Por capítulos: “Los colores mágicos (III)”

Por capítulos: “Los colores mágicos (III)”

 

LOS COLORES MÁGICOS
Imagen: Pixabay.com

 

 

Parte I   Parte II

LOS COLORES MÁGICOS (III)

Pasaron tres o cuatro días hasta que Jaime se atrevió a utilizar su maletín de pinturas de nuevo. La experiencia anterior, la lucha con el dragón, le había dejado anonadado y su pequeña pero madura mente infantil no le dejaba entender lo que había ocurrido. Pero ahora que habían pasado unos días, se sentía con la fuerza y la valentía necesarias para intentarlo.

A la llegada del cole, después de hacer los deberes y merendar, se encerró en su habitación. Cogió con mucho cuidado el maletín para no dañarlo y sacó del cajón el bloc de dibujo. Allí seguía, impresionante, su dibujo anterior, el del dragón y el castillo. Pasó la página con violencia, no fuese que le atrapase dentro de aquella historia otra vez, y se enfrentó a una nueva página en blanco.

Esta vez decidió realizarla con el estilo que tanto le gustaba. Miles de colores bajo una gruesa capa de cera negra. Así que, con suma cautela, tomó las ceras de decenas de colores que traía su preciado regalo y comenzó a colorear la página con ellas, siguiendo el estricto orden de los colores del arco iris. La página del bloc quedó por completo cubierta por siete franjas de color: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta; según le habían enseñado en la escuela. Para finalizar la tarea, cubrió los colores con su cera negra, que quedó visiblemente más reducida. La contempló durante unos instantes casi con tristeza, pero al final decidió que los colores estaban para usarlos y que no estaba dispuesto a no disfrutar de su regalo por no gastarlo. Además, estaba muy inquieto por conocer el resultado de su dibujo de hoy.

Cogió un palito algo ancho de plástico, que solía utilizar para hacer este tipo de dibujos y, por si acaso, trazó sobre la cartulina una escena de playa con unos niños jugando en el mar y otros en la arena. Pensó que quizá como su palito no era mágico, el resultado no sería tan perfecto como el anterior. Nada más lejos de la realidad, pues cuando terminó pudo contemplar otra auténtica obra de arte. Los dibujos surgían con una calidad que nunca antes había conseguido. Incluso consiguió reconocerse en uno de los niños que estaban jugando dentro del agua. Sonrió satisfecho del resultado y, como el otro día, comenzó a cerrar el bloc cuando una fuerza de atracción invisible le llevó de nuevo dentro del dibujo.

Aquella vez fue increíble, eran sus amigos, pero todos llevaban bañadores a franjas con los siete colores del arco iris. Allí estaba Luis “el gafotas”, María, Íker, Alejandro, Claudia, Asier, Elena… Por el despiste de quedarse absorto en la escena que estaba viviendo, una ola traicionera le lanzó al suelo. Aquella tarde fue fantástica, disfrutó de las olas del mar, del cálido sol del verano y construyendo castillos de arena con todos sus amigos, sin ningún adulto que les controlase ni les limitase.

En una de esas olas juguetonas que llegaban a la orilla, el mar arrojó a los pies de Jaime una concha preciosa. Era perfecta, no le faltaba ni un trocito, con sus ondas y varios colores. Le pareció que era la concha más bonita que había visto jamás. Desde luego, mucho más bonita que las que encontraba cuando iba a veranear a la casa que su abuela tenía en Benidorm.

Cuando mejor se lo estaba pasando, el dibujo le lanzó fuera. Cayó de culo en el suelo de su habitación, mojado por entero y con la preciosa concha en la mano. Su madre le estaba llamando  para cenar. Guardó la concha en el cajón, junto al pedazo de cabello de la princesa, se puso el pijama, se secó el pelo lo mejor que pudo y fue a cenar con una gran sonrisa.

Sus padres ni siquiera se imaginaban lo que estaba ocurriendo. Tenía un secreto, y eso le provocaba un cosquilleo en el estómago que le gustaba mucho. Cenó sin rechistar con la sonrisa en los labios y, de nuevo, no volvió a contar nada de sus vivencias.

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “Los colores mágicos (II)”

Por capítulos: “Los colores mágicos (II)”
LOS COLORES MÁGICOS
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Parte I

LOS COLORES MÁGICOS (II)

Al cabo de varios días, casi una semana, a la vuelta de la escuela Jaime se decidió a abrir su enorme caja de colores. Decidió empezar por los lápices de colores. Tomó de uno de sus cajones un bloc de dibujo y comenzó a trazar líneas con su lápiz de grafito. El lápiz se deslizaba con demasiada facilidad sobre el papel y el trazo era muy definido para un niño de su edad.

Cuando contempló su dibujo, Jaime quedó maravillado. Era el mejor dibujo que sin duda había hecho nunca. Más que satisfecho con el resultado, decidió colorearlo con los lápices de color para que quedase espléndido. Empezó un poco temeroso, pues a él siempre se le salía el color del dibujo, con algunos rayajos que sobresalían por doquier. Pero, en esta ocasión, los colores se deslizaban con tanta facilidad que era imposible salirse del dibujo. El resultado fue de una precisión impresionante.

