de derretir la escarcha que recubría lo que ya parecía un insensible corazón.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Quiero”

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Quiero

Quiero que nunca se pierda
este olor que impregna mis manos,
a lejía y perfume barato.
Que solo tenga que limpiar
el rellano de la escalera,
pero jamás mi conciencia.
Quiero que nunca me olvide
de aquellas estrechas calles
que me vieron pasear.
Que los únicos olvidos
sean la lista de la compra
y jamás un corazón.
Quiero que mi única atadura
sea la cinta de mi pelo
o la goma del recreo.
Que nunca falte en mis días
el estribillo de una canción
de los ochenta.
Quiero que todo me cambie
sin dejar de ser yo misma,
auténtica, verdadera.
Que no me cambies por nada
igual que no te cambio yo,
ni por nadie.
Y quiero
convertirme en un reflejo
de lo que siempre he soñado,
hasta volverme ceniza,
lo mismo que mi cigarro.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “En mi isla”

Fuente: Pixabay (editada)

En mi isla

Aquí, en mi isla, tengo todo lo que necesito para ser feliz. Aquí encuentro el sosiego, el cariño, las risas, la soledad cuando la necesito. Ahora es una isla, pero no siempre ha sido así. Algunas veces ha sido un pequeño pueblo perdido en las montañas. Otras, una gran ciudad repleta de gente. Ha habido veces en las que incluso ha llegado a ser un lejano planeta deshabitado. Sea como sea, lo que tengo claro es que este es mi lugar. Si algún día me perdéis de vista, ya sabéis dónde podéis encontrarme. Siempre estaré aquí, en mi pequeña isla, entre las páginas de un libro.

Ana Centellas. Enero 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La media naranja”

Fuente: Morguefile

La media naranja

Ella era como una naranja. Dulce y considerada, pero con un puntito ácido que no terminaba de gustar a todo el mundo. Era consciente de ello y, con el fin de agradar, trataba de ocultar su acritud revistiéndola de todas las caretas de que era capaz. Igual que una naranja que se recubre de azúcar para acentuar su dulzor, ella encubría su carácter con halagos y zalamerías que, en la intimidad, iban agriando cada vez un poco más su temperamento.

Él era como un limón. Ácido y mordiente, pero con un regusto dulce que a pocos agradaba. Aunque lo sabía, nunca trató de cambiar su forma de ser a cambio de complacer a nadie. Es más, se sentía cómodo así, solitario y apático, y le gustaba mantener esa apariencia reservada y seria. Era su carácter y se encontraba a gusto con él.

Ella llevaba toda la vida tratando de encontrar a su media naranja. Su mayor anhelo era compartir su tiempo con alguien que caldease el frío vacío que provocaba en ella la soledad. Pero, pese a sus intentos por aparentar ser siempre esa dulce persona que deleitaba a todos, al final su acerba naturaleza salía inevitablemente a la luz en algún momento. Trató por todos los medios de ocultarla, de cambiar, pero se veía impedida a convertirse en una persona que no era en realidad. Todo aquel que había tratado de convivir con ella, irremediablemente, se alejaba de su lado.

Él nunca tuvo ningún interés especial en compartir su vida con nadie. Protegía su intimidad como su más preciado tesoro y disfrutaba de la libertad emocional que le confería no disponer de más compañía que la suya propia. Adoraba el silencio de su apartamento, únicamente interrumpido por las suaves notas de alguna melodía clásica cuando le apetecía, y nadie interfería en el riguroso orden que mantenía con sus pertenencias. Y, en los momentos en los que la vida le daba limones, tampoco echaba de menos un hombro sobre el que llorar.

Ella ya había perdido toda esperanza de encontrar a su media naranja y él, como siempre había hecho, no tenía ninguna intención de buscarla. Por eso, cuando se encontraron, la inmediata atracción que sintieron el uno por el otro les pilló desprevenidos a ambos. Apenas supieron gestionar el torrente de emociones que se generó a causa de aquel encuentro, pero los dos se dejaron guiar por él como los ciegos lo hacían por su perro lazarillo. Y fluyeron como un río colina abajo.

Él, por fin, encontró la comodidad al lado de una persona que respetaba su espacio y sus silencios, que no se incomodaba ante su enmohecido talante y que lo amaba por encima de todas las cosas. Ella, al fin, encontró a alguien con quien podía ser ella misma, sin máscaras ni justificaciones, que la quería por ser como era y que anteponía su felicidad al resto del mundo. Ella que siempre había buscado su media naranja y nunca había imaginado que pudiese ser un limón.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Bulimia emocional”

Fuente: Pixabay

Bulimia emocional

Me comí el tiempo a mordiscos
para que llegase antes
el momento en que pudiese
permanecer a tu lado.
Tiempo dulce,
delicia de Cronos
con aire de caramelo.
Ahora no entro en la pelliza
que me guarecía de tu indiferencia
y quisiera vomitar el tiempo
que compulsivamente comí.
Tiempo amargo,
purga de Saturno
que limpia y depura.
Bulimia emocional lo llaman.

Ana Centellas. Febrero 2021. Derechos registrados.

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