Por capítulos: “Cartas a tu recuerdo (I)”

Por capítulos: “Cartas a tu recuerdo (I)”

 

CARTAS A TU RECUERDO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

 

CARTAS A TU RECUERDO (I)

14 de febrero de 2011

Amor mío,

Hace tan solo dos días desde tu partida y te añoro de una manera que jamás habría podido imaginar. Me resulta tan incomprensible tu ausencia que estoy en un estado de shock perpetuo, viendo cómo las horas pasan girando en mi rededor cual autómatas en una feria. Dicen que tengo la mirada perdida en un infinito imaginario en mi mente aturdida por tu ausencia, que no respondo a sus llamadas, que no he conseguido dormir desde que te fuiste.

Dicen que mi reacción es exagerada. No pueden comprenderlo. Ellos no pueden siquiera llegar a sentir el amor tan inmenso que yo siento por ti y que tú, a pesar de todo, también sientes por mí. Tu marcha me ha dejado noqueada, fuera de juego por completo. Mi mente racional intenta encontrar una explicación a tu repentina marcha, pero no la encuentra, está fuera de toda lógica. Mi corazón, ¡ay!, mi corazón ha quedado destrozado, derruido, aniquilado.

He intentado salir en tu busca. En estos dos días he perdido la cuenta de las veces que he imaginado nuestro reencuentro, amor mío. He imaginado que volvíamos a estar juntos, abrazándonos, besándonos, amándonos, como siempre hacíamos. Y como siempre seguiré haciendo contigo, eso nada lo podrá cambiar. Pero no me dejan partir hacia tu encuentro, dicen que estaría cometiendo el mayor error de mi vida, pero es que yo no concibo mi vida sin ti. Eso es lo que no comprenden. ¿Para qué quiero seguir aquí si no vas a estar a mi lado? Sacrificaría todos mis sueños, mis ilusiones, mis amistades, mis seres queridos, solo por volver a estar a tu lado, juntos, como siempre.

Hace tanto tiempo que no estoy sola que ni siquiera sé si sabré vivir sin ti. A lo mejor estoy abocada a una muerte lenta y segura. Desde luego, solo veo oscuridad ante mis ojos anegados en lágrimas. Fijo mi mirada en las cosas que has dejado en nuestra casa, pero solo veo esta maldita oscuridad que lo envuelve todo, que se entremezcla con las lágrimas de días y se vuelve una oscuridad empañada.

Y recuerdo. Sobre todo, recuerdo. Recuerdo todos los planes que habíamos hecho para este día, este San Valentín lluvioso. El vestido negro que compré para nuestra cena especial sigue colgado de la misma percha en que lo dejé, sabiendo que jamás será utilizado, porque ese vestido lo compré para ti, solo para ti, mi vida.

En los escasos momentos en los que me dejan a solas, dejo salir la rabia que llevo acumulada dentro de mí. Porque he de confesarte que siento una rabia infinita, el enfado más potente que haya sentido en mi vida. Y arremeto contra tu recuerdo con furia, preguntando una y mil veces cómo has podido hacerme esto. Con lo felices que éramos… Todo ha quedado ahora vacío en mi vida, por tu culpa, que no has sabido mantenerte a mi lado, para toda la vida, como una vez me prometiste. Pero, tras esos momentos de rabia, el dolor es cada vez más intenso y, por ello, me dicen que cada vez estoy más ausente.

Hoy escribo esta carta para ti sabiendo que nunca podrás leerla, pero ello no me detiene. Si no puedo expresarte mis sentimientos, tengo que hacerlo de la única manera que se me ocurre, siento que necesito liberar todo el amor que recorre mis venas por ti. Hoy sustituyo tus besos por esta hoja de papel.

Aún conservo la esperanza de reencontrarme  contigo, amor mío. Que me dejen salir en tu busca y recorreré cielo y tierra hasta encontrarte y que nuestros labios vuelvan a unirse para siempre.

Siempre tuya,

María

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

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Por capítulos: “Aventura en Escocia”

Por capítulos: “Aventura en Escocia”

 

AVENTURA EN ESCOCIA
Imagen: Morguefile (editada)

 

Como siempre que termina una serie, os dejo el relato completo, para que aquellos de vosotros que preferís leerlo del tirón podáis hacerlo. Espero que os guste.

AVENTURA EN ESCOCIA

Por fin había llegado el momento. Llevaba meses preparando aquella aventura, porque para mí era una auténtica aventura. Para mis dieciséis años recién cumplidos, viajar al extranjero y pasar fuera unos meses no podía ser considerado de otra manera. Por mucho que mis padres se empeñasen en creer que era un viaje para mejorar mi inglés.

He de decir que mi nivel de inglés ya era casi perfecto. Esto mis padres no lo sabían, pero yo había dedicado buena parte de mis últimos años, desde los trece más o menos, a visualizar vídeos y escuchar grabaciones en ese idioma. Autodidacta, sí, pero de las buenas. No solo mi pronunciación era prácticamente perfecta, sino que había absorbido como una esponja todas las expresiones habituales de las que había sido capaz.

Por eso, aquel viaje a Escocia que iba a realizar, supuestamente para mejorar mi inglés, para mí no era tal, sino una aventura en la que podría ser libre por primera vez en mi vida. Había hablado varías veces con la familia vía Skype, y parecían un matrimonio tranquilo, ya entrado en años. Podrían ser mis abuelos, así que les consideré la familia perfecta para poder salir de casa sin límites. Por fin iba a poder vencerlos, cosa que en mi casa no conseguía. En mi mente, durante meses, se había urdido el plan perfecto. Y mis padres no solo picaron de inmediato, sino que además corrieron con todos los gastos.

