Por capítulos: “María (II)”

Por capítulos: “María (II)”

MARÍA

 

María (I)

MARÍA (II)

Atesoro muchos y maravillosos recuerdos de la abuela María. Son tantos y tan bonitos, tan sumamente placenteros, que no sabría por dónde empezar. Solo os puedo decir que, en la mayoría de las ocasiones, me refería a ella como mamá. No se trata de que no tuviese claro quién era mi verdadera madre; por supuesto que lo sabía, pero lo cierto es que pasaba mucho más tiempo con la abuela María que con mi madre y era tal el cariño mutuo que sentíamos que, en el fondo, yo siempre la consideré una segunda madre.

La abuela, una mujer fuerte donde las hubiera. Con tan tierna edad, era mi modelo a seguir, si exceptuamos el punto de trabajar fuera de casa. Se levantaba bastante antes del amanecer y, cuando yo llegaba a su casa, ya tenía preparados los desayunos, para mí y para el abuelo. Preparaba la ropa del abuelo mientras este se afeitaba y, además, dejaba barrida toda la casa en el tiempo que mi abuelo tardaba en salir del cuarto de baño. Parecía uno de esos coches diminutos con los que jugaba mi hermano, los micro-machines, por la velocidad que llevaba en todo aquello que hacía. No tenía una gran estatura y además le sobraban unos cuantos quilos, pero la agilidad con la que se movía realizando las labores de la casa era sorprendente.

Una vez que el abuelo se iba a trabajar, solo entonces, la abuela se sentaba a desayunar. La recuerdo siempre con un gran tazón de café con leche y un pedazo de pan con aceite que iba mojando en el café hasta que casi no le quedaba nada en la taza para beber. Yo compartía la mesa con ella en silencio, siempre en silencio. Era el único momento del día en el que la abuela permanecía callada. Le gustaba disfrutar de su desayuno así, con tranquilidad, sin distracciones. Yo, inquieta como era a tan tierna edad, sabía perfectamente identificar ese momento como suyo propio, así que me limitaba a observarla en silencio. Era cuando aprovechaba para observar sus rasgos e intentaba identificar algunos de ellos como míos. Cada día encontraba algún detalle, por nimio que fuese, que tuviésemos en común. Reconozco que por aquella época veía a la abuela bellísima, a pesar de sus ya marcadas arrugas y de sus quilos de más. Yo soñaba con, algún día, cuando fuese mayor, ser como ella.

En mi pequeño rostro infantil destacaban sus ojos, azules como el cielo más claro de una cálida primavera. En los míos se reflejaba la inocencia y en los suyos la sabiduría y la experiencia que llevaba a las espaldas, pero en el fondo eran iguales. Lo mismo pasaba con las pestañas, largas y curvadas. Jamás vi a la abuela maquillada y eso era una de las tantas cosas que me gustaban de ella. No como mi mamá, que cada mañana me dejaba impreso en la mejilla el color de su lápiz de labios cuando me daba el beso de despedida. Yo siempre me frotaba mucho el moflete después, para eliminar ese color artificial que tan poco me gustaba. ¿Por qué se tenía que colorear la cara cada mañana? ¡Parecía un payaso!

Los mismos rizos rebeldes que enmarcaban la cara de la abuela, caían con intransigencia por mi frente. La abuela llevaba el pelo corto y coloreado por tintes, creo que esa era la única cosa artificial que llevaba encima, el color de su pelo. Cuando me decía que prefería llevar el pelo de color verde a tenerlo cubierto de canas, yo me reía como una loca imaginándola. «Yo también me lo teñiré cuando sea mayor», pensaba para mí. A ser posible, del mismo tono que la abuela, claro.

Por último, los labios, carnosos y jugosos. La abuela y yo teníamos los mismos labios y yo me sentía muy orgullosa de ellos. La única nota discordante era mi nariz. Yo la odiaba, ya de tan pequeña. Cuando nació mi hermano Juanma, lo primero que hice fue comprobar si tenía la misma nariz que yo. La suya era igual que la de la abuela. Ahora me avergüenzo de ello, pero llegué a odiar a aquel bebé insoportable, que se pasaba el día berreando, solo por el hecho de tener la misma nariz que la abuela María. Por supuesto, cuando crecí y me independicé, mis primeros ahorros fueron para una operación de estética en mi nariz.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

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María by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
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*Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Por capítulos: “María (I)”

Por capítulos: “María (I)”

 

MARÍA
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

MARÍA (I)

Cuando era pequeña, antes de comenzar la escuela, solía quedarme con mi abuela materna cuando mis padres tenían que salir a trabajar. Han pasado ya más de treinta años, pero recuerdo aquellos tiempos a la perfección. Pocos recuerdos tengo que no correspondan con mis estancias en casa de los abuelos. Me resulta curioso cómo la mente puede ser tan selectiva en recuerdos. Dicen que hasta los seis años, más o menos, no comienzas a tener recuerdos precisos de tu infancia, solo algún que otro recuerdo puntual de tiempos anteriores. También es mi caso, recuerdo ciertas cosas muy precisas y puntuales, como cuando llegó al mundo mi hermano Juanma, pero puedo recordar a la perfección todos los momentos vividos con la abuela.

El abuelo Luis aún trabajaba, mis abuelos eran jóvenes en comparación con los de mis amiguitas, con las que me juntaba todos los días al atardecer en la puerta de mi bloque. Le veía un ratito cuando, bien de mañana, mis padres me llevaban a su casa. Al poco tiempo, él también salía a trabajar y yo me quedaba sola con la abuela María. La abuela era una mujer de las de antes, de las que se dedicaba por completo al cuidado de la casa y de los hijos. Nunca llegué a saber si lo hacía por gusto propio o por exigencias del abuelo. Por aquellos tiempos ni por asomo me ponía a pensar en cosas así. Lo que sí pensaba, curiosamente, era que yo jamás me iba a quedar encerrada en una casa, sino que de mayor quería trabajar, como mi mamá, e imaginaba mil y un futuros posibles para mí.

Cuando nació mi hermano, Juanma, el abuelo ya se había jubilado, yo tenía ya cinco años e iba a la escuela. Pero él apenas llegó a quedarse con la abuela, solo días aislados, cuando cerraba la guardería o en casos de extrema necesidad. Los abuelos, aprovechando que ya ninguno de los dos tenía ningún compromiso laboral fuera de casa, empezaron a vivir la vida de verdad. Salían, entraban, realizaban un sinfín de actividades y salían con frecuencia de viaje. No recuerdo nunca haber visto a la abuela tan feliz como en aquella época. Los dos fueron intensamente felices desde la jubilación del abuelo, y nosotros los visitábamos con bastante frecuencia.

Contaba yo con quince años y mi hermano con diez cuando mi queridísima abuela María partió hacia el cielo, dejando un hueco tan vacío en nuestras vidas que el abuelo Luis no fue capaz de resistir y subió en su búsqueda tan solo dos meses después. Mi vida cambió por completo después de su falta. La mía y la de toda la familia. Aunque esa ya es otra historia.

Lo que yo os quiero contar en esta historia es cómo fueron mis días con la abuela María y por qué fue una mujer tan especial para mí. Permitidme dejar a un lado los sentimentalismos porque, de no ser así, un torrente de lágrimas me impediría poder escribir estas líneas en este momento. He decidido ser fuerte y centrarme solo en lo positivo, en todo lo bueno que me llevo de ella y mantener vivo su recuerdo, aunque sea solo a través de estas simples páginas de un cuaderno de la escuela de mi hijo mayor y no quieran ser leídas más que por mí misma.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Marzo 2018. Derechos registrados.

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Por capítulos: “Minino, minino”

Por capítulos: “Minino, minino”

 

MININO, MININO
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Como siempre que termina una serie, os dejo con la lectura completa de “Minino, minino”, para aquellos a los que les guste leer sin interrupciones.