Sobre su bloc de dibujo aparecía imponente un precioso castillo con una princesa subida en la más alta torre. Un dragón furioso escupía fuego por la nariz mientras se aproximaba al balcón. La princesa tenía una cara de inmenso horror. Por una esquina del bloc, un valiente caballero asomaba espada en mano dispuesto a rescatar a la pobre princesa en apuros. Aquel dibujo era digno de estar expuesto en una de las mejores galerías de arte, o incluso en un museo.

Satisfecho con el trabajo que había realizado, Jaime se dispuso a cerrar el bloc. No quería que sus colores se gastasen el primer día. Sobre todo cuando había hecho un dibujo tan excelente. Verás cuando se lo enseñase a sus padres. Estaba claro que iban a alucinar, seguro que incluso se pensaban lo de apuntarle a una academia de arte. Si él ya sabía que sería un gran artista.

Pero, justo antes de que cerrara el bloc, una extraña fuerza le absorbió y de pronto se vio dentro de su pintura. Era el valiente caballero que se proponía luchar contra el dragón para salvar a la bella princesa. ‘Madre mía’, pensó Jaime, ‘estos colores son mágicos, ¿y ahora qué hago yo?’ Pero, como si ya estuviese escrito en el guión de la historia que había dibujado antes, en seguida se vio luchando contra aquel fiero dragón. Se llevó una buena quemadura en un brazo, pero consiguió acabar con él. La lucha fue encarnizada, nada fácil, pero logró su intención de salvar a aquella preciosa princesa encerrada en su colosal castillo. Esta, al verse libre del dragón que la estaba acosando, bajó rauda las escaleras del castillo y, dándole a Jaime un gran abrazo, le entregó un mechón de su larga cabellera rubia, para que siempre le protegiera y en símbolo de gratitud.

Sin saber cómo, logró salir de su pintura y se encontró de nuevo en su habitación, con el trozo de cabello rubio entre sus dedos y una gran quemadura en el brazo. Guardó con mimo el mechón en uno de sus cajones y se tapó la herida del brazo. Puso a buen recaudo el bloc de dibujo. No les diría nada a sus padres hasta que no estuviera seguro de lo que estaba ocurriendo.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “Los colores mágicos (I)”

Por capítulos: “Los colores mágicos (I)”

 

LOS COLORES MÁGICOS
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LOS COLORES MÁGICOS (I)

 

Cuando a Jaime, a la temprana edad de seis añitos, su tía Julia le regaló un maletín de pinturas, se sintió el niño más feliz del universo. Además fue un regalo inesperado, porque no era ni su cumpleaños, ni su santo, ni nada de eso. Se lo había regalado porque sí, porque le quería, y aquello hacía que el regalo tuviese por lo menos… ¡el triple de valor! Pero es que además no era un maletín de pinturas normal y corriente. No era la típica caja de lápices de color que le compraban sus papás, no. Aquel maletín tenía tres pisos. En el piso inferior, había lápices de colores que él ni siquiera conocía, además de una buena cantidad de pinturas de cera, de las blanditas, de las que a él le gustaban. Con ellas podía hacer unos dibujos estupendos, pintando con colores debajo y cubriéndolo todo del color negro después. Para terminar, hacía con un palillo, un bolígrafo o cualquier otro objeto punzante, un dibujo sobre la capa negra, obteniendo un precioso dibujo con los mil colores que había usado debajo.

En el segundo piso, dos largas hileras de rotuladores de todos los colores habidos y por haber. ¡Si incluso había uno de color carne! ¡Ese que era tan difícil de encontrar! Sus papás no le dejaban utilizar rotuladores, porque decían que se mancharía mucho, pero en el cole sí los usaba y ¡le encantaban! Esperaba que a partir de ahora, que tenía su nueva caja de colores, le dejasen usarlos porque con ellos era capaz de colorear los dibujos de una manera genial.

Pero lo que más llamó su atención fue el piso superior. Estaba repleto de pinturas que él jamás había utilizado. Había acuarelas, carboncillos, ¡e incluso óleo para poder hacer cuadros! Estaba tan entusiasmado con su nuevo estuche de pinturas que se pasó más de una hora contemplándolo, con miedo a tocarlo, para no desorganizar el código de colores tan bonito con el que venía vestido. Mientras, su madre y su tía tomaban un café hablando de sus cosas, sin niño que las interrumpiese.

El silencio de Jaime en la casa se hacía bastante notorio, pues estaban acostumbrados a los gritos y juegos del pequeño. Llegó un momento en que su mamá llegó a asustarse y animó a Julia para que fuesen a ver qué estaba haciendo su hijo. Se quedaron absortas cuando entraron en la habitación y vieron a Jaime sentado en el suelo, contemplando el maletín con embrujo, por completo en silencio y aún con cara de asombro. Pasaba la mano por los colores con delicadeza, como si temiese estropearlos.

