Por capítulos: “El pacto (IV)”

Por capítulos: “El pacto (IV)”

 

EL PACTO
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El pacto (I)       El pacto (II)       El pacto (III)

EL PACTO (IV)

—¿Tienes hambre? —le preguntó a Natalia. Esta contestó con un leve movimiento afirmativo de cabeza—. Anda, toma dinero y ve a comprar unos sándwiches para los dos. Te vendrá bien que te dé el aire.

Natalia salió de la oficina dejando a su jefe encerrado en ella. Hasta ese momento, nada hacía presagiar los acontecimientos que se desarrollarían en las siguientes horas.

El Sr. Gutiérrez se devanaba los sesos intentando averiguar quién podría tener interés en aquel documento y, además, irrumpir en su oficina de aquella manera sin haber dejado ni un solo rastro. Sentado sobre su sillón, apoyaba los codos sobre la mesa y, con la mirada baja, se mesaba los escasos cabellos una y otra vez, como si de esa manera fuese a fluir desde su cerebro la brillante idea que resolviese la situación.

Se estaba desesperando de tal manera que se estaba volviendo loco. Tenía aquel documento en su poder desde hacía más de treinta años y jamás se lo habían reclamado. De hecho, el trato que constaba en el mismo tenía validez el mismo día de su fallecimiento. Desde el momento en que lo firmó, su vida había dado un giro espectacular de ciento ochenta grados. Sus negocios, antes ruinosos, comenzaron a reflotar de tal manera, que pronto pasó a formar parte del grupo más selecto de empresarios del país. Llevaba una vida basada en el lujo y la ostentación que le hacía codearse con las familias de la más elevada clase social. Se sentía como pez en el agua entre ellos, como si hubiese nacido en ese entorno y olvidó sus raíces humildes en el seno de una familia de obreros.

Entre aquellas familias de alta alcurnia se encontraba la familia Monfort, una de las más acaudaladas de la ciudad. El Sr. Gutiérrez se enamoró perdidamente de la hija mayor de aquel matrimonio, Cristina, y en apenas dos años contrajeron matrimonio. Pero, al parecer, con el paso del tiempo Cristina había descubierto que tenía otras necesidades que no cubría el matrimonio con él. Por ello había marchado de casa hacía unas semanas. No estaban legalmente divorciados, pero sí separados de hecho. Desde aquel día en que Cristina se marchó de casa, la sonrisa del Sr. Gutiérrez desapareció por completo, pasando de ser un empresario excelente a convertirse en un auténtico ogro con sus empleados, que no hacía nada más que operaciones ruinosas.

Levantó la mirada de la mesa y se cubrió la cara con las manos, en un intento de despejarse los ojos. Natalia aún no había regresado con la comida, por lo que todavía tenía algunos instantes de tranquilidad que le permitieran pensar con calma.

Fue entonces cuando comenzó a atar cabos. La marcha de Cristina fue el detonante de la larga sucesión de desgracias que le venían ocurriendo. El negocio de telas fue el siguiente, ya que la pérdida de su mayor cliente por cierre le había ocasionado un descalabro financiero importante. Las siguientes empresas habían ido sufriendo percances similares en lapsos de tiempo más o menos cortos. Por último, su negocio de asesoría empresarial, que era el que estaba intentando salvar desde aquella oficina, también se estaba viendo resentido.

Era como si toda su racha de buena suerte o su buen tino con los negocios, y la vida en general, hubiesen desaparecido, no de golpe, pero sí con bastante rapidez. Abrió los ojos como platos cuando una idea comenzó a tomar forma en su cabeza. No podía ser. Todavía no. ¿O sí? Tal desesperación le llevó a arañarse incluso la cara. De pronto, unos suaves golpes sonaron en la puerta.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “El pacto (III)”

Por capítulos: “El pacto (III)”

 

EL PACTO
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El pacto (I)       El pacto (II)

EL PACTO (III)

Natalia estaba ya empezando a romperse las uñas mientras es Sr. Gutiérrez la analizaba con la mirada intentando no dejar pasar por alto ningún detalle que le pudiera dar alguna pista de lo que estaba buscando en su secretaria. El duelo de miradas duró bastantes minutos, nerviosa la de Natalia, escrutadora la del Sr. Gutiérrez. Al fin, este habló. Sus palabras eran duras e intentaban generar en Natalia la falta de confianza necesaria para que confesase su falta. Era la única que tenía acceso al documento, aunque hasta ahora él pensaba que desconocía de su existencia.

