Por capítulos: “La firma”

Por capítulos: “La firma”

LA FIRMA

Como siempre que termina una serie, os dejo el relato “La firma” completo, para los que gusten de leer del tirón.

LA FIRMA

Mi trabajo como director general en una gran multinacional siempre me ha brindado la oportunidad de conocer a muchas personas. Siempre he sido una persona muy observadora y con una gran capacidad analítica, lo que me ha reportado grandes beneficios, tanto en el terreno laboral como en el personal. Era, y continúo siendo, capaz de analizar a las personas en tan solo unos minutos de trato con ellas, de manera que el modo en que apretaban mi mano, la más sutil variación en el timbre de voz o los gestos más imperceptibles ya me llevaban a formarme una opinión de la persona en cuestión bastante cercana a la realidad.

En el trabajo, mis subalternos siempre han sentido un gran respeto hacia mí, porque ya era de todos bien sabido que, desde el momento en que entraran por la puerta de mi despacho, yo sabría, sin lugar a ninguna duda, si aquello que me estaban contando era cierto o si, por el contrario, estaban mintiendo como bellacos. Con esto no quiero decir que fuese un jefe duro, más bien todo lo contrario, siempre me he considerado una persona afable y comprensiva que, por mi capacidad de reconocer a los demás, gozaba también de una gran empatía.

Llevaba bastante tiempo observando comportamientos extraños de parte de la directora financiera, pero los fui pasando por alto, por un lado, debido a la amistad que nos unía desde hacía varios años y, por otro, porque tenía que reconocer que su trabajo era excepcionalmente bueno. Por ello, cuando descubrí que estaba realizando maniobras encubiertas para evadir capital de la empresa, decidí darle una oportunidad. Le fui dando pequeños toques de atención, dejando entrever al mismo tiempo que estaba al tanto de todo, pero ella, dedicada como estaba a enmascarar a toda costa sus acciones fraudulentas, ni siquiera se percató de ello.

Jamás olvidaré su cara en el momento en que le comuniqué su despido con carácter procedente, de auténtica sorpresa y estupor. En un principio se indignó muchísimo, molesta por haber sido acusada de algo que no había cometido, pero según pasaban los minutos sus excusas se fueron volviendo cada vez más inconexas, como si estuviera intentado ocultar con solo dos manos los múltiples agujeros por los que se colaba el sol, hasta al final llegar a confesar su delito.

He de reconocer que el despido de mi compañera me causó un regusto amargo, a pesar de haber actuado en todo momento de la manera correcta e incluso haber levantado la mano cuando no debería ni siquiera haberlo hecho. La cuestión es que aquello hizo que bajase la guardia durante todo el proceso de selección de un nuevo candidato para su puesto. Dejé por aquella época de analizar a las personas que tenía ante mí, para enfocarme en valorar sus aptitudes curriculares, que jamás llegaban a estar a la altura de las de mi amiga.

No recuerdo cuántas personas llegaron a pasar por la sala de juntas, cuántos apretones de manos di ni cuántos «ya te llamaremos» salieron de mis labios con la consciencia de que jamás lo haría. Pero el hecho de tener que encargarme de realizar las funciones de dirección financiera, además de las propias de mi cargo, hicieron que, llegado el momento, me viese obligado a aligerar el proceso. De manera que, de entre de todos los currículos que no habían sido descartados de manera directa por mí, seleccioné los tres que mostraban las mejores aptitudes y competencias para el desarrollo del puesto.

En vista de que ya había seleccionado a mis tres candidatos, digamos, preferidos, dejé de encargarme del asunto, que puse en manos del departamento laboral con toda confianza. Cualquiera de ellos sería bienvenido y, además, con urgencia. La única directriz que indiqué fue que, ante la coincidencia de otros criterios, primase el de disponibilidad inmediata.

Aquella misma tarde ya tenía entre mis manos un contrato que debía firmar. Por fin, al día siguiente, dejaría de responsabilizarme de las pesadas tareas que el departamento financiero suponían para mí, que nunca se habían encontrado entre mis preferidas y, desde la humildad, he de reconocer que ni tan siquiera tenía la cualificación que yo mismo exigía de los candidatos. Fue entonces cuando me percaté. Justo al lado del lugar donde debía colocar mi rúbrica, otra ya había sido dispuesta previamente. Por la disposición de la misma, supe de inmediato que mi nuevo director financiero sería una mujer. Y por los rasgos que, a simple vista, podía observar de aquella firma, ya podía poner en duda mi nivel de concentración en los últimos días, puesto que una persona con tal firma habría llamado mi atención de inmediato.

Sin abandonar mi pose de jefe atareado que cumple con un mero trámite más, firmé el documento, pero solicité que se me entregase una copia del mismo. Fue algo fuera de lo habitual que, por la cara de circunstancias que puso mi compañero, sé que no le pasó desapercibido el gesto. Sin embargo, como también es costumbre en mí realizar de vez en cuando pequeños cambios, o incluso pruebas encubiertas a los trabajadores, cumplió con lo que le pedí sin mediar palabra.

Cerré la puerta de mi despacho, lo que significaba que no deseaba ser molestado. Cerré todas las cortinas, como si el asunto que me traía entre manos fuese de una confidencialidad absoluta, y analicé a fondo aquel documento. Como ya había supuesto, efectivamente, se trataba de una mujer, solo un par de años menor que yo. Solo con su número de cotización a la Seguridad Social ya pude intuir que llevaba una larga trayectoria laboral a las espaldas, aunque aquello no era ninguna novedad, puesto que los currículos que había dejado seleccionados eran espectaculares.

Necesitaba concentración para hacer lo que quería y, como en la oficina no terminaba de encontrarme lo suficientemente cómodo, me retiré pronto a mi domicilio, cosa que también supuso motivo de especulación para los trabajadores. No es que lo adivine, sino que me llegaban sus cuchicheos hasta la puerta del ascensor. Con rapidez, hice anotación mental de solicitar a los trabajadores un compromiso mayor de discreción. Como me descuidase, aquello se iba a convertir en una verdulería y jamás me han gustado los chismes de pasillo.

Cuando llegué a mi casa me recibió el mismo apartamento cerrado y solitario de siempre, en el que solía ahogar la soledad con largos tragos de cerveza una vez que había sustituido mi perfecto traje de ejecutivo agresivo por los cómodos pantalones de yoga. Pero aquella tarde había una prioridad para mí, y no era otra que realizar una interpretación a fondo de aquella firma que confirmara la sorpresiva reacción que había tenido hacía solo unas horas al verla en mi despacho sobre aquel documento que tanto había esperado.