Y lo cierto es que, desde aquel día, Jaime cuidaba su maletín como oro en paño. Le tenía reservado un lugar de honor en su pequeña estantería y no dejaba que nadie utilizase su gran caja de colores. Los trataba con un gran cariño, observándolos a cada momento. Y aún tardó varios días desde que recibió a aquel regalo tan especial hasta que se decidió a utilizarlos, como si tratase de evitar que se desgastasen.

Lo que no se imaginaba Jaime era de lo que aquellos colores le iban a hacer vivir.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “El viaje de Tita”

 

EL VIAJE DE TITA
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Para todos aquellos que les gusta leer los relatos de un tirón, sin perderse en capítulos semanales, aquí os dejo la historia completa de “El viaje de Tita”.

 

EL VIAJE DE TITA

¿Qué podía hacer yo? Solo era una tímida gotita de agua que temblaba colgando de un grifo. No tenía ni idea de lo que era capaz de conseguir. Y es que a veces… algo que parece insignificante puede conseguir cosas grandiosas.

Como os contaba, yo soy una pequeña gota de agua. Alguien, por la mañana, después de lavarse la cara, se olvidó de mí y aquí me quedé, colgando de la boca del grifo sin destino fijo. Bueno, sí, mi destino, sin duda, era caer en aquel inmenso lavabo que había debajo de mí. En el fondo tenía suerte, no me podía quejar. Me habían contado historias horribles sobre gotitas de agua como yo que habían sido bebidas por esas enormes criaturas que llamaban humanos. Yo siempre tuve miedo de que me tocara aquello, terminar mis días dentro de un humano. Me dan escalofríos solo de pensarlo.

Pero es que otras posibilidades tampoco eran muy alentadoras, no os creáis. Había escuchado también horrorosas historias de gotas que habían terminado en un extraño aparato, girando junto con un montón de excrementos humanos. Uf, casi que prefería ser bebida.

En cambio, otras historias que circulaban por la cañería donde yo crecí, decían que podías caer en forma de lluvia sobre un humano, deleitándote con una canción y formando una suave espuma junto con algún extraño mejunje que denominaban gel o champú.

A mí al final me tocó el lavabo. No era de las peores circunstancias en las que podía estar pero, si os digo la verdad, tenía miedo de caer y darme contra aquella superficie dura. Por eso estoy aquí ahora. Porque el humano que se estaba lavando la cara, cortó justo el grifo cuando yo estaba a punto de caer. Y me dejó aquí haciendo equilibrismo. Porque no os creáis que se preocupó por mí, no, creo que ni se percató de mi existencia. Al fin y al cabo, yo era solo una pequeña gota de agua.

Por cierto, me llamo Tita, que no me había presentado. Mira que soy maleducada a veces. Me pongo a hablar, a hablar, a hablar, y no me acuerdo de nada más. Pues sí, me llamo Tita, por lo de gotita. Claro que, estando como estaba, agarrada con una mano al lavabo para intentar no caer, pues claro, me había olvidado. Y es que ya no sé cuántas horas llevaba en aquella posición.

Al final, llegó un humano, de esos que hay más pequeñitos. Me gustan más que los mayores, porque he oído que les gusta mucho jugar con nosotras. Y sí, se puso a jugar conmigo, sí, pero no imagináis de qué forma. Empezó a darme suaves golpecitos, mientras yo me balanceaba de un lado al otro intentando no caerme de mi soporte. Pero cuando ya parecía que me había sujetado bien, me daba otro golpecito, riendo. Nunca olvidare aquellos enormes ojazos azules llenos de felicidad mientras jugaba con mi destino. Habría perdido hasta cogerle cariño. Hasta que al final, claro, con tanto meneo, me caí. Y fue ahí cuando empezó mi aventura.

Para empezar, tuve suerte, la verdad es que no me puedo quejar. Y es que no caí contra aquel lavabo duro como una piedra. Debe ser que algo o alguien en el universo se apiadó de mí, porque fui a caer directamente por uno de los agujeros que había en el desagüe.

De pronto, todo era oscuridad, tenía miedo de dónde caería. ¿Por qué habré sido siempre tan miedosa? Supongo que si hubiese tenido más ímpetu y espíritu aventurero, me hubiese ido mucho mejor. Pero lo cierto, es que la experiencia resultó ser de lo más placentera, pues caí en un cómodo colchón formado por las gotas que antes que yo habían caído por el desagüe, en la mañana, cuando aquel maleducado humano se lavó la cara. ¡Estaban allí  todas! ¿Así que mi destino iba a ser permanecer en una oscura cañería para siempre?

En realidad, no era tan mal destino, pues yo había nacido en una. Pero esta tenía algo de diferente que no lograba reconocer. ¿Qué podía ser? Más o menos las dimensiones eran las mismas, de la oscuridad ya ni os hablo, que reconocí a mis compañeras porque se quejaron cuando les caí encima. Pero había otra cosa… A ver, gotita, piensa, piensa, ¿qué puede ser?