Ya en el aeropuerto, entre abrazos sentimentales y lágrimas por parte de mi madre, que veía cómo su niña pequeña iba a dejar el país durante tres largos meses, yo esperaba ansiosa a pasar el control y dar comienzo a mi aventura. Dormí durante todo el vuelo, mientras soñaba con mis nuevos amigos escoceses, esas amistades que me había encargado de forjar durante este tiempo. Y también con noches de fiesta, alcohol corriendo sin medida por mis venas e incluso con perder mi triste virginidad con Andrew, ese pelirrojo tan guapo que se encontraba entre mis nuevas amistades. ¿Por qué no? Ya era mayor y, por fin, sería libre durante unos meses.

Quizá incluso encontrase trabajo y me quedase allí, libre de las ataduras de mi familia, en una pequeña casita que alquilaría con mi sueldo. Al fin y al cabo, solo me faltaba un año para la mayoría de edad. ¿Por qué no adelantar mi sueño un poquito? Solo un poquito. Total, soñar es libre.

Reconocí a la perfección a la pareja de ancianos que me iban a dar alojo durante estos meses. Les abracé con efusividad, cosa que no esperaban y les sorprendió, aún no sabían que iban a ser mi tabla de salvación. Viajamos en coche hasta Pitchlory, al norte de Edimburgo, el bello pueblo en el que residían, al igual que mis hasta ahora virtuales amigos. Sabía que residían en una bonita casa de ladrillo rojo en las afueras del pueblo. Las fotografías que me habían enviado del lugar eran casi idílicas.

Como era de esperar, mi comunicación con ellos fue fluida desde el primer momento. Les sorprendió mucho que quisiese mejorar mi nivel de inglés cuando lo hablaba casi a la perfección, pero pronto les expliqué que mi reto era acostumbrarme al acento escocés. Para mi sorpresa, parecieron conformes con aquella escueta explicación, que se sostenía con hilos. Pero aún mayor fue mi sorpresa cuando llegamos a la casa.

Era preciosa, según había visto ya. Mi habitación estaba cuidada con sumo detalle. De hecho, se habían tomado la molestia de prepararla para mí. Tenía una gran cama de forja para mí sola, grandes estanterías que rellenar con mis libros y una zona de estudio donde colocar mi portátil. La sorpresa me la llevé al asomarme a la ventana. Mi subconsciente estaba preparado para ver un enorme campo de flores, una pradera idílica reverdecida por la lluvia, o un simple campo de pasto verde con vacas reposando perezosas, rumiando. Pero lo que me encontré era por completo diferente a todo lo que había podido imaginar hasta el momento.

No pude evitar soltar una exclamación, mezcla de sorpresa y de temor, cuando vi que ante mi ventana se extendía un antiguo cementerio. De hecho, el jardín posterior de la casa, que también podía contemplar desde mi ventana, estaba separado solo por un muro de vegetación de las viejas lápidas de piedra.

Noté cómo mi respiración comenzaba a agitarse, ante la atenta mirada de la pareja de ancianos, que no comprendía lo que estaba ocurriendo en mi interior. Me preguntaron si todo estaba bien, si era de mi agrado o si, por el contrario, había algún problema. Logré recuperar la normalidad antes de contestarles que todo era perfecto, de manera afable. Sonrieron ante mi respuesta y me indicaron dónde estaba el cuarto de baño, por si quería darme una ducha antes de la cena, que sería a las siete de la tarde.

No me sorprendió la hora tan temprana de la cena, ya sabía que los horarios europeos eran bastante diferentes de los nuestros. De hecho, para esa hora ya era de noche en aquel pueblecito escocés. Me di la ducha, que me sentó de maravilla, y acudí a mi primera cena con mi nueva familia. Todo estaba exquisito, me sorprendió de manera muy grata la habilidad culinaria de aquella pareja tan amable. Estaba deseosa de probar la gastronomía escocesa y, si todo estaba tan rico como aquello, tendría que tener cuidado si no quería coger unos kilos de más.

Tras la cena, durante la que mantuvimos una agradable conversación, el matrimonio se fue a la cama. Me había quedado sola por completo a tan solo las nueve de la noche. Así que, como aún no conocía la zona y no tenía tan siquiera llaves de la casa para volver sin molestar, decidí subir a mi habitación. A fin de cuentas, el nerviosismo y la excitación que había sentido aquel día por el inicio de mi aventura, me estaban pasando factura y, tras la cena, ya acusaba un ligero cansancio. Encendí mi portátil, con intención de ponerme en contacto con mis virtuales amigos escoceses.

¡Mierda! Ni siquiera se me había ocurrido pedir la contraseña de la red wifi. Sin amigos con los que chatear, decidí vaciar mi maleta y colocar mis cosas. En el fondo del bolso encontré mi teléfono móvil, con unas cuantas llamadas perdidas de mis padres. ¡Me había olvidado de ellos por completo! Les llamé de inmediato, para que supieran que había llegado bien y que el matrimonio que me había acogido era encantador. Me tumbé en la cama y, vestida como estaba, con uno de mis libros preferidos entre las manos, me sumí en un plácido sueño que duró hasta altas horas de la mañana.