Ni siquiera me detuve a cambiarme de ropa. La luz del día aún entraba por entre las láminas de las persianas que habían quedado cerradas aquella misma mañana, y que permanecían así durante la mayor parte de los días hasta que llegaba el fin de semana. El piso olía a cerrado y a rancio, con una atmósfera viciada por la cantidad de cigarrillos acumulados en el cenicero que solo vaciaba una vez por semana. Pero aquellos pequeños detalles pasaron casi percibidos por mi mente, que solo tenía un objetivo en el que centrarse. Aún así, me tomé un par de segundos para sacar una cerveza bien fría de la nevera.

Entré en la habitación que hacía las veces de despacho. Allí era donde pasaba horas encerrado casi todos los días revisando trabajo que me había llevado para casa. El único orden visible allí dentro era el que reinaba en la mesa de trabajo, sobre la que solo reposaba el ordenador portátil. El resto de la habitación era un auténtico caos. Las estanterías estaban repletas de documentación personal que iba apilando sin ton ni son sobre los libros. Pilas enormes de más libros, de todos los géneros, aparecían desperdigadas por aquí y allá sobre el suelo. Varios aparatos de ejercicio también rellenaban el escaso suelo disponible en el cuarto. Podría parecer que sería imposible encontrar algo en aquel completo desorden si no fuera porque mi cerebro iba apilando la información acerca de dónde estaba cada cosa en el mismo orden en el que yo las iba dejando dentro de aquel santuario del caos.

La luz era tenue, muy cálida, y provenía de una lámpara de bambú muy sencilla que colgaba del techo a punto de caerse sobre mi cabeza en cualquier momento. Cualquiera que me conociese jamás habría imaginado el estado tan catastrófico en el que mantenía aquel cuarto que tanto utilizaba y que estaba cerrado a cal y canto para las visitas. Pero yo hubiese podido entrar con los ojos cerrados y aún así haber sorteado cada uno de los obstáculos que se interponían entre la entrada y mi mesa.

Solo conseguí relajarme cuando me senté en mi silla, después de haberme despojado de la chaqueta del traje, que quedó tirada sobre uno de los aparatos que utilizaba para ponerme en forma. Entonces sí, aflojé el nudo de mi corbata, di un sorbo a la cerveza y, mientras encendía un cigarrillo, extraje de mi carpeta la fotocopia del documento que había firmado unas horas antes.

Me quedé tan absorto contemplando aquella firma que el cigarrillo se convirtió en colilla entre mis dedos. Un rastro de ceniza había ido cayendo sobre mis perfectos pantalones de lana. La esparcí con una mano sin darle importancia a dónde cayera. Mis ojos solo podían seguir una y otra vez los giros que habían sido trazados sobre el papel. Delante de mí eran de color negro, pero el original tenía el brillante color azul de una pluma estilográfica y, además, de buena marca, deduje. El trazo era firme, sin temblores ni una pequeña señal de haber levantado la pluma del papel ni haber ejercido menos presión de la necesaria.

Cuando quise darme cuenta, ya habían pasado las diez de la noche y, no solo no había conseguido analizar aquella firma, absorto como estaba, sino que ni siquiera había sido consciente del transcurso del tiempo. La cerveza  seguía en la misma posición en que la dejé al llegar, casi sin probar, ya por completo caliente. Mi cuerpo ni siquiera había reclamado la dosis de nicotina de costumbre y mucho menos la cena. Decidí que tenía que salir de aquel estado que me había mantenido absorto durante horas, así que fui a prepararme algo ligero para cenar, no sin antes comprobar el nombre de la propietaria de aquellas líneas. Ángela…

Ángela, Ángela, Ángela… Aquel nombre se mantuvo dando vueltas en mi enturbiada consciencia durante toda la noche en la que, sin resultado, intenté dormir un poco. Una noche completa de insomnio en la que solo escuchaba ese nombre y aquella firma que tanto me había cautivado daba vueltas entre tanto por mi imaginación como si fueran fotogramas. Dejé sonar el despertador en una búsqueda desesperada de que aquel sonido tan rutinario consiguiese devolverme a mi realidad. No conseguí aguantar ni durante dos segundos aquel tormento que impedía que en mi cabeza resonase con nitidez el nombre.

Busqué en la ducha el mismo consuelo que el despertador no había sido capaz de proporcionarme. Tampoco el resultado fue el esperado. Las gotas de agua que caían sobre mí parecían repetir el nombre en tímidos tamborileos y creí reconocer las fuertes curvas de aquella impactante firma incluso en el cable que se enroscaba alrededor del grifo cuando depositaba sobre él la alcachofa. Dentro de mi metódico mundo, creo que jamás llegué a encontrarme tan obsesionado con algo ni con alguien como lo estaba en estos momentos.

Aturdido por completo, me serví un café con leche y unas tostadas, el desayuno de cada mañana. El aroma del café por fin parecía disipar un poco las brumas que cubrían mis neuronas, que hasta entonces habían estado enfocadas en aquel único nombre y aquella firma cautivadora. Contra todo pronóstico, avisé en la oficina de que trabajaría desde mi casa aquel día, pues no me encontraba muy bien. Solo hubo que cancelar las reuniones que tenía comprometidas para aquel día y organizar de nuevo la agenda. Creo que nunca había sentido tal placer ante la perspectiva de una mañana de trabajo en casa. Trabajo que, evidentemente, iba a estar encaminado a esclarecer el tema de mi obsesión.

Desconecté mi teléfono móvil, en una clara advertencia de que no quería recibir ninguna molestia y, tras fumar el cigarrillo más gratificante de la historia, sorteé los mil obstáculos que se interponían en mi camino hacia mi mesa de trabajo. Con la mente ya más despejada y la garantía de que no iba a ser interrumpido, me concentré en el documento que guardaba con tanto celo desde el día anterior, el culpable de mi insomnio y de mi agitación.

Aun así, me llevó más o menos una hora realizar un minucioso análisis visual de la firma. No era una firma complicada ni enrevesada, pero permitía obtener tal cantidad de información de la persona que la había plasmado, que era impresionante. Esos trazos firmes, sin ninguna evidencia de inseguridad, aquellos giros tan bien definidos, cuyo trazo no se iba diluyendo con el avance, sino al contrario. Hice una pausa para fumar un cigarrillo y prepararme un café solo mientras arrancaba el equipo. Estaba preparado para redactar un completo informe sobre la personalidad de Ángela.

Para cuando llegó la hora de la comida, yo ya estaba más que satisfecho con el resultado obtenido. Si las personas fuesen plenamente conscientes de la cantidad de información que puede aportar una firma o un simple escrito a mano, con total probabilidad realizarían cambios constantes en su grafología. Por suerte para mí, eso no era habitual. Descansé aquella tarde muchísimo más de lo que lo había hecho la noche anterior y, tras una cena ligera, me fui a la cama sabiendo que dormiría toda la noche de un tirón. Estaba más que preparado para conocer a Ángela en persona al día siguiente.

