El relato del viernes: “Un trabajo bien hecho”

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Un trabajo bien hecho

Rebeca se encontraba en el pasillo de las conservas, tratando de alcanzar uno de los botes del estante superior. Aquella misma mañana había decidido realizar un cambio en su vida y el primer paso lo daría cambiando su alimentación. Más verdura, aunque fuese enlatada, que no le sobraba el tiempo para estar picando y cocinando. Las latas de guisantes la miraban desde lo alto, la retaban desde su posición de superioridad y ella trataba, en vano, de alcanzarlas poniéndose de puntillas y estirando uno de los brazos al máximo. Estaba rodeada de gente, cada cual a lo suyo, y nadie parecía prestarle atención y, mucho menos, brindarle ayuda. Justo cuando estaba a punto de rozarlas con las yemas de los dedos, sintió un pequeño pinchazo en el cuello.

Retiró de inmediato la mano para tocarse el cuello. Parecía como si un pequeño aguijón se hubiese insertado en su piel, aunque no consiguió palpar nada. Miró hacia arriba. Las latas seguían tambaleándose con el ligero roce de sus dedos al separarlos de forma tan brusca e intentó que no cayesen. Tarde. Varias cayeron al suelo con estruendo y salieron rodando desperdigadas por debajo de las estanterías. Rebeca no sabía dónde meterse. Todas aquellas personas que la habían ignorado cuando estaba en dificultades ahora estaban pendientes de ella. Y ella no sabía si reír o llorar.

Juanjo estaba en el pasillo de los yogures tratando de elegir alguno. Quería mejorar su alimentación y aquel mismo día se había dado cuenta de que apenas tomaba lácteos. Y allí llevaba al menos media hora, delante de una amplia oferta que nunca hubiese imaginado que pudiese existir, tratando de decidir entre los yogures griegos y los de bifidus activo.  Sopesaba ambos con las manos y leía las etiquetas como si así pudiese resultar más fácil tomar una decisión. De pronto, escuchó un intenso ruido. Una lata de guisantes se asomó por debajo de las cámaras de refrigeración y rodó perezosa hasta chocarse con su pie derecho. Al agacharse para recogerla, sintió un pinchazo en la nalga izquierda.

Dio un respingo, frotándose con insistencia en la zona y miró a su alrededor. ¿Alguien le había pinchado con algo? ¿Lo había picado algún insecto? Para su sorpresa, el pasillo se había quedado completamente desierto. Hizo un gesto de indiferencia y volvió a mirar la lata de guisantes que había cogido justo antes del misterioso incidente. Y decidió devolverla a su lugar.

Al girar a la vuelta del pasillo, una azorada mujer se afanaba en recoger varias latas. Algunas de ellas aún rodaban por el suelo, dificultándole la tarea. Sin dudarlo, se acercó a ella para ayudarla en su laborioso cometido. Cuando sus manos se rozaron al tratar de alcanzar uno de los botes, los dos sintieron una corriente eléctrica que nació de sus manos, les recorrió el brazo y les llegó hasta el mismo centro del corazón. Ambos levantaron la vista a la vez, nerviosos. Una tímida sonrisa se asomó a los labios de ambos.

En lo alto de las estanterías, Cupido se frotaba los dedos en la solapa de su chaqueta con chulería. Otro trabajo bien hecho. Aunque ese par de ingenuos siempre pensaría que les había unido una lata de guisantes.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Arde”

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Arde

Ardes.
Y con tu fuego te llevas
un pedazo de mi vida,
un trocito de mi alma,
un mordisco de mi ser.
Cegado de incandescencia
se resbala entre los dedos
el tiempo,
mártir yugo de tu ausencia
y esclavo de tu silencio.
Lloro porque te consumes
y el rescoldo ya no abriga,
pasa el frío.
Y entre girones de humo,
como gota en el desierto
yo también
me consumo.
Arde, por favor.
Arde.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “El vuelo del mirlo”

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El vuelo del mirlo

Permanecía aletargado sobre la escarcha que cubría las ramas del árbol que hasta entonces había sido su morada. Era un mirlo negro de un plumaje tan brillante y tan límpido que destacaba sobre los tallos emblanquecidos por la crudeza del invierno. Solo quedaba él habitando aquel paraje gélido y severo. Sus compañeros habían levantado el vuelo en busca de otros bosques más frondosos que les guareciesen de las bajas temperaturas, pero él había permanecido anclado a la melancolía de los recuerdos que hacían de aquel árbol su hogar.

