Reto: En jaque

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Imagen tomada de la red

¡Feliz lunes para todos! Comienza una nueva semana intensa, después de tanto día festivo, y qué mejor manera de animar este comienzo de semana que con un nuevo relato. Como otros lunes, os traigo el relato que escribí para el reto propuesto por la estupenda página de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”. Os recomiendo que la visitéis, os aseguro que lo que vais a encontrar allí os va a maravillar.

Para los que no lo sepáis, el reto consiste en escribir un relato inspirado en una imagen que la administradora propone semanalmente. Por respeto al grupo, he cambiado dicha imagen.

Y sin más demora, os dejo con el relato. Espero que lo disfrutéis.

EN JAQUE

Carolina había salido apresurada de casa. Se había demorado bastante en arreglarse aquella noche y llegaba tarde a la cita con sus amigos.

No es que le apeteciera mucho salir aquel día. Había pasado la mayor parte del mismo lloviendo y las calles estaban inundadas por una humedad que calaba los huesos. Pero ella sabía que debía salir. Tenía que hacerlo. Además, en aquella ocasión estaría Dani. En sus sentimientos más profundos, siempre había estado enamorada de aquel chico. Pero ella siempre se empeñaba en negarlo. Aquel día se rendía ante la evidencia, pues se había pasado dos horas en el cuarto de baño de su casa arreglándose con esmero, además de otra buena hora decidiendo qué ponerse. Al final optó por un vestido corto negro que se ajustaba a su figura como un guante. Se calzó las botas negras de tacón, para proteger sus piernas de la humedad de la noche, y se puso el abrigo rojo que tanto le gustaba. Por último, cargó con su gran bolso al hombro, sin el que nunca salía de casa.

Llegó a la céntrica discoteca donde había quedado con sus amigos. En el reservado de costumbre, le esperaban Toñi, Manuel, Sara y Jorge. Eran sus amigos de toda la vida. Y Dani. Allí estaba él con su maravillosa sonrisa de dientes perfectos que le tenía obnubilada desde que le conoció, hacía ya tres años atrás. Nunca habían pasado de un tonteo descarado, pero aquella noche Carolina pensaba ir a por todas. Se lo jugaría todo a la última carta que le quedaba.

De esta manera, inició un intento de seducción más que evidente al que Dani parecía responder de muy buen gusto. Pero Carolina no estaba allí solo para pasárselo bien. Lo tenía muy claro si quería subsistir la siguiente semana. Había tenido que pagar los dos meses de alquiler que llevaba retrasados y el casero no iba a darle ni un mes más de cuartelillo.

Así que, excusándose un momento ante un apasionado Dani, tomó su bolso y desapareció de su vista. El muchacho se levantó para ver dónde iba aquella chica que le llevaba volviendo loco desde el momento en que le conoció. Al verle parada con un grupo de chicos, riendo con complicidad, decidió seguirle.

De esta manera, vio cómo la que hasta aquel momento había pensado que iba a ser su chica a partir de aquella noche, coqueteaba con descaro con diversos grupos de personas, moviéndose con total libertad por la discoteca. Se sintió tan decepcionado que volvió al lugar donde estaban sus amigos y, sin molestarse en inventarse ninguna excusa, les dijo que se tenía que marchar.

Cuando Carolina regresó de nuevo a sus arrumacos con Dani, se llevó la gran sorpresa de que este se había marchado sin dar ninguna explicación. El cabreo que se estaba formando dentro de ella comenzó a adquirir dimensiones desproporcionadas cuando, agarrando su abrigo, se fue también del local sin despedirse tan siquiera de sus amigos.

Ni siquiera se percató de que una pareja de chicos con los que había estado hablando salía detrás de ella.

Para dar tiempo a que el enfado fuese remitiendo, Carolina decidió volver caminando a casa aquella noche. Eran ya altas horas de la madrugada y no se veía ni un alma por las calles. No fue hasta que ya se encontraba cerca de su casa cuando sintió cómo era seguida de cerca por dos personas.

Durante unos instantes dudó. No sabía si salir corriendo o seguir caminando con tranquilidad, pues con total seguridad solo se trataría de paranoias suyas. Decidió seguir paseando hasta que notó cómo los pasos se le acercaban a mayor velocidad. Hasta que sintió cómo unas fuertes manos le sujetaban uno de los brazos, haciéndole casi daño.

Reconoció en ellos a una pareja de chicos con los que había estado hablando en la discoteca. No les había visto nunca antes por allí y, a pesar de que solía tener bastantes precauciones con los desconocidos, la prisa por volver junto a Dani le hizo no reparar en ello.

