Los 52 golpes – Golpe #26 – La caracola

Los 52 golpes – Golpe #26 – La caracola

 

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Imagen: Morguefile

 

 

LA CARACOLA

Los recuerdos que tengo de mi abuela son escasos. Demasiado escasos. Era yo muy pequeñita cuando falleció, un cáncer fulminante se la llevó mucho tiempo antes del esperado. Recuerdo dolor, mucho dolor.

Recuerdo que mi abuela vivía en un quinto sin ascensor. A veces, mi padre me subía las escaleras a caballito, ¡qué bien me lo pasaba! Lo malo era cuando me tocaba subir andando. Mis pequeñas piernas apenas podían subir los escalones con comodidad.

Mi abuelita era regordeta. Yo, en mi cerebro infantil, pensaba en cómo se las apañaría para subir todos aquellos cientos, miles de escalones cada día. Pero ella estaba llena de vida. Con el pelo por completo blanco, siempre dibujaba una sonrisa en su rostro surcado de arrugas en cuanto me veía. Se agachaba un poco, porque tampoco era muy alta, y extendía los gruesos brazos hacia mí. A mí el cansancio de la escalera se me esfumaba al momento. La quería mucho. Y ella me estrujaba hasta dejarme sin aliento. Y los besos que daba…

El mayor recuerdo que tengo de la casa de mi abuela era una enorme caracola que siempre tenía encima de la televisión. A mí me llamaba mucho la atención y, como ella bien lo sabía, me la acercaba y con voz suave me decía:

—Si te la pones al oído, podrás oír el mar.

Yo ni siquiera sabía lo que era el mar, pero igual me colocaba la caracola en el oído para no desilusionarla. Jamás llegué a escuchar nada, pero siempre respondía que sí cuando me preguntaba si lo había escuchado.

Comencé a sospechar que algo raro pasaba cuando mis padres comenzaron a hablar a escondidas de mí acerca de la abuelita. Pero yo era curiosa por naturaleza, supongo que como cualquier infante de mi edad. Solo escuché la palabra cáncer y a mi madre llorar con desolación. Jamás pregunté, jamás me contaron.  Dos meses más tarde, mis padres se ausentaron durante dos días y jamás volví a ver a la abuelita. Ni volví a subir a aquel quinto piso. Ni a ver la caracola que tenía sobre la televisión, la que dejaba escuchar un mar que no se oía.

Han pasado cuarenta años desde entonces. Divorciada y sin hijos, he encontrado en mi propia soledad un refugio infinito para la cura de mi enfermedad, el cáncer de mama. Busqué una pequeña casa en la playa con jardín en la que pasar los que yo pensé que serían mis últimos días. Me cerré a nuevas amistades a las que causarles dolor.

Las sesiones de quimioterapia tenían un efecto devastador sobre mí. Efecto que solo se calmaba dando largos paseos por la playa al anochecer. La calma del mar en la orilla, el sol escondiéndose en el horizonte, la arena mojada bajo mis pies descalzos, las pequeñas olas que llegaban a mojar mis piernas, todo contribuía a que los efectos de la quimio se suavizaran algo. Solía acariciar el pañuelo que ocultaba mi cabeza ausente de pelo. Y me había rendido a la evidencia.

Uno de esos anocheceres, durante mi habitual paseo por la playa, el mar arrojó a mis pies una caracola exacta a la de mis recuerdos de infancia. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al cogerla con suavidad entre mis manos. Sentí la energía de la abuela llenarme de la cabeza a los pies. Y, como por arte de magia, sentí que todo iba a ir bien. Que mi querida abuela estaba conmigo, dándome fuerza. Que el maldito cáncer no podría conmigo.

Desde entonces, la caracola ocupa un lugar de honor en mi pequeña casa de la playa, siempre llena de amigos que me acompañan e iluminan mis días, una vez superada la maldita enfermedad. Y mi abuela me acompaña a cada segundo.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Relato número 26 para Los 52 golpes, justo el Ecuador del año. Parece increíble que llevemos ya la mitad del proyecto sin faltar a nuestra cita semanal. Bueno, en realidad más, porque lo cierto es que los relatos 27 y 28 ya están disponibles en la página web.