La noche transcurrió tal y como la esperaba. Desde temprana hora me envolvió un sueño plácido y tranquilo, por completo reparador. Para cuando el despertador quiso emitir su primer timbre traicionero al amanecer, yo ya estaba en pie, me había duchado, afeitado y tarareaba una canción mientras preparaba mi desayuno. Hacía tiempo que no sentía semejante vitalidad por la mañana, acostumbrado a tomar un café solo entre sueños y salir pitando para el trabajo. Mi excelente humor y un desayuno en condiciones, hicieron que aquella mañana quedase archivada en mi memoria bajo la etiqueta de una de las más agradables de mi vida.

Cuando llegué a la oficina, aún no había nadie. Disfruté de aquellos momentos de tranquilidad tan escasos mientras me preparaba otro café. El sonido de las llaves en la puerta me puso en alerta, todavía faltaba casi media hora para que comenzase la jornada laboral, así que salí, con mi café en mano, a ver quién era aquella persona tan madrugadora. Tuve que detener mis pies de sopetón en la puerta del office ante un torbellino asolador que avanzaba por el pasillo de la oficina. Mi recién estrenado café estuvo a punto de pasar a mejor vida sobre el suelo de moqueta ante el ímpetu de aquel fenómeno meteorológico que se había manifestado de repente para irrumpir en la paz que manteníamos la oficina y yo. Pasó volando por delante de mí, y, una vez que hubo procesado que no estaba sola, se detuvo un par de metros más adelante para girarse con curiosidad.

Era ella. Ángela. La mujer de la firma arrebatadora que me había cautivado desde un primer instante. Era su segundo día en la oficina y no me conocía, con lo cual yo partía con ventaja en aquel inesperado juego que acababa de comenzar por mi parte. O al menos eso era lo que yo creía.

Mantuvimos una breve conversación en el pasillo y la invité a un café. Ella declinó con delicadeza mi invitación y salió corriendo a refugiarse en su despacho. Un momento, ¿qué es lo que estaba ocurriendo? Para nada era la reacción que esperaba recibir de ella. La mirada se dirigía hacia el suelo mientras conversábamos, en una actitud que no correspondía para nada con lo que aquella firma me había dicho de ella. Su tono de voz era tan bajo que casi podría decir que hablaba en susurros, tuve que hacer verdaderos esfuerzos por escucharla. Y, en cuanto tuvo ocasión, se despidió con timidez y se encerró en su despacho.

Yo me dirigí hacia el mío pensativo. No podía ser, jamás habían fallado mis análisis grafológicos. ¿Había perdido dos días analizando una firma que me había cautivado, para nada? Y lo que era peor, aquella actitud no era la que yo estaba buscando en mi nueva directora financiera. La convoqué a una reunión de emergencia en mi despacho.

La persona que entró en mi despacho poco o nada tenía que ver con la muchacha tímida y asustadiza que había conocido hacía apenas una hora. Segura de sí misma, determinante e inflexible, aquella mujer era un auténtico tiburón financiero. En apenas cinco minutos me planteó una nueva estrategia que podría suponer un incremento sustancial en los beneficios de la empresa. En tan solo dos días, Ángela había conseguido más que la persona que ocupaba antes su puesto en todos los años que estuvo ejerciendo su profesión. No lo podía negar. Acompañaba datos concretos y gráficos tremendamente explicativos.

Cuando salió de mi despacho, comprendí. Así que Ángela utilizaba una coraza que, o bien encubría perfectamente su verdadera personalidad cuando estaba trabajando, o era al contrario, aquella era su verdadera personalidad y fuera de su ámbito laboral la inseguridad la desbordaba. Solo podía hacer una cosa. Trazar un plan para desenmascarar su verdadera personalidad fuera de la oficina. Aquella mujer me gustaba y mucho. Como fuese, iba a conseguir que nuestra relación saliese de las cuatro paredes de aquel despacho. Sabía que podía hacerlo. Quizá debería dedicarme a la psicología, ¿quién sabe?

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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Creado a partir de la obra en
https://anacentellasg.wordpress.com.

*Imagen: Pixabay.com (editada)

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Por capítulos: “La firma (V)”

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LA FIRMA

LA FIRMA (V)

La noche transcurrió tal y como la esperaba. Desde temprana hora me envolvió un sueño plácido y tranquilo, por completo reparador. Para cuando el despertador quiso emitir su primer timbre traicionero al amanecer, yo ya estaba en pie, me había duchado, afeitado y tarareaba una canción mientras preparaba mi desayuno. Hacía tiempo que no sentía semejante vitalidad por la mañana, acostumbrado a tomar un café solo entre sueños y salir pitando para el trabajo. Mi excelente humor y un desayuno en condiciones, hicieron que aquella mañana quedase archivada en mi memoria bajo la etiqueta de una de las más agradables de mi vida.

Cuando llegué a la oficina, aún no había nadie. Disfruté de aquellos momentos de tranquilidad tan escasos mientras me preparaba otro café. El sonido de las llaves en la puerta me puso en alerta, todavía faltaba casi media hora para que comenzase la jornada laboral, así que salí, con mi café en mano, a ver quién era aquella persona tan madrugadora. Tuve que detener mis pies de sopetón en la puerta del office ante un torbellino asolador que avanzaba por el pasillo de la oficina. Mi recién estrenado café estuvo a punto de pasar a mejor vida sobre el suelo de moqueta ante el ímpetu de aquel fenómeno meteorológico que se había manifestado de repente para irrumpir en la paz que manteníamos la oficina y yo. Pasó volando por delante de mí, y, una vez que hubo procesado que no estaba sola, se detuvo un par de metros más adelante para girarse con curiosidad.

Era ella. Ángela. La mujer de la firma arrebatadora que me había cautivado desde un primer instante. Era su segundo día en la oficina y no me conocía, con lo cual yo partía con ventaja en aquel inesperado juego que acababa de comenzar por mi parte. O al menos eso era lo que yo creía.

Mantuvimos una breve conversación en el pasillo y la invité a un café. Ella declinó con delicadeza mi invitación y salió corriendo a refugiarse en su despacho. Un momento, ¿qué es lo que estaba ocurriendo? Para nada era la reacción que esperaba recibir de ella. La mirada se dirigía hacia el suelo mientras conversábamos, en una actitud que no correspondía para nada con lo que aquella firma me había dicho de ella. Su tono de voz era tan bajo que casi podría decir que hablaba en susurros, tuve que hacer verdaderos esfuerzos por escucharla. Y, en cuanto tuvo ocasión, se despidió con timidez y se encerró en su despacho.

Yo me dirigí hacia el mío pensativo. No podía ser, jamás habían fallado mis análisis grafológicos. ¿Había perdido dos días analizando una firma que me había cautivado, para nada? Y lo que era peor, aquella actitud no era la que yo estaba buscando en mi nueva directora financiera. La convoqué a una reunión de emergencia en mi despacho.