      – ¿Qué queréis de mi? – preguntó asustada. – Si queréis dinero cogedlo pero, por favor, no me hagáis daño.

Su rostro se tornó en extremo desencajado cuando uno de ellos, sin mediar palabra, le puso ante ella una placa de policía.

      – Señorita Carolina Fuentes. – habló por fin el que había sacado la placa, mientras su compañero le mantenía inmovilizada.- Soy el Inspector Santamaría. Llevamos tiempo sospechando de usted, pero hoy usted misma nos lo ha confirmado.

Mientras hablaba, su compañero le mostraba la bolsita llena de pastillas que ella les había vendido hacía escasamente una hora. Los ojos de Carolina se tornaron un momento en blanco y a punto estuvo del desmayo.

      – Como comprenderá, tendremos que realizar un registro de su casa y después tendrá que acompañarnos a comisaría.

En ese momento Carolina supo que estaría una buena temporada sin pisar la calle. En su casa tenía el pequeño laboratorio donde fabricaba las drogas de diseño que luego vendía entre los asiduos a la discoteca. De algo tenían que servirle sus estudios de química si no lograba encontrar trabajo para pagar sus necesidades más básicas. Solo permitió que una lágrima rodase por su mejilla izquierda mientras le colocaban las esposas y, con mucha educación, le invitaban a acompañarles a su piso.

Ana Centellas. Diciembre 2016. Derechos reservados.

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Reto: “Mírame a los ojos”

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Imagen tomada de la red

Como en anteriores ocasiones, hoy os traigo el texto elaborado para el reto presentado por nuestra gran amiga Esperanza Solymar, del grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”. He de decir que es el grupo más ameno, participativo y familiar que he encontrado en Facebook. Una pequeña nueva familia que se quiere un montón.

En esta ocasión, trata sobre la violencia de género y debía incluir las palabras “nunca más”. He de decir que, aunque en el texto aparece la violencia ejercida por un hombre sobre una mujer, por ser la más habitual, y por mi condición de feminista por naturaleza y por obligación, podría aplicarse igualmente en el sentido contrario. Entendedlo de la manera que mejor os parezca. También puntualizar que los malos tratos también pueden ocurrir entre personas del mismo sexo. Desde aquí quiero puntualizar mi más sincero rechazo hacia cualquier forma de violencia.

Sin más palabras, os dejo con él. Espero sea de vuestro agrado.

MÍRAME A LOS OJOS

Mírame a los ojos y dime qué ves. ¿Ves acaso el brillo que en ellos resplandecía años atrás, cuando nos conocimos? ¿Acaso ves amor en ellos cuando te miro? ¿Realmente no ves la tristeza que les invade? ¿No ves su color apagado, sin vida? ¿No eres capaz de atisbar mis ojeras, que cada día son mayores? ¿Tampoco ves los surcos que recorren mi demacrado rostro tras tantas lágrimas vertidas?

Pues déjame decirte que estás ciego si no ves esas señales. Y como esas, tantas otras que llevo repartidas por mi cuerpo como estigmas que me recuerdan a cada momento el sufrimiento que llevo a mis espaldas.

¿Acaso piensas que es amor lo que sientes por mí? Sé sincero contigo mismo, por favor. ¿En verdad crees que una persona que ama a otra es capaz de infligirle tanto sufrimiento? No, ya te digo yo que no, que ese famoso refrán que dice que quien bien te quiere te hará llorar, no es cierto. Quien bien te quiere te hará reír, te hará soñar, te hará feliz.

Hoy voy a ser fuerte y te voy a confesar una cosa. Estoy cansada. Agotada. Cansada de tus estúpidos celos, cuando no he tenido nunca ojos para nadie más que no fueses tú. Cansada de tus gritos, de tus humillaciones, de tus menosprecios. Siento vergüenza ante el resto de la gente cuando lo haces en público. Pero no creas que siento vergüenza por mí, sino por ti. Porque tú solito estás dejando ver al mundo la clase de persona que eres. Igualmente estoy cansada de que la gente mire hacia otro lado cuando esto ocurre. Bien claro me ha quedado ya que ese no es su problema.

Estoy cansada de tus castigos cuando llegamos a casa, de tus golpes y tus palizas. Porque siempre lo merezco, según tú, yo me lo he ganado. Déjame decirte que hoy soy plenamente consciente de que no es así. El único culpable de todo esto eres tú, con tu mente perturbada. Y mientras, los vecinos hacen oídos sordos, como siempre, ante la evidencia que tienen delante cada día.

No soy yo, eres tú, el que fuerza con violencia mi cuerpo cada noche. No tengo palabras para expresar el asco que siento en esos momentos. Momentos que no hace tanto estaban cargados de ternura y sentimientos. ¿Cómo es posible que hayas cambiado tanto? Ya no te reconozco, no eres la persona que amé.

