Por capítulos: “La cabaña”

Por capítulos: “La cabaña”

 

LA CABAÑA
Imagen propia. Derechos registrados.

 

Como siempre, después de terminar una serie de “Por capítulos” os dejo el relato completo, para los que prefieren leer así. Ahora sí que no tenéis excusa para no leerlo… ¡Espero que os guste!

 

LA CABAÑA

Harto como estaba de la vida en la gran ciudad, cargada de prisas y de ansiedad, llegó un momento en que necesité hacer un pequeño impase, un ligero paréntesis dentro del alocado frenesí de mi vida. Siempre he pensado que a toda persona le llega un momento en la vida en que necesita un cambio, un giro radical, un paréntesis para reflexionar si el camino vivido es aquel que quería vivir.

Mi trabajo como agente de bolsa me había generado un considerable capital, disponía de todos los lujos inimaginables a mi alcance, pero también me había llevado a una vida de estrés y ansiedad que ya me envió al hospital en un par de ocasiones. Aparte de que me había impedido tener una compañía sentimental estable y había echado al traste mis ilusiones de ser padre. Así que, cuando llegó el momento en el que decidir entre mi trabajo y mi salud, tanto física como emocional, no lo dudé ni un instante.

Presenté la baja en el trabajo justo unos días antes de comenzar mis vacaciones de verano, para qué esperar más días con aquel sufrimiento. Perdí mucho dinero con ello, algo que siempre había sido un objetivo primordial en mi vida, pero no me importó. Es algo que no te importa cuando descubres que el dinero no te sirve de nada si no gozas de salud para disfrutarlo o si la vida que te proporciona no te satisface.

En esos días previos a lo que sería mi periodo vacacional, aproveché para dejar algo encauzada mi hasta entonces vida. Recogí las mínimas pertenencias que estimé necesarias y partí, cerrando mi casa como si fuese a regresar en cualquier momento, aunque con la convicción de que ya no regresaría jamás. El avión que tomé para acercarme a mi destino costero fue el último lujo que me permití en mucho tiempo, aún hasta el día de hoy.

Pasé unos días en el alojamiento que tenía reservado para mis solitarias vacaciones, y esos días los empleé en inspeccionar la zona. No tardé mucho en localizar una pequeña cala, ajena a miradas indiscretas, y perfecta para mi objetivo. Durante aquellos días, dispuse del tiempo necesario para pensar con mucha calma y confirmar que había elegido el camino correcto, el que quería recorrer. Y que el lugar fuera el apropiado.

Fueron varios los días los que tardé en tener completado mi objetivo. Días duros trabajando de sol a sol, acompañado tan solo del rumor de las olas y el sonido de las gaviotas. Al principio necesité de varias noches adicionales en mi alojamiento. Fue más duro de lo que pensaba. Pero cuando por fin vi mi pequeña cabaña terminada, la satisfacción fue inmensa.

Por completo construida en madera, de forma bastante rudimentaria, mi cabaña se encontraba en un rincón de la preciosa calita, a una distancia prudencial para que las mareas no me alcanzasen. Un atolón de piedras algunos metros mar adentro, me protegería del oleaje, puesto que las olas rompían allí, llegando a mí calmadas, a pesar de tratarse de pleno océano. El interior, por supuesto también era por completo de madera. Gruesas vigas atravesaban el techo, quedando al descubierto. El suelo, también de madera, construido de forma bastante tosca y ruda, fue lo que más me costó. Con tablones que iba encontrando fui construyendo la mesa, varias sillas y un sillón.

Pasé varios años en la más absoluta soledad. Solo tomaba una bicicleta, que había comprado al poco de llegar, una vez a la semana para acercarme al pueblo y hacer algo de compra. Siempre viandas ligeras. Adelgacé cerca de treinta kilos en aquellos tiempos, dejé crecer mi barba sin limitaciones y mi piel se curtió por el sol y el viento de la costa. No necesitaba nada más que estar conmigo mismo para ser feliz. Yo mismo me describiría como una especie de ermitaño.

Cierto día, ocurrió algo por completo inesperado. Era principios de verano y el calor ya comenzaba a ser acuciante. Una familia de turistas llegó a mi cala. Los humanos somos curiosos por naturaleza. En verdad, me extrañaba que no hubiese ocurrido antes. Salí de mi pequeña cabaña para saludarles. Mis ropas no eran las mejores, no eran los caros trajes que antaño solía utilizar para ir al trabajo, pero siempre estaban limpias y de vez en cuando las reponía. No se podía decir que viviera en andrajos. Pero he de reconocer que mi aspecto tampoco era el más normal del mundo, así que no me extrañé cuando aquella familia al principio desconfió de mí.

Si os soy sincero, mi primera reacción también fue de desconfianza. Llevaba demasiado tiempo solo y las pocas palabras que cruzaba en el pueblo al hacer la compra tampoco me habían granjeado amistades allí. Y la verdad es que tampoco las buscaba. Para mí, mi vida era perfecta ahora tal y como era. Ya la vida se había encargado de demostrarme que detrás de una amistad suele haber una gran dosis de interés, y yo ya no quería formar parte de aquella rueda.

Pero, según fue pasando el día, entre aquella familia y yo se instaló una especie de cordialidad que terminó resultándome bastante agradable. Aquella noche pensé mucho en lo que había ocurrido. Me debatía entre dos sentimientos encontrados. Uno de ellos me decía que ya estaba preparado, que necesitaba de otros seres humanos para que mi vida fuese en verdad plena. El otro, más conservador, me decía que me había sentado bien salir de mi rutina eremita y relacionarme con otras personas pero que, en realidad, prefería seguir viviendo como hasta ahora.

Si os digo la verdad, no fue solo aquella noche la que duró mi debate interior. Pasé varios días, nervioso a más no poder, sopesando las dos posibilidades. No descansaba bien por las noches y durante el día no podía concentrarme en la más mínima tarea. Solo cuando mi corazón tomó una decisión comencé a notar cierta calma. El pensamiento más conservador ganó al final la batalla. Tras todos aquellos días de meditación pura y dura, en los que pasaba largos periodos contemplando el mar, fue una puesta de sol la que me ofreció la gran revelación que tanto ansiaba encontrar. Sentía pánico absoluto al contacto con la humanidad y que esta alterase, con sus viciados comportamientos, el nivel de plenitud que se había instaurado en mi vida desde que comenzó mi retiro minimalista.

Así pasé un año más. En total fueron cinco los que transcurrieron en la soledad más absoluta, mientras intentaba establecer el mínimo contacto posible con la civilización. Por aquellos tiempos ya llevaba realizados grandes y hermosos cambios en mi cabaña. Ya no era la pequeña y sobria de los inicios. No solo había ganado en extensión, sino también en mobiliario y decoración. Todo ello lo había hecho yo con mis propias manos y todo el tiempo del mundo, a excepción del cómodo colchón que yo mismo había acarreado hasta allí. El trabajo duro y el clima de la costa habían convertido al delgado oficinista que llegó por casualidad a aquella cala, en un fornido y curtido hombre de anchas espaldas y fuerzas descomunales. Como la mayor parte del trabajo físico lo realizaba sin cubrirme el torso con ninguna prenda, lucía un espectacular bronceado durante todo el año.