En la distancia creyó percibir el eco de un canto que, aunque desconocido, despertó su corazón de la desidia y el sopor que la soledad producía en él. Se irguió con emoción y agudizó el oído. Aquel canto volvió a escucharse en la blanca lejanía, un reclamo de afecto que viajaba a través de la nívea espesura de hielo.

El mirlo agitó sus alas y devolvió el saludo, un canto de esperanza que atravesó los carámbanos, dejándolos fracturados a su paso. Estaba listo para alzar el vuelo.

Ana Centellas. Diciembre 2019. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Se nos escapa el tiempo”

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Se nos escapa el tiempo

No me gusta mirarlo, lo reconozco. Me disgusta hacerlo porque, cuando lo miro, puedo contemplar aquello en lo que yo misma me he convertido. Es como si su rostro se transformase en la pulida superficie de un espejo que me devuelve una imagen fiel de mí misma. Que devuelve mis mismos gestos de cansancio, mis mismas miradas apagadas. Un reflejo de las mismas arrugas, las mismas bolsas, las mismas ojeras, la misma flacidez en la piel en aquellos lugares en los que un día solo hubo lozanía y belleza. Por eso, en ocasiones, rehúyo su mirada. Para no volver a asomarme a la calma superficie de ese estanque que son sus ojos, cubierta ya por el agrio limo de la decrepitud temprana.

Tampoco me gusta escucharlo porque es como seguir escuchándome a mí misma, hora tras hora, minuto tras minuto, segundo tras segundo. No quiero seguir oyendo las mismas malhumoradas letanías con otro timbre de voz. No soporto más la perezosa intransigencia que hace tiempo se instaló en mis palabras, en las suyas, en las nuestras. Por eso, a veces, me refugio en una burbuja de silencio y hago oídos sordos a las infundadas quejas sin aliento que, sin pena ni gloria, se rompen en el vacío.

Pero lo que más detesto, por encima de todas las cosas, es respirarlo. No tolero ese aroma a ineludible decadencia que lo impregna todo, la ropa, las sábanas, la cama. El mismo que emana de mí misma y que, por más que lo intento, es imposible de disimular bajo la fragancia artificial de una engañosa juventud. Por eso, durante algunos instantes, detengo incluso mi respiración, en un vago intento de que ese momento apnea borre de mi mente la huella, por otro lado indeleble, que ha dejado la esencia de la vejez.

Y, a pesar de todo, lo sigo haciendo. Sigo mirándolo porque, al hacerlo, aún observo en sus ojos la ilusión, la ternura y el cariño con el que me miraban hace años. Porque, en el fondo de su mirada, todavía puedo ver el reflejo de la mía, ilusionada, fresca y joven. Sigo escuchándolo porque, cuando lo hago, llega hasta mis oídos la misma voz del joven que fue, de los jóvenes que fuimos. Siguen llegándome las mismas palabras de amor de antaño, que perduran, firmes, por mucho que pasen los años. Y, sobre todo, sigo respirándolo. Porque su aliento es mi aliento, porque es el soplo que me mantiene viva.

El tiempo pasa, se nos escapa, pero, a su lado, cualquier instante se nos vuelve eterno.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “Si fuera”

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Si fuera

Como si fuera de agua,
fluye al vaivén de mi marea
hasta que lleguemos juntos
a una orilla abandonada
cubierta de arena de olvidos
y eternas puestas de sol.

Como si fuera de aire,
vuela como hace el pájaro
a favor de las corrientes
y sumérgete en mis suspiros
hasta que ambos respiremos
el soplo de tu sudor.

Como si fuera de fuego,
prende en silencio la mecha
del barreno que socave
mi voluntad y la tuya,
entre volutas de humo
enciende tu munición.

Como si fuera de tierra,
moldéame con tus manos
como herramientas sinceras
que limen mis asperezas
hasta regresar al barro
que no entiende de color.

Como si fuera de carne,
devórame con tal ansia
que logres sofocar tu hambre
y conviérteme en alimento
de tus propias ilusiones,
en sustento de tu amor.

Como si fuera de polvo,
como si fuera de niebla,
como si fuera de vida,
como si fuéramos uno
y no, simplemente, dos.

Ana Centellas. Noviembre 2020. Derechos registrados.