A la mañana siguiente, cuando quise despertar, los señores McAllary, Evan y Sheena, se encontraban ya preparando la comida. De la cocina salían agradables e intensos aromas que me hicieron la boca agua. Intenté tomar un bocado, aunque fuese un pedazo de pan con un vaso de leche pero, para mi sorpresa, su respuesta fue tajante. Me tendría que acostumbrar al horario que ellos llevaban, puesto que estaba alojada en su casa. La familia había preparado un delicioso “stovies“, a base de ternera, guisantes y salsa de tomate que fue como una tabla de salvación para mi hambriento estómago. A partir de aquel día, me aseguré de estar preparada para la hora del desayuno.

Más animada, les pedí a los McAllary la clave wifi y subí con celeridad a mi habitación para contactar, por fin, con mis nuevos amigos escoceses. Ninguno en línea. ¿Estarían en clases todavía? Lo que para mí suponían unas largas vacaciones de verano, para ellos no lo eran. Aún seguían acudiendo al instituto y lo seguirían haciendo durante casi toda mi estancia allí. De todas formas, aquello apenas tenía importancia. Ya me ocuparía yo de hacer la visita turística de rigor o convencería a los McAllary para que me sirvieran de guía. Yo lo que quería era conocer la noche escocesa y, sobre todo, encaminar mi relación de amistad con Andrew por otros derroteros más dulces.

Lo cierto era que, si me detenía a pensarlo, las veces que había chateado con aquel grupo tan peculiar de escoceses siempre había sido en fin de semana. Quizá durante la semana se dedicasen en cuerpo y alma a los estudios, en el fondo no conocía nada acerca de sus vidas.

Lo que más me llamó la atención fue que anocheciese tan temprano. Acostumbrada como estaba a las largas jornadas estivales de España, aquello era vivir como en un eterno invierno. Desde luego, aquel verano no me iba a broncear mucho, no. Los McAllary siempre me insistían en que no saliese por la noche, porque no era seguro, pero yo era bastante incrédula en ese sentido. La primera noche que conseguí escabullirme de la casa después de la cena, me quedé anonadada por el aspecto tan desolador que presentaba aquel pueblo, tan alegre y florido durante el día. Por las calles no caminaba ni un alma y todos los locales estaban cerrados.

Y cuando digo todos, me refiero a todos. No logré encontrar ni una mísera taberna abierta. Los que durante el día eran locales llenos de alegre bullicio y un constante vaivén de grandes jarras de cerveza, por la noche parecían verdaderos antros que te llevaban a pensar que llevasen décadas cerrados. Ya no sé si fue paranoia mía, pero comencé a ver sombras y a escuchar sonidos extraños. Os podéis imaginar la rapidez con la que regresé a casa y el alivio que llegué a sentir cuando cerré la puerta tras de mí.

Fue la única noche que salí de la calidez del hogar durante mi estancia allí. Esa y la que fuera mi última noche en Pitchlory.

He de confesar que, aunque consideraba que mi nivel del idioma era bastante bueno, en aquella temporada que pasé allí aprendí mucho. Expresiones nuevas, algunas típicas escocesas, y mejoré mi vocabulario en amplitud. La pareja de ancianos, aunque al principio pareciesen en exceso exigentes, resultó ser de lo más agradable. Disfrutábamos juntos de amenas charlas en el pequeño jardín trasero, durante la tarde, tomando un té riquísimo que preparaba Sheena. Jamás me contó qué tipo de té era, como si fuese un secreto familiar.

Lo que sí me contaron fueron muchas historias. De su niñez, de su juventud, de cómo se enamoraron, de la vida en Escocia, de las famosas High Lands… Historias que yo disfrutaba bastante, mientras hacía lo mismo con las historias de mi propio país.

Mis padres estaban por completo despreocupados. Hablaba con ellos a diario, vía Skype, y reconozco que en algunos momentos llegué a vislumbrar también una cierta necesidad en ellos de vivir en soledad durante una temporada, sin las preocupaciones que una adolescente, como yo, supuestamente les causaba. Yo veía las cosas con otra simplicidad y me parecía que se preocupaban en demasía. Pero, en fin, lo cierto es que me sentía feliz por ellos por haberse desprendido de esa carga durante una temporada, aunque hubiese sido por un engaño mío. Pensé que, en este caso, el engaño estaba más que justificado.

Llevaba ya allí un mes y todavía no había conseguido conocer a mis nuevos amigos. Salvo aquella primera extraña noche en la que ninguno de ellos estaba conectado, hablábamos por Skype todos los fines de semana, al igual que hacía desde España. Pasé mucho tiempo sola con la familia McAllary, ya que mis amigos todavía tenían clases durante el día y por las noches no solían salir. “No me extraña”, me dije para mí misma. Después de los extraños sucesos de aquella noche en que me aventuré a salir sola, ni se me ocurría poner los pies fuera de la casa después de la puesta de sol.

Dediqué bastante tiempo a buscar en Internet alguna explicación a este fenómeno, una leyenda, algo. Pero no encontré nada. Toda la información que encontraba sobre Pitchlory lo describía como un agradable pueblecito cuajado de flores, como un destino que no podías perderte en el caso de viajar a Escocia. No había ni un solo comentario sobre el tema. Llegué incluso a pensar que fueron imaginaciones mías. Lo más probable es que así fuera, pero también hay que reconocer que no encontrar a nadie por la calle resultaba un tanto sospechoso. De todas formas, yo no volví a salir, por si acaso.

