Miércoles de poesía: “Deudas”

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Deudas

Te debía tantos besos,
te debía tantos sueños,
tantos amaneceres
-juntos-
y tantas puestas de sol,
que hipotequé mi alma
y dejé el corazón en prenda
para saldar mis deudas,
para que nunca pudieras
echarme en cara mi ausencia
y mi supuesta falta de honor.
Pagué juntos mis pecados
y amorticé las lagunas
-océanos-
que pudiera haber dejado
mi falta de previsión,
pero olvidé que en la vida
todo tiene un alto precio,
los intereses me ahogaron,
y ahora vivo en el desprecio
de haber tomado prestado
el capital de tu amor.

Ana Centellas. Abril 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Como gota de rocío”

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Como gota de rocío

Como gota de rocío
que se desliza sin pausa
por el tallo de una flor
y la nutre,
la despoja de impurezas
y la vuelve aún más bella
con el brillo que le presta
al fundirse con el sol.
Así rueda por el rostro
la lágrima que se derrama
silenciosa y solitaria,
y que limpia,
vuelve clara la mirada
como si fuese de vidrio
para que ya no se escondan
mentiras en su interior.
Como una gota de lluvia
que cae sobre la maleza
y la baña
para que crezca con fuerza
buscando arriba en el cielo
más nubes que la alimenten
y potencien su verdor.
Así vagan por el alma
las lágrimas que se vierten
sin quererlo,
y la vuelven aún más pura,
más sincera y más robusta
y, así, el cielo de la entraña
no vuelve a llorar de amor.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La cuarta ventana por la derecha”

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La cuarta ventana por la derecha

La fachada estaba cubierta por decenas de pequeños ventanales, todos ellos cubiertos por una contraventana de madera que siempre permanecía abierta. Estaban distribuidos sin orden aparente, como si hubiesen sido colocados por azar u obedeciendo a una caprichosa distribución interior de la casa, en cuyo interior todavía no había tenido la suerte de permanecer. Fuera como fuese, era un auténtico  galimatías de ventanucos, todos iguales y acompañados por el blasón de la familia.

La primera vez que reparó en ella, estaba asomada a una de aquellas inquietantes ventanas. Sus cabellos dorados, recogidos en una pulcra trenza, fulguraban bajo el sol de la mañana y a él se le antojó que emitían un brillo prácticamente celestial. Con la mirada perdida en la lejanía, daba mordiscos distraídos a una manzana que, en aquellos momentos, fue el motivo de todas sus envidias. Sintió el deseo irrefrenable de saborear aquellos labios que, a pesar de la distancia, se apreciaban carnosos y sonrosados, pese a que no vestían carmín alguno.

Desde aquel momento, pasaba las noches en vela, solo esperando que llegase la mañana para acercarse a la casona y poder contemplar a la causa de sus desvelos. Permanecía allí, clavado en el suelo, durante horas, observando con ansiedad las ventanas hasta que aparecía su amada. Su mirada vagaba de ventanal en ventanal, sin la certeza de cuál sería aquel por el que saldría el sol. No tardó en descubrir un patrón: la cuarta ventana empezando por la derecha de la penúltima de aquellas irregulares filas.

Cinco años fueron los que se mantuvo bajo la ventana, imperturbable, sin importarle el frío y los aguaceros del invierno ni el justiciero sol del verano. Cinco largos años sin que la protagonista de sus sueños se percatase de su presencia o, al menos, sin que diese la menor muestra de ellos. Todo un lustro sin verla aparecer por la gran puerta de la casona, sin poder dirigirle una tierna palabra, sin observar de cerca la luz que irradiaban sus ojos.

Lo intentó. Por supuesto que lo hizo. Pero cada vez que osaba quebrantar su timidez y tocar a la puerta para preguntar por ella era despachado con cajas destempladas. Aun así, no cejó en su empeño. Hasta el día en que la vio salir, al fin, radiante, ataviada con un vestido marfil del brazo de su padre y camino de su propio enlace.