Mis anhelos ermitaños me llevaron también a cultivar un pequeño huerto en la zona donde terminaba la arena, en el espacio dejado por los árboles que yo mismo había serrado. Este me proveía de alimentación variada durante todo el año, por lo que mi dieta poco a poco fue transformándose en vegana. Con ello, mis visitas al pueblo cada vez se reducían aún más.

Una larga melena rizada llegó a cubrirme los hombros, lo que hacía que tuviese que recortarla de vez en cuando con mi afilada navaja. Siempre la llevaba recogida en un moño alto que yo mismo sujetaba con un pequeño palo. La barba también creció lo suyo durante esos años, con la diferencia de que jamás la recorté, por lo que me llegaba hasta la zona del ombligo. Ya la podía ver recubierta de pequeñas canas, clara señal del paso del tiempo.

Como no disponía ni de reloj ni calendario, yo mismo organicé un sistema de medición del tiempo. No precisaba de hora, pues me levantaba con el amanecer y me acostaba varias horas después del ocaso, y no había ningún horario que me mantuviese atado a nada. Pero sí iba anotando los días en una tablilla de madera, de forma que siempre sabía el día, el mes y el año en el que me encontraba.

Pero hubo un momento en que volvieron a llegar visitantes a mi pequeña cala. Esta vez era una familia del pueblo. Había sido tan ingenuo de creer que tras cinco años de existencia en aquella apacible cala, los habitantes del pueblo no habrían hablado sobre mí, y habrían indagado algo acerca de dónde vivía. Al principio me mostré receloso, para qué nos vamos a engañar, pero lo cierto es que aquella humilde familia se ganó mi corazón en unas pocas horas.

Vinieron cargados con una gran nevera, repleta de comida para compartirla conmigo. Dos niños pequeños les acompañaban y, para mi sorpresa, disfruté mucho jugando con ellos en el mar. Nunca me habían gustado los niños, los consideraba criaturas ruidosas que solo roban la paz, y jamás se me había pasado por la cabeza llegar a convertirme en padre. Pero creo que aquel día me pillaron débil de corazón y necesitado de compañía, porque lo cierto es que pasé un día de lo más agradable.

Habían traído tanta comida, que pasaron el día haciéndome compañía y cenamos juntos a la luz del crepúsculo, alumbrados tan solo por mi tosco candil de forja, rescatado de algún lugar.

Por mi parte, les ofrecí una generosa ración de la cosecha de mi huerto, que no dudaron en aceptar. Quedaron maravillados por la plantación que había logrado sostener tan cercana al mar. Se suponía que, aunque ya no estuviese cubierto por arena de playa, sí contendría gran parte del salitre del mar, por lo que era muy poco probable que cualquier planta, a excepción de los árboles fuertes y robustos, pudiera crecer allí. Orgulloso, les demostré que sí era posible y tuvieron oportunidad de probar las magníficas verduras ecológicas con las que me alimentaba a diario. Poco más les pude ofrecer, aparte de un café de puchero que sorprendió a todo el mundo por su exquisitez. He de reconocer que si en algo no he escatimado ha sido en café, imprescindible para mi puesta en marcha. Lo compraba en grano y siempre tomaba un delicioso café recién molido preparado con mucho cariño. Ese es su secreto.

La cuestión es que, afortunado como me sentía de haber encontrado aquella compañía tan grata, yo mismo les invité a venir el fin de semana siguiente. Esta vez el menú correría de mi cuenta. Todo un éxito, pues les sorprendí con una muestra de mis artes culinarios veganos, que había aprendido por mí mismo. Incluso preparé un delicioso bizcocho, para demostrarles hasta dónde podía llegar mi capacidad de cocina sin necesidad de ningún alimento de origen animal.

Este ritual se extendió durante varias semanas. Yo estaba entusiasmado, por primera vez en años, por volver a tener compañía. Y esperaba su llegada con expectación. El último fin de semana que nos vimos, me invitaron a la fiesta de cumpleaños de su hijo mayor, que celebrarían en su casa el fin de semana siguiente. Se despidieron de mí con un ruego y la promesa de que me lo pensaría. Y vaya si lo pensé. Lo pensé tanto que el mismo día de la fiesta aún no tenía decidido si ir o no. Una cosa era mantener una amistad con esta maravillosa familia, y otra muy distinta mi integración de nuevo en la sociedad. Algo que odiaba con todo mi ser.

El día de la fiesta me levanté desanimado. Aún no tenía decidido qué quería hacer y mi vestuario tampoco es que fuese el más apropiado para ir a una celebración. Al sorprenderme echando de menos los trajes de marca que estarían guardados en mi armario de Madrid, supe que estaría cometiendo una locura, porque volvería a la espiral consumista y estresante de la que había huido años atrás. Pero no tuve opción, porque momentos antes de la hora fijada, Roberto, el padre de familia, llegó con su coche acompañado de su hijo mayor, a buscarme para asegurarse de que acudiría. No les importó mi vestuario, así que no tuve más remedio que acompañarles.

Aquel día, todo el mundo en el pueblo se enteró de mi historia, de dónde vivía y por qué. Pero en lugar de encontrarme con burlas, que era lo que yo esperaba, encontré una hospitalidad entrañable. Todos estaban dispuestos a echarme una mano en lo que hiciera falta. Y yo, incrédulo como soy, no me podía creer lo que estaba viviendo.

Desde entonces, cada fin de semana una familia del pueblo viene a la cala a pasar el día conmigo. Nunca vienen varias para no agobiarme, saben que aún necesito mi espacio. Y yo se lo agradezco enormemente. La verdad es que he encontrado en ellos unos amigos estupendos.

La noticia fue corriendo por los pueblos de la zona y cada vez venía más y más gente a visitarme. Mientras, yo me iba acostumbrando poco a poco a ellos. Mi café de puchero se hizo famoso, así como mi bizcocho vegano, por lo que a la hora de la merienda era cuando más afluencia de visitas tenía. Todo el mundo quería probarlo, y yo lo preparaba encantado.

Llegó un momento en que cada día dejaba preparado un bizcocho la noche anterior, para las visitas que tuviese al día siguiente, sin saber si serían muchas o pocas. De lo que sí estaba seguro era que las tendría.

Acabó gustándome tanto su presencia allí, conmigo, en mi pequeña cabaña a la que no faltaba ni un solo detalle, que coloqué un letrero pintado por mí en el cruce con la carretera que da acceso a esta pequeña playa. Indicaba a todo el mundo dónde estaba mi cabaña.