La persona que entró en mi despacho poco o nada tenía que ver con la muchacha tímida y asustadiza que había conocido hacía apenas una hora. Segura de sí misma, determinante e inflexible, aquella mujer era un auténtico tiburón financiero. En apenas cinco minutos me planteó una nueva estrategia que podría suponer un incremento sustancial en los beneficios de la empresa. En tan solo dos días, Ángela había conseguido más que la persona que ocupaba antes su puesto en todos los años que estuvo ejerciendo su profesión. No lo podía negar. Acompañaba datos concretos y gráficos tremendamente explicativos.

Cuando salió de mi despacho, comprendí. Así que Ángela utilizaba una coraza que, o bien encubría perfectamente su verdadera personalidad cuando estaba trabajando, o era al contrario, aquella era su verdadera personalidad y fuera de su ámbito laboral la inseguridad la desbordaba. Solo podía hacer una cosa. Trazar un plan para desenmascarar su verdadera personalidad fuera de la oficina. Aquella mujer me gustaba y mucho. Como fuese, iba a conseguir que nuestra relación saliese de las cuatro paredes de aquel despacho. Sabía que podía hacerlo. Quizá debería dedicarme a la psicología, ¿quién sabe?

FIN

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Por capítulos: “La firma (IV)”

Por capítulos: “La firma (IV)”

LA FIRMA

 

La firma (I)      La firma (II)     La firma (III)

 

LA FIRMA (IV)

Ángela, Ángela, Ángela… Aquel nombre se mantuvo dando vueltas en mi enturbiada consciencia durante toda la noche en la que, sin resultado, intenté dormir un poco. Una noche completa de insomnio en la que solo escuchaba ese nombre y aquella firma que tanto me había cautivado daba vueltas entre tanto por mi imaginación como si fueran fotogramas. Dejé sonar el despertador en una búsqueda desesperada de que aquel sonido tan rutinario consiguiese devolverme a mi realidad. No conseguí aguantar ni durante dos segundos aquel tormento que impedía que en mi cabeza resonase con nitidez el nombre.

Busqué en la ducha el mismo consuelo que el despertador no había sido capaz de proporcionarme. Tampoco el resultado fue el esperado. Las gotas de agua que caían sobre mí parecían repetir el nombre en tímidos tamborileos y creí reconocer las fuertes curvas de aquella impactante firma incluso en el cable que se enroscaba alrededor del grifo cuando depositaba sobre él la alcachofa. Dentro de mi metódico mundo, creo que jamás llegué a encontrarme tan obsesionado con algo ni con alguien como lo estaba en estos momentos.

Aturdido por completo, me serví un café con leche y unas tostadas, el desayuno de cada mañana. El aroma del café por fin parecía disipar un poco las brumas que cubrían mis neuronas, que hasta entonces habían estado enfocadas en aquel único nombre y aquella firma cautivadora. Contra todo pronóstico, avisé en la oficina de que trabajaría desde mi casa aquel día, pues no me encontraba muy bien. Solo hubo que cancelar las reuniones que tenía comprometidas para aquel día y organizar de nuevo la agenda. Creo que nunca había sentido tal placer ante la perspectiva de una mañana de trabajo en casa. Trabajo que, evidentemente, iba a estar encaminado a esclarecer el tema de mi obsesión.

Desconecté mi teléfono móvil, en una clara advertencia de que no quería recibir ninguna molestia y, tras fumar el cigarrillo más gratificante de la historia, sorteé los mil obstáculos que se interponían en mi camino hacia mi mesa de trabajo. Con la mente ya más despejada y la garantía de que no iba a ser interrumpido, me concentré en el documento que guardaba con tanto celo desde el día anterior, el culpable de mi insomnio y de mi agitación.

Aun así, me llevó más o menos una hora realizar un minucioso análisis visual de la firma. No era una firma complicada ni enrevesada, pero permitía obtener tal cantidad de información de la persona que la había plasmado, que era impresionante. Esos trazos firmes, sin ninguna evidencia de inseguridad, aquellos giros tan bien definidos, cuyo trazo no se iba diluyendo con el avance, sino al contrario. Hice una pausa para fumar un cigarrillo y prepararme un café solo mientras arrancaba el equipo. Estaba preparado para redactar un completo informe sobre la personalidad de Ángela.

Para cuando llegó la hora de la comida, yo ya estaba más que satisfecho con el resultado obtenido. Si las personas fuesen plenamente conscientes de la cantidad de información que puede aportar una firma o un simple escrito a mano, con total probabilidad realizarían cambios constantes en su grafología. Por suerte para mí, eso no era habitual. Descansé aquella tarde muchísimo más de lo que lo había hecho la noche anterior y, tras una cena ligera, me fui a la cama sabiendo que dormiría toda la noche de un tirón. Estaba más que preparado para conocer a Ángela en persona al día siguiente.

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “La firma (III)”

Por capítulos: “La firma (III)”

LA FIRMA

 

“La firma (I)”       “La firma (II)”

LA FIRMA (III)

Ni siquiera me detuve a cambiarme de ropa. La luz del día aún entraba por entre las láminas de las persianas que habían quedado cerradas aquella misma mañana, y que permanecían así durante la mayor parte de los días hasta que llegaba el fin de semana. El piso olía a cerrado y a rancio, con una atmósfera viciada por la cantidad de cigarrillos acumulados en el cenicero que solo vaciaba una vez por semana. Pero aquellos pequeños detalles pasaron casi percibidos por mi mente, que solo tenía un objetivo en el que centrarse. Aún así, me tomé un par de segundos para sacar una cerveza bien fría de la nevera.

Entré en la habitación que hacía las veces de despacho. Allí era donde pasaba horas encerrado casi todos los días revisando trabajo que me había llevado para casa. El único orden visible allí dentro era el que reinaba en la mesa de trabajo, sobre la que solo reposaba el ordenador portátil. El resto de la habitación era un auténtico caos. Las estanterías estaban repletas de documentación personal que iba apilando sin ton ni son sobre los libros. Pilas enormes de más libros, de todos los géneros, aparecían desperdigadas por aquí y allá sobre el suelo. Varios aparatos de ejercicio también rellenaban el escaso suelo disponible en el cuarto. Podría parecer que sería imposible encontrar algo en aquel completo desorden si no fuera porque mi cerebro iba apilando la información acerca de dónde estaba cada cosa en el mismo orden en el que yo las iba dejando dentro de aquel santuario del caos.