MININO, MININO

El gato caminaba por el tejado con parsimonia, ágil dentro de su equilibrio, con la soltura propia del que sabe que no se va a caer y que, si lo hace, siempre caerá de pie. Era un gato persa precioso, con un suave pelaje que entremezclaba varios tonos de gris, desde el perla hasta el más oscuro posible. Había llegado a la familia hacía ya dos años y campaba a sus anchas por la pequeña casa unifamiliar donde vivía. Muchas veces desaparecía durante días, pero siempre regresaba al hogar. Se había ganado el cariño de todos los vecinos y allí por donde pasaba recibía caricias y alimento.

Amaya y Luis, los pequeños de la familia, se encontraban abajo, observándole con detenimiento. Sus pupilas permanecían fijas en los movimientos del gato. Les apetecía jugar con él un ratito, acababan de llegar de la escuela y tenían ganas de juegos. Como si el gato hubiese adivinado cuáles eran sus intenciones, se escaqueó del lugar con un arriesgado salto hasta el tejado de la casa vecina. Los pequeños continuaron durante un momento observándole, anonadados, hasta que comprendieron que se les escapaba y no podrían jugar con él.

—¡Minino! ¡Minino! —llamaba a voces Luis, mientras veía cómo su gato realizaba otro peligroso salto hasta el tejado de la casa contigua a la de sus vecinos.

—¡Llámalo por su nombre, tonto! —le reprochó Amaya. Era dos años mayor que su hermano y tenía la afianzada idea de que todo cuanto él hiciese estaba mal—. ¿No ves que así no te va a hacer caso? ¡Coral! ¡Coral! —comenzó a gritar ella.

—Si no le hubieses puesto un nombre tan ridículo, no me importaría llamarle por su nombre. Pero es que me da vergüenza. Además, Coral es un nombre de chica y él es un macho —replicó Luis, un poco harto ya de los reproches de su hermana—. ¡Minino! ¡Minino!

El animal se detuvo durante unos instantes, dirigió su mirada hacia atrás, como si estuviese sopesando la posibilidad de volver con los pequeños, pero al final optó por continuar su camino de tejado en tejado hacia el límite del pueblo. Al llegar a la última casa, saltó al vacío y los niños lo perdieron de vista.

—¡Va hacia la vieja fábrica! ¡Vamos, Amaya, corre, vamos a por él! —gritaba un eufórico Luis, que ya se veía jugando con su animalito. Ahora que sabían hacia dónde se dirigía, podrían ir en su busca. El ánimo se le vino abajo con la respuesta de su hermana.

—¿Pero tú estás loco? Papá y mamá nos tienen prohibido salir de casa los días de escuela, lo sabes. Y además, esa vieja fábrica siempre me ha dado miedo. Algo me dice que no debemos ir allí.

Ya estaba Amaya fastidiando sus planes, como siempre. No lo demostraba, pero andaba ya un poco cansado de que su hermana siempre le tuviese que decir qué hacer y, por si fuera poco, siempre pretendiese llevar la razón y le tratase como si fuera estúpido. Solo tenía dos años más que él, ni siquiera era adulta, tenía diez años. Y, por más que lo intentaba, no era capaz de encontrar la diferencia entre sus ocho años y los diez de su hermana.

La vieja fábrica llevaba abandonada desde mucho antes de que nacieran los niños. Carecía de cristales en las ventanas y, los que quedaban, estaban tan cubiertos de polvo que era como si no existiesen. Estaba fabricada en ladrillo de un color rancio, desgastado por el paso de los años, y una buena parte del tejado se había ido viniendo abajo con el paso de las décadas. Corrían de boca en boca numerosas historias acerca de la vieja fábrica ya que, según contaban, fueron muchos los trabajadores que fallecieron allí en extrañas circunstancias. Los rumores comenzaron a circular entre la gente y, ante la falta de personal que estuviese dispuesto a trabajar en ella, al final se vio abocada a la quiebra. De eso había pasado ya más de medio siglo y nadie, hasta el momento, se había atrevido a derruirlo, de manera que pasó a formar parte del pueblo, una parte de la historia negra del mismo.

A pesar de que Amaya siempre había manifestado su temor a acercarse a la fábrica, en parte por todas las historias que había llegado a escuchar, lo cierto era que, más que temor, lo que sentía era un profundo miedo a internarse en ella. Se trataba de un miedo que rayaba lo irracional, aunque se cuidaba bien de no manifestarlo. Cuando salía con sus amigos por las calles del pueblo los fines de semana, siempre se las apañaba para que sus pasos no se acercasen ni por asomo a aquel lugar.

A punto estaba de volver a decirle a su hermano pequeño que no podían ir hacia allí, cuando vio que él ya estaba saliendo de la casa por la puerta lateral del jardín, mientras le gritaba:

—¡Vamos, Amaya! ¡No te quedes ahí! ¡Que sabemos hacia dónde se dirige! ¡Tengo muchas ganas de jugar con el minino hoy! —gritaba Luis, ya fuera de la casa, al tiempo que se detenía un segundo para esperarla.

Amaya se veía envuelta en una gran encrucijada que, para su mente aún infantil, suponía un auténtico dilema existencial. O bien acallaba sus miedos, hasta el momento infundados, o bien se quedaba en casa y se aseguraba que no le cayese una buena bronca. Pero su hermano no le dio muchas opciones pues, al ver que ella no avanzaba, continuó corriendo calle abajo en busca de Coral. A pesar de que cualquier idea que tuviese su hermano a ella le parecía una soberana estupidez, le guardaba gran cariño. En el fondo era su hermano y no podía dejarle ir solo a un lugar tan supuestamente peligroso. Además, su conciencia le impedía dejarle solo ante el castigo que seguro recibirían al regresar a casa. Si es que regresaban.

—¡Espera, Luis! ¡No vayas solo! ¡Espérame, deja que vaya contigo! —vociferó a regañadientes.

Emitiendo un gruñido de insatisfacción, Amaya emprendió una carrera por la calle abajo, hasta encontrarse con Luis.

—¿Tú sabes la bronca que nos vamos a llevar? Nos va a caer un buen castigo como papá y mamá se enteren de esto —le dijo cuando llegó hasta su encuentro, con la respiración algo agitada por el esfuerzo de la carrera. Para ella, que siempre había sido reacia a realizar cualquier esfuerzo físico, aquello había supuesto casi una media maratón.

Luis esperó durante unos minutos con impaciencia a que su hermana recuperase el resuello. Estaban perdiendo demasiado tiempo y como el gato llegase antes que ellos a la vieja fábrica, sería mucho más difícil encontrarlo. Aunque era consciente de que, casi con total seguridad, el gato habría llegado antes de todas formas, le gustaba fastidiar a su hermana. Estaba seguro de que ese gesto de impaciencia sacaba su ácido carácter.

—¡Vamos! ¡Que se nos escapa! Luego siempre se pasa varios días sin aparecer… ¡Vamos!  —repetía Luis, para tormento de su hermana.

Pese a que estaba seguro de que aquello la estaba irritando, Amaya no mostró ninguna señal que indicase su enfado. Más bien al contrario, lo que denotaba era un temor a continuar la persecución del animal que, para él, estaba fuera de lugar. Aunque aquello le sorprendió bastante, ya había iniciado el juego, así que no podía dar marcha atrás, de manera que comenzó a correr de nuevo, mientras increpaba a su hermana para que lo siguiese.

Amaya comenzó a correr detrás de él. No podía dejar a su hermano solo en una situación que consideraba de peligro. Llegaron al final de la calle, donde se encontraba la última casa del pueblo y comenzaba el camino de tierra que llevaba hacia la antigua fábrica, justo a tiempo de ver cómo Coral, de un ágil salto, se colaba por una de las ventanas. Amaya siguió a su hermano hasta lo que en su día debió de ser un enorme portón, que ahora no era más que un gran hueco vacío por el que adentrarse en la fábrica.