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El relato del viernes: “Vuelta al hogar”

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Vuelta al hogar

Viajaban acompañados por el cómodo silencio que se instala entre los que no precisan de palabras para demostrarse los sentimientos. Él, concentrado en la carretera, tan angosta y maltrecha que parecía no querer terminar nunca. Ella, concentrada en la ventanilla, que mostraba un paisaje tan cambiante que parecían estar atravesando diferentes mundos, y con una pequeña crisálida creciendo en su interior.

Habían salido cuando la noche todavía reinaba y en ese momento, apenas una hora pasado el amanecer, una luminosidad hipnótica confería a los campos un aspecto que rozaba la fantasía. La gruesa capa de escarcha que cubría todo difuminaba los colores y parecía querer cubrir todo con un manto de mágica purpurina.

Poco a poco, los grandes edificios de la gran ciudad, aún sumidos en un profundo sueño, habían dado paso a extensos terrenos baldíos que la noche, sabiamente, se encargaba de ocultar. Poco a poco, fueron cubriéndose de una tímida siembra que parecía querer desafiar al hielo que la cubría. Nueva vida abriéndose paso a través de la crudeza de la propia vida, que mostraba, orgullosa, un contagioso afán de supervivencia. Se podía intuir entre las sombras, bajo las heladas gotas de rocío, asomada al balcón de la niebla de la incipiente mañana. Y, conforme avanzaban, la mariposa que se había instalado en su estómago parecía extender sus alas un poquito más, agitándolas con timidez.

Al rayar el alba, los amplios sembrados ya se habían convertido en extensos terrenos repletos de viñedos. Desnudos esqueletos en decadencia que, dormidos, soñaban con eternos veranos dorados en los que brindar su preciada ofrenda al dios Baco. Los pueblos ya comenzaban a despertar a su paso, ofreciéndoles una discreta bienvenida envuelta en aroma a café y a chimeneas prendidas. Y cuando los primeros olivares comenzaron a aparecer sobre la velada línea del horizonte, la mariposa le pegó un pellizco en el estómago, rompió el capullo que la había mantenido guarecida hasta entonces y batió sus alas con energía en su interior.

Muchos kilómetros transcurrieron zigzagueando entre los centenarios árboles, que mostraban sus frutos henchidos de su dorado néctar bajo un tímido sol que ya lucía, aunque con timidez, en el cielo. Continuaban en silencio, sumido cada uno en sus pensamientos, en unos recuerdos que aumentaban al mismo ritmo que disminuían los kilómetros que faltaban para llegar a su destino.

Ella fue la primera en divisar las blancas casas que el paso del tiempo casi se había encargado de hacer desaparecer de su memoria. Su mano se posó con cariño sobre la de él. Un mismo suspiro se escapó de entre dos pares de labios. Por fin, habían regresado a su hogar.

Ana Centellas. Enero 2021. Derechos registrados.

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Miércoles de poesía: “No me quites la ilusión”

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No me quites la ilusión

No me quites la ilusión,
deja que crea por siempre
que aún existe la magia
que puede hacerme feliz.
No me despiertes del sueño
que viene de mi niñez,
deja que viva el hechizo,
déjame beber la pócima
que me hace sonreír.
Cierra mis ojos con tiento
y arrópame las entrañas
cuando veas en mi rostro
el cansancio que delata
que ya no puedo seguir
con la vigilia del alma.
Y no me quites la ilusión
porque quiero levantarme
y encontrarme bajo el árbol
intacto mi corazón.

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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A letras con los lunes: “¿Falta mucho?”

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¿Falta mucho?

Avanzaban encorvados, arrastrando los pies, sintiendo el peso de los años sobre sus espaldas. Iban en fila, uno detrás de otro, en completo silencio. Solo se escuchaba el sonido de las respiraciones entrecortadas.

—¿Falta mucho? —preguntó Baltasar, que iba en último lugar, por tercera vez en lo que llevaban de noche. Siempre se había caracterizado por su impaciencia y el paso de los años no había hecho más que acentuarla.

Gaspar resopló con fuerza y se giró hacia él.

—No, Baltasar, no. Solo nos queda el hemisferio sur— repuso, sin poder evitar la ironía en su respuesta. Siempre le habían tildado de quejica y llevaba toda la noche mordiéndose la lengua para que no se notase su disgusto.

Melchor se detuvo un instante, haciendo que la comitiva se chocase contra él.

—Vamos, chicos, que somos magos —les alentó con una sonrisa. No en vano le llamaban Melchor, el optimista.

—¿Recordáis el año que solo le llevamos regalos a un niño? Ay, ¡qué tiempos aquellos! —suspiró Baltasar.