—Te voy a ser directo, Natalia. Ha desaparecido un documento muy importante de la caja fuerte. De hecho, es el más importante para mí. No hay ningún signo de que las puertas hayan sido forzadas y tampoco la caja fuerte. Tú eres la única que tiene acceso a la caja. Solo quiero que me digas la verdad. ¿Lo tienes? ¿Dónde lo tienes?

Natalia, que hasta aquel momento había permanecido mirando con fijación a su jefe, nerviosa a más no poder, mientras continuaba rompiéndose las uñas una por una, prorrumpió en un intenso llanto. Aquella chiquilla lloraba de manera desconsolada, hipando cada vez que intentaba pronunciar alguna palabra. No sabía exactamente el motivo, pero el llanto de su secretaria solo le inspiraba una ternura inmensa. No, aquella muchacha no estaba llorando por haber sido descubierta. Además, hubiese sido demasiado obvio. ¿Cómo no lo había pensado antes?

—Sr. Gutiérrez —dijo, al fin, Natalia, intentando controlar las lágrimas que caían como dos torrentes por sus mejillas—. ¿Cómo puede usted pensar eso de mí? Sabe que yo no haría tal cosa. Hace muchos años que trabajo para usted y jamás he osado entrar en su despacho en su ausencia o sin su permiso —consiguió decir del tirón, antes de volver a su desconsolado llanto.

Aquello no hizo más que confirmar que la chiquilla decía la verdad. Era de su absoluta confianza. De hecho, era la única persona en la que había depositado su confianza en toda su vida. Y aquel llanto… Aquel llanto era de auténtico dolor por el mero hecho de pensar que él hubiese dudado de ella en algún momento. Lo hubiese reconocido en cualquier lugar. En el momento más inesperado para él, y a pesar de la situación por la que estaba pasando, su instinto paternal hizo acto de presencia, aunque manteniendo la distancia.

—Discúlpame, Natalia. No debí dudar de ti. He sido un completo estúpido. No llores más, por favor. Te creo. Natalia, te creo. Pero esto que ha ocurrido es muy peligroso para mí. No te puedo dar detalles, pero será mejor que cerremos la oficina por el día de hoy. Si quieres, puedes irte a casa.

Para su sorpresa, Natalia decidió no irse de allí. Su jefe tenía problemas y ella tenía que estar a su lado para ayudarle a afrontarlos. El Sr. Gutiérrez aceptó aquel acto de generosidad, otorgándole el valor que sabía que tenía.

Durante todo el tiempo que duró la charla entre los dos, ninguno de ellos se dio cuenta de una sombra que, parapetada tras el muro de piedra de la casona, les espiaba sin ser vista.

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “El pacto (II)”

 

EL PACTO
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El pacto (I)

EL PACTO (II)

Se dejó caer a plomo en su cómodo sillón de cuero. Jamás se habría podido imaginar algo así. Creía que su pequeña reliquia se encontraba tan a salvo que no se había dado ni cuenta de que alguien caminaba tras ella. Aún no eran ni las nueve de la mañana, pero la sensación que tenía era la de haber permanecido entre aquellas cuatro paredes durante varios días. Era una sensación asfixiante, de falta de aire, de sentirse recluso en su propia casa, de haber sido profanado. Cerró los ojos con fuerza y exhaló con sonoridad todo el aire de que fue capaz.

—Solo quiero despertar de esta pesadilla —dijo, para sí mismo, mientras se frotaba el rostro con ambas manos como si esperase que de esa forma pudiese salir de aquel mal sueño que, al parecer, estaba viviendo.

Volvió a mirar por la ventana. Aquello siempre le calmaba cuando se encontraba estresado, cansado o furioso. A lo lejos, el mar daba brincos estallando contra las rocas de la costa, como correspondía a aquella época del año. Sentía que en aquellos momentos era una de aquellas olas que iban a romper con dureza contra las rocas.

Decidió inspeccionar de nuevo su despacho, pero con mayor meticulosidad. Buscaba cualquier pista que al ladrón se le hubiera podido pasar desapercibida, el más mínimo cambio en la colocación de los enseres, cualquier cosa. Podría haberse dedicado a inspeccionar cualquier mota de polvo que hubiese quedado depositada sobre los muebles, y habría sabido que todos sus esfuerzos eran en vano. Lo notó cuando entró al despacho, como cada mañana, con el ceño fruncido. Para él, que era tan metódico y obsesivo con el orden, cualquier cosa desplazada de su lugar le hubiese llamado de inmediato la atención, pero no había sido así. Además, contaba con el mejor sistema de alarma del mercado, con lo que cualquier intruso hubiese sido detectado inmediatamente. A no ser, claro está, que la persona que hubiese entrado pudiese desactivar la alarma.