Hoy veo mi cuerpo y no me reconozco a mí tampoco, golpeada, demacrada, deprimida y humillada. Y tampoco sé cómo he podido estar tan ciega durante tanto tiempo, ocultando las evidencias, luchando por el amor que aún sentía por ti.

Pero hoy ese amor se ha terminado. Tú mismo le has puesto fin, acéptalo. Y mírame a los ojos, porque esta va a ser la última vez que lo hagas. Ya no te tengo miedo, ¿me oyes? No te tengo miedo y a partir de ahora vas a respetarme, porque volverás a valorar lo que tuviste y que ya no puede ser.

Hoy te digo adiós con la frente bien alta, una sonrisa en los labios y las maletas hechas. Porque NUNCA MÁS, ¿me escuchas?, NUNCA MÁS volverás a humillarme.

Ahí te quedas, y cuando notes mi falta, entonces, sólo entonces comprenderás de verdad lo que es llorar. Comprenderás de verdad que me infravaloraste. Y que a mí, ya nada ni nadie me puede hacer daño, porque he perdido todo el temor. Hoy soy fuerte. Que te vaya bonito. Mi vida comienza hoy.

 Ana Centellas. Noviembre 2016. Derechos registrados.

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Reto: “La ouija”

LA OUIJA

Eran las doce de la noche cuando Israel, Dani, Roberto y Juanmi se habían internado dentro del garaje de la vieja bruja. Los padres de Israel no estaban en casa ese fin de semana y había invitado a sus amigos a pasar la noche en su casa, con lo cual gozaban de una especial libertad, tan ansiada a sus quince años de edad. El único problema de Israel era que tenía que cargar con su hermano pequeño, Adrián, de diez años.

Todos ellos vivían en una zona residencial a las afueras de una gran ciudad, una preciosa urbanización de chalets impresionantes. En la esquina de la avenida principal se encontraba la casa más antigua de todas, habitada por una pequeña anciana que vivía sola en aquel amplio caserón, desde que enviudase  una veintena de años atrás. Raramente se la solía ver fuera de la casa y el aspecto descuidado de la misma le daba una apariencia casi tétrica. Por eso se había ganado el apodo de “la bruja” entre los jóvenes del lugar.

La vieja bruja siempre tenía el destartalado garaje abierto, y los muchachos aprovechaban cualquier oportunidad para adentrarse allí en la noche, desafiando el miedo de los menos lanzados. Y allí se encontraba la pandilla de Israel, junto a Adrián, aquella noche, sentados delante de un tablero de ouija.

Adrián, sentado un par de metros detrás de ellos, encogido, abrazando sus rodillas, le imploraba a su hermano:

– Israel, por favor, vámonos de aquí. Mamá se enfadará mucho cuando se entere y yo tengo miedo.

– Tú cállate, capullo. Y como le cuentes algo de esto a mamá prepárate, porque te voy a hacer la vida imposible.

Los amigos comenzaron con el juego. El garaje de la anciana estaba completamente a oscuras y la única luz de la que disponían era la de la linterna que habían llevado, suficiente para alumbrar el tablero y sus caras. El vaso se desplazaba lentamente por el tablero, contestando a todas sus preguntas. Adrián estaba muerto de miedo en su rincón. Todo fue bien, hasta que los amigos fueron a despedirse del espíritu para dar por finalizada su sesión, pero… este no dijo adiós. Israel notó una pequeña sacudida que invadía su cuerpo, pero evitó comentarlo con sus compañeros y, tomando a su hermano pequeño de la mano, fueron a casa a dormir.

A partir de aquel día, Israel no volvió a ser el mismo. Se saltaba las clases del instituto, comenzó a consumir drogas, castigaba continuamente a sus padres con comentarios hirientes y salidas de tono y desarrolló un odio irracional hacia su hermano pequeño. En unos meses la situación de Israel empeoró de tal manera que una noche llego a casa detenido por la policía, le habían encontrado realizando alguna especie de rito satánico en una nave abandonada a las afueras de la ciudad, a kilómetros de su casa.

De ahí que Adrián comenzase a volver solo del colegio. Una tarde cualquiera, al pasar junto a la vieja casa de la anciana, casi se muere del susto al verla allí, asomada a la verja, con su eterno luto y los dientes amarillentos.

– ¡Pssss! – le llamó la vieja señora. – Yo sé lo que le pasa a tu hermano y tengo el remedio para ello. Sólo tienes que traérmelo un día a medianoche.