Entraron casi a la vez. El interior era sombrío y olía a humedad. Ninguno de ellos había estado allí dentro antes y lo que vieron les causó una gran sensación. Desde dentro parecía mucho más grande incluso que desde fuera. La maquinaria seguía allí, enormes rotativas antiguas cubiertas por una gruesa capa de óxido. Ya sabían que había sido una imprenta, pero jamás imaginaron que fuese de tal magnitud. Unas estrechas escaleras conducían al piso superior, donde supusieron que se encontrarían despachos para el trabajo de oficina. Esparcidos por el suelo, todavía se podían contemplar fragmentos de periódicos antiguos y páginas de libros que, en un estado lamentable, y amarilleados por completo, habían conseguido resistir los envites del paso del tiempo. Imaginar que aquel lugar hubiese estado alguna vez pleno de actividad ya era por sí solo un pensamiento escalofriante. ¿Dónde estarían ahora todas aquellas personas? ¿Seguirían en el pueblo? ¿Sería alguno de aquellos abuelos que contaban aquellas sorprendentes historias de la fábrica? Quizá ya no viviese ninguno de ellos. La piel de los dos niños se erizó. Hacía mucho frío allí dentro, a pesar de que fuera ya había comenzado a sentirse el primer agradable calor de los días de primavera.

Después de pasar allí unos minutos, observando todo, comenzaron a percibir un extraño aroma en el ambiente, que empezaba a sobrepasar al olor a humedad que ya habían percibido en un primer momento. Era un olor pútrido, que les provocó de inmediato náuseas y unas ganas incontenibles de vomitar.

Los dos muchachos no pudieron evitarlo, derramaron la merienda sobre el sucio y polvoriento suelo de la fábrica. A punto estaban de salir por piernas de allí, cuando escucharon con total claridad un maullido que provenía del piso superior. Era Coral, de eso estaban ambos seguros. Los dos pequeños se miraron un instante, mientras debatían con la mirada si continuar la búsqueda del pequeño gato o alejarse lo más rápido posible de aquel lúgubre lugar. Asintieron a la par, mientras comenzaban a subir por la oxidada escalera que conducía a la planta alta. Los escalones se quejaban a cada paso que daban, herrumbrosos y maltrechos por el paso del tiempo y la humedad acumulada durante tantos años. En más de una ocasión temieron que alguno de ellos cediese bajo su peso y cayeran precipitados al suelo. El costalazo podría ser considerable.

Cuando llegaron al piso superior, lo primero que pudieron comprobar era que allí el frío era más acusado. Era un frío húmedo que se les calaba en los huesos, un frío extraño que no habían sentido jamás. Amaya y Luis se abrazaron el cuerpo, mientras los dientes les comenzaban a castañetear de una manera por completo involuntaria.

—Minino, minino… —susurraba Luis, sin atreverse a elevar demasiado la voz. No sabía por qué, pero intuía que algo peligroso se estaba fraguando en el interior de aquella fábrica que llevaba tantos años acompañándoles en el pueblo.

—Coral, Coral… —susurraba, a su vez, Amaya. Lo que se estaba fraguando en su mente era la espectacular bronca que le iba a echar a su hermano cuando saliesen de allí. Cada segundo que pasaba estaba más arrepentida de haberle acompañado, pero tampoco podía dejar ir solo a su hermano pequeño a un sitio que le inspiraba tan poca confianza. Eso sí, que se preparase, porque no se iba a quedar ni una coma sin decirle y, sobre todo, que estuviese preparado para la bronca que les echarían sus padres, porque ella no pensaba admitir ninguna clase de culpa. Que se enterasen de una vez sus padres de cómo era su «querido pequeñín».

Con esos pensamientos en mente, cada uno con sus propias elucubraciones, vieron cómo, de repente, la luz de uno de los despachos se encendía. En un principio dieron un respingo, pero se dijeron que debía haber sido Coral el que la habría encendido, sin pararse a cuestionar si hasta aquel lugar seguía llegando o no la electricidad. Aunque con temor en sus pasos, avanzaron hacia el despacho iluminado.

Cuando asomaron por la puerta, los dos se quedaron boquiabiertos sin remedio. Amaya incluso aguantaba la respiración mientras intentaba procesar lo que estaban viendo sus ojos. Luis no paraba de restregárselos, esperando que aquello que estaba viendo no fuese más que un espejismo. Pero no, no lo era. Aquel despacho con la luz encendida presentaba un aspecto por completo diferente al resto de la fábrica. Todo parecía nuevo y reluciente, el escritorio de madera, la silla de piel, un teléfono antiguo… Parecía como si la persona que trabajase allí hubiese salido un momento y no llevase abandonado tantos años. Los dos se quedaron en el umbral, sin atreverse a dar un paso hacia su interior.

Tan embobados estaban observando aquella imagen imposible, que el sobresalto fue mayúsculo cuando un gran ruido comenzó a sonar, emitiendo una reverberación que lo amplificaba hasta sus oídos. Se giraron casi a la par, sin despegar los pies del suelo, para comprobar cómo las rotativas de la planta baja se habían puesto en funcionamiento. Luis mojó directamente sus pantalones. Amaya no dejaba de sentir los escalofríos que le pedían a gritos salir de allí, pero no podía despegar los pies del suelo debido a la sensación de terror que la había embargado. Y el minino seguía sin aparecer.

Amaya salió de aquel estado de hipnotismo mezclado con terror unos minutos antes que su hermano. Su siempre racional cerebro le pedía una explicación a aquello que estaba sucediendo, necesitaba de una razón lógica que justificase aquello que estaban viviendo. En un momento de histeria como aquel, podía llegar a creer que su gatito hubiese encendido la luz de aquel despacho e incluso que hubiese podido poner en marcha las rotativas pulsando algún mecanismo con sus patitas, pero no había nada que justificase la limpieza impoluta que reinaba en el despacho del que aún permanecían en la puerta, y ni siquiera sabía si sería posible que todo aquello se pusiese en marcha tras el paso de tantos años.

—¡Vamos, Luis! ¡Tenemos que salir de aquí! —tiraba con desesperación del brazo de su hermano, que permanecía petrificado sobre aquel charco que él mismo había originado.

Como si de un autómata se tratara, Luis inició un leve movimiento. Avanzaba despacio, mientras tiraba con suavidad de la mano de su hermana, en una invitación a bajar las escaleras con ella. Si el terror se había apoderado de Amaya unos minutos antes, ahora su rostro mostraba el pánico más exagerado, al ver cómo su hermano se movía de manera mecánica, como si estuviese siendo atraído por una fuerza superior que le obligase a continuar con el movimiento. Y la suavidad con que en un principio la había tomado de la mano había pasado a convertirse en una insólita fuerza, inusitada para su edad, que les mantenía firmemente unidos por aquella sin posibilidad alguna de escapatoria para Amaya.

—¡Luis! ¡Luis! ¡Basta ya! ¡Si es una broma, no tiene ninguna gracia! —chillaba con desesperación Amaya, que se veía ya literalmente arrastrada escaleras abajo por la fuerte pinza que ofrecía la mano de su hermano pequeño.

Este no reaccionaba a sus gritos, continuaba con el mismo andar parsimonioso y sereno, aunque seguro y distante, sin que pareciera en ningún momento que fuese a salir de aquella especie de trance en que había sido sometido. Un maullido de Coral cerca del portalón que daba entrada a la fábrica, alimentó la esperanza de Amaya, que deseaba con todas sus fuerzas que Luis reaccionase ante aquel estímulo y la guiase hacia la salida. No fue así.

Fue ahora Amaya la que mojó sus pantalones de la escuela mientras veía cómo su hermano la arrastraba, manteniendo el mismo nivel de fuerza en todo momento, al comienzo de las enormes rotativas que rugían con un estruendoso eco en el interior de aquella fábrica abandonada.

La noticia de la muerte de los dos niños conmocionó a la pequeña población al día siguiente, impresa en diarios de antiguo aspecto que fueron dispersados por el viento desde las rotativas antes inactivas de la fábrica. En menos de una semana ya había sido demolida, en prevención de que no volvieran a ocurrir accidentes tan extraños como aquel. La policía nunca fue capaz de encontrar una explicación a aquellas muertes inocentes que ocurrieron en el ocaso de un cálido día de comienzos de verano.

Mientras, Coral reposaba tranquilo sobre su cojín, ya de vuelta en casa, preguntándose dónde se encontrarían aquel par de diablillos que siempre le hacían la vida imposible.