Pronto mi modesta cabaña se hizo conocida por todos los alrededores y gente de toda la comarca venían a visitarme cada día. Tal fue el impacto que causó mi situación y mi estilo de vida, que se ha hecho conocida hasta por los turistas que venían a veranear por la zona. Mis meriendas con el delicioso café de puchero y bizcocho, alcanzaron una fama que jamás hubiese podido imaginar, sobre todo conociendo las razones que me movieron a buscar aquel estilo de vida eremita.

Pero yo ya me había acostumbrado al contacto humano de nuevo y precisaba de aquellas visitas. Me hacían sentir una felicidad inmensa, sobre todo las visitas de las familias del pueblo, que siempre me traían algún detalle para la casa o ricos platos preparados por ellos mismos. Veganos, por supuesto. Creo que, a aquellas alturas, ya prácticamente todo el pueblo había cambiado su estilo de alimentación.

De pronto, un día cualquiera, poco después del amanecer, vino a visitarme un hombre que jamás había venido por aquí. Vestía ropa informal, pero yo le veía con claridad vestido con el mejor traje de Armani. De inmediato, desconfié de él. Alguien que cambia su indumentaria por acoplarse al lugar, no podría traer nada bueno. Yo auguraba mentiras en él. Mentiras y suciedad.

Qué poco me equivoqué. Resultó ser un alto ejecutivo de una empresa alcoholera y venía a proponerme un negocio. Por supuesto, habían observado la cantidad de gente que se acercaba hasta mí todos los días y quería negociar conmigo. Me propuesto convertir mi hogar en una coctelería. Decía que el enclave era maravilloso, que yo tenía todos los dones para hacerlo, que mi aspecto ayudaría aún más a dar credibilidad al negocio, que la clientela ya estaba asegurada y no sé cuántas estupideces más. Incluso me habló de cifras, mostrándome exorbitantes beneficios a corto plazo en su tablet último modelo. Beneficios de los cuales yo percibiría una parte irrisoria. A cambio, ellos se ocuparían de acondicionar “el local” y preparar una coqueta terraza sobre la arena.

En el momento en que se refirió a mi humilde casa, que con tanto esfuerzo había construido, con la palabra local, lo mandé con cajas destempladas de mi territorio. Pero he de reconocer que la idea era buena. Yo fabricaba mi propio ron de caña, disponía de fruta en abundancia, así como de hierbas aromáticas. Podría preparar unos cócteles deliciosos. Pero jamás cobraría por ellos. Ese ya no era mi estilo de vida, no la búsqueda del beneficio propio.

En todo aquel tiempo aprendí que es mejor ayudar al prójimo que intentar comérselo, cómo trataban de hacer los tiburones como aquel que vino a visitarme tan temprano. Así que ahora, cualquiera que pase por mi cala y vea el letrero de mi cabaña, podrá elegir entre un sublime café de puchero, mi ya famoso bizcocho vegano, y una gran variedad de cocteles que yo mismo preparaba con desparpajo, mientras disfrutaba de las nuevas amistades que iba forjando por el camino.

Hubo quien me llegó a decir que tenía tantas visitas por interés, porque mi comida era gratis. Pero, ¿sabéis qué os digo? Que me da igual. Yo me siento bien haciéndolo, que es lo importante. Hoy por hoy, soy feliz. Incluso me ha llegado el amor hasta mi pequeño rincón. ¿Qué más puedo pedir?

Mi adorada sirena vive conmigo en un paraíso construido a partir de un sueño que logré hacer partícipe de mi realidad. Vivimos sin lujos, sin excesos, con calma, sin prisas. Nos amamos con locura, el mar ha sido fiel testigo de ello, en las claras noches a la luz de la luna o en las oscuras noches en las que apenas nos vemos los cuerpos. Incluso sus cálidas aguas han sido testigo de primera mano de la pasión y el amor que nos une. Creo que no podría cambiar mi vida actual por nada en el mundo.

Por cierto, ¿alguien está interesado en la compra de un ático completamente amueblado en pleno centro de Madrid? Estoy abierto a escuchar ofertas. De regalo van los trajes de Armani.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “La cabaña (V)”

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LA CABAÑA
Imagen propia. Derechos registrados.

 

Parte I       Parte II       Parte III       Parte IV

En el momento en que se refirió a mi humilde casa, que con tanto esfuerzo había construido, con la palabra local, lo mandé con cajas destempladas de mi territorio. Pero he de reconocer que la idea era buena. Yo fabricaba mi propio ron de caña, disponía de fruta en abundancia, así como de hierbas aromáticas. Podría preparar unos cócteles deliciosos. Pero jamás cobraría por ellos. Ese ya no era mi estilo de vida, no la búsqueda del beneficio propio.

En todo aquel tiempo aprendí que es mejor ayudar al prójimo que intentar comérselo, cómo trataban de hacer los tiburones como aquel que vino a visitarme tan temprano. Así que ahora, cualquiera que pase por mi cala y vea el letrero de mi cabaña, podrá elegir entre un sublime café de puchero, mi ya famoso bizcocho vegano, y una gran variedad de cocteles que yo mismo preparaba con desparpajo, mientras disfrutaba de las nuevas amistades que iba forjando por el camino.

Hubo quien me llegó a decir que tenía tantas visitas por interés, porque mi comida era gratis. Pero, ¿sabéis qué os digo? Que me da igual. Yo me siento bien haciéndolo, que es lo importante. Hoy por hoy, soy feliz. Incluso me ha llegado el amor hasta mi pequeño rincón. ¿Qué más puedo pedir?

Mi adorada sirena vive conmigo en un paraíso construido a partir de un sueño que logré hacer partícipe de mi realidad. Vivimos sin lujos, sin excesos, con calma, sin prisas. Nos amamos con locura, el mar ha sido fiel testigo de ello, en las claras noches a la luz de la luna o en las oscuras noches en las que apenas nos vemos los cuerpos. Incluso sus cálidas aguas han sido testigo de primera mano de la pasión y el amor que nos une. Creo que no podría cambiar mi vida actual por nada en el mundo.

Por cierto, ¿alguien está interesado en la compra de un ático completamente amueblado en pleno centro de Madrid? Estoy abierto a escuchar ofertas. De regalo van los trajes de Armani.

FIN

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Por capítulos: “La cabaña (IV)”

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LA CABAÑA
Imagen propia. Derechos registrados.

 

 

Capítulo I       Capítulo II       Capítulo III

 

Aquel día, todo el mundo en el pueblo se enteró de mi historia, de dónde vivía y por qué. Pero en lugar de encontrarme con burlas, que era lo que yo esperaba, encontré una hospitalidad entrañable. Todos estaban dispuestos a echarme una mano en lo que hiciera falta. Y yo, incrédulo como soy, no me podía creer lo que estaba viviendo.

Desde entonces, cada fin de semana una familia del pueblo viene a la cala a pasar el día conmigo. Nunca vienen varias para no agobiarme, saben que aún necesito mi espacio. Y yo se lo agradezco enormemente. La verdad es que he encontrado en ellos unos amigos estupendos.