En su mente comenzó a dibujarse un rostro que cumplía con todos los requisitos para ser el posible autor del robo. Solo había una persona que se hubiese ganado su confianza de tal manera como para no solo haberle hecho entrega de las llaves de la oficina, sino que además poseía las llaves de su despacho, las de la caja fuerte y la clave para desactivar la alarma. Solo una persona cumplía con esos requisitos, pero había algo que no encajaba. No comprendía el motivo que podía tener aquella persona para robar el documento más valioso para él, pero que para los demás no tenía valor alguno. ¿Para qué iba a hacer aquello? En fin, no le quedaba más remedio que entrevistar a esa persona para intentar sonsacarle información. Si esa persona le demostraba que no había sido ella, no le quedaría más remedio que intentar adivinar.

Las manos de Natalia no dejaban de temblar desde que el Sr. Gutiérrez la había llamado a su despacho con urgencia y, pidiéndole que cerrara la puerta tras de sí, la invitó a sentarse en una de las tradicionales butacas que, reservadas para los clientes, estaban situadas en la parte de fuera de la gran mesa de madera de nogal de aquel hombre.

Aquel gesto no pasó desapercibido para el Sr. Gutiérrez, pero no sabía si interpretarlo como una muestra de miedo a haber sido descubierta o temor a que la fuese a echar una bronca por haber irrumpido sin llamar en su despacho una media hora antes. Quedó muy confuso, pues él siempre se había jactado de conocer las intenciones de una persona con solo una mirada, así como de saber cuándo alguien le estaba mintiendo o no. Pero con Natalia tenía dudas, y eso comenzó a ponerlo nervioso.

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “El pacto (I)”

 

EL PACTO
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EL PACTO (I)

El ladrón no había dejado pistas. Todo en el despacho del señor Gutiérrez parecía estar en orden. No había nada fuera de lugar que indicase que allí se hubiese podido cometer algún tipo de delito. Pero, sin embargo, así había sido. De la caja fuerte, empotrada en la pared y escondida bajo una copia barata de La Gioconda, faltaba uno de los documentos más importantes que el señor Gutiérrez tenía en su poder. No había signos de que hubiese sido forzada de ninguna manera, por lo que el ladrón debía conocer la combinación, de eso no cabía ninguna duda.

El señor Gutiérrez dedicó varios minutos a mirar por la ventana, con la mirada perdida en el horizonte, intentado averiguar quién habría podido tener acceso a la combinación de su caja fuerte. Ni siquiera la señora de la limpieza, que era la única que tenía acceso al lugar y además en su compañía, sabía de su existencia. Frunció el ceño y entrecerró los ojos con un gesto de extremo cansancio, como si el interior de su cabeza fuera una bomba nuclear a punto de explotar.

Hacía tiempo que había perdido la sonrisa, y los acontecimientos que se estaban desarrollando aquel día no estaban ayudando para nada en su recuperación. Comenzó a caminar nervioso de un extremo a otro del despacho, como si de una fiera enjaulada se tratase, mesándose los escasos cabellos que le quedaban y que siempre ocultaba bajo un barato sombrero de fieltro. Había dado orden a su secretaria para que cancelase todas las reuniones que tenía previstas para aquel día. De momento, con eso tendría que bastar. Necesitaba encontrar al ladrón así le fuese la vida en ello.

Aún no podía creer que un intruso hubiese tenido acceso, no solo a su santuario personal, sino a todos los documentos de valor que guardaba. Sin embargo, solo había tomado prestado uno. Uno muy particular. Eso era una pista importante ya que, quien quiera que fuese, estaba muy claro qué era lo que le interesaba de él. Pero, ¿quién?

—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó malhumorado al girarse y ver apoyada en el dintel de la puerta a su secretaria con aspecto compungido. Era la primera vez que nadie entraba en su despacho sin llamar primero. Tendría que tomar medidas al respecto.

—Discúlpeme, señor Gutiérrez, pero me ha resultado tan raro que cancelase todas las reuniones de hoy sin dar una explicación y no ha salido de su despacho, me he tomado el atrevimiento de entrar para ver si se encontraba usted bien —Natalia, su secretaria, había adquirido la tonalidad de los tomates en el momento de la cosecha. Nada más abrir la puerta ya sabía que aquel sería su último día de trabajo con el señor Gutiérrez, pero su preocupación por su jefe era auténtica, y le pudo más la intranquilidad que la sensatez.