De pronto, una lucecita se encendió en mi pequeña cabeza de gota de agua. Esto no lo toméis al pie de la letra, evidentemente las gotas de agua no somos luminosas. Es solo que hay veces que me gusta recurrir a expresiones de ese tipo. Me hacen parecer interesante a los ojos de las otras gotas, todas mayores que yo.

¡Ya sabía lo que ocurría! ¡Ya sabía lo que diferenciaba esta cañería de la anterior! Era un tufillo, una especie de olor a agua sucia, que nos invadía a todas. Yo misma me descubrí desprendiendo aquel hediondo olor. ¡Madre mía! Aquella debía ser la tubería de los desechos. Seguro, no quedaba otra opción.

De pronto, un nuevo torrente de gotas cayó desde el desagüe por el que habíamos caído nosotras. Seguramente el mismo humano, o quizá otro, estuviese lavándose en el lavabo. La cuestión es que la avalancha de gotas que nos cayó encima hizo que nosotras nos precipitásemos por aquella asquerosa tubería. Íbamos todas con las manos unidas para que ninguna se perdiese por el camino y, de paso, nos íbamos limpiando unas a otras lo que podíamos.

Comprendí que aquella maloliente aventura estaba próxima a su fin, cuando vi una luz al final del túnel. Y no, no me estaba muriendo, que estaba bien vivita y coleando. Entre todas tomamos impulso para salir de allí cuanto antes y cuando llegamos al final de la tubería, lo que vimos nos llenó de emoción. Jamás habíamos visto algo igual.

Caímos todas juntas en una especie de cascada sobre un pequeño riachuelo que transcurría bajo la gran tubería. Aquella caída la consideré en su día como la mayor aventura de mi vida. Ilusa de mí, que aún no sabía todo el camino que me quedaba por recorrer. La caída en el riachuelo no fue demasiado agradable, pues el agua que allí había era un agua lodosa que nos puso a todas perdidas. Pero con el transcurrir por el río, fuimos quedando todas como nuevas, y pude disfrutar de algo maravilloso.

El paisaje en aquel lugar era impresionante. Estaba todo recubierto de una vegetación exuberante. Lo más seguro es que se tratase de pequeñas hierbas, pero para mi pequeño tamaño de gotita de agua, todo aquello era majestuoso. Disfruté de aquella maravillosa visión, que no había tenido oportunidad de contemplar en toda mi vida, durante un largo rato.

Me mantuve ajena a todas las conversaciones que las demás gotas mantenían entre sí, la mayor parte quejándose por la rapidez con la que transcurría el riachuelo. Para las gotas más mayores, aquello suponía un esfuerzo demasiado grande e iban perdiendo pequeñas gotitas que, como yo, engrosaban el torrente. Muchas de aquellas gotas más mayores, quedaron diluidas en el transcurso del río. Hubo momentos realmente duros durante aquellos tiempos.

Algo que me dejó maravillada fue el transcurrir de los días. Yo, que vivía dentro de una cañería sin preocuparme nunca del tiempo, veía ahora transcurrir ante mis ojos días y noches en un lento y ameno devenir. Las gotas más sabias nos contaron que eran el sol y la luna, los astros que veíamos en el inmenso cielo que teníamos sobre nosotras, y que contemplábamos ensimismadas la mayor parte del camino.

Había veces que a nuestro riachuelo llegaban otros procedentes de otros lugares, de forma que, lo que en un principio había sido un pequeño río rápido, se había ido convirtiendo en un amplio río con abundantes gotas que transcurría con algo más de serenidad. Había unos animales, los peces, que jugueteaban con nosotras. No sabría explicar por qué, pero en aquella ocasión perdí mi cobardía habitual, y me subía a los peces y me divertía como la que más. Fueron tiempos felices.

A mí me gustaba mucho cuando algún otro riachuelo llegaba hasta el nuestro. Eso significaba gotas nuevas con las que entablar amistad y que te contaban historias acerca de sus lugares de partida. Todos eran distintos y yo escuchaba cada historia con mucha atención. Me encantaba.

En una de esas incorporaciones de riachuelos, conocí a otra pequeña gotita de agua como yo. Se llamaba Fluvi y venía desde Zaragoza. Fluvi y yo enseguida entablamos una muy buena amistad y pasábamos juntas todo el tiempo, compartiendo anécdotas, jugando con los peces… Nos volvimos inseparables, siempre una cogida de la mano de la otra. Formábamos un tándem perfecto que resistía con gran audacia cuando las aguas se ponían más bravas, por ejemplo, cuando había una tormenta. Ella me daba valor, porque no era tan miedosa como yo, y yo ponía la fuerza para que la corriente no nos arrastrase lo suficiente para separarnos del resto de nuestro grupo.

Así recorrimos juntas el trayecto, durante muchos días, hasta que llegamos a un lugar que nos dejó boquiabiertas. Jamás hubiésemos imaginado que pudiese existir un lugar así. Pero tanto Fluvi como yo, cogidas de la mano, nos lanzamos sin pensarlo a aquel lugar que parecía tener un encanto especial.