La noticia fue corriendo por los pueblos de la zona y cada vez venía más y más gente a visitarme. Mientras, yo me iba acostumbrando poco a poco a ellos. Mi café de puchero se hizo famoso, así como mi bizcocho vegano, por lo que a la hora de la merienda era cuando más afluencia de visitas tenía. Todo el mundo quería probarlo, y yo lo preparaba encantado.

Llegó un momento en que cada día dejaba preparado un bizcocho la noche anterior, para las visitas que tuviese al día siguiente, sin saber si serían muchas o pocas. De lo que sí estaba seguro era de que las tendría.

Acabó gustándome tanto su presencia allí, conmigo, en mi pequeña cabaña a la que no faltaba ni un solo detalle, que coloqué un letrero pintado por mí en el cruce con la carretera que da acceso a esta pequeña playa. Indicaba a todo el mundo dónde estaba mi cabaña.

Pronto mi modesta cabaña se hizo conocida por todos los alrededores y gente de toda la comarca venían a visitarme cada día. Tal fue el impacto que causó mi situación y mi estilo de vida, que se ha hecho conocida hasta por los turistas que venían a veranear por la zona. Mis meriendas con el delicioso café de puchero y bizcocho, alcanzaron una fama que jamás hubiese podido imaginar, sobre todo conociendo las razones que me movieron a buscar aquel estilo de vida eremita.

Pero yo ya me había acostumbrado al contacto humano de nuevo y precisaba de aquellas visitas. Me hacían sentir una felicidad inmensa, sobre todo las visitas de las familias del pueblo, que siempre me traían algún detalle para la casa o ricos platos preparados por ellos mismos. Veganos, por supuesto. Creo que, a aquellas alturas, ya prácticamente todo el pueblo había cambiado su estilo de alimentación.

De pronto, un día cualquiera, poco después del amanecer, vino a visitarme un hombre que jamás había venido por aquí. Vestía ropa informal, pero yo le veía con claridad vestido con el mejor traje de Armani. De inmediato, desconfié de él. Alguien que cambia su indumentaria por acoplarse al lugar, no podría traer nada bueno. Yo auguraba mentiras en él. Mentiras y suciedad.

Qué poco me equivoqué. Resultó ser un alto ejecutivo de una empresa alcoholera y venía a proponerme un negocio. Por supuesto, habían observado la cantidad de gente que se acercaba hasta mí todos los días y quería negociar conmigo. Me propuesto convertir mi hogar en una coctelería. Decía que el enclave era maravilloso, que yo tenía todos los dones para hacerlo, que mi aspecto ayudaría aún más a dar credibilidad al negocio, que la clientela ya estaba asegurada y no sé cuántas estupideces más. Incluso me habló de cifras, mostrándome exorbitantes beneficios a corto plazo en su tablet último modelo. Beneficios de los cuales yo percibiría una parte irrisoria. A cambio, ellos se ocuparían de acondicionar “el local” y preparar una coqueta terraza sobre la arena.

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “La cabaña (III)”

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Capítulo I        Capítulo II

Como no disponía ni de reloj ni calendario, yo mismo organicé un sistema de medición del tiempo. No precisaba de hora, pues me levantaba con el amanecer y me acostaba varias horas después del ocaso, y no había ningún horario que me mantuviese atado a nada. Pero sí iba anotando los días en una tablilla de madera, de forma que siempre sabía el día, el mes y el año en el que me encontraba.

Pero hubo un momento en que volvieron a llegar visitantes a mi pequeña cala. Esta vez era una familia del pueblo. Había sido tan ingenuo de creer que tras cinco años de existencia en aquella apacible cala, los habitantes del pueblo no habrían hablado sobre mí, y habrían indagado algo acerca de dónde vivía. Al principio me mostré receloso, para qué nos vamos a engañar, pero lo cierto es que aquella humilde familia se ganó mi corazón en unas pocas horas.

Vinieron cargados con una gran nevera, repleta de comida para compartirla conmigo. Dos niños pequeños les acompañaban y, para mi sorpresa, disfruté mucho jugando con ellos en el mar. Nunca me habían gustado los niños, los consideraba criaturas ruidosas que solo roban la paz, y jamás se me había pasado por la cabeza llegar a convertirme en padre. Pero creo que aquel día me pillaron débil de corazón y necesitado de compañía, porque lo cierto es que pasé un día de lo más agradable.

Habían traído tanta comida, que pasaron el día haciéndome compañía y cenamos juntos a la luz del crepúsculo, alumbrados tan solo por mi tosco candil de forja, rescatado de algún lugar.

Por mi parte, les ofrecí una generosa ración de la cosecha de mi huerto, que no dudaron en aceptar. Quedaron maravillados por la plantación que había logrado sostener tan cercana al mar. Se suponía que, aunque ya no estuviese cubierto por arena de playa, sí contendría gran parte del salitre del mar, por lo que era muy poco probable que cualquier planta, a excepción de los árboles fuertes y robustos, pudiera crecer allí. Orgulloso, les demostré que sí era posible y tuvieron oportunidad de probar las magníficas verduras ecológicas con las que me alimentaba a diario. Poco más les pude ofrecer, aparte de un café de puchero que sorprendió a todo el mundo por su exquisitez. He de reconocer que si en algo no he escatimado ha sido en café, imprescindible para mi puesta en marcha. Lo compraba en grano y siempre tomaba un delicioso café recién molido preparado con mucho cariño. Ese es su secreto.

La cuestión es que, afortunado como me sentía de haber encontrado aquella compañía tan grata, yo mismo les invité a venir el fin de semana siguiente. Esta vez el menú correría de mi cuenta. Todo un éxito, pues les sorprendí con una muestra de mis artes culinarios veganos, que había aprendido por mí mismo. Incluso preparé un delicioso bizcocho, para demostrarles hasta dónde podía llegar mi capacidad de cocina sin necesidad de ningún alimento de origen animal.

Este ritual se extendió durante varias semanas. Yo estaba entusiasmado, por primera vez en años, por volver a tener compañía. Y esperaba su llegada con expectación. El último fin de semana que nos vimos, me invitaron a la fiesta de cumpleaños de su hijo mayor, que celebrarían en su casa el fin de semana siguiente. Se despidieron de mí con un ruego y la promesa de que me lo pensaría. Y vaya si lo pensé. Lo pensé tanto que el mismo día de la fiesta aún no tenía decidido si ir o no. Una cosa era mantener una amistad con esta maravillosa familia, y otra muy distinta mi integración de nuevo en la sociedad. Algo que odiaba con todo mi ser.