Adrián salió corriendo asustado, pero creyendo con firmeza en las palabras de la vieja “bruja”. Ahora tenía dos problemas: primero, que sus padres no estuviesen en casa para poder salir a aquellas horas; y segundo, que Israel quisiera acompañarle sin utilizar contra él ninguna especie de arma blanca.

Transcurrieron dos largas semanas hasta que sus padres tuvieron que salir a una cena de negocios. Israel estaba encerrado bajo llave en su habitación y a él le habían dejado severas instrucciones acerca de su comportamiento. En cuanto hubieron  salido por la puerta, lo primero que hizo fue abrir el cuarto de su hermano. Israel, al verle, se lanzó sobre él como una fiera, los ojos inyectados en sangre. Adrián fue hábil, al aplicarle el pañuelo impregnado en cloroformo antes de que pudiese llevar a cabo su ataque. Se había informado y había conocido buenos contactos que le habían suministrado una buena dosis.

Cargar con el cuerpo inerte de su hermano no fue tarea nada fácil. Era cinco años mayor que él, y pesaba como un muerto, nunca mejor dicho, porque parecía que realmente estaba muerto. Menos mal que a esas horas ya no circulaba nadie por el vecindario. Llegó a duras penas hasta la casa de la anciana y tocó el oxidado timbre. Escasos segundos después se abrió la chirriante puerta y Adrián arrastró, pues ya no podía seguir cargando con él, el cuerpo dormido de su hermano.

Entrar en el santuario de la anciana le dejó con la boca abierta. Parecía que realmente fuera una bruja y no sólo habladurías de la gente. No sabe qué extraño sortilegio utilizó, pero a los pocos minutos Israel despertó confundido y tranquilo. La sorpresa que se llevó al encontrarse allí fue mayúscula, sobre todo al oír narrar a Adrián lo que había sido su vida en los últimos meses. No se acordaba de nada. La bruja les explicó que había sido poseído por un espíritu maligno, aquel que no dijo adiós en la partida ouija. Cómo sabía ella todo aquello era un misterio, pero le agradecieron calurosamente su ayuda. Desde aquel día la verían con otros ojos.

Camino de casa, Israel, pasando un brazo sobre el hombro de su hermano, le dijo:

– Me has salvado la vida, hermanito.

A lo que éste replicó entre risas:

– Tú cállate, capullo. Y como le digas a mamá algo de esto, prepárate, porque te voy a hacer la vida imposible. Mantén la boquita cerrada y a dormir.

 Ana Centellas. Noviembre 2016. Derechos reservados.

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Reto: “Consumación celestial”

CONSUMACIÓN CELESTIAL.JPGImagen tomada de la red

Nuevamente, seducida por el reto de una página literaria amiga (que es que no doy abasto), os presento este relato inspirado en la imagen arriba expuesta. Espero que os guste.

CONSUMACIÓN CELESTIAL

-¿Por qué nunca quieres estar conmigo? -le preguntó la noche al día, extremadamente zalamera, durante ese breve momento en que, cada día, podían coincidir.

– ¿Por qué dices eso? – le contestó el día extrañado.

– Siempre que nos vemos te vas corriendo. Creí que me querías. – La voz de la noche cada vez se iba tornando más sensual.

– ¿Cómo puedes siquiera pensar eso? ¡Llevo siglos amándote! – respondió el día, herido infinitamente en su amor propio.

– Pero siempre te alejas de mí… – La noche se iba acercando cada vez más al día, contoneándose, faltaban pocos minutos para el amanecer y no podía perder el tiempo. – Yo también te amo, ¿no crees que ya es hora de sellar nuestro amor? Llevo toda la eternidad esperando este momento…

El día comenzó a estremecerse, gotas de sudor resbalaban por su frente. Jamás había visto a la noche tan seductora como aquella vez. A pesar de llevar siglos amándose en silencio, apenas podían compartir unos escasos momentos al amanecer y al anochecer. Él tampoco quería esperar más a que llegase aquel momento tan deseado por ambos.

¿Cómo era posible que el día y la noche pudieran sentir un deseo tan carnal el uno por el otro? Un deseo que llevaba demasiado tiempo avivándose en el interior de ambos.

La noche estaba a sólo un paso del día, consciente de que apenas quedaban unos escasos segundos para que volviera a desaparecer y habrían desaprovechado otra oportunidad de oro.

El día le contempló, tan hermosa, desnuda completamente en su oscuridad y se abalanzó sobre ella. Juntaron sus cuerpos etéreos, el de él abrasando al de ella, el de ella enfriando al de él. ¡Qué sensación tan grandiosa! Fundidos en mil besos, el día y la noche por fin pudieron consumar su amor, durante tantos siglos escondido. Y unieron sus cuerpos, mientras el universo entero era partícipe de las locuras de los eternos enamorados.