 

Reto literario: “Familia de acogida”

Reto literario: “Familia de acogida”

FAMILIA DE ACOGIDA

 

FAMILIA DE ACOGIDA

No puedo decir que mi infancia esté siendo fácil. Mis padres me abandonaron en la calle apenas unas horas después de nacer, o al menos eso es lo que me han contado. De ahí que mis primeros años los haya ido pasando en diferentes casas de acogida.

Tan solo tengo cinco años y creo que mi madurez es muy superior a la de cualquier otro niño de mi edad. En fin, las circunstancias te hacen de una manera u otra. Que yo recuerde he pasado por tres familias distintas desde que tengo uso de razón. Imagino que antes iría alguna más, de la que no tengo memoria.

Las conversaciones más largas que he tenido han sido con la asistente social. Ojalá pudiera haberme ido a vivir con ella, es tan bonita, tan simpática… Pero siempre encuentra una familia para que me acoja y al cabo de unos meses vuelvo al internado. No sé por qué nadie me quiere. Si yo procuro portarme bien y apenas hablo con nadie. A lo mejor es por eso, porque no me gusta abrirme a una familia que con gran probabilidad me devolverá al internado. Quizá sea la pescadilla que se muerde la cola. O a lo mejor les da miedo mi pelo color naranja como la zanahoria. Sé que hay gente que tiene ese extraño miedo. Pero yo no tengo la culpa. Simplemente nací así.

Hace un par de semanas, después de otra temporada en el internado, Marisa, la asistente social, vino a verme y me contó que había encontrado otra familia para mí. Que era un matrimonio que no había podido tener hijos y eso hacía que las probabilidades de que me quedase con ellos más tiempo, eran mayores. Incluso hasta mi mayoría de edad. O que incluso cabría la posibilidad de que me adoptasen.

Sé que debería haber dado saltos de contenta, pero no fue así. Otra vez la misma historia, otra vez a conocer una familia nueva que se desharía de mí a la primera ocasión. Ya no tenía ganas de pasar por eso otra vez. Vivía más feliz en el internado. Aún así, como no tenía otra opción, al día siguiente Marisa me acompañó a la casa de mi nueva familia. Me dio un tierno beso en la mejilla, me prometió llamarme y se fue, como siempre hacía.

Desde el primer momento noté algo extraño en aquel matrimonio. Algo que no pude identificar pero que me ha mantenido inquieta desde que llegué aquí, hace ya dos semanas. Apenas hablan entre ellos y mucho menos conmigo. Viven en una casa apartada del resto de la ciudad y ni siquiera tienen un mísero juguete con el que entretenerme. Mis días se limitan a dormir, a comer y a observar por la ventana.

Tienen una obsesión por la comida casi enfermiza. Me obligan a comer cantidades exageradas de una carne de sabor raro, que nunca antes había probado. Es como si quisieran cebarme. Después de comer, claro, caigo rota sobre la cama y a dormir. Es el único momento de calma que tengo, porque por las noches apenas puedo descansar, temiendo que vengan a buscarme en cualquier momento. No sé por qué, pero tengo esa preocupación. No me fío de ellos.

Esta noche, a altas horas de la madrugada, después de varias horas dando vueltas en la incómoda cama sin poder dormir, he bajado a la cocina a buscar un vaso de leche. Eso es algo que a veces me ayuda cuando no puedo dormir. Nunca antes he abierto esta nevera, ellos siempre se han ocupado de todo. Así que imaginaros mi sorpresa al encontrármela llena de piezas de carne humana. Incluso una cabeza, bien visible en uno de los estantes que quedaba a mi altura. Ahora comprendo por qué nunca había probado aquella carne que me daban. ¡He estado comiendo carne humana! Casi vomito en este mismo instante.

Me he quedado paralizada delante de la nevera, incapaz de mover un solo pie. No puedo dejar de mirar esa cabeza sangrante que me observa desde su interior. En mi estado de shock no me he dado cuenta de una sombra que se abalanza sobre mí desde detrás de la nevera. Al principio me ha parecido un monstruo, pero no. Es él, con un gran cuchillo de carnicero en la mano y viene hacia mí… viene hacia mí…

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Este relato ha sido preparado para el reto literario del grupo de Facebook “El maravilloso mundo de los libros”, en el que os recomiendo participéis. Es muy dinámico y ameno. Para esta ocasión, había que inspirarse en la imagen que veis en la cabecera.