El día de la fiesta me levanté desanimado. Aún no tenía decidido qué quería hacer y mi vestuario tampoco es que fuese el más apropiado para ir a una celebración. Al sorprenderme echando de menos los trajes de marca que estarían guardados en mi armario de Madrid, supe que estaría cometiendo una locura, porque volvería a la espiral consumista y estresante de la que había huido años atrás. Pero no tuve opción, porque momentos antes de la hora fijada, Roberto, el padre de familia, llegó con su coche acompañado de su hijo mayor, a buscarme para asegurarse de que acudiría. No les importó mi vestuario, así que no tuve más remedio que acompañarles.

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “La cabaña (II)”

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Capítulo I

Cierto día, ocurrió algo por completo inesperado. Era principios de verano y el calor ya comenzaba a ser acuciante. Una familia de turistas llegó a mi cala. Los humanos somos curiosos por naturaleza. En verdad, me extrañaba que no hubiese ocurrido antes. Salí de mi pequeña cabaña para saludarles. Mis ropas no eran las mejores, no eran los caros trajes que antaño solía utilizar para ir al trabajo, pero siempre estaban limpias y de vez en cuando las reponía. No se podía decir que viviera en andrajos. Pero he de reconocer que mi aspecto tampoco era el más normal del mundo, así que no me extrañé cuando aquella familia al principio desconfió de mí.

Si os soy sincero, mi primera reacción también fue de desconfianza. Llevaba demasiado tiempo solo y las pocas palabras que cruzaba en el pueblo al hacer la compra tampoco me habían granjeado amistades allí. Y la verdad es que tampoco las buscaba. Para mí, mi vida era perfecta ahora tal y como era. Ya la vida se había encargado de demostrarme que detrás de una amistad suele haber una gran dosis de interés, y yo ya no quería formar parte de aquella rueda.

Pero, según fue pasando el día, entre aquella familia y yo se instaló una especie de cordialidad que terminó resultándome bastante agradable. Aquella noche pensé mucho en lo que había ocurrido. Me debatía entre dos sentimientos encontrados. Uno de ellos me decía que ya estaba preparado, que necesitaba de otros seres humanos para que mi vida fuese en verdad plena. El otro, más conservador, me decía que me había sentado bien salir de mi rutina eremita y relacionarme con otras personas pero que, en realidad, prefería seguir viviendo como hasta ahora.

Si os digo la verdad, no fue solo aquella noche la que duró mi debate interior. Pasé varios días, nervioso a más no poder, sopesando las dos posibilidades. No descansaba bien por las noches y durante el día no podía concentrarme en la más mínima tarea. Solo cuando mi corazón tomó una decisión comencé a notar cierta calma. El pensamiento más conservador ganó al final la batalla. Tras todos aquellos días de meditación pura y dura, en los que pasaba largos periodos contemplando el mar, fue una puesta de sol la que me ofreció la gran revelación que tanto ansiaba encontrar. Sentía pánico absoluto al contacto con la humanidad y que esta alterase, con sus viciados comportamientos, el nivel de plenitud que se había instaurado en mi vida desde que comenzó mi retiro minimalista.

Así pasé un año más. En total fueron cinco los que transcurrieron en la soledad más absoluta, mientras intentaba establecer el mínimo contacto posible con la civilización. Por aquellos tiempos ya llevaba realizados grandes y hermosos cambios en mi cabaña. Ya no era la pequeña y sobria de los inicios. No solo había ganado en extensión, sino también en mobiliario y decoración. Todo ello lo había hecho yo con mis propias manos y todo el tiempo del mundo, a excepción del cómodo colchón que yo mismo había acarreado hasta allí. El trabajo duro y el clima de la costa habían convertido al delgado oficinista que llegó por casualidad a aquella cala, en un fornido y curtido hombre de anchas espaldas y fuerzas descomunales. Como la mayor parte del trabajo físico lo realizaba sin cubrirme el torso con ninguna prenda, lucía un espectacular bronceado durante todo el año.

Mis anhelos ermitaños me llevaron también a cultivar un pequeño huerto en la zona donde terminaba la arena, en el espacio dejado por los árboles que yo mismo había serrado. Este me proveía de alimentación variada durante todo el año, por lo que mi dieta poco a poco fue transformándose en vegana. Con ello, mis visitas al pueblo cada vez se reducían aún más.

Una larga melena rizada llegó a cubrirme los hombros, lo que hacía que tuviese que recortarla de vez en cuando con mi afilada navaja. Siempre la llevaba recogida en un moño alto que yo mismo sujetaba con un pequeño palo. La barba también creció lo suyo durante esos años, con la diferencia de que jamás la recorté, por lo que me llegaba hasta la zona del ombligo. Ya la podía ver recubierta de pequeñas canas, clara señal del paso del tiempo.

CONTINUARÁ…

 Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “La cabaña (I)”

Por capítulos: “La cabaña (I)”

 

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Imagen propia. Derechos registrados.

 

 

LA CABAÑA (I)

Harto como estaba de la vida en la gran ciudad, cargada de prisas y de ansiedad, llegó un momento en que necesité hacer un pequeño impase, un ligero paréntesis dentro del alocado frenesí de mi vida. Siempre he pensado que a toda persona le llega un momento en la vida en que necesita un cambio, un giro radical, un paréntesis para reflexionar si el camino vivido es aquel que quería vivir.

Mi trabajo como agente de bolsa me había generado un considerable capital, disponía de todos los lujos inimaginables a mi alcance, pero también me había llevado a una vida de estrés y ansiedad que ya me envió al hospital en un par de ocasiones. Aparte de que me había impedido tener una compañía sentimental estable y había echado al traste mis ilusiones de ser padre. Así que, cuando llegó el momento en el que decidir entre mi trabajo y mi salud, tanto física como emocional, no lo dudé ni un instante.

Presenté la baja en el trabajo justo unos días antes de comenzar mis vacaciones de verano, para qué esperar más días con aquel sufrimiento. Perdí mucho dinero con ello, algo que siempre había sido un objetivo primordial en mi vida, pero no me importó. Es algo que no te importa cuando descubres que el dinero no te sirve de nada si no gozas de salud para disfrutarlo o si la vida que te proporciona no te satisface.

En esos días previos a lo que sería mi periodo vacacional, aproveché para dejar algo encauzada mi hasta entonces vida. Recogí las mínimas pertenencias que estimé necesarias y partí, cerrando mi casa como si fuese a regresar en cualquier momento, aunque con la convicción de que ya no regresaría jamás. El avión que tomé para acercarme a mi destino costero fue el último lujo que me permití en mucho tiempo, aún hasta el día de hoy.

Pasé unos días en el alojamiento que tenía reservado para mis solitarias vacaciones, y esos días los empleé en inspeccionar la zona. No tardé mucho en localizar una pequeña cala, ajena a miradas indiscretas, y perfecta para mi objetivo. Durante aquellos días, dispuse del tiempo necesario para pensar con mucha calma y confirmar que había elegido el camino correcto, el que quería recorrer. Y que el lugar fuera el apropiado.