La mandó salir del despacho con mal humor, pero en el fondo sabía que Natalia era una buena trabajadora que siempre decía la verdad, por lo que postergó para otro momento la reconsideración de su puesto de trabajo. Ahora mismo, de lo único que debía preocuparse era de encontrar al ladrón que había salido impune de allí, llevándose su posesión más valiosa. Algo que solo él sabía que tenía, por lo que solo él debía desentrañar aquel misterio.

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “Cartas a tu recuerdo”

Por capítulos: “Cartas a tu recuerdo”

Como siempre que termina una serie de capítulos, os dejo con la historia completa, para aquellos a los que les gusta leer del tirón.

CARTAS A TU RECUERDO

14 de febrero de 2011

Amor mío,

Hace tan solo dos días desde tu partida y te añoro de una manera que jamás habría podido imaginar. Me resulta tan incomprensible tu ausencia que estoy en un estado de shock perpetuo, viendo cómo las horas pasan girando en mi rededor cual autómatas en una feria. Dicen que tengo la mirada perdida en un infinito imaginario en mi mente aturdida por tu ausencia, que no respondo a sus llamadas, que no he conseguido dormir desde que te fuiste.

Dicen que mi reacción es exagerada. No pueden comprenderlo. Ellos no pueden siquiera llegar a sentir el amor tan inmenso que yo siento por ti y que tú, a pesar de todo, también sientes por mí. Tu marcha me ha dejado noqueada, fuera de juego por completo. Mi mente racional intenta encontrar una explicación a tu repentina marcha, pero no la encuentra, está fuera de toda lógica. Mi corazón, ¡ay!, mi corazón ha quedado destrozado, derruido, aniquilado.

He intentado salir en tu busca. En estos dos días he perdido la cuenta de las veces que he imaginado nuestro reencuentro, amor mío. He imaginado que volvíamos a estar juntos, abrazándonos, besándonos, amándonos, como siempre hacíamos. Y como siempre seguiré haciendo contigo, eso nada lo podrá cambiar. Pero no me dejan partir hacia tu encuentro, dicen que estaría cometiendo el mayor error de mi vida, pero es que yo no concibo mi vida sin ti. Eso es lo que no comprenden. ¿Para qué quiero seguir aquí si no vas a estar a mi lado? Sacrificaría todos mis sueños, mis ilusiones, mis amistades, mis seres queridos, solo por volver a estar a tu lado, juntos, como siempre.

Hace tanto tiempo que no estoy sola que ni siquiera sé si sabré vivir sin ti. A lo mejor estoy abocada a una muerte lenta y segura. Desde luego, solo veo oscuridad ante mis ojos anegados en lágrimas. Fijo mi mirada en las cosas que has dejado en nuestra casa, pero solo veo esta maldita oscuridad que lo envuelve todo, que se entremezcla con las lágrimas de días y se vuelve una oscuridad empañada.

Y recuerdo. Sobre todo, recuerdo. Recuerdo todos los planes que habíamos hecho para este día, este San Valentín lluvioso. El vestido negro que compré para nuestra cena especial sigue colgado de la misma percha en que lo dejé, sabiendo que jamás será utilizado, porque ese vestido lo compré para ti, solo para ti, mi vida.

En los escasos momentos en los que me dejan a solas, dejo salir la rabia que llevo acumulada dentro de mí. Porque he de confesarte que siento una rabia infinita, el enfado más potente que haya sentido en mi vida. Y arremeto contra tu recuerdo con furia, preguntando una y mil veces cómo has podido hacerme esto. Con lo felices que éramos… Todo ha quedado ahora vacío en mi vida, por tu culpa, que no has sabido mantenerte a mi lado, para toda la vida, como una vez me prometiste. Pero, tras esos momentos de rabia, el dolor es cada vez más intenso y, por ello, me dicen que cada vez estoy más ausente.

Hoy escribo esta carta para ti sabiendo que nunca podrás leerla, pero ello no me detiene. Si no puedo expresarte mis sentimientos, tengo que hacerlo de la única manera que se me ocurre, siento que necesito liberar todo el amor que recorre mis venas por ti. Hoy sustituyo tus besos por esta hoja de papel.

Aún conservo la esperanza de reencontrarme  contigo, amor mío. Que me dejen salir en tu busca y recorreré cielo y tierra hasta encontrarte y que nuestros labios vuelvan a unirse para siempre.