Así había transcurrido media década que nunca dio por perdida. El mismo tiempo que tardó en comenzar una nueva vida y tratar de rozar, aunque solo fuera un poco, la felicidad con la yema de los dedos. A día de hoy, aún recuerda aquellos años como los más felices de su vida. Años repletos de una ilusión que nunca ha logrado volver a sentir, por mucho empeño que pusiera en ello.

El abuelo cerró el libro que hasta ese momento había fingido leer. Yo abrí mis ojos, que también habían fingido estar dormidos. Aquella lágrima que vi resbalar por su mejilla, escondida tras las sombras que dejaba en su rostro la tenue luz de la mejilla de noche, fue la confirmación de lo que ya intuía. El abuelo no me había contado ningún cuento. Me había estado relatando la historia de su vida.

Ana Centellas. Abril 2021. Derechos registrados.

La cuarta ventana por la derec… – Protected by Copyrighted.com

Miércoles de poesía: “Eclipse de luna”

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Eclipse de luna

Ya ha salido la luna
aunque no puedas verla,
ya ilumina la noche
emitiendo destellos
que recubren el orbe
con su fiel resplandor.
Está siempre presente
aunque parezca escondida,
ruborosa de verte,
de sentir el abrazo
que su cálida flama
lega a tu corazón.
Solitaria en el cielo,
al igual que tu alma,
quiere recordarte
que, aunque todo esté oscuro,
siempre habrá lugares
donde brille el sol.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Empezar de cero”

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Empezar de cero

Llegó a la cabaña al borde de la hipotermia, con los labios temblorosos y con un preocupante tono azulado. Las ropas estaban caladas, a pesar de que el temporal no había traído lluvia, únicamente el viento azotaba con fuerza todo lo que encontraba a su paso. La nieve que pendía de las ramas de los árboles salía disparada como proyectiles de guerra que impactaban contra su cuerpo, dejándolo totalmente empapado. Sentía cómo el agotamiento hacía mella en sus doloridos músculos y parecía como si no fuese a ser capaz de dar un solo paso más. Por eso, cuando vio en la lejanía una tenue luz que resplandecía entre la oscuridad más absoluta, creyó estar ante un auténtico milagro. Las fuerzas que sacó de donde parecía que ya no quedaban fueron las que le salvaron de una muerte segura.

Estaba oculta en la inmensidad del bosque y solo podía intuir el destello de una luz a través de las frondosas ramas de los abetos, pero no cabía duda de que estaba allí. A partir de ese instante, todo su empeño se dirigió a recorrer una distancia que parecía agrandarse a cada sacrificado paso que daba. Cuando al fin llegó, tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para no caer rendido en el mismo umbral. Golpeó en la puerta con desesperación, pero nadie respondió.  Angustiado, rodeó la cabaña agarrándose a las paredes hasta que localizó una ventana por la que observar el interior. Un cálido fuego crepitaba en la chimenea y algo se agitó en su interior como si hubiera visto un oasis en el mismísimo desierto. Por lo demás, no parecía haber nadie en la casa.

Regresó al umbral y volvió a aporrear la puerta con los puños, esta vez con la renovada fuerza que otorga estar rozando la salvación con la yema de los dedos. Ninguna respuesta vino del interior, solo el ulular del viento entre los frondosos árboles llegaba hasta sus oídos, dando a la noche una apariencia aterradora. Sin pensarlo mucho, giró el pomo de la puerta y esta cedió sin mayor esfuerzo. Parecía estar esperándolo.

Accedió al interior de lo que parecía ser una cómoda casa de una sola estancia, completamente equipada. Le extrañó no haberla visto antes. Eran muchos años recorriendo aquel bosque y nunca había visto ninguna construcción por los alrededores, pero como hacía varios meses que no salía de excursión pensó que, quizás, la habrían instalado después de su última visita o la habrían construido con inusitada rapidez. Tampoco estaba en situación de hacerse preguntas. Igual que tampoco le importó no hallar a ninguna persona en el interior. Solo le importaba ponerse a resguardo, acurrucarse junto al fuego y salvarse de la hipotermia.

Una vez que se hubo caldeado, rebuscó en los armarios en busca de algo para comer. Para cuando hubo saciado su hambre, seguía sin aparecer nadie por la casa. Se tumbó en el cómodo sofá, se envolvió con una cálida manta y se dispuso a aguardar a que regresase el dueño de la cabaña para explicarle la situación. En menos de lo que hubiese esperado, se quedó plácidamente dormido.