Fueron varios los días los que tardé en tener completado mi objetivo. Días duros trabajando de sol a sol, acompañado tan solo del rumor de las olas y el sonido de las gaviotas. Al principio necesité de varias noches adicionales en mi alojamiento. Fue más duro de lo que pensaba. Pero cuando por fin vi mi pequeña cabaña terminada, la satisfacción fue inmensa.

Por completo construida en madera, de forma bastante rudimentaria, mi cabaña se encontraba en un rincón de la preciosa calita, a una distancia prudencial para que las mareas no me alcanzasen. Un atolón de piedras algunos metros mar adentro, me protegería del oleaje, puesto que las olas rompían allí, llegando a mí calmadas, a pesar de tratarse de pleno océano. El interior, por supuesto también era por completo de madera. Gruesas vigas atravesaban el techo, quedando al descubierto. El suelo, también de madera, construido de forma bastante tosca y ruda, fue lo que más me costó. Con tablones que iba encontrando fui construyendo la mesa, varias sillas y un sillón.

Pasé varios años en la más absoluta soledad. Solo tomaba una bicicleta, que había comprado al poco de llegar, una vez a la semana para acercarme al pueblo y hacer algo de compra. Siempre viandas ligeras. Adelgacé cerca de treinta kilos en aquellos tiempos, dejé crecer mi barba sin limitaciones y mi piel se curtió por el sol y el viento de la costa. No necesitaba nada más que estar conmigo mismo para ser feliz. Yo mismo me describiría como una especie de ermitaño.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “Los colores mágicos”

Por capítulos: “Los colores mágicos”

LOS COLORES MÁGICOS

Como siempre, os dejo con el relato completo para aquellos que os hayáis perdido algún capítulo o prefiráis leer del tirón.

 

LOS COLORES MÁGICOS

Cuando a Jaime, a la temprana edad de seis añitos, su tía Julia le regaló un maletín de pinturas, se sintió el niño más feliz del universo. Además fue un regalo inesperado, porque no era ni su cumpleaños, ni su santo, ni nada de eso. Se lo había regalado porque sí, porque le quería, y aquello hacía que el regalo tuviese por lo menos… ¡el triple de valor! Pero es que además no era un maletín de pinturas normal y corriente. No era la típica caja de lápices de color que le compraban sus papás, no. Aquel maletín tenía tres pisos. En el piso inferior, había lápices de colores que él ni siquiera conocía, además de una buena cantidad de pinturas de cera, de las blanditas, de las que a él le gustaban. Con ellas podía hacer unos dibujos estupendos, pintando con colores debajo y cubriéndolo todo del color negro después. Para terminar, hacía con un palillo, un bolígrafo o cualquier otro objeto punzante, un dibujo sobre la capa negra, obteniendo un precioso dibujo con los mil colores que había usado debajo.

En el segundo piso, dos largas hileras de rotuladores de todos los colores habidos y por haber. ¡Si incluso había uno de color carne! ¡Ese que era tan difícil de encontrar! Sus papás no le dejaban utilizar rotuladores, porque decían que se mancharía mucho, pero en el cole sí los usaba y ¡le encantaban! Esperaba que a partir de ahora, que tenía su nueva caja de colores, le dejasen usarlos porque con ellos era capaz de colorear los dibujos de una manera genial.

Pero lo que más llamó su atención fue el piso superior. Estaba repleto de pinturas que él jamás había utilizado. Había acuarelas, carboncillos, ¡e incluso óleo para poder hacer cuadros! Estaba tan entusiasmado con su nuevo estuche de pinturas que se pasó más de una hora contemplándolo, con miedo a tocarlo, para no desorganizar el código de colores tan bonito con el que venía vestido. Mientras, su madre y su tía tomaban un café hablando de sus cosas, sin niño que las interrumpiese.

El silencio de Jaime en la casa se hacía bastante notorio, pues estaban acostumbrados a los gritos y juegos del pequeño. Llegó un momento en que su mamá llegó a asustarse y animó a Julia para que fuesen a ver qué estaba haciendo su hijo. Se quedaron absortas cuando entraron en la habitación y vieron a Jaime sentado en el suelo, contemplando el maletín con embrujo, por completo en silencio y aún con cara de asombro. Pasaba la mano por los colores con delicadeza, como si temiese estropearlos.

Y lo cierto es que, desde aquel día, Jaime cuidaba su maletín como oro en paño. Le tenía reservado un lugar de honor en su pequeña estantería y no dejaba que nadie utilizase su gran caja de colores. Los trataba con un gran cariño, observándolos a cada momento. Y aún tardó varios días desde que recibió a aquel regalo tan especial hasta que se decidió a utilizarlos, como si tratase de evitar que se desgastasen.

Lo que no se imaginaba Jaime era de lo que aquellos colores le iban a hacer vivir.

Al cabo de varios días, casi una semana, a la vuelta de la escuela Jaime se decidió a abrir su enorme caja de colores. Decidió empezar por los lápices de colores. Tomó de uno de sus cajones un bloc de dibujo y comenzó a trazar líneas con su lápiz de grafito. El lápiz se deslizaba con demasiada facilidad sobre el papel y el trazo era muy definido para un niño de su edad.

Cuando contempló su dibujo, Jaime quedó maravillado. Era el mejor dibujo que sin duda había hecho nunca. Más que satisfecho con el resultado, decidió colorearlo con los lápices de color para que quedase espléndido. Empezó un poco temeroso, pues a él siempre se le salía el color del dibujo, con algunos rayajos que sobresalían por doquier. Pero, en esta ocasión, los colores se deslizaban con tanta facilidad que era imposible salirse del dibujo. El resultado fue de una precisión impresionante.

Sobre su bloc de dibujo aparecía imponente un precioso castillo con una princesa subida en la más alta torre. Un dragón furioso escupía fuego por la nariz mientras se aproximaba al balcón. La princesa tenía una cara de inmenso horror. Por una esquina del bloc, un valiente caballero asomaba espada en mano dispuesto a rescatar a la pobre princesa en apuros. Aquel dibujo era digno de estar expuesto en una de las mejores galerías de arte, o incluso en un museo.

Satisfecho con el trabajo que había realizado, Jaime se dispuso a cerrar el bloc. No quería que sus colores se gastasen el primer día. Sobre todo cuando había hecho un dibujo tan excelente. Verás cuando se lo enseñase a sus padres. Estaba claro que iban a alucinar, seguro que incluso se pensaban lo de apuntarle a una academia de arte. Si él ya sabía que sería un gran artista.