Siempre tuya,

María


23 de junio de 2011

Vida mía,

Hoy necesito escribirte de nuevo, otra carta más que guardaré junto con la primera en el cajón de mis recuerdos. Te escribo resguardada en la soledad de nuestro cuarto, vacío desde que te fuiste, amparada por el silencio de la noche que cae como cruel asesina sobre mí. Son ya cuatro largos meses los que he pasado sin ti y aún no he conseguido acostumbrarme. Hoy sería el día de nuestro aniversario, cumpliríamos dos años desde que nos casamos, en aquella fiesta tan llena de amor y alegría. Ahora mismo estaríamos celebrándolo, bailando bien pegados en nuestro salón, después de una cena romántica que yo misma hubiese preparado. Para terminar rodando por nuestra cama, enredados en las sábanas de seda, esas que tanto te gustaban y que ahora utilizo cada noche porque me acercan a ti. Te echo tanto de menos que no sabría expresarlo con palabras, ni siquiera logro hacerlo con estas torpes letras escritas en los folios que tengo abandonados desde tu marcha. Me faltas, mi vida, me falta tu respiración en mi oído para despertarme cada mañana con una sonrisa. Me faltan tus besos de azúcar para darme la energía necesaria para poder sobrevivir a otro largo día de hastío. A otro largo día sin ti. Me faltan tus abrazos, con los que me entregabas toda la calma y la protección que necesitaba. Me faltas todo tú para poder llegar a estar completa. Me dejaste incompleta.

Aún no comprendo cómo pudiste hacerme esto, dejarme sola y desvalida cuando sabías que todo mi mundo giraba en torno a ti, a tus deseos, a tus necesidades, a tus caricias, a tus abrazos, a tus besos y a tus palabras de amor susurradas despacio en mi oído. Apenas he salido de casa desde que te fuiste. No me atrevo, siento miedo de que me señalen como la mujer abandonada que quedó sin fuerzas para vivir.

Sigo pensando en salir en tu busca, cada día, cada mañana es mi primer pensamiento que cruza mi anulada mente. Pero siguen sin dejarme, cariño. Mi familia ha invadido nuestra casa, montando una especie de vigilancia para que no me quede sola en ningún momento. Yo se lo agradezco, de veras se lo agradezco, pero no creo que sea lo mejor para mí.

Si tan solo pudiera salir en tu busca, si tan solo pudiera fundirme en un último beso contigo, si tan solo pudiera volver a rozar la felicidad con la yema de mis dedos… Solo espero que no quede muy lejano el día en que nos reencontremos, porque de eso estoy segura, de que nos reencontraremos, y entonces jamás te volveré a dejar marchar de mi lado. Siempre tuya, mi amor,

María


                                                                                                                                                                    2 de septiembre de 2011

Vida mía,

Ya he perdido toda esperanza por ir a tu encuentro. Mi familia no me lo ha permitido y, al final, simplemente lo he aceptado con sumisión. Pero ello no quiere decir que no te eche de menos con todas mis fuerzas, que no muera cada noche al tumbarme en nuestra gran cama vacía, que no derrame mis lágrimas en cada momento en que tu recuerdo se cruza por mi mente. No sé cómo llenar el vacío que dejaste con tu marcha, en nuestra casa, en mi vida, en mí.

Sigo esperando cada atardecer verte aparecer por esta puerta que ahora siempre está cerrada. Cada vez que paso por ella te imagino entrando en nuestra casa, incluso ha habido veces que he creído escuchar el tintineo que hacían tus llaves cuando regresabas, ese que yo siempre escuchaba y que me anunciaba que estabas a punto de entrar para estrecharme en un sólido abrazo. Ahora ya no tengo abrazos, vida mía. Toda la familia cree que ya es momento de que vaya superando tu ausencia y cada vez me prodigan menos muestras de cariño.

¿Quién me abrazará ahora el corazón? ¿Con quién compartiré suspiros cada noche? ¿Quién me despertará en la madrugada para demostrarme su amor? Me siento sola. Sola, cariño, aunque esté rodeada de gente. Pero ellos no me comprenden. No comprenden estas ganas locas que tengo de partir en tu busca. Coartan mi libertad y yo lo asumo, ya no tengo fuerzas para plantarles cara.

Te confieso que últimamente tengo sentimientos encontrados. Por un lado, me siento vacía y abandonada pero, por otro, hay momentos en los que siento crecer una rabia enorme dentro de mí. Rabia hacia ti. Rabia hacia ese estúpido día en el que decidiste abandonarme. Rabia porque no me tuvieras en cuenta, por haber tomado solo la decisión de un día para otro, sin siquiera haberte parado a darme una explicación. Rabia también hacia mí, por no haber salido en tu busca. Por permitir que los demás me manipulasen hasta el punto de no salir a tu encuentro. Porque quizá no supe interpretar las señales que seguro me habrías estado enviando durante tanto tiempo. De lo que estaba segura es de que tú no harías algo así sin avisarme primero.