Era enorme, un río de dimensiones que yo jamás hubiese llegado a imaginar. Y había algo más. El olor. Aquel gigantesco río tenía un olor salado, y los peces que habitaban en sus aguas eran muy diferentes a los que yo había ido encontrando en mi camino. Eran más grandes, más vivaces, muchos de ellos no dejaban que te subieses encima, pero la mayoría de ellos eran super divertidos.

Fluvi y yo seguíamos cogidas de la mano cuando llegamos a aquel gigantesco río. Cuando preguntamos a las gotas más ancianas que habían logrado sobrevivir a los rápidos del río anterior, muchas de ellas no tenían una respuesta, pero algunas nos hablaron de un lugar inmenso llamado mar, del que habían oído hablar en las leyendas, en el que todas nosotras nos convertíamos en saladas.

¡Así que aquello debía ser el mar! ¡Habíamos llegado al mar! Yo estaba como loca. Fluvi, no tanto, había oído hablar antes del mar y le tenía un gran respeto. Había oído de corrientes marinas que te arrastraban hacia sus adentros hasta que quedabas olvidada en aquella gigantesca masa de agua con un montón de compañeras desconocidas. Y otras que te arrastraban hasta la orilla, y quedabas consumida por un sol que te secaba sin piedad al instante. Yo agarré más fuerte aún a Fluvi de la mano y le prometí que, pasase lo que pasase, siempre lo pasaríamos juntas. Eran momentos en los que yo tenía que hacerme la fuerte, aunque por dentro estuviese temblando por las historias que me había contado Fluvi.

Pasamos unos días estupendos en aquel mar, nos volvimos saladas y frías, cuando siempre habíamos sido dulces y… bueno, frías siempre lo fuimos. Jugamos un montón juntas, con otras gotas amigas y con los animales marinos que por allí vivían. Ninguno de ellos quería hacernos daño. Más bien parecía que tenían una lucha entre ellos, en la que los peces más grandes querían comerse a los más pequeños. Con nosotras siempre eran encantadores, nos invitaban a subir a sus lomos y lo pasábamos de miedo. Cuando el mar se alborotaba, formando grandes olas, eran los peores momentos, porque nos veíamos arrastrados por una infinidad de compañeras que venían empujando con gran fuerza. Fluvi y yo nos cogíamos fuerte de la mano, para no separarnos en ningún momento. Pasamos una época muy buena junto con nuestras compañeras en el mar. No sabría deciros si pasaron días, meses o años, tened en cuenta que para mí el tiempo no existía hasta que caí a aquel río lodoso. Todavía no controlo bien eso del tiempo. Sé que pasaron varios soles y varias lunas. Todas nosotras vivíamos felices, con una libertad que no habíamos sentido nunca antes. Pero llegó una época especialmente calurosa, en la que el sol azotaba fuerte la superficie del mar. Muchas de nuestras amigas que habían decidido establecerse en los lugares más profundos de aquellas aguas, no tuvieron ningún problema. Pero Fluvi y yo éramos demasiado jóvenes para instalarnos de esa manera. Nosotras estábamos siempre en la superficie, enloquecidas con las olas, viendo a los astros pasar uno detrás de otro, haciendo un peculiar giro. Tras aquellos días de inusual calor, comenzamos a sentir algo en nuestros pequeños cuerpos de gotitas. Parecía como si poco a poco nos fuésemos desintegrando. Fluvi y yo nos agarramos muy fuerte para no perdernos en ningún momento. ¡Madre, mía! ¡Nos estábamos evaporando! Y así, en forma de vapor de agua, y siempre cogidas de la mano, subimos poco a poco flotando hasta el cielo.

¡Qué experiencia más maravillosa! Livianas como nunca, subimos hasta un lugar bien alto en el cielo, donde nos encontramos con otras gotas en nuestro mismo estado, y formamos una nube blanca, suave, casi de algodón. El viento mecía con suavidad nuestra nubecilla, trasladándonos por el aire. ¡Podíamos volar! ¡Aquello era fantástico!

Desde aquella altura, pudimos ver cómo el mar se alejaba de nosotras. Allí quedaron muchas de nuestras compañeras, pero ya no estábamos tristes por ellas, porque sabíamos que habían elegido su lugar, en las profundidades abisales del océano. Vimos también el río por el que nos habíamos trasladado desde la cañería aquella maloliente hasta aquel mar tan majestuoso. Desde allí arriba todo parecía muy chiquito. El amplio río no era más que una delgada línea en el paisaje. Las altas vegetaciones que nos rodeaban, no eran más que corto pasto desde allí arriba.