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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Minino, minino by Ana Centellas is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://anacentellasg.wordpress.com.

Por capítulos: “Minino, minino (V)”

Por capítulos: “Minino, minino (V)”

 

MININO, MININO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Minino, minino (I)       Minino, minino (II)       Minino, minino (III)       Minino, minino (IV)

MININO, MININO (V)

Amaya salió de aquel estado de hipnotismo mezclado con terror unos minutos antes que su hermano. Su siempre racional cerebro le pedía una explicación a aquello que estaba sucediendo, necesitaba de una razón lógica que justificase aquello que estaban viviendo. En un momento de histeria como aquel, podía llegar a creer que su gatito hubiese encendido la luz de aquel despacho e incluso que hubiese podido poner en marcha las rotativas pulsando algún mecanismo con sus patitas, pero no había nada que justificase la limpieza impoluta que reinaba en el despacho del que aún permanecían en la puerta, y ni siquiera sabía si sería posible que todo aquello se pusiese en marcha tras el paso de tantos años.

—¡Vamos, Luis! ¡Tenemos que salir de aquí! —tiraba con desesperación del brazo de su hermano, que permanecía petrificado sobre aquel charco que él mismo había originado.

Como si de un autómata se tratara, Luis inició un leve movimiento. Avanzaba despacio, mientras tiraba con suavidad de la mano de su hermana, en una invitación a bajar las escaleras con ella. Si el terror se había apoderado de Amaya unos minutos antes, ahora su rostro mostraba el pánico más exagerado, al ver cómo su hermano se movía de manera mecánica, como si estuviese siendo atraído por una fuerza superior que le obligase a continuar con el movimiento. Y la suavidad con que en un principio la había tomado de la mano había pasado a convertirse en una insólita fuerza, inusitada para su edad, que les mantenía firmemente unidos por aquella sin posibilidad alguna de escapatoria para Amaya.

—¡Luis! ¡Luis! ¡Basta ya! ¡Si es una broma, no tiene ninguna gracia! —chillaba con desesperación Amaya, que se veía ya literalmente arrastrada escaleras abajo por la fuerte pinza que ofrecía la mano de su hermano pequeño.

Este no reaccionaba a sus gritos, continuaba con el mismo andar parsimonioso y sereno, aunque seguro y distante, sin que pareciera en ningún momento que fuese a salir de aquella especie de trance en que había sido sometido. Un maullido de Coral cerca del portalón que daba entrada a la fábrica, alimentó la esperanza de Amaya, que deseaba con todas sus fuerzas que Luis reaccionase ante aquel estímulo y la guiase hacia la salida. No fue así.

Fue ahora Amaya la que mojó sus pantalones de la escuela mientras veía cómo su hermano la arrastraba, manteniendo el mismo nivel de fuerza en todo momento, al comienzo de las enormes rotativas que rugían con un estruendoso eco en el interior de aquella fábrica abandonada.

La noticia de la muerte de los dos niños conmocionó a la pequeña población al día siguiente, impresa en diarios de antiguo aspecto que fueron dispersados por el viento desde las rotativas antes inactivas de la fábrica. En menos de una semana ya había sido demolida, en prevención de que no volvieran a ocurrir accidentes tan extraños como aquel. La policía nunca fue capaz de encontrar una explicación a aquellas muertes inocentes que ocurrieron en el ocaso de un cálido día de comienzos de verano.

Mientras, Coral reposaba tranquilo sobre su cojín, ya de vuelta en casa, preguntándose dónde se encontrarían aquel par de diablillos que siempre le hacían la vida imposible.

FIN

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Por capítulos: “Minino, minino (IV)”

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MININO, MININO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Minino, minino (I)       Minino, minino (II)        Minino, minino (III)

MININO, MININO (IV)

Los dos muchachos no pudieron evitarlo, derramaron la merienda sobre el sucio y polvoriento suelo de la fábrica. A punto estaban de salir por piernas de allí, cuando escucharon con total claridad un maullido que provenía del piso superior. Era Coral, de eso estaban ambos seguros. Los dos pequeños se miraron un instante, mientras debatían con la mirada si continuar la búsqueda del pequeño gato o alejarse lo más rápido posible de aquel lúgubre lugar. Asintieron a la par, mientras comenzaban a subir por la oxidada escalera que conducía a la planta alta. Los escalones se quejaban a cada paso que daban, herrumbrosos y maltrechos por el paso del tiempo y la humedad acumulada durante tantos años. En más de una ocasión temieron que alguno de ellos cediese bajo su peso y cayeran precipitados al suelo. El costalazo podría ser considerable.

Cuando llegaron al piso superior, lo primero que pudieron comprobar era que allí el frío era más acusado. Era un frío húmedo que se les calaba en los huesos, un frío extraño que no habían sentido jamás. Amaya y Luis se abrazaron el cuerpo, mientras los dientes les comenzaban a castañetear de una manera por completo involuntaria.

—Minino, minino… —susurraba Luis, sin atreverse a elevar demasiado la voz. No sabía por qué, pero intuía que algo peligroso se estaba fraguando en el interior de aquella fábrica que llevaba tantos años acompañándoles en el pueblo.

—Coral, Coral… —susurraba, a su vez, Amaya. Lo que se estaba fraguando en su mente era la espectacular bronca que le iba a echar a su hermano cuando saliesen de allí. Cada segundo que pasaba estaba más arrepentida de haberle acompañado, pero tampoco podía dejar ir solo a su hermano pequeño a un sitio que le inspiraba tan poca confianza. Eso sí, que se preparase, porque no se iba a quedar ni una coma sin decirle y, sobre todo, que estuviese preparado para la bronca que les echarían sus padres, porque ella no pensaba admitir ninguna clase de culpa. Que se enterasen de una vez sus padres de cómo era su «querido pequeñín».

Con esos pensamientos en mente, cada uno con sus propias elucubraciones, vieron cómo, de repente, la luz de uno de los despachos se encendía. En un principio dieron un respingo, pero se dijeron que debía haber sido Coral el que la habría encendido, sin pararse a cuestionar si hasta aquel lugar seguía llegando o no la electricidad. Aunque con temor en sus pasos, avanzaron hacia el despacho iluminado.

Cuando asomaron por la puerta, los dos se quedaron boquiabiertos sin remedio. Amaya incluso aguantaba la respiración mientras intentaba procesar lo que estaban viendo sus ojos. Luis no paraba de restregárselos, esperando que aquello que estaba viendo no fuese más que un espejismo. Pero no, no lo era. Aquel despacho con la luz encendida presentaba un aspecto por completo diferente al resto de la fábrica. Todo parecía nuevo y reluciente, el escritorio de madera, la silla de piel, un teléfono antiguo… Parecía como si la persona que trabajase allí hubiese salido un momento y no llevase abandonado tantos años. Los dos se quedaron en el umbral, sin atreverse a dar un paso hacia su interior.

Tan embobados estaban observando aquella imagen imposible, que el sobresalto fue mayúsculo cuando un gran ruido comenzó a sonar, emitiendo una reverberación que lo amplificaba hasta sus oídos. Se giraron casi a la par, sin despegar los pies del suelo, para comprobar cómo las rotativas de la planta baja se habían puesto en funcionamiento. Luis mojó directamente sus pantalones. Amaya no dejaba de sentir los escalofríos que le pedían a gritos salir de allí, pero no podía despegar los pies del suelo debido a la sensación de terror que la había embargado. Y el minino seguía sin aparecer.

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “Minino, minino (III)”

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MININO, MININO
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Minino, minino (I)       Minino, minino (II)

MININO, MININO (III)

Luis esperó durante unos minutos con impaciencia a que su hermana recuperase el resuello. Estaban perdiendo demasiado tiempo y como el gato llegase antes que ellos a la vieja fábrica, sería mucho más difícil encontrarlo. Aunque era consciente de que, casi con total seguridad, el gato habría llegado antes de todas formas, le gustaba fastidiar a su hermana. Estaba seguro de que ese gesto de impaciencia sacaba su ácido carácter.