El trato que recibía de la familia era estupendo, así que no tenía de qué quejarme. Juntos, recorrimos hasta el último de los rincones de la pequeña ciudad. Siempre terminábamos la excursión tomando algo en un auténtico pub escocés, porque si se les pudiera definir de alguna manera, solo cabría esa, auténticos. Probé la cerveza, que no tenía nada que ver con la que podía tomar en cualquier bar español, y casi me muero cuando un asfixiante trago de whisky bajó por mi garganta, arrasando mis amígdalas a su paso, para caer en el estómago como una pesada losa. Por supuesto, del final de nuestras excursiones jamás les conté nada a mis padres.

Una noche, en una videoconferencia con todos mis amigos, me dieron una gran noticia para mí. Dentro de un par de días, coincidiendo con el final de las clases, saldríamos a celebrarlo. Por lo visto, esa noche era la única, junto con fin de año, que salían de fiesta. Un hormigueo comenzó en mi estómago de inmediato. Por un lado, porque por fin iba a conocer a mis amigos. Por otro, por la inquietud que me producían las noches de aquel lugar.

Cuando llegó aquella noche me llevé una gran sorpresa. Todos mis nuevos amigos estaban en la puerta de la familia McAllary, para darme la bienvenida y llevarme de marcha. ¡Por fin los conocía! Después de varias semanas ya en aquella extraña ciudad, por fin conocía a mis amigos. En principio habíamos quedado en la plaza central, pero qué gran sorpresa me dieron.

A partir de aquel día, aunque allí no tuviesen la costumbre de salir por la noche, ya podría quedar con ellos durante el día y experimentar todas aquellas cosas que llevaba meses deseando, desde que comencé a planificar mi estancia allí. Estaba como loca de contenta, me sentía como una niña pequeña ante una enorme tarta de chocolate. Incluso los McAllary, aquella noche, me dijeron que estaba guapísima, que tenía un brillo especial en los ojos que nunca me habían visto. Era el brillo de la emoción.

Desde un primer momento busqué a Andrew con la mirada entre el gran grupo que vino a buscarme, pero no se encontraba entre ellos. Fui saludando a todos con un fuerte abrazo y mi ánimo decayó un poco por su ausencia. Lo cierto es que esperaba encontrarle allí. Pregunté a mis amigos virtuales, ya reales, por él y me dijeron que se uniría a nosotros más tarde. Por lo visto, tenía algunos asuntos que resolver aquella noche. A partir de ese momento, no le di mayor importancia.

Salimos juntos a recorrer los mismos pubs que ya había conocido de día con la familia McAllary y que, por aquella noche, estaban todos abiertos. El ambiente en el pueblo era festivo a más no poder, casi mágico, con todas aquellas luces desgastadas de las pequeñas tabernas que podías encontrar por doquier. No tenía nada que ver con el Pitchlory nocturno que conocí aquella noche hacía tan solo unas semanas, aunque parecía tan lejana en el tiempo que casi la había olvidado por completo.

Me estaba divirtiendo como nunca lo había hecho. Las jarras de cerveza bailaban de mano en mano dejando un rastro de alcohol entre nosotros. Todos cantábamos y bailábamos felices. Mis nuevos amigos resultaron ser una gente estupenda con los que pasé una noche muy, muy agradable.

En un momento de la noche en el que yo ya comenzaba a ver borroso a causa del alcohol, uno de mis amigos se acercó hasta mí y me contó que Andrew me estaba esperando, que quería conocerme a solas. Fue tanta la emoción que me causaron sus palabras que toda la euforia del momento me abandonó de sopetón para dejar rienda suelta al manojo de nervios que se instaló en mi estómago. Ni siquiera me detuve a pensar en lo extraño del lugar donde me había citado, en el cementerio que había en la parte posterior de mi casa. Solo quería encontrarme con él lo antes posible, así que me despedí de una forma un tanto abrupta de mis compañeros de baile y partí en solitario hacia aquel hasta ahora tétrico lugar, pero que por momentos se me antojaba incluso romántico.

Solo comencé a sentir un tenue cosquilleo de temor en el momento en que comenzaba a acercarme a los límites del cementerio. Pero entonces, de entre las sombras, apareció él con una enorme sonrisa que iluminaba su rostro, haciéndole más guapo aún si cabe de lo que le había encontrado a través de Skype. Me acerqué a él con timidez, repentinamente azorada, y cuando iba a darle dos besos, como acostumbramos en España, me sorprendió con un suave beso en los labios que prosiguió con otro más profundo. Mi corazón latía con fuerza dentro de mi pecho, palpitaba en mis sienes y en otras zonas más allá de los confines de mi cintura.

Me tomó de la mano y, para mi sorpresa, me guió al interior de uno de los pocos panteones que había en aquel peculiar cementerio. Yo le acompañé sin dudar, con la vista nublada y la razón también. El interior era hermoso como jamás hubiese podido haber imaginado. Extendido sobre el suelo, un tapiz de terciopelo rojo lo cubría todo, y decenas de velas alumbraban la estancia de manera sutil y romántica. Podía apreciar las bellas figuras talladas en la piedra de las paredes, así como los intrincados tallados del techo.