Guardaré de nuevo esta carta en mi cajón, junto con las demás cartas sin destinatario, ya sin esperanza alguna de que puedas leerlas algún día. Esta y todas las demás que he sido incapaz de escribir porque me sobrevenía el llanto. Cartas inacabadas que voy guardando en la segunda bandeja de mi escritorio y que ya, por fin, guardaré junto con las demás en el cajón.

Es la única manera que tengo de poder compartir contigo mis sentimientos. Si de algo estoy segura es de que jamás dejaré que me nieguen poder hacer esto.

Con todo mi amor,

María


25 de diciembre de 2011

Vida mía

Hoy te echo en falta de una manera especial. Supongo que será por ser el día de Navidad y mi mente se llena de recuerdos felices de los dos durante estas fechas. Anoche apenas pude probar bocado, un nudo asfixiante se instaló en la boca de mi estómago y me fallaron las fuerzas, para comer, para cantar villancicos, para sonreír de nuevo. Debajo del árbol que he decorado sola este año, aguarda abandonado tu regalo. No he podido evitarlo. Sé que esto me daña, pero aún lo hace más tu ausencia.

La vida continúa aquí sin ti, y los demás quieren que me comporte como si nada hubiese pasado. Toda la familia parece feliz y a mí me dan ganas de mandarlos a todos a freír espárragos, romper con todo esto de una maldita vez y salir en tu busca, que es lo que tenía que haber hecho el día que te fuiste. Pero, como ya te dijo, mis fuerzas para luchar se acabaron hace tiempo, y siento esto como una batalla perdida en la que ni siquiera he tenido la oportunidad de arriesgarme.

Mi hermana tuvo al pequeño Nicolás, fíjate qué nombre más acorde con el día de hoy. Te hubiera gustado mucho tenerlo entre tus brazos, como ese hijo que tanto esperábamos y que al final nunca llegó. ¿Por eso me dejaste, amor? ¿Fue ese el motivo? Yo continúo sin encontrar una respuesta a tu marcha y me sobrevuelan cien mil interrogantes. Lo único que parezco tener claro es que la causante debí haber sido yo. Te ruego que me perdones, allá donde estés, por no haber sabido mantenerte a mi lado. Yo tenía una fe tan ciega en nuestro amor que es posible que quedase ciega también para todo lo demás.

Espero poder encontrarme contigo algún día y despejar todos estos interrogantes que quedan en el aire. Lo necesito. De veras que lo necesito. Aun sabiendo que ya es un imposible volver a estar contigo, lo necesito.

Te confieso que hay momentos en los que yo también comienzo a mostrar signos de felicidad. No estaba muy segura de si contártelo o no, pero, al fin y al cabo, esta no es más que otra de mis cartas que nunca llegarás a leer, así que puedo hacerlo con mayor tranquilidad. Sigo echándote de menos, de eso no tengas la menor duda, pero sí es cierto que poco a poco me estoy acostumbrando a la vida sin ti. Imagino que al final sí es cierto ese dicho que dice que el tiempo todo lo cura. Casi siempre me asola después un terrible sentimiento de culpabilidad, pero cada vez estoy notando que este también es menor.

No pienses ni por un momento que esto es señal de que te estoy olvidando, nada habría más lejos de la realidad. Es solo eso, que a todo te acostumbras en la vida, y ya nuestra casa no me parece tan vacía. Además, tengo que reconocer también que ver al resto de la familia feliz, el nacimiento del pequeño Nicolás, toda la ayuda que me están dando, también están haciendo que poco a poco vaya saliendo de la burbuja en la que he estado encerrada durante estos largos meses.

Me quedo más tranquila ahora que te lo he confesado, es como si hubiese liberado un peso de mi interior. Ahora depositaré esta carta junto con las demás en mi cajón, renovaré su aroma con tu perfume e intentaré continuar con mi vida lo mejor posible, con tu recuerdo siempre presente en mí. Me hubiese gustado que no te fueras, ¿sabes? ¡Qué tonterías digo! Perdóname, es muy tarde y creo que debo ir a la cama ya.

Feliz Navidad, amor. Tu regalo seguirá aquí, esperándote.

Con todo el cariño del mundo,

María


                                                                                                                                                                    12 de febrero de 2012

Mi querido amor,

Hoy hace un año desde que te fuiste y tengo que decirte que ya, por fin, he aprendido a soportar la vida sin ti. Por fin puedo sonreír, reír, salir, pasármelo bien, sin remordimientos ni sentimientos de culpabilidad. Creo que mi alma y mi corazón ya están sanados de tu pérdida.