—¿Y de quién fue la idea de repartir regalos a todos los niños del mundo, eh? ¿De quién? —contestó Gaspar, con su habitual retintín.

—Mía, ya lo sabes. ¿Hasta cuándo vas a estar reprochándomelo? —preguntó Melchor.

—Hasta que nos jubilemos, Melchor, hasta que nos jubilemos…

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

¿Falta mucho? por Ana Centellas se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

El relato del viernes: “¡Feliz Año Nuevo!”

¡Feliz Año Nuevo!

El alba arañaba los últimos resquicios de una noche que parecía no querer terminar nunca cuando Alejandro introducía la llave en la cerradura de su casa. Su cuerpo acusaba el cansancio de un ajetreo al que llevaba demasiado tiempo sin estar acostumbrado. A los estragos que sobre él causaba el agotamiento se sumaba el alcohol que había tomado, mucho más que en todo el año.

Abrió la puerta con cautela y las luces del árbol de Navidad, colocado justo en la entrada de su casa, le dieron la bienvenida, dejándole prácticamente ciego con sus brillantes destellos. Tuvo que cerrar los ojos para acostumbrarlos a la luminosidad que, en la penumbra de la madrugada, desprendía el abeto artificial. Cerró la puerta a sus espaldas con cuidado de no hacer ruido y sonrió. Era curioso comprobar cómo, a pesar de llevar varios años viviendo solo en su propia casa, todavía persistía esa costumbre de llegar como si de un ladrón se tratase para no despertar a sus padres.

Se dirigió hacia la cocina y, sin encender la luz, puso la cafetera en marcha. Le apetecía tomarse un buen café antes de acostarse, saborearlo con calma disfrutando del año nuevo en soledad, por fin. Se dejó caer sobre una de las sillas de la cocina y, allí mismo, se quitó las botas, liberando a sus cansados pies de la prisión en la que llevaban encerrados desde el año anterior. Un gran suspiro de alivio se escapó de entre sus labios, rompiendo el silencio que a aquellas horas se había instalado a sus anchas en su apartamento. Fue entonces cuando echó algo en falta y sus entrañas dieron un respingo.

Agudizó el oído todo lo que pudo. En la casa reinaba un silencio absoluto, algo que en otras circunstancias hubiera sido normal, pero que en las últimas semanas había cambiado por completo. Se levanto y comenzó a recorrer las habitaciones. Estaban totalmente vacías. Ni el más mínimo sonido ni el menor signo de movimiento se podía apreciar en ninguna de ellas. El sonido del café subiendo en la cafetera italiana lo asustó.

Revisó cada rincón de la casa sin obtener resultado alguno. Salió, incluso, a la terraza, a pesar del intenso frío. Nada. No encontró nada y una incipiente ansiedad comenzó a hacer acto de presencia. Soltó un silbido y esperó. Tampoco tuvo respuesta.

Regresó a la cocina para retirar la cafetera del fuego. Quizá un buen sorbo de café bien cargado lo ayudase a pensar con claridad. Era imposible que se hubiese escapado porque, a su regreso, unos minutos antes, había encontrado la puerta bien cerrada y asegurada con una doble vuelta de la llave. Había revisado todas las ventanas y no había encontrado ninguna abierta. Incluso la puerta de la terraza estaba cerrada con pestillo antes de que hubiese salido afuera.

Una explosión rompió el silencio de la madrugada. Los más trasnochadores en aquella noche tan especial continuaban lanzando cohetes y petardos, desafiando al frío del amanecer. Entonces lo escuchó.

Era como un gemido lastimero, un lloro apagado que parecía provenir de su habitación. Se dirigió hacia allí, guiándose por el sonido y extrañado porque ya había revisado aquella habitación sin haber encontrado nada. Conforme se acercaba el llanto se escuchaba más cercano. Sin duda, estaba allí. Sus músculos se relajaron de inmediato.

La habitación estaba vacía, pero los quejidos continuaban, sutiles, llenado el ambiente. Se agachó y miró debajo de la cama. Unas patas peludas y suaves se abalanzaron sobre él, como si hubiesen encontrado en él una salvación durante mucho tiempo esperada. Unos ansiosos lametazos le cubrieron el rostro. Abrazó a su cachorro de pastor alemán con cariño, transmitiéndole toda la calma que fue capaz.

—Feliz año nuevo, Newman. Tranquilo, tranquilo, no pasa nada. Solo es una noche, solo esta noche…

Ana Centellas. Diciembre 2020. Derechos registrados.

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