—¡Vamos! ¡Que se nos escapa! Luego siempre se pasa varios días sin aparecer… ¡Vamos!  —repetía Luis, para tormento de su hermana.

Pese a que estaba seguro de que aquello la estaba irritando, Amaya no mostró ninguna señal que indicase su enfado. Más bien al contrario, lo que denotaba era un temor a continuar la persecución del animal que, para él, estaba fuera de lugar. Aunque aquello le sorprendió bastante, ya había iniciado el juego, así que no podía dar marcha atrás, de manera que comenzó a correr de nuevo, mientras increpaba a su hermana para que lo siguiese.

Amaya comenzó a correr detrás de él. No podía dejar a su hermano solo en una situación que consideraba de peligro. Llegaron al final de la calle, donde se encontraba la última casa del pueblo y comenzaba el camino de tierra que llevaba hacia la antigua fábrica, justo a tiempo de ver cómo Coral, de un ágil salto, se colaba por una de las ventanas. Amaya siguió a su hermano hasta lo que en su día debió de ser un enorme portón, que ahora no era más que un gran hueco vacío por el que adentrarse en la fábrica.

Entraron casi a la vez. El interior era sombrío y olía a humedad. Ninguno de ellos había estado allí dentro antes y lo que vieron les causó una gran sensación. Desde dentro parecía mucho más grande incluso que desde fuera. La maquinaria seguía allí, enormes rotativas antiguas cubiertas por una gruesa capa de óxido. Ya sabían que había sido una imprenta, pero jamás imaginaron que fuese de tal magnitud. Unas estrechas escaleras conducían al piso superior, donde supusieron que se encontrarían despachos para el trabajo de oficina. Esparcidos por el suelo, todavía se podían contemplar fragmentos de periódicos antiguos y páginas de libros que, en un estado lamentable, y amarilleados por completo, habían conseguido resistir los envites del paso del tiempo. Imaginar que aquel lugar hubiese estado alguna vez pleno de actividad ya era por sí solo un pensamiento escalofriante. ¿Dónde estarían ahora todas aquellas personas? ¿Seguirían en el pueblo? ¿Sería alguno de aquellos abuelos que contaban aquellas sorprendentes historias de la fábrica? Quizá ya no viviese ninguno de ellos. La piel de los dos niños se erizó. Hacía mucho frío allí dentro, a pesar de que fuera ya había comenzado a sentirse el primer agradable calor de los días de primavera.

Después de pasar allí unos minutos, observando todo, comenzaron a percibir un extraño aroma en el ambiente, que empezaba a sobrepasar al olor a humedad que ya habían percibido en un primer momento. Era un olor pútrido, que les provocó de inmediato náuseas y unas ganas incontenibles de vomitar.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Enero 2018. Derechos registrados.

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Por capítulos: “Minino, minino (II)”

Por capítulos: “Minino, minino (II)”

 

MININO, MININO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Minino, minino (I)

MININO, MININO (II)

La vieja fábrica llevaba abandonada desde mucho antes de que nacieran los niños. Carecía de cristales en las ventanas y, los que quedaban, estaban tan cubiertos de polvo que era como si no existiesen. Estaba fabricada en ladrillo de un color rancio, desgastado por el paso de los años, y una buena parte del tejado se había ido viniendo abajo con el paso de las décadas. Corrían de boca en boca numerosas historias acerca de la vieja fábrica ya que, según contaban, fueron muchos los trabajadores que fallecieron allí en extrañas circunstancias. Los rumores comenzaron a circular entre la gente y, ante la falta de personal que estuviese dispuesto a trabajar en ella, al final se vio abocada a la quiebra. De eso había pasado ya más de medio siglo y nadie, hasta el momento, se había atrevido a derruirlo, de manera que pasó a formar parte del pueblo, una parte de la historia negra del mismo.

A pesar de que Amaya siempre había manifestado su temor a acercarse a la fábrica, en parte por todas las historias que había llegado a escuchar, lo cierto era que, más que temor, lo que sentía era un profundo miedo a internarse en ella. Se trataba de un miedo que rayaba lo irracional, aunque se cuidaba bien de no manifestarlo. Cuando salía con sus amigos por las calles del pueblo los fines de semana, siempre se las apañaba para que sus pasos no se acercasen ni por asomo a aquel lugar.

A punto estaba de volver a decirle a su hermano pequeño que no podían ir hacia allí, cuando vio que él ya estaba saliendo de la casa por la puerta lateral del jardín, mientras le gritaba:

—¡Vamos, Amaya! ¡No te quedes ahí! ¡Que sabemos hacia dónde se dirige! ¡Tengo muchas ganas de jugar con el minino hoy! —gritaba Luis, ya fuera de la casa, al tiempo que se detenía un segundo para esperarla.

Amaya se veía envuelta en una gran encrucijada que, para su mente aún infantil, suponía un auténtico dilema existencial. O bien acallaba sus miedos, hasta el momento infundados, o bien se quedaba en casa y se aseguraba que no le cayese una buena bronca. Pero su hermano no le dio muchas opciones pues, al ver que ella no avanzaba, continuó corriendo calle abajo en busca de Coral. A pesar de que cualquier idea que tuviese su hermano a ella le parecía una soberana estupidez, le guardaba gran cariño. En el fondo era su hermano y no podía dejarle ir solo a un lugar tan supuestamente peligroso. Además, su conciencia le impedía dejarle solo ante el castigo que seguro recibirían al regresar a casa. Si es que regresaban.

—¡Espera, Luis! ¡No vayas solo! ¡Espérame, deja que vaya contigo! —vociferó a regañadientes.

Emitiendo un gruñido de insatisfacción, Amaya emprendió una carrera por la calle abajo, hasta encontrarse con Luis.

—¿Tú sabes la bronca que nos vamos a llevar? Nos va a caer un buen castigo como papá y mamá se enteren de esto —le dijo cuando llegó hasta su encuentro, con la respiración algo agitada por el esfuerzo de la carrera. Para ella, que siempre había sido reacia a realizar cualquier esfuerzo físico, aquello había supuesto casi una media maratón.

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “Minino, minino (I)”

Por capítulos: “Minino, minino (I)”

 

MININO, MININO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

MININO, MININO (I)

El gato caminaba por el tejado con parsimonia, ágil dentro de su equilibrio, con la soltura propia del que sabe que no se va a caer y que, si lo hace, siempre caerá de pie. Era un gato persa precioso, con un suave pelaje que entremezclaba varios tonos de gris, desde el perla hasta el más oscuro posible. Había llegado a la familia hacía ya dos años y campaba a sus anchas por la pequeña casa unifamiliar donde vivía. Muchas veces desaparecía durante días, pero siempre regresaba al hogar. Se había ganado el cariño de todos los vecinos y allí por donde pasaba recibía caricias y alimento.

Amaya y Luis, los pequeños de la familia, se encontraban abajo, observándole con detenimiento. Sus pupilas permanecían fijas en los movimientos del gato. Les apetecía jugar con él un ratito, acababan de llegar de la escuela y tenían ganas de juegos. Como si el gato hubiese adivinado cuáles eran sus intenciones, se escaqueó del lugar con un arriesgado salto hasta el tejado de la casa vecina. Los pequeños continuaron durante un momento observándole, anonadados, hasta que comprendieron que se les escapaba y no podrían jugar con él.

—¡Minino! ¡Minino! —llamaba a voces Luis, mientras veía cómo su gato realizaba otro peligroso salto hasta el tejado de la casa contigua a la de sus vecinos.

—¡Llámalo por su nombre, tonto! —le reprochó Amaya. Era dos años mayor que su hermano y tenía la afianzada idea de que todo cuanto él hiciese estaba mal—. ¿No ves que así no te va a hacer caso? ¡Coral! ¡Coral! —comenzó a gritar ella.

—Si no le hubieses puesto un nombre tan ridículo, no me importaría llamarle por su nombre. Pero es que me da vergüenza. Además, Coral es un nombre de chica y él es un macho —replicó Luis, un poco harto ya de los reproches de su hermana—. ¡Minino! ¡Minino!