Se despertó sobresaltado a la mañana siguiente. Del fuego de la noche anterior apenas quedaban unas brasas que languidecían en el hogar. El silencio era tan intenso que podía, incluso, escuchar los latidos de su propio corazón. No había ni rastro de persona alguna. Pero, la mayor sorpresa la encontró cuando salió al exterior.

Ni rastro quedaba del bosque por el que deambuló la pasada noche, al igual que tampoco quedaba ni rastro de la nieve que tan malos ratos le había hecho pasar. En su lugar, un sol radiante resplandecía sobre una extensa campiña cubierta del verde más intenso que había visto jamás. Se frotó los ojos, como si tratase de borrar el espejismo que tenía ante ellos. Pero, en lugar de asustarse, sonrió. Quizá era la oportunidad perfecta para comenzar una nueva vida, esta vez, desde cero.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Déjame que vea el mar”

Imagen tomada de la red

Déjame que vea el mar

No vuelvas a cerrar mis ojos,
aunque la noche me arrope.
Nunca más me pongas vendas
que me entierren en tinieblas,
que me priven de mi rumbo
y me lleven a caerme
por el precipicio absurdo
de la cruenta soledad.
Deja que mis ojos vean
el azul de la mañana.
Deja que sean sinceros,
que transmitan con su calma
cada puro sentimiento
y no vuelvan a esconderse
tras el velo opaco y denso
de aquella hostil falsedad.
No vuelvas a cerrar mis ojos
y, aunque la claridad me dañe,
déjame que vea el mar.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “La escarcha”

Fuente: Morguefile

La escarcha

La vida de Silvia era tranquila. Todo lo sosegada que puede resultar una vida carente de emoción, en el sentido más estricto de la palabra. Porque, al igual que sus días se resumían en la misma rutina, a la que, a fuerza de repetirse, había cogido cariño, también estaban dominados por un intenso vacío emocional.

Las circunstancias de la vida habían hecho que Silvia construyera una fría coraza de hielo alrededor de su corazón y de un pedacito de su alma. No estaba dispuesta a sufrir más, a aguantar más dolor, a soportar más pena. Por eso, ahora, ni sentía ni padecía, ni alegría ni tristeza, ni amor ni odio, ni plenitud ni vacío. Era solo un cuerpo que fluía con el transcurrir de los días sin inmutarse por nada.

Ni siquiera la vida que había comenzado a crecer en su interior desde hacía unas semanas consiguió despertar en Silvia la más mínima inquietud, a pesar de que no había sido buscada ni mucho menos deseada. Ni una lágrima de emoción, ni una tristeza absurda, ni una alegría escondida. Ni tan siquiera un enojo. Simplemente había aceptado la situación como una más de las que tendría que vivir y había continuado con su cruel rutina. No le dio un vuelco el corazón la primera vez que escuchó sus latidos, ni se estremeció ante la primera patada que sintió en lo más profundo de su vientre. No sintió la menor ilusión mientras le preparaba el cuarto ni temor cuando llegó el momento de dar a luz.

Desde que había recubierto su corazón de hielo, no se había sentido sola. Su propia compañía era lo único que necesitaba, apreciaba y valoraba. Por eso, hasta que no tuvo entre sus brazos a aquella pequeña criatura que la miraba con la mayor inocencia desde la profundidad de sus oscuros ojos, no se dio cuenta de cuánto había estado precisando aquello. Unos pequeños dedos se aferraban a su mano con una fuerza impensable para alguien de su tamaño y, con esa presión, algo en el interior de su pecho explotó. El amor que se había prohibido sentir durante los últimos años salió a raudales, inundando la habitación de una calidez inusitada y sus ojos de desbordantes lágrimas.

Parecía increíble, ni ella misma comprendía cómo había ocurrido, pero aquella pequeña personita había sido capaz de derretir la escarcha que recubría lo que ya parecía un insensible corazón.

Ana Centellas. Marzo 2021. Derechos registrados.

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