La luz era tenue, muy cálida, y provenía de una lámpara de bambú muy sencilla que colgaba del techo a punto de caerse sobre mi cabeza en cualquier momento. Cualquiera que me conociese jamás habría imaginado el estado tan catastrófico en el que mantenía aquel cuarto que tanto utilizaba y que estaba cerrado a cal y canto para las visitas. Pero yo hubiese podido entrar con los ojos cerrados y aún así haber sorteado cada uno de los obstáculos que se interponían entre la entrada y mi mesa.

Solo conseguí relajarme cuando me senté en mi silla, después de haberme despojado de la chaqueta del traje, que quedó tirada sobre uno de los aparatos que utilizaba para ponerme en forma. Entonces sí, aflojé el nudo de mi corbata, di un sorbo a la cerveza y, mientras encendía un cigarrillo, extraje de mi carpeta la fotocopia del documento que había firmado unas horas antes.

Me quedé tan absorto contemplando aquella firma que el cigarrillo se convirtió en colilla entre mis dedos. Un rastro de ceniza había ido cayendo sobre mis perfectos pantalones de lana. La esparcí con una mano sin darle importancia a dónde cayera. Mis ojos solo podían seguir una y otra vez los giros que habían sido trazados sobre el papel. Delante de mí eran de color negro, pero el original tenía el brillante color azul de una pluma estilográfica y, además, de buena marca, deduje. El trazo era firme, sin temblores ni una pequeña señal de haber levantado la pluma del papel ni haber ejercido menos presión de la necesaria.

Cuando quise darme cuenta, ya habían pasado las diez de la noche y, no solo no había conseguido analizar aquella firma, absorto como estaba, sino que ni siquiera había sido consciente del transcurso del tiempo. La cerveza  seguía en la misma posición en que la dejé al llegar, casi sin probar, ya por completo caliente. Mi cuerpo ni siquiera había reclamado la dosis de nicotina de costumbre y mucho menos la cena. Decidí que tenía que salir de aquel estado que me había mantenido absorto durante horas, así que fui a prepararme algo ligero para cenar, no sin antes comprobar el nombre de la propietaria de aquellas líneas. Ángela…

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “La firma (II)”

Por capítulos: “La firma (II)”

LA FIRMA

“La firma (I)”

LA FIRMA (II)

En vista de que ya había seleccionado a mis tres candidatos, digamos, preferidos, dejé de encargarme del asunto, que puse en manos del departamento laboral con toda confianza. Cualquiera de ellos sería bienvenido y, además, con urgencia. La única directriz que indiqué fue que, ante la coincidencia de otros criterios, primase el de disponibilidad inmediata.

Aquella misma tarde ya tenía entre mis manos un contrato que debía firmar. Por fin, al día siguiente, dejaría de responsabilizarme de las pesadas tareas que el departamento financiero suponían para mí, que nunca se habían encontrado entre mis preferidas y, desde la humildad, he de reconocer que ni tan siquiera tenía la cualificación que yo mismo exigía de los candidatos. Fue entonces cuando me percaté. Justo al lado del lugar donde debía colocar mi rúbrica, otra ya había sido dispuesta previamente. Por la disposición de la misma, supe de inmediato que mi nuevo director financiero sería una mujer. Y por los rasgos que, a simple vista, podía observar de aquella firma, ya podía poner en duda mi nivel de concentración en los últimos días, puesto que una persona con tal firma habría llamado mi atención de inmediato.

Sin abandonar mi pose de jefe atareado que cumple con un mero trámite más, firmé el documento, pero solicité que se me entregase una copia del mismo. Fue algo fuera de lo habitual que, por la cara de circunstancias que puso mi compañero, sé que no le pasó desapercibido el gesto. Sin embargo, como también es costumbre en mí realizar de vez en cuando pequeños cambios, o incluso pruebas encubiertas a los trabajadores, cumplió con lo que le pedí sin mediar palabra.

Cerré la puerta de mi despacho, lo que significaba que no deseaba ser molestado. Cerré todas las cortinas, como si el asunto que me traía entre manos fuese de una confidencialidad absoluta, y analicé a fondo aquel documento. Como ya había supuesto, efectivamente, se trataba de una mujer, solo un par de años menor que yo. Solo con su número de cotización a la Seguridad Social ya pude intuir que llevaba una larga trayectoria laboral a las espaldas, aunque aquello no era ninguna novedad, puesto que los currículos que había dejado seleccionados eran espectaculares.

Necesitaba concentración para hacer lo que quería y, como en la oficina no terminaba de encontrarme lo suficientemente cómodo, me retiré pronto a mi domicilio, cosa que también supuso motivo de especulación para los trabajadores. No es que lo adivine, sino que me llegaban sus cuchicheos hasta la puerta del ascensor. Con rapidez, hice anotación mental de solicitar a los trabajadores un compromiso mayor de discreción. Como me descuidase, aquello se iba a convertir en una verdulería y jamás me han gustado los chismes de pasillo.

Cuando llegué a mi casa me recibió el mismo apartamento cerrado y solitario de siempre, en el que solía ahogar la soledad con largos tragos de cerveza una vez que había sustituido mi perfecto traje de ejecutivo agresivo por los cómodos pantalones de yoga. Pero aquella tarde había una prioridad para mí, y no era otra que realizar una interpretación a fondo de aquella firma que confirmara la sorpresiva reacción que había tenido hacía solo unas horas al verla en mi despacho sobre aquel documento que tanto había esperado.

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “La firma (I)”

Por capítulos: “La firma (I)”

LA FIRMA

LA FIRMA (I)

Mi trabajo como director general en una gran multinacional siempre me ha brindado la oportunidad de conocer a muchas personas. Siempre he sido una persona muy observadora y con una gran capacidad analítica, lo que me ha reportado grandes beneficios, tanto en el terreno laboral como en el personal. Era, y continúo siendo, capaz de analizar a las personas en tan solo unos minutos de trato con ellas, de manera que el modo en que apretaban mi mano, la más sutil variación en el timbre de voz o los gestos más imperceptibles ya me llevaban a formarme una opinión de la persona en cuestión bastante cercana a la realidad.

En el trabajo, mis subalternos siempre han sentido un gran respeto hacia mí, porque ya era de todos bien sabido que, desde el momento en que entraran por la puerta de mi despacho, yo sabría, sin lugar a ninguna duda, si aquello que me estaban contando era cierto o si, por el contrario, estaban mintiendo como bellacos. Con esto no quiero decir que fuese un jefe duro, más bien todo lo contrario, siempre me he considerado una persona afable y comprensiva que, por mi capacidad de reconocer a los demás, gozaba también de una gran empatía.

Llevaba bastante tiempo observando comportamientos extraños de parte de la directora financiera, pero los fui pasando por alto, por un lado, debido a la amistad que nos unía desde hacía varios años y, por otro, porque tenía que reconocer que su trabajo era excepcionalmente bueno. Por ello, cuando descubrí que estaba realizando maniobras encubiertas para evadir capital de la empresa, decidí darle una oportunidad. Le fui dando pequeños toques de atención, dejando entrever al mismo tiempo que estaba al tanto de todo, pero ella, dedicada como estaba a enmascarar a toda costa sus acciones fraudulentas, ni siquiera se percató de ello.