Esta será la última carta que te escriba, porque así lo he decidido yo y porque creo que será lo más beneficioso para mí. La estoy escribiendo por la mañana, con una taza de café caliente a mi lado, en la intimidad de nuestro cuarto. Por la ventana comienzan a verse los almendros en flor y pienso que mi vida también tiene que florecer de nuevo.

Poco a poco, con la ayuda de nuestra familia y amigos, he conseguido irme fortaleciendo poco a poco. Ahora sí, hoy estoy preparada para ir a verte y así se lo he hecho saber a la familia, que no me han puesto ningún problema. Hoy iré y me despediré de ti como no he sido capaz de hacer durante todo este largo año en el que he vivido tantas emociones. Será mi hermana la que me acompañe. En realidad, ha sido ella la que más me ha acompañado durante este tiempo y le estaré eternamente agradecida por ello. Si no hubiese sido por ella, me habría ido contigo hace mucho, mucho tiempo. Pero sigo aquí y todo se lo debo a ella.

He comprado un ramo de claveles rosas, de esos que siempre me regalabas cuando menos me lo esperaba, sin motivo alguno. Hoy los compro yo para ti, para mi despedida. Ya he fundido todas las lágrimas de que fui capaz y me siento en paz, ya es hora de despedirme de ti.

Sigo sin comprender los motivos por los que lo hiciste, por qué te quitaste la vida de aquella manera sin siquiera pensar en el sufrimiento que me causarías, pero imagino que tus buenas razones tendrías para hacerlo. Ya he dejado de cuestionarme si fue o no mi culpa. Fue tu decisión. No hay más.

En unos minutos iremos caminando al cementerio para entregarte las flores, junto con el conjunto de cartas que he ido recopilando durante estos meses. Creo que es mejor que las tengas tú. A mí releerlas lo único que me produce es daño. Las dejaré sobre tu epitafio para que al fin puedas leer todo lo que he sentido durante este año. Pensé que jamás llegarías a leerlas, pero fíjate, al final he conseguido reunir las fuerzas necesarias para hacértelas llegar.

Dentro de un ratito te veré. Y nuestro reencuentro no será apasionado como a mí me hubiese gustado, pero ten por seguro de que ese ya se producirá, con el paso del tiempo. De momento tendrás que esperar.

Te he querido, te quiero y te querré siempre, pero ya ha llegado el momento de que mi alma vuele en libertad.

Hasta siempre, cariño.

María

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

COPYRIGHTED

Por capítulos: “Cartas a tu recuerdo (V)”

 

CARTAS A TU RECUERDO
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Cartas a tu recuerdo I       Cartas a tu recuerdo II       Cartas a tu recuerdo III

Cartas a tu recuerdo IV

 

CARTAS A TU RECUERDO (V)

12 de febrero de 2012

Mi querido amor,

Hoy hace un año desde que te fuiste y tengo que decirte que ya, por fin, he aprendido a soportar la vida sin ti. Por fin puedo sonreír, reír, salir, pasármelo bien, sin remordimientos ni sentimientos de culpabilidad. Creo que mi alma y mi corazón ya están sanados de tu pérdida.

Esta será la última carta que te escriba, porque así lo he decidido yo y porque creo que será lo más beneficioso para mí. La estoy escribiendo por la mañana, con una taza de café caliente a mi lado, en la intimidad de nuestro cuarto. Por la ventana comienzan a verse los almendros en flor y pienso que mi vida también tiene que florecer de nuevo.

Poco a poco, con la ayuda de nuestra familia y amigos, he conseguido irme fortaleciendo poco a poco. Ahora sí, hoy estoy preparada para ir a verte y así se lo he hecho saber a la familia, que no me han puesto ningún problema. Hoy iré y me despediré de ti como no he sido capaz de hacer durante todo este largo año en el que he vivido tantas emociones. Será mi hermana la que me acompañe. En realidad, ha sido ella la que más me ha acompañado durante este tiempo y le estaré eternamente agradecida por ello. Si no hubiese sido por ella, me habría ido contigo hace mucho, mucho tiempo. Pero sigo aquí y todo se lo debo a ella.

He comprado un ramo de claveles rosas, de esos que siempre me regalabas cuando menos me lo esperaba, sin motivo alguno. Hoy los compro yo para ti, para mi despedida. Ya he fundido todas las lágrimas de que fui capaz y me siento en paz, ya es hora de despedirme de ti.

Sigo sin comprender los motivos por los que lo hiciste, por qué te quitaste la vida de aquella manera sin siquiera pensar en el sufrimiento que me causarías, pero imagino que tus buenas razones tendrías para hacerlo. Ya he dejado de cuestionarme si fue o no mi culpa. Fue tu decisión. No hay más.