Andrew comenzó a besarme de nuevo en el interior de aquel maravilloso panteón y yo no opuse ninguna resistencia. Tampoco lo hice cuando comenzó a desvestirme con suavidad, hasta contemplarme por completo desnuda ante él. Todo mi rubor del comienzo había desaparecido para dejar paso al deseo que se estaba desatando con fuerza desde mi interior. Se desvistió con lentitud frente a mí, hasta que quedamos los dos enfrentados, reconociéndonos mutuamente, con los ojos ardiendo en deseo.

Me tumbó con delicadeza sobre el hermoso y suave tapiz y se situó sobre mí, con una mirada que hechizaba. Mis piernas se abrieron instintivamente y él se abrió paso en mi interior con calma. La luz de aquella estancia cambió de forma drástica a mi vista, en mi cabeza puesto que tenía los ojos cerrados. Maravillosas luces de colores danzaban a nuestro alrededor mientras recibía a Andrew dentro de mí. Sentí una gran explosión en mi cuerpo cuando, juntos, alcanzamos un clímax demoledor. Abrí los ojos, que hasta ese momento había mantenido cerrados, para deleitarme contemplando a mi amado. Mi último gemido quedó ahogado al comprobar que no era Andrew quien estaba alojado dentro de mí, sino una extraña y aterradora criatura que me miraba con ojos inyectados en sangre.

Comencé a escuchar un ruido extraño y giré la cabeza justo a tiempo para ver cómo la puerta del panteón se cerraba sola, para siempre.

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Por capítulos: “Aventura en Escocia (V)”

Por capítulos: “Aventura en Escocia (V)”

 

AVENTURA EN ESCOCIA
Imagen: Morguefile (editada)

 

Capítulo I       Capítulo II       Capítulo III       Capítulo IV

 

AVENTURA EN ESCOCIA (V)

Cuando llegó aquella noche me llevé una gran sorpresa. Todos mis nuevos amigos estaban en la puerta de la familia McAllary, para darme la bienvenida y llevarme de marcha. ¡Por fin los conocía! Después de varias semanas ya en aquella extraña ciudad, por fin conocía a mis amigos. En principio habíamos quedado en la plaza central, pero qué gran sorpresa me dieron.

A partir de aquel día, aunque allí no tuviesen la costumbre de salir por la noche, ya podría quedar con ellos durante el día y experimentar todas aquellas cosas que llevaba meses deseando, desde que comencé a planificar mi estancia allí. Estaba como loca de contenta, me sentía como una niña pequeña ante una enorme tarta de chocolate. Incluso los McAllary, aquella noche, me dijeron que estaba guapísima, que tenía un brillo especial en los ojos que nunca me habían visto. Era el brillo de la emoción.

Desde un primer momento busqué a Andrew con la mirada entre el gran grupo que vino a buscarme, pero no se encontraba entre ellos. Fui saludando a todos con un fuerte abrazo y mi ánimo decayó un poco por su ausencia. Lo cierto es que esperaba encontrarle allí. Pregunté a mis amigos virtuales, ya reales, por él y me dijeron que se uniría a nosotros más tarde. Por lo visto, tenía algunos asuntos que resolver aquella noche. A partir de ese momento, no le di mayor importancia.

Salimos juntos a recorrer los mismos pubs que ya había conocido de día con la familia McAllary y que, por aquella noche, estaban todos abiertos. El ambiente en el pueblo era festivo a más no poder, casi mágico, con todas aquellas luces desgastadas de las pequeñas tabernas que podías encontrar por doquier. No tenía nada que ver con el Pitchlory nocturno que conocí aquella noche hacía tan solo unas semanas, aunque parecía tan lejana en el tiempo que casi la había olvidado por completo.

Me estaba divirtiendo como nunca lo había hecho. Las jarras de cerveza bailaban de mano en mano dejando un rastro de alcohol entre nosotros. Todos cantábamos y bailábamos felices. Mis nuevos amigos resultaron ser una gente estupenda con los que pasé una noche muy, muy agradable.

En un momento de la noche en el que yo ya comenzaba a ver borroso a causa del alcohol, uno de mis amigos se acercó hasta mí y me contó que Andrew me estaba esperando, que quería conocerme a solas. Fue tanta la emoción que me causaron sus palabras que toda la euforia del momento me abandonó de sopetón para dejar rienda suelta al manojo de nervios que se instaló en mi estómago. Ni siquiera me detuve a pensar en lo extraño del lugar donde me había citado, en el cementerio que había en la parte posterior de mi casa. Solo quería encontrarme con él lo antes posible, así que me despedí de una forma un tanto abrupta de mis compañeros de baile y partí en solitario hacia aquel hasta ahora tétrico lugar, pero que por momentos se me antojaba incluso romántico.

Solo comencé a sentir un tenue cosquilleo de temor en el momento en que comenzaba a acercarme a los límites del cementerio. Pero entonces, de entre las sombras, apareció él con una enorme sonrisa que iluminaba su rostro, haciéndole más guapo aún si cabe de lo que le había encontrado a través de Skype. Me acerqué a él con timidez, repentinamente azorada, y cuando iba a darle dos besos, como acostumbramos en España, me sorprendió con un suave beso en los labios que prosiguió con otro más profundo. Mi corazón latía con fuerza dentro de mi pecho, palpitaba en mis sienes y en otras zonas más allá de los confines de mi cintura.