El suave viento nos fue empujando y empujando en dirección contraria a la que habíamos llevado con anterioridad, de vuelta a la gran ciudad desde la que salimos. Pudimos vislumbrar el pequeño arroyo por el que había llegado Fluvi hasta mi encuentro. Y, por fin, llegamos a la gran ciudad donde yo nací. No se veían más que tejados y tejados, parecían todos iguales y yo no sabía cuál había sido mi hogar. Tampoco es que quisiera volver con aquel humano maleducado que me dejó colgando del grifo sin preocuparse para nada por mí, pero sí tenía cariño a aquel humano más pequeñito que jugó conmigo, aunque fuese para enviarme a la cañería. En realidad, gracias a él estaba viviendo todas aquellas aventuras y había conocido una amiga tan buena como Fluvi.

Pero algo pasó fuera de lo común. Algo que ni Fluvi ni yo habíamos vivido aún. Sobre la ciudad había un conjunto de nubes, como nosotras, pero más oscuras, casi negras. A mí al principio casi me dieron miedo cuando las vi. Menos mal que la Tita que volvía a la ciudad no era la misma que salió, porque si no… ya me hubiese intentado dar media vuelta para alejarme de allí cuanto antes. El viento, ese tan suave que nos había acompañado en nuestro camino hasta allí, se volvió de pronto más salvaje, raudo y virulento. Nos empujó con gran rapidez hacia las nubes negras, sin que pudiésemos evitarlo, y nos fundimos con ellas.

Me quedé mucho más tranquila cuando allí encontré también a gotas amigas, de las miles que habíamos conocido por nuestro periplo. Entonces, ocurrió algo que jamás hubiese esperado. El cielo se iluminó de repente. A continuación, sonó un gran estruendo que retumbó en nuestros oídos, haciendo soltarnos unas de otras. Yo aún estuve a tiempo de cogerme de Fluvi antes de empezar a caer. Apenas tuve tiempo de reaccionar, cuando caí en la cuenta de que estábamos lloviendo. Habíamos dejado nuestro estado gaseoso tan liviano en nuestra preciosa nube, para volver a nuestro estado inicial de gotita de agua. Y caíamos serenamente sobre la ciudad.

Por el camino, Fluvi y yo no pudimos evitar fusionarnos en una única gota. Mirábamos hacia abajo asustadas pues, aunque caíamos de manera tranquila, no teníamos la menor idea de dónde iríamos a parar. Miramos hacia abajo. Unos niños pequeños jugaban con tranquilidad en un parque. Aún no habíamos llegado hasta ellos. No nos esperaban. Cuando al fin llegamos abajo, muchas de nuestras compañeras cayeron al suelo, mojando la arena del parque y generando un delicioso aroma. Fluvi y yo, o Fluvitita, como terminamos llamándonos, fuimos a caer en la nariz de una pequeña niña de coletas que jugaba con sus amiguitos en el parque. La niña, ilusionada, comenzó a jugar con nosotras, a esparcirnos por su cara, mojando todo su precioso rostro. Creo que no me había sentido tan feliz en la vida como cuando vi la carita de alegría de aquella pequeña jugando con nosotras. El ciclo había llegado a su fin. Ahora les tocaría a otras gotitas completarlo, como habíamos hecho nosotras.

Así que ya sabes, pequeña niña de coletas que jugaba en el parque el viernes por la tarde. Aquella gran gota de agua que cayó sobre tu nariz y que te hizo sonreír durante un buen rato, éramos Fluvi y yo, y ahora ya conoces nuestra historia.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “El viaje de Tita (V)”

 

EL VIAJE DE TITA
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EL VIAJE DE TITA (V)

¡Qué experiencia más maravillosa! Livianas como nunca, subimos hasta un lugar bien alto en el cielo, donde nos encontramos con otras gotas en nuestro mismo estado, y formamos una nube blanca, suave, casi de algodón. El viento mecía con suavidad nuestra nubecilla, trasladándonos por el aire. ¡Podíamos volar! ¡Aquello era fantástico!

Desde aquella altura, pudimos ver cómo el mar se alejaba de nosotras. Allí quedaron muchas de nuestras compañeras, pero ya no estábamos tristes por ellas, porque sabíamos que habían elegido su lugar, en las profundidades abisales del océano. Vimos también el río por el que nos habíamos trasladado desde la cañería aquella maloliente hasta aquel mar tan majestuoso. Desde allí arriba todo parecía muy chiquito. El amplio río no era más que una delgada línea en el paisaje. Las altas vegetaciones que nos rodeaban, no eran más que corto pasto desde allí arriba.

El suave viento nos fue empujando y empujando en dirección contraria a la que habíamos llevado con anterioridad, de vuelta a la gran ciudad desde la que salimos. Pudimos vislumbrar el pequeño arroyo por el que había llegado Fluvi hasta mi encuentro. Y, por fin, llegamos a la gran ciudad donde yo nací. No se veían más que tejados y tejados, parecían todos iguales y yo no sabía cuál había sido mi hogar. Tampoco es que quisiera volver con aquel humano maleducado que me dejó colgando del grifo sin preocuparse para nada por mí, pero sí tenía cariño a aquel humano más pequeñito que jugó conmigo, aunque fuese para enviarme a la cañería. En realidad, gracias a él estaba viviendo todas aquellas aventuras y había conocido una amiga tan buena como Fluvi.