Pero, justo antes de que cerrara el bloc, una extraña fuerza le absorbió y de pronto se vio dentro de su pintura. Era el valiente caballero que se proponía luchar contra el dragón para salvar a la bella princesa. ‘Madre mía’, pensó Jaime, ‘estos colores son mágicos, ¿y ahora qué hago yo?’ Pero, como si ya estuviese escrito en el guión de la historia que había dibujado antes, en seguida se vio luchando contra aquel fiero dragón. Se llevó una buena quemadura en un brazo, pero consiguió acabar con él. La lucha fue encarnizada, nada fácil, pero logró su intención de salvar a aquella preciosa princesa encerrada en su colosal castillo. Esta, al verse libre del dragón que la estaba acosando, bajó rauda las escaleras del castillo y, dándole a Jaime un gran abrazo, le entregó un mechón de su larga cabellera rubia, para que siempre le protegiera y en símbolo de gratitud.

Sin saber cómo, logró salir de su pintura y se encontró de nuevo en su habitación, con el trozo de cabello rubio entre sus dedos y una gran quemadura en el brazo. Guardó con mimo el mechón en uno de sus cajones y se tapó la herida del brazo. Puso a buen recaudo el bloc de dibujo. No les diría nada a sus padres hasta que no estuviera seguro de lo que estaba ocurriendo.

Pasaron tres o cuatro días hasta que Jaime se atrevió a utilizar su maletín de pinturas de nuevo. La experiencia anterior, la lucha con el dragón, le había dejado anonadado y su pequeña pero madura mente infantil no le dejaba entender lo que había ocurrido. Pero ahora que habían pasado unos días, se sentía con la fuerza y la valentía necesarias para intentarlo.

A la llegada del cole, después de hacer los deberes y merendar, se encerró en su habitación. Cogió con mucho cuidado el maletín para no dañarlo y sacó del cajón el bloc de dibujo. Allí seguía, impresionante, su dibujo anterior, el del dragón y el castillo. Pasó la página con violencia, no fuese que le atrapase dentro de aquella historia otra vez, y se enfrentó a una nueva página en blanco.

Esta vez decidió realizarla con el estilo que tanto le gustaba. Miles de colores bajo una gruesa capa de cera negra. Así que, con suma cautela, tomó las ceras de decenas de colores que traía su preciado regalo y comenzó a colorear la página con ellas, siguiendo el estricto orden de los colores del arco iris. La página del bloc quedó por completo cubierta por siete franjas de color: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta; según le habían enseñado en la escuela. Para finalizar la tarea, cubrió los colores con su cera negra, que quedó visiblemente más reducida. La contempló durante unos instantes casi con tristeza, pero al final decidió que los colores estaban para usarlos y que no estaba dispuesto a no disfrutar de su regalo por no gastarlo. Además, estaba muy inquieto por conocer el resultado de su dibujo de hoy.

Cogió un palito algo ancho de plástico, que solía utilizar para hacer este tipo de dibujos y, por si acaso, trazó sobre la cartulina una escena de playa con unos niños jugando en el mar y otros en la arena. Pensó que quizá como su palito no era mágico, el resultado no sería tan perfecto como el anterior. Nada más lejos de la realidad, pues cuando terminó pudo contemplar otra auténtica obra de arte. Los dibujos surgían con una calidad que nunca antes había conseguido. Incluso consiguió reconocerse en uno de los niños que estaban jugando dentro del agua. Sonrió satisfecho del resultado y, como el otro día, comenzó a cerrar el bloc cuando una fuerza de atracción invisible le llevó de nuevo dentro del dibujo.

Aquella vez fue increíble, eran sus amigos, pero todos llevaban bañadores a franjas con los siete colores del arco iris. Allí estaba Luis “el gafotas”, María, Íker, Alejandro, Claudia, Asier, Elena… Por el despiste de quedarse absorto en la escena que estaba viviendo, una ola traicionera le lanzó al suelo. Aquella tarde fue fantástica, disfrutó de las olas del mar, del cálido sol del verano y construyendo castillos de arena con todos sus amigos, sin ningún adulto que les controlase ni les limitase.

En una de esas olas juguetonas que llegaban a la orilla, el mar arrojó a los pies de Jaime una concha preciosa. Era perfecta, no le faltaba ni un trocito, con sus ondas y varios colores. Le pareció que era la concha más bonita que había visto jamás. Desde luego, mucho más bonita que las que encontraba cuando iba a veranear a la casa que su abuela tenía en Benidorm.

Cuando mejor se lo estaba pasando, el dibujo le lanzó fuera. Cayó de culo en el suelo de su habitación, mojado por entero y con la preciosa concha en la mano. Su madre le estaba llamando  para cenar. Guardó la concha en el cajón, junto al pedazo de cabello de la princesa, se puso el pijama, se secó el pelo lo mejor que pudo y fue a cenar con una gran sonrisa.

Sus padres ni siquiera se imaginaban lo que estaba ocurriendo. Tenía un secreto, y eso le provocaba un cosquilleo en el estómago que le gustaba mucho. Cenó sin rechistar con la sonrisa en los labios y, de nuevo, no volvió a contar nada de sus vivencias.

Jaime esta atónito ante lo que le estaba ocurriendo con aquel mágico maletín de pinturas. No se lo había contado a nadie y eso le hacía sentirse muy especial. A buen seguro, tendría diversión garantizada cada tarde, solo tenía que tener cuidado con lo que dibujase, para no meterse en algún mal lío del que luego no pudiese escapar. Tenía aún muy reciente la lucha contra aquel dragón malo que quería ir a por la princesa.

Así que al día siguiente no se lo pensó dos veces. Apenas llegó a casa y merendó, pues era viernes y tenía tiempo para hacer las tareas el sábado, se subió raudo a su habitación. Su madre ya se estaba preocupando un poco por los encierros a que se sometía su hijo cada tarde, pero como él le había dicho que estaba pintando y sabía que esa era su gran pasión, tampoco le dio mayor importancia.

Aquella tarde, Jaime decidió abrir el estuche por la espléndida bandeja de acuarelas que tantas ganas tenía de probar. Bajó con sigilo a la cocina a por un vaso de agua y subió de nuevo con rapidez. Escogió uno de sus pinceles, el que pensó que le permitiría hacer trazos más sutiles y, utilizando el violeta como color principal, pues era uno de sus favoritos, comenzó a pintar en el bloc de dibujo.

El pincel se deslizaba sobre la cartulina como la seda. Delicados trazos se contraponían a algunos más furiosos en el fondo del dibujo. Aquel día, decidió dibujarse a sí mismo en un enorme campo de lavanda, aspirando la fragancia de una de sus bonitas flores. De nuevo, cuando vio el dibujo terminado, pensó que era digno de ser enmarcado. Sin duda tenía talento, al menos mientras tuviese aquellas pinturas. Y cuando llegase el día en que se le acabasen, le pediría a su madre o a su tía que le comprasen otro maletín exactamente igual.

Esta vez ni siquiera tuvo que intentar cerrar el bloc. En cuanto comenzó a sentir la suave fuerza de atracción que ejercía la pintura, se dejó llevar con calma, con los ojos cerrados para disfrutar más de aquella experiencia. Cuando los abrió se encontraba en un enorme campo de lavanda como el que había pintado. La fragancia que despedían las flores era maravillosa y se acercó una de ellas a la nariz para poder aspirar aquel delicioso aroma. Corrió con total libertad entre aquella naturaleza de color violeta, mientras con las manos acariciaba las plantas, que desprendían aún más aquel delicioso olor.