El animal se detuvo durante unos instantes, dirigió su mirada hacia atrás, como si estuviese sopesando la posibilidad de volver con los pequeños, pero al final optó por continuar su camino de tejado en tejado hacia el límite del pueblo. Al llegar a la última casa, saltó al vacío y los niños lo perdieron de vista.

—¡Va hacia la vieja fábrica! ¡Vamos, Amaya, corre, vamos a por él! —gritaba un eufórico Luis, que ya se veía jugando con su animalito. Ahora que sabían hacia dónde se dirigía, podrían ir en su busca. El ánimo se le vino abajo con la respuesta de su hermana.

—¿Pero tú estás loco? Papá y mamá nos tienen prohibido salir de casa los días de escuela, lo sabes. Y además, esa vieja fábrica siempre me ha dado miedo. Algo me dice que no debemos ir allí.

Ya estaba Amaya fastidiando sus planes, como siempre. No lo demostraba, pero andaba ya un poco cansado de que su hermana siempre le tuviese que decir qué hacer y, por si fuera poco, siempre pretendiese llevar la razón y le tratase como si fuera estúpido. Solo tenía dos años más que él, ni siquiera era adulta, tenía diez años. Y, por más que lo intentaba, no era capaz de encontrar la diferencia entre sus ocho años y los diez de su hermana.

CONTINUARÁ…

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Por capítulos: “El pacto”

Por capítulos: “El pacto”

 

EL PACTO
Imagen: Pixabay.com (editada)

 

Como siempre que termina una serie, aquí os dejo el relato completo, para los que os lo hayáis perdido o si os gusta leerlo del tirón.

EL PACTO

El ladrón no había dejado pistas. Todo en el despacho del señor Gutiérrez parecía estar en orden. No había nada fuera de lugar que indicase que allí se hubiese podido cometer algún tipo de delito. Pero, sin embargo, así había sido. De la caja fuerte, empotrada en la pared y escondida bajo una copia barata de La Gioconda, faltaba uno de los documentos más importantes que el señor Gutiérrez tenía en su poder. No había signos de que hubiese sido forzada de ninguna manera, por lo que el ladrón debía conocer la combinación, de eso no cabía ninguna duda.

El señor Gutiérrez dedicó varios minutos a mirar por la ventana, con la mirada perdida en el horizonte, intentado averiguar quién habría podido tener acceso a la combinación de su caja fuerte. Ni siquiera la señora de la limpieza, que era la única que tenía acceso al lugar y además en su compañía, sabía de su existencia. Frunció el ceño y entrecerró los ojos con un gesto de extremo cansancio, como si el interior de su cabeza fuera una bomba nuclear a punto de explotar.

Hacía tiempo que había perdido la sonrisa, y los acontecimientos que se estaban desarrollando aquel día no estaban ayudando para nada en su recuperación. Comenzó a caminar nervioso de un extremo a otro del despacho, como si de una fiera enjaulada se tratase, mesándose los escasos cabellos que le quedaban y que siempre ocultaba bajo un barato sombrero de fieltro. Había dado orden a su secretaria para que cancelase todas las reuniones que tenía previstas para aquel día. De momento, con eso tendría que bastar. Necesitaba encontrar al ladrón así le fuese la vida en ello.

Aún no podía creer que un intruso hubiese tenido acceso, no solo a su santuario personal, sino a todos los documentos de valor que guardaba. Sin embargo, solo había tomado prestado uno. Uno muy particular. Eso era una pista importante ya que, quien quiera que fuese, estaba muy claro qué era lo que le interesaba de él. Pero, ¿quién?

—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó malhumorado al girarse y ver apoyada en el dintel de la puerta a su secretaria con aspecto compungido. Era la primera vez que nadie entraba en su despacho sin llamar primero. Tendría que tomar medidas al respecto.

—Discúlpeme, señor Gutiérrez, pero me ha resultado tan raro que cancelase todas las reuniones de hoy sin dar una explicación y no ha salido de su despacho, me he tomado el atrevimiento de entrar para ver si se encontraba usted bien —Natalia, su secretaria, había adquirido la tonalidad de los tomates en el momento de la cosecha. Nada más abrir la puerta ya sabía que aquel sería su último día de trabajo con el señor Gutiérrez, pero su preocupación por su jefe era auténtica, y le pudo más la intranquilidad que la sensatez.

La mandó salir del despacho con mal humor, pero en el fondo sabía que Natalia era una buena trabajadora que siempre decía la verdad, por lo que postergó para otro momento la reconsideración de su puesto de trabajo. Ahora mismo, de lo único que debía preocuparse era de encontrar al ladrón que había salido impune de allí, llevándose su posesión más valiosa. Algo que solo él sabía que tenía, por lo que solo él debía desentrañar aquel misterio.

Se dejó caer a plomo en su cómodo sillón de cuero. Jamás se habría podido imaginar algo así. Creía que su pequeña reliquia se encontraba tan a salvo que no se había dado ni cuenta de que alguien caminaba tras ella. Aún no eran ni las nueve de la mañana, pero la sensación que tenía era la de haber permanecido entre aquellas cuatro paredes durante varios días. Era una sensación asfixiante, de falta de aire, de sentirse recluso en su propia casa, de haber sido profanado. Cerró los ojos con fuerza y exhaló con sonoridad todo el aire de que fue capaz.

—Solo quiero despertar de esta pesadilla —dijo, para sí mismo, mientras se frotaba el rostro con ambas manos como si esperase que de esa forma pudiese salir de aquel mal sueño que, al parecer, estaba viviendo.

Volvió a mirar por la ventana. Aquello siempre le calmaba cuando se encontraba estresado, cansado o furioso. A lo lejos, el mar daba brincos estallando contra las rocas de la costa, como correspondía a aquella época del año. Sentía que en aquellos momentos era una de aquellas olas que iban a romper con dureza contra las rocas.

Decidió inspeccionar de nuevo su despacho, pero con mayor meticulosidad. Buscaba cualquier pista que al ladrón se le hubiera podido pasar desapercibida, el más mínimo cambio en la colocación de los enseres, cualquier cosa. Podría haberse dedicado a inspeccionar cualquier mota de polvo que hubiese quedado depositada sobre los muebles, y habría sabido que todos sus esfuerzos eran en vano. Lo notó cuando entró al despacho, como cada mañana, con el ceño fruncido. Para él, que era tan metódico y obsesivo con el orden, cualquier cosa desplazada de su lugar le hubiese llamado de inmediato la atención, pero no había sido así. Además, contaba con el mejor sistema de alarma del mercado, con lo que cualquier intruso hubiese sido detectado inmediatamente. A no ser, claro está, que la persona que hubiese entrado pudiese desactivar la alarma.

En su mente comenzó a dibujarse un rostro que cumplía con todos los requisitos para ser el posible autor del robo. Solo había una persona que se hubiese ganado su confianza de tal manera como para no solo haberle hecho entrega de las llaves de la oficina, sino que además poseía las llaves de su despacho, las de la caja fuerte y la clave para desactivar la alarma. Solo una persona cumplía con esos requisitos, pero había algo que no encajaba. No comprendía el motivo que podía tener aquella persona para robar el documento más valioso para él, pero que para los demás no tenía valor alguno. ¿Para qué iba a hacer aquello? En fin, no le quedaba más remedio que entrevistar a esa persona para intentar sonsacarle información. Si esa persona le demostraba que no había sido ella, no le quedaría más remedio que intentar adivinar.

Las manos de Natalia no dejaban de temblar desde que el Sr. Gutiérrez la había llamado a su despacho con urgencia y, pidiéndole que cerrara la puerta tras de sí, la invitó a sentarse en una de las tradicionales butacas que, reservadas para los clientes, estaban situadas en la parte de fuera de la gran mesa de madera de nogal de aquel hombre.