Día y noche, noche y día, fundidos en uno solo, provocaron una gran explosión en el universo. Miles de estrechas fugaces recorrían el firmamento, celebrando por fin la unión celestial de los dos enamorados. Pequeñas explosiones a su alrededor comenzaron a formar nuevas estrellas que harían aún más exquisita a la noche. Los fulgores del día refulgían en todo su esplendor, deseando que no acabase nunca ese momento.

Cuando la unión del día y la noche alcanzó su punto más álgido, un éxtasis del más puro placer recorrió el firmamento entero, creando una gran explosión de colores, destellos y fulgores.

– He de irme – dijo vergonzosa la noche tras la mística experiencia vivida.

– No te vayas, por favor, ahora no. – le imploró el día. – No puedes dejarme ahora, no soportaré el momento de volver a verte.

Noche y día se fundieron en un cálido abrazo. El firmamento esperaba la aparición estelar del día, como cada mañana, y las estrellas querían refugiarse en la cálida oscuridad de la noche. Aún así, la noche fue incapaz de desatender los deseos del día, presa también de un deseo desbocado. Y día y noche volvieron a unirse con lentitud, disfrutando cada caricia después del deseo ya satisfecho, y el nuevo éxtasis provocó la más profunda oscuridad del cosmos entero, provocando el mayor eclipse nunca visto en millones de años.

Desde entonces, cada cierto tiempo, día y noche vuelven a sucumbir a sus deseos de enamorados. Nada es imposible en el universo. Cada eclipse que encontréis, cada lluvia de estrellas, cada color extraño en el cielo… son suspiros de placer de los eternos enamorados.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados.

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Reto: “Bajo la niebla”

BAJO LA NIEBLA.jpg

Animada como otras veces por el reto de una página literaria amiga, y que no me pierdo ninguno jajajaja, aquí os dejo mi primer relato que pretende ser de “terror”. Es a lo que ha llegado una, espero que os guste:

BAJO LA NIEBLA

Sergio y Sofía habían decidido pasar un fin de semana de aventuras, romántico, sin niños. Una escapada a plena naturaleza, que tanto les gustaba a los dos. Compraron una flamante tienda de campaña y el viernes por la tarde se despidieron con cariño de Tomás y Andrea, sus dos pequeños, que habían dejado con sus abuelos mientras durase la escapada.

Llevaban semanas planificando el viaje, el lugar al que irían, las rutas que querían hacer… Todo estaba organizado a la perfección. Así era Sergio, planificador a más no poder, no podía faltar un detalle. Sofía era más aventurera, le gustaba salir sin un rumbo fijo y acampar en el lugar que les pareciese más bonito, que más les llamase la atención, sin tener nada preparado con antelación. Esta vez había ganado Sergio, tenía unas más que abundantes dotes convincentes, debido a su trabajo de comercial. Así que Sofía no pudo más que claudicar y rendirse a la evidencia de que Sergio tenía razón. Ir sin ninguna planificación podía resultar incluso peligroso.

Guardaron en sus grandes mochilas todo lo necesario. Cargaron en su flamante todoterreno la tienda de campaña y pusieron rumbo al lago que Sergio había seleccionado. Llegaron casi al anochecer, tuvieron que montar la tienda alumbrados por el candil, y terminaron tan rendidos que cenaron unos sándwiches dentro de la tienda y cada uno se fue a su saco a dormir.

La mañana amaneció gris, como anunciando un mal presagio, cosa que sólo presintió Sofía, mientras Sergio preparaba el desayuno. El lago apenas se veía, cubierto por una neblina espesa que a Sofía se le antojó hasta tétrica. Aún así, iniciaron su excursión, ya que el móvil de última generación de Sergio no anunciaba lluvia para esa zona, es más, anunciaba un tiempo radiante. A pesar de los temores de Sofía, la excursión transcurrió sin incidentes. Diez kilómetros de ruta bosque a través, parada para comer en un claro del bosque, y otros diez kilómetros de vuelta hasta el lago.

Cuando llegaron al lago, dispusieron todas las cosas para mantener una cena romántica, hacía tiempo que no podían disfrutar de algo así, y en la mirada de ambos se podía descifrar el deseo contenido de tantas noches de cama ocupada por los pequeños. La niebla sobre el lago se había convertido en aún más densa. Pero a esas alturas a ninguno de los dos les importaba. Sofía, a espaldas de Sergio, fingiendo dar un paseo antes de desayunar, había escondido entre unos matorrales cercanos al lago un regalo especial para él.