Pensó que ojalá viviese en el campo, para poder disfrutar de aquello cada día, en lugar de en su ciudad, donde todo estaba sucio, había muchos coches y el ruido era ensordecedor. Sin duda, se sentiría más feliz, como lo estaba siendo en aquellos momentos. Se sentía dichoso, afortunado, de poder estar disfrutando de aquella naturaleza han majestuosa.

El sol comenzó a descender en el cielo. Jaime comprendió que era hora de regresar a su cuarto, pero antes agarró una flor de lavanda, para llevarla de recuerdo, como en sus anteriores aventuras. Justo terminaba de coger la flor, cuando fue expulsado de la pintura. Se quedó muy sorprendido cuando comprobó que su pintura no era exactamente la misma que él había dibujado, sino que ahora representaba un campo de lavanda al anochecer. Los suaves tonos violetas que él había empleado, se habían tornado en morado oscuro con el anochecer.

Al igual que otras veces, su madre le llamó a la cena justo en aquel momento. Guardó la flor de lavanda en el cajón, junto con el bloc y el resto de recuerdos que había ido recopilando, y bajó a cenar como si nada.

A sus padres les extrañó el intenso olor a lavanda que había de pronto en la cocina, pero a ninguno se le ocurrió que podría ser a causa de su hijo. Jaime, con una media sonrisa, comía su sopa como si nada hubiese ocurrido.

A Jaime solo le quedaban por utilizar las pinturas al óleo. El maletín traía una paleta de madera donde distribuirlas y mezclarlas a su antojo. Pero necesitaría un lienzo donde utilizarlas. No le importaba no tener un caballete, ya se las apañaría, pero lo que sí quería era un lienzo. Estuvo varios días pidiéndoles a sus padres que le comprasen uno. Hasta que, por fin, lo consiguió.

Aquel viernes por la noche fue incapaz de dormir, pensando en el cuadro tan maravilloso que podría pintar y en las aventuras que este le haría vivir. Tendría que pensar muy bien lo que iba a pintar, si no quería verse metido en problemas. Serían cerca de las seis de la mañana cuando decidió qué era lo que iba a pintar. Los primeros rayos de sol ya se colaban por las rendijas de la persiana cuando, por fin, cayó rendido en un plácido sueño.

El sábado se levantó temprano. Apenas había dormido un par de horas, pero no le importó. Estaba ansioso por pintar el cuadro que había elegido, seguro que quedaba fantástico. Sus padres pasarían buena parte de la mañana haciendo limpieza en casa, así que disponía de bastante tiempo antes de que le interrumpieran. Tomó su desayuno en un visto y no visto y corrió a encerrarse en su habitación.

Tomó uno de los flamantes pinceles que venían junto con las pinturas al óleo, puso varios colores de las mismas en la bonita paleta y comenzó a hacer trazos sobre el lienzo. Como las veces anteriores, los pinceles se deslizaban con una facilidad pasmosa por el mismo. Él, que jamás había pintado un cuadro, estaba super contento con lo que iba saliendo. Se pintó a él mismo, junto con su familia, pasando un estupendo día en el campo.

Un río de tranquilas aguas fluía a la vera de la vega donde estaba disfrutando con su familia. Las pinceladas hacían que el río pareciese real, con un azul oscuro que contrastaba con el azul claro del cielo, donde brillaba un espléndido sol. Jaime y su hermana saltaban desde una roca a las frescas aguas del río, mientras sus padres preparaban una rica barbacoa en la orilla. Unos altos álamos proporcionaban la sombra que necesitarían después para comer todas aquellas cosas ricas que sus padres estaban preparando.

Cuando dio por finalizado el cuadro, se sintió de lo más satisfecho. Era todo un artista, cuando lo viesen sus padres se iban a volver locos de alegría y seguro que le apuntaban a la escuela de arte. Dejó el pincel en un vaso de agua que había preparado, puso la paleta de pinturas sobre la cama, y de inmediato se sintió trasladado al interior del cuadro. Disfrutó de una jornada inolvidable junto a su familia y, después de la deliciosa comida, se quedo tranquilo, dormitando a la sombra de uno de los altos álamos que crecían en la orilla del río.

Era ya la hora de comer y los padres de Jaime estaban extrañados de que no hubiese salido de su habitación en toda la mañana del sábado. Abrieron con cuidado la puerta y le encontraron dormido, agotado, sobre la cama, con la ropa empapada. El lienzo estaba lleno de pinceladas sin sentido, justo al lado de la cama. Cuando le despertaron, Jaime estaba por completo perdido. ¿No estaba en el río con su familia? ¿Por qué de repente estaba en su cama? Entre sus manos, estaba la flor que cortó para su madre justo antes de quedarse dormido. Entonces recordó sus pinturas. ¡Era el momento de decírselo a sus padres! ¡Aquellas pinturas eran mágicas y, además de poder hacer unos dibujos preciosos, te adentrabas dentro de ellos!

—Jaime, cariño, la imaginación es capaz de hacer cosas maravillosas. Incluso puede hacer que unas pinturas normales puedan ser… ¡mágicas! Tienes una imaginación desbordante, mi cielo…

La contestación de su madre le dejó descolocado. Fue hasta el lienzo, para enseñarles el magnífico cuadro que había pintado, y lo encontró lleno de pinceladas sin orden. Corrió hacia sus cajones, en busca de su bloc de dibujo. Ahí estaban todos los preciosos dibujos que había hecho los días anteriores. Se quedó boquiabierto cuando vio que los dibujos eran meros garabatos, como los que siempre le salían. Las personas eran monigotes de brazos y piernas rectas y el dragón más bien parecía un cocodrilo raro. ¿Era posible que todo hubiera sido producto de su imaginación? No pudo evitar romper en llanto.

Su madre le consoló diciéndole que tener imaginación era lo mejor que podía pasarle, y que eso era extraordinario, que él era especial. Más calmado, pidió a sus padres unos minutos para cambiarse de ropa antes de ir a comer.

Con la ropa ya seca, contempló la flor que había quedado sobre la cama. Si todo había sido fruto de su imaginación, ¿cómo es que tenía la flor allí? Abrió el cajón donde había guardado el resto de cosas y, con una sonrisa, guardó la flor junto con el mechón de pelo rubio de la princesa, la preciosa concha que había recogido de la playa y la flor de lavanda que olía tan bien. Sabía que no lo había imaginado, quizá los dibujos no fuesen tan espectaculares como él había pensado, pero las historias vividas habían sido reales. Y eso era algo que solo él sabría. Su gran secreto.

Gracias a las pinturas mágicas, quizá no sería un gran artista, pero eran muchas las aventuras que le quedaban por vivir.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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