Aquel gesto no pasó desapercibido para el Sr. Gutiérrez, pero no sabía si interpretarlo como una muestra de miedo a haber sido descubierta o temor a que la fuese a echar una bronca por haber irrumpido sin llamar en su despacho una media hora antes. Quedó muy confuso, pues él siempre se había jactado de conocer las intenciones de una persona con solo una mirada, así como de saber cuándo alguien le estaba mintiendo o no. Pero con Natalia tenía dudas, y eso comenzó a ponerlo nervioso.

Natalia estaba ya empezando a romperse las uñas mientras es Sr. Gutiérrez la analizaba con la mirada intentando no dejar pasar por alto ningún detalle que le pudiera dar alguna pista de lo que estaba buscando en su secretaria. El duelo de miradas duró bastantes minutos, nerviosa la de Natalia, escrutadora la del Sr. Gutiérrez. Al fin, este habló. Sus palabras eran duras e intentaban generar en Natalia la falta de confianza necesaria para que confesase su falta. Era la única que tenía acceso al documento, aunque hasta ahora él pensaba que desconocía de su existencia.

—Te voy a ser directo, Natalia. Ha desaparecido un documento muy importante de la caja fuerte. De hecho, es el más importante para mí. No hay ningún signo de que las puertas hayan sido forzadas y tampoco la caja fuerte. Tú eres la única que tiene acceso a la caja. Solo quiero que me digas la verdad. ¿Lo tienes? ¿Dónde lo tienes?

Natalia, que hasta aquel momento había permanecido mirando con fijación a su jefe, nerviosa a más no poder, mientras continuaba rompiéndose las uñas una por una, prorrumpió en un intenso llanto. Aquella chiquilla lloraba de manera desconsolada, hipando cada vez que intentaba pronunciar alguna palabra. No sabía exactamente el motivo, pero el llanto de su secretaria solo le inspiraba una ternura inmensa. No, aquella muchacha no estaba llorando por haber sido descubierta. Además, hubiese sido demasiado obvio. ¿Cómo no lo había pensado antes?

—Sr. Gutiérrez —dijo, al fin, Natalia, intentando controlar las lágrimas que caían como dos torrentes por sus mejillas—. ¿Cómo puede usted pensar eso de mí? Sabe que yo no haría tal cosa. Hace muchos años que trabajo para usted y jamás he osado entrar en su despacho en su ausencia o sin su permiso —consiguió decir del tirón, antes de volver a su desconsolado llanto.

Aquello no hizo más que confirmar que la chiquilla decía la verdad. Era de su absoluta confianza. De hecho, era la única persona en la que había depositado su confianza en toda su vida. Y aquel llanto… Aquel llanto era de auténtico dolor por el mero hecho de pensar que él hubiese dudado de ella en algún momento. Lo hubiese reconocido en cualquier lugar. En el momento más inesperado para él, y a pesar de la situación por la que estaba pasando, su instinto paternal hizo acto de presencia, aunque manteniendo la distancia.

—Discúlpame, Natalia. No debí dudar de ti. He sido un completo estúpido. No llores más, por favor. Te creo. Natalia, te creo. Pero esto que ha ocurrido es muy peligroso para mí. No te puedo dar detalles, pero será mejor que cerremos la oficina por el día de hoy. Si quieres, puedes irte a casa.

Para su sorpresa, Natalia decidió no irse de allí. Su jefe tenía problemas y ella tenía que estar a su lado para ayudarle a afrontarlos. El Sr. Gutiérrez aceptó aquel acto de generosidad, otorgándole el valor que sabía que tenía.

Durante todo el tiempo que duró la charla entre los dos, ninguno de ellos se dio cuenta de una sombra que, parapetada tras el muro de piedra de la casona, les espiaba sin ser vista.

—¿Tienes hambre? —le preguntó a Natalia. Esta contestó con un leve movimiento afirmativo de cabeza—. Anda, toma dinero y ve a comprar unos sándwiches para los dos. Te vendrá bien que te dé el aire.

Natalia salió de la oficina dejando a su jefe encerrado en ella. Hasta ese momento, nada hacía presagiar los acontecimientos que se desarrollarían en las siguientes horas.

El Sr. Gutiérrez se devanaba los sesos intentando averiguar quién podría tener interés en aquel documento y, además, irrumpir en su oficina de aquella manera sin haber dejado ni un solo rastro. Sentado sobre su sillón, apoyaba los codos sobre la mesa y, con la mirada baja, se mesaba los escasos cabellos una y otra vez, como si de esa manera fuese a fluir desde su cerebro la brillante idea que resolviese la situación.

Se estaba desesperando de tal manera que se estaba volviendo loco. Tenía aquel documento en su poder desde hacía más de treinta años y jamás se lo habían reclamado. De hecho, el trato que constaba en el mismo tenía validez el mismo día de su fallecimiento. Desde el momento en que lo firmó, su vida había dado un giro espectacular de ciento ochenta grados. Sus negocios, antes ruinosos, comenzaron a reflotar de tal manera, que pronto pasó a formar parte del grupo más selecto de empresarios del país. Llevaba una vida basada en el lujo y la ostentación que le hacía codearse con las familias de la más elevada clase social. Se sentía como pez en el agua entre ellos, como si hubiese nacido en ese entorno y olvidó sus raíces humildes en el seno de una familia de obreros.

Entre aquellas familias de alta alcurnia se encontraba la familia Monfort, una de las más acaudaladas de la ciudad. El Sr. Gutiérrez se enamoró perdidamente de la hija mayor de aquel matrimonio, Cristina, y en apenas dos años contrajeron matrimonio. Pero, al parecer, con el paso del tiempo Cristina había descubierto que tenía otras necesidades que no cubría el matrimonio con él. Por ello había marchado de casa hacía unas semanas. No estaban legalmente divorciados, pero sí separados de hecho. Desde aquel día en que Cristina se marchó de casa, la sonrisa del Sr. Gutiérrez desapareció por completo, pasando de ser un empresario excelente a convertirse en un auténtico ogro con sus empleados, que no hacía nada más que operaciones ruinosas.

Levantó la mirada de la mesa y se cubrió la cara con las manos, en un intento de despejarse los ojos. Natalia aún no había regresado con la comida, por lo que todavía tenía algunos instantes de tranquilidad que le permitieran pensar con calma.

Fue entonces cuando comenzó a atar cabos. La marcha de Cristina fue el detonante de la larga sucesión de desgracias que le venían ocurriendo. El negocio de telas fue el siguiente, ya que la pérdida de su mayor cliente por cierre le había ocasionado un descalabro financiero importante. Las siguientes empresas habían ido sufriendo percances similares en lapsos de tiempo más o menos cortos. Por último, su negocio de asesoría empresarial, que era el que estaba intentando salvar desde aquella oficina, también se estaba viendo resentido.

Era como si toda su racha de buena suerte o su buen tino con los negocios, y la vida en general, hubiesen desaparecido, no de golpe, pero sí con bastante rapidez. Abrió los ojos como platos cuando una idea comenzó a tomar forma en su cabeza. No podía ser. Todavía no. ¿O sí? Tal desesperación le llevó a arañarse incluso la cara. De pronto, unos suaves golpes sonaron en la puerta.

Natalia aún no había regresado de su salida a comprar comida. No había nadie más en la oficina. ¿Quién podría estar dando esos golpes? No tuve ni que levantarse para abrir la puerta. Una especie de sombra negra incorpórea, la misma que hace unos momentos les observaba a través de la ventana, atravesó la puerta sin mayores problemas. Una vez dentro, se materializó en un caballero de aspecto fúnebre, vestido de negro, con una larga capa que evocaba muchos siglos atrás.

—Buenos días, Rubén —el Sr. Gutiérrez sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo de arriba abajo. Nadie le llamaba Rubén, salvo su querida Cristina—. He venido a saldar mi deuda.

—No te creo —replicó Rubén de inmediato—. Este no era el trato que hicimos. Fuiste tú quién se lo llevó, ¿verdad? —su cara pasó de manera casi instantánea a adquirir el color rojo de la furia que se estaba arremolinando en su interior.