En unos minutos iremos caminando al cementerio para entregarte las flores, junto con el conjunto de cartas que he ido recopilando durante estos meses. Creo que es mejor que las tengas tú. A mí releerlas lo único que me produce es daño. Las dejaré sobre tu epitafio para que al fin puedas leer todo lo que he sentido durante este año. Pensé que jamás llegarías a leerlas, pero fíjate, al final he conseguido reunir las fuerzas necesarias para hacértelas llegar.

Dentro de un ratito te veré. Y nuestro reencuentro no será apasionado como a mí me hubiese gustado, pero ten por seguro de que ese ya se producirá, con el paso del tiempo. De momento tendrás que esperar.

Te he querido, te quiero y te querré siempre, pero ya ha llegado el momento de que mi alma vuele en libertad.

Hasta siempre, cariño.

María

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “Cartas a tu recuerdo (IV)”

 

CARTAS A TU RECUERDO
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CARTAS A TU RECUERDO (IV)

25 de diciembre de 2011

Vida mía

Hoy te echo en falta de una manera especial. Supongo que será por ser el día de Navidad y mi mente se llena de recuerdos felices de los dos durante estas fechas. Anoche apenas pude probar bocado, un nudo asfixiante se instaló en la boca de mi estómago y me fallaron las fuerzas, para comer, para cantar villancicos, para sonreír de nuevo. Debajo del árbol que he decorado sola este año, aguarda abandonado tu regalo. No he podido evitarlo. Sé que esto me daña, pero aún lo hace más tu ausencia.

La vida continúa aquí sin ti, y los demás quieren que me comporte como si nada hubiese pasado. Toda la familia parece feliz y a mí me dan ganas de mandarlos a todos a freír espárragos, romper con todo esto de una maldita vez y salir en tu busca, que es lo que tenía que haber hecho el día que te fuiste. Pero, como ya te dije, mis fuerzas para luchar se acabaron hace tiempo, y siento esto como una batalla perdida en la que ni siquiera he tenido la oportunidad de arriesgarme.

Mi hermana tuvo al pequeño Nicolás, fíjate qué nombre más acorde con el día de hoy. Te hubiera gustado mucho tenerlo entre tus brazos, como ese hijo que tanto esperábamos y que al final nunca llegó. ¿Por eso me dejaste, amor? ¿Fue ese el motivo? Yo continúo sin encontrar una respuesta a tu marcha y me sobrevuelan cien mil interrogantes. Lo único que parezco tener claro es que la causante debí haber sido yo. Te ruego que me perdones, allá donde estés, por no haber sabido mantenerte a mi lado. Yo tenía una fe tan ciega en nuestro amor que es posible que quedase ciega también para todo lo demás.

Espero poder encontrarme contigo algún día y despejar todos estos interrogantes que quedan en el aire. Lo necesito. De veras que lo necesito. Aun sabiendo que ya es un imposible volver a estar contigo, lo necesito.

Te confieso que hay momentos en los que yo también comienzo a mostrar signos de felicidad. No estaba muy segura de si contártelo o no, pero, al fin y al cabo, esta no es más que otra de mis cartas que nunca llegarás a leer, así que puedo hacerlo con mayor tranquilidad. Sigo echándote de menos, de eso no tengas la menor duda, pero sí es cierto que poco a poco me estoy acostumbrando a la vida sin ti. Imagino que al final sí es cierto ese dicho que dice que el tiempo todo lo cura. Casi siempre me asola después un terrible sentimiento de culpabilidad, pero cada vez estoy notando que este también es menor.

No pienses ni por un momento que esto es señal de que te estoy olvidando, nada habría más lejos de la realidad. Es solo eso, que a todo te acostumbras en la vida, y ya nuestra casa no me parece tan vacía. Además, tengo que reconocer también que ver al resto de la familia feliz, el nacimiento del pequeño Nicolás, toda la ayuda que me están dando, también están haciendo que poco a poco vaya saliendo de la burbuja en la que he estado encerrada durante estos largos meses.

Me quedo más tranquila ahora que te lo he confesado, es como si hubiese liberado un peso de mi interior. Ahora depositaré esta carta junto con las demás en mi cajón, renovaré su aroma con tu perfume e intentaré continuar con mi vida lo mejor posible, con tu recuerdo siempre presente en mí. Me hubiese gustado que no te fueras, ¿sabes? ¡Qué tonterías digo! Perdóname, es muy tarde y creo que debo ir a la cama ya.

Feliz Navidad, amor. Tu regalo seguirá aquí, esperándote.

Con todo el cariño del mundo,

María

Ana Centellas. Octubre 2017. Derechos registrados.

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