Tras la cena, y varias copas de vino, estaban los dos bastante animados. Sofía se levantó insinuante y le comunicó a Sergio que en seguida volvía. Sergio rápidamente le perdió de vista, la oscuridad de la noche era total, no había ninguna luna que alumbrase el cielo y la niebla densa que había sobre el lago no le permitían ver más allá de lo que alumbraba la luz de la pequeña hoguera que habian preparado. No obstante, Sofía se había adentrado en las profundidades de la maleza sin ningún tipo de luz.

Tardó bastante tiempo en regresar y Sergio estaba ya visiblemente inquieto. Hasta que por fin le vio, caminando lentamente por la oscuridad tarareando una siniestra canción. No pudo por menos que poner una cara de espanto en cuanto le vio a la luz de la hoguera. El precioso vestido blanco que se había puesto para la romántica cena, lucía desgarrado y cubierto de sangre. Tenía unos extraños arañazos por la cara y el pecho y su expresión era totalmente ausente. Continuaba tarareando aquella maldita canción. Después del shock inicial, Sergio se levantó de golpe y fue corriendo hacia ella, a abrazarle, a darle su cariño y protección. Pero la mirada de ella se volvió voraz, y Sergio detuvo enseguida su acercamiento. ¿Qué demonios estaba pasando alli? ¿Qué le había pasado a su alegre y vital mujer?

– ¿Qué ha pasado vida mía? – se atrevió a preguntarle. Ella esbozó una sonrisa que a Sergio se le antojó un tanto sádica.

– La criatura del lago me ha hablado. Debemos ir con ella cuanto antes. – y le ofreció una de sus ensangrentadas manos, una mano huesuda que no reconoció como la de su propia mujer.

– Pero, ¿qué estás diciendo Sofia? ¿Acaso te has vuelto loca? – pero la expresión de ella era cada vez más y más infrahumana.

– Apura Sergio, la criatura del lago nos espera y no debemos hacer que se moleste.

Ante la resistencia que él puso, una fuerza hasta entonces desconocida en Sofía, casi casi sobrenatural, emergió de ella, arrastrándole hacia la densa niebla la que cubría el lago sin ningún tipo de conmiseración. El agua, lejos de ser cristalina como había pensado en un principio, era un nauseabundo cenagal que amenazaba con tragárselo por completo. Enloqueció completamente cuando vio emerger de la ciénaga al ser más horripilante que jamás había podido imaginar. Vio cómo Sofía se entregaba a él sin restricciones, le arrancaba el corazón con una facilidad pasmosa y vio desaparecer a su amada en las profundidades del lago sin poder hacer nada por evitarlo. Ningún sonido salió de la garganta de Sofía. Posteriormente, se abalanzó sobre él y repitió el mismo proceso, retumbando en el valle un alarido de dolor.

Cuentan los ancianos del lugar que en las noches de luna nueva como aquella, aún se pueden escuchar los gemidos del amante que no pudo hacer nada por salvar a su chica, mientras una hoguera que nadie ha prendido, ilumina un precioso mantel a cuadros y dos copas de vino.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos reservados.

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Reto: “¿Lobos a mí?”

 

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Aquí os dejo un relato que he preparado para un reto de una página literaria, como en anteriores ocasiones, en base a la imagen seleccionada. Digamos que he retomado el clásico cuento de Caperucita Roja, que por cierto releí justamente la pasada semana con mi hijo, pero introduciéndole algunas variaciones… Espero que os guste.

 

¡LOBOS A MÍ!

-Vamos, Martita, que vas a llegar tarde a casa de la abuelita – le dijo su madre al verle cómodamente recostada en el sillón.

Marta suspiró con resignación, sobre todo al oír nombrarle por ese diminutivo que tanto odiaba. Ya tenía cumplidos los dieciocho años y desde que tenía uso de razón, había tenido que visitar tarde tras tarde a la abuelita. ¿Pero por qué ella? ¿Y por qué la abuelita seguía empeñada en vivir en esa cabaña dentro del bosque? Todo habría sido más fácil si se hubiera trasladado al pueblo con ellos, pero la abuelita era terca como una mula. De algún lado le tenía que venir a ella.

Tan terca era la abuelita que la echaba de su casa sin contemplaciones si no iba ataviada con un vestido largo de seda roja y una larga capa a juego del mismo color, que ella misma le había confeccionado. Cuando sus amigos le veían salir de casa de aquella guisa, se burlaban de ella y pronto se ganó el mote de “Caperucita Roja”. Todos en el pueblo le conocían de aquella manera. Al principio Marta se sintió humillada, pero como lo que no te mata te hace más fuerte, pronto consiguió poner a cada uno en su lugar. Y Marta se hizo experta en controlar a los demás y ponerles en su sitio cuando se sentía amenazada.