Jamás olvidaré su cara en el momento en que le comuniqué su despido con carácter procedente, de auténtica sorpresa y estupor. En un principio se indignó muchísimo, molesta por haber sido acusada de algo que no había cometido, pero según pasaban los minutos sus excusas se fueron volviendo cada vez más inconexas, como si estuviera intentado ocultar con solo dos manos los múltiples agujeros por los que se colaba el sol, hasta al final llegar a confesar su delito.

He de reconocer que el despido de mi compañera me causó un regusto amargo, a pesar de haber actuado en todo momento de la manera correcta e incluso haber levantado la mano cuando no debería ni siquiera haberlo hecho. La cuestión es que aquello hizo que bajase la guardia durante todo el proceso de selección de un nuevo candidato para su puesto. Dejé por aquella época de analizar a las personas que tenía ante mí, para enfocarme en valorar sus aptitudes curriculares, que jamás llegaban a estar a la altura de las de mi amiga.

No recuerdo cuántas personas llegaron a pasar por la sala de juntas, cuántos apretones de manos di ni cuántos «ya te llamaremos» salieron de mis labios con la consciencia de que jamás lo haría. Pero el hecho de tener que encargarme de realizar las funciones de dirección financiera, además de las propias de mi cargo, hicieron que, llegado el momento, me viese obligado a aligerar el proceso. De manera que, de entre de todos los currículos que no habían sido descartados de manera directa por mí, seleccioné los tres que mostraban las mejores aptitudes y competencias para el desarrollo del puesto.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Mayo 2018. Derechos registrados.

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*Imagen tomada de la red (editada)

Por capítulos: “María”

Por capítulos: “María”

MARÍA

 

Como siempre que termina una serie, os dejo con la lectura completa de “María”, para aquellos a los que les guste leer sin interrupciones.

 

MARÍA

Cuando era pequeña, antes de comenzar la escuela, solía quedarme con mi abuela materna cuando mis padres tenían que salir a trabajar. Han pasado ya más de treinta años, pero recuerdo aquellos tiempos a la perfección. Pocos recuerdos tengo que no correspondan con mis estancias en casa de los abuelos. Me resulta curioso cómo la mente puede ser tan selectiva en recuerdos. Dicen que hasta los seis años, más o menos, no comienzas a tener recuerdos precisos de tu infancia, solo algún que otro recuerdo puntual de tiempos anteriores. También es mi caso, recuerdo ciertas cosas muy precisas y puntuales, como cuando llegó al mundo mi hermano Juanma, pero puedo recordar a la perfección todos los momentos vividos con la abuela.

El abuelo Luis aún trabajaba, mis abuelos eran jóvenes en comparación con los de mis amiguitas, con las que me juntaba todos los días al atardecer en la puerta de mi bloque. Le veía un ratito cuando, bien de mañana, mis padres me llevaban a su casa. Al poco tiempo, él también salía a trabajar y yo me quedaba sola con la abuela María. La abuela era una mujer de las de antes, de las que se dedicaba por completo al cuidado de la casa y de los hijos. Nunca llegué a saber si lo hacía por gusto propio o por exigencias del abuelo. Por aquellos tiempos ni por asomo me ponía a pensar en cosas así. Lo que sí pensaba, curiosamente, era que yo jamás me iba a quedar encerrada en una casa, sino que de mayor quería trabajar, como mi mamá, e imaginaba mil y un futuros posibles para mí.

Cuando nació mi hermano, Juanma, el abuelo ya se había jubilado, yo tenía ya cinco años e iba a la escuela. Pero él apenas llegó a quedarse con la abuela, solo días aislados, cuando cerraba la guardería o en casos de extrema necesidad. Los abuelos, aprovechando que ya ninguno de los dos tenía ningún compromiso laboral fuera de casa, empezaron a vivir la vida de verdad. Salían, entraban, realizaban un sinfín de actividades y salían con frecuencia de viaje. No recuerdo nunca haber visto a la abuela tan feliz como en aquella época. Los dos fueron intensamente felices desde la jubilación del abuelo, y nosotros los visitábamos con bastante frecuencia.

Contaba yo con quince años y mi hermano con diez cuando mi queridísima abuela María partió hacia el cielo, dejando un hueco tan vacío en nuestras vidas que el abuelo Luis no fue capaz de resistir y subió en su búsqueda tan solo dos meses después. Mi vida cambió por completo después de su falta. La mía y la de toda la familia. Aunque esa ya es otra historia.

Lo que yo os quiero contar en esta historia es cómo fueron mis días con la abuela María y por qué fue una mujer tan especial para mí. Permitidme dejar a un lado los sentimentalismos porque, de no ser así, un torrente de lágrimas me impediría poder escribir estas líneas en este momento. He decidido ser fuerte y centrarme solo en lo positivo, en todo lo bueno que me llevo de ella y mantener vivo su recuerdo, aunque sea solo a través de estas simples páginas de un cuaderno de la escuela de mi hijo mayor y no quieran ser leídas más que por mí misma.

Atesoro muchos y maravillosos recuerdos de la abuela María. Son tantos y tan bonitos, tan sumamente placenteros, que no sabría por dónde empezar. Solo os puedo decir que, en la mayoría de las ocasiones, me refería a ella como mamá. No se trata de que no tuviese claro quién era mi verdadera madre; por supuesto que lo sabía, pero lo cierto es que pasaba mucho más tiempo con la abuela María que con mi madre y era tal el cariño mutuo que sentíamos que, en el fondo, yo siempre la consideré una segunda madre.

La abuela, una mujer fuerte donde las hubiera. Con tan tierna edad, era mi modelo a seguir, si exceptuamos el punto de trabajar fuera de casa. Se levantaba bastante antes del amanecer y, cuando yo llegaba a su casa, ya tenía preparados los desayunos, para mí y para el abuelo. Preparaba la ropa del abuelo mientras este se afeitaba y, además, dejaba barrida toda la casa en el tiempo que mi abuelo tardaba en salir del cuarto de baño. Parecía uno de esos coches diminutos con los que jugaba mi hermano, los micro-machines, por la velocidad que llevaba en todo aquello que hacía. No tenía una gran estatura y además le sobraban unos cuantos quilos, pero la agilidad con la que se movía realizando las labores de la casa era sorprendente.