Me tomó de la mano y, para mi sorpresa, me guió al interior de uno de los pocos panteones que había en aquel peculiar cementerio. Yo le acompañé sin dudar, con la vista nublada y la razón también. El interior era hermoso como jamás hubiese podido haber imaginado. Extendido sobre el suelo, un tapiz de terciopelo rojo lo cubría todo, y decenas de velas alumbraban la estancia de manera sutil y romántica. Podía apreciar las bellas figuras talladas en la piedra de las paredes, así como los intrincados tallados del techo.

Andrew comenzó a besarme de nuevo en el interior de aquel maravilloso panteón y yo no opuse ninguna resistencia. Tampoco lo hice cuando comenzó a desvestirme con suavidad, hasta contemplarme por completo desnuda ante él. Todo mi rubor del comienzo había desaparecido para dejar paso al deseo que se estaba desatando con fuerza desde mi interior. Se desvistió con lentitud frente a mí, hasta que quedamos los dos enfrentados, reconociéndonos mutuamente, con los ojos ardiendo en deseo.

Me tumbó con delicadeza sobre el hermoso y suave tapiz y se situó sobre mí, con una mirada que hechizaba. Mis piernas se abrieron instintivamente y él se abrió paso en mi interior con calma. La luz de aquella estancia cambió de forma drástica a mi vista, en mi cabeza puesto que tenía los ojos cerrados. Maravillosas luces de colores danzaban a nuestro alrededor mientras recibía a Andrew dentro de mí. Sentí una gran explosión en mi cuerpo cuando, juntos, alcanzamos un clímax demoledor. Abrí los ojos, que hasta ese momento había mantenido cerrados, para deleitarme contemplando a mi amado. Mi último gemido quedó ahogado al comprobar que no era Andrew quien estaba alojado dentro de mí, sino una extraña y aterradora criatura que me miraba con ojos inyectados en sangre.

Comencé a escuchar un ruido extraño y giré la cabeza justo a tiempo para ver cómo la puerta del panteón se cerraba sola, para siempre.

FIN

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Por capítulos: “Aventura en Escocia (IV)”

Por capítulos: “Aventura en Escocia (IV)”

 

AVENTURA EN ESCOCIA
Imagen: Morguefile (editada)

 

Capítulo I       Capítulo II       Capítulo III

AVENTURA EN ESCOCIA (IV)

He de confesar que, aunque consideraba que mi nivel del idioma era bastante bueno, en aquella temporada que pasé allí aprendí mucho. Expresiones nuevas, algunas típicas escocesas, y mejoré mi vocabulario en amplitud. La pareja de ancianos, aunque al principio pareciesen en exceso exigentes, resultó ser de lo más agradable. Disfrutábamos juntos de amenas charlas en el pequeño jardín trasero, durante la tarde, tomando un té riquísimo que preparaba Sheena. Jamás me contó qué tipo de té era, como si fuese un secreto familiar.

Lo que sí me contaron fueron muchas historias. De su niñez, de su juventud, de cómo se enamoraron, de la vida en Escocia, de las famosas High Lands… Historias que yo disfrutaba bastante, mientras hacía lo mismo con las historias de mi propio país.

Mis padres estaban por completo despreocupados. Hablaba con ellos a diario, vía Skype, y reconozco que en algunos momentos llegué a vislumbrar también una cierta necesidad en ellos de vivir en soledad durante una temporada, sin las preocupaciones que una adolescente, como yo, supuestamente les causaba. Yo veía las cosas con otra simplicidad y me parecía que se preocupaban en demasía. Pero, en fin, lo cierto es que me sentía feliz por ellos por haberse desprendido de esa carga durante una temporada, aunque hubiese sido por un engaño mío. Pensé que, en este caso, el engaño estaba más que justificado.

Llevaba ya allí un mes y todavía no había conseguido conocer a mis nuevos amigos. Salvo aquella primera extraña noche en la que ninguno de ellos estaba conectado, hablábamos por Skype todos los fines de semana, al igual que hacía desde España. Pasé mucho tiempo sola con la familia McAllary, ya que mis amigos todavía tenían clases durante el día y por las noches no solían salir. “No me extraña”, me dije para mí misma. Después de los extraños sucesos de aquella noche en que me aventuré a salir sola, ni se me ocurría poner los pies fuera de la casa después de la puesta de sol.

Dediqué bastante tiempo a buscar en Internet alguna explicación a este fenómeno, una leyenda, algo. Pero no encontré nada. Toda la información que encontraba sobre Pitchlory lo describía como un agradable pueblecito cuajado de flores, como un destino que no podías perderte en el caso de viajar a Escocia. No había ni un solo comentario sobre el tema. Llegué incluso a pensar que fueron imaginaciones mías. Lo más probable es que así fuera, pero también hay que reconocer que no encontrar a nadie por la calle resultaba un tanto sospechoso. De todas formas, yo no volví a salir, por si acaso.

El trato que recibía de la familia era estupendo, así que no tenía de qué quejarme. Juntos, recorrimos hasta el último de los rincones de la pequeña ciudad. Siempre terminábamos la excursión tomando algo en un auténtico pub escocés, porque si se les pudiera definir de alguna manera, solo cabría esa, auténticos. Probé la cerveza, que no tenía nada que ver con la que podía tomar en cualquier bar español, y casi me muero cuando un asfixiante trago de whisky bajó por mi garganta, arrasando mis amígdalas a su paso, para caer en el estómago como una pesada losa. Por supuesto, del final de nuestras excursiones jamás les conté nada a mis padres.