 

Me tiembla la mano. ¡El libro!

¡El mío ya está cruzando el océano! ¿Y el vuestro?

El blog de Fabio

Karina+Fa+Mario

La maquetación a cargo de Karina (la chica a la izquierda en la foto) está impecable. Las páginas controladas, pruebas revisadas, los archivos aprobados. Que no falte ningún dato importante. Peor: que ningún dato sea erróneo (cosas del copyright, ¿viste?) para poder mandar el libro tranquilamente a imprimir. Las modernas máquinas de la imprenta de mi primo Mario (el de la derecha en la foto), operadas por eficientes obreros gráficos, hacen el resto del trabajo.

Y por fin llega el momento de tener Amigos orientales en versión impresa, como decís, “recién salido del horno”. Una gran emoción me inunda. Entro a la oficina del departamento de arte, en donde trabaja Karina, y le exhibo lo que me acaban de entregar. Ya ni pienso, es todo alegría, tomo mi teléfono celular y empiezo a sacar fotos. La que subí a esta entrada es pasable, tengo otra mucho más borrosa en donde…

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La frase de la semana XXIX

La frase de la semana XXIX

ALEJANDRA PIZARNIK

‘Nada más intenso que el terror de perder la identidad.’

Alejandra Pizarnik

Poeta y traductora argentina.

Contundente la frase que os traigo esta semana, al menos a mí me lo parece así. Siguiendo con la línea que traíamos de la semana pasada, el mayor miedo que podemos tener es perder nuestra identidad y convertirnos en uno más del rebaño, o aceptar como nuestras características y comportamientos que nos imponen otros.

Con sinceridad, creo que es el mayor terror que deberíamos tener pero, sin embargo, la mayoría de nosotros ha dejado perder su identidad, quizá sin ni siquiera enterarse. Al menos yo, estoy en una lucha constante conmigo misma para reafirmar mi identidad, reencaminar mi vida a lo que realmente deseo y no dejar que nadie me influencie para nada. Mucho menos en aspectos que considere negativos para mí.

Bueno, y esta semana me quedo con una frase que me ha encantado, por su optimismo y sus buenas vibraciones, ¡que es lo que necesitamos! Se trata de un fragmento de un texto de nuestro amigo Daniel Fernández, en su blog Tinta en los dedos que, como siempre, os recomiendo que visitéis, si aún no lo habéis hecho. Y la frase en cuestión es esta:

‘Ahora levanto mi copa y brindo por la vida, brindo por ti, por todas las cosas que haces buenas, por todo lo que haces bien y te hacen sonreír y, si me lo permites, también brindo por mí, por todo lo que he logrado, por todo lo que he superado, por todo lo bueno que hay en mí.’

Daniel, como ya te dije en tu blog, ¡brindo por ti, amigo!

¡Hasta la semana que viene con más! ¡Se os quiere!

“Y me llevaron a la hoguera” – El Poder de las Letras

“Y me llevaron a la hoguera” – El Poder de las Letras

 

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Imagen: Morguefile

 

 

Y ME LLEVARON A LA HOGUERA

Recabé en aquel pequeño pueblecito de montaña casi por casualidad, huyendo de un hogar donde el amor hacía tiempo que se había marchitado y los golpes habían sustituido a las caricias. Aprovechando un despiste de mi marido, cogí a mis dos pequeños de la mano y salí corriendo de aquella casa, sin más equipaje que los ropajes que llevábamos puestos, raídos y decolorados. Corrí y corrí sin pausa, sin mirar atrás, tirando de los pequeños, de apenas 4 y 6 años, tras de mí.

A las cuatro o cinco horas de carrera me detuve exhausta. Cuando vi el aspecto que tenían mis hijos, quise morir. Estaban por completo deshidratados, rasguñados, apenas podían abrir los ojos del máximo cansancio que llevaban en las espaldas de sus diminutos cuerpos. Sin saber qué hacer, cogí al más pequeño de ellos y lo acogí en mi pecho. Procuré darle de beber de la poca leche que aún me quedaba y, con los ojos cerrados, empecé a cantarle una canción. Una canción por completo desconocida para mí, que jamás había oído, en un lenguaje extraño, pero que salía de mis labios con fluidez.