—Por supuesto, mi fiel amigo. Ha llegado el momento de que cumplas con tu palabra. Yo tengo el documento y he venido a cumplir con mi cometido —aquel hombre lóbrego le hablaba con una lentitud pasmosa, midiendo cada palabra, pronunciando cada vocablo con una perfección absoluta. Era alto y delgado, huesudo en toda su anatomía y su sola mirada bastaba para congelar a cualquier persona en el acto.

—Pero no puede ser —se quejó Rubén, abandonando por un momento la furia para dar paso a un pánico casi letal que le sacudía por dentro—. El pacto que hicimos no era así.

—Claro que lo era, Rubén. ¿No lo recuerdas? ¿Necesitas que te refresque la memoria? —dijo con su voz tétrica, mientras extraía de debajo de su capa el famoso documento que tanto había buscado Rubén durante toda la mañana—. Vamos a ver… aquí dice, «Yo, Rubén Gutiérrez, cedo mi alma al diablo a cambio de disfrutar de las mayores riquezas y posición social durante el resto de mi vida». Creo que el contenido está claro, es preciso y no da lugar a ningún equívoco.

—Pero… —Rubén ya tenía que hacer esfuerzos, no ya para hablar, sino para incluso balbucear.

—Sí, Rubén, sí. Has gozado de todo el reconocimiento social que tú querías durante todos estos años. Tus negocios han sido los más prósperos de la nación. No creo que te haya faltado de nada durante todo este tiempo. Mi parte del trato está cumplida. Ya he visto que no has sabido mantener a tu lado el amor, pero es ya es cosa tuya, en eso no he tenido nada que ver.

—Pero… —volvió a balbucear Rubén,  pálido por completo—. Eso no es cierto… Mis negocios han empezado a decaer en las últimas semanas… No voy a gozar de prosperidad durante el resto de mi vida…

—¡Ay, Rubén, Rubén! Veo que nunca has llegado a tener muchas luces. Me vas a hacer tener que explicártelo y no quería —aquel hombre parecía comenzar a regodearse de la situación—. Siempre me gusta dar avisos a mis contactos, ¿sabes? Imaginé que, al ver decaer tu riqueza, encontrarías rápido el motivo, pero ya veo que no ha sido así.

—¿Eso quiere decir que…? —la palidez del rostro de Rubén era cada vez más evidente. Le costaba respirar. Comenzaba a marearse y había perdido nitidez en la visión.

—¡Exacto! ¡Al final lo has comprendido! ¿Ves como no era tan difícil? —la risa con la que aquel hombre acompañaba a sus palabras provocó de inmediato arcadas en Rubén, lo que, unido a su carencia respiratoria, casi hace que se ahogue en su propio vómito—. Es la hora de que vengas conmigo, Rubén. Créeme si te digo que me hubiera dejado que disfrutaras un poco más, pero necesito almas para mi ejército. Y tú ya no eras feliz, Rubén. Ni todo el oro del mundo te hubiese compensado por la pérdida de tu querida  mujercita. Eras el candidato adecuado.

Rubén apenas tuvo tiempo de responder. Su corazón se paró de inmediato una vez pronunciada la última palabra. Su alma se desprendió del cuerpo humano sin vida y el hombre le tomó de la mano, volviéndose a hacer incorpóreo hasta desaparecer esfumándose de allí, llevando el alma de Rubén con él.

Un grito de terror se escuchó en la oficina cuando Natalia regresó con los sándwiches. Los médicos que acudieron solo pudieron certificar su muerte. Paro cardíaco por estrés postraumático, rezaba en el informe.

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.

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Por capítulos: “El pacto (V)”

Por capítulos: “El pacto (V)”

 

EL PACTO
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El pacto (I)      El pacto (II)       El pacto (III)       El pacto (IV)

EL PACTO (V)

Natalia aún no había regresado de su salida a comprar comida. No había nadie más en la oficina. ¿Quién podría estar dando esos golpes? No tuve ni que levantarse para abrir la puerta. Una especie de sombra negra incorpórea, la misma que hace unos momentos les observaba a través de la ventana, atravesó la puerta sin mayores problemas. Una vez dentro, se materializó en un caballero de aspecto fúnebre, vestido de negro, con una larga capa que evocaba muchos siglos atrás.

—Buenos días, Rubén —el Sr. Gutiérrez sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo de arriba abajo. Nadie le llamaba Rubén, salvo su querida Cristina—. He venido a saldar mi deuda.

—No te creo —replicó Rubén de inmediato—. Este no era el trato que hicimos. Fuiste tú quién se lo llevó, ¿verdad? —su cara pasó de manera casi instantánea a adquirir el color rojo de la furia que se estaba arremolinando en su interior.

—Por supuesto, mi fiel amigo. Ha llegado el momento de que cumplas con tu palabra. Yo tengo el documento y he venido a cumplir con mi cometido —aquel hombre lóbrego le hablaba con una lentitud pasmosa, midiendo cada palabra, pronunciando cada vocablo con una perfección absoluta. Era alto y delgado, huesudo en toda su anatomía y su sola mirada bastaba para congelar a cualquier persona en el acto.

—Pero no puede ser —se quejó Rubén, abandonando por un momento la furia para dar paso a un pánico casi letal que le sacudía por dentro—. El pacto que hicimos no era así.

—Claro que lo era, Rubén. ¿No lo recuerdas? ¿Necesitas que te refresque la memoria? —dijo con su voz tétrica, mientras extraía de debajo de su capa el famoso documento que tanto había buscado Rubén durante toda la mañana—. Vamos a ver… aquí dice, «Yo, Rubén Gutiérrez, cedo mi alma al diablo a cambio de disfrutar de las mayores riquezas y posición social durante el resto de mi vida». Creo que el contenido está claro, es preciso y no da lugar a ningún equívoco.

—Pero… —Rubén ya tenía que hacer esfuerzos, no ya para hablar, sino para incluso balbucear.

—Sí, Rubén, sí. Has gozado de todo el reconocimiento social que tú querías durante todos estos años. Tus negocios han sido los más prósperos de la nación. No creo que te haya faltado de nada durante todo este tiempo. Mi parte del trato está cumplida. Ya he visto que no has sabido mantener a tu lado el amor, pero eso ya es cosa tuya, en eso no he tenido nada que ver.

—Pero… —volvió a balbucear Rubén,  pálido por completo—. Eso no es cierto… Mis negocios han empezado a decaer en las últimas semanas… No voy a gozar de prosperidad durante el resto de mi vida…

—¡Ay, Rubén, Rubén! Veo que nunca has llegado a tener muchas luces. Me vas a hacer tener que explicártelo y no quería —aquel hombre parecía comenzar a regodearse de la situación—. Siempre me gusta dar avisos a mis contactos, ¿sabes? Imaginé que, al ver decaer tu riqueza, encontrarías rápido el motivo, pero ya veo que no ha sido así.

—¿Eso quiere decir que…? —la palidez del rostro de Rubén era cada vez más evidente. Le costaba respirar. Comenzaba a marearse y había perdido nitidez en la visión.

—¡Exacto! ¡Al final lo has comprendido! ¿Ves como no era tan difícil? —la risa con la que aquel hombre acompañaba a sus palabras provocó de inmediato arcadas en Rubén, lo que, unido a su carencia respiratoria, casi hace que se ahogue en su propio vómito—. Es la hora de que vengas conmigo, Rubén. Créeme si te digo que te hubiera dejado que disfrutaras un poco más, pero necesito almas para mi ejército. Y tú ya no eras feliz, Rubén. Ni todo el oro del mundo te hubiese compensado por la pérdida de tu querida  mujercita. Eras el candidato adecuado.

Rubén apenas tuvo tiempo de responder. Su corazón se paró de inmediato una vez pronunciada la última palabra. Su alma se desprendió del cuerpo humano sin vida y el hombre le tomó de la mano, volviéndose a hacer incorpóreo hasta desaparecer esfumándose de allí, llevando el alma de Rubén con él.

Un grito de terror se escuchó en la oficina cuando Natalia regresó con los sándwiches. Los médicos que acudieron solo pudieron certificar su muerte. Paro cardíaco por estrés postraumático, rezaba en el informe.

FIN

Ana Centellas. Diciembre 2017. Derechos registrados.