Una noche, en una videoconferencia con todos mis amigos, me dieron una gran noticia para mí. Dentro de un par de días, coincidiendo con el final de las clases, saldríamos a celebrarlo. Por lo visto, esa noche era la única, junto con fin de año, que salían de fiesta. Un hormigueo comenzó en mi estómago de inmediato. Por un lado, porque por fin iba a conocer a mis amigos. Por otro, por la inquietud que me producían las noches de aquel lugar.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “Aventura en Escocia (III)

Por capítulos: “Aventura en Escocia (III)

 

AVENTURA EN ESCOCIA
Imagen: Morguefile (editada)

 

Capítulo I       Capítulo II

 

A la mañana siguiente, cuando quise despertar, los señores McAllary, Evan y Sheena, se encontraban ya preparando la comida. De la cocina salían agradables e intensos aromas que me hicieron la boca agua. Intenté tomar un bocado, aunque fuese un pedazo de pan con un vaso de leche pero, para mi sorpresa, su respuesta fue tajante. Me tendría que acostumbrar al horario que ellos llevaban, puesto que estaba alojada en su casa. La familia había preparado un delicioso “stovies“, a base de ternera, guisantes y salsa de tomate que fue como una tabla de salvación para mi hambriento estómago. A partir de aquel día, me aseguré de estar preparada para la hora del desayuno.

Más animada, les pedí a los McAllary la clave wifi y subí con celeridad a mi habitación para contactar, por fin, con mis nuevos amigos escoceses. Ninguno en línea. ¿Estarían en clases todavía? Lo que para mí suponían unas largas vacaciones de verano, para ellos no lo eran. Aún seguían acudiendo al instituto y lo seguirían haciendo durante casi toda mi estancia allí. De todas formas, aquello apenas tenía importancia. Ya me ocuparía yo de hacer la visita turística de rigor o convencería a los McAllary para que me sirvieran de guía. Yo lo que quería era conocer la noche escocesa y, sobre todo, encaminar mi relación de amistad con Andrew por otros derroteros más dulces.

Lo cierto era que, si me detenía a pensarlo, las veces que había chateado con aquel grupo tan peculiar de escoceses siempre había sido en fin de semana. Quizá durante la semana se dedicasen en cuerpo y alma a los estudios, en el fondo no conocía nada acerca de sus vidas.

Lo que más me llamó la atención fue que anocheciese tan temprano. Acostumbrada como estaba a las largas jornadas estivales de España, aquello era vivir como en un eterno invierno. Desde luego, aquel verano no me iba a broncear mucho, no. Los McAllary siempre me insistían en que no saliese por la noche, porque no era seguro, pero yo era bastante incrédula en ese sentido. La primera noche que conseguí escabullirme de la casa después de la cena, me quedé anonadada por el aspecto tan desolador que presentaba aquel pueblo, tan alegre y florido durante el día. Por las calles no caminaba ni un alma y todos los locales estaban cerrados.

Y cuando digo todos, me refiero a todos. No logré encontrar ni una mísera taberna abierta. Los que durante el día eran locales llenos de alegre bullicio y un constante vaivén de grandes jarras de cerveza, por la noche parecían verdaderos antros que te llevaban a pensar que llevasen décadas cerrados. Ya no sé si fue paranoia mía, pero comencé a ver sombras y a escuchar sonidos extraños. Os podéis imaginar la rapidez con la que regresé a casa y el alivio que llegué a sentir cuando cerré la puerta tras de mí.

Fue la única noche que salí de la calidez del hogar durante mi estancia allí. Esa y la que fuera mi última noche en Pitchlory.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “Aventura en Escocia (II)”

Por capítulos: “Aventura en Escocia (II)”

 

AVENTURA EN ESCOCIA
Imagen: Morguefile (editada)

 

 

Capítulo I

 

Como era de esperar, mi comunicación con ellos fue fluida desde el primer momento. Les sorprendió mucho que quisiese mejorar mi nivel de inglés cuando lo hablaba casi a la perfección, pero pronto les expliqué que mi reto era acostumbrarme al acento escocés. Para mi sorpresa, parecieron conformes con aquella escueta explicación, que se sostenía con hilos. Pero aún mayor fue mi sorpresa cuando llegamos a la casa.

Era preciosa, según había visto ya. Mi habitación estaba cuidada con sumo detalle. De hecho, se habían tomado la molestia de prepararla para mí. Tenía una gran cama de forja para mí sola, grandes estanterías que rellenar con mis libros y una zona de estudio donde colocar mi portátil. La sorpresa me la llevé al asomarme a la ventana. Mi subconsciente estaba preparado para ver un enorme campo de flores, una pradera idílica reverdecida por la lluvia, o un simple campo de pasto verde con vacas reposando perezosas, rumiando. Pero lo que me encontré era por completo diferente a todo lo que había podido imaginar hasta el momento.

No pude evitar soltar una exclamación, mezcla de sorpresa y de temor, cuando vi que ante mi ventana se extendía un antiguo cementerio. De hecho, el jardín posterior de la casa, que también podía contemplar desde mi ventana, estaba separado solo por un muro de vegetación de las viejas lápidas de piedra.