Marta se vistió apropiadamente para visitar a la abuelita. Ya no era la chiquilla de la que todos se burlaban. Pese a su juventud, se había convertido en una mujer de cabellos rojos como el fuego, de una belleza sin igual. El vestido rojo de seda realzaba su figura de tal manera que jóvenes y mayores del pueblo quedaban fascinados al verla. La caperuza roja le confería un aspecto casi mágico. Atrás quedaron los tiempos de burlas y humillaciones.

A punto de salir por la puerta, su madre le hizo la misma recomendación que tarde tras tarde, año tras año, le hacía: cuidado con el lobo, ya sabes que dicen que en el bosque vive un lobo muy peligroso.

“Lobos a mí” pensaba ella, pero por si acaso, siempre llevaba escondida entre sus ropas una daga bien afilada. Llevaba años atravesando aquel magnífico bosque y jamás se había topado con lobo alguno.

Con el paso del tiempo, Marta comenzó a apreciar a su manera aquellos paseos por el bosque, contemplaba fascinada el cambio que ofrecían los árboles y plantas en cada momento del año y en cierto modo disfrutaba de ese momento de soledad consigo misma. Pero aquella tarde, todo parecía distinto. Era una tarde otoñal y el bosque ofrecía un aspecto magnífico, todo vestido de tonos ocres, amarillos y dorados. El olor a lluvia de la noche anterior, aún permanecía atrapado entre aquellos árboles tan majestuosos y el camino cubierto de hojarasca. Pero el silencio era sepulcral. Ningún pájaro se atrevía a emitir sonido alguno, ninguna ardilla saltaba de árbol en árbol buscando algún fruto que comer… la quietud era total. Entonces fue cuando lo oyó.

Era un pequeño aullido en la distancia, seguido por una serie de mayores aullidos que se podían escuchar aún más en la lejanía. Cada vez podía escuchar el aullido más cercano, el leve movimiento de la maleza tras sus sigilosos movimientos. Y con un último aullido, el lobo apareció delante de ella. Era un lobo blanco, enorme, con unas increíbles fauces ensangrentadas, probablemente por la reciente ingesta de alguna alimaña. El corazón de Marta comenzó a latir a toda velocidad, amenazando con salir del pecho. Pero no modificó su actitud para nada. No realizó ni el más mínimo movimiento. Ni siquiera echó mano a la daga que llevaba consigo.

El lobo se detuvo también ante ella, con una mirada feroz que dejaba muy claras cuáles eran sus intenciones. Pero él no sabía quién era Marta, Caperucita Roja, e hizo un intento de acercamiento, al acecho de su nueva víctima. El sonido de los aullidos en el silencio de la tarde otoñal indicaba que el resto de la manada estaba cada vez más cerca. Él debía ser el macho alfa, el líder de la manada, el que abría el camino hacia la caza. Marta, experta ya en poner en su lugar a cualquier tipo de amenaza que experimentase, sin hacer el más mínimo movimiento aún, dirigió una penetrante mirada con sus hipnotizadores ojos verdes directamente a los ojos sedientos de sangre del animal.

Duró un buen rato el combate de miradas. La de Marta, igual de penetrante e hipnotizante. La del lobo, cada vez más insegura. Caperucita comenzó un tímido acercamiento al animal, que en un primer momento se puso nuevamente en guardia, preparado para saltar sobre su presa en cualquier momento. Marta no se amedrentó, continuó con la mirada fija en los ojos de la fiera mientras continuaba acercándose lentamente. El lobo también comenzó un tímido acercamiento, había algo en los ojos de aquella muchacha… Algo que le decía que no debía atacarla.

Caperucita llegó hasta el lobo, sin interrumpir el contacto visual con él. Aquello parecía un duelo de miradas. La bella muchacha levantó una mano, el lobo por un momento volvió a ponerse en alerta, las orejas bien levantadas. Su relajo fue más que evidente, cuando sintió aquella mano suave, nívea, acariciarle el lomo. Nunca antes había experimentado esa sensación, pero desde luego era muy placentera. Caperucita se sentó en la hojarasca, extendiendo su espléndido vestido de seda roja, al igual que las fauces del lobo. El animal comenzó a dar vueltas alrededor de ella, olisqueándole, conociéndole, mientras ella le limpiaba con suavidad las fauces y continuaba dedicándole cariñosas caricias.

En ese momento, el amor que sintieron el uno por el otro fue instantáneo. Mujer y animal, animal y mujer, unidos por un vínculo recién creado que difícilmente se rompería. La manada al completo llegó justo en ese momento más hambrientos que nunca. Todos ellos se detuvieron en seco al contemplar aquella escena. Un pequeño alarido del macho alfa fue más que suficiente para que todos reconocieran en aquella extraña muchacha de la Caperucita Roja alguien en quien confiar, a quien amar y a quien defender con garras y dientes como si de uno de ellos se tratara. El macho alfa había encontrado a su hembra.