Pero algo pasó fuera de lo común. Algo que ni Fluvi ni yo habíamos vivido aún. Sobre la ciudad había un conjunto de nubes, como nosotras, pero más oscuras, casi negras. A mí al principio casi me dieron miedo cuando las vi. Menos mal que la Tita que volvía a la ciudad no era la misma que salió, porque si no… ya me hubiese intentado dar media vuelta para alejarme de allí cuanto antes. El viento, ese tan suave que nos había acompañado en nuestro camino hasta allí, se volvió de pronto más salvaje, raudo y virulento. Nos empujó con gran rapidez hacia las nubes negras, sin que pudiésemos evitarlo, y nos fundimos con ellas.

Me quedé mucho más tranquila cuando allí encontré también a gotas amigas, de las miles que habíamos conocido por nuestro periplo. Entonces, ocurrió algo que jamás hubiese esperado. El cielo se iluminó de repente. A continuación, sonó un gran estruendo que retumbó en nuestros oídos, haciendo soltarnos unas de otras. Yo aún estuve a tiempo de cogerme de Fluvi antes de empezar a caer. Apenas tuve tiempo de reaccionar, cuando caí en la cuenta de que estábamos lloviendo. Habíamos dejado nuestro estado gaseoso tan liviano en nuestra preciosa nube, para volver a nuestro estado inicial de gotita de agua. Y caíamos serenamente sobre la ciudad.

Por el camino, Fluvi y yo no pudimos evitar fusionarnos en una única gota. Mirábamos hacia abajo asustadas pues, aunque caíamos de manera tranquila, no teníamos la menor idea de dónde iríamos a parar. Miramos hacia abajo. Unos niños pequeños jugaban con tranquilidad en un parque. Aún no habíamos llegado hasta ellos. No nos esperaban. Cuando al fin llegamos abajo, muchas de nuestras compañeras cayeron al suelo, mojando la arena del parque y generando un delicioso aroma. Fluvi y yo, o Fluvitita, como terminamos llamándonos, fuimos a caer en la nariz de una pequeña niña de coletas que jugaba con sus amiguitos en el parque. La niña, ilusionada, comenzó a jugar con nosotras, a esparcirnos por su cara, mojando todo su precioso rostro. Creo que no me había sentido tan feliz en la vida como cuando vi la carita de alegría de aquella pequeña jugando con nosotras. El ciclo había llegado a su fin. Ahora les tocaría a otras gotitas completarlo, como habíamos hecho nosotras.

Así que ya sabes, pequeña niña de coletas que jugaba en el parque el viernes por la tarde. Aquella gran gota de agua que cayó sobre tu nariz y que te hizo sonreír durante un buen rato, éramos Fluvi y yo, y ahora ya conoces nuestra historia.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “El viaje de Tita (IV)”

 

EL VIAJE DE TITA
Imagen: Pixabay.com

 

 

Parte I          Parte II        Parte III

 

EL VIAJE DE TITA (IV)

Era enorme, un río de dimensiones que yo jamás hubiese llegado a imaginar. Y había algo más. El olor. Aquel gigantesco río tenía un olor salado, y los peces que habitaban en sus aguas eran muy diferentes a los que yo había ido encontrando en mi camino. Eran más grandes, más vivaces, muchos de ellos no dejaban que te subieses encima, pero la mayoría de ellos eran super divertidos.

Fluvi y yo seguíamos cogidas de la mano cuando llegamos a aquel gigantesco río. Cuando preguntamos a las gotas más ancianas que habían logrado sobrevivir a los rápidos del río anterior, muchas de ellas no tenían una respuesta, pero algunas nos hablaron de un lugar inmenso llamado mar, del que habían oído hablar en las leyendas, en el que todas nosotras nos convertíamos en saladas.

¡Así que aquello debía ser el mar! ¡Habíamos llegado al mar! Yo estaba como loca. Fluvi, no tanto, había oído hablar antes del mar y le tenía un gran respeto. Había oído de corrientes marinas que te arrastraban hacia sus adentros hasta que quedabas olvidada en aquella gigantesca masa de agua con un montón de compañeras desconocidas. Y otras que te arrastraban hasta la orilla, y quedabas consumida por un sol que te secaba sin piedad al instante. Yo agarré más fuerte aún a Fluvi de la mano y le prometí que, pasase lo que pasase, siempre lo pasaríamos juntas. Eran momentos en los que yo tenía que hacerme la fuerte, aunque por dentro estuviese temblando por las historias que me había contado Fluvi.