Cuando abrí los ojos, al terminar la canción, mi pequeño estaba curado por completo. No había signo de cansancio alguno en su cuerpo. Le rebusqué por todos lados buscando algún rasguño, algún moratón de las caídas que habíamos tenido en el camino, pero no encontré nada. Por alguna extraña razón, había conseguido sanarle.

Miré hacia mi hijo mayor. Él continuaba tirado en el suelo, apenas podía respirar. Con rapidez me incorporé y me dirigí hacia él, repitiendo la misma operación que hice con el primero. La canción fluía de mis labios como si siempre hubiese sido ese su destino. No conocía el significado, pero continué cantando. Para mi sorpresa, al abrir los ojos mi hijo mayor estaba por completo recuperado, al igual que le había pasado al primero.

Hicimos una hoguera en mitad del bosque, en un pequeño claro rodeado de árboles, y allí descansamos algo durante la noche. Estábamos hambrientos, pero no importaba, lo importante era descansar un poco y seguir nuestro camino sin rumbo, pero lo más alejado posible de la mala bestia que teníamos en nuestro hogar.

Al amanecer, antes de que saliese el sol, desperté con cariño a mis dos pequeñuelos y reemprendimos nuestro viaje. No llevábamos ni una hora de camino cuando encontramos una pequeña aldea, escondida dentro del bosque en la ladera de la montaña. Sus habitantes nos recibieron con los brazos abiertos y nos ofrecieron cobijo y alimento. Les estaré eternamente agradecida. A pesar de todo.

Todo fue bien durante varios meses. Yo ayudaba en las labores del pueblo y mis niños iban a la pequeña escuela que había, junto con diez niños más. Hasta que un día ocurrió la desgracia. La hija del alcalde cayó gravemente enferma. Nunca se supo de la enfermedad que la había indispuesto, pues el médico del pueblo no llegaba a entender de males mayores y tampoco podía ser trasladada a un hospital. La pequeña pasó dos semanas horribles, convulsionando y con fiebres altísimas.

Una fatal noche, el doctor dictaminó que el pequeño cuerpo de la niña no podría soportar esas condiciones apenas unas horas más. La noticia corrió como la pólvora por el pueblo. En un santiamén, todos estábamos congregados en casa del alcalde, esperando noticias de la evolución de la niña. En ese momento recordé el incidente con mis propios hijos durante nuestra huida, algo que había dejado escondido en un recóndito rincón de mi memoria.

Le propuse al alcalde que me dejase entrar a ver a la pequeña, que en ocasiones había ayudado al médico de una gran ciudad y a lo mejor podía hacer algo aún por ella. Me consintió la entrada pero estando él presente. Tuve dudas, no lo voy a negar, pero tampoco podía dejar que un alma tan joven nos dejase de aquella manera. Así que, delante del alcalde, la tomé en mis brazos. El pequeño cuerpo de la niña, aún más mermado tras las últimas semanas, ardía como si fuese una hoguera. Podía notar hasta el último de sus pequeños huesos. Saqué un pecho y le ofrecí a beber de mi leche mientras, con los ojos cerrados, volví a cantar una vez más aquella canción misteriosa.

Todo fue algarabía aquella noche cuando la pequeña se levantó por sí misma de la cama, sin rastro de las fiebres que la estaban consumiendo. Todo el mundo me estaba agradecido y yo recibía sus muestras de afecto con humildad. Pero no es oro todo lo que reluce, y a los pocos días comenzaron a correr rumores en la aldea sobre mí. Me tachaban de bruja.

El propio alcalde, convocó un pleno con todos los habitantes, a mi excepción. Yo, que había salvado a su hija de una muerte segura en cuestión de horas, ahora era una criatura del diablo que merecía ser aniquilada sin ningún miramiento. Así lo decidieron entre todos.

Ya han preparado la gran pira donde me piensan amarrar esta misma noche. A las doce, la hora bruja, qué paradoja. Solo puedo mirar a mis hijos y dejarles el legado de que su madre fue una buena mujer que murió en la hoguera por el solo hecho de hacer el bien.

Ana Centellas. Julio 2017. Derechos registrados.

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Este relato es mi contribución con la página de escritores El Poder de las Letras del pasado jueves.