Desde aquel día, cuenta la leyenda, que Caperucita, tras visitar a la abuelita, da largos paseos por el bosque en la noche, ataviada con su vestido de seda roja y su caperuza, acompañada de una gran manada de lobos que le protegen, abrazada al más grande de ellos. La daga quedó olvidada en algún rincón del desván.

Fueron varios los muchachos que intentaron pretenderla, su belleza era extraordinaria, pero ella siempre rechazaba a todos, alegando que su corazón ya estaba ocupado por un gran amor, incombustible, leal e incondicional.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados

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Reto: El deseo que habita en mis sueños

EL DESEO QUE HABITA EN MIS SUEÑOS.JPG

 

EL DESEO QUE HABITA EN MIS SUEÑOS

Hoy he visto tu foto por enésima vez. Sí, esa que llevo guardada con tanto celo en mi cartera, con tu firma por detrás. “Con cariño” me decías. Sólo he podido verte en persona una sola vez y desde entonces siempre has estado presente en mis sueños.

Caigo rendida en la cama después de un agotador día de trabajo e instantáneamente apareces en mi mente, con esa sonrisa insolente, esa postura relajada, de persona curtida en mil avatares de la vida. Con tus arruguitas en torno a los ojos de tanto sonreír y esas canas sexys a más no poder que logran ponerme de cero a mil en cuestión de segundos.

Apago la luz de la mesilla con tu recuerdo en mi mente, dispuesta a dormir plácidamente en mi amplia cama solitaria. No puedo evitarlo, caigo en los brazos de Morfeo en tan sólo un instante, como si él mismo me estuviera acunando. Pero mis sueños nunca son plácidos ni mucho menos tranquilos, porque de buenas a primeras ya no es Morfeo el que me acuna, si no tú con tus fuertes brazos arrullando mi cuerpo. Curiosamente, mi dulce y cálido pijama de algodón ha desaparecido como por arte de magia, y me encuentro desnuda entre tus brazos, mi Adonis particular. Qué injusticia, pienso, así que comienzo a desabrocharte la camisa mientras tus grandes manos recorren con cuidado todo mi cuerpo. Me lanzó contra ti, deseosa de sentir al fin la dulce calidez de piel contra piel. Mis pechos desnudos se aprietan contra el suave vello de tu escultural torso. Siento tu deseo latir contra mi vientre y en un alarde de osadía me dispongo a desbrochar tus cuidados pantalones de pinzas, seguramente más valiosos que todo lo que hay en mi modesto apartamento.

Tú, cuya sonrisa ha desaparecido para dejar paso a una mirada felina, te despojas de la camisa y la lanzas descuidadamente hacia un rincón, mientras me ayudas con la ardua tarea de quitarte los pantalones. Nos enredamos el uno en el otro, anhelantes, sedientos de placer. Tus grandes manos recorren mi cuerpo por entero, mis pequeñas manos hacen lo propio con el tuyo.

Siento tus besos descender desde mis pechos, hasta el ombligo, para pasar al mismo centro de mi deseo. La experiencia es exquisita. Desearía repetirla contigo una y otra vez. Ya no puedo más, el deseo me consume, así que tiro con fuerza de tus brazos para ponerte a mi altura. Tu mirada sigue igual de felina, mostrando promesas que lo único que hacen es humedecerme más y más. Me retuerzo de placer, de ganas incontroladas. Al fin, gracias a dios, por fin, nuestros cuerpos se funden en uno solo. Bailamos juntos sobre la cama, nos giramos, no puedo evitar gritar. Abrazo tu cuerpo con desesperación, ansiando que llegues a las mayores profundidades de mi ser. Sudorosos, excitados, continuamos con nuestro baile, el olor a sexo en estado puro lo invade todo y me encanta. Un alarido de puro éxtasis se escapa del fondo de mi garganta, mientras escucho tu gruñido gutural y observo tu mirada perdida en lo más profundo de mis ojos.

Me despierto sudorosa, con la respiración agitada y el corazón latiendo a mil por hora, al borde del infarto. Aún siento las corrientes de mi clímax recorriéndome entera mientras observo la cama vacía. Con la respiración ya normalizada me dirijo hacia la ducha, dispuesta a comenzar otro día agotador. Deseando el momento de volver a mi cama y que te introduzcas en mis sueños. Como cada noche.

Ana Centellas. Octubre 2016. Derechos registrados.

Imagen tomada de la red.

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