Noté cómo mi respiración comenzaba a agitarse, ante la atenta mirada de la pareja de ancianos, que no comprendía lo que estaba ocurriendo en mi interior. Me preguntaron si todo estaba bien, si era de mi agrado o si, por el contrario, había algún problema. Logré recuperar la normalidad antes de contestarles que todo era perfecto, de manera afable. Sonrieron ante mi respuesta y me indicaron dónde estaba el cuarto de baño, por si quería darme una ducha antes de la cena, que sería a las siete de la tarde.

No me sorprendió la hora tan temprana de la cena, ya sabía que los horarios europeos eran bastante diferentes de los nuestros. De hecho, para esa hora ya era de noche en aquel pueblecito escocés. Me di la ducha, que me sentó de maravilla, y acudí a mi primera cena con mi nueva familia. Todo estaba exquisito, me sorprendió de manera muy grata la habilidad culinaria de aquella pareja tan amable. Estaba deseosa de probar la gastronomía escocesa y, si todo estaba tan rico como aquello, tendría que tener cuidado si no quería coger unos kilos de más.

Tras la cena, durante la que mantuvimos una agradable conversación, el matrimonio se fue a la cama. Me había quedado sola por completo a tan solo las nueve de la noche. Así que, como aún no conocía la zona y no tenía tan siquiera llaves de la casa para volver sin molestar, decidí subir a mi habitación. A fin de cuentas, el nerviosismo y la excitación que había sentido aquel día por el inicio de mi aventura, me estaban pasando factura y, tras la cena, ya acusaba un ligero cansancio. Encendí mi portátil, con intención de ponerme en contacto con mis virtuales amigos escoceses.

¡Mierda! Ni siquiera se me había ocurrido pedir la contraseña de la red wifi. Sin amigos con los que chatear, decidí vaciar mi maleta y colocar mis cosas. En el fondo del bolso encontré mi teléfono móvil, con unas cuantas llamadas perdidas de mis padres. ¡Me había olvidado de ellos por completo! Les llamé de inmediato, para que supieran que había llegado bien y que el matrimonio que me había acogido era encantador. Me tumbé en la cama y, vestida como estaba, con uno de mis libros preferidos entre las manos, me sumí en un plácido sueño que duró hasta altas horas de la mañana.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

Por capítulos: “Aventura en Escocia (I)”

Por capítulos: “Aventura en Escocia (I)”

 

AVENTURA EN ESCOCIA
Imagen: Morguefile (editada)

 

¡Feliz sábado, amigos! Comienza hoy una nueva serie de relatos por capítulos: “Aventura en Escocia”. Espero que os guste.

AVENTURA EN ESCOCIA (I)

Por fin había llegado el momento. Llevaba meses preparando aquella aventura, porque para mí era una auténtica aventura. Para mis dieciséis años recién cumplidos, viajar al extranjero y pasar fuera unos meses no podía ser considerado de otra manera. Por mucho que mis padres se empeñasen en creer que era un viaje para mejorar mi inglés.

He de decir que mi nivel de inglés ya era casi perfecto. Esto mis padres no lo sabían, pero yo había dedicado buena parte de mis últimos años, desde los trece más o menos, a visualizar vídeos y escuchar grabaciones en ese idioma. Autodidacta, sí, pero de las buenas. No solo mi pronunciación era prácticamente perfecta, sino que había absorbido como una esponja todas las expresiones habituales de las que había sido capaz.

Por eso, aquel viaje a Escocia que iba a realizar, supuestamente para mejorar mi inglés, para mí no era tal, sino una aventura en la que podría ser libre por primera vez en mi vida. Había hablado varías veces con la familia vía Skype, y parecían un matrimonio tranquilo, ya entrado en años. Podrían ser mis abuelos, así que les consideré la familia perfecta para poder salir de casa sin límites. Por fin iba a poder vencerlos, cosa que en mi casa no conseguía. En mi mente, durante meses, se había urdido el plan perfecto. Y mis padres no solo picaron de inmediato, sino que además corrieron con todos los gastos.

Ya en el aeropuerto, entre abrazos sentimentales y lágrimas por parte de mi madre, que veía cómo su niña pequeña iba a dejar el país durante tres largos meses, yo esperaba ansiosa a pasar el control y dar comienzo a mi aventura. Dormí durante todo el vuelo, mientras soñaba con mis nuevos amigos escoceses, esas amistades que me había encargado de forjar durante este tiempo. Y también con noches de fiesta, alcohol corriendo sin medida por mis venas e incluso con perder mi triste virginidad con Andrew, ese pelirrojo tan guapo que se encontraba entre mis nuevas amistades. ¿Por qué no? Ya era mayor y, por fin, sería libre durante unos meses.

Quizá incluso encontrase trabajo y me quedase allí, libre de las ataduras de mi familia, en una pequeña casita que alquilaría con mi sueldo. Al fin y al cabo, solo me faltaba un año para la mayoría de edad. ¿Por qué no adelantar mi sueño un poquito? Solo un poquito. Total, soñar es libre.

Reconocí a la perfección a la pareja de ancianos que me iban a dar alojo durante estos meses. Les abracé con efusividad, cosa que no esperaban y les sorprendió, aún no sabían que iban a ser mi tabla de salvación. Viajamos en coche hasta Pitchlory, al norte de Edimburgo, el bello pueblo en el que residían, al igual que mis hasta ahora virtuales amigos. Sabía que residían en una bonita casa de ladrillo rojo en las afueras del pueblo. Las fotografías que me habían enviado del lugar eran casi idílicas.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Agosto 2017. Derechos registrados.

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