 

El vídeo del domingo: “La literatura de las grandes mujeres”

El vídeo del domingo: “La literatura de las grandes mujeres”

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Para este domingo os traigo un vídeo muy especial para mí. Se trata de un poema precioso que me llegó al corazón, de una de nuestras grandes mujeres. Me emocionó tanto que le pedí a la autora permiso para declamarlo en uno de mis vídeos y tuve la gran suerte de que me dijo que ¡sí!

Esta gran mujer que nos acompaña hoy con sus letras, es nuestra queridísima amiga Bela Sánchez, mi querida Belita. Imagino que todos la conoceréis pero, para los que no la conozcan, os recomiendo que os deis una vueltecita por su blog, está lleno de versos preciosos, preciosos, preciosos…

Sin más, para amenizar este domingo, os dejo con el vídeo, que he preparado con un cariño especial. Espero que os guste. Belita, corazón, espero que te guste.

¡Feliz domingo y feliz comienzo de semana!

Por capítulos: “Los colores mágicos (II)”

Por capítulos: “Los colores mágicos (II)”
LOS COLORES MÁGICOS
Imagen: Pixabay.com

 

Parte I

LOS COLORES MÁGICOS (II)

Al cabo de varios días, casi una semana, a la vuelta de la escuela Jaime se decidió a abrir su enorme caja de colores. Decidió empezar por los lápices de colores. Tomó de uno de sus cajones un bloc de dibujo y comenzó a trazar líneas con su lápiz de grafito. El lápiz se deslizaba con demasiada facilidad sobre el papel y el trazo era muy definido para un niño de su edad.

Cuando contempló su dibujo, Jaime quedó maravillado. Era el mejor dibujo que sin duda había hecho nunca. Más que satisfecho con el resultado, decidió colorearlo con los lápices de color para que quedase espléndido. Empezó un poco temeroso, pues a él siempre se le salía el color del dibujo, con algunos rayajos que sobresalían por doquier. Pero, en esta ocasión, los colores se deslizaban con tanta facilidad que era imposible salirse del dibujo. El resultado fue de una precisión impresionante.

Sobre su bloc de dibujo aparecía imponente un precioso castillo con una princesa subida en la más alta torre. Un dragón furioso escupía fuego por la nariz mientras se aproximaba al balcón. La princesa tenía una cara de inmenso horror. Por una esquina del bloc, un valiente caballero asomaba espada en mano dispuesto a rescatar a la pobre princesa en apuros. Aquel dibujo era digno de estar expuesto en una de las mejores galerías de arte, o incluso en un museo.

Satisfecho con el trabajo que había realizado, Jaime se dispuso a cerrar el bloc. No quería que sus colores se gastasen el primer día. Sobre todo cuando había hecho un dibujo tan excelente. Verás cuando se lo enseñase a sus padres. Estaba claro que iban a alucinar, seguro que incluso se pensaban lo de apuntarle a una academia de arte. Si él ya sabía que sería un gran artista.

Pero, justo antes de que cerrara el bloc, una extraña fuerza le absorbió y de pronto se vio dentro de su pintura. Era el valiente caballero que se proponía luchar contra el dragón para salvar a la bella princesa. ‘Madre mía’, pensó Jaime, ‘estos colores son mágicos, ¿y ahora qué hago yo?’ Pero, como si ya estuviese escrito en el guión de la historia que había dibujado antes, en seguida se vio luchando contra aquel fiero dragón. Se llevó una buena quemadura en un brazo, pero consiguió acabar con él. La lucha fue encarnizada, nada fácil, pero logró su intención de salvar a aquella preciosa princesa encerrada en su colosal castillo. Esta, al verse libre del dragón que la estaba acosando, bajó rauda las escaleras del castillo y, dándole a Jaime un gran abrazo, le entregó un mechón de su larga cabellera rubia, para que siempre le protegiera y en símbolo de gratitud.

Sin saber cómo, logró salir de su pintura y se encontró de nuevo en su habitación, con el trozo de cabello rubio entre sus dedos y una gran quemadura en el brazo. Guardó con mimo el mechón en uno de sus cajones y se tapó la herida del brazo. Puso a buen recaudo el bloc de dibujo. No les diría nada a sus padres hasta que no estuviera seguro de lo que estaba ocurriendo.

CONTINUARÁ…

Ana Centellas. Junio 2017. Derechos registrados.

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