Una vez que el abuelo se iba a trabajar, solo entonces, la abuela se sentaba a desayunar. La recuerdo siempre con un gran tazón de café con leche y un pedazo de pan con aceite que iba mojando en el café hasta que casi no le quedaba nada en la taza para beber. Yo compartía la mesa con ella en silencio, siempre en silencio. Era el único momento del día en el que la abuela permanecía callada. Le gustaba disfrutar de su desayuno así, con tranquilidad, sin distracciones. Yo, inquieta como era a tan tierna edad, sabía perfectamente identificar ese momento como suyo propio, así que me limitaba a observarla en silencio. Era cuando aprovechaba para observar sus rasgos e intentaba identificar algunos de ellos como míos. Cada día encontraba algún detalle, por nimio que fuese, que tuviésemos en común. Reconozco que por aquella época veía a la abuela bellísima, a pesar de sus ya marcadas arrugas y de sus quilos de más. Yo soñaba con, algún día, cuando fuese mayor, ser como ella.

En mi pequeño rostro infantil destacaban sus ojos, azules como el cielo más claro de una cálida primavera. En los míos se reflejaba la inocencia y en los suyos la sabiduría y la experiencia que llevaba a las espaldas, pero en el fondo eran iguales. Lo mismo pasaba con las pestañas, largas y curvadas. Jamás vi a la abuela maquillada y eso era una de las tantas cosas que me gustaban de ella. No como mi mamá, que cada mañana me dejaba impreso en la mejilla el color de su lápiz de labios cuando me daba el beso de despedida. Yo siempre me frotaba mucho el moflete después, para eliminar ese color artificial que tan poco me gustaba. ¿Por qué se tenía que colorear la cara cada mañana? ¡Parecía un payaso!

Los mismos rizos rebeldes que enmarcaban la cara de la abuela, caían con intransigencia por mi frente. La abuela llevaba el pelo corto y coloreado por tintes, creo que esa era la única cosa artificial que llevaba encima, el color de su pelo. Cuando me decía que prefería llevar el pelo de color verde a tenerlo cubierto de canas, yo me reía como una loca imaginándola. «Yo también me lo teñiré cuando sea mayor», pensaba para mí. A ser posible, del mismo tono que la abuela, claro.

Por último, los labios, carnosos y jugosos. La abuela y yo teníamos los mismos labios y yo me sentía muy orgullosa de ellos. La única nota discordante era mi nariz. Yo la odiaba, ya de tan pequeña. Cuando nació mi hermano Juanma, lo primero que hice fue comprobar si tenía la misma nariz que yo. La suya era igual que la de la abuela. Ahora me avergüenzo de ello, pero llegué a odiar a aquel bebé insoportable, que se pasaba el día berreando, solo por el hecho de tener la misma nariz que la abuela María. Por supuesto, cuando crecí y me independicé, mis primeros ahorros fueron para una operación de estética en mi nariz.

La recuerdo como una mujer afable y cariñosa a más no poder, pero también cuadriculada y estricta. En este punto, he de decir que he heredado esa manía tan suya. Todas las labores de la casa estaban planificadas con una precisión milimétrica y, siempre, sin excepción, eran su prioridad. Minuciosa y ordenada hasta rayar lo obsesivo, dedicaba un tiempo preciso a diario para mantener la casa limpia. Yo tenía que quedarme en la cocina, habitualmente coloreando, mientras ella repasaba el polvo de los muebles hasta dejarlos impolutos y fregaba los suelos del piso. Día tras día, sin saltarse ninguno. Jamás la vi enferma o posponer sus autoimpuestas obligaciones para dedicarse a otra cosa.

Otras tareas tenían un día fijado por ella a la semana, con lo cual la abuela María siempre sabía con exactitud qué era lo que tenía que hacer aquel día. Por poner un ejemplo, los lunes era el día que dedicaba a lavar la ropa, siempre a mano. La recuerdo agachada de rodillas en el suelo del cuarto de baño mientras frotaba y frotaba la ropa en la bañera llena de agua espumosa. Nunca quiso tener una lavadora, como teníamos nosotros en casa, pese a las insistencias de mi madre por comprarle una. Utilizaba una pastilla de jabón de Marsella que inundaba el cuarto de baño con un aroma fantástico, el aroma de mi niñez. A día de hoy, ese aroma siempre evoca las mañanas de los lunes en casa de la abuela.

Yo me sentaba con ella en el suelo del cuarto de baño, a sus espaldas, y le pedía que me contase historias. Así, mientras la abuela frotaba y aclaraba, pasábamos una mañana que para mí era de lo más entretenida, pues siempre tenía una historia nueva que ofrecerme y a cada cual más interesante. Imagino que sus manos, envejecidas de manera prematura por aquellos trabajos, no opinarían lo mismo que yo.

Después de lavar la ropa, la ayudaba a tenderla. Había una pequeña terraza en el piso con unas cuerdas que iban de lado a lado en un improvisado tendedero. Durante la tarde, siempre estaba cubierta de sombra, pero por las mañanas la luz del sol la inundaba por completo. Entre los rayos de sol, que calentaban desde primera hora de la mañana, y el aire que siempre parecía soplar en aquella casa, la ropa ya estaba seca para la hora de la comida. Si la abuela se enterase de que yo ahora utilizo, no solo lavadora, sino incluso una secadora, se echaría las manos a la cabeza con aquel gesto suyo tan gracioso.

Después de explicaros la meticulosidad de mi abuela en lo que a las tareas del hogar se refiere, creo que resulta bastante obvio adivinar a qué dedicaba las tardes de los lunes. Después de echarnos un ratito de siesta tras la comida, lo cual era obligatorio, me preparaba la merienda y ella se dedicaba a planchar la ropa que había lavado con tanto ahínco por la mañana. A mí me encantaban las meriendas de la abuela, siempre eran muy distintas de las de casa. Podía ser una rebanada de pan con mantequilla y azúcar, un bollito de pan blando con chocolate, que era mi preferido, o alguno de los bizcochos, rosquillas o galletas que preparaba con asiduidad. Era una repostera magnífica.

Mientras yo merendaba, ella planchaba con un entusiasmo y una energía que, desde un primer momento, me resultaron chocantes. Siempre lo hacía cantando. Yo escuchaba su voz angelical mientras merendaba y, en el fondo, deseaba que aquellas maravillosas tardes de los lunes no acabasen nunca. El aroma de jabón de Marsella en las mañanas y el del calor de la ropa recién planchada por las tardes, son algunos de los recuerdos más bonitos que tengo de mi infancia. Normalmente, yo no había terminado aún de merendar cuando llegaba el abuelo de trabajar. Horas después llegaría mi madre a recogerme y yo aprovechaba aquellos minutos como si fuesen los últimos que fuese a pasar con mis queridos abuelos.