Pasamos unos días estupendos en aquel mar, nos volvimos saladas y frías, cuando siempre habíamos sido dulces y… bueno, frías siempre lo fuimos. Jugamos un montón juntas, con otras gotas amigas y con los animales marinos que por allí vivían. Ninguno de ellos quería hacernos daño. Más bien parecía que tenían una lucha entre ellos, en la que los peces más grandes querían comerse a los más pequeños. Con nosotras siempre eran encantadores, nos invitaban a subir a sus lomos y lo pasábamos de miedo. Cuando el mar se alborotaba, formando grandes olas, eran los peores momentos, porque nos veíamos arrastrados por una infinidad de compañeras que venían empujando con gran fuerza. Fluvi y yo nos cogíamos fuerte de la mano, para no separarnos en ningún momento.

Pasamos una época muy buena junto con nuestras compañeras en el mar. No sabría deciros si pasaron días, meses o años, tened en cuenta que para mí el tiempo no existía hasta que caí a aquel río lodoso. Todavía no controlo bien eso del tiempo. Sé que pasaron varios soles y varias lunas. Todas nosotras vivíamos felices, con una libertad que no habíamos sentido nunca antes. Pero llegó una época especialmente calurosa, en la que el sol azotaba fuerte la superficie del mar. Muchas de nuestras amigas que habían decidido establecerse en los lugares más profundos de aquellas aguas, no tuvieron ningún problema. Pero Fluvi y yo éramos demasiado jóvenes para instalarnos de esa manera.

Nosotras estábamos siempre en la superficie, enloquecidas con las olas, viendo a los astros pasar uno detrás de otro, haciendo un peculiar giro. Tras aquellos días de inusual calor, comenzamos a sentir algo en nuestros pequeños cuerpos de gotitas. Parecía como si poco a poco nos fuésemos desintegrando. Fluvi y yo nos agarramos muy fuerte para no perdernos en ningún momento. ¡Madre, mía! ¡Nos estábamos evaporando! Y así, en forma de vapor de agua, y siempre cogidas de la mano, subimos poco a poco flotando hasta el cielo.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “El viaje de Tita (III)”

 

EL VIAJE DE TITA
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Parte I    Parte II

 

EL VIAJE DE TITA (III)

El paisaje en aquel lugar era impresionante. Estaba todo recubierto de una vegetación exuberante. Lo más seguro es que se tratase de pequeñas hierbas, pero para mi pequeño tamaño de gotita de agua, todo aquello era majestuoso. Disfruté de aquella maravillosa visión, que no había tenido oportunidad de contemplar en toda mi vida, durante un largo rato.

Me mantuve ajena a todas las conversaciones que las demás gotas mantenían entre sí, la mayor parte quejándose por la rapidez con la que transcurría el riachuelo. Para las gotas más mayores, aquello suponía un esfuerzo demasiado grande e iban perdiendo pequeñas gotitas que, como yo, engrosaban el torrente. Muchas de aquellas gotas más mayores, quedaron diluidas en el transcurso del río. Hubo momentos realmente duros durante aquellos tiempos.

Algo que me dejó maravillada fue el transcurrir de los días. Yo, que vivía dentro de una cañería sin preocuparme nunca del tiempo, veía ahora transcurrir ante mis ojos días y noches en un lento y ameno devenir. Las gotas más sabias nos contaron que eran el sol y la luna, los astros que veíamos en el inmenso cielo que teníamos sobre nosotras, y que contemplábamos ensimismadas la mayor parte del camino.

Había veces que a nuestro riachuelo llegaban otros procedentes de otros lugares, de forma que, lo que en un principio había sido un pequeño río rápido, se había ido convirtiendo en un amplio río con abundantes gotas que transcurría con algo más de serenidad. Había unos animales, los peces, que jugueteaban con nosotras. No sabría explicar por qué, pero en aquella ocasión perdí mi cobardía habitual, y me subía a los peces y me divertía como la que más. Fueron tiempos felices.

A mí me gustaba mucho cuando algún otro riachuelo llegaba hasta el nuestro. Eso significaba gotas nuevas con las que entablar amistad y que te contaban historias acerca de sus lugares de partida. Todos eran distintos y yo escuchaba cada historia con mucha atención. Me encantaba.

En una de esas incorporaciones de riachuelos, conocí a otra pequeña gotita de agua como yo. Se llamaba Fluvi y venía desde Zaragoza. Fluvi y yo enseguida entablamos una muy buena amistad y pasábamos juntas todo el tiempo, compartiendo anécdotas, jugando con los peces… Nos volvimos inseparables, siempre una cogida de la mano de la otra. Formábamos un tándem perfecto que resistía con gran audacia cuando las aguas se ponían más bravas, por ejemplo, cuando había una tormenta. Ella me daba valor, porque no era tan miedosa como yo, y yo ponía la fuerza para que la corriente no nos arrastrase lo suficiente para separarnos del resto de nuestro grupo.

Así recorrimos juntas el trayecto, durante muchos días, hasta que llegamos a un lugar que nos dejó boquiabiertas. Jamás hubiésemos imaginado que pudiese existir un lugar así. Pero tanto Fluvi como yo, cogidas de la mano, nos lanzamos sin pensarlo a aquel lugar que parecía tener un encanto especial.

Ana Centellas. Mayo 2017. Derechos registrados.

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