Si había algo que me gustase especialmente cuando estaba con la abuela era acompañarla al mercado. Como no podía ser de otra manera, dentro de su cuadriculada metodología, también había un día señalado para ir al mercado, el viernes. Cada semana, todos los viernes sin excepción, después de su calmado desayuno, tomaba el carrito de la compra y partíamos para el mercado. Parece como si lo estuviera viendo ahora mismo frente a mí. Era un carro que me parecía precioso, con un estampado de cuadros rojos y azules que se parecía mucho a las faldas escocesas que me ponía mi madre cuando tenía que arreglarme.

Esas mañanas en el mercado son otro de mis tesoros más preciados en un rinconcito de mi memoria. Me encantaba el ambiente que allí se respiraba. Solo con entrar me parecía ser absorbida por una esencia mágica, como si fuese un mundo totalmente distinto, una realidad paralela a la que se vivía fuera de aquel recinto. Numerosas voces me llegaban de todos lados, cada uno de los tenderos pregonaba alegre el género que vendía. Y aquello me maravillaba.

La abuela tenía por costumbre visitar siempre los mismos puestos, aquellos en los que los años de experiencia le aportaban el criterio suficiente para saber que su género era de calidad. Llevaba siempre el carro de una mano y con la otra apretaba fuerte contra su pecho el monedero, con la asignación semanal exacta para hacer la compra. Os digo yo que mi abuela hubiese sido una economista excelente. Todos en el mercado la conocían y aquella visita se convertía siempre en un intercambio de saludos con unos y otros. Al final, siempre se paraba a hablar cada dos por tres con algún conocido, de manera que la tarea de hacer la compra nos llevaba buena parte de la mañana.

En cada puesto siempre le regalaban algo. Era cliente de muchos años y eso se notaba. Tampoco faltaban caramelos para mí. A mí me invadía una sensación que no sabía identificar, me sentía muy bien, parecía que el corazón se me fuese a salir del sitio. Ahora, con el paso de los años, recuerdo aquella sensación y sé ponerle un nombre muy preciso. Era orgullo, me sentía muy orgullosa de mi abuela. Y aún lo estoy.

Si me hubiesen preguntado cuál de todos aquellos puestos que visitábamos me gustaba más, habría respondido sin dudarlo ni un segundo. El de las especias era, sin lugar a dudas, mi favorito. Era de los pocos que no visitábamos todas las semanas, así que, en cuanto podía, me escapaba un ratito a dar una vuelta por él. Cuando la abuela no me encontraba a su lado, siempre sabía dónde buscarme, en aquella pequeña tienda ubicada en el último rincón del mercado. Me encantaba aspirar el aroma que desprendían todos aquellos cuencos y la combinación de colores tan variados me hipnotizaba. Si por mí hubiese sido, habría renunciado a todos los caramelos que me hubiesen podido regalar en las demás tiendas por pasar una mañana completa allí.

Pero lo mejor de todo, la parte que con más cariño recuerdo de esas mañanas de viernes, era cuando regresábamos a casa. Algunas veces, cuando el carro no era muy pesado, me dejaba llevarlo un ratito. Eso me hacía sentir mayor. La abuela siempre sabía cómo hacerme sentir bien. Y, cómo no, la rutina se repetía con fidelidad. De camino a casa había un horno de pan artesanal, donde además elaboraban galletas y otros dulces. Todos los viernes entrábamos en el pequeño despacho y la abuela María me compraba una bolsita de galletas rizadas. Antes de salir de la tienda ya me había comido la primera. No he vuelto a comer unas galletas tan ricas como aquellas y tengo impregnado en mis recuerdos olfativos el delicioso aroma que recorría cada centímetro cuadrado de aquel despacho de pan.

Jamás sentí el envejecimiento de mi abuela María. En cuanto empecé la escuela se terminaron para mí aquellos fantásticos días en los que compartíamos todo y que tan buenos recuerdos me han proporcionado. En cambio, debía conformarme con un día a la semana, y solo a ratos, pues solíamos ir únicamente el sábado o el domingo a comer con los abuelos.

La cuestión es que yo fui creciendo y seguí viéndola semana tras semana. Yo la veía siempre igual, salía de viaje con el abuelo, llevaba una vida bastante activa y para mí continuaba siendo igual de preciosa que siempre. Con el paso de los años, me adentré de lleno en la adolescencia. Encontré una libertad de la que me creía merecedora por derecho. En mi interior me sentía adulta, aunque mi documento de identidad siguiese reflejando lo que para mí era una cruel minoría de edad. Comenzaron las salidas con amigos, cada vez hasta horas más altas de la noche. Dejé de visitar a los abuelos. En realidad solía hacerles una visita de cortesía, un par de veces al año a lo sumo.

Cuando quise darme cuenta, yo ya había rebasado la mayoría de edad y suplicaba a mis padres para que me dejasen el coche cada fin de semana. Creo que minimicé las visitas a los abuelos hasta llegar a cumplir solo en uno de los días más señalados de la Navidad, y ello por imperativo paterno.

Una de aquellas navidades acudí fastidiada a la cena de Nochevieja en casa de los abuelos. Yo quería ir a tomar las uvas con mis amigos y no me apetecía nada amuermarme en aquella casa que a aquellas alturas ya olía a rancio y a enfermedad. Aquella noche fui consciente de cuánto habían menguado los abuelos. Parecían haberse encogido ambos, encorvados como andaban ya con todos los años que cargaban a sus espaldas. Las arrugas los empequeñecían aún más, como si estuviesen siendo absorbidos por ellas.

A pesar de todo, la abuela María continuaba preparando la cena para toda la familia como antaño, aunque el cansancio en su rostro era más que evidente. No pude evitar un gran sentimiento de culpabilidad en mi interior, pues ni había sido consciente ni me había preocupado por su deterioro. Aquella noche no salí. La pasé sentada entre el abuelo y la abuela en el mismo sillón en el que saltaba cuando era niña, mientras veíamos uno de aquellos casposos programas de televisión típicos de las noches de fin de año. Me hice a mí misma la promesa de que volvería a acompañarles, al menos, una vez a la semana, como hacían mis padres. Incluso estos, ahora que me paraba a contemplarles, se veían más ancianos y cansados, desgastados por el trabajo y la vida. ¿Cómo había sido tan egoísta? Aquella noche comprendí que llevaba años pensando únicamente en mí. Y las lágrimas se me escaparon sin poder evitarlo, aunque logré camuflarlas en un último intento para mantener a salvo la poca dignidad que me quedaba.

Jamás pude cumplir aquella tácita promesa que me había hecho a mí misma. Tan solo cuatro días después, la víspera de la noche de Reyes, mi abuela María se marchó hacia el cielo sin ni siquiera despedirse de sus seres queridos. Pocos meses después la siguió el abuelo. A día de hoy, aún con lágrimas en los ojos, no puedo hacerles mejor homenaje que narrar mis recuerdos, esos que atesoro con tanto cariño. Y que permanecerán conmigo hasta que me reúna con ellos